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Ley 4.- Paz Interior

¿Cómo alcanzar paz interior y vivir plenamente?

Fernando Alexis Jiménez


La conocían como Doña Amargura. Tenía cuarenta años, pero parecía de cincuenta, con muchas arrugas surcando su rostro y la tristeza reflejada en el rostro, la misma que le robaba encanto a su sonrisa. Era devota católica y no fallaba a misa de domingo. Incólume, insensible, con el ceño fruncido.

Las personas la miraban con reticencia y en más de una ocasión, los niños le gritaron: “Vieja bruja…” y salían corriendo.

Incluso se llegó a rumorar, que su casa era cuna de espantos. Tal vez porque vivía en esa soledad tan pesada, que se podía palpar con las manos.

Ah, y no me deje olvidar de un detalle que le llamará la atención: no tenía amigos porque con todos reñía. Laura se había convertido en el problema del pueblo. La amargura destilaba por sus poros. Algunos la atribuían al hecho de que su esposo había muerto muy joven, mientras hacía un viaje a la capital. Otros, al hecho de que no tuvo hijos.

Un día alguien, audaz y en cierta medida sin medir el alcance de las consecuencias, se atrevió a abordarla para hablarle del poder transformador de Jesucristo.

Váyase de mi casa ahora mismo, o le voy a echar agua…–lo amenazó fuera de sí.

Su eventual interlocutor no se inmutó. Le extendió una Biblia ajada y la retó a leerla. Ella le cerró la puerta en las narices. Y aunque tiró a un rincón el ejemplar de las Escrituras, una noche comenzó a leerla y le impactó un pasaje que sería la entrada a una vida renovada: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Juan 10:10 b)

Desde ese momento se arriesgó a creer y su vida comenzó a experimentar cambios. El cambio no se produjo de la noche a la mañana, fue progresivo. Y esa transformación le llevó a algo que jamás imaginó, aunque lo anhelaba: la paz interior.

Hoy ayuda como maestra de Escuela Dominical en la iglesia en la que se congrega. “Ahora sí puedo decir que vivo plenamente”, señala Laura con una amplia sonrisa.

¿Desea el éxito? Sin duda que sí. Todos lo deseamos. Está en nuestros genes. Forma parte de nuestro ser y debe ser así, porque Dios nos concibió para ser triunfadores. En ese orden de ideas, la dirección a seguir es aplicar una cuarta Ley del Reino de Dios: Paz Interior.

El gran interrogante es, ¿cómo lograrla? Y para entender el asunto, es necesario que evaluemos lo que roba la paz interior, en su contexto, y cómo superar los obstáculos que se nos presentan.

Situaciones que nos afectan

Una encuesta publicada por el diario El País, de amplia circulación en Colombia, referente a cuáles eran los factores externos que incidían negativamente en la salud mental de las personas, reveló que para el 69%, eran los problemas económicos; un 11% opinó que las dificultades intrafamiliares; un 15% expresó que le desencadenaban inquietudes las discusiones con la pareja y un 5% que otros aspectos estrechamente ligados a las relaciones interpersonales. En total se auscultó el criterio de 1.086 hombres y mujeres.

Todos coincidieron en señalar que los obstáculos y las dificultades desencadenaban inestabilidad en sus emociones e incidían negativamente en su forma de ver la vida.

Economía y familia

A este estudio me permito sumar otro de trascendencia. La Secretaría de Salud Municipal en Santiago de Cali informó que en la ciudad anualmente se atiende a 20 mil personas con tensión nerviosa producto de la ansiedad. En su orden, los especialistas identificaron tres factores que influyen en la desestabilización emocional de las personas: los problemas económicos, las crisis familiares y los conflictos de pareja.

Como consecuencia de experimentar la sensación de encontrarse en un callejón sin salida y que sus problemas nunca tendrán fin, tan solo en el 2009 se presentaron 275 intentos fallidos de suicidio protagonizados por 170 mujeres y 96 hombres.

Las personas que han sufrido estas alteraciones, producto de la problemática, suelen preocuparse demasiado y tienen muchos momentos de ira y estrés”, precisó Beatriz Isaza, Coordinadora de Salud Mental en dicha dependencia.

En Colombia y el mundo

La inestabilidad emocional es un problema grave. En Colombia, 25 de cada cien personas la enfrentan, de acuerdo con los registros que maneja el Ministerio de Protección Social. Una situación muy similar a lo que ocurre en el resto del Continente Americano.

