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LA VIRGEN MARÍA NOS VISITA

Cuando una persona muy importante está por llegar a un lugar, los diarios, la radio, la televisión, nos cuenta quién es, para que sepamos valorarla y recibirla.

 La Virgen María es:

 - La mujer que cuando apenas era una muchacha, Dios llamó para que fuera Madre de Cristo, Hijo de Dios, que vino para abrirnos a todos el camino para llegar a la casa del Padre del Cielo.

Desde entonces, los esfuerzos, trabajos, alegrías, la misma vida tomaron un nuevo sentido.

33 años junto a Jesús con Su Corazón abierto al Evangelio.

Jesús mismo le enseñó lo que quería de Ella: que sea Madre y Colaboradora en la Salvación de todos. Y esa misión se la confió al morir, cuando estaba en la Cruz.

 - La mujer a quien un Ángel le trajo el mensaje de Dios. (San Lucas 1, 26 y ss.)

- La mujer a quien la obra de Dios le desbordó el corazón de alegría. (San Lucas 1, 46 y ss.)

- La mujer que nos entregó al Hijo de Dios en sus brazos. (San Lucas II, 1 y ss.)

- La mujer que le pidió a Jesús que nos ayudara (San Juan II, 1 y ss.)

- La mujer que acompañó a Cristo a morir en la Cruz. (San Juan XIX, 25-27)

- La mujer que estaba con los apóstoles cuando llegó el Espíritu Santo.  (Hechos II, 1 y ss.)

- La mujer que con el Señor venció a la serpiente del mal. (Apocalipsis XII, 1-10)

- La mujer que reina en la vida, y junto a Cristo resucitado dirige la historia. (Apocalipsis 12, 1)

 Ahora que sabemos quién es María, preparemos nuestra casa, nuestros corazones, en la Reconciliación, para recibirla. Es una visita muy importante, por eso también tiene que estar nuestra familia, amigos y vecinos, ya sea física o espiritualmente.

Este 7 de enero la Virgen María nos espera a todos en el Lugar de Encuentro con Dios, un lugar santo y santificante, pues allí Ella, junto a Su amado Hijo Jesús y el Espíritu Santo, obran maravillas en nuestras vidas, para Gloria de Dios.

 

Porque es nuestra MADRE

¿Es acaso extraño que mamá nos visite?

Toda la familia vive la ALEGRÍA de la presencia maternal.

 

Ella quiere darnos ALEGRÍA:

en nuestro amor

en nuestra fe

en nuestra actitud de AMIGOS de todos

y de todas las familias de nuestros barrios.

 

Ella quiere UNIRNOS más en el AMOR:

a los esposos

a padres e hijos

entre hermanos y los demás familiares

con toda la gente,

para que nuestra familia de al mundo en que vivimos:

PAZ, UNIDAD, AMOR.

 

Y ELLA puede hacerlo porque nos trae a JESUS:

para que nos bendiga

para que este presente en nuestro hogar

para que haga más fuerte nuestra FE,

nuestra ESPERANZA y nuestro AMOR.

 

Entonces, ¡BIENVENIDA, MADRE DE NUESTRA FAMILIA! ESTA ES TU CASA. ¡ESTE, MI CORAZÓN, ES TUYO!

 

7 DE ENERO DE 2011 EN LA PLAZA AUYERO DE LANÚS ESTE, CALLE GRAL.ARIAS ENTRE SANTA Y CÓRDOBA  -LUGAR DE ENCUENTRO CON DIOS- (No hay horarios. Consagramos el día completo a María y la visitamos en la medida que nuestras obligaciones lo permiten, pues Ella siempre escuchará nuestras oraciones y otorgará Gracias. Durante el encuentro se realizará la Misa, rezo del Santo Rosario, Adoración al Santísimo, se entregarán los pétalos con Su bendición, estampas y agua bendita).

Virgen en plaza de las apariciones 7/11/09, al fotografiar la danza del sol

Fiesta de Cristo Rey

21 DE NOVIEMBRE DE 2010-ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITÚRGICO:
¡Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros!

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia:

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.
Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.
Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.
La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.
Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.
Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.
Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.
El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.
Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.
Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.
A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.
La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

Sábado 7 de agosto, todos junto a la Virgen de Lanús!

Estamos viviendo un tiempo de gracia que Dios nos concede, tiempo de misericordia que hay que aprovecharlo para volver a Dios, y si ya estamos en el buen camino, entonces es tiempo de profundizar más en la fe y en la conversión. Porque uno nunca está completamente convertido, sino que siempre puede avanzar un poco más por el camino de perfección.
San Pablo escribe que «allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia». Cristo decía a los apóstoles: «Tened confianza, Yo he vencido al mundo» (Juan 16,33). Pero también preguntaba: «El Hijo del hombre, cuando venga, ¿encontrará aún fe sobre la tierra?» (Lucas 18,8).
Cristo se entregó a María como hijo, y al entregarse como hijo a Ella para que fuese su Madre, quiso que fuese la nuestra para que nosotros, como El, nos entregásemos a Ella.
Esta es una maternidad real, y para que la ejerciera Dios concedió a María todo. Por eso es mediadora de todas las gracias, omnipotencia suplicante. Cristo nos ha hecho hijos adoptivos del Padre e hijos adoptivos de su Madre.
El alma cristiana goza en decir a Dios Padre y en decirle a María Madre. Hijos de Dios, niños de Dios, hijos de María, niños de María.
Es por esa maternidad santa que María nos llama de todas las maneras posibles, es por esa maternidad santa que desde 1999 María viene a Lanús para congregar a sus hijos bajo Su amparo, y llevarnos hacia la plenitud eterna que es la Gloria de Dios. Esta Madre paciente, generosa, humilde, y sabia, nunca descansará hasta que sus niños estemos reunidos en Su Inmaculado Corazón. Por eso cada día 7 viene a abrazarnos, a recoger nuestras oraciones y elevarnos hasta Su hijo, que con ansias nos espera para derramar sobre nosotros Su Amor y misericordia, transformando nuestras vidas.
Por eso Ella estará también este sábado 7 de agosto en el Lugar de Encuentro con Dios. Es una cita que todos tenemos con nuestra Madre, la Madre de Dios, la Reina de todo lo creado, quien nos estará esperando.
Dejemos que esta Madre de conversión de las almas habite en nuestros corazones, haciendo todo lo que a través del amor se puede lograr. Convoquemos a la familia y amigos, para que se cumpla también en ellos las palabras del apóstol y que abunde en ellos la gracia. Y así, cuando venga nuestro Señor, encuentre fe sobre la tierra.
Esta peregrinación puede señalar el camino del cielo para muchos. Con él cumplimos con el mandamiento principal de la Ley: “Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”… y a tu prójimo como a ti mismo.
Dios merece ser amado por ser nuestro Sumo Bien, y con este acto de amor damos a Dios lo más importante que tenemos, nuestras almas y corazón.
La Virgen en todos sus mensajes nos llama a la conversión urgente, porque Ella sabe que de ello depende nuestra salvación eterna.
No dejemos pasar más tiempo y comencemos a vivir en serio la vida cristiana, porque no sabemos de cuánto tiempo disponemos para volver a Dios o perfeccionarnos en la virtud.

Las oraciones, y la Misa que se realizarán en este santo lugar, contará con la mejor compañía que podamos tener en nuestras vidas: la de María y Jesús.

No se olviden: sábado 7 de agosto, en la Plaza Auyero de Lanús Este, calle Arias y Salta.
¡Todo un día para María y Jesús, toda una vida transformada!

SOBRE LA TIBIEZA

¿Podremos oír sin temblar, de boca del mismo Dios, una tal sentencia, proferida contra un obispo que parecía cumplir perfectamente todos los deberes de un digno ministro de la Iglesia? Su vida era reglada, no malgastaba sus bienes. Lejos de tolerar los vicios, se oponía a ellos con tesón; en nada daba mal ejemplo, y su vida parecía digna de ser imitada.. Sin embargo, a pesar de todo esto, vemos que el Señor le advierte, por ministerio de San Juan, que, si continúa viviendo de aquella manera, le rechazará, esto es, le castigará y reprobará. Tanto más espantoso es este ejemplo cuanto son muchísimos los que siguen tal camino, viven del mismo modo, y tienen su salvación muy insegura. Cuán grande es el número de que a los ojos del mundo no son tenidos por pecadores reprobados, ni pertenecen tampoco a los escogidos! ¿Por cual de esos caminos andamos? ¿Seguimos la recta vía? Lo que más debe espantarnos es que no lo sabemos. ¡Horrible incertidumbre! Probemos, sin embargo, de investigar si sois tan desgraciados que pertenezcáis al número de los tibios. Voy, pues: 1.° A mostraros las señales por las cuales podréis conocerlo, y 2.° Si pertenecéis a tal clase, os indicaré los medios de salir de ella.

I.- Al hablaros hoy del estado espantoso de un alma tibia, no es mi propósito haceros la pintura horrible y desesperante del alma que vive en pecado mortal, sin deseos de salir de él: esta pobre desgraciada es una víctima de la cólera de Dios para la otra vida. Al hablaros del alma tibia, no quiero referirme tampoco a los que no confiesan ni cumplen la Pascua. Dejémoslos en su ceguera, ya que en ella quieren permanecer. Pero me dirá alguno, ¿es que aquellos que se confiesan, cumplen la Pascua y comulgan con frecuencia, no se salvarán? Cierto que no todos, amigo mío; pues, si se salvasen la mayoría de los que frecuentan los sacramentos, habríamos de convenir en que el número de los escogidos no es tan pequeño como realmente será. Sin embargo, reconozcámoslo: cuantos tengan la dicha de llegar al cielo, serán escogidos entre los que frecuentan los sacramentos, más nunca entre los que ni cumplen la Pascua ni se confiesan.

-¡Ah!, me dirás entonces, si todos ellos que no se confiesan ni cumplen la Pascua se condenan, grande será el número de los réprobos!
-Si, no hay duda que será grande. Y por más que digas, si vives como pecador, serás también contado en ese número. Mas ¿no te hace temblar tal pensamiento? Si no llegaste al último grado de endurecimiento, al pensar en esto debieras estremecerte. ¡Dios mío!, ¡cuán desdichada la persona que ha perdido la fe! Lejos de aprovecharse de estas verdades, esos pobres ciegos se burlarán de ellas; y, no obstante, digan lo que digan, pasará lo que yo os anuncio; sin confesión ni cumplimiento pascual, no habrá cielo ni felicidad eterna. ¡Dios mío!, ¡cuán horrible ceguera la del pecador!

