Molestias
Me molesta todo o casi todo. Y no es una manera de decir. Estoy como esos viejos chotos que se quejan por deporte o por miedo. Como esas señoras que se quejan porque en la feria hay que quejarse. Me quejo como se quejan los que pierden una elección o un partido de fútbol. Quejarse es casi un trabajo. Escuchen las radios de Argentina unos minutos: la gente no hace otra cosa que quejarse. Por eso yo también quiero estar dentro de las cuarenta del mazo por una vez en la vida y decir que todo me molesta.
Me molestan los ruidos, los colectiveros que pasan la luz en rojo, los automovilistas que se meten de contramano o estacionan mal, los policías de la comisaría de mi casa que dejan estacionar autos en la vereda, los supermercados, los delincuentes, las minorías que se quejan de ser una minoría, las minorías que reclaman todo el tiempo algo. Las mayorías que creen que por ser mayoría tienen razón.
Pero a lo que más estoy suceptible últimamente es a los ruidos, lo cual casi me expulsa de Buenos Aires, que es una ciudad construida a base de ruidos y de excremento de perros. No se puede hacer dos cuadras sin atormentarse con cumbia, con autos donde los sujetos que los ocupan escuchan unos ruidos del demonio con parlantes potenciados y no se dan cuenta (porque ya no pueden) de que se siguen friendo el poco cerebro que les queda. Me molestan los ruidos de las obras en construcción, las motos de delivery, motos de no-delivery, motitos, autos que corren picadas, los gritos de adolescentes borrachos en San Martín y Beiro las madrugadas de los fines de semana. Me molestan los ruidos de los basureros en las madrugadas. Pero si algo me molesta profundamente, si hay algo que pueda definir mi molestia, son los perros. Por ruidosos y sucios.
En los últimos dos años se triplicó la cantidad de perros en Buenos Aires, lo que es una verdadera locura, salvo para los veterinarios, negocio floreciente si los hay.
Los perros son un error de la naturaleza. Son una aberración, la muestra de que algo puede no ser necesario. ¿Cómo se concibe la convivencia de personas normales con un animal que huele a la gente, babea la botamanga de los pantalones y le ladra a la rueda de los autos?
La ciudad pasó a ser un gran baño para perros. Vecinos asquerosos, dejan defecar a esos inmundos seres en las veredas, no en las propias, en las ajenas. No soporto a los dueños de los perros, y menos soporto a los perros, me parecen más asquerosos que la humita.
Buenos Aires era una ciudad maravillosa, hasta que llegaron ellos, hasta que una invasión zoológica (en todo sentido) la desnaturalizó, al punto de que muchos terminamos simpatizando con quienes no queríamos. Pucha digo.