Ahora, el panorama mundial también resulta desalentador en este aspecto:

Las estadísticas hablan de 450 millones de hombres y mujeres afectados anualmente por las consecuencias de los problemas que enfrentan cada día.

Para encontrar una salida al caos en que se ha convertido su mundo interior, 1.000.000 de estas personas acuden al suicidio. Y algo más preocupante aún: del conjunto de quienes se encuentran atravesando por estados de crisis, se estima que el 50% no tienen acceso a servicio médico ni consultan por su caso ante un especialista.

Paz interior, la clave

Hace pocos días los diarios del mundo registraron una noticia particular. El deceso de una venerable mujer. No era un deceso más, sino de aquellos que ocurren una vez cada siglo, que convoca a las autoridades de las ciudades y se tornan en comentario nacional.

Había fallecido Margaret Fitzgerald en Moncton, Inglaterra, una de las quince personas con más edad en el mundo. Tenía 113 años, pocos días después de su último cumpleaños.

Vivió la vida plenamente.—comentó su sobrina Iliana, mientras que su tataranieto Robert, atribuyó el hecho a su fe y a la tranquilidad en su vida–. Amaba a Dios y se llevaba bien con todos. Era una mujer muy tranquila–.

Cuando Margaret nació, la reina Victoria de Inglaterra seguía siendo la monarca del Imperio Británico, y a los siete años vio asombrada, con ojos que captaron para siempre la imagen aparecida en los periódicos, de los hermanos Wright cuando realizaron el primer vuelo en un aeroplano impulsado por un motor.

Sus progenitores murieron a los noventa años de edad, y algo curioso, ella asistió al funeral de su único hijo. Las escenas más memorables de su existencia quedaron plasmadas para la posteridad en flores color sepia que se han ido desgastando con el paso de los años.

La clave, coincidieron en asegurar quienes le conocieron, fue la fe en Dios y la paz interior que gobernaba su ser.

Paz que sobrepasa todo entendimiento

Piénselo. En su vida necesita Paz Interior, una de las leyes universales del Reino de Dios.

El caso de Margaret Fitzgerald no se repite con mucha frecuencia. Los problemas llevan a millones de personas anualmente a morir antes de tiempo, por enfermedades e infartos que reducen sus expectativas de vida.

Con fundamento en la Biblia, el libro más maravilloso de todos los tiempos, me permito compartir con usted algunos principios que le permitirán poner orden en su mundo interior y encontrar la verdadera paz, aquella que tanto necesita para enfrentar exitosamente los problemas que enfrenta cada día.

1.- Una buena relación con Dios

El equilibro espiritual es esencial para avanzar en el proceso de afianzar un reordenamiento del mundo interior. En ese orden de ideas un paso esencial que debe dar toda persona, es tener una buena relación con Dios.

Uno de los patriarcas de la antigüedad lo expresó en términos sencillos que encierran un profundo significado: Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien.”(Job 22:21)

Aun cuando se arrepintió de sus años de maldad, Juvencio Mosquera vivió por años escondido en un pueblo remoto de Bolivia tras una vida de maldad en la que dejó familias huérfanas y huellas impregnadas de tristeza y dolor.

Sólo vino a tener paz, el día en que reconoció que esa afanosa búsqueda de refugio, en la que no hallaba sosiego porque aún en el lugar más recóndito sentía que alguien o algo lo perseguían, el día que pidió perdón a Dios.

Luego, tranquila su conciencia, vino un segundo paso que le permitió afianzar la paz interior: a través de un amigo de su país de origen, se dio a la tarea de conseguir las direcciones de las familias en las que había sembrado tanta angustia con robos y crímenes. Y en un espacio de siete meses, envió doscientas veinte cartas pidiendo perdón.

Ahora puedo vivir tranquilo, porque me perdonaron. Y si alguien aún conserva su odio, se que Dios tocará su vida para que algún día lo hagan”, señala con una sonrisa que ilumina su rostro.

La conciencia de pecado nos roba la tranquilidad. En tanto no estemos a cuentas con el Señor, sentiremos la sensación de que algo nos falta. Por esa razón, hay tres pasos recomendables: el primero, arrepentirnos por las fallas cometidas hasta ahora; el segundo, pedir perdón a Dios por nuestros pecados, y el tercero, disponernos para el cambio con Su divino poder.

2.- Alimente el hábito de la alegría

Recientemente en Colombia se realizó el Primer Congreso Internacional de la Felicidad. Los expertos coincidieron en señalar que el problema del ser humano es que confunden felicidad con estado de ánimo, y por el hecho de que son variables, lo que hoy llaman estar feliz, en cuestión de horas y minutos puede ser preocupación o amargura. La verdadera felicidad, explicaron los especialistas, parte de un principio de vida, que es de carácter permanente.