No entiendo tampoco por alma tibia la que quisiera pertenecer al mundo sin empero dejar de ser de Dios: la que ahora veréis postrarse delante de Dios, su Salvador y Maestro, y más tarde la veréis postrarse ante el mundo, su ídolo. ¡Pobre ciego, el que tiende una mano a Dios y otra al mundo, llamando a los dos en su auxilio, prometiendo a ambos su corazón! Ama a Dios, o a lo menos quiere amarle; pero también quisiera Sagrada al mundo. Cansado de esforzarse en ser de ambos, acaba importa entregarse exclusivamente al mundo. Vida extraordinaria la suya, la cual nos ofrece tan singular espectáculo, que uno no llega a convencerse de que se trate de la vida de una misma persona. Voy a mostraros ese espectáculo de una manera tan clara, que tal vez muchos de vosotros os tendréis por ofendidos; mas ella poco importa, yo os diré siempre lo que debo.
Digo que aquel que quiere ser del mundo sin dejar de pertenecer a Dios lleva una vida tan extraordinaria, que las diferentes circunstancias que la rodean son difíciles de conciliar. Decidme: ¿os atreveríais a creer lo que esa joven que veis en esas partidas de placer, en esas reuniones mundanas, en las que siempre triunfa el mal en daño del bien, entregándose a todo cuanto puede desear un corazón maleado y pervertido, es la misma que, no hace aún quince días o un mes, visteis postrada ante el tribunal de la Penitencia, confesando sus culpas, haciendo ante Dios protestas de estar dispuesta a morir antes que recaer en pecado? ¿No es aquella misma que visteis acercarse a la Sagrada Mesa con los ojos bajos y la plegaria en los labios? ¡Dios mío!, ¡qué horror! ¿Podremos pensar en ello sin morir de compasión? ¿Creeréis que aquella madre que, hará unas tres semanas, enviaba a su hija a confesarse y, muy razonablemente, le recomendaba que considerase seriamente lo que iba a hacer, y al mismo tiempo le entregaba un rosario o un libro; hoy la instiga a ir a un baile? Decidme: ¿ no es esa persona que esta mañana estaba en el templo cantando las alabanzas del Señor, la misma que ahora emplea aquella misma lengua en cantar canciones infames y sostener las más torpes conversaciones? ¿No es éste aquel dueño o padre de familia que no ha mucho estaba oyendo la Santa Misa con gran reverencia, cual si quisiese emplear muy santamente el domingo, el mismo que ahora está trabajando y haciendo trabajar a toda su dependencia?

Dios mío!, ¡qué horror! ¿Cómo pondrá Dios todo esto en orden el día del juicio? ¡Ay!, cuántos cristianos condenados! Y digo más: aquel que quiere agradar al mundo y a Dios, lleva una vida de las más desdichadas. Ahora vais a ver cómo. Ved aquí una persona que frecuenta los placeres, o que ha contraído algún mal hábito; lo .cuál no ha de ser su temor mientras cumple sus deberes religiosos, es decir, mientras ora, se confiesa o comulga? No quisiera ser vista de aquellos con quienes danzó, en cuya compañía pasó las noches en la taberna, y con los cuales se entregó a toda suerte de desórdenes. Ha llegado hasta a engañar a su confesor, ocultándole lo peor de sus culpas, y de esta manera ha obtenido permiso para comulgar, o mejor, para cometer un horrendo sacrilegio; su gusto sería comulgar antes o después de la Santa Misa, o sea cuando en la iglesia no hay nadie. Aunque también le complace ser vista de las personas buenas, que ignoran su mala vida, v a las cuales espera hacer concebir ventajosa opinión de sí misma. Con las personas piadosas habla de religión, mas con la gente irreligiosa sólo se ocupa de placeres mundanos. Se avergonzaría de cumplir sus prácticas religiosas delante de los compañeros o compañeras de sus desórdenes. Es esto tan cierto, que un día alguien llegó a pedirme que le diese la sagrada comunión en la sacristía, para que no le viese nadie. ¡Qué horror! ¿Podremos considerar sin estremecernos tal manera de proceder?

Mas sigamos adelante, y veremos los apuros v compromisos de esas personas que quieren seguir al mundo, sin dejar tampoco a Dios, a lo menos en apariencia. He aquí que se acerca el tiempo del cumplimiento pascual. Es preciso ir a confesar; no es que lo deseen, ni que de ello sientan necesidad; antes, a ser posible, quisieran que la Pascua viniese sólo cada treinta años. Mas sus padres conservan aun la practica exterior de la religión, y se hallan satisfechos al ver que sus hijos se acercan a la Sagrada Mesa, y casi los fuerzan a confesarse: en lo cual no obran bien, por cierto. Rueguen por ellos enhorabuena, más no los inquieten, para llegar por fin a un sacrilegio. Para librarse de la importunidad de sus padres, para salvar 1as apariencias, esas personas se confabularan para tratar del confesor de quien mejor puedan esperar el ser absueltas la primera a la segunda vez.

«He aquí, dirá uno, que hace ya muchos días que mis padres me están importunando para que vaya a confesar. ¿Donde iremos, pues?» – «No podemos ir a nuestro párroco, pues es muy escrupuloso, y no nos dejaría cumplir la Pascua. Iremos a ver a Fulano. El absolvió a esos y aquellos, que ciertamente llevan realizadas más hazañas que nosotros». Otro dirá: «Te aseguro que, si no fuese por mis padres, no cumpliría el precepto pascual; pues el catecismo nos dice que, para hacer una buena confesión, es preciso dejar el pecado y las ocasiones de pecar, y nosotros no hacemos ni la uno ni lo otro. Háblote sinceramente, me hallo muy apurada cada vez que llega la Pascua. Estoy deseando estar colocada, para dejar definitivamente esa vida de doblez. Entonces haré una confesión de toda mi vida, para reparar las que ahora estoy haciendo; de lo contrario, no moriría contenta».

- «A mi parecer, le contestara su interlocutora, deberías volver al mismo con quien te confesaste hasta el presente, pues te conocerá mejor »
-«¡Ah!, eso si que no; iré al otro que no me quiso absolver, porque no quería llevarme a la condenación ».
- «¡Ah; tonta!, ¿que importa eso?, todos tienen el mismo poder».
- «Esto es lo que se dice cuando se esta bueno y se mira la muerte de lejos; más, en cuanto una se pone enferma, ve las cosas de muy distinta manera. Fui un día a visitar a Fulana, que estaba muy enferma; me dijo que jamás volvería a confesarse con aquellos sacerdotes tan fáciles de absolver, pues, queriéndoos salvar, os arrojan al infierno». Mirad de qué manera se portan esos pobres ciegos. «Padre mío, dicen al sacerdote, vengo a confesarme con usted porque nuestro párroco es demasiado escrupuloso. Quiere hacernos prometer cosas que no podemos cumplir; quisiera él que fuésemos santos, y esto no es posible en este mundo. Quisiera que nunca pusiésemos el pie en una sala de baile, que nunca frecuentásemos las tabernas y casas de juego. Si alguien ha contraído algún mal habito, no concede la absolución hasta que se haya enmendado en absoluto. Si debiésemos seguir sus ordenes, jamás podríamos cumplir la Pascua. Mis padres, que son muy religiosos, siempre me están importunando porque no cumplo la Pascua. Haré cuanto pueda, pero es imposible asegurar que jamás volveré a las diversiones citadas, pues uno no sabe en qué ocasiones se ha de encontrar» .

- ¡Ah!, le dirá el confesor, engañado por ese lenguaje, bien veo que tu párroco es un poco escrupuloso. Reza el acto de contrición ; yo te absolveré, más procura ser bueno. Esto es, inclina la cabeza; vas a hollar la Sangre adorable de Jesucristo, vas a vender a tu Dios, como Judas le vendió a sus verdugos y mañana comulgaras, o mejor, le crucificaras. ¡ Horror! ¡Abominación! ¡Anda, infame Judas, anda a la Sagrada Mesa; ve a dar muerte a tu Dios y a tu Salvador! Deja clamar a tu conciencia; mira de ahogar los remordimientos en cuanto te sea posible.
Más yo me extiendo demasiado; dejemos a esos pobres ciegos en las tinieblas donde moran.
Pienso que estáis deseando saber en que consiste el estado de un alma tibia. Pues vedlo aquí: El alma tibia no esta aun absolutamente muerta a los ojos de Dios, ya que no están enteramente extinguidas en ella la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen su vida espiritual. Pero su fe es una fe sin celo; su esperanza, una esperanza sin firmeza, y su caridad, una caridad sin ardor. Voy ahora a pintaros el retrato de un cristiano fervoroso, esto es, de un cristiano que desea verdaderamente salvar su alma, en parangón con el de una persona que lleva una vida tibia en el servicio de Dios. Pongámoslos uno al lado del otro, y podréis ver a cual de los dos os asemejáis. El buen cristiano no se contenta con creer todas las verdades de nuestra santa religión, sino que además las ama, las medita, busca todos los medios para penetrarlas mejor; le gusta oír la palabra de Dios; cuanto, más la oye, mayores deseos tiene de volver a oírla, pues desea aprovecharse de ella, esto es, evitar todo cuanto Dios le prohíbe, y practicar todo cuanto Dios le manda. No solamente cree que Dios ve todas sus acciones y las juzgara a la hora de la muerte, sino que además tiembla cuantas veces le viene el pensamiento de que un día habrá de dar cuenta de toda su vida ante Dios. Y no se contenta con pensar y temer, sino que todos los días trabaja en enmendarse, todos los días inventa nuevas maneras de mortificarse; tiene en nada todo cuanto ha hecho hasta el presente; se lamenta de haber perdido un tiempo precioso, durante el cual hubiera podido atesorar grandes riquezas para el cielo.

¡Cuan diferente es el cristiano que vive en la tibieza! No deja de creer todas, las verdades que la Iglesia enseña, más de una manera tan débil, que en ella casi no toma parte su corazón. No duda de que Dios le ve, de que esta siempre en su santa presencia; pero, a pesar de ese pensamiento, no es ni más bueno ni menos pecador; cae en pecado con tanta facilidad cual si no creyese en nada; esta muy persuadido de que, mientras viva en tal estado, es enemigo de Dios; más no por eso sale del mismo. Sabe que Jesucristo dio al sacramento de la Penitencia el poder de perdonar nuestros pecados y de acrecentar nuestra virtud. Sabe que dicho sacramento nos concede gracias proporcionadas a las disposiciones con que nos acercamos a recibirlo más no importa: la misma negligencia, la misma tibieza en la practica. Sabe que Jesucristo esta real y verdaderamente en el sacramento de la Eucaristía, alimento absolutamente necesario para su alma; sin embargo, ¡mirad cuan poco desea recibirlo! Sus confesiones y comuniones no son frecuentes; solamente se determina con ocasión de alguna gran festividad, de un jubileo, de una misión; o bien va para no distinguirse de los demás, pero no para alimentar su pobre alma. No solamente no trabaja para merecer una tal dicha, sino que ni tan solo envidia la suerte de los que se acercan frecuentemente a gustar de sus dulzuras. Si le habláis de las cosas de Dios, os responderá con una indiferencia que muestra bien a las claras cuan insensible sea su alma a los bienes que nos puede proporcionar nuestra santa religión. Nada le conmueve: escucha la palabra de Dios, es cierto, pero no es raro el caso en que se fastidie; la escucha con pena, por costumbre, cual una persona que cree saber ya bastante, y portarse lo suficientemente bien para no necesitar tales instrucciones. Las oraciones demasiado largas le molestan. Su espíritu esta aun absorbido por las obras que acaba de ejecutar, o por las que va a comenzar terminada la oración ; se fastidia tanto, que su pobre alma parece estar en la agonía vive aun, pero ya no es capaz de hacer nada en orden al cielo.

