Posts etiquetados como ‘caminante’

Final de finales: Sobre mi viaje por Venezuela

Esta vez entre más precavido. Mi breve paso por Táchira, en la frontera con Cúcuta (Colombia), me había mostrado que los precios de alojamiento en Venezuela eran bastante más elevados que los de otros países. Así, como los recursos escaseaban, tuve que recurrir a una estrategia novedosa para seguir viajando.

Por las rutas, alguien me comentó de una página web llamada Couchsurfing (http://www.couchsurfing.org/?user_language=es), donde las personas ofrecen su casa para recibir viajeros sin pedir nada a cambio. Así que me registré, me puse en contacto con gente de Maracaibo y enseguida me ofrecieron alojamiento.

Nuevamente, las personas me trataron como si me encontrara en mi propia casa. En este caso, fue Joe junto a su familia quien me recibió. Así, en Maracaibo permanecí unos 4 días conociendo y caminando un poco la ciudad.

Finalmente me marché dejando buenos amigos, entre los que destaco a Daniela, Yolimar y Rigel.

Valencia y Puerto Cabello

Más al oeste se encuentra la ciudad de Valencia. Allí, la temperatura es elevada y el sol cobra fuerza. Pero a una hora hacia el norte de esta ciudad, se encuentra el caribe con sus playas, palmeras, sus pequeños barcos y sus islas. Y por sobre todo sus aguas turquesas. El nombre de este lugar es Puerto Cabello.

Allí los valencianos disfrutan del sol y del tranquilo lugar. No hay mucha gente, por lo menos los días de semana. Por el lugar también hay una gran base naval y un astillero. Además, la zona está rodeada de cerros cubiertos de vegetación, de modo que el verde da un poco de aire para imaginar que la selva no es tan lejana.

De hecho, algunos lugareños me indicaron que detrás de toda esa vegetación se podían encontrar animales como serpientes, aves, grande roedores y hasta tigres (jaguares). Sin embargo, esta vez no hubo oportunidad para adentrarse y hacer la comprobación visual. Solo me conformé con lo que apareció por su propia iniciativa.

Además, en el mar el tiempo pareciera correr más rápido y los días en Puerto Cabello corrieron a gran velocidad. De ese modo, me marché con mis cosas hacia otro lugar.

Caracas

La cadena que se inició en Colombia y que me presentó personas y más personas por medio de esas primeras, también prosiguió en Venezuela. Así, a Caracas llegué con datos de otra gente que nuevamente, me volvió a abrir las puertas en este país.

En esta ciudad recibí toda la ayuda que un viajero podría pedir. Por ejemplo, la ropa dañada que tenía (para no decir destruida), pude cambiarla por otra que me regalaron. La ayuda no se limitó a eso. Pero enumerar todas las cosas que recibí me llevaría mucho tiempo. Como siempre, el mejor recuerdo que uno se lleva es el de la gente, y Venezuela no fue la excepción a esta regla.

Caracas cuenta con unos lugares pintorescos dentro de la ciudad. Como por ejemplo el parque del este o el botánico. Tuve la suerte de conocerlos y sacar algunas fotos. En cuanto al clima de la ciudad, se puede decir que es bastante agradable, sobre todo en las zonas más elevadas.

Caracas también cuenta con un tráfico muy alto y un déficit habitacional que genera una invasión constante de los terrenos baldíos por parte de los ciudadanos. La gente se las rebusca y muchas veces construyen sus casas demasiado cerca de la calle, cosa que en líneas generales, no parece preocuparle a nadie.

Las migraciones constantes desde el interior del país, pero por sobre todo desde otros países, han intensificado esta demanda de residencias.

Por las calles del centro, también está el monumento construido por el Gobierno en recordatorio  a las personas que murieron por el golpe de Estado en el 2002. Ese lugar se hizo conocido gracias a las imágenes que filmaron del tiroteo desde un edificio.

La Guaira

Relativamente cerca, aunque todo depende del tráfico, se encuentra La Guaira. Ésta es la costa más próxima y me tocó ir a conocerla una tarde de las tantas que pasé en Caracas.

En sí, aunque cause sorpresa, las diferencias con las playas de Argentina no son muchas. La temperatura del agua es similar a la costa bonaerense al igual que el color de la arena. El tono del agua tampoco varía mucho.

Los llanos

Mis amigos de Caracas me invitaron a pasar año nuevo en una finca ecológica cerca de las montañas de Mérida. Gracias a ellos, pude conocer este hermoso lugar de la zona oeste de Venezuela.