Ahora, si queremos que se produzca el afianzamiento de esa felicidad no producto de las circunstancias sino como un principio de vida, debemos tener paz interior, la misma que parte de una buena relación con Dios. Él es el dador de la felicidad como describió el rey David: “Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado. ”(Salmo 4:7, 8; Cf. Salmo 29:11)

La paz interior permite que tengamos tranquilidad y dominio de la situación, cualquiera sea la situación que enfrentemos, adversa o favorable.

3.- Asumir sólidos principios bíblicos

Cuando le hablaban de la Biblia, Silvio se enfurecía. “No tengo tiempo para asuntos de religión”, repetía con rabia y destellos de fuego en su mirada. Estaba convencido que su mundo, aquél al que estaba acostumbrado y que representaba una realidad distinta de la que vivían los demás, era lo mejor y no quería intromisiones.

Debes cambiar, hijo—le dijo su madre un día, mientras tomaban el desayuno. Se veía cansada–. Temo que, una vez solo, no sepas manejar tu vida y tengas problemas con todo el mundo–.

Despreocúpate, mamá—le dijo él–. Creo que el problema no está en mi sino en los demás que no me comprenden–.

Cuando terminaron la conversación, la mujer que arrastraba con pesadez todo el cúmulo de sufrimientos producto de un esposo borracho que falleció en un accidente de tránsito, totalmente embrutecido por el alcohol, y el desaliento por un hijo rebelde, le extendió un ejemplar de la Biblia.

Descubrirás que es un libro maravilloso—comentó, mientras le extendía el ajado texto.

Él lo guardó en un cajón donde almacenaba aquello que se repetía, iba a botar apenas tuviera tiempo. Y no tomó conciencia de que estaba ahí, sino cuatro meses después de fallecida su madre. Fue entonces que descubrió en la Biblia un infinito tesoro que le ayudó en su proceso de tener paz interior y de llevarse bien con Dios y con quienes le rodeaban.

Para muchas personas, la Biblia es un libro filosófico o de carácter religioso. Sin embargo, cuando profundizamos en su estudio descubrimos principios prácticos y sencillos, que nos ayudan al crecimiento en dos dimensiones, la personal y la espiritual

Asumir esas pautas bíblicos, nos ayudan a alcanzar y conservar la paz interior: Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo.”(Salmo 119:165)

¿Cuál es la razón? Cuando aprendemos, asimilamos y ponemos en práctica los principios bíblicos, se produce una transformación en nuestra forma de pensar y de actuar. Y eso es esencial en la aplicación de esa cuarta e infalible Ley del Reino de Dios: Paz Interior.

4.- Reconozca que hay situaciones que se salen de las manos

Con frecuencia nos llenamos de preocupaciones porque queremos resolver todos los problemas. ¡Tremendo error! Es necesario aceptar que hay situaciones que son ajenas a nuestra voluntad y cuya resolución no depende de nosotros; muchos asuntos se salen de nuestras manos.

Asumir este principio de vida, nos ayuda en el proceso de alcanzar y conservar la paz interior, como enseñan las Escrituras: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.”(Isaías 26:3, 4)

Si hay problemas que nos parecen verdaderos gigantes, debemos ir a alguien cuyo poder es ilimitado, mucho mayor que cualquier capacidad que usted y yo tenemos: ese alguien es Dios. Confiar en Él. Depositar toda nuestra esperanza en Él, que todo lo puede y nos ayuda a encontrar salida al laberinto.

5.- La paz interior, una decisión personal

En el proceso de afianzar esa cuarta Ley del Reino de Dios, tenga presente que Dios no nos concibió para vivir amargados sino “…que a paz nos llamó Dios. ”(1 Corintios 7:15 b)

Sobre esta base, cada quien decide si se amarga o por el contrario, con ayuda de Dios, avanza hacia el afianzamiento de la paz interior en su existencia. Nadie nos obliga. Insisto que se trata de una decisión personal.

El apóstol Pedro, por su parte, reafirmó este principio cuando escribió a los cristianos del primer siglo y a nosotros hoy: “Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala. ”(1 Pedro 3.10, 11). Cuando optamos por la paz, esa paz gobierna nuestra forma de pensar y de actuar: Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.”(Colosenses 3:15)

Piénselo por un instante: usted puede optar, con ayuda de Dios, por esa tranquilidad que le permite dar pasos sólidos hacia una vida plena: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”(Filipenses 4.7).

