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Final de finales: Sobre mi viaje por Venezuela

Esta vez entre más precavido. Mi breve paso por Táchira, en la frontera con Cúcuta (Colombia), me había mostrado que los precios de alojamiento en Venezuela eran bastante más elevados que los de otros países. Así, como los recursos escaseaban, tuve que recurrir a una estrategia novedosa para seguir viajando.

Por las rutas, alguien me comentó de una página web llamada Couchsurfing (http://www.couchsurfing.org/?user_language=es), donde las personas ofrecen su casa para recibir viajeros sin pedir nada a cambio. Así que me registré, me puse en contacto con gente de Maracaibo y enseguida me ofrecieron alojamiento.

Nuevamente, las personas me trataron como si me encontrara en mi propia casa. En este caso, fue Joe junto a su familia quien me recibió. Así, en Maracaibo permanecí unos 4 días conociendo y caminando un poco la ciudad.

Finalmente me marché dejando buenos amigos, entre los que destaco a Daniela, Yolimar y Rigel.

Valencia y Puerto Cabello

Más al oeste se encuentra la ciudad de Valencia. Allí, la temperatura es elevada y el sol cobra fuerza. Pero a una hora hacia el norte de esta ciudad, se encuentra el caribe con sus playas, palmeras, sus pequeños barcos y sus islas. Y por sobre todo sus aguas turquesas. El nombre de este lugar es Puerto Cabello.

Allí los valencianos disfrutan del sol y del tranquilo lugar. No hay mucha gente, por lo menos los días de semana. Por el lugar también hay una gran base naval y un astillero. Además, la zona está rodeada de cerros cubiertos de vegetación, de modo que el verde da un poco de aire para imaginar que la selva no es tan lejana.

De hecho, algunos lugareños me indicaron que detrás de toda esa vegetación se podían encontrar animales como serpientes, aves, grande roedores y hasta tigres (jaguares). Sin embargo, esta vez no hubo oportunidad para adentrarse y hacer la comprobación visual. Solo me conformé con lo que apareció por su propia iniciativa.

Además, en el mar el tiempo pareciera correr más rápido y los días en Puerto Cabello corrieron a gran velocidad. De ese modo, me marché con mis cosas hacia otro lugar.

Caracas

La cadena que se inició en Colombia y que me presentó personas y más personas por medio de esas primeras, también prosiguió en Venezuela. Así, a Caracas llegué con datos de otra gente que nuevamente, me volvió a abrir las puertas en este país.

En esta ciudad recibí toda la ayuda que un viajero podría pedir. Por ejemplo, la ropa dañada que tenía (para no decir destruida), pude cambiarla por otra que me regalaron. La ayuda no se limitó a eso. Pero enumerar todas las cosas que recibí me llevaría mucho tiempo. Como siempre, el mejor recuerdo que uno se lleva es el de la gente, y Venezuela no fue la excepción a esta regla.

Caracas cuenta con unos lugares pintorescos dentro de la ciudad. Como por ejemplo el parque del este o el botánico. Tuve la suerte de conocerlos y sacar algunas fotos. En cuanto al clima de la ciudad, se puede decir que es bastante agradable, sobre todo en las zonas más elevadas.

Caracas también cuenta con un tráfico muy alto y un déficit habitacional que genera una invasión constante de los terrenos baldíos por parte de los ciudadanos. La gente se las rebusca y muchas veces construyen sus casas demasiado cerca de la calle, cosa que en líneas generales, no parece preocuparle a nadie.

Las migraciones constantes desde el interior del país, pero por sobre todo desde otros países, han intensificado esta demanda de residencias.

Por las calles del centro, también está el monumento construido por el Gobierno en recordatorio  a las personas que murieron por el golpe de Estado en el 2002. Ese lugar se hizo conocido gracias a las imágenes que filmaron del tiroteo desde un edificio.

La Guaira

Relativamente cerca, aunque todo depende del tráfico, se encuentra La Guaira. Ésta es la costa más próxima y me tocó ir a conocerla una tarde de las tantas que pasé en Caracas.

En sí, aunque cause sorpresa, las diferencias con las playas de Argentina no son muchas. La temperatura del agua es similar a la costa bonaerense al igual que el color de la arena. El tono del agua tampoco varía mucho.

Los llanos

Mis amigos de Caracas me invitaron a pasar año nuevo en una finca ecológica cerca de las montañas de Mérida. Gracias a ellos, pude conocer este hermoso lugar de la zona oeste de Venezuela.

El terreno en un comienzo es llano como las pampas argentinas, pero a medida que uno avanza la geografía se vuelve más irregular hasta que el paisaje hace aparecer cerros y montañas.

En el camino, muchas fincas, parcelas y algunos cultivos. La vida rural es la pauta característica con ganado, gallinas y burros, y algún que otro caballo que trae recuerdos del sur del continente. Otros animales también destacan por su particular belleza.

Luego de un viaje de horas, el camino se corta y los pies se convierten en el único medio de llegar a la finca. Nuevamente, el caminar se impone en otro destino de mi viaje y se convierte en la única opción para llegar al destino pautado. Pero como dice la canción, el andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior.

Así fue que el lugar hizo a todos olvidarnos del esfuerzo. Las montañas, los bosques, las quebradas de aguas claras y el aislamiento hicieron que el año nuevo sea algo completamente distinto a lo acostumbrado. Fueron cerca de 10 días en las montañas, bañándose en ríos,  respirando el clima seco de la montaña y aprendiendo también a trabajar la tierra.

En fin, ese fue mi último destino en la república bolivariana. El mejor recuerdo para terminar con este país.

Fin de fines

Brasil quedará para el futuro. Se acabó mi viaje por las rutas de Sudamérica. En éstas encontré de todo, viajeros y sedentarios, ricos y pobres, personas llenas de vida y otras que solo tenían miedo.

Pero de todo es más amplio: taoístas, indígenas, religiosos, narcotraficantes, militares, ladrones, guerrilleros, chamanes,  personas de humilde corazón y otras con gran soberbia; marineros, capitanes, campesinos, banqueros, periodistas, curanderos, dueños de grandes empresas y dueños de humildes moradas. Todo fue parte de este viaje. Pero lo más importante, personas que sin conocerme me abrieron las puertas de su casa y me ayudaron con lo que podían.

Al tener que llevar lo indispensable en la mochila, uno se acostumbra a no acumular cosas materiales. Esto no significa un reclamo para nadie. Pero si hay tantas personas que me encontré en el camino queriendo hacer cosas distintas a las que hace, en las cuales viajar es solo una de ellas, y muchas veces no puede realizarlas por que están atados a cosas materiales tal vez si lo sea. No un reclamo de mí hacia otro, sino un reclamo que se tiene que hacer uno mismo.