El terreno en un comienzo es llano como las pampas argentinas, pero a medida que uno avanza la geografía se vuelve más irregular hasta que el paisaje hace aparecer cerros y montañas.

En el camino, muchas fincas, parcelas y algunos cultivos. La vida rural es la pauta característica con ganado, gallinas y burros, y algún que otro caballo que trae recuerdos del sur del continente. Otros animales también destacan por su particular belleza.

Luego de un viaje de horas, el camino se corta y los pies se convierten en el único medio de llegar a la finca. Nuevamente, el caminar se impone en otro destino de mi viaje y se convierte en la única opción para llegar al destino pautado. Pero como dice la canción, el andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior.

Así fue que el lugar hizo a todos olvidarnos del esfuerzo. Las montañas, los bosques, las quebradas de aguas claras y el aislamiento hicieron que el año nuevo sea algo completamente distinto a lo acostumbrado. Fueron cerca de 10 días en las montañas, bañándose en ríos,  respirando el clima seco de la montaña y aprendiendo también a trabajar la tierra.

En fin, ese fue mi último destino en la república bolivariana. El mejor recuerdo para terminar con este país.

Fin de fines

Brasil quedará para el futuro. Se acabó mi viaje por las rutas de Sudamérica. En éstas encontré de todo, viajeros y sedentarios, ricos y pobres, personas llenas de vida y otras que solo tenían miedo.

Pero de todo es más amplio: taoístas, indígenas, religiosos, narcotraficantes, militares, ladrones, guerrilleros, chamanes,  personas de humilde corazón y otras con gran soberbia; marineros, capitanes, campesinos, banqueros, periodistas, curanderos, dueños de grandes empresas y dueños de humildes moradas. Todo fue parte de este viaje. Pero lo más importante, personas que sin conocerme me abrieron las puertas de su casa y me ayudaron con lo que podían.

Al tener que llevar lo indispensable en la mochila, uno se acostumbra a no acumular cosas materiales. Esto no significa un reclamo para nadie. Pero si hay tantas personas que me encontré en el camino queriendo hacer cosas distintas a las que hace, en las cuales viajar es solo una de ellas, y muchas veces no puede realizarlas por que están atados a cosas materiales tal vez si lo sea. No un reclamo de mí hacia otro, sino un reclamo que se tiene que hacer uno mismo.

En Sudamérica los lugares para visitar son hermosos, eso lo puedo certificar después de estar cerca de un año caminando por las rutas de Sudamérica. Pero es también importante considerar, que la gente también es el paisaje.

Cierre

República de los abrazos: sobre mi viaje por Colombia

A la frontera de Ecuador-Colombia no llegué solo. Desde Quito me acompañaba un irlandés que no hablaba una palabra de español y que sólo transmitía con gestos inseguridad.

Ya en Tulcán (última ciudad fronteriza ecuatoriana), compartimos un taxi con una pareja de colombianos que iban para Pasto. Cuando ya estábamos listos para que cada subgrupo tome caminos distintos, surgió un brote de preocupación en las dos personas de Colombia. Resulta que Boris era artista y había olvidado su catálogo de trabajos en el bus que lo traía de Quito. Janeth, su novia, lo iba a esperar hasta que lo recuperara, y por eso se iba a quedar sola en la fría ciudad de Ipiales.

En ese momento llegó un australiano que también viajaba con nosotros desde Ecuador pero que lo habíamos perdido camino a la terminal. Le dije al irlandés que si quería podía seguir viaje con él, porque que me iba a quedar a acompañar a Janeth. Aceptó sin vacilar y siguió con su rumbo. Por mi parte, esa decisión que tomé afectaría sin saberlo el futuro de mi viaje por Colombia.

Por el sur

Fue a las dos horas que retornó Boris. Había recuperado sus cosas y rápidamente nos encaminamos a Pasto. Luego de un par de horas en el bus, llegamos a la tierra pastusa, y cuando me disponía a buscar alojamiento Boris y Janeth me ofrecieron dormir en su casa. A pesar de que recién me conocían, me dieron una cama y hasta me dejaron utilizar Internet para colgar mis fotos. Así me trataron los primeros colombianos que conocí.

Al otro día, Boris me llevó a su casa que quedaba por el centro y me invitó a instalarme. Me contó que hacía 17 años había trabajado en una comunidad indígena llamada los awá, la cual hoy en día sufría bastantes problemas de violencia. Me interesó el tema y gracias a él me puse en contacto con ellos.