En adelante, recuérdelo siempre: la decisión de amargarse o vivir con alegría, gobernado por la paz interior, es suya y nada más que suya.

6.- Jesucristo, la fuente de la paz interior

Si tenemos claro que la paz interior no depende de lo variables que pueden ser los estados de ánimo; que en tanto hayan preocupaciones, estaremos ansiosos y que hay problemas que no está en nuestras manos resolver, es necesario aprender otro principio: una estrecha dependencia del Señor Jesucristo.

El amado Salvador es la fuente de la verdadera paz, como lo dijo a sus discípulos y también a nosotros hoy: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.”(Juan 14:28). Un poco más adelante, dirigiéndose a una multitud, reafirmó que de Él procede la verdadera paz: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”(Juan 16.33)

El asunto esta en mantenernos unidos a Él. Permitir que Jesús gobierne nuestro ser: lo que pensamos y hacemos. Esa disposición nos lleva a conservar la paz interior que convierte a hombres y mujeres en auténticos vencedores, por encima de las circunstancias.

Para terminar, una pregunta: ¿Se proclama cristiano? Si es así: ¿Por qué vive asediado por la amargura y la frustración? Recuerde que la paz interior es un principio esencial del reino de Dios, como enseñó el apóstol Pablo: …porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.”(Romanos 14.17)

El Señor nos creó para vivir plenamente; para optar por la paz interior, que el mundo asocia con felicidad. ¡Hoy es el día para tomar la decisión y avanzar hacia el cambio!

Si tiene alguna inquietud, por favor no deje de escribirme a fernandoalexis@aol.es o contactarme en el teléfono (0057) 317-4913705.

© Fernando Alexis Jiménez

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Ley 3. Renovación de la mente

Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones

Fernando Alexis Jiménez


Definitivamente nací para el fracaso”, me dijo en cierta ocasión quien se desempeña hoy como Jefe de Auditorías en una empresa importante de la ciudad.

En aquél momento atravesaba por un difícil momento. Una semana antes lo habían despedido de una entidad bancaria, después de casi veinte años prestando sus servicios. Tenía problemas en casa, y para adicionar: su edad se había convertido en un aparente impedimento para conseguir nuevamente trabajo.

Su vida cambio, ¿Cómo? Cuando comenzó a aprender los principios maravillosos, que conducen al éxito, y que se encuentran en la Palabra de Dios, la Biblia.

En un comienzo no creía que aplicaran a su existencia. Pero comprobó que estaba equivocado. Las pautas bíblicas no solo encajaban en su existencia sino que, además, le ayudaban a mejorar y experimentar crecimiento en su vida personal y espiritual.

Un pensamiento negativo que se traducía en acciones derrotistas, conducentes inevitablemente hacia el fracaso.

Mauricio, un estudiante de secundaria, se vio enfrentado a una situación similar cuando comenzó a cursar la carrera de Ingeniería Industrial. Venía de emprender otra carrera profesional, una disciplina académica totalmente distinta.

Las asignaturas de matemáticas me van a partir el alma”, musitó en la primera clase. Pero conforme avanzó el tiempo, ahora en su condición de hombre dispuesto a vencer con ayuda de Dios, comprobó que no solo era posible sacar adelante las materias, con muy buenas notas, sino que los números no se podían convertir en un impedimento para salir adelante.

Obramos… lo que pensamos

Usted y yo somos el fruto de lo que pensamos. No es un principio de la Nueva Era, así es que ni se equivoque, ni se escandalice y menos, se ilusione, por si acaso está inclinado por las doctrinas orientales. “Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones”, es un principio del Reino de Dios. Tal como pensamos, así actuamos.

El profeta Isaías sin que hubiese cursado profundos estudios acerca de la conducta humana, compartió un principio que ha acogido la sicología moderna, y es que todo aquello que alimenta nuestra mente, una vez procesado, se refleja en acciones de maldad o de benignidad Que abandone el malvado su *camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios, que es generoso para perdonar, y de él recibirá misericordia.”(Isaías 59:7)

Probablemente me dirá: Soy lo suficientemente responsable para saber lo que hago. De acuerdo. Sin embargo, no siempre es así.

Las personas somos profundamente emocionales. Operamos influenciados por nuestros sentimientos y dejarnos arrastrar por esa corriente emotiva puede llevarnos a buenos resultados o a la derrota, como advierte el libro de Libros, la Biblia: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”(Jeremías 17.9)

Observe que la mayor inclinación, cuando nos dejamos mover por las “corazonadas”, es a cometer errores. ¿Por qué motivo? Porque hasta tanto nos movamos bajo los mismos paradigmas que nos han influenciado y dominado por años, en los que priman pautas de pensamiento de la sociedad que nos rodea, difícilmente se producirán cambios en nuestras acciones.

