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10 Marzo 2011 | Por claudioguevara | Claves: amazonas, ayahuasca, plantas maestras, sanación espiritual | # Enlace permanente
Una obra de autoría anónima resume las propiedades medicinales y espirituales de la planta maestra del Amazonas. Perspectivas científicas, psicológicas y holísticas en un documento que se populariza en la red.

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20 Agosto 2009 | Por claudioguevara | Claves: ayahuasca, maestras, pedro, peyote, plantas, san, wachuma | # Enlace permanente
Plantas Maestras (III)
La wachuma es la tercera planta maestra del viaje. Originaria del Perú, esta planta medicinal ya se usaba en 3,000 A.C. en Chavín de Huantar, el primer centro de iniciación espiritual de América del Sur.
Con la llegada de los Incas se incrementa su uso. Sin embargo, cuando los españoles conquistan América, esta planta fue casi destruida.
La Wachuma tiene un uso sagrado y medicinal: “Nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino (Dios) y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la Comunidad Tawantinsuy. También se conoce a este cactus con el nombre de San Pedro.
Comparado con el consumo de ayahuasca o de peyote, el número de personas que participan hoy en rituales de San Pedro es mucho mayor. Por esto es curioso que la literatura sobre el uso de este cactus sea tan limitada en comparación con la del uso de ayahuasca.
El cactus de la carne caliente
Asistí a una ceremonia de Wachuma en un centro holístico de Buenos Aires. La lideró Juan, un chamán argentino carismático, de verbo potente, que habló durante horas de la planta, su significado y su historia, y también de su búsqueda en el desierto y su proceso de “faenado”.
Juan explicó cómo solamente se debe cortar la planta que desea entregarse a la ceremonia. La prueba es mágica: se abraza al cactus con un movimiento de brazos deslizante de arriba hacia abajo y si las espinas permanecen rígidas, protegiendo la planta, se trata de un ejemplar que no está listo o no desea ser sacrificado. Entonces se pasa a la siguiente planta. Sólo se debe cortar aquel ejemplar cuyas espinas, ante el abrazo, se inclinen.
El chamán contó la impresión que causa para un principiante poner la palma de la mano sobre el cuerpo del cactus cortado al medio: la pulpa está caliente y palpita, como el cuerpo de un animal.
Juan trabajó con su mujer –Oriana- y sus colaboradores –Mayra, una joven angelical de 22 años, y Félix, un muchacho de mediana edad. En estos preliminares se cebaba mate, mientras terminaban de llegar los participantes.
Hacia medianoche sumábamos 10 personas, más el chamán y su equipo. La toma de Wachuma de aquella noche giró en torno a los antepasados. Juan nos explicó que cada uno de nosotros, desde el punto de vista de la descendencia, es un caso exitoso de una cadena. Una cadena que no se ha roto desde nuestros antepasados más remotos hasta hoy, y que marcan una línea perfecta de descendencia, ininterrumpida.
Montamos campamentos individuales al igual que en la toma de ayahuasca: una bolsa de dormir, una almohada, botellas de agua y mantas. Los chamanes se dispusieron en frente del grupo, rodeados de una constelación de botellas, instrumentos musicales y misteriosos enseres. Por turnos, cada uno fue anunciando en voz alta su nombre y su árbol genealógico familiar. “Soy Claudio”, me tocó decir, “hijo de Jorge y Alcira, y nieto de Juan, Elvira, Elisa y Horacio…”.
Luego vino la toma, que me resultó revulsiva: era un largo vaso de un té vibrante y viscoso que se me antojó la sangre de un animal bravío. Lo terminé a duras penas y me fui a sentar.
Un ambiente irreal
Me tocó estar al lado de Banfi, un artista que conocí esa noche y que me había contado una historia muy divertida en el vestíbulo. Era su segunda toma: la primera no le había hecho el menor efecto. Al otro lado estaba una morenita vestida de amarillo, divina, que se convirtió en la fantasía de varios presentes. El resto eran gente linda, jovial: Federico –que dijo haber participado de cerca de 30 tomas en los últimos seis años- con una novia de alcurnia que cuando empezó recitar su ascendencia de doble apellido no terminaba más; René, un psicólogo algo misterioso, y Oscar, un terapeuta de muy buen humor. También me acuerdo de un joven platense que a la mañana siguiente no se reponía de la descompostura. Igual le pasó a Banfi.
Mi trámite fue simple: a los 20 minutos comencé a sentir náuseas y me acosté descompuesto hasta la mañana siguiente. Creo que la mayor parte de los presentes tuvieron similar experiencia.
Yo me dediqué a seguir entre la vigilia y el sueño el espectáculo fantástico que brindaron el chamán y su equipo durante toda la noche: danzas, cánticos y ceremonias con ramas, humo e instrumentos musicales. Había un ambiente de irrealidad -que Banfi retrató magistralmente en un dibujo- creado por las velas, las sombras, el humo y la música.
Abriendo puertitas
Al despertar, un desayuno nos reunió para contarnos lo que vivimos. El chico platense y Banfi habían padecido una descompostura brutal toda la noche, y seguían mal. Los demás nos veíamos alegres y frescos. Pero nadie relató nada impactante de su experiencia.