En Sudamérica los lugares para visitar son hermosos, eso lo puedo certificar después de estar cerca de un año caminando por las rutas de Sudamérica. Pero es también importante considerar, que la gente también es el paisaje.

Cierre

República de los abrazos: sobre mi viaje por Colombia

A la frontera de Ecuador-Colombia no llegué solo. Desde Quito me acompañaba un irlandés que no hablaba una palabra de español y que sólo transmitía con gestos inseguridad.

Ya en Tulcán (última ciudad fronteriza ecuatoriana), compartimos un taxi con una pareja de colombianos que iban para Pasto. Cuando ya estábamos listos para que cada subgrupo tome caminos distintos, surgió un brote de preocupación en las dos personas de Colombia. Resulta que Boris era artista y había olvidado su catálogo de trabajos en el bus que lo traía de Quito. Janeth, su novia, lo iba a esperar hasta que lo recuperara, y por eso se iba a quedar sola en la fría ciudad de Ipiales.

En ese momento llegó un australiano que también viajaba con nosotros desde Ecuador pero que lo habíamos perdido camino a la terminal. Le dije al irlandés que si quería podía seguir viaje con él, porque que me iba a quedar a acompañar a Janeth. Aceptó sin vacilar y siguió con su rumbo. Por mi parte, esa decisión que tomé afectaría sin saberlo el futuro de mi viaje por Colombia.

Por el sur

Fue a las dos horas que retornó Boris. Había recuperado sus cosas y rápidamente nos encaminamos a Pasto. Luego de un par de horas en el bus, llegamos a la tierra pastusa, y cuando me disponía a buscar alojamiento Boris y Janeth me ofrecieron dormir en su casa. A pesar de que recién me conocían, me dieron una cama y hasta me dejaron utilizar Internet para colgar mis fotos. Así me trataron los primeros colombianos que conocí.

Al otro día, Boris me llevó a su casa que quedaba por el centro y me invitó a instalarme. Me contó que hacía 17 años había trabajado en una comunidad indígena llamada los awá, la cual hoy en día sufría bastantes problemas de violencia. Me interesó el tema y gracias a él me puse en contacto con ellos.

Luego de evaluar varios días y escuchar a cientos de personas decirme que ni se me ocurra ir para esa zona, tomé un bus y me adentré en la selva de Nariño para conocer a los nativos.

Una vez que llegué al pueblito llamado El Diviso, los indígenas me ofrecieron algo para comer y me dijeron que me iban a buscar un lugar para que durmiera. Sin darles tiempo, la psicóloga y la nutricionista que trabajaban para la comunidad me ofrecieron un espacio en donde ellas vivían. Así que me acomodé como pude y me metí de lleno en la realidad de este pueblo.

Enseguida pude darme cuenta que su situación no era la mejor, por ejemplo en comparación a los machiguengas de Perú. Pero de ellos recibía el mejor trato, igual que de mis amigas profesionales que trabajaban con los nativos. Por ejemplo, Irene -la psicóloga- no me dejaba ir a comer algo sin que me invitara. Y cuando me tocó ir con la brigada médica a la selva, me regaló una bolsa llena de comida para que no pase hambre. La gente en Colombia es así.

Luego de 10 días de aprender de este pueblo nativo, me despedí de la selva y regresé a la ciudad. En el camino quedó como anécdota un enfrentamiento donde el ejército disparaba sin encontrar respuesta al fuego, y la gente asustada, pedía al chofer en vano que regrese a donde había partido. El bus se demoró allí varios minutos hasta que el ejército dio el visto bueno para que avance.

A mi regreso conocí realmente la ciudad de Pasto. Además de una gran belleza arquitectónica, esta ciudad cuenta con una historia muy particular. De hecho, se la recuerda como la región que rechazó a Bolívar y escogió defender la corona. Por eso y otras razones, los pastusos dicen ser algo así como el chivo expiatorio de Colombia y el centro de todos los chistes sobre los brutos. El pastuso, en este sentido, sería el equivalente al estereotipo del gallego que alguna vez se utilizó en Argentina.

Ahora en esta ciudad, cuando uno camina se encuentra con miradas cortas y un aire de tristeza, que Boris se empeñaba en llamar “melancolía pastusa” pero que para mí era otra cosa. Quizás este sentir en la gente se corresponda a las ciudades en donde hay un gran carnaval, que hacen que la diversión y el éxtasis se viva de forma frenética por un tiempo para luego caer en un pozo de tranquilidad y pudor. En la calle o en las plazas, la gente sonríe pero no se ríe. Y si por algún motivo hay carcajadas, las manos buscan la boca como queriendo tapar una actitud vergonzosa.

Pasto en esos días disfrutaba del Encuentro de Culturas Andinas y del Pacífico, evento que reunía a personas de todo el país y de otros rincones del mundo. Casualmente, la imagen utilizada para promocionar al encuentro era una de las realizadas por mi amigo Boris. Con recitales, ciclos de cine, obras de teatro y demás actividades, este evento me demoró más de la cuenta en la ciudad.

A partir de allí, Boris se encargó de presentarme a casi toda la comunidad artística de la zona. Conocí pintores, escritores, artistas plásticos que trabajaban en el carnaval, músicos, etc.

Un día, fui invitado por Alan -un escritor que dicta un taller de literatura- para que diera una charla sobre las experiencias de mi viaje. En la clase, además, tuve que proponer dos temas para que los participantes desarrollaran algún escrito. La mañana resultó más que interesante, sobre todo por la gran capacidad literaria que tenían las personas que asistían allí.

Luego de esa clase, fui invitado por Giovanni –uno de los que participaba en el taller- a dar una vuelta a la ciudad en bicicleta, que desembocó en un recorrido de casi cuatro horas por las montañas hasta un pueblito cercano llamado Nariño. La experiencia fue extraordinaria pero también agotadora.

Por esos días, Boris me llevó a comer a un restaurante taoísta que conoció por una amiga. Luego de hablar bastante con las personas de ese lugar, me comentaron sobre un templo que ellos tenían por el norte de Bogotá, más precisamente en las cercanías de un pueblito llamado Duitama. Allí el gobierno había realizado un ataque y había lanzado glifosato para intentar desaparecer a esa comunidad. Consulté con ellos sobre la posibilidad de visitar el lugar y me pasaron las indicaciones y unos teléfonos para cuando llegara. Quedé en dar una vuelta por el templo en unos 15 días.

Mientras tanto, seguía conociendo a gente de la ciudad de Pasto. Entre estas personas quiero destacar a Jairo, un pintor hiperrealista que junto a su familia me ayudó muchísimo. Así, si me encontraba solo por la calle lo llamaba y aparecía: no faltaron las veces que me llevó a su casa a comer y otras tantas que me ofreció su computadora para escribir mis notas. Fueron ellos los que me llevaron a la laguna La Cocha, que con su paisaje atrae a los que viajan a conocer el sur de Colombia. Por Jairo, conocí a su hermana Catalina, que trabaja en un proyecto de educación para evitar víctimas de minas.