Pensamientos de maldad

Es necesario recabar en la profunda influencia que ejerce en nuestro ser el medio que nos rodea.

Un autor de la antigüedad testimonio esta situación cuando escribió: “Los pensamientos humanos son aguas profundas; el que es inteligente los capta fácilmente”(Proverbios 20:5, Nueva Versión Internacional)

Sin Dios morando en nuestro corazón, es apenas natural que nos movamos alrededor de aquello que consideramos que consideramos correcto. Por ejemplo, alguien que ha crecido en medio de una sociedad permeada por la violencia, considerará la venganza como algo natural, apenas previsible. Es más, lo concebirá como algo natural.

Un canal de televisión colombiano transmitió un documental sobre los pandilleros. Lo sorprendente y a la vez preocupante, es que niños y adolescentes ansiaban crecer para ser como uno de los líderes de aquellos grupos delincuenciales. Les profesaban admiración.

Lo que decimos, revela lo que pensamos

¿Le ha ocurrido alguna vez que expresó lo primero que vino a su mente? Lo más probable es que quienes le rodean, le hayan hecho bromas diciéndole: “Lo traicionó el inconciente”. Sin duda es así. Cuanto pensamos, temprano o tarde emerge como un volcán en erupción.

El ser más grande de todos los tiempos, el amado Hijo de Dios, Jesucristo, dejó claro este principio cuando enseñó: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”(Mateo 12.34)

Puso de manifiesto que toda persona obedece a lo bueno o lo mayo que haya permitido anidar en su mente. Con frecuencia desestimamos la importancia de ser cuidadosos con la información que procesamos en la parte más profunda de cada quien y que la Biblia llama corazón.

Por esa razón el amado Salvador instruyó que “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”(Lucas 6.45)

Es común que expresemos, no aquello que queremos callar, sino lo que sentimos verdaderamente. No olvide que lo que hay dentro nuestro, aflora. El Señor Jesús lo ilustró de la siguiente manera. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”(Mateo 7:16-18)

Es hora del cambiar. Piénselo. Y algo más: es posible renovar sus pensamientos, y reorientar sus acciones. Usted será el primer beneficiario, pero también su amada familia y las personas que le rodean.

Reordene su forma de pensar

Es interesante que al coincidir que si nuestros pensamientos determinan nuestras acciones, entendamos que el primero que tiene conciencia de la importancia de los pensamientos y que sean los mejores, es Dios mismo.

Hace siglos testimonio este principio del Reino cuando dijo a Su pueblo a través del profeta Isaías: «Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos —afirma el Señor—. Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!”(Isaías 55.8,9, Nueva Versión Internacional)

Dios tiene los mejores planes para su vida y para la mía. Lo interesante, que no deja llamar poderosamente nuestra atención, es que todo parte de los pensamientos.

Una pregunta que sin duda se estará formulando: ¿Cómo cambiar mis actitudes? Pues bien, de acuerdo con la Ley ineludible del Reino de Dios: “Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones”, si comienza a renovar sus pensamientos, se producirá una transformación en cuanto hace.

El apóstol Pablo lo dejó bien claro cuando recomendó a los cristianos del primer siglo: No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.”(Romanos 12:2, Nueva Versión Internacional)

Por supuesto, la sociedad que nos rodea presionará para que obremos en consonancia con lo que consideran “bueno”, “aceptable” o “excelente”. Usted sabe que un mundo plagado de maldad no se extraña si usted obra con malicia. Lo extraño es que obre conforme debe hacerlo, con justicia. Y aun cuando obrar bien luzca extraño para los demás, y lo convierta en blanco de críticas y burlas, debe seguir haciéndolo.

Cambiar, entonces, parte de modificar nuestros patrones de pensamiento, acogiendo la propia recomendación del apóstol Pablo cuando escribe: Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.”(Filipenses 4.8, Nueva Versión Internacional)

Sin duda, reemplazar pensamientos de maldad por pensamientos de bien, influirá directa y positivamente en lo que hacemos. Tome hoy la decisión: con ayuda de Dios cambie su forma de pensar y de hecho, cambiará su forma de actuar.