Luego de evaluar varios días y escuchar a cientos de personas decirme que ni se me ocurra ir para esa zona, tomé un bus y me adentré en la selva de Nariño para conocer a los nativos.

Una vez que llegué al pueblito llamado El Diviso, los indígenas me ofrecieron algo para comer y me dijeron que me iban a buscar un lugar para que durmiera. Sin darles tiempo, la psicóloga y la nutricionista que trabajaban para la comunidad me ofrecieron un espacio en donde ellas vivían. Así que me acomodé como pude y me metí de lleno en la realidad de este pueblo.

Enseguida pude darme cuenta que su situación no era la mejor, por ejemplo en comparación a los machiguengas de Perú. Pero de ellos recibía el mejor trato, igual que de mis amigas profesionales que trabajaban con los nativos. Por ejemplo, Irene -la psicóloga- no me dejaba ir a comer algo sin que me invitara. Y cuando me tocó ir con la brigada médica a la selva, me regaló una bolsa llena de comida para que no pase hambre. La gente en Colombia es así.

Luego de 10 días de aprender de este pueblo nativo, me despedí de la selva y regresé a la ciudad. En el camino quedó como anécdota un enfrentamiento donde el ejército disparaba sin encontrar respuesta al fuego, y la gente asustada, pedía al chofer en vano que regrese a donde había partido. El bus se demoró allí varios minutos hasta que el ejército dio el visto bueno para que avance.

A mi regreso conocí realmente la ciudad de Pasto. Además de una gran belleza arquitectónica, esta ciudad cuenta con una historia muy particular. De hecho, se la recuerda como la región que rechazó a Bolívar y escogió defender la corona. Por eso y otras razones, los pastusos dicen ser algo así como el chivo expiatorio de Colombia y el centro de todos los chistes sobre los brutos. El pastuso, en este sentido, sería el equivalente al estereotipo del gallego que alguna vez se utilizó en Argentina.

Ahora en esta ciudad, cuando uno camina se encuentra con miradas cortas y un aire de tristeza, que Boris se empeñaba en llamar “melancolía pastusa” pero que para mí era otra cosa. Quizás este sentir en la gente se corresponda a las ciudades en donde hay un gran carnaval, que hacen que la diversión y el éxtasis se viva de forma frenética por un tiempo para luego caer en un pozo de tranquilidad y pudor. En la calle o en las plazas, la gente sonríe pero no se ríe. Y si por algún motivo hay carcajadas, las manos buscan la boca como queriendo tapar una actitud vergonzosa.

Pasto en esos días disfrutaba del Encuentro de Culturas Andinas y del Pacífico, evento que reunía a personas de todo el país y de otros rincones del mundo. Casualmente, la imagen utilizada para promocionar al encuentro era una de las realizadas por mi amigo Boris. Con recitales, ciclos de cine, obras de teatro y demás actividades, este evento me demoró más de la cuenta en la ciudad.

A partir de allí, Boris se encargó de presentarme a casi toda la comunidad artística de la zona. Conocí pintores, escritores, artistas plásticos que trabajaban en el carnaval, músicos, etc.

Un día, fui invitado por Alan -un escritor que dicta un taller de literatura- para que diera una charla sobre las experiencias de mi viaje. En la clase, además, tuve que proponer dos temas para que los participantes desarrollaran algún escrito. La mañana resultó más que interesante, sobre todo por la gran capacidad literaria que tenían las personas que asistían allí.

Luego de esa clase, fui invitado por Giovanni –uno de los que participaba en el taller- a dar una vuelta a la ciudad en bicicleta, que desembocó en un recorrido de casi cuatro horas por las montañas hasta un pueblito cercano llamado Nariño. La experiencia fue extraordinaria pero también agotadora.

Por esos días, Boris me llevó a comer a un restaurante taoísta que conoció por una amiga. Luego de hablar bastante con las personas de ese lugar, me comentaron sobre un templo que ellos tenían por el norte de Bogotá, más precisamente en las cercanías de un pueblito llamado Duitama. Allí el gobierno había realizado un ataque y había lanzado glifosato para intentar desaparecer a esa comunidad. Consulté con ellos sobre la posibilidad de visitar el lugar y me pasaron las indicaciones y unos teléfonos para cuando llegara. Quedé en dar una vuelta por el templo en unos 15 días.