Ella, por su parte, me contó el gran problema que representan estas armas para la población. Si uno pisa una, por ejemplo, aparte de perder la vida o algún miembro del cuerpo, debe abonar a las fuerzas irregulares 400 dólares de impuesto por caminar en zona prohibida. Fabricar una mina, a su vez, insume un costo muy bajo -de 1 a 3 dólares cada una-, lo que significa que con muy pocos recursos se puede cerrar una zona por mucho tiempo. A partir de esta realidad, hoy Colombia es el país más minado del mundo.

Luego de informarme de este problema, Catalina me comentó de la posibilidad de que a mi paso por Popayán me recibiese una amiga suya. Me quedé sorprendido por el favor, y enseguida ella hizo el contacto para que me encuentren ni bien arribara a la ciudad. A su vez, Jairo me pasó los datos de varios amigos y familiares que tenía dispersos por Colombia y que me podían ayudar. También me consiguió un camión para que me lleve hasta Popayán de forma de no gastar en un pasaje.

Un paseo por la ciudad blanca

Me levanté temprano en la casa de los padres de Jairo (esa noche dormí allí porque era cerca de donde salía el camión). Como el lugar era peligroso a esa hora, Oscar –el camionero- me pasó a buscar en un taxi para ir hasta el playón donde se encontraba la tracto mula.

Esa mañana viajé escuchando todo lo que le había tocado vivir a Oscar en su trabajo por las rutas de Colombia. Historias de incendios de camiones por parte de la guerrilla y de paramilitares, mecanismos que se utilizan para el trafico de drogas y ofrecimientos que le hizo el mismo narcotráfico para que pasara cocaína en sus trayectos. Luego de 4 horas de este viaje, me despedí de Oscar completamente agradecido.

En Popayán me recibió Alejandro Jojoa, a quien contacté por medio de Catalina. Él es esposo de Aura, padre de seis hijas (Elisa, Clara, Alejandra, Aura, Libia y Lidia) y fue durante mucho tiempo presidente de Federación Campesina del Cauca. Me contó de todas las luchas que habían hecho y de la reforma agraria que jamás pudieron realizar por la resistencia política, a pesar de que la ley la sustentaba. Me dijo que ahora estaban trabajando con un nuevo concepto, el “mercado justo”, que buscaba recortar los intermediarios en la cadena de exportación del café y que esta medida les había traído algún beneficio.

Luego de una larga charla, los Jojoa me invitaron a pasar la noche en su finca ecológica para que observara cómo funcionaba. Allí, ellos no utilizan químicos ni balanceados. Por ejemplo, para quitar las garrapatas del ganado utilizan grasa y le dan leguminosas como alimentos. Usan los excrementos de los animales para hacer biogás y las lombrices lo transforman en abono, de modo de no utilizar más productos industrializados para los vegetales. También están estudiando la implementación de energía solar.

Al otro día fui a conocer un poco “la ciudad blanca”, llamada así por la cantidad de faroles que alumbran las calles durante la noche y que convierten a Popayán en un santuario colonial. También tuve la oportunidad de visitar una montaña que según los lugareños es una pirámide realizada por los indígenas que habitaban allí.

Luego de caminar la ciudad y dormir en casa de los Jojoa, me despedí agradecido de ellos, a lo que respondieron dándome el teléfono de una amiga que ellos tenían en Cali. Antes de irme, llamé a Oscar -el camionero- y este me avisó que se encontraba cerca así que me podía llevar sin inconvenientes hasta mi próximo destino.

La tierra de la rumba

Como el lugar donde me debía dejar era lejos del centro, Oscar se metió por adentro de la ciudad de Cali y me dejó en la terminal. Para mi sorpresa, antes de bajarme estiró la mano con un dinero. Me dijo que lo que estaba haciendo no era fácil y que eso que me daba era una ayuda para que almuerce. Rechazarlo fue en vano. Insistió e insistió hasta que tuve que aceptarlo. Nuevamente y como siempre en Colombia, me despedí agradecido.

Ni bien bajé llamé al número que me dieron los Jojoa. La persona que atendió se llamaba Marleny y afectuosamente me dijo que me iba a ayudar. Como ella estaba trabajando, arregló con un amigo para que me encontrara por la ciudad. Fue así que apareció Gustavo. Hablamos un rato y me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa y enseguida llamó a Marleny. “Te tengo noticias. Dice Marleny que te invita a cenar”, me dijo Gustavo.

Como se ve, la mala fama de esta ciudad es una fantasía. De hecho, por Cali caminaba de noche solo sin ningún inconveniente y en varias oportunidades personas que conocía por la calle me invitaban a comer o tomar algo. Hasta pude ir a ver el clásico América – Deportivo Cali en la popular (Gustavo decía que mejor era la platea, pero yo sabía que no nos iba a ocurrir nada). Ese partido fue 3 a 1 a favor del América, con un tanto del híper experimentado delantero “el pipa” De Ávila, que tiene nada menos que 47 años.

Gustavo también me mostró la Universidad del Valle, un campus de estudio con parques, árboles, lagos y piscina, donde conocí varias personas que luego me invitaron a bailar salsa en uno de las tantas discotecas que tiene la ciudad. En esta ciudad hice muchos amigos, como por ejemplo Cindy, Alejandra y Ángela, que trabajan en una revista llamada “Litras Falsas” donde publicaron algunas de mis fotos.

Marleny, por su parte, trabaja en la ONU y a través de esta organización estuvimos planificando sobre una posible visita al Pacífico, para que escribiera algo sobre la situación de las personas que viven allí. Como la demora era mucha y se requería ir en avión, esta posibilidad se dilató pero quedó flotando la posibilidad de ir en un futuro.

Luego de 8 días de vivir en esta ciudad, me despedí de mis amigos y me marché para Armenia. Para los que siguen pensando que Cali es una ciudad peligrosa, puedo decirles que antes de irme pude sacar una foto del peligroso Cartel de Cali (hacer clic aquí para verlo).

Rumbo al este

La ruta entre Cali y Armenia se cuenta entre las más hermosas de Colombia. El paisaje va de fincas hasta bosques, acantilados y montañas, todo bajo una temperatura agradable.

En Armenia me recibió Laura, a quien había conocido durante mi estadía en Quito, Ecuador. Ella me mostró un poco la ciudad, la universidad y me presentó a varias amigas con las que recorrimos un poco los pueblitos de los alrededores.

Con ellas jamás tomamos un bus ya que hacíamos todos los viajes a dedo. Por ejemplo fuimos a conocer Salento, zona muy turística de fincas y montañas donde pasamos una tarde. También fuimos a la zona cafetera de Calarcá, donde nos bañamos en una cascada y conocimos otros amigos.