La esperanza del buen cristiano es firme; su confianza en Dios es inquebrantable. Nunca pierde de vista los bienes y los males de la otra vida, tiene siempre presente en su espíritu el recuerdo de los sufrimientos de Jesucristo; su corazón casi no se ocupa de otra cosa. Unas veces piensa en el infierno, para considerar la magnitud del castigo que el pecado merece, y la desgracia de quien lo comete, lo cual le dispone a preferir la muerte al pecado; otras veces, para excitarse al amor de Dios y para sentir la grandeza de la dicha de quien ama más a Dios que a todas las cosas, fija su pensamiento en el cielo, y se representa la magnitud del premio de quien lo deja todo por Dios. Entonces solo desea a Dios, solo quiere a Dios: nada valen para él los bienes de este mundo; le gusta verlos despreciados, y los desprecia el mismo; los placeres mundanos le causan horror. La muerte no le atemoriza, pues sabe muy bien que solo ella puede librarle de los males de esta vida y juntarle con Dios para siempre.

Mas el alma tibia esta muy alejada de tales sentimientos. Los bienes y los males de la otra vida casi no le interesan: piensa en el cielo, es cierto, más sin desear verdaderamente alcanzarlo. Sabe que el pecado le cierra las puertas de la celestial mansión; a pesar de esto no procura corregirse, a lo menos de una manera eficaz; por eso se la encuentra siempre ser la misma. El demonio la engaña haciéndole formar muchos propósitos de convertirse, de obrar mejor en adelante, de ser mas mortificada, más reservada en sus palabras, más paciente en sus penas, más caritativa para con el prójimo. Pero nada de esto cambia sensiblemente su vida hace ya veinte años que se halla animada de buenos deseos, sin haber mejorado en nada sus costumbres. Se parece a una persona que sintiese deseos de pensar en cargo triunfal, más no se dignase ni tan solo levantar el pie para subir a el. No quisiera renunciar a los bienes eternos por los bienes terrenales; pero no desea ni abandonar la tierra, ni llegar al cielo, y si pudiese pasar esta vida sin penas ni tristezas, nunca pediría salir de este mundo. Si la oís quejarse de que esta vida es muy larga y despreciable, será porque las cosas no le andan como quisiera. Si el Señor, para forzarla en alguna manera a desligarse de esta villa, le envía penas y miserias, ya la tenemos inquieta, triste, abandonándose al llanto, a las quejas y muchas veces a una especie de desesperación. Parece coma si no quisiese reconocer que es Dios quien le envía esas pruebas para su bien, para hacerle perder la afición a esta vida y atraerla a Él.

¿Qué hizo ella para merecerlas?, piensa para si; otros mucho más culpables no se ven tan castigados.

En la prosperidad, no diremos que el alma tibia llegue a olvidarse de Dios, mas tampoco se olvida de si misma. Sabe referir muy bien todos cuantos medios empleo para salir con éxito; piensa que muchos otros no habrían logrado lo que ella logro; y se complace en repetirlo, y le gusta oírlo repetir; cuantas veces lo oye, experimenta una nueva sensación de alegría. Con aquellos que la lisonjean, toma un aire jovial; más con los que no le tuvieron el respeto que cree merecer, con los que no se mostraron agradecidos a sus favores, muestra siempre un gesto de frialdad e indiferencia, cual si continuamente les estuviese echando en cara su ingratitud. El buen cristiano, en cambio, lejos de creerse digno de algo Y capaz de la menor obra buena, solo tiene ante sus ojos la humana miseria. Desconfía de quienes le adulan, cual si fuesen lazos que el demonio le tiende; sus mejores amigos son aquellos que le dan a conocer sus defectos, pues sabe que, para enmendarse, es preciso conocerlos. En cuanto le es posible, hove las ocasiones de pecar: teniendo siempre presente que la más leve cosa es capaz de hacerle caer, no fía nunca en sus solos propósitos, en sus fuerzas, ni tan solo en su virtud. Conoce, por propia experiencia, que no es capaz de otra cosa que de pecar; pone toda su esperanza y toda su confianza en solo Dios. Sabe que el demonio a nadie teme tanto como al alma aficionada a la oración, y esto le mueve a hacer de su vida una oración continuada, mediante una íntima conversación con su Dios. Pensar en Dios le es cosa tan familiar como la respiración; con gran frecuencia levanta su corazón a lo alto: se complace en pensar en Dios como en su Padre, su amigo, su Señor que le ama tiernamente y desea con anhelo hacerle feliz en este mundo y aun más en el otro. En una palabra, hace consistir su felicidad en las penas y aflicciones, en la oración, el ayuno y la practica de la presencia de Dios. El alma tibia no pierde enteramente su confianza en Dios; pero no desconfía lo bastante de sí propio. Aunque se pone a menudo en ocasiones de pecar, piensa siempre que no va a caer. Si sobreviene la caída, la atribuye al prójimo y afirma que otra vez tendrá mayor firmeza.

Aquel que ama verdaderamente a Dios y pone el mayor interés en la salvación de su alma, toma todas las precauciones posibles pares evitar la ocasión de pecar. No se contenta con evitar las faltas graves, sino que pone gran diligencia en combatir las más leves culpas que en su conducta descubre. Considera siempre como un gran mal todo cuanto puede desagradar a Dios en lo más mínimo; mejor dicho, aborrece todo cuanto desagrada a Dios. Figurase como si estuviese al pie de una escalera, a cuya circa debe subir; ve que, para lograrlo, no hay tiempo que perder; por esto cada día adelanta de virtud en virtud hasta el momento de entrar en la eternidad. Aquí tenéis lo que hace el alma que trabaja por Dios y desea verle. Como el relámpago, no encuentra limites ni retrasos, hasta que llegue a sepultarse en el seno de su Creador. ¿Por que nuestro espíritu se traslada con tanta facilidad de una parte a otra del mundo? Para darnos a entender con cuanta rapidez debemos dirigirnos a Dios con nuestros pensamientos y deseos.

Mas no es este el amor de Dios del alma tibia.. No hallamos en ella esos deseos ardientes, ni esas llamas abrasadoras que nos hacen vencer todos cuantos obstáculos se oponen a la salvación. Para pintaros exactamente el estado del alma que vive en la tibieza, os diré que se parece a una tortuga o a un caracol. No anda, sino que se arrastra por la tierra, v apenas se la ve cambiar de sitio. El amor divino que siente en su corazón es semejante a una pequeña chispa de fuego, oculta en un montón de cenizas; ese amor se halla rodeado de tantos pensamientos y deseos terrenales, que, si no llegan a ahogarlo, impiden su incremento y poco a poco lo van extinguiendo. Cuando el alma tibia llega a este punto, permanece ya del todo indiferente ante tal pérdida. Su amor carece de ternura, de actividad, de energía, apenas capaz de mantenerla en la observancia de lo que es esencialmente necesario para salvarse; pero ella tiene por nada o muy poca cosa todo lo demás. ¡Ay!, el alma vive en su tibieza como una persona en el estado de somnolencia. Quisiera obrar, pero su voluntad está tan debilitada que no tiene ánimo ni fuerza para cumplir sus deseos (Prov., XXI, 25.).

Cierto que el cristiano que vive en la tibieza cumple aún con bastante regularidad sus deberes, a lo menos en apariencia. Todas las mañanas rezará arrodillado sus oraciones; recibirá los sacramentos por la Pascua y aun muchas otras veces durante el año mas todo ello con tanta displicencia, tanta dejadez y tanta indiferencia, con tal falta de preparación, con tan poca eficacia en el mejoramiento de su vida, que claramente se ve que cumple sus deberes sólo por hábito y por rutina; porque es tal fiesta yen ese día tiene la costumbre de practicar tal devoción. Sus confesiones y comuniones no serán sacrílegas, si queréis; pero son confesiones y comuniones sin fruto, las cuales, en vez de perfeccionarle a los ojos de Dios, le hacen aún más culpable. En cuanto a sus oraciones, sólo Dios sabe de qué manera son hechas: ¡ay! sin preparación. Por la mañana, no es de Dios de quien se ocupa, ni tampoco de la salvación de su alma, sino solamente de trabajar. Su espíritu está tan lleno de las cosas de la tierra, que no queda en él lugar para el pensamiento de Dios. Piensa en lo que hará durante el día, dónde enviará sus hijos o sus criados, de qué manera emprenderá tal o cual obra. Para rezar, se arrodilla, es verdad; mas no sabe ni lo que quiere pedir a Dios, ni lo que le es necesario, ni hasta delante de quién se halla; claramente lo delatan sus modales tan faltos de respeto. Viene a ser un pobre que, aunque miserable, no quiere nada, se complace en su pobreza. Es un enfermo casi desahuciado, que desprecia los médicos y los remedios, y se complace en su enfermedad. Veréis a esa alma tibia no tener reparo alguno en hablar durante el curso de sus oraciones, bajo cualquier pretexto; cualquier cosa se las hace abandonar, si bien pensando que las continuara más tarde. ¿Quiere ofrecer a Dios el día, rezar el benedicite, dar las gracias ? Todo eso practica, es verdad; pero muchas veces sin saber ni atender a quien habla. Quizá ni tan solo deja su trabajo. ¿Se trata de un hombre?, pues lo veréis entretenerse dando vueltas a su gorro o sombrero entre las manos, cual si mirase si es bueno o estropeado, cual si quisiera venderlo. ¿Se trata de una mujer?, pues rezara mientras corta el pan para la sopa, echa leña al fuego, o bien yendo a la zaga de sus hijos o de sus sirvientas. Las distracciones en la oración no serán del todo voluntarias, si queréis; preferiría no tenerlas; pero, como para apartarlas debe hacerse cierta violencia, las deja ir y venir libremente.

El alma tibia quizá no para el día del domingo trabajando en obras que los que tienen menos religión consideran como prohibidas; pero no tiene escrúpulo en remendar una prenda de ropa, en arreglar tal o cual cosa de uso domestico, en enviar los pastores al campo durante la hora de los oficios, bajo el pretexto de que tienen que dar de comer al ganado; prefiere dejar perecer su alma y la de sus trabajadores a dejar perecer las bestias. Si es un hombre, reparara sus herramientas o sus vehículos para el día siguiente; ira a visitar sus tierras, tapara un agujero, arreglara sus cuerdas, transportara cubos o los remendara. ¿Que os parece? ¿No es esto lo que sucede en realidad?