Mientras tanto, seguía conociendo a gente de la ciudad de Pasto. Entre estas personas quiero destacar a Jairo, un pintor hiperrealista que junto a su familia me ayudó muchísimo. Así, si me encontraba solo por la calle lo llamaba y aparecía: no faltaron las veces que me llevó a su casa a comer y otras tantas que me ofreció su computadora para escribir mis notas. Fueron ellos los que me llevaron a la laguna La Cocha, que con su paisaje atrae a los que viajan a conocer el sur de Colombia. Por Jairo, conocí a su hermana Catalina, que trabaja en un proyecto de educación para evitar víctimas de minas.

Ella, por su parte, me contó el gran problema que representan estas armas para la población. Si uno pisa una, por ejemplo, aparte de perder la vida o algún miembro del cuerpo, debe abonar a las fuerzas irregulares 400 dólares de impuesto por caminar en zona prohibida. Fabricar una mina, a su vez, insume un costo muy bajo -de 1 a 3 dólares cada una-, lo que significa que con muy pocos recursos se puede cerrar una zona por mucho tiempo. A partir de esta realidad, hoy Colombia es el país más minado del mundo.

Luego de informarme de este problema, Catalina me comentó de la posibilidad de que a mi paso por Popayán me recibiese una amiga suya. Me quedé sorprendido por el favor, y enseguida ella hizo el contacto para que me encuentren ni bien arribara a la ciudad. A su vez, Jairo me pasó los datos de varios amigos y familiares que tenía dispersos por Colombia y que me podían ayudar. También me consiguió un camión para que me lleve hasta Popayán de forma de no gastar en un pasaje.

Un paseo por la ciudad blanca

Me levanté temprano en la casa de los padres de Jairo (esa noche dormí allí porque era cerca de donde salía el camión). Como el lugar era peligroso a esa hora, Oscar –el camionero- me pasó a buscar en un taxi para ir hasta el playón donde se encontraba la tracto mula.

Esa mañana viajé escuchando todo lo que le había tocado vivir a Oscar en su trabajo por las rutas de Colombia. Historias de incendios de camiones por parte de la guerrilla y de paramilitares, mecanismos que se utilizan para el trafico de drogas y ofrecimientos que le hizo el mismo narcotráfico para que pasara cocaína en sus trayectos. Luego de 4 horas de este viaje, me despedí de Oscar completamente agradecido.

En Popayán me recibió Alejandro Jojoa, a quien contacté por medio de Catalina. Él es esposo de Aura, padre de seis hijas (Elisa, Clara, Alejandra, Aura, Libia y Lidia) y fue durante mucho tiempo presidente de Federación Campesina del Cauca. Me contó de todas las luchas que habían hecho y de la reforma agraria que jamás pudieron realizar por la resistencia política, a pesar de que la ley la sustentaba. Me dijo que ahora estaban trabajando con un nuevo concepto, el “mercado justo”, que buscaba recortar los intermediarios en la cadena de exportación del café y que esta medida les había traído algún beneficio.

Luego de una larga charla, los Jojoa me invitaron a pasar la noche en su finca ecológica para que observara cómo funcionaba. Allí, ellos no utilizan químicos ni balanceados. Por ejemplo, para quitar las garrapatas del ganado utilizan grasa y le dan leguminosas como alimentos. Usan los excrementos de los animales para hacer biogás y las lombrices lo transforman en abono, de modo de no utilizar más productos industrializados para los vegetales. También están estudiando la implementación de energía solar.

Al otro día fui a conocer un poco “la ciudad blanca”, llamada así por la cantidad de faroles que alumbran las calles durante la noche y que convierten a Popayán en un santuario colonial. También tuve la oportunidad de visitar una montaña que según los lugareños es una pirámide realizada por los indígenas que habitaban allí.

Luego de caminar la ciudad y dormir en casa de los Jojoa, me despedí agradecido de ellos, a lo que respondieron dándome el teléfono de una amiga que ellos tenían en Cali. Antes de irme, llamé a Oscar -el camionero- y este me avisó que se encontraba cerca así que me podía llevar sin inconvenientes hasta mi próximo destino.

La tierra de la rumba

Como el lugar donde me debía dejar era lejos del centro, Oscar se metió por adentro de la ciudad de Cali y me dejó en la terminal. Para mi sorpresa, antes de bajarme estiró la mano con un dinero. Me dijo que lo que estaba haciendo no era fácil y que eso que me daba era una ayuda para que almuerce. Rechazarlo fue en vano. Insistió e insistió hasta que tuve que aceptarlo. Nuevamente y como siempre en Colombia, me despedí agradecido.