En Armenia estuve cerca de 5 días conociendo y aprendiendo. Cerca de mi partida, Laura me comentó algo que cambiaría el destino de mi viaje. Resulta que cuando se vence el plazo para estar en Colombia (60 días), uno debe abonar 35 dólares adicionales por cada mes extra. Y si uno se pasa aunque sea 1 día del plazo fijado, debe pagar 100 dólares de multa.

La noticia me llamó la atención, ya que Colombia era el único país hasta el momento que cobraba por quedarse más tiempo. Como a mí se me vencía el plazo en unos días, la mejor opción era irme a Cúcuta, salir a Venezuela y volver a entrar. De ese modo, el DAS no me cobraría nada.

Así que me despedí apurado de mis amigas, ya que en los pocos días que me quedaban tenía que conocer Bogotá y Duitama, para no tener que volver sobre el mismo camino. Bien temprano en la mañana, me fui a la ruta y luego de una hora un camión paró y me llevó hasta la capital de Colombia.

Apurado

Fue largo el camino a Bogotá. Llegué en horas de la tarde y llamé a los teléfonos que me habían dado en otros puntos de mi viaje. La persona que me atendió me pidió una hora para que pueda organizarse y planificar como me podía ayudar. Jairo, el camionero, me dijo que mientras tanto podía ir a su casa así me presentaba a su familia.

Una vez allí, conocí a su mujer y sus dos hijos. Jairo me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa, que en eso no había ningún inconveniente. Sin que yo diga nada, su hijo me ofreció su habitación y corrió un colchón a la pieza de su hermano para él.

Ya en la mañana me despedí de la familia de Jairo, de nuevo agradecido, como siempre -vale la pena repetirlo- me ocurrió en Colombia. Cerca del mediodía di una vuelta por el centro y visité a un amigo de Marleny que trabaja en el Ministerio de Cultura. Y por la tarde, partí con rumbo a Duitama.

Ni bien llegué a este pueblito me puse en contacto con los taoístas. Ellos me dejaron quedarme en la fuente o sede que tienen en Duitama, para que al otro día pueda ir al Templo ubicado en las montañas.

Por la noche y luego del viaje de tres horas, llegué al templo Vegetal Sacroakuarius, donde una abeja me recibió picándome en el labio e inflamándome toda la zona. Con hinchazón y todo, fueron tres días los que me quedé allí y como no acepté quedarme de monje, no se me dio la posibilidad de trabajar para pagar alojamiento y alimento. Así que tuve que abonar 14 dólares por los 3 días de estadía.

Además de lo ya escrito, puedo destacar la insistencia de Da Vinci (que era un monje que se decía la encarnación del hombre del renacimiento) para que me quedara en el templo, ya que argumentaba que el viaje que estaba haciendo ya lo había hecho en otras vidas, así que era una pérdida muy grande no aprovechar esta oportunidad para quedarme en el templo. Le agradecí por la invitación, pero le aclaré que debía irme porque no tenía plata para pagar la multa al DAS, aunque le aclaré para que se quedara tranquilo que si tenía la oportunidad en otra vida, no dudaría en quedarme.

Vencido el plazo de tiempo que había pagado en el templo, inicié el largo camino a Cúcuta para renovar mi estadía en Colombia. Luego de 12 horas de viaje, crucé la frontera y pasé una noche en Táchira, Venezuela, donde descubrí que los costos de alojamiento no eran tan baratos como los de su vecino país.

Cruzando Colombia

Con la intención de llegar a Medellín, me fui a la salida de Cúcuta para hacer dedo. Luego de pasar la mañana en un peaje, los policías de carreteras hablaron con un particular para que me llevara. Esta persona traficaba combustible y mercadería desde Venezuela hasta Bucaramanga y se comprometió a llevarme hasta un paradero de comidas.

La policía lo paraba en varios puntos del camino, y este abonaba $ 10.000 (5 dólares) en cada oportunidad. Una vez que arribamos al lugar para comer, hizo un gesto a otro auto -que era otro traficante- y este me llevó hasta Bucaramanga. Mientras cruzábamos el páramo de Berlín, me comentaba que la plata no alcanzaba y que esta es una de las pocas posibilidades que encuentran para poder sobrevivir.

Esa noche paré en un hotel ubicado en el centro de Bucaramanga. Fue la primera vez desde que llegué a Colombia que me tocó pagar alojamiento. Bien temprano en la mañana, me fui a hacer dedo y luego de unas horas, una camioneta me llevó hasta un pueblito llamado Pto. Araujo, ubicado a 4 horas de Medellín.

En el camino, Álvaro -el conductor- me contó que había sido casco azul en la ex Yugoslavia, y me mostró las cicatrices que tenía de haber luchado contra la guerrilla en su país. Otra vez, más historias sobre el otro lado de Colombia durante toda la tarde.

En ese poblado la policía de caminos se comprometió a conseguirme un camión. Como era de noche, armé la carpa por ahí y ya en la mañana viajé hasta la ciudad de Medellín.

Ni bien llegué llamé a Jairo a ver si podía contactarme con su tío. Luego de averiguar, esta posibilidad estaba complicada así que me fui a sentar en la terminal para pensar qué podía hacer. En eso llegan dos chicas y se me ponen a hablar. Luego de un rato, una de ellas me dice que se llama Eliana y que si no tenía dónde quedarme podía ir a su casa. Observó mi sorpresa y me dijo que iba a llamar a su madre para confirmar.

Luego del llamado me avisó que no había problemas, pero lo único era que ella se tenía que ir. Así que me subió a un bus, me explicó dónde debía bajar y me dijo que allí me estaba esperando alguien. Hice todo como me pidió y en una esquina estaba el hermano que me llevó a su casa. Me recibieron contentos y me pidieron que me sienta como en mi hogar.

Fueron cerca de 6 días los que me quedé en la casa de Eliana, ubicada en el barrio de villa Sofía. En esa zona, un mes antes de que yo llegara hubo una guerra entre un grupo de paramilitares y otro de jóvenes que se llevó varias vidas, hasta el punto de desembocar en 16 asesinatos en una sola noche. Luego de esa batalla, intervino el ejército y los dos bandos entregaron sus armas. Ahora la zona estaba más segura y tranquila.

En Medellín caminé bastante la ciudad, conocí el centro y comprobé todo lo que decían sobre la hospitalidad de su gente. Finalmente, me despedí de Eliana y su familia y me dirigí al mercado de hacienda donde se consigue transporte mucho más económico que en la terminal, con la única diferencia de que el carro es uno de ganado que va vacío. Mi destino era el caribe.

