La ¿única? verdad es la realidad
“La única verdad es la realidad” sostenía el general. Criterio similar al aristotélico: “verdad es cuando se dice de lo que es, que es y de lo que no es, que no es”. Esta manera de entender la verdad es conocida como verdad por correspondencia y supone que, frente a los hechos, somos receptores pasivos, nuestros sentidos capturan lo que está afuera y nuestro lenguaje lo expresa.
Sin embargo, ¿podemos afirmar que nuestros sentidos, o incluso la razón, solamente reciben? Para ambas maneras de conocer es fundamental un sujeto activo que construya. Incluso podríamos considerar que la interacción entre sujeto y objeto se invierte: éste deja ya de ser el que entrega información para ser conocido y se transforma en una construcción del sujeto. El objeto nace con la percepción del ser humano. Volvemos a la vieja pregunta: si un árbol cae en el medio del bosque y no hay nadie para escuchar, ¿realmente hace ruido? Cualquier cosa para existir necesita que haya un sujeto que lo detecte y que luego, a su vez, lo divulgue. Es más, hasta las personas requieren para existir que otro vea que existe, un espejo no es suficiente.
En Rayuela, en el capítulo 84, se hace cierta mención a esto. Oliveira recoge hojas secas que sujeta en la pantalla de su lámpara. Llega Ossip, miembro, como él, del Club de la Serpiente y no es capaz de percibirlo a pesar de permanecer dos horas allí. Después aparece Etienne que lo nota al instante. Por el contrario, Ossip observa la preocupación del protagonista por Pola y Etienne no. El autor (queremos tanto a Julio) introduce la idea de ameba con seudópodos de distinta longitud, hay quienes pueden agarrar cosas que otros no y a la inversa. Ahora, lo que no alcanzamos por culpa de nuestros poco desarrollados brazos, ¿existe? Claro que no. No podemos pensar lo que no conocemos y, si no lo podemos pensar, no existe. Viene a cuento una maravillosa frase de Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pensamos a través del lenguaje y de nuevo, palabra que no conocemos, palabra que no existe, palabra sobre la que no podemos pensar. Primera conclusión: el conocimiento expande (y hace más complejo y variado) nuestro mundo.
Por lo tanto, si somos activos constructores del universo, ¿cómo podemos afirmar que éste es para todos igual? Cada ser humano modela su realidad, los seres humanos son diversos y cambiantes, las realidades son diversas y cambiantes. No podemos afirmar que una de ellas sea real y las demás sean falsas. Llevándolo a cualquier hecho puntual, ¿qué nos permitiría afirmar que ese es verdadero o falso habiendo distintas interpretaciones? Ejemplo repetido, clásico, pero no por eso menos efectivo: El Quijote. ¿Por qué no dudar del árabe Benengeli? Don Quijote edifica su universo y vive según él sin contradicciones. De hecho, en la segunda parte, hasta lo que el mismo narrador cuenta como realidad, empieza a tornarse similar a lo que el protagonista percibe. Podríamos aventurar una primera definición de verdad: es aquello que lleva a una persona a actuar en consecuencia. Cuando el hidalgo don Alonso Quijano se comporta según la visión que proponen sus vecinos, muere: pierde su esencia, su edificación del mundo.
No sólo podemos afirmar de la verdad que es lo que lleva a una persona a actuar en consecuencia, lo que le daría una clasificación práctica y, entonces, pragmática, sino que es también una construcción. Lo que a uno lo lleva a obrar puede ser una construcción propia o ajena. Las verdades referidas a historia o economía suelen ser construcciones ajenas, nosotros tomamos la que mejor se nos amolde. Lo que mayormente creamos es lo relacionado a cuestiones más personales: estar enamorado es creer que uno está enamorado y así.
Volviendo a cuestiones más generales, las verdades sobre historia, economía, etcétera, fueron construidas por otros y nos son transmitidas (lo que no quita en absoluto nuestro rol creador ya que si no las conocemos, no existen). Uno, aquí, juega un papel principalmente de elector. Nuestras características, nuestra propia historia, nuestra situación socio-económica, nuestros padres, la educación que recibimos y otras tantas cosas nos llevan a tomar alguna de las múltiples verdades fabricadas y defenderlas como propias. Esto es lo que conocemos como ideologías y que, contrario a lo que algunos afirmaban como su muerte, están renaciendo.
Ésta no queda en la elección de un pasado sino que es la base para la construcción y elección de un presente y, desde luego, de un futuro.
