CADA DÍA 7… 7 DE JULIO, SERÁ UN GRAN DÍA JUNTO A MARÍA.

CADA DÍA 7…. 7 DE JULIO, SERÁ UN GRAN DÍA JUNTO A MARÍA…

( TESTIMONIO EN VIDEO, CON FOTOS DEL 7 DE JUNIO)

( SI NO VISUALIZA EL VIDEO, PUEDE DIRIGIRSE A: https://www.youtube.com/watch?v=4o_xxt4yw4Q&list=UU689hHyGghR_AxbowjyAdLw

Cada día 7, María está para cada uno de nosotros y nos trae al Padre, a su Hijo y al Espíritu Santo, plenificando en nosotros la Santísima Trinidad. Gran día de bendición, alegría y esperanza. No te pierdas esta experiencia de Fe única. Lo testificamos miles de peregrinos.

MEDITEMOS CON ALGUNAS PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN SU CARTA “LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO”:

<El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita

insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el

saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que

Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto

María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador»

(Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante.>

<La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los

discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos

discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La viveJesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21). La sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto.>

<La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf.

Jn 16,22). Los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).

Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el

agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. A cincuenta

años del Concilio Vaticano II, aunque nos duelan las miserias de nuestra

época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad.>

<En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro.>

<Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.>