El alma tibia se confesara aun todos los meses y quizá más a menudo. Pero ¿que confesiones? Sin preparación, sin deseos de corregirse ; y si los concibe, son ellos tan débiles que el primer soplo los echa por tierra. Sus confesiones no son más que una repetición de las pasadas, y aun gracias que no tenga nada que añadir. Hace ya veinte años se acusaba de lo que se acusa hoy, dentro de veinte años, si aun se confiesa, repetirá lo mismo. El alma tibia no cometerá, si queréis, grandes pecados; pero, si se trata de una leve murmuración, de una mentira, de un sentimiento de odio, de aborrecimiento, de celos, de un pequeño disimulo, con facilidad los comete. Si no la respetáis cual cree ser merecedora, os lo echara en cara so pretexto de que con ello se ofende a Dios; pero mejor diría que es porque ella misma se siente ofendida.

Cierto que no dejara de frecuentar los sacramentos, más las disposiciones con que va a recibirlos inspiran lastima. Encierra a su Dios en una cárcel sucia y oscura, No le da muerte, pero le deja en su corazón sin alegría, sin consuelo; todas sus disposiciones delatan que aquella pobre alma no tiene más que un soplo de vida. Una vez recibida la Sagrada Comunión, el alma tibia casi no piensa en Dios más que los otros días. La manera de portarse nos da a entender que no se ha dado cuenta de la magnitud de su dicha.

La persona tibia reflexiona muy poco sobre el estado de su alma, y casi nunca vuelve la vista hacia el pasado; si le viene al pensamiento la necesidad de portarse mejor, cree que, una vez confesados sus pecados, debe permanecer perfectamente tranquila. Asiste a la Santa Misa casi como a un acto ordinario; no considera seriamente la alteza de aquel misterio, y no tiene inconveniente en conversar sobre cualquier cosa mientras se dirige al templo; quizá ni se le ocurrirá nunca pensar que va a participar del mas grande de los dones, que Dios, con ser Dios, pudo otorgarnos. Piensa ciertamente en las necesidades de su alma, pero con debilidad de espíritu; muchas veces se presenta ante su Dios sin saber siquiera lo que ha de pedirle. Durante los oficios, no quiere dormirse, es cierto, y hasta come que los demás lo adviertan; pero no se hace la menor violencia. Tampoco quisiera tener distracciones durante la oración o la Santa Misa; más, como ello implicaría cierta lucha, las tolera con paciencia, aunque no las desee. Los días de ayuno casi no los distingue, pues o bien adelanta la hora de la comida, o bien hace una abundante colación, casi equivalente a una cena, alegando el pretexto de que el cielo no se alcanza con hambre. Al practicar algunas buenas obras, a menudo su intención no es del todo pura: unas veces son para complacer a alguien, otras por compasión, otras hasta para agradar al mundo. Para los tales, todo cuanto no sea un grave pecado, resulta ya aceptable. Les gusta pacer el bien, pero no quieren hallar dificultades al practicarlo. Hasta les gustaría visitar a los enfermos, pero seria preciso que los enfermos viniesen a ellos. Tienen medios de hacer limosna, conocen a las personas que están necesitadas; pero esperan a que se la vengan a pedir, en vez de anticiparse, con lo cual sus obras serian doblemente meritorias. En una palabra, la persona que lleva una vida tibia no deja de practicar muchas buenas obras, de frecuentar los sacramentos, de asistir puntualmente a las funciones; más en todos sus actos veréis una fe débil, lánguida, una esperanza que a la menor prueba se viene abajo, un amor de Dios y del prójimo sin ardor y sin gusto; todo cuanto hace no resulta enteramente perdido, más poco le falta para ello.

Considerad ahora delante de Dios en que lado os halláis: ¿en el de los pecadores, que lo abandonaron ya todo, que no piensan ya en la salvación de su pobre alma, que se hunden en el pecado sin remordimiento alguno? ¿En el lado de las almas justas, que solo ven y buscan a Dios, que se inclinan siempre a pensar mal de si mismas y quedan en seguida convencidas cuando se les hace notar algún defecto suyo; que se creen siempre mil veces mas miserables de lo que opinan los demás, y tienen en nada todo cuanto hicieron hasta el presente? O bien, ¿pertenecéis al numero de aquellas almas perezosas, tibias e indiferentes, tal como acabamos de pintarlas? ¿Cual es el camino por donde andáis? ¿Quien podrá estar seguro de que no es ni pecador, ni tibio, sino de los escogidos? ¡Ay!, ¡cuantos parecen buenos cristianos a los ojos del mundo, más son tibios a los ojos de Dios, que lo ve todo y conoce nuestro interior!

II.-Pero, me diréis, ¿de que medios hemos de valernos para salir de tan miserable estado? – Si deseáis saberlo, atended un momento. Y, ante todo, debo advertiros que el que vive en la tibieza, en cierto sentido está más en peligro que aquel que vive en pecado mortal; y que las consecuencias de un tal estado son acaso más funestas. He aquí la prueba. El pecador que no cumple el precepto pascual, o que ha contraído hábitos malos o criminales, lamentase, de vez en cuando, del estado en que vive, en el cual está resuelto a no morir; desea salir del mismo, y un día llegara a hacerlo. Mas el alma que vive en la tibieza, no piensa en salir de ella, pues cree estar bien con Dios.

¿Que habremos de concluir de esto? Vedlo aquí. Esa alma tibia viene a ser un objeto insípido, insustancial, desagradable a los ojos de Dios, quien acaba por vomitarlo de su boca; o sea acaba por maldecirlo y reprobarlo. ¡Oh Dios mío, a cuantas almas pierde ese estado! Si queréis hacer que un alma tibia salga de su estado, os contestará que no pretende ser santa; que, con tal de entrar en el cielo, ya tiene bastante. No pretendes ser Santo, y no consideras que solo los santos llegan al cielo. O ser Santo, o réprobo: no hay termino medio.

¿Queréis salir de la tibieza? Llegaos frecuentemente a la puerta de los abismos, en donde se oyen los gritos y los alaridos de los réprobos, y podréis formaros idea de los tormentos que experimentan por haber vivido tibiamente y con negligencia respecto al negocio de su salvación. Levantad vuestros pensamientos hacia el cielo, y considerad cual sea la gloria de los santos por haber luchado y por haberse violentado mientras estaban en la tierra. Mirad lo que hicieron para merecer el cielo. Mirad que respeto sentían por la presencia de Dios; que devoción en sus oraciones, las cuales no cesaban en toda su vida. Mirad su valentía en combatir las tentaciones del demonio. Ved con que gusto perdonaban y hasta favorecían a los que los perseguían, difamaban o les deseaban mal. Mirad su humildad, el desprecio de si mismos, el gusto con que se veían despreciados, y el terror con que miraban las alabanzas y la estimación del mundo. Mirad con que atención evitaban los más leves pecados, y cuán copiosas lagrimas derramaban por sus culpas pasadas. Mirad que pureza de intención en todas sus buenas obras: no tenían otra mira que Dios, solo deseaban agradar a Dios. ¿Que más os diré? Mirad aquella muchedumbre de mártires que no pueden hartarse de sufrimientos, que suben a los cadalsos con mayor alegría que los reyes al trono. Terminemos. No hay estado más terrible que el de aquella persona que vive en la tibieza, pues antes se convertirá un gran pecados que un tibio. Si nos hallamos en tal estado, pidamos a Dios, de todo corazón, la gracia de salir de é1, para emprender el camino que todos los santos siguieron y así poder llegar a la felicidad de que ellos disfrutan.

La vida de oración y la contemplación en medio del mundo

Durante muchos siglos de la historia de la espiritualidad, ha sido opinión muy difundida que la contemplación es un fenómeno reservado exclusivamente al estado de vida religioso, hasta el punto de que la locución «vida contemplativa» se utilizaba como equivalente a «vida religiosa». Esto se debe a un dar por supuesta la incompatibilidad entre acción o vida activa, y contemplación o vida contemplativa. En consecuencia, una vida plenamente inmersa en el mundo era considerada como un obstáculo insuperable para el cristiano que quisiera llegar a ser contemplativo: para ello, éste tendría que abandonar necesariamente las actividades seculares.

 

San Josemaría Escrivá de Balague y  la contemplación en medio del mundo:

 

Uno de los rasgos esenciales del mensaje que Dios confió a San Josemaría Escrivá de Balaguer es precisamente la plena y abierta proclamación de la contemplación en medio del mundo: «La contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas con conocimiento elementales de religión piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas, con las que se ganan la vida.

Vamos a tratar de delinear ahora los rasgos característicos de la contemplación en medio del mundo según las enseñanzas de San Josemaría. En primer lugar señalaremos cómo en ellas aparece claramente indicado que la oración contemplativa no se ha de limitar a unos momentos concretos durante el día: ratos dedicados expresamente a la oración personal y litúrgica, participación en la Santa Misa, etc., sino que ha de abarcar toda la jornada, hasta llegar a ser una oración continua. En 1940 escribía: «Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos –en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar–, nos encontraremos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo –personas, cosas, tareas– nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor».

 

Contemplación en medio del mundo y santificación del trabajo:

 

En las enseñanzas de San Josemaría, la posibilidad de alcanzar esta oración contemplativa continua depende estrechamente de una realidad, que constituye el núcleo más profundo del espíritu del Opus Dei: la santificación en medio del mundo a través del trabajo profesional. En efecto, cuando describía el espíritu que Dios le había confiado, señalaba que éste «se apoya como en su quicio, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestro iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios».

El Fundador del Opus Dei solía sintetizar sus enseñanzas sobre la santificación del trabajo con una fórmula ternaria, muy frecuente en sus escritos: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, o bien, con la frase equivalente: santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar a los demás con la profesión. Al formular esta trilogía, seguía habitualmente el orden citado, lo cual expresa su profunda convicción de que la santidad personal (santificarse en el trabajo) y el apostolado (santificar con el trabajo) no son realidades que se alcanzan sólo con ocasión del trabajo, como si éste fuera algo marginal a la santidad, sino precisamente a través del trabajo, que ha de ser santificado en sí mismo (santificar el trabajo). Con la frase central del tríptico: santificarse en el trabajo, quería dejar claro que el cristiano que por voluntad divina se halla plenamente inmerso en las realidades temporales, debe santificarse no sólo mientras trabaja, sino también precisamente por medio de su trabajo, que de este modo se convierte en medio de santificación: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como una realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora».