Fernando Alexis Jiménez – Email fernandoalexis@aol.es

Contacto (0057)317-4913705

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Ley 2. El Arrepentimiento

Identificar y reconocer de corazón en qué hemos fallado,

claves para el éxito


Fernando Alexis Jiménez

Ah, por lo que veo le interesa el éxito. Nos acompañó en la primera estación de camino hacia la realización personal y espiritual, y le interesa conocer otra Ley del Reino de Dios, infalible para ser un hombre o una mujer exitosos. ¿De cuál se trata? Del arrepentimiento.

Para ilustrarla, le invito para que nos traslademos a tres escenarios:

Pasaron tres semanas, en una habitación que por la soledad le parecía más húmeda que de costumbre. No sabía qué hacer. Daba vueltas en la habitación. Parecía un león enjaulado. Podía describir de memoria todos los objetos del lugar: una cómoda, una cama, un cuadro con un paisaje de fondo.

¡Había cometido adulterio! Su esposa le rogó que le dijera la verdad. No una sino muchas veces. Pero él persistía en su comportamiento. Ahora estaba arrepentido. No quería volver a lo mismo. ¡Deseaba un cambio!

Si tan solo Magdalena me diera la oportunidad, vería que soy ahora muy diferente”, se repetía.

Animado por ese convencimiento, la buscó. Incluso, sin importarle que lo vieran, se arrodilló frente a ella, a las seis de la tarde, cuando salía de su trabajo como secretaria.

Trascurrieron dos meses antes que ella pudiera corroborar su sincero arrepentimiento. Sólo entonces, cuando evidenció los cambios en él, volvió a confiar y darle una nueva oportunidad.

En otro lugar, Ricardo está preocupado. Lleva tres meses sacando existencias de mercancías. Es almacenista. Sabe que ha robado bastante. No quiere seguir haciendo lo mismo. No podría seguir mirando a su esposa e hijos, sabiendo que es deshonesto.

Movido por esa situación indescriptible que anidó en su corazón, abordó al gerente.

Estoy arrepentido. He venido obrando mal y quería ponérselo de manifiesto. Usted decidirá qué hacer—le explicó.

No fue a la cárcel. Aunque el asunto era grave, las directivas de la factoría acordaron que con parte de sus prestaciones laborales, saldara el valor de lo adeudado por el desfalco. “Me arrepentí y fue lo mejor”, me dijo al término de una conferencia en la que abordamos las Leyes Infalibles del Éxito.

La mujer acababa de discutir con su esposo. Presa de la ira le gritó todo cuanto se vino a su cabeza. Lo trató de adúltero, de irresponsable, de mal esposo. Lo dijo tan duro que sus vecinos le oyeron.

Iba conduciendo el carro, de camino al trabajo, cuando le asaltó ese gusanillo que identificó como arrepentimiento. No pudo resistirse. Tomó el teléfono celular y marcó su teléfono:

Perdóname, se que cometí un grave error. No debí ofenderte”, se disculpó. Coincidieron en que, en adelante, esa misma situación no debía ocurrir de nuevo. Fue una decisión sabia. Su hogar sigue teniendo altibajos, pero la decisión de no incurrir en ese tipo de escándalos, que terminan generando heridas en el cónyuge y en los hijos, ha sido un fundamento para que todo vaya bien…

Como podrá apreciarlo, en todos los casos el común denominador ha sido el arrepentimiento. Una ley infalible para alcanzar el éxito y que prima en el Reino de Dios, y desde el mundo espiritual, ejerce una poderosa influencia en el mundo material…

¿Qué es el arrepentimiento?

Seguramente y al abordar el tema, uno de los primeros interrogantes que le asalta es, ¿qué es y cómo podemos entender qué es arrepentimiento? Hay varias alternativas para definirlo y sin duda, todo depende de la perspectiva de quien te responda. Si va al Diccionario de la Lengua Española, encontrará una apreciación y si se diriges a especialistas en Derecho y Leyes, le mostrarán una visión muy particular.

Por ese motivo le invito para que vayamos a las raíces mismas del término. En Hebreo (nâjam) encontramos la palabra que, vertida a nuestra lengua, traduce: “sentir pesar (disgusto) por algo hecho”, “estar triste”, “consolarse”. El vocablo (shûb) se traduce como “retornar”. En Griego la acepción es muy similar (metanoé). La traducimos al español como “cambiar de opinión, de dirección”, “sentir remordimiento” y “convertirse”. También es importante considerar el concepto que se obtiene de la palabra (metánoia) que igual se refiere a “cambiar de opinión” y “convertirse”.