No podemos desconocer el gran logro del neoliberalismo que significó el casi aniquilamiento de la ideología porque, a pesar de que, como se mencionó, está resurgiendo, es un proceso muy lento que obliga a que en la actualidad las cosas se reduzcan a cuestiones de gestión y a la dicotomía verdad-mentira.
En este sentido, podemos hablar de política un poco. La política es construcción de poder y no hay mejor profesor para esto que Maquiavelo y la idea de que “el fin justifica los medios”. Claro que un buen político jamás (o no por ahora al menos) debe decirlo. Hemos sido domesticados y la palabra ideología genera en gran parte de la sociedad una sensación de rechazo porque ésta implica discusión, revisión, cambio, y se nos ha convencido de que la tranquilidad es el bien más preciado. Y, por supuesto, es mucho más fácil afrontar la realidad como una dualidad mentira-verdad que como un complejo entramado de construcciones subjetivas.
El político de raza sabe, entonces, utilizar estas armas para construir el poder que le permita hacer triunfar su ideología. Sin poder nada es posible. Mostrará, luego, logros tangibles obtenidos durante su administración y se hará dueño de la realidad atribuyéndole a su adversario la mentira (insistiremos en esto). Pero, además, deberá despertar en otros sus ideas y sumarlos, así, a su bando. Es deber de quienes asumimos nuestro lado protegerlo y ayudar al político que nos representa en la construcción de poder y en la reproducción masiva de la ideología. Por esto debemos mostrar plena convicción a la hora de defender lo que pensamos más allá de las dudas que tengamos (éstas siempre existirán y podrán plantearse internamente, a quienes combatan con nosotros, mas jamás deberán mostrarse al exterior). No es momento de tibieza, hay que entregar todo de uno para lograr el triunfo de lo que creemos y sostenemos en esta lucha despiadada. Las críticas son para otro momento, éste es de cambios profundos que únicamente se lograrán contra el otro y no contra nosotros mismos. Por otra parte, la historia no la escriben los dubitativos sino quienes están convencidos (aunque nunca hay que abandonar la capacidad de cuestionamiento interno).
La verdad, repetimos, es una construcción que lleva a una persona a actuar en consecuencia. La mentira es, naturalmente, lo contrario; es decir, una construcción que no convence a nadie para que se comporte en base a ella. Prácticamente todo es verdad, siempre habrá alguien dispuesto a obrar según algún enunciado. No obstante, como podemos percibir, hay verdades más fuertes que otras. Y aquí aparecen en todo su esplendor los medios de comunicación. Primero, como difusores de un acontecimiento, funcionan como un alargue de nuestro seudópodos. Segundo, como jueces de la dicotomía ya mencionada.
Como su nombre lo indica, median en la comunicación. Hay miles de hechos de los que jamás nos enteraríamos si no fuese por la televisión, la radio, el diario, internet. Son, también, quienes nos convencieron de que las cosas son o verdaderas o falsas. El funcionamiento es simple: las cosas son o verdad o mentira, soy objetivo, por lo tanto yo realizo la clasificación. La clave está en que lo que transmiten es, como todo, una construcción subjetiva que deriva, por ser construcción, de la ideología o, en los más detestables casos, del propio interés. Los medios de comunicación fortalecen una verdad, sobre todo cuando son monopolios y su línea editorial es retransmitida por cientos de canales informativos, llegando a millones de personas que no tienen la posibilidad de acceder a línea editorial diferente. Ante esto, no se puede dudar de la verdad que se recibe y en este punto reside la importancia de la democratización de la información que permite conocer otras construcciones diferentes y entonces las verdades ya no son fuertes por la repetitividad sino por la inteligencia con que son construidas. Una verdad alcanza a más personas cuando mejor está construida, cuando no presenta fallas. Mal construida, es un insulto a la inteligencia del receptor y lleva a que menos personas actúen en consecuencia. Sin embargo, a la hora de interpelar a la ciudadanía funciona mejor la frase “tal diario miente” a “tal diario construye de manera poco inteligente sus verdades”. Es decir, hay que entrar en su juego y vencerlos desde allí.
Por último, me gustaría hacer una referencia artística. Hay medios que se convierten en nuestro Kamchatka. Cuando estamos rodeados, cercados por el adversario, se transforman en el último bastión en el que refugiarnos. Eso que hasta hace poco no era más (ni menos) que una defensa feroz del último baluarte de construcción de una realidad distinta, hoy pareciera transformarse en un ataque fuertísimo que permite recuperar otras trincheras para equilibrar los colores en el tablero. Aquí es válido tener cierta esperanza: la inteligencia, finalmente, triunfa.
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Excelente exposición !! Pienso llevarme algunas interesantes frases si no es molestia ja!
Saludos!!!