SAN LUIS POTOSI :: La ruta del peyote

Plantas maestras (II)

“El peyote es un gran maestro”, dice ceremoniosamente Xilo, el guía huichol que nos acompañará en la expedición al desierto. Viste ropajes de lincillo blanco con filigranas de gran colorido y habla perfecto español. Pero no es muy comunicativo.
Los huicholes son una tribu muy peculiar. Son estudiados hace décadas por todo tipo de viajeros y antropólogos, se caracterizan por su magnífico arte y por una religión al parecer muy autocentrada en la misión del pueblo huichol en el mundo.

Dicen quienes estudian las convicciones de los huicholes que éstos viven indignados con el resto de las gentes del planeta, ya que sobre la tribu recaen las principales tareas y rituales que el hombre debe cumplir ante los dioses. Es decir que mientras los huicholes hacen lo que hay que hacer, el resto de la humanidad haraganea o pierde el tiempo con tonterías. “Tienen derecho a pensarlo –me dice Chuy, mi amigo mexicano que me traduce los misterios de este país- porque al fin y al cabo las etnias blancas piensan lo mismo”.

Una tradición milenaria

Xilo, el guía huichol, nos llevará a participar del ritual del peyote, una tradición milenaria. Estamos en Estación 14, un pequeño poblado de San Luis Potosí. Los huicholes salen a pie desde sus poblados, a cientos de kilómetros de aquí, y llegan al desierto de San Luis Potosí buscando brotes de peyote, un cactus que crece al ras del piso. Con la ingesta de la planta realizan un ritual de carácter medicinal y religioso. Al regreso, llevan provisiones de peyote para su tierra. Son los únicos autorizados por la ley a transportar el cactus fuera del desierto.

Salimos de Estación 14 en una camioneta hacia el desierto. El ritual empieza con la búsqueda del peyote a campo abierto, ya que nadie sabe a ciencia cierta dónde hay. Muchos caminan días sin ver una sola cabeza del cactus. La tradición dice que si esto sucede, hay razones cósmicas que lo explican: “El hermano peyote sólo se ofrece a quien está preparado para tomarlo”, aclara Xilo con aire místico.
Vamos por un camino polvoriento con una fila interminable de postes de luz a los lados. Me inquieta pensar en perder varios días caminando por el desierto al pedo. Para colmo, los hombres blancos siempre tenemos algo que hacer al otro día. Chuy me escucha quejarme y se ríe: “Dejate fluir”, me tranquiliza. “Relajate y seguí las señales. Vas a ver que todo se resuelve”.

Tuve que darle la razón. A los pocos minutos alcanzamos a un grupo de tres jóvenes que nos hicieron señas. Iban caminando en la misma dirección, con un dato preciso: “Hay peyote a la altura del poste 136”, dijeron. Se subieron y seguimos juntos hasta al punto. Yo pensé en lo fácil que resulta la vida cuando se alcanza esa confianza en que todo se resolverá como por arte de magia.

A la búsqueda del tesoro

Bajamos y salimos a la búsqueda del tesoro. Xilo anticipó que lo duro sería encontrar la primera planta, pero a partir de allí, el peyote se mostraría abundante para todos. Dicho y hecho. Estuvimos 30 minutos hasta avistar las primeras cabezas. Las encontró Carlos, uno de la comitiva agregada. Luego comenzamos a ver plantas por todos lados. La profecía se cumplió, y yo, que soy un racionalista escéptico, meneaba la cabeza sin entender. “Esto es de locos”, pensé.

El procedimiento dice que quien halla una cabeza de peyote debe cortarla sin afectar la raíz, para que vuelva a crecer, y comerla en el mismo lugar. No está permitido almacenar varias, y mucho menos, llevar la carga fuera del desierto. Pero como estábamos con nuestro guía huichol, las reglas fueron otras. El indio nos ordenó recoger entre 4 y 6 cabezas para cada uno, no más. Luego nos sentamos en círculo, las lavamos prolijamente y las comimos con mucha dificultad porque tienen un sabor agrio, fuerte, casi intolerable.

El ritual fue tranquilo y desestructurado. Xilo se limitaba a instruirnos sobre la forma de limpiar el cactus, qué partes comer y cómo desechar unas hebras blancas algo espinosas que están en la parte exterior. Y luego sugirió que nos comunicáramos espiritualmente con la planta. “Hermano peyote: dime quién soy, dime qué debo hacer”, escuché a uno de los viajeros murmurar. Chuy, a mi lado, simplemente juntó sus manos como para rezar, y sonreía con los ojos cerrados.

Una noche plácida

Aquella noche en el desierto pasó plácidamente. La ingesta de la planta suele provocar vómitos al cabo de un tiempo prudencial. Fue el único momento un poco alborotado. Luego, al caer la noche, una rara paz abrazó a ese grupo formado al azar en el camino. Xilo simplemente recitaba cosas en su lengua huichol, sentado con sus piernas en cruz. Los que trajeron el dato del poste era los más eufóricos: de a ratos bailaban, algunos reían, y en general vagaban por las cercanías mirando con fascinación el cielo, las plantas, o sus propias manos. Chuy se la pasó dialogando con un arbusto que, dice él, le reveló cosas de la vida sobre la tierra que jamás habría sospechado. No le presté mucha atención, porque mi amigo es un parrandero que habitualmente tiene visiones después de la primera jarra de cerveza.

Yo, debo confesarlo, simplemente me dormí. Ni visiones, ni encuentros mágicos, ni revelaciones sobre mi infancia. Simplemente un sueño profundo que me embargó a las dos horas y que no me abandonó hasta la mañana siguiente. Creo que estaba muy cansado, o muy estresado.

Así son las plantas maestras: te dan lo que necesitas, no lo que quieres. Sus efectos dependen del clima, del chamán, de la energía particular del grupo participante, y sobre todo, de quien la recibe. Por eso es una medicina que no tiene precio, como lo tiene un jarabe para la tos o la intervención de un médico. Y no puede ser incluida en un tour de viajeros, como una visita a unas ruinas.
“Conociste al hermano Peyote”, me dijo al día siguiente Chuy. “Ahora conocerás a la abuelita Ayahuasca”, agregó con una risotada.

“Es que los mexicanos son un pueblo muy orientado a la familia”, pensé. Y salimos hacia Guadalajara.


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Bianca
6 Agosto 2009, 4:49 am, Reportar este Comentario Bianca dijo

qué interesante!! Por favor podría decirme con quien puedo contactarme me encantaría hacer esa peregrinación, por favor. Admiro y respeto a la cultura Wixarika. Muchas gracias!!

Bianca
6 Agosto 2009, 5:01 am, Reportar este Comentario Bianca dijo

mi correo es biancaracha@hotmail.com Le agradezco de antemano el dato

Claudio
6 Agosto 2009, 7:55 am, Reportar este Comentario Claudio dijo

Hola Bianca
No tengo datos de contacto a la distancia. Este tipo de peregrinaciones las debes localizar y organizar en el terreno. Pero si vas por allá, no vas a tener problemas: las señales te guiarán. Saludos

Gabriela

Excelente el artículo!! me imagino que es una extraordinaria experiencia

Me agradaría me orientaran al respecto para poder llevar a cabo una vivencia con dicha planta maestra; por lo que quedo en espera de cualquier información que puedan darme.

Muchas gracias!!

Pablo
21 Noviembre 2011, 7:52 pm, Reportar este Comentario Pablo dijo

Se me hace una manera muy estupida la tuya de pensar.

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