Cerca de las 5 de la mañana el camión me dejó en un lugar llamado Tolú. Cuando pregunto a la gente del lugar, me dice que Tolú es más al norte, y que este lugar se llamaba El Porvenir. A pesar del desconcierto, la alegría llegó pronto: también me informaron de que el mar estaba a 5 cuadras.

Por el Caribe

En oscuridad caminé hasta el mar, el sol estaba a punto de salir y los rayos iluminaban el Caribe que amanecía. En la playa no había nadie. Tiré la mochila por ahí y me quedé en el agua cerca de 2 horas. De a poco fui descubriendo las palmeras, las cabañas y el paisaje.

Luego me enteré de que El Porvenir es la zona más linda que tiene la ciudad de Coveñas, que a su vez es uno de los lugares con las playas más hermosas de Colombia. Ya más fresco y con más energía, me fui a tomar un bus para llegar a Cartagena de Indias.

Cuando llego a esta ciudad colonial me comunico con Alba, que es una antigua amiga de Marleny. A Alba no necesité explicarle nada. Enseguida me preguntó dónde estaba y me dijo que no me mueva porque ya salía a buscarme. Me dijo que me podía quedar el tiempo que necesite en su casa.

Alba no me dejaba comprar nada para comer. Ni siquiera me dejaba pagar los buses y menos un taxi. Si estábamos los dos en la casa y precisábamos algo, llamaba a su novio José y él siempre traía lo pedido y más. Incluso me compraba frutas para que coma.

Fueron cerca de 8 días los que pasé en este lugar. A pesar de que las playas no son tan limpias, Cartagena tiene un hermoso lugar que es la ciudad amurallada. Luego de eso, la humedad y el calor no dejan tranquilas a las personas que la visitan.

Nuevamente, lo más importante para contar sobre una ciudad de Colombia es la hospitalidad y el amor de la gente. Si no se considera eso, se pierde lo más valioso de este país.

Por último, a través de Alba me contacté con otras personas que me ayudaron en mi visita a Santa Marta, lugar donde se destaca la playa grande y Taganga. En este lugar la familia de Gilberto me alojó como si fuera un integrante más de su familia, dándome básicamente todo. ¿A cambio de algo? No, de ninguna manera ya que en Colombia lo que sobra es amor.

Sobre mi viaje en tierras bolivianas

Dejar Villazón (la primera ciudad luego de la frontera) no fue fácil. Me levanté a las 9, tarde para el tren, temprano para el micro. Encima olvidé el mp3 en el ciber y tuve que esperar a ver si aparecía (cosa que nunca ocurrió). Ómnibus a Uyuni, mi destino, no salían hasta el otro día. Además, una lluvia me demoró en la puerta de un museo.

Así las cosas, estaba decidido a salir de Villazón. Y la opción que surgió fue la de ir a Tupiza, un poblado ubicado a unas 3 horas de ahí. El costo, de 20 bs ($10). Viajé apretado, acosado por las moscas, el olor a coca y la comida local: estaba feliz.

En Tupiza


El que fue a Bolivia, sabe que el costo de cualquier cosa se rige por el patrón precio-cara. Y esa tarde, las boleterías de este pequeño poblado establecieron mi rostro en 60 bs para ir hasta Uyuni. ¿El problema? Además de caro, los micros salían al otro día y eso implicaba más gastos de alojamiento y comida.

Pero fue salir de Villazón para encontrar la suerte. A alguien se le escapó que la estación de tren estaba a 3 cuadras, y aunque este arribaba a las 17:20 y eran las 18:00, perdido por perdido salí con la confianza de aquel que no tiene nada que perder. Y con esa actitud me encontré con el atraso salvador del tren a Uyuni. El boleto: 40 bolivianos, 20 bs menos que el micro, más barato, más rápido, con baños y servicio de cocina. Lo único que no me gustó fueron los asientos que yo llamo “melancólicos”: a medida que uno avanza se ve el paisaje ir, dándole la espalda a lo que está adelante.

El tren viajaba de noche, a buena velocidad por el medio de túneles y paisajes escabrosos, cuando de repente apareció una ciudad oscura construida sobre las montañas: Atocha. El lugar era impactante. Y el avance de la locomotora mostró con crudeza cuál fue durante años su principal actividad económica. Decía crudeza, porque de pronto apareció una tumba, luego otra, otra, y así hasta multiplicarse por miles, ubicadas por toda la altitud y longitud de la sierra. Hablo de una ciudad minera. El tren seguía, y lejos de desaparecer, las lápidas se extendían cada vez más por todas las laderas de las montañas hasta sus cimas. La luz de luna y un silencio profundo terminaban de darle al lugar un aura de espanto y soledad.

Cerca de la medianoche apareció otra estación oscura y más desolada que la anterior. Era Uyuni. De pronto me vi bajando en una ciudad fantasma a la medianoche del altiplano. Descendí y fueron apareciendo otros mochileros que hablaban todos los idiomas menos español. En el ambiente, se respiraba una atmósfera de incertidumbre.

Uyuni nos tiende una mano

Enseguida, mientras muchos se disipaban, se me acercó una señora llamada Eugenia a ofrecerme un tour y alojamiento. No pareció asustarse al discutir los precios en ese horario. Y cuando ya estábamos alejándonos, emergió de la noche una muchacha que reconoció el castellano entre una oscura Babel boliviana. Era argentina, oriunda de Tigre y sólo transmitía destellos de preocupación en su rostro.

Presionando entre los dos, pudimos conseguir que el precio bajara hasta llegar a $ 0. Así, la dueña de la agencia nos dejó dormir en la oficina de la empresa “El Relámpago” sin costo alguno. Además, pudimos conseguir la excursión al salar por un precio muy económico.

Al otro día, muy temprano, salimos con mi nueva compañera (también llamada Eugenia) a recorrer el poblado. Muy pequeña la ciudad, muy árida, pero de una extraña belleza. El tiempo se nos agotó y cerca de las 10 salimos en camioneta para el salar (la única forma de circular por esa zona).

El lugar, inmenso. El tono blanco se perdía en el horizonte. Es que los 12.000 km cuadrados lo convierten en el salar más grande del mundo. Y sólo se puede recorrer una pequeña parte de él.

En el medio del camino paramos en un hotel de Sal, y nos llamó la atención un extraño episodio. En la entrada del establecimiento había un círculo con decenas de banderas de distintos países. En el medio, más alta, se encontraba la de Bolivia. Lo raro, era que debajo de esta bandera, estaba la de EE.UU., en un tamaño “extra grande” (la única que se veía desde lejos era esta bandera roja y blanca con estrellas). Habían sido unos yanquis que, tocados en el espíritu por la igualdad de su insignia frente a las otras naciones, habían decidido sacar una que traían consigo y colgarla en el lugar más alto de la plataforma. Cuando llegamos, una argentina irritada quitaba la bandera norteamericana con bronca y la dejaba en el hotel de Sal.