Cuando San Josemaría propone el trabajo profesional como medio de santificación para el cristiano corriente no está enseñando que el trabajo, considerado como mera actividad humana, santifique por sí mismo, por decirlo de algún modo, ex opere operato, como santifican los sacramentos, porque en sus enseñanzas, la expresión santificarse en el trabajo es inseparable de santificar el trabajo, es decir, el trabajo «que santifica» es al mismo tiempo un trabajo «santificado», o sea, el que reúne las siguientes características: estar bien hecho humanamente, elevado al plano de la gracia –y por tanto realizado en estado de gracia–, llevado a cabo con rectitud de intención –para dar gloria a Dios–, por amor a Dios y con amor a Dios. En definitiva, el trabajo que constituye un medio de santificación es el que, con la gracia divina, se realiza de tal manera que ha llegado a convertirse en oración. Así lo afirma explícitamente San Josemaría en el texto siguiente: «No entenderían nuestra vocación los que (…) pensaran que nuestra vida sobrenatural se edifica de espaldas al trabajo: porque el trabajo es para nosotros, medio específico de santidad. Lo que quiero deciros es que hemos de convertir el trabajo en oración y tener alma contemplativa». «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración».

«Lo extraordinario nuestro es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por alto –también con elegancia humana– las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración».

 

La posibilidad de transformar el trabajo en oración:

 

Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei, reflexionando sobre las enseñanzas de éste, explica el fundamento teológico de la posibilidad de transformar el trabajo en oración: «Pero, ¿es verdaderamente posible transformar la entera existencia, con sus conflictos y turbulencias, en una auténtica oración? Debemos responder decididamente que sí. De lo contrario, sería como admitir de hecho que la solemne proclamación de la llamada universal a la santidad realizada por el Concilio Vaticano II, no es más que una declaración de principios, un ideal teórico, una aspiración incapaz de traducirse en realidad vivida para la inmensa mayoría de los cristianos. El fundamento teológico de la posibilidad de transformar en oración cualquier actividad humana y, por tanto, también el trabajo, es ilustrado por el Santo Padre Juan Pablo II en la Encíclica Laborem exercens (n. 24), donde, al describir algunos elementos para una espiritualidad del trabajo, afirma: “Puesto que el trabajo en su dimensión subjetiva es siempre una acción personal, actus personæ, se sigue que en él participa el hombre entero, el cuerpo y el espíritu. Al hombre entero ha sido dirigida la Palabra del Dios vivo, el mensaje evangélico de la Salvación”. Y el hombre debe responder a Dios que lo interpela con todo su ser, con su cuerpo y con su espíritu, con su actividad. Esta respuesta es precisamente la oración. Puede parecer difícil poner en práctica un programa tan elevado. Sin la ayuda divina es ciertamente imposible. Pero la gracia nos eleva muy por encima de nuestras limitaciones. El Apóstol dicta una condición precisa: hacer todo para la gloria a Dios, con absoluta pureza de intención, con el anhelo de agradar a Dios en todo (cfr. 1 Co 10, 13)». Como se puede observar en este texto, Mons. Álvaro del Portillo, tomando pie de la antropología teológica de Juan Pablo II aplicada concretamente a la realidad del trabajo, sostiene una concepción globalizante de la oración, podríamos decir «personalista», donde el sujeto de la misma es la persona entera, con su cuerpo y con su alma. Por ello, cuando un cristiano realiza su trabajo profesional con perfección humana, con rectitud de intención, con y por amor de Dios, está ya haciendo oración: todo su actuar –no sólo su pensar, sino también su obrar corporal– expresa externamente la comunión de amor con Dios que existe en su corazón, y esto constituye una verdadera oración, que se podría llamar «oración de las obras», ya que en ella se ora con y a través de las obras. A fin de cuentas, es la virtud de la caridad la que dignifica el trabajo, que sin dejar de ser trabajo en un plano humano, resulta elevado por el amor de Dios a una dimensión teologal, donde es al mismo tiempo verdadera oración. Así lo afirmaba explícitamente San Josemaría: «El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Co 10, 31)».

Volviendo a la trilogía antes mencionada, entendemos mejor ahora que el contenido de la expresión santificarse en el trabajo no es una mera compaginación, más o menos conseguida, entre ocupaciones temporales y vida teologal, entre el trabajo y la oración. A decir verdad, lo que allí se propone no es una yuxtaposición entre las dos realidades, sino más bien la plena unión de ambas, de tal forma que los dos conceptos llegan a identificarse. Así lo enseñaba San Josemaría: «Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega un momento en que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia».

 

El trabajo santificado y santificante se convierte en verdadera oración contemplativa:

 

«Cuando respondemos generosamente a este espíritu, adquirimos una segunda naturaleza: sin darnos cuenta, estamos todo el día pendientes del Señor y nos sentimos impulsados a meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él, nos resultan insípidas. Llega un momento, en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios –sin rarezas–: endiosamiento».

Las actividades humanas nobles no constituyen para San Josemaría un obstáculo para la contemplación, por lo que no es necesario alejarse del mundo para alcanzarla. Es más, ya que el trabajo proporciona la materia para la misma, cuando más inmerso está un cristiano en las realidades temporales, más espíritu contemplativo puede y debe poseer.

Lo que San José María propone como contemplación en medio del mundo es verdadera oración contemplativa, y no una contemplación rebajada o de segunda categoría. En este sentido, escribía en Forja: «Nunca compartiré la opinión –aunque la respeto– de los que separan la oración de la vida activa, como si fueran incompatibles. Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura». Y este mirar a Dios se realiza precisamente a través de los acontecimientos y circunstancias que entretejen la vida ordinaria, como escribe en el mismo libro: «Contempla al Señor detrás de cada acontecimiento, de cada circunstancia, y así sabrás sacar de todos los sucesos más amor de Dios, y más deseos de correspondencia, porque Él nos espera siempre, y nos ofrece la posibilidad de cumplir continuamente ese propósito que hemos hecho: “serviam!”, te serviré».

En una homilía el Fundador del Opus Dei señalaba: «Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid –insisto– ese algo divino que en los detalles se encierra». En este mismo lugar, San Josemaría hace hincapié en que la vida ordinaria es el lugar donde se ha de encontrar a Dios: «Hijos míos, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres». En un estudio teológico sobre esta homilía, P. Rodríguez propone como una de las enseñanzas centrales de la misma, la tesis siguiente: «Las situaciones que parecen más vulgares, arrancando desde la materia misma, son metafísica y teológicamente valiosas: son el medio y la ocasión de nuestro encuentro continuo con el Señor», y después de realizar un análisis teológico de la expresión «materialismo cristiano» empleada por San Josemaría, escribe: «La unidad entre la vida de relación con Dios y la vida cotidiana –trabajo, profesión, familia– no viene desde fuera sino que se da en el seno mismo de esta última, porque aquí, en la vida común, se da una inefable “epifanía” de Dios, particular y personal para cada cristiano: ese algo santo, que cada uno debe descubrir».

 

El itinerario de la oración cristiana:

 

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta una visión dinámica de la vida de oración, al hablarnos de «tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón», señalando de este modo que no hay barreras entre los diversos modos de orar.

En efecto, la experiencia de los santos muestra que no hay barreras infranqueables entre los diversos modos de orar, en el sentido de que en cualquier momento dedicado a la oración pueden coexistir las mencionadas tres «expresiones mayores» de ella.

Por ejemplo, según Santa Teresa de Jesús, la oración vocal y la mental no se pueden disociar, porque no es verdadera oración la de quien no está atento: «Porque a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios». La santa enseña que cuando se ora vocalmente es preciso saber lo que decimos: «Lo que yo querría hiciésemos nosotras, hijas, es que no nos contentemos con sólo eso [pronunciar las palabras]; porque cuando digo “Credo”, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo; y cuando digo “Padre nuestro”, amor será entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que nos enseñó esta oración».

Además, la santa de Ávila enseña que la oración vocal y la contemplación pueden combinarse bastante bien. En esa línea escribe: «Si no dijeran que trato de contemplación, venía aquí bien en esta petición [del Padre Nuestro] hablar un poco de principios de pura contemplación, que los que la tienen llaman oración de quietud; mas como he dicho que trato de oración vocal, parece no viene lo uno con lo otro a quien no lo supiere, y yo sé que sí viene. Perdonadme que lo quiero decir aquí, porque sé que muchas personas rezando vocalmente las levanta Dios a subida contemplación, sin procurar ellas nada ni entenderlo. Por esto pongo tanto, hijas, en que recéis bien las oraciones vocales. Conozco una monja que nunca pudo tener sino oración vocal, y asida a ésta lo tenía todo; y si no, íbasele el entendimiento tan perdido que no lo podía sufrir. Mas ¡tal tengan todas la mental! En ciertos Paternóster que rezaba a las veces que el Señor derramó sangre se estaba –y en poco más– dos o tres horas, y vino a mí muy congojada, que no sabía tener oración ni podía contemplar, sino rezar vocalmente. Era ya vieja y había gastado su vida harto bien y religiosamente, Preguntándole yo qué rezaba, en lo que me contó vi que, asida al Paternóster, la levantaba el Señor a tener unión.  Ansí, alabé al Señor y hube envidia su oración vocal». Y, también a propósito del Padre Nuestro, afirma la santa de Ávila: «Espántame ver que en tan pocas palabras está toda la contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos menester otro libro sino estudiar en éste».

También el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la oración vocal puede constituir un inicio de oración contemplativa:

«La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquel “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26). Por ello, la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa».

Encontramos la misma enseñanza en los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra.

Por su parte, Juan Pablo II enseña que la oración vocal del Santo Rosario puede ser un camino hacia la contemplación: «El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: “Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma, y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas (…). Por su naturaleza, el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza” (Exhortación apostólica Marialis cultus, 2-II-1974, n. 47)».

Sobre esta oración vocal, escribe San Josemaría Escrivá de Balaguer: «¿Quieres amar a la Virgen? Pues, ¡trátala! ¿Cómo? Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! -¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar. Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?».

La dimensión contemplativa de la vida de oración está ya presente desde el inicio de ésta, pero de manera aún muy débil, por lo que el cristiano que comienza a orar vocalmente y a meditar no es aún consciente de la contemplación incipiente, pero en la medida en que progresa en su vida de oración, comienza a prevalecer la oración contemplativa sobre las otras formas de oración, y acaba por imponerse, sin que por ello sea abandonada la oración vocal y la meditación. Cuando la dimensión contemplativa prevalece en la vida de oración, tanto la oración vocal como la discursiva o meditativa, asumen tonalidades de mayor sencillez, interioridad y recogimiento, de manera que la oración contemplativa no descarta las otras formas de oración, sino las modela y tonifica. De este modo, el estado de oración contemplativa, no es más que el predominio de la dimensión contemplativa de la vida de oración sobre otras expresiones de ésta.

En definitiva, más que de grados de vida de oración se debe hablar de tres formas o expresiones mayores de ella, teniendo en cuenta que en cada momento o situación de la vida espiritual prevalece una forma concreta de oración sobre las demás, hasta llegar a la cumbre de la vida de oración en que ésta se manifiesta principalmente como oración contemplativa.

Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad, mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa “conversación habitual” con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo en esa santidad» (Camino, 107).

La senda de la oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro. Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.