Vamos a ser más prácticos, ¿le parece? Arrepentirse es identificar un error y, una vez evaluadas las consecuencias inmediatas y futuras así como el daño que trae a nuestras vidas y las de quienes nos rodean, disponernos a cambiar.

Ese es un fundamento de éxito. Identificar en qué estamos fallando y disponernos a corregir esa situación o comportamiento de cara a ver nuevas oportunidades de vida.

Hace pocos días mientras me lustraban el calzado en una magnífica área arborizada en pleno centro de Santiago de Cali, la Plaza de Caycedo, me dijo aquél hombre mientras daba brillo a los zapatos: “Soy uno de los lustradores que más buscan aquí. ¿Se da cuenta? Pues no siempre fue así. Al comienzo hasta echaba betún en las medias de los caballeros. Todo por hacer mi trabajo rápido y atender a nuevos clientes”.

–¿Le trajo problemas?–, le pregunté.

No, realmente la gente fue muy decente. No me hicieron reclamos. Pero perdí bastante: no me volvieron a buscar para lustrar calzado. Sólo cuando me dispuse a hacer las cosas bien, la demanda de mis servicios volvió a ser como al comienzo; es más, ahora con mayor interés me buscan. Saben que trabajo bien…–, explicó con sano orgullo.

Coincidí con él. Hacía un muy buen trabajo como lustrador. Reconocer las fallas fue el principio para mejorar y dar pasos hacia la excelencia, un punto fundamental para alcanzar el éxito.

Reconocer los yerros es esencial para cambiar y crecer. Y si estamos orientados al cambio, si es el más caro anhelo que alberga nuestro corazón, es Dios quien nos está abriendo las puertas para dar esos pasos concretos, de corregir lo malo y reemprender el camino hacia lo bueno, hacia el crecimiento personal y espiritual, que es el fundamento del éxito.

El apóstol Pablo escribió que acongojarnos por el mal que hayamos hecho, conciente o inconcientemente, es una buena señal y nos orienta a una nueva dimensión de cambio: “Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. ”(Romanos 7:9, 10)

¿Ha pensado en las ventajas del arrepentimiento?

Jamás podré olvidar a un hombre con quien compartí espacio en la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos en una clínica de la ciudad. Mi hijo estaba a pocos metros librando una lucha contra la vida y la muerte, mientras que él tenía, también a pocos metros, a su esposa debatiéndose contra un cáncer.

Si tan solo Dios me diera la oportunidad de que mi esposa sanara, yo sería diferente. Saldría a caminar con ella al atardecer, le diría palabras hermosas, llegaría a casa con un ramo de rosas, le haría la vida feliz–,se lamentaba.

¡Descubrió que amaba a su esposa, veinte años después de compartir la vida juntos!

Días después murió ella, pero aquella dolorosa experiencia—que ojala no hubiese ocurrido–, le llevó a cambiar. Se arrepintió de dedicar tanto tiempo a su trabajo y poco a su familia, y en adelante, su forma de pensar y de actuar fue diferente. ¡Dios le fortaleció en la crisis y pudo salir airoso!

El arrepentimiento, en el buen sentido de la palabra, fue para bendición; el puntal para crecer en las dimensiones personal y espiritual. ¡Igual puede ocurrir con su vida hoy!

Haga una valoración de cómo anda todo en casa, en el trabajo, en el estudio y donde quiera que se desenvuelva socialmente. Sin duda apreciará que ha cometido múltiples errores y que, si se arrepiente de corazón y se dispone a cambiar, podrá aplicar correctivos y ver cómo el rumbo de su existencia toma un nuevo norte.

Tenga presente que—por encima de la maldad que haya anidado y desarrollado a lo largo de muchos años—es el amor de Dios—infinito y apacible—el que le lleva a arrepentirse y es una puerta que no debe dejar que se cierre: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”(Romanos 2.4)

¡Hoy es el día para tomar una decisión que le llevará sin duda a la victoria en todos los órdenes!

¡Usted también tiene la oportunidad!

Ocurrió en un gran centro comercial. Un almacén de comidas rápidas ofreció grandes rebajas. El lleno fue total. Pero ¡calcularon mal las promociones! Sobró demasiada comida.

Traigan al primero que pase–, dijo el gerente–. Y ¡gratis!—

Los dependientes se dispusieron a cumplir la orden. Y un hombre, que estaba recorriendo el lugar, extasiándose en las vitrinas, casi fue obligado a entrar:

–¡Usted tiene la oportunidad!—le dijeron. Y lo obligaron literalmente a sentarse y pedir lo que quisiera.