Más adelante nos topamos con la Isla del Pescado, que en realidad su verdadero nombre es la Isla del Inca. Allí pasaban la noche estos antiguos habitantes, cuando iban en sus excursiones a buscar la sal para sus comidas. Viajaban de noche por el excesivo calor de la zona. Almorzamos carne de llama, y a la tarde fuimos al cementerio de trenes. Con la noche acercándose, volvimos a alojarnos en nuestro hospedaje gratuito.

Continúa el viaje

Dejamos Uyuni con un bronceado brusco y ardiente, y nos dirigimos a Potosí a visitar las minas. Allí también conocimos la Casa de la Moneda, lugar donde hace 400 años se acuñaba con una tecnología rudimentaria el metálico extraído del cerro.

El próximo destino fue Sucre, una ciudad muy linda y tranquila, con muchas casas de estilo colonial y un color rojizo en la tierra que me hacía recordar a Misiones.

De allí tomamos rumbo a Santa Cruz, lugar donde permanecimos una tarde sin hacer noche. Aquí Eugenia se descompuso, y tuve que alternar el rol de periodista y enfermero por unas horas.

Lo cierto es que hacía semanas que Eugenia buscaba a sus amigas. Y el dato que le llegó era que estaban en Villa Tunari. Nada sabíamos de este lugar cercano a Cochabamba, pero de todos modos decidimos que podíamos pasar unos días allí.

Llegamos en la madrugada, con lluvia y con pocas ganas de gastar en alojamiento por sólo unas horas. Así que decidimos dormir un poco frente a una plaza. Al otro día, las nubes comenzaron a disiparse y asomó un cerro cubierto de vegetación. “Mirá, Euge”, le digo, “me parece que esto es medio selvático”. Enseguida, veo algo verde sobre una palmera. Me acerco, y ésta estaba cubierta de cocos. También sentía un ardor en las piernas, y cuando me veo me habían picado los bichos durante la noche por dormir en el piso. Era la primera vez que veíamos selva en nuestro viaje por Bolivia.

Un paraíso en el medio del recorrido

La sorpresa hizo que Villa Tunari fuera para nosotros mucho más que un lugar maravilloso. En las casas sólo había cocoteros y la vegetación desbordaba todo el paisaje. Buscamos un camping y encontramos a José, alias Gusano, que por 5 bs ($2,50) nos dejó tirar las bolsas en su parque. Él era el encargado de turismo de la villa y hacía excursiones a la selva por 100 bs, con el objeto de ver animales y conocer la zona selvática.

Eugenia se quedó durmiendo, agotada por la descompostura, y yo me fui a un parque que estaba a 10 minutos de caminata. Allí pude ver a un oso sudamericano, que mantenían en cautiverio la gente de la reserva. También había monos de distintas especies que se comportaban como niños con los visitantes. Algunos se dormían en los brazos de las personas, otros los abrazaban y tomaban de la mano para caminar. Una experiencia increíble que no pude fotografiar porque cobraban 16 bs para entrar cada cámara.

Averiguando un poco, me enteré que el lugar había sido durante los años 70 y 80 el principal productor de cocaína de Sudamérica (por no decir del mundo). Durante este período, abierto por el dictador Hugo Banzer, se inauguró en Bolivia la época del gran poder para los narcotraficantes. Ahora, la cosa ha cambiado bastante.

Volviendo al relato, en la Villa existía una caída de agua (similar a una cascada), que vertía sus aguas sobre el río Espíritu Santo, un afluente del Amazonas. Uno podía bañarse ahí con toda la vista del lugar y si se quedaba un tiempo más, se encontraba con los pobladores del lugar llenos de historias sobre animales, cocaína, gente ahogada por el río, cacerías, peces gigantes y selvas interminables. También se podía comer algo por unos pocos bolivianos.

Cochabamba y el Carnaval de Oruro

Sin ganas de dejar Villa Tunari nos marchamos a Cochabamba, ya que Eugenia esperaba encontrar a sus amigas en esa ciudad (en la villa al final no estaban). Finalmente, las otras viajeras aparecieron y el grupo se hizo de 4. De ese modo, nos fuimos todos al Carnaval de Oruro sin intenciones de pagar alojamiento (se decía que los precios rondaban los 50 dólares por persona).

Allí el clima era particular. Se respiraba olor a alcohol de diferentes grados, la gente arrojaba con violencia agua en los rostros de los transeúntes y las calles estaban atiborradas de personas. La ciudad estaba de fiesta y nadie quería quedarse afuera.

Debido al caos que reinaba perdí a mis amigas. Solo, me ubiqué en una tribuna para ver las comparsas. Cobraban 100 bs por estar ahí, pero nadie me dijo nada sobre comprar algún ticket, así que me callé la boca y me dediqué a observar.

Luego de 4 horas de estar sentado, me fui a dar una vuelta por Oruro y conocí a Vivian y Cata, las dos chilenas que me acompañarían más adelante a Coroico por el camino del Inca. Ellas, a su vez, me presentaron a un grupo de 10 chilenos que me dejaron dormir gratuitamente en una habitación rentada por ellos hacía unos días.

A la noche fuimos de vuelta al Carnaval, festividad que durante 3 días no para (sólo un rato se descansa desde las 4 a.m. hasta las 9 a.m.). Allí, otros jóvenes de Bolivia, Argentina y demás países se sumaron a una gran fiesta que hicimos en el medio de las comparsas.

Al otro día nos despedimos del Carnaval y partimos para La Paz.

En la cima de Bolivia

La Paz es otra ciudad hermosa. Llegamos temprano y nos encontramos de nuevo con festejos de Carnaval (De hecho, éstos estuvieron presentes en todas las ciudades del país). Hablamos con Miguel, quien nos informó sobre el camino a Coroico y luego caminamos por las calles empedradas.

De pronto, nos topamos con una banda de cumbia y con paceños bailando por doquier. Se ve que llamamos la atención, porque comenzaron a acercarse personas que nos regalaban cerveza y whisky con jugo de mango. Me presentaban sus mujeres y me pedían permiso para bailar con las mías (?), a lo que yo respondía afirmativamente mientras Cata y Vivian observaban con un poco de gracia. Una persona se me acerca y me pregunta de dónde soy. “¡Argentino!” dice, y me da un gran abrazo, “pensé que eras francés”. Enseguida me presenta a su señora. Otros se enteran y se ponen contentos de mi nacionalidad. Me hablan mal de chilenos, y Vivian y Cata que estaban atentas, se hacen pasar por compatriotas y reciben sendos abrazos. Me causó sorpresa cómo nos quieren y supuse que el alcohol tenía un poco que ver. Ya estábamos medios mareados cuando decidimos irnos.

Al día siguiente iniciamos el largo Camino a Coroico. Y a la vuelta, luego de un merecido descanso y una buena ducha, me fui solo a Copacabana.