En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído, confrontarlo con la propia vida, etc., sabiendo que resulta muy conveniente e incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones, propósitos…, que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y las ocupaciones inherentes a la propia situación.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone un verdadero “combate” espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un “combate” en el que siempre estamos a la expectativa del “premio” —el mismo Dios— que se entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.

«Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”» (Camino, 91).

Unos consejos para hacer oración:

 

«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).

Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no con nosotros mismos.

En esta línea se inscribe la recomendación de “meterse” en las escenas del Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, 253).
Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios, 255).

Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él. Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.

Vida de oración:

 

El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso. (Amigos de Dios, 295).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, 296).

Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo, buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que marchamos junto al Maestro.

Así, no se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.

El problema de quien no cree

“Si el ser humano sólo confía en lo que ven sus ojos, en realidad está ciego porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial.
Porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no las ve con los ojos de los sentidos, y en esa medida aún no se percibe bien de que es capaz de ver más allá de lo directamente perceptible.”

Joseph Ratzinger, Dios y el mundo, p. 16

 

Tener fe o no tener fe, esa es la cuestión:

Hay personas con fe y personas sin fe. Personas que la tienen y viven como si no la tuvieran; y personas que no la tienen y quisieran tenerla.
Personas que nacen en el seno de una familia cristiana y son casi genéticamente cristianas. Personas a las que nunca nadie habló de Dios, no lo conocen y por falta de experiencia “divina” carecen de sensibilidad para las cosas espirituales. La fe no les dice nada, porque no pueden imaginar lo que es tenerla.

Personas que perdieron la fe que alguna vez tuvieron; se les quedó por el camino y no les interesa mucho por dónde. No les dice nada porque se aburrieron de lo que creían. Personas ansiosas por encontrar un sentido a la rutina de sus vidas.

En estas breves páginas, quisiera explicar al creyente (que más allá de crisis coyunturales nunca ha experimentado lo que es vivir sin fe) el problema de quien carece de fe. Porque, digámoslo de entrada, aunque no sea conciente, quien no tiene fe tiene un problema muy serio.

¿Cuál es el problema de quien carece de fe?:

Para comenzar, se pierde de conocer mucho de la realidad. Y, en concreto, lo más elevado.

Puede alcanzar sólo una visión muy superficial de la vida humana: lo que se ve, se oye, se come, engorda, enferma, etc. Pero el hombre es bastante más que una máquina que procesa comida, trabaja y se reproduce. Quien pierde el espíritu humano (lo más valioso del hombre) pierde mucho (y la relación con Dios es la expresión más alta del espíritu humano).

Pierde, además, la trascendencia y su vida queda así encerrada en la “cárcel” de la inmanencia de este mundo. Podrá disfrutar muchas cosas, divertirse, etc., pero su vida -considerada globalmente- se ha convertido en un camino hacia el cáncer y la tumba. Es duro, pero no cabe esperar otra cosa. Pierde el sentido más profundo del amor, que sin espíritu queda reducido a mero placer.

Se le escapa el sentido más profundo de la vida (para qué vivo, dónde voy…). No sabe de dónde viene ni adónde va. No es capaz de alcanzar lo único que, en definitiva, realmente importa. No tiene una sola respuesta para los problemas cruciales de la existencia humana. Como reconocía un premio Nobel español, agnóstico, lleno de tristeza hacia el final de su vida: “no tengo una sola respuesta para las cosas que realmente me interesan. Soy un sabio muy especial. Un sabio que no sabe nada de lo que le importa”.
Quien dice que sólo creerá lo que toque y vea (“si no lo veo no lo creo”), en realidad no sabe lo que está diciendo. La realidad más profunda de las cosas no está a nivel superficial y, por tanto, está fuera del alcance de los sentidos. No se ve con los ojos, no se pesa en una balanza, ni siquiera se alcanza con un microscopio. Se “ve” con la inteligencia, pero más allá de donde llegan los sentidos. Y, la verdad más grande -cómo es la vida íntima de Dios-, supera incluso esta capacidad intelectual de “ver”: sólo se accede a ella por la fe.
De modo brillante y resumido se lo explica el zorro al Principito cuando le dice: “no se puede ver sino con el corazón. Lo esencial está oculto a los ojos” (Antoine de Saint-Exupery, El Principito, XXI). El hombre sin fe nunca llega a entender algunas de las cosas más importantes de su vida. Como por ejemplo:

 La felicidad y las ansias de infinito

Las realidades espirituales

El sentido de la vida (para qué estamos acá)

Los anhelos más profundos de la persona

El fracaso

El dolor

La muerte (tanto en general, como la propia y la de los seres queridos)

Y sobretodo lo que viene después.

 

Quien se cierra en su no-creeencia tiene cerrado el acceso a Dios, a la redención, a la salvación. Cerrado a la trascendencia, está cerrado a su desarrollo más pleno, y sobre todo a la felicidad perfecta.
En el ser humano hay unas ansias de infinito que no es posible reprimir: nada de este mundo lo satisface plenamente, porque las cosas de aquí le “quedan chicas”. Esas ansias de infinito serán saciadas después de esta vida. Por eso quien está cerrado a la trascendencia, está frustrado existencialmente, pues le resulta imposible concebir como posible la satisfacción de la tendencia más radical de su ser: su tendencia a la plenitud.

Sólo quien sabe quién es puede vivir con plenitud:

En la Misa inaugural de su Pontificado Benedicto XVI recordó que “únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” (Benedicto XVI, Homilía del 24.4.05).
El hombre sin fe, se pierde lo mejor de la vida (que no necesariamente es lo más divertido): Dios y la vida eterna quedan fuera del horizonte de su vida y de su alcance.

Algunos, con buen corazón, pueden ocuparse de cosas muy nobles, como la ciencia o el arte; también contribuir al bien temporal de los demás. Todo esto es muy bueno. Pero, les falta algo, en realidad mucho: la apertura al infinito y la perfección, que da sentido y valor a lo que hacen. Para ellos, este bien, en cierta manera, se convierte en un camino hacia Dios.
Otros -quizá coherentemente con su visión materialista de vida (quien no cree en la trascendencia queda “encerrado” en la materia)- viven en la frivolidad (“comamos y bebamos que mañana moriremos”) pueden distraerse (dis-traerse: alejar la atención de lo importante), entretenerse (entre-tener: pasar ligeramente un rato entre dos cosas), divertirse (ocuparse jugando de cosas livianas), vivir en y para la pavada.

La sociedad actual (tecnológica) les ofrece todo tipo de medios para conseguirlo… y pueden distraerse, entretenerse y divertirse con bastante éxito… y de a ratos olvidarse de quienes son, pero no se realizan: pierden la vida.

Pueden pasar su existencia distraídos, entretenidos y divertidos (con la atención fuera de lo que lo conduciría a una vida realizada).
Incluso morir sin darse cuenta. Pero al final, se desvelará el misterio y se verá cómo han frustado su existencia llenándola de nada.

¿Es cómodo ser creyente?:

 Hay quienes repiten una frase gastada: “es duro ser no creyente”.
Como si la postura de los creyentes fuera más cómoda. Como si los no creyentes fueran más honrados al no creer al precio de su inseguridad (cosa realmente dolorosa). Esta expresión tiene dos partes. Ser creyente es mucho más seguro y, al mismo tiempo, exigente. Es cierto que sin fe se carece de la seguridad del creyente. Y esto no puede no ser duro. Pero también puede resultar muy cómodo. No se puede conocer el interior de las personas. Hay quienes para estar cómodos “pagan” el precio de vivir en la oscuridad. No se comprometen con la verdad, no la buscan. Viven tranquilos en su ignorancia para no exponerse a tener que hacer aquellas cosas que les exigiría la fe si la encontraran… y por eso prefieren no buscarla. No están condenados a no creer. Quienes son honestos consigo mismo no nunca abandonan la búsqueda de la verdad.

 

La curiosa pretensión del agnóstico:

 Resulta realmente curioso el planteo del agnóstico: afirmar la imposibilidad de conocer lo que él no conoce… ¿No sería más razonable afirmar simplemente que él todavía no pudo conocer lo que no conoce? Hace una extrapolación que no es válida: pasar de un dato particular (su no-conocimiento personal de Dios) a la afirmación general de la imposibilidad del mismo. Pero que él no conozca no demuestra en lo más mínimo que sea imposible conocer. La fe es el tesoro escondido en un campo. No haberlo encontrado todavía no alcanza para negar su existencia. Sólo prueba que debo seguir buscando. En cambio, parece bastante irrefutable el hecho de que muchas personas cuerdas (no están locas) han vendido todo lo que tenían para comprar ese campo…

La fe y las apuestas:

Quien no cree arriesga demasiado. La fe no es cuestión de probabilidades, tampoco de cálculos de intereses y conveniencias, pero hace ya mucho tiempo, una mente matemática como la de Pascal planteó las siguientes alternativas:

 Si creo en Dios y Dios existe, lo he ganado todo.

Si creo en Dios y Dios no existe, no pierdo nada.

Si no creo en Dios y Dios existe, lo pierdo todo.

Si no creo en Dios y Dios no existe, no gano nada.

Pero no es cuestión de apuestas. La fe no es una apuesta, aunque por cálculo de probabilidades tenga más chances de ganar. No cree el que quiere sino el que puede. La fe es un don que Dios no niega a nadie. Es un misterio de la gracia y la libertad humana. Impresiona ver a Jesús dar gracias al Padre celestial porque se ha mostrado a los humildes y ha ocultado a los que se tienen a sí mismos por sabios y prudentes (cfr. Mt 11,25). Dios se esconde y se muestra. Sólo los humildes son capaces de ver. La verdad no se impone: cada uno debe recorrer el camino que conduce a ella. Un camino muy personal. Buscar la verdad y ponerse en condiciones de poder encontrar a Dios.
No se trata de conseguir entender a Dios, sino de encontrarlo.
Y cuando se lo encuentra, entonces, se entiende y sobretodo se lo ama.
Ser capaz de escuchar a Dios y ser capaz de hablar a Dios ¿Cómo se llega a encontrar a Dios, a escucharlo y hablarle? “¿Hay que aprender a hablar con Dios?”.

Uno puede ser -o volverse- sordo para las cosas de Dios. “El órgano de Dios, explica el Card. Ratzinger, puede atrofiarse hasta el punto de que las palabras de la fe se tornen completamente carentes de sentido”.
“Y quien no tiene oído tampoco puede hablar, porque sordera y mudez van unidas”. Entonces habrá que aprender -hacerse capaz- a comunicarse con Dios. “Poco a poco se aprende a leer la escritura cifrada de Dios, a hablar su lenguaje y a enteder a Dios, aunque nunca del todo. Poco a poco uno mismo podrá rezar y hablar con Dios, al principio de manera infantil -en cierto modo siempres seremos niños-, pero después cada vez mejor, con sus propias palabras” (Joseph Ratzinger, Dios y el mundo, p. 16).