Permítame compartir esa ilustración aplicada a su existencia. ¡Uste también tiene la oportunidad de arrepentirse! No se deje arrastrar por ese pasado en que fue mal padre, o madre sin sentido de compromiso en el hogar, o tal vez hijo intolerante con sus padres. ¡Uste también tiene la oportunidad de arrepentirse!

El Señor Jesús, nuestro amado Salvador, ilustró bellamente este principio del reino en cierta ocasión que estaba reunido con una multitud: “Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.”(Mateo 9:12-14)

Arrepentirse es para aquellos que reconocen de corazón, con honestidad, con radicalidad, que han fallado y quieren imprimir un giro a su vida. ¡Usted tiene la oportunidad. Recuerde que es una posibilidad que está a sus puertas y que lo aconsejable, es no dejar pasar por alto.

Un gran autor con quien compartí varios correos, el sacerdote jesuita Carlos G. Vallés—quien por muchos años vivió en Ahmadabad –India–, decía que un derecho de todo ser humano es a equivocarse y el segundo, arrepentirse.

Si usted encamina sus pasos hacia una auto evaluación sincera, podrá salir adelante: recuperar su hogar, la relación con sus hijos, recobrar sueños metas y esperanza y, por supuesto, remontarse a nuevas alturas en procura de ser exitoso. Recuerde que no es en sus fuerzas sino en el poder del Señor Jesús.

Lo más hermoso en un ser humano

La mujer golpeó con fuerza a su hijita. ¡No podía concebir que—producto de su inquietud—hubiese volteado el jarrón con jugo! Fue una golpiza como nunca antes. “La letra con sangre entra”, se repetía furibunda recordando un viejo dicho de su abuela.

Aunque la chiquita imploraba misericordia, ella se dejó arrastrar por la ira. Saciada su molestia, la dejó escapar y la menor, como un animalito herido, corrió a refugiarse bajo la cama, en su cuarto.

El reloj marcó las diez de la noche. Lorena ni siquiera se atrevía a subir donde estaba su hija. Estaba sinceramente arrepentida. ¡No sabía cómo decírselo! Pensó una y otra vez que no podía seguir igual. ¡Era necesario cambiar!

Por fin venció todos los temores a enfrentar la realidad. Estaba sinceramente arrepentida y así se lo hizo notar a la chiquita, que no cesaba de llorar:

Reconozco que hice mal; perdóname. Puedo asegurarte que no volverá a ocurrir–, dijo.

Se abrazaron y, sí, lloraron las dos. Pero aunque fue un momento muy doloroso, se convirtió en el comienzo de una nueva vida para esa familia. En adelante Lorena midió cuidadosamente todas sus reacciones cuando estaba presa de la molestia.

Pues bien, medite por un instante que no hay nada más maravilloso delante del Señor, que una persona como usted, comprometida con el cambio y el crecimiento personal y espiritual, reconozca que ha fallado: Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán. ”(Oseas 5:15) El rey David, inspirado por Dios, lo expresó de la siguiente manera: El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios”(Salmo 50:23)

Pero a esto sumamos algo más: que realmente haya cambio. Que permita, usted que ha sido concebido para el éxito, que Dios obre la transformación que sólo Él en sus fuerzas, puede hacer en un ser humano. Un principio de realización personal que enseñó un gran hombre del primer siglo: Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento…”(Mateo 3:8)

Frutos dignos de arrepentimiento no es otra cosa que evidenciar de qué manera estamos cambiando. Tenga presente que no es sus fuerzas sino en el poder de Dios. Y ese cambio comienza por cosas pequeñas, modificaciones que a los demás pueden pasar inadvertidas pero que usted más que nadie conoce. Los pequeños grandes cambios.

La mejor ilustración es la de una pared de ladrillos. Una vez terminada la estructura se ve majestuosa, pero realmente es la sumatoria de uno y otro y otro ladrillo unidos con argamasa. Así es el cambio. No es algo inmediato. Es integrar un pequeño cambio a otro y otro más…

Tenga presente que si desea ser un triunfador, un principio o Ley infalible que debe aplicar, es el arrepentimiento. ¡Su vida será diferente cuando haya dado ese paso! Podrá dar pasos firmes hacia el crecimiento personal y espiritual, alcanzando sueños, metas y proyectos que para otros resulta difícil de conquistar….

(Tomado del Libro: “Las 31 Leyes Infalibles del Éxito” del autor y conferencista, Fernando Alexis Jiménez.)

© Fernando Alexis Jiménez – Contacto (0057)317-4913705

Email fernandoalexis@aol.com


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