La Isla del Sol sonríe a sus visitantes


En Copacabana no hay cajeros electrónicos, así que mi situación económica comenzó a deteriorarse en este punto de mi viaje. Junté los bolivianos que tenía y compré una gran bolsa de fideos, unas latas de tuco y pan. Luego me crucé de casualidad con Eugenia, mi antigua compañera que también iba para la isla con sus amigas.

Recién al otro día fui al puerto, para encontrarme con mi destino. El barco salió temprano y ni bien llegó a la isla avisté una playa de arenas blancas donde se podía acampar sin ningún inconveniente. Sin demoras, y con ese paisaje de fondo, organicé mi hogar para los próximos días.

Era el nuevo del vecindario. Enseguida me recibió un argentino, llamado Gastón, que estaba junto a dos tucumanos, Hernán y Diego. A la noche hacían un gran guiso de fideos (no comería otra cosa en los próximos días) y ya estaba invitado. La reunión se hizo en una caseta que alquilaban un cordobés y un neuquino, y la asistencia fue destacable.

Una chilena muy linda, llamada Carolina, me contó que dos franceses habían alquilado un bote y que su intención era llegar remando a la Isla de la Luna. Me llamó la atención el destino. Este lugar es sumamente extraño y pocos turistas llegan allí porque el pasaje es muy caro. En la isla se encuentra un antiguo santuario donde vivían las vírgenes que eran entregadas al rey Inca como una forma de sacrificio. En fin, había escuchado mucho sobre este lugar misterioso pero no estaba en mis planes ir. Ahora, Caro me cuenta que ella y sus dos primas estaban invitadas, y que había lugar para uno más. Ni lo pensé. Partían al otro día temprano, y el único requisito era remar y remar.

A las 9 de la mañana comenzó el itinerario desde la playa norte de la Isla del Sol. Fueron horas de remar bajo el sol para llegar cerca del mediodía a la parte sur. En frente, nos esperaba la Isla de la Luna a una distancia prodigiosa.

Finalmente, fueron 5 horas más en el bote a fuerza de remo para llegar al destino. En la isla, nos recibió un poblador local que nos ofreció alojamiento y un plato de trucha por 15 bs ($7,50). Ya era tarde para volver así que aceptamos la invitación. Con la poca luz que quedaba fuimos a visitar el Templo de la Luna que se encontraba a unos 20 minutos de allí.

Al otro día, hubo que seguir remando para volver a la Isla del Sol. Fueron 6 horas más, y las manos ya las tenía ampolladas. Chilenas y franceses se marcharon de la isla y yo me quedé con la intención de conocer un poco más el lugar. A la noche, un nuevo grupo se formó y fuimos todos al Templo del Sol por un camino iluminado sólo con la luz de la luna. Eran las 2 de la madrugada cuando un poblador local nos quiso frenar y nos pidió el ticket de entrada al templo (valía 10 bs, y nadie lo había pagado obviamente), a lo que respondimos “Flaco, son las 2 de la mañana, ¿que ticket me pedís si las boleterías están cerradas?”.

A la vuelta, nos encontramos con que este poblador, un poco dolido por la respuesta seguramente, había soltado un toro en el angosto camino. Eso nos demoró un poco, pero al final fue bastante sumiso el animal.

Si ocurre que la Isla del Sol sonríe a sus visitantes, a veces ésta también se burla de ellos. Al otro día, estaba jugando al fútbol con unos chicos del lugar cuando me llega una noticia extraña. Un chancho andaba cerca de mi carpa y había revuelto algunas cosas. Cuando compruebo lo ocurrido, veo que la comida (muy poca me quedaba) había desaparecido y que habían muchas cosas tiradas por la playa. El chancho había roto la funda de la bolsa de dormir (donde guardaba los fideos) y se había comido mi alimento gustoso.

Nadie sabía de quién era el animal, así que tuve que ir a hablar con el secretario del pueblo (es como el intendente). Faustino, se llamaba, me explicó que tenía que ir temprano a su casa y había que hacer una rueda de reconocimiento de chanchos, para luego, recién, poder hallar al dueño y que me pague por las cosas. Desistí porque prefería dormir que levantarme temprano.

Al otro día, siento un ruido extraño en mi carpa. Me despierto, abro los ojos y veo un óvalo húmedo sobre la pared de tela. Era el chancho que había venido por su desayuno. Ahora sí estaba enojado, pero no tenía ganas de levantarme así que sólo lo insulté. Ya no volvió más (durante los días siguientes lo vería caminar impunemente por la playa sin saber quién era su dueño).

Ya habían pasado varios días en la playa, y de un día para otro me encontré yo solo en el lugar. Todos se habían ido y yo acampaba en una profunda soledad. Cerca del mediodía pasaron unas chicas, eran mendocinas e iban para Puno (Perú). Hablamos un rato y me dejaron a un perro que las había acompañado desde la parte sur de la isla.

A mi nuevo amigo le puse de nombre “Rubencito” y le di algunos fideos que me sobraron. Mi plan era cargarlo a Cusco y si se portaba bien llevarlo a recorrer Sudamérica. Ni bien terminó de comer, se fue corriendo atrás de unos estadounidenses que volvían a la parte sur de la isla. Definitivamente, con los animales no me llevaba bien en Bolivia.

Luego de 9 días en la Isla del Sol, tomé la decisión de irme. Me despedí de Berta, y sus dos hijos (quienes me dejaban cocinar en su casa gratis porque decían que era pobre), y luego de Natalia y Camila, dos amigas que me dieron de comer en los últimos días de mi estadía.

Lo último que conocí de Bolivia fue un policía de frontera que me cobró una “colaboración” de 10 bs, por no tener certificado de fiebre amarilla. De ese modo, me despedí de este hermoso país.

Bolivia escribe su propia historia

Una cuestión que me causó asombró fue el fuerte impulso que se le está dando a la educación. Prácticamente todos los chicos con los que hablé iban al colegio y no habían repetido ningún año. El Gobierno estableció una subvención de 200 bs por niño que ayuda a las madres en su educación. Hasta hace unos años, Bolivia era uno de los países con mayor analfabetismo de Sudamérica.

Para terminar con este país, quiero dejar el testimonio de un niño que me crucé en Villazón. Le pregunté si iba a la escuela y si sabía escribir. Me responde que sí. Le digo que me escriba algo, lo que quiera. A lo que toma mi cuaderno y escribe lo siguiente:

Algunas líneas sobre el Che

A pedido del lector Horacio Ronconi, me puse a indagar acerca de qué opinión tienen los bolivianos sobre el “Che” Guevara.

En general, las personas no tenían una postura definida y muchos no sabían qué responder. En realidad, parece que tienen un vacío frente a este tema. En las ciudades quizás uno puede hallar opiniones más consolidadas, pero es difícil. Lo que es seguro, es que encontrar a alguien que tenga una valoración negativa sobre el Che es casi un hallazgo.