Ni bien bajé llamé al número que me dieron los Jojoa. La persona que atendió se llamaba Marleny y afectuosamente me dijo que me iba a ayudar. Como ella estaba trabajando, arregló con un amigo para que me encontrara por la ciudad. Fue así que apareció Gustavo. Hablamos un rato y me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa y enseguida llamó a Marleny. “Te tengo noticias. Dice Marleny que te invita a cenar”, me dijo Gustavo.

Como se ve, la mala fama de esta ciudad es una fantasía. De hecho, por Cali caminaba de noche solo sin ningún inconveniente y en varias oportunidades personas que conocía por la calle me invitaban a comer o tomar algo. Hasta pude ir a ver el clásico América – Deportivo Cali en la popular (Gustavo decía que mejor era la platea, pero yo sabía que no nos iba a ocurrir nada). Ese partido fue 3 a 1 a favor del América, con un tanto del híper experimentado delantero “el pipa” De Ávila, que tiene nada menos que 47 años.

Gustavo también me mostró la Universidad del Valle, un campus de estudio con parques, árboles, lagos y piscina, donde conocí varias personas que luego me invitaron a bailar salsa en uno de las tantas discotecas que tiene la ciudad. En esta ciudad hice muchos amigos, como por ejemplo Cindy, Alejandra y Ángela, que trabajan en una revista llamada “Litras Falsas” donde publicaron algunas de mis fotos.

Marleny, por su parte, trabaja en la ONU y a través de esta organización estuvimos planificando sobre una posible visita al Pacífico, para que escribiera algo sobre la situación de las personas que viven allí. Como la demora era mucha y se requería ir en avión, esta posibilidad se dilató pero quedó flotando la posibilidad de ir en un futuro.

Luego de 8 días de vivir en esta ciudad, me despedí de mis amigos y me marché para Armenia. Para los que siguen pensando que Cali es una ciudad peligrosa, puedo decirles que antes de irme pude sacar una foto del peligroso Cartel de Cali (hacer clic aquí para verlo).

Rumbo al este

La ruta entre Cali y Armenia se cuenta entre las más hermosas de Colombia. El paisaje va de fincas hasta bosques, acantilados y montañas, todo bajo una temperatura agradable.

En Armenia me recibió Laura, a quien había conocido durante mi estadía en Quito, Ecuador. Ella me mostró un poco la ciudad, la universidad y me presentó a varias amigas con las que recorrimos un poco los pueblitos de los alrededores.

Con ellas jamás tomamos un bus ya que hacíamos todos los viajes a dedo. Por ejemplo fuimos a conocer Salento, zona muy turística de fincas y montañas donde pasamos una tarde. También fuimos a la zona cafetera de Calarcá, donde nos bañamos en una cascada y conocimos otros amigos.

En Armenia estuve cerca de 5 días conociendo y aprendiendo. Cerca de mi partida, Laura me comentó algo que cambiaría el destino de mi viaje. Resulta que cuando se vence el plazo para estar en Colombia (60 días), uno debe abonar 35 dólares adicionales por cada mes extra. Y si uno se pasa aunque sea 1 día del plazo fijado, debe pagar 100 dólares de multa.

La noticia me llamó la atención, ya que Colombia era el único país hasta el momento que cobraba por quedarse más tiempo. Como a mí se me vencía el plazo en unos días, la mejor opción era irme a Cúcuta, salir a Venezuela y volver a entrar. De ese modo, el DAS no me cobraría nada.

Así que me despedí apurado de mis amigas, ya que en los pocos días que me quedaban tenía que conocer Bogotá y Duitama, para no tener que volver sobre el mismo camino. Bien temprano en la mañana, me fui a la ruta y luego de una hora un camión paró y me llevó hasta la capital de Colombia.

Apurado

Fue largo el camino a Bogotá. Llegué en horas de la tarde y llamé a los teléfonos que me habían dado en otros puntos de mi viaje. La persona que me atendió me pidió una hora para que pueda organizarse y planificar como me podía ayudar. Jairo, el camionero, me dijo que mientras tanto podía ir a su casa así me presentaba a su familia.

Una vez allí, conocí a su mujer y sus dos hijos. Jairo me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa, que en eso no había ningún inconveniente. Sin que yo diga nada, su hijo me ofreció su habitación y corrió un colchón a la pieza de su hermano para él.

Ya en la mañana me despedí de la familia de Jairo, de nuevo agradecido, como siempre -vale la pena repetirlo- me ocurrió en