¿Cómo?:

No hay fórmulas mágicas, hay recorridos. En primer lugar, con la apertura a la trascendencia: quien descartara de entrada la posibilidad de lo sobrenatural, cerraría la puerta a la verdad. Estaría rechazando apriorísticamente la existencia de algo que no es irracional. Y con esta actitud obviamente, difícilmente encontrará aquello cuya existencia rechaza voluntariamente. Pero no es que la verdad se le oculte, sencillamente la niega.
Después con todo lo que favorece la actividad del espíritu: arte, poesía, música, etc. Las expresiones del espíritu humano. Con el realismo filosófico.
Con la lectura de vidas ejemplares (los santos), y en particular con el recorrido de los grandes conversos de la historia. Con la lectura de la Sagrada Escritura: Dios habla en ella. Con la oración. Incluso aunque parezca que no sirve para nada: Dios escucha aunque yo no sea consciente de su presencia.

Un secreto:

Georges Chevrot nos explica que “Dios se hace amar antes que hacerse comprender” (El pozo de Sicar, Ed. Rialp, p. 291). En efecto, a Dios lo conocemos más a través del amor que de la inteligencia. Juan entendió más a Jesús no porque fuera más inteligente sino porque amó más y, por tanto, tuvo más intimidad con El. Quien no lo entiende, debería comenzar a tratar de amarlo y lo acabará entendiendo. El camino inverso no es de éxito seguro: con facilidad se enreda por la soberbia, y para encontrar la fe, la humildad es requisito fundamental. Y a quien lo entiende –aquel a quien el cristianismo le “cierra” perfectamente– todavía le queda camino por recorrer, para llegar a amarlo con todo el corazón. Buscarlo, intentar dirigirse a El, incluso antes de creer en El. La fe es un acto de conocimiento, pero también supone el ejercicio de la voluntad: hay que querer creer. Es difícil que alguien queriendo no creer llegue a creer. Dios no fuerza nuestra libertad. Son muy raros los encuentros inesperados como los de San Pablo o André Frossard (en su libro “Dios existe, yo me lo encontré” cuenta su historia personal). Pero la fe, es sobretodo un encuentro. No se alcanza por razonamientos intelectuales, sino que la inteligencia se rinde cuando se encuentra delante de Dios. En concreto, un encuentro personal con Cristo (de quien los cristianos afirmamos que vive y por eso es “encontrable”).

Un riesgo frecuente:

 No pocas personas caen en la tentación de crearse una fe a su medida, según su propio gusto. Pero esto sería un auto-engaño notable.
La verdad tiene que venir de afuera. En el caso de Dios, sólo puede provenir de El. Por mi cuenta puedo llegar a conocer algunas cosas de Dios, pero lo más importante es lo que El revela, que es inaccesible a nuestra inteligencia.

La grandeza de la fe:

Permite ir más allá de las apariencias, más allá de este mundo. Descubrir las realidades más profundas, el verdadero sentido de las cosas, el sentido de la vida. Y penetrando en el misterio, encontrarse con Dios.
Los cristianos deberíamos tener una sano complejo de superioridad… que en realidad no es un complejo propiamente dicho. Es simplemente el gozo de vivir una realidad superior. Saberse llamados a algo muy grande, a la vida eterna.
La fe da respuesta a los interrogantes más importantes de la persona.
Los más vitales, acuciantes, agudos. Los que el hombre no puede dejar de plantearse. Los que modelarán su vida según la respuesta que les dé.
Quien carece de fe no los resuelve, sencillamente necesita negarse a planteárselos porque sabe que no puede encontrar respuesta para ellos.
Las cuestiones de fe requieren fe. Esto es obvio. Para creer hay que tenerla. Quien no la tiene no puede “ver”. Pero también es cierto que muchas cosas no “cierran” sin fe (la existencia del mal, la vida después de la muerte, el sentido del dolor, y un largo etc.) y las cosas de la fe “cierran” (no son fábulas descolgadas): llegan a explicar el mundo de un modo totalmente coherente.
La fe no es demostrable, pero creer es razonable. Mucho más razonable que no creer.

Despierta mundo, es hora de volver a Dios!

La Iglesia necesita laicos que respondan al llamado de Dios para ayudar a sanar, iluminar, formar, bendecir, interceder y comprender que el ser humano es Imagen de Dios.

 No cabe duda que estamos asistiendo a la más dramática ausencia de valores, el aire que respiramos no es el mejor y el ambiente que se vive está sumergido en manifestaciones materialistas, hedonistas, maximalistas, llevando al “Ser Humano” al más profundo espíritu de decadencia y alienación, de pérdida de la capacidad de interrogarnos por nosotros mismos y por los demás.

La ausencia de valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo trascendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso – también en América Latina -, sino que, a la vez es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

Las obras desean iluminar en la urgente necesidad de acceder “y para qué esperar más”, en la re-educación del espíritu cristiano, buscando renovar los valores humanos enmarcados en la familia, el trabajo, la sociedad en general.

Muchos son los múltiples esfuerzos de teólogos, filósofos, humanistas, profesionales de todas las áreas y ciencias, padres de familia, misioneros, desarrollados bajo el tenor de la Fe de la Iglesia “Mater et Magistra”, “Madre y Maestra” que buscan proporcionar nuevas estrategias de evangelización capaces de responder a las complicadas tareas de construcción y mejoramiento de la calidad de vida tanto material como espiritual de los seres humanos del Siglo XXI.

Me uno a estos esfuerzos con mis humildes oraciones y mi cotidianidad reconociendo que tenemos “TODOS” que tomar de una vez por toda la más sabia de las decisiones “VOLVER A DIOS”.

La Iglesia necesita también de Laicos comprometidos que respondan “FIAT” afirmativamente y en la praxis al llamado de Dios por medio de la Iglesia para ayudar a sanar, iluminar, formar, bendecir, interceder, calmar el hambre, y comprender que el ser humano es Imagen de Dios.

 

TENEMOS UNA VOCACIÓN, UNA MISIÓN, VAMOS A DESPERTARLA.

LA IGLESIA NECESITA VIVIR UN PENTECOSTES PERMANENTE, QUE ALCANCE AL MUNDO ENTERO EN EL QUE EL HOMBRE HA PERDIDO SU IDENTIDAD DE HIJO DE DIOS. HA PERDIDO LA ALEGRÍA DE VIVIR EL GOZO DE SU PATERNIDAD.

 

Rm 1,21. IMPIEDAD.

¿El mundo grita sus mensajes, con más fuerza que nosotros el de Cristo…?
ES EL MOMENTO, quizás ha pasado porque HEMOS PERDIDO UNA GENERACIÓN, pero aún estamos a tiempo.

Para Congar, célebre por su “Teología del Laicado”, que tanto influyó en el Concilio Vaticano II: “LAICOS son aquellos que habiendo recibido la llamada divina a la fe por el Bautismo, permanecen en el mundo para santificarlo desde dentro, PARA ORDENAR EL MUNDO SEGÚN EL PLAN DE DIOS”.

 

POTENCIAL DIVINO DEL BAUTISMO

 

Para los seglares que tienen fe, y VIVEN EN SU SER DE BAUTIZADOS, este es asumido como LA VOCACIÓN DIVINA DE LOS LAICOS, que adquiere así una proyección escatológica dentro del plan de salvación de Dios. Y por lo tanto es un CARISMA que suscita el Espíritu Santo en la Iglesia, para la realización eficaz de su MISIÓN. No es que los demás, sacerdotes o religiosos sean indiferentes a las realidades temporales del mundo, puesto que desde su peculiar vocación eclesial, tratan de penetrarla con los valores del reino. Sin embargo, ESTA TAREA ES LO PROPIO DEL LAICADO.

Juan Pablo II en la homilía de ACRA-1980, nos decía: “aunque vuestra función como laicos sea a veces oculta y desconocida, como la levadura o la sal de la tierra, SIN EMBARGO ES INDISPENSABLE PARA LA IGLESIA, en el cumplimiento de la MISIÓN recibida de Cristo.

En el discurso a los MOVIMIENTOS LAICOS en Paris (Mayo-1980), nos dice: “la obra que os corresponde propiamente en la IGLESIA ES ESENCIAL, NADIE PUEDE REEMPLAZAROS EN ELLA, ni los sacerdotes y religiosos, a quienes como sabéis no dejo de estimular en sus tareas específicas…”. En efecto, ésta constituye LA MISIÓN PROPIA DE LOS SEGLARES DE LA IGLESIA DE DIOS, de la que participan con pleno derecho por su regeneración BAUTISMAL Y LA UNCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO”.

Los laicos según la Lumen Gentium, realizan según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la SOCIEDAD, en la IGLESIA y en el MUNDO: “familia, política, economía, cultura, educación… etc, como lugar de santificación y apostolado laical”.

Así es como estamos llamados, por VOCACIÓN DIVINA, a colaborar UNIDOS A CRISTO, en la obra de SALVAR AL MUNDO; y como estamos INJERTADOS CON ÉL como el sarmiento a la vid, lógicamente PARTICIPAMOS DEL SER DE CRISTO Y DE SU TRIPLE MISIÓN, SACERDOTAL, PROFÉTICA Y REGIA.

Según la Lumen Gentium 35, los laicos participan del oficio PROFÉTICO de Cristo, que realizan por medio del sentido de la FE, testimonio de VIDA, y la PREDICACIÓN DE LA PALABRA. Puesto que su participación en Cristo, por el Bautismo ES LA MISMA que la del resto de los fieles. Y Cristo, antes de subir al cielo, envió el Espíritu Santo para que sus discípulos fueran sus TESTIGOS EN EL MUNDO.

TESTIGO, PROFETA, es aquel que proclama, que ANUNCIA LA NOTICIA QUE HA RECIBIDO, LA ALEGRÍA DE LA SALVACIÓN DE JESUCRISTO. Los fieles laicos debemos dar TESTIMONIO VALIENTE DEL REINO. Es una NECESIDAD IMPERIOSA DE NUESTRO TIEMPO.

Ap. 5. 9-10. Es el momento de preguntarnos SI HEMOS VIVIDO COMO REYES, por el poder que nos otorga LA SANGRE DE CRISTO, o si hemos vivido como súbditos, sometidos en muchas ocasiones a los valores del mundo.
El reino de Dios es un reino de amor, paz y justicia.

 

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRA PERLA PRECIOSA?

 

Las enseñanzas de los Papas, respecto a la misión de los laicos, se apoya en la DOCTRINA DEL SACERDOCIO REAL DE LOS FIELES. Congar trató de la vida de los laicos como OFRENDA Y SACRIFICIO, carácter que radica en su ser sacerdotal por el BAUTISMO.

El laico realiza su SACERDOCIO COMÚN, mediante la obediencia a la voluntad de Dios, santificándose y ofreciendo su vida como HOSTIA AGRADABLE A DIOS (Lumen Gentium 11).

ESTE SACERDOCIO, se actualiza especialmente por su participación en la EUCARISTÍA, a la que el laico se une, para con Cristo contribuir a la salvación del mundo.