Hablando sobre el tema, una persona me pregunta si fui a la Higuera.

-No, ¿para qué? -digo.

-Bueno, ahí es donde él murió. ¿No tenías ganas de ver dónde fue?

-¿Y no es preferible ver dónde vivió?

El placer de caminar desde Brasil a Salta

Vagando de noche por las calles de Potosí me encontré con Juan. Argentino, convertido en artesano por necesidad, salió hace 9 meses desde Ushuaia y no quiere parar hasta llegar a Venezuela. Hablamos. Me cuenta algunos detalles de su viaje, y de pronto una chispazo aparece en su rostro. “Hablá con él (señala a otro artesano que está a 3 metros), él sí que tiene una buena historia. Te vas a sorprender”.

En un áspero español afrancesado, Antonhy me cuenta desde el principio. Vivía en un pequeño poblado cerca de Lyon, Francia. Trabajaba como campesino, a veces con alguna changa, y así se mantenía. Un día, se levantó con energía de la cama y se decidió por viajar por Sudamérica. Hace un año y medio que ronda por las rutas.

Hasta ahí todo normal (si consideramos normal estar un año y medio vendiendo artesanías a miles de kilómetros de casa). Sin embargo, de pronto la cosa cambia. Me cuenta que estando en Londrina, Brasil (estado de Paraná), conoció a otros viajeros y en un acto de democracia griega se decidieron por caminar “hasta donde les dé”.

El grupo quedó conformado por Antonhy, Titi, Coco, Jey, Guen y una perra, llamada Kéti (Kitty). De ese modo, un paso le siguió a otro y se marcharon de Londrina sin que ninguno supiera hasta donde llegaría la caminata.

De 15 a 25 kilómetros hicieron por día y luego de 9 meses, aunque cueste creerlo, llegaron a Salta. Fueron cerca de 3.000 Km. a pie. ¿Parece increíble? Dicen que sólo tomaron un auto cuando Kéti enfermó, y luego de su recuperación siguieron ejercitando las piernas y caminando, caminando y caminando.

Por Chaco, decidieron que estaban cansados, que la mochila era un obstáculo y que la habían arrastrado demasiado tiempo. Por eso, compraron una mula. Sí, a este animal al que adquirieron por $800 y que bautizaron Sorro, le tocó la tarea de transportar la carga por el resto del camino. Por eso le tomaron un gran cariño.

También cuenta que por El Dorado, provincia de Misiones, se les ocurrió la idea de construir una balsa y viajar por el río Paraná. Tomaron unas maderas que encontraron sin saber que tenían dueño, y cuando éste pudo observar el extraño delito al que se sometían sus pertenencias, decidió sacar su rifle y disparar a los desconocidos para disiparlos.

Sin embargo, no todas fueron malas. Cuenta Antonhy que por las provincias, en los pueblos donde no llega nada por fuera de la época de elecciones, encontraron una gran hospitalidad acompañada de una gran pobreza. Igualmente, con muchas personas intercambiaron artesanías por comida. Así, caminando y vendiendo lo que podían, pudieron llegar hasta Salta, donde la mula Sorro fue nuevamente vendida. De allí comenzó su viaje hacia Bolivia.

Suponiendo que muchos no creerían esta historia, les pedí alguna foto u otra información adicional a estos viajeros. Pueden comprobar esta historia en http://aventureamerique.blogspot.com/ , el detalle es que está en francés. Si sólo quieren ver una foto, hagan clic aquí.

En el Potosí no sale el Sol

Durante la noche cayó granizo y la ciudad de Potosí amaneció fría y nublada. Por el clima, los turistas se desvanecieron y el cerro se mostró mas sincero que nunca. Éramos sólo dos personas queriéndonos adentrar en sus minas.

La historia del Potosí es conocida. La leyenda dice que Diego Huallpa subió sus laderas buscando una llama perdida y al hacer una fogata derritió la plata que brilló con luz de luna. Dos años contuvo Diego el secreto, hasta que los españoles se enteraron y montaron toda una maquinaria de enriquecimiento y muerte. Es famoso el cálculo que explica que se puede construir un puente desde Bolivia a España con la plata extraída, y otro, al lado seguramente, hecho completamente de huesos humanos. Los 6.000.000 de muertos desde la colonia explican esas sumas.

Decía que el día era gris. Miguel, quien alterna turismo y minería, fue nuestro guía durante esa mañana. A través de una de las miles de bocas que tiene el cerro Potosí, nos explicó cuestiones técnicas sobre la montaña (como que el agua siempre sale y el aire siempre entra, dato útil para quien se pierde en los túneles), sobre las creencias de los mineros y sobre las numerosas historias de los turistas que murieron durante el año pasado en estas minas. Luego de 15 minutos el recorrido terminó y Miguel con un cordial saludo se marchó.

Sentíamos que faltaba algo, que este cerro escondía otra realidad aparte de las vetas de mineral y que no podíamos marcharnos sin saber un poco más del lado oscuro del Potosí. Por eso, antes de que Miguel se aleje demasiado lo llamamos y le preguntamos sobre la vida en esta zona.

Al parecer, algo le tocamos a este minero de ojos penetrantes y gran fortaleza física. Durante media hora estuvimos hablando y escuchando sobre todo. Allí, pudimos ver a uno de los trabajadores que se suponen más fuertes y rudos de todas las actividades industriales, con lágrimas en los ojos. Nos contó que su abuelo murió a los 48, su padre a los 52, y él, que tenía 35 años, ya tenía 15% del pulmón tomado por Silicosis (“la enfermedad de las minas”). Dijo que el promedio de vida es muy bajo, que casi nadie llega a los 65 años, y que todos trabajan en las minas desde niños (José Luis, un niño de 12 años, nos contó luego que perdió a 8 de sus amigos). Sólo los pocos encuentran una “buena veta”, logran salir de la mina, mudarse a Sucre y comprarse un auto de US$ 40.000. Para el resto, la gran mayoría, sólo queda el consuelo de ganar unos pesos con la incertidumbre de morirse por un derrumbe o asfixiados por el gas.


¿Cuánto vale la vida de un minero? Según la póliza de seguro, US$ 3.000. La de un turista, en cambio, está valuada en US$ 300.000.

¿Cuánto mineral debe sacar un minero para sobrevivir? Cerca de 10 toneladas en 20 días, todo a través de su propia fuerza. El dinero recibido depende de la calidad extraída.

¿Cuán rentable es vender la plata hoy? Muy poco, la crisis ha disminuido el valor de este metal en cerca de un 400%. Aun así, cientos de mineros trabajan durante todo el año con el fin de mantener sus familias. Así de gris es esta historia.


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