Sonia, la chica de las flores
Sonia Monjes In memorian
Querida Sonia:
Despedir a seres queridos parece ser parte de la vida. Pero los adioses tempranos, las despedidas precoces son incomprensibles, son eventos sin sentido.
¿Te acordás? Nos conocimos en el Colegio Nacional, durante las clases nocturnas del CENS N 6 que dirigía en esa época el profesor Cangelosi. Eras una rubia campechana y espectacular, y éramos varios los que festejábamos tus mohínes, tu eterno buen humor, tu actitud de chica de campo abriéndose paso en la ciudad. Te cargábamos porque venías de Franklin, o algo así: un pueblito cerca de Suipacha. Haberte criado junto a vacas y a fardos de pasto te había conferido un desparpajo especial. Te cagabas de risa de todo. Yo siempre digo que desparramabas flores con tus carcajadas. También las dibujabas: en tus cartas, en tus apuntes, en tus libros.
Después de egresar, compartimos muchos encuentros en varios escenarios de la aldea. Me acuerdo, por ejemplo, del recital de León Gieco en el Club Estudiantes. O de la entrevista al negro Fontova en La Recova. Me acuerdo de tu Renault 6, de la casa de tu tía en la 14, de que trabajabas en Comsergas, y de que a veces confesabas tener días grises. Me acuerdo también que en algún momento te fuiste a vivir a Buenos Aires, y que allí encontraste al hombre de tu vida, y tuviste un hijo.
Con los años volviste a Mercedes. Sonia, estaba bueno verte feliz y completa, luchando con tanto ímpetu y alegría. En veinte años nunca te escuché una palabra de desaliento, de ganas de arrojar la toalla. Por eso peleaste como una fiera desde que hace un año te jaqueó un mal implacable. Cómo peleaste, amiga. Qué valentía, que ganas de vivir y de seguir haciendo.
Cuando te ví por última vez en el primer piso del Dubarry, en tus últimas horas, todavía irradiabas luz. Te veías rodeadas de mimos y cuidados. Estabas al borde de la muerte, pero toda esa gente te amaba sin límites. Estaban devastados, y sin embargo felices de estar con vos, cuidándote hasta el último instante. Pese al dolor, había flores en sus caras.
Yo, en cambio, soy muy flojo para esas cosas. No me acostumbro a la idea del nunca más, al adiós para siempre. Cuando me tomaste de la mano tenía ganas de salir corriendo.
Conocí a tus padres en el pasillo. Tenían un dolor terminal, pero estaban de pie, con una dignidad indestructible. Tu papá me dijo: “Tengo 84 años, y soy el hermano de tu tía René. Vivo en la 24 al fondo. Pasá a conversar…”. Tu mamá agregó algo, se le nublaron los ojos y nos dimos un abrazo. Ya no pude contener las lágrimas.
Sonia, aquella noche huí cobardemente por los pasillos sin mirar hacia atrás, sin siquiera agradecer a la señora de la recepción que me dejó entrar fuera de horario. En el auto me derrumbé, y pensé largamente en tus días de la escuela nocturna, en las florcitas que dibujabas en todas partes. Me acordé de las que desparramabas con tus carcajadas. Y agradecí que hubiera tantas flores en la atmósfera del hospital.
Ahora te imagino en algún lugar del universo, rodeada de luz. Te imagino con una regadora, cultivando jardines. Y sembrando colores en la vida de los demás, como siempre hiciste.
Si pienso que te vamos a volver a encontrar, tu partida duele menos. Imagino que nos contarás un montón de historias, hablando y riendo sin parar, y cebando mate al mismo tiempo. Y que te volverás sabia en los túneles de la eternidad, y serás capaz de explicarnos, quitarnos la intriga, ayudarnos a entender: qué sentido tiene, Sonia, qué sentido tiene que te hayas ido tan pronto.


Baaarbaroo!!!!
La verdad que es una exacta y hermosa descripcion de Sonia.Tiene ademas la belleza simple de las cosas verdaderas ,y hace sentir que expresar sentimientos es tan facil que uno tambien podria hacerlo.
Sn embargo la integridad de tu texto,Claudio, es inigualable.
Te agradezco este regalo que siento ya es de todos los que amamos a Sonia.
Horacio Nacho Monjes