Según Lumen Gentium 34, la vida cotidiana del cristiano es MATERIA SECUNDARIA del SACRIFICIO EUCARÍSTICO.

Su vida santa es ofrenda y sacrificio agradable a Dios como expresión y REALIZACIÓN DE SU SACERDOCIO BAUTISMAL. Por supuesto el sacerdocio COMÚN de los fieles y el sacerdocio MINISTERIAL, son diferentes entre sí, esencialmente y no sólo de grado, ya que el sacerdocio ministerial ofrece a Dios el SACRIFICIO EUCARÍSTICO en nombre de todo el pueblo.

SABER QUE DEPENDEMOS DEL ESPÍRITU SANTO, ÚNICO PROTAGONISTA E IMPULSOR DE TODA EVANGELIZACIÓN.

Cuando hemos recapacitado en el mundo en que vivimos y como está la sociedad en que nos movemos, en que se ha perdido UNA GENERACIÓN (35-55) en la IGLESIA, de cristianos creyentes, y que como nos dice Juan Pablo II en “Redentoris missio”, que grupos enteros de cristianos han perdido el sentido vivo de la fe… LA TAREA DE EVANGELIZAR PARECE QUE NOS SUPERA, podemos desanimarnos; en ocasiones nos sentimos como PERDIDOS EN UNA SOCIEDAD QUE NI NOS OYE Y HASTA NOS RIDICULIZA… Pero todos sabemos que al ser bautizados somos depositarios de la VIDA TRINITARIA, y que TODO EL AMOR DE DIOS HA SIDO DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES CON EL ESPÍRITU SANTO QUE SE NOS HA DADO… NO UN POCO DE SU AMOR, SINO SU PLENITUD.
DESDE SU POTENCIAL INFINITO PODEMOS EVANGELIZAR, para así REFLEJAR EL ROSTRO DE CRISTO EN EL MUNDO.

UNA EVANGELIZACIÓN QUE REFLEJE EL ROSTRO DE CRISTO TIENE QUE DARSE DESDE LA VIVENCIA, DESDE LA EXPERIENCIA. UNA EXPERIENCIA QUE TRANSMITA Y ATRAIGA.

 

EL ROSTRO DE MOISÉS. . . LOS NUESTROS

 

El mundo necesita volver a Dios y sólo puede hacerlo desde la ORACIÓN. No se ama lo que no se conoce. LA ORACIÓN ES EL PRIMER DEBER DEL BAUTIZADO, y de todas las oraciones LA EUCARISTÍA COMO PILAR CENTRAL. LA EUCARISTÍA ES LA “ZARZA ARDIENTE”, donde el Espíritu Santo hace presente cada día el misterio de la PASCUA DEL SEÑOR.

LA IGLESIA, y nosotros laicos, DEBEMOS VOLVER CONTINUAMENTE AL CENÁCULO, PARA SER ILUMINADOS, UNA Y OTRA VEZ Y ARDER COMO UNA “ZARZA ARDIENTE”, QUE LA RENUEVE Y LA HAGA ATRAYENTE.

La vida del laico se proyectará en dimensión TEOLOGAL, en FE, ESPERANZA Y CARIDAD. Ordenando todo para la gloria de Dios; JUZGANDO LO HUMANO Y LO MUNDANO DESDE CRISTO Y TRANSFORMÁNDOLO EN CRISTO, POR EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO.

A la luz de la FE, actuará en el mundo y esperará y confiará con corazón firme, que se realicen las promesas hechas por Dios.

LA ESPERANZA CRISTIANA, nos permite hacer frente a los poderes del mundo y ESPERAR EN EL FUTURO CON FORTALEZA Y PERSEVERANCIA. LA ESPERANZA NO ES UNA UTOPÍA, YA QUE ESTÁ PUESTA EN EL PODER OMNIPOTENTE DE DIOS Y EN LA FE EN SU RESURRECCIÓN (Rm. 4). Y TODO VIVIDO DESDE LA CARIDAD Y DESDE LA CARIDAD DE CRISTO, QUE HA SIDO DERRAMADA EN NUESTROS CORAZONES POR EL ESPÍRITU SANTO.

 

UNIDAD DE TODOS LOS LAICOS EN ESTA CARIDAD

 

TODA LA CARIDAD. . . TODO EL AMOR. . . este convencimiento se convertirá en PODER DE EVANGELIZACIÓN, FUERZA EVANGELIZADORA; “EN SU PODER”. Él hace posible lo que parece imposible.

Esta vivencia tiene que hacer REBOSAR en nosotros el ansia de evangelizar, de transmitir la experiencia de Dios, el amor de Dios a los que Él ama.

Así en medio del mundo, el amor al prójimo, es el CRISOL que AUTENTIFICA, el verdadero amor a Dios, y será la RAZÓN y la FUERZA de la BUENA NUEVA.

NOS LLEVARÁ AL COMPROMISO, NO PODEMOS CALLAR LO QUE HEMOS VISTO Y OIDO. SI ESTAMOS CALLADOS ES QUE EN REALIDAD, NO HEMOS VISTO Y OIDO, AUNQUE PENSEMOS QUE SERVIMOS, CONOCEMOS Y AMAMOS A DIOS.

VOLVAMOS A DIOS, Y CUMPLAMOS CON EL MANDAMIENTO QUE JESÚS NOS DEJÓ!

 

DOMINGO DE RAMOS

ramos

Celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como Rey, con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la Misa.

Sos, Señor, la imagen de Dios vivo.  Sos el Primogénito en todo lo que Dios, el Padre, ha creado. Porque en vos, todas las cosas creadas en el Cielo como en la tierra, lo visible como lo invisible, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades, todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Vos existís antes de todas las cosas, todo subsiste en Vos.  Sos cabeza de nosotros tu cuerpo, la Iglesia, sos principio primero que resucita entre los muertos a fin de que tuviera primacía en todo lo que Dios el Padre ha querido regalarnos en la plenitud de tu presencia. Has querido reconciliar con Vos todo lo que existe en el Cielo y en la tierra, trayéndonos la paz por la sangre de tu cruz.

Colosenses 1; 15 – 20 ( UN VERDADERO HIMNO DE ALABANZA QUE DA CUENTA DEL SENTIMIENTO QUE LA IGLESIA PROMUEVE HACIA EL SEÑOR)

Luego, las lecturas de la Misa de este día, nos conducen a ir meditando la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

ORACION ANTES DE COLOCAR EL RAMO BENDITO
EN EL CRUCIFIJO DE LA CASA .

Señor Jesús, con este mismo ramo te acompañamos hoy
a recordar tu entrada en Jerusalén, con nuestra presencia en el templo
dijimos que somos tus seguidores y que tú eres el Rey de los Reyes.
Ahora te pedimos que protejas a nuestra familia de todo mal
y nos conviertas en testigos de tu amor y tu paz,
para que un día podamos reinar contigo en la Jerusalén celestial,
donde vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

SAN JOSÉ: UN ABRAZO PATERNAL EN EL FINAL DE LA CUARESMA.

En concordancia con el título, compartimos con Uds. las palabras de Mons. Rubén Oscar Frassia, Obispo de la Diócesis Avellaneda- Lanús.san-jose    

Queridos hermanos, el viernes 19 celebramos la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. Tengamos en cuenta que José es el Varón Justo de la fe, que cuidó a la Virgen y luego cuidó a Jesús, por eso decimos que es el Patriarca Universal de la Iglesia que cuida todas las vocaciones, en especial las vocaciones sacerdotales.
 
Evangelio: la Misericordia de Dios
 
Es el relato del padre misericordioso junto al hijo pródigo, que vuelve, con el hijo mayor y esa actitud celosa y egoísta. La Palabra de Dios es muy fuerte e iluminadora que tenemos que escuchar, repetir y leer para que entre en nuestra mente y nuestro corazón.
 
Aquí hay tres actitudes para ver:
 
La actitud del hijo pródigo: no sé si volvió a la casa del padre totalmente arrepentido o no; o volvió porque tenía hambre; -a veces hay segundas causas que no siempre son las más dignas-; pero lo más importante es el reconocimiento que tiene, ante su padre, de que pecó “contra el cielo y contra él”; algo que reconoce y que es muy valioso. Tuvo la dignidad de volver reconociendo su pecado o su equivocación.
 
La actitud del hijo mayor: que no entiende al padre ni al hermano. No lo entiende porque mira estrictamente, juzga con lo que ve. Y de lo que ve, es cierto lo que dice. El papá nunca le hizo una fiesta, en cambio “éste” (el menor) que vivió disolutamente, tuvo el mérito. Pero no entiende la misericordia del padre, no entiende a Dios. Como muchos de nosotros, a veces, no entendemos a Dios y juzgamos humanamente. Y humanamente uno se equivoca porque es parcial, en cambio Dios es total, universal y amplio.
 
La actitud del padre: que no sólo espera que el hijo llegue, ¡sino que sale a recibirlo!; y no lo reta sino que lo abraza, lo viste, le da ropa, lo calza y hace una fiesta. ¡Este es Dios! Por eso siempre hay que volver a Dios, no quedarse ahí pensando que uno va a recibir un castigo; más bien va a recibir una bendición y un abrazo misericordioso de Dios.
 
Este es un tiempo de volver a Dios; de confesarnos ante un sacerdote; de tener la fuerza de la reconciliación y estar bien en esta Cuaresma, preparándonos para la Pascua. Cada uno de nosotros repite la historia del hijo pródigo, pero cada uno de nosotros tiene que encontrarse con el Padre Misericordioso que te abraza, que te bendice, que te perdona y te hace fiesta.
 
Que lo podamos vivir: les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
 
 
INVOCACIÓN A SAN JOSÉ
“San José, guardián de Jesús y casto esposo de María,
tu empleaste toda tu vida en el perfecto cumplimiento de tu deber,
tu mantuviste a la Sagrada Familia de Nazaret con el trabajo de tus manos.
Protege bondadosamente a los que recurren confiadamente a ti.
Tu conoces sus aspiraciones y sus esperanzas.
Se dirigen a ti porque saben que tu los comprendes y proteges.
Tu también conociste pruebas, cansancio y trabajos.
Pero, aun dentro de las preocupaciones materiales de la vida,
tu alma estaba llena de profunda paz y cantó llena de verdadera alegría
por el íntimo trato que goza con el Hijo de Dios,
el cual te fue confiado a ti a la vez que a María, su tierna Madre.
Amén.” — Juan XXIII

Parroquias de Avellaneda- Lanús que celebran sus Patronales:

- Parroquia San José- Brandsen 4970- Villa Domínico

- Parroquia San José Pompeo- Hna. María Odilia Zaloznik 3572- Remedios de Escalada.

- Parroquia San José de los Obreros- Bustamante 581- Gerli-

 

MENSAJE DE CUARESMA DE S.S. BENEDICTO XVI

« La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)

AYUNO 

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” – “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado… por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.