No es inusual que una primera sesión con una planta sea decepcionante: su efecto depende de múltiples factores personales y ambientales. Bia Labate, una periodista y antropóloga brasileña que toma regularmente Wachuma desde hace 25 años, admite que la planta “a veces ´agarra´ bien y otras no”. Bia afirma que su principal meta al tomar San Pedro es “mantener una cierta salud física: cada sesión da una ´regulada general´, como si las espinas del cactus penetrasen en cada espacio de mi cuerpo, ajustándolo. Yo acredito que también limpia la cabeza. Consigo percibir mejor mis obsesiones amorosas, profesionales, etc. Hay ciertas puertitas en el fondo de nuestra mente que se ligan unas a otras, estableciendo conexiones, evocando memorias y pensamientos que normalmente no aparecen”.
Aquella mañana, Juan nos despedió a todos entre abrazos afectuosos, y yo llevé a Banfi, que seguía con un brutal mareo, hasta su casa de General Rodríguez. Daba pena, pobre. Creo que en su experiencia, la wachuma fue una descompostura sin gracia. Yo, en cambio, sentí que había valido la pena. No tuve revelaciones ni contacto con lo divino, pero me sentía de muy buen humor. Además, aquella mañana Banfi y yo nos hicimos amigos, y eso ya encierra un montón de magia.
14 Agosto 2009 | Por claudioguevara | Claves: ayahuasca, ceremonia, maestras, peyote, plantas, wachuma | # Enlace permanente
Cuando llegamos al centro de Inkarri en Guadalajara, respiré. Nayeli, el contacto que nos había guiado hasta allí, estaba en la puerta y saludó con entusiasmo. Era una mexicana inquietantemente hermosa.
Entramos al edificio, donde había otra cantidad de muchachas vestidas de blanco con una expresión de paz y amistad en el rostro. Se nos aflojaron las tensiones del viaje. A la manera de un tarambana argentino, Chuy -mi amigo mexicano- me susurró: «Lindo lugar para levantar minitas, ¿no?
Lo festejé, pero le recordé nuestra misión: hallar ciertas respuestas, y de paso, decirle adiós al cigarrillo. Ibamos a participar de una ceremonia de ayahuasca, una bebida amazónica que propicia el auto-conocimiento y ayuda a romper con procesos y hábitos dañinos.
Con la orientación de Nayeli buscamos un lugar en el piso en las habitaciones del lugar. Se trataba de acomodar un campamento personal, con bolsa de dormir, botellita de agua y otros enseres. Eran las 3 de la tarde. El evento iba a durar hasta la medianoche. Una música muy sugerente lo envolvía todo.
Al poco rato, el chamán Juan Ruiz Naupari convocó a todos al salón principal. Narró lo que iba a pasar en el curso de la ceremonia, y anticipó que el objetivo era «conectarnos con la partícula de Dios que todos llevamos adentro». Habló de la «desconexión» con el todo como el origen de la angustia e infelicidad del mundo contemporáneo, nos adelantó que la «abuelita Ayahuasca» nos llevaría de viaje a conectarnos con Dios y a reconocer nuestro ego.
Después de la presentación, Juan nos deseó una agradable experiencia a todos, y volvimos a nuestros puestos para beber la infusión. Miré a mi alrededor, y pensé en «La Autopista del Sur», de Cortázar. Iba a ser un viaje divertido.
Antes del despegue
A mi derecha tenía un joven afable, muy concentrado en la preparación espiritual previa. Más allá había una pareja de gringos con aire de no entender un pedo, pero que lucían felices hasta la boludez en sus batas blancas. Enfrente un viejito que, con la cabeza en-fundada en una sábana, de a ratos alzaba los pies, y de a ratos los brazos. Hacía movimientos rítmicos, giraba las manos en molinete y parecía que iba a levantar vuelo. A su lado estaba una señora mayor que lucía muy angustiada desde el principio, y en efecto no paró de sollozar en toda la noche.
Y había más gente, claro: unos 70 en total. A último momento, además, se agregó el gordo. Llegó tarde, desorganizado y a hinchar las pelotas. No tenía bolsa de dormir, ni mantas, ni botella de agua. Y pedía de favor un espacio donde tirarse. O sea que al principio el gordo nos cayó mal a todos, aunque luego del viaje nos hicimos amigos. Ya verán.
Una vez acomodados, pasaron los ayudantes dejándonos la primera ronda de la bebida. Es muy frecuente que provoque vómitos, por lo cual se disponen bolsitas individuales que eviten el atasco en los baños.
Tomamos la ayahuasca todos al mismo tiempo. Es un té espeso, de sabor fuerte y con un sedimento oscuro al fondo. A los 30 minutos, cuando el brebaje empezó a hacer efecto, sentí una náusea irresistible, me fui al baño más cercano y vomité una especie de bilis amarga y oscura.
De antepasados y reconciliaciones
Fue un mareo de varias horas, que me colocó entre la vigilia y el sueño. Si cerraba los ojos, me sentía un miembro más de una tribu de primates. El concierto de toses, vómitos, escupitajos y gemidos me hacían sentir puramente animal, parte de una gran familia de mamíferos repentinamente atacados de náuseas.
No sé por qué, el ruido de los vómitos me hacía evocar a mis abuelos, a mis viejos y a mis hermanos, como si fueran ellos los convalecientes en ese hospital de monos descompuestos. Eran gargantas familiares, un carraspear conocido desde siempre. Entendí que pertenecemos a una especie de simios que emiten sonidos similares y reconocibles.
No se trataba solamente de los 70 de nuestra tribu: todo el planeta era una enorme aldea de monos. Monos que sueñan, que proyectan, que se angustian, que se pelean. El planeta era un escenario gigante donde se desarrollaba una impresionante función. Todas las emociones humanas estaban allí. Nuestros 70 simios gemían, lloraban, reían, balbuceaban, aullaban. La nube de sonidos era el ruido colectivo de nuestra tribu, tan natural como el murmullo de una bandada de pájaros que cruza el cielo.
Fue un viaje de más de cuatro horas, y Juan Ruiz tenía razón: vi claramente a mi ego. Lo vi con la forma de un mono presumido y sabelotodo, calzando anteojos que ridiculizaban aún más sus pretensiones de modelar su vida y la de los demás. También me vi como un mono que se va a explorar lejos la jungla, y vuelve con historias y hallazgos para compartir con sus monos amigos.
Fue un viaje extraordinario. Sentí vívidamente la náusea de ser, la revoltura de los sentidos que es la existencia. Sentí compasión y ternura por ese simio un poco tonto que se toma las cosas tan en serio. Y me sentí reconciliado, asumiendo que todos los hombres son mi familia.
El despertar del amor
El despertar reflejó ese sentimiento. Por ejemplo, me sentí hermanado con el gordo, aquel hinchapelotas del principio. Durante el viaje, lo veía a veces como un mamut, otras como un indio navajo, y otras como un ser grotesco de El Señor de los Anillos. Cuando desperté y salí a caminar por los pasillos, me lo encontré y nos dimos un abrazo emocionado. Al final, el gordo era un amigo, un auténtico oso bueno.
Luego volví a mi campamento. Chuy se había despertado y tenía una sonrísa beatífica en el rostro. Al rato vino Nayeli para hablar con el viejito de enfrente. De repente, ella se arrodilló y se puso en cuatro patas, exactamente frente a nosotros. Yo tragué saliva. Me sentía feliz y con los impulsos vitales bruscamente encendidos. Chuy interpretó mi sentimiento y me dijo al oído: «Guei, el momento de la pura espiritualidad ha terminado». Largamos una carcajada.
Algunos ayudantes pasaban ofreciendo fruta. Nayeli, con su espléndida figura, siguió allí un buen rato. Para disimular nuestra mirada animal, nos pusimos a comer peras como poseídos, mirando el piso. Después nos dieron ganas de tomar mate. Y de reírnos toda la noche, rodeados de tantos amigos.
31 Julio 2009 | Por claudioguevara | Claves: ayahuasca, ceremonia, huicholes, maestras, peyote, plantas, wachuca | # Enlace permanente
Plantas maestras (II)
“El peyote es un gran maestro”, dice ceremoniosamente Xilo, el guía huichol que nos acompañará en la expedición al desierto. Viste ropajes de lincillo blanco con filigranas de gran colorido y habla perfecto español. Pero no es muy comunicativo.
Los huicholes son una tribu muy peculiar. Son estudiados hace décadas por todo tipo de viajeros y antropólogos, se caracterizan por su magnífico arte y por una religión al parecer muy autocentrada en la misión del pueblo huichol en el mundo.
Dicen quienes estudian las convicciones de los huicholes que éstos viven indignados con el resto de las gentes del planeta, ya que sobre la tribu recaen las principales tareas y rituales que el hombre debe cumplir ante los dioses. Es decir que mientras los huicholes hacen lo que hay que hacer, el resto de la humanidad haraganea o pierde el tiempo con tonterías. “Tienen derecho a pensarlo –me dice Chuy, mi amigo mexicano que me traduce los misterios de este país- porque al fin y al cabo las etnias blancas piensan lo mismo”.
Una tradición milenaria
Xilo, el guía huichol, nos llevará a participar del ritual del peyote, una tradición milenaria. Estamos en Estación 14, un pequeño poblado de San Luis Potosí. Los huicholes salen a pie desde sus poblados, a cientos de kilómetros de aquí, y llegan al desierto de San Luis Potosí buscando brotes de peyote, un cactus que crece al ras del piso. Con la ingesta de la planta realizan un ritual de carácter medicinal y religioso. Al regreso, llevan provisiones de peyote para su tierra. Son los únicos autorizados por la ley a transportar el cactus fuera del desierto.
Salimos de Estación 14 en una camioneta hacia el desierto. El ritual empieza con la búsqueda del peyote a campo abierto, ya que nadie sabe a ciencia cierta dónde hay. Muchos caminan días sin ver una sola cabeza del cactus. La tradición dice que si esto sucede, hay razones cósmicas que lo explican: “El hermano peyote sólo se ofrece a quien está preparado para tomarlo”, aclara Xilo con aire místico.
Vamos por un camino polvoriento con una fila interminable de postes de luz a los lados. Me inquieta pensar en perder varios días caminando por el desierto al pedo. Para colmo, los hombres blancos siempre tenemos algo que hacer al otro día. Chuy me escucha quejarme y se ríe: “Dejate fluir”, me tranquiliza. “Relajate y seguí las señales. Vas a ver que todo se resuelve”.
Tuve que darle la razón. A los pocos minutos alcanzamos a un grupo de tres jóvenes que nos hicieron señas. Iban caminando en la misma dirección, con un dato preciso: “Hay peyote a la altura del poste 136”, dijeron. Se subieron y seguimos juntos hasta al punto. Yo pensé en lo fácil que resulta la vida cuando se alcanza esa confianza en que todo se resolverá como por arte de magia.
A la búsqueda del tesoro
Bajamos y salimos a la búsqueda del tesoro. Xilo anticipó que lo duro sería encontrar la primera planta, pero a partir de allí, el peyote se mostraría abundante para todos. Dicho y hecho. Estuvimos 30 minutos hasta avistar las primeras cabezas. Las encontró Carlos, uno de la comitiva agregada. Luego comenzamos a ver plantas por todos lados. La profecía se cumplió, y yo, que soy un racionalista escéptico, meneaba la cabeza sin entender. “Esto es de locos”, pensé.
El procedimiento dice que quien halla una cabeza de peyote debe cortarla sin afectar la raíz, para que vuelva a crecer, y comerla en el mismo lugar. No está permitido almacenar varias, y mucho menos, llevar la carga fuera del desierto. Pero como estábamos con nuestro guía huichol, las reglas fueron otras. El indio nos ordenó recoger entre 4 y 6 cabezas para cada uno, no más. Luego nos sentamos en círculo, las lavamos prolijamente y las comimos con mucha dificultad porque tienen un sabor agrio, fuerte, casi intolerable.
El ritual fue tranquilo y desestructurado. Xilo se limitaba a instruirnos sobre la forma de limpiar el cactus, qué partes comer y cómo desechar unas hebras blancas algo espinosas que están en la parte exterior. Y luego sugirió que nos comunicáramos espiritualmente con la planta. “Hermano peyote: dime quién soy, dime qué debo hacer”, escuché a uno de los viajeros murmurar. Chuy, a mi lado, simplemente juntó sus manos como para rezar, y sonreía con los ojos cerrados.
Una noche plácida
Aquella noche en el desierto pasó plácidamente. La ingesta de la planta suele provocar vómitos al cabo de un tiempo prudencial. Fue el único momento un poco alborotado. Luego, al caer la noche, una rara paz abrazó a ese grupo formado al azar en el camino. Xilo simplemente recitaba cosas en su lengua huichol, sentado con sus piernas en cruz. Los que trajeron el dato del poste era los más eufóricos: de a ratos bailaban, algunos reían, y en general vagaban por las cercanías mirando con fascinación el cielo, las plantas, o sus propias manos. Chuy se la pasó dialogando con un arbusto que, dice él, le reveló cosas de la vida sobre la tierra que jamás habría sospechado. No le presté mucha atención, porque mi amigo es un parrandero que habitualmente tiene visiones después de la primera jarra de cerveza.
Yo, debo confesarlo, simplemente me dormí. Ni visiones, ni encuentros mágicos, ni revelaciones sobre mi infancia. Simplemente un sueño profundo que me embargó a las dos horas y que no me abandonó hasta la mañana siguiente. Creo que estaba muy cansado, o muy estresado.
Así son las plantas maestras: te dan lo que necesitas, no lo que quieres. Sus efectos dependen del clima, del chamán, de la energía particular del grupo participante, y sobre todo, de quien la recibe. Por eso es una medicina que no tiene precio, como lo tiene un jarabe para la tos o la intervención de un médico. Y no puede ser incluida en un tour de viajeros, como una visita a unas ruinas.
“Conociste al hermano Peyote”, me dijo al día siguiente Chuy. “Ahora conocerás a la abuelita Ayahuasca”, agregó con una risotada.
“Es que los mexicanos son un pueblo muy orientado a la familia”, pensé. Y salimos hacia Guadalajara.
| Por claudioguevara | Claves: ayahuasca, maestras, peyote, plantas, rituales, wachuma | # Enlace permanente
Existe en el mundo un grupo particular de plantas que ha generado una asociación particular con el hombre. Se las llama Plantas Maestras porque contienen “un conocimiento que es transmitido a aquel que las usa”, y le da una perspectiva distinta de su vida mucho mas amplia y trascendente.
Otras versiones aseguran que, en realidad, las plantas maestras no transmiten conocimientos sino que “nos ayudan a recordar quiénes somos”.
América en particular ha sido profusa en la variedad de plantas de este tipo que han nacido en el regazo de selvas, montañas y desiertos. La mayoría de nuestros pueblos originarios han aprendido de ellas a lo largo de los siglos. Erróneamente en el mundo moderno muchos las asocian con drogas alucinógenas o recreativas. Pero están muy lejos de esta categorización, tanto por sus efectos como por el marco de su consumo.
Portadoras de salud
“Las plantas maestras te dan lo que necesitas, no lo que quieres”, dice Juan, un chamán argentino de barba canosa y vientre prominente que conocí en Buenos Aires. “Son portadoras de salud, por ello son conocidas también como medicina por los pueblos que las utilizan”.
Juan trabaja con una de las plantas maestras: Wachuma, un cactus que crece en el norte argentino y Perú, muy emparentado con el San Pedro. El chamán administra wachuma en un marco ritual que vincula la experiencia con los antepasados, ya que “estas plantas han llegado hasta nuestros días atravesando miles de años. Cambió la cultura, la sociedad o el paisaje, pero ellas permanecieron inmutables a la espera de un encuentro con nosotros”.
El peyote es otro cactus, pero originario de México. Es la planta utilizada por los indios huicholes en sus rituales, y su consumo es libre y legal dentro de las fronteras del desierto donde crece. Está prohibido su transporte afuera de su territorio de origen, salvo para los miembros de esta etnia. Un autor francés la describió como “la planta que hace que los ojos se maravillen”, por el juego caleidoscópico de visiones de indescriptible belleza que suele provocar en quienes la ingieren.
La Ayahuasca es una combinación de dos plantas que crecen en la región amazónica. Su uso se remonta a 5,000 años aproximadamente, y sobrevive en el saber mágico – religioso de los pueblos indígenas. La Ayahuasca es utilizada entre las comunidades aborígenes para realizar la conexión con los mundos mágicos, en la “expansión de la conciencia”, y en el mundo moderno está siendo objeto de estudios multidisciplinario por el potencial de la planta en el tratamiento de la depresión y la ansiedad.
El recuerdo de nuestro origen
Las plantas maestras parecen tener propiedades similares dentro de sus diferencias. “Son portadoras de cambio, de nuevas perspectivas para entendernos y entender al mundo que nos rodea”, dice el chamán Juan. “No se trata en ningún momento de algo recreativo, sino de un sacramento para ampliar y elevar nuestra conciencia. Desde antaño se utilizan las Plantas Maestras como “tecnología de lo sagrado”, instrumentos espirituales capaces de permitirnos ingresar a planos superiores de la existencia”.
Juan hace una aclaración importante: “Su accionar, su trabajo no produce alucinaciones, sino visiones. No es un elemento de escape de la realidad, sino precisamente lo contrario: es un sumergirse en ella para entender”.
El punto en común de las plantas maestras parece ser una profunda sensación de conexión con el todo –que muchos llaman Dios– y una notable atenuación del “ego”. Otra propiedad generalmente citada tiene que ver con la conexión con los antepasados y nuestro origen animal. Una explicación científica sobre el tema dice: “El ADN es común en todos los seres vivos en sus cadenas más básicas, y solo en un punto comienzan a definirse evolutivamente diferentes, por lo que básicamente hombres, plantas y animales serían genéticamente iguales hasta un punto determinado. Si los genes transmiten conocimiento, no sería descabellado pensar que el uso de cierto tipo de sustancias genéticamente similares a nosotros, despierten el recuerdo de nuestro propio origen”.
La ingesta de peyote, wachuma o ayahuasca pareciera estar reservada a aquellos que realmente están en la búsqueda de lo sagrado, pues los efectos colaterales, además de su mal sabor, son revulsivos. Nadie que no esté realmente interesado en un viaje interior o terapéutico osaría probarlas por mera diversión.
En el clima de desasosiego actual, donde cada vez más personas se lanzan a la búsqueda de la dimensión espiritual de sus vidas, hay una profunda curiosidad por estas plantas. En la serie que iniciamos hoy haremos un breve recorrido por historias y prácticas de estos milenarios objetos de culto.
31 Marzo 2009 | Por claudioguevara | Claves: adicciones, ayahuasca, chamanes, desconexión, ego, espiritualidad, infelicidad, terapia | # Enlace permanente
La medicina tradicional de los pueblos amazónicos tiene gran utilidad en terapias de auto-conocimiento, y ayuda a los sujetos a romper con adicciones y hábitos dañinos • Un ritual milenario cuyos beneficios investiga la ciencia moderna.
La Ayahuasca es un brebaje preparado con una mezcla de plantas, empleado para rituales religiosos y en la medicina tradicional de los pueblos amazónicos. Es la poción por excelencia del mundo Amazónico y nexo de unión entre diversas culturas.
Está mostrándose de gran utilidad en ciertas aproximaciones terapéuticas y de auto-conocimiento, con especial relevancia en ayudar a los sujetos a romper con los procesos y hábitos dañinos para sí mismos y para otros: adicciones, violencia familiar, depresión y otros males tan comunes en estos tiempos.
El uso de la Ayahuasca se está popularizando en muchas partes del mundo, ya que su ingesta en una ceremonia que dura unas seis horas “equivale a varios años de terapia”, según quienes la han experimentado.
El ritual de la “abuelita”
La Ayahuasca se administra en el marco de ceremonias religiosas conducidas por chamanes y ayudantes, que tienen por objetivo “conectar a los participantes con la partícula de Dios que todos llevamos adentro”. Para los chamanes la “desconexión” con el todo es el origen de la angustia e infelicidad del mundo contemporáneo. La “abuelita Ayahuasca” es la guía de un viaje que tiene por fin “conectarnos con Dios” y “reconocer nuestro ego”, entendido como la construcción psicológica que tiende a diferenciarnos y separarnos de los demás.
La Ayahuasca es una poción oscura y amarga, que se bebe fría en pequeñas dosis. Los participantes en la ceremonia se acomodan en bolsas de dormir, con agua y bolsas de plástico a mano, ya que la poción induce frecuentemente a vómitos. Luego de este primer malestar estomacal, se inicia el “viaje” espiritual, que puede durar entre 4 y 6 horas según los casos. Cada participante, “ve” cosas diferentes, dependiendo de su historia personal.
Recuerdos del embrión
A menudo la experiencia incluye una retrospección de la vida individual –hay quienes recuerdan “eventos” del vientre materno–, recuerdos familiares e imágenes de antepasados, y/o la sensación de ser animales de otra especie (monos, reptiles, águilas, etc.)
Los sentimientos de los participantes al final del viaje suelen ser de un renovado amor, comunión y reconciliación con el mundo. Los participantes suelen despedirse entre abrazos emocionados, y con una gran sensación de paz. “La Ayahuasca es un proceso de desintoxicación físico y espiritual”, dicen sus partidarios.
“La soga del muerto”
En Quechua Ayahuasca significa “La soga del Muerto” o “La soga de los espíritus”, ya que en la cosmovisión de los pueblos nativos la ayahuasca es la soga que permite que el espíritu salga del cuerpo sin que éste muera.
El ayahuasca tiene un origen milenario entre las culturas del Amazonia de Perú, Bolívia y Brasil, en ceremonias y ritos de curación desde tiempos muy antiguos. En los últimos años ha mostrado ser una terapia muy efectiva en el campo de la psiquiatría y la psicología. Curiosamente, muchos problemas “modernos” son los mismos que los chamanes tratan otros nombres, tales como el susto o el miedo.
La ayahuasca ha sido nombrada patrimonio cultural de Perú y Brasil para ofrecer mayor protección a la planta y a los ritos y cultura asociada a su uso.
18 Febrero 2009 | Por claudioguevara | Claves: auto conocimiento, ayahuasca, ceremonia, chaman, dios, ego, viaje | # Enlace permanente
Un relato informal sobre un encuentro con “la partícula de Dios que todos llevamos dentro”. Un viaje de reencuentro con los antepasados, entre “minitas, ángeles y chamanes”.
Cuando finalmente llegué a Chapala 860, respiré. Después de vociferar contra el tráfico durante horas, sólo llegaba con 25 minutos de retraso. Había gente en la puerta, así que deduje que no era tan tarde como para quedarme afuera. Es más: Aline, el contacto que me había guiado hasta allí, estaba en la puerta y me saludó con entusiasmo. Yo había conducido unos 320 kilómetros entre caminos de montaña, desde Puerto Vallarta hasta Guadalajara, para asistir a mi primera ceremonia de ayahuasca.
Estaba intrigado por esa yerba mágica. Es un brebaje preparado con una mezcla de plantas, empleado para rituales religiosos y en la medicina tradicional de los pueblos amazónicos. “La poción por excelencia del mundo Amazónico y nexo de unión entre diversas culturas”, dice Wikipedia. “Una herramienta que está mostrándose de gran utilidad en ciertas aproximaciones terapéuticas y de auto-conocimiento, con especial relevancia en ayudar a los sujetos a romper con los procesos y hábitos dañinos para sí mismos y para otros”. Fue suficiente para excitar mi curiosidad, preparar el viaje en pocas horas y salir disparado.
Minitas, ángeles y chamanes
Cuando entré al centro de Inkarri, y vi a una gran cantidad de hermosas muchachas vestidas de blanco con una expresión de paz y amistad en el rostro, se me aflojaron las tensiones, el estrés y los malos recuerdos del viaje. Con modales de tarambana argentino, mi Angel malo me susurró: “Lindo lugar para levantar minitas, ¿no?” Lo espanté de inmediato, y me di a la tarea de concentrarme en mi misión: hallar ciertas respuestas, y de paso, decirle adiós al cigarrillo y otros vicios.
Con la orientación de Aline busqué un lugar en el piso, entre cuatro habitaciones distribuidas en un edificio de dos plantas. Se trataba de acomodar un campamento personal, con bolsa de dormir, almohada, botellita de agua y otros enseres según la necesidad de cada uno. Y dejarse fluir… El evento iba a durar hasta la medianoche. Una música muy sugerente lo envolvía todo.
Verónica, una de las sirenas de blanco, me registró, y terminé de emocionarme. Me dio un abrazo de bienvenida, y casi me desmayo (Mis primas siempre dicen injustamente que me enamoro de todas, pero ésta era realmente especial… Mejor no les cuento).
Sentado en mi campamento, turbado, me reponía del encuentro cuando el chamán de la ceremonia convocó a todos al salón principal.
Era Juan Ruiz en persona. Yo había escuchado mucho sobre él. Juan narró en forma pausada lo que iba a pasar en el curso de la ceremonia, y anticipó que el objetivo era “conectarnos con la partícula de Dios que todos llevamos adentro”. Habló de la “desconexión” con el todo como el origen de la angustia e infelicidad del mundo contemporáneo, nos adelantó que la “abuelita Ayahuasca” nos llevaría de viaje a conectarnos con Dios y a reconocer nuestro ego, y que el viaje empezaría con la aparición del “Aguila dorada”.
Juan también trazó un claro paralelismo entre los postulados de diferentes tradiciones religiosas del mundo, sus diferencias y sus asombrosas semejanzas. La charla me hizo pensar en “La conciencia sin fronteras”, de Ken Wilber, que establece los patrones comunes de las principales creencias religiosas del mundo; y en Lèvi Strauss, el estructuralismo y todos los esfuerzos por encontrar las “estructuras” comunes que nos emparentan a los seres humanos de todas las culturas a lo largo de los tiempos.
Mi Angel malo interrumpió estas ensoñaciones: “Todo muy interesante, pero tomemos el puto brebaje de una vez, cabrón”.
Como si lo hubiera escuchado, Juan nos deseó una agradable experiencia a todos, y volvimos a nuestros puestos para beber la infusión. Miré a mi alrededor, y pensé en “La Autopista del Sur”, de Cortázar. Iba a ser un viaje divertido.
Antes del despegue
A mi derecha tenía un joven afable pero poco comunicativo, muy concentrado en la preparación espiritual previa. Era su tercer viaje, me dijo en forma seria y algo enigmática, y no supe si iba a pasarme algo terrible o maravilloso.
Al otro lado, con un espacio angosto de distancia, otro joven, aún más aislado e inexpresivo, que luego de plantarse un antifaz para dormir, se había introducido en su bolsa de dormir y se había envuelto a sí mismo en varias mantas (la ayahuasca puede dar temblores y mucho frío). Parecía un canelón gigante.
Más allá había una pareja de gringos con aire de no entender un pedo, pero que lucían felices hasta la boludez en sus batas blancas.
En la fila de enfrente, a la derecha, había un viejito que, con la cabeza enfundada en una sábana, de a ratos alzaba los pies, y de a ratos los brazos. Hacía movimientos rítmicos, giraba las manos en molinete y hacía todo tipo de boludeces. Parecía que iba a levantar vuelo. Y eso que todavía no había tomado nada…
A su lado estaba una señora mayor que lucía muy angustiada desde el principio. Y en efecto, durante el viaje no paró de sollozar y gemir.
Y había más gente, claro. Eramos unos 70 entre las cuatro habitaciones. A último momento, además, llegó mi gordo amigo.
En realidad, el gordo me cayó mal al principio. Llegó tarde, desorganizado y a hinchar las pelotas. No tenía bolsa de dormir, ni mantas, ni botella de agua. Y pedía de favor un espacio donde tirarse. El “canelón” se dignó correrse 10 cm, y yo lo imité. Quedó un pequeño espacio, donde el gordo se acomodó estoicamente sin chistar, con una manta que alguien le prestó. Enseguida nos arrepentimos, porque lejos de calmarse, el tipo volvió a la carga. Todo el tiempo pedía cosas a los ayudantes, había siempre gente atendiéndolo y explicándole algo. No sé qué mierda quería, pero demandaba atención permanentemente.
O sea que el gordo me cayó mal, pero durante el viaje que nos hicimos amigos. Ya verán.
Una vez acomodados todos, pasaron los ayudantes dejándonos la primera ronda de la bebida. Se puede beber hasta tres veces, se nos había explicado. Y es muy frecuente que la bebida provoque vómitos, para lo cual se disponen bolsitas individuales que eviten el atasco en los baños.
Tomamos la ayahuasca todos al mismo tiempo, coordinadamente. Es un té espeso, de sabor fuerte y con un sedimento oscuro al fondo. Tarda entre 20 y 30 minutos en provocar los primeros efectos.
Les diré, en pocas palabras, que durante el viaje me sentí por momentos reptil, pero sobre todo simio. No es fácil de explicar.
Bienvenidos a la tribu
Creo que influyó haber visitado el zoológico de Vallarta días antes. Estaba allí con una amiga, analizando la mirada increíblemente humana de un mono papión, cuando uno de los cuidadores me dijo:“Si abrazas a tu amiga, verás cómo se enfurece. Este mono es terriblemente celoso de las hembras”. Así lo hice, y el mono empezó de inmediato a gritar y arrojarse contra las rejas, hirviendo de furia. Yo pensé: “Este mono hijo de puta es peor que yo: cela hasta a las mujeres ajenas, incluso las que no son de su especie”. Me dejó reflexionando acerca del origen completamente animal de los celos, y con ganas de que me expliquen el episodio todos aquellos que hablan de inseguridades y pedos mal resueltos si nos molestamos cuando vemos a otro macho cerca de nuestra hembra.
Es difícil saber si fue por el impacto de este recuerdo, o por otras razones, pero cuando el brebaje empezó a hacer efecto, empecé a sentirme como un miembro más de una tribu de primates.
Primero fue el vómito, y la visión: me sentí presa de una náusea irresistible y me fui al baño más cercano. Me agaché ante el inodoro, y vomité una especie de bilis espesa, amarga y oscura. Luego me senté, esperando quién sabe qué, cuando desde el mosaico que adornaba la pared frente a mí, vi emerger las formas y los colores de un águila, de perfil, con un potente ojo vigilante. “¡Andale!” -exclamé, en puro argot mexicano- Aquí está el Aguila dorada… ¡Qué chingona!”
Estuve unos cuantos minutos concentrado en admirar la aparición hasta que vino un ayudante a tocar la puerta para controlar si todo estaba bien. Me levanté, le hice una reverencia empática a mi Aguila dorada, y me fui a acostar a mi puesto.
Estaba mareado, pero nunca logré dormirme totalmente. Siempre estuve entre la vigilia y el sueño, abriendo los ojos cada tanto para vigilar el entorno. El concierto de toses, vómitos, escupitajos y gemidos me hacían sentir puramente animal, parte de una gran familia de mamíferos repentinamente atacados de náuseas.
De antepasados y reconciliaciones
No sé por qué, el ruido de los vómitos me hacía evocar a mis abuelos -que casi no conocí- o a mi vieja y a mis hermanos, como si fueran ellos los convalescientes en ese hospital de monos descompuestos, como si fueran sonidos de gargantas familiares, un carraspear conocido desde siempre, un amasijo de saliva, fluidos y líquidos que no repugna porque es parte de nuestra sangre. Era un recuerdo de gripes, fiebres y delirios atendidos por nuestra madre y las primas mayores, entre pañales con mierda, la escupidera azul y el ruido familiar en el baño. Era la náusea de los antepasados, el sentimiento de animalidad original, la sensación de pertenencia a una especie de simios que emiten sonidos guturales similares y reconocibles.
No se trataba solamente de los 70 miembros de nuestra tribu: todo el planeta era una enorme aldea de monos: sofisticados, parlanchines, ultraevolucionados, ornamentados y rodeados de dispositivos, pero monos al fin. Monos que sueñan, que proyectan, que se angustian, que se pelean, que se señalan, que ríen y lloran. El planeta era un escenario gigante donde se desarrollaba una impresionante función. Todas las emociones humanas estaban allí. Nuestros 70 simios gemían, lloraban, reían, balbuceaban, aullaban. La nube de sonidos era el ruido colectivo de nuestra tribu, tan natural como el murmullo de una bandada de pájaros que cruza el cielo (a veces sentía que éramos reptiles, sobre todo si se cruzaban imágenes de sexo y hembras).
Fue un viaje de más de cuatro horas, y recorrí el mundo. Vi el odio y el amor juntos: un bombardeo cruel destrozando una ciudad, una madre amante protegiendo a su hijo bajo un puente. Vi monos desnudos, tiritando de hambre y de frío, y monos eufóricos en la fiesta más básica. Vi, en suma, a nuestra especie habitando el planeta.
Vi claramente a mi ego. Lo vi con la forma de un mono presumido y sabelotodo, calzando anteojos que ridiculizaban aún más sus pretensiones de modelar su vida y la de los demás. Vi a mi ego como esa parte de mí que siempre tiene problemas con los demás, con su necesidad de diferenciarse y sobresalir. También me vi como un mono que se va a explorar lejos la jungla, y vuelve con historias y hallazgos extraordinarios para compartir con sus monos amigos.
Fue un viaje extraordinario. Sentí vívidamente la náusea de ser, el olor del moco de mis abuelos, la revoltura de los sentidos que es la existencia. Sentí compasión y ternura por ese mono un poco tonto que se toma las cosas tan en serio. Y me sentí reconciliado, asumiendo que todos los hombres son mi familia.
El amanecer del amor
El despertar reflejó ese sentimiento. Por ejemplo, me sentí hermanado con el gordo amigo, aquel hinchapelotas del principio. Durante el viaje, yo alucinaba y lo veía a veces como un oso gigante, otras como un indio navajo, y otras veces con la forma de uno de esos seres grotescos de El Señor de los Anillos. Cuando desperté y salí a caminar por los pasillos, me lo encontré y nos dimos un abrazo emocionado. Sin habernos, siquiera, preguntado nuestros nombres. No hacía falta, porque el sentimiento era claro y espontáneo: el gordo amigo era, al final, un auténtico oso bueno.
Seguí recorriendo los pasillos, intercambiando breves frases de amistad, ayudando a algunos a levantarse, a ir al baño, a reponerse del viaje. Yolanda, una de las asistentes, seguía mis movimientos con dedicación y ternura. Yo me sentía feliz.
Luego pedí un poco de papel y lápiz para escribir. Me los trajo la mismísima Verónica en persona, que también me acercó una lámpara para alumbrarme. Acto seguido se arrodilló frente a la viejita de enfrente y se puso en cuatro patas, exactamente frente a mí, como diez minutos. Yo tragué saliva, me sentí reptil nuevamente y me di cuenta que el momento de la pura espiritualidad había terminado. Pero ya no era sólo la voz del Angel malo, el impulso genital, el salto felino reducido a la captura de la presa: era más bien una líbido espiritual, con infinitas ganas de cuidarla, convidarle un festín de primates junto al fuego y hacerle un lugar en la manada.
Algunos ayudantes pasaban ofreciendo fruta a los que habíamos despertado. Verónica seguía allí, en cuatro patas. Para disimular mi mirada animal, me puse a comer peras como un poseído, mirando el piso. Después, me dieron ganas de tomar mate. Y de cagarme de la risa toda la noche, rodeado de tantos amigos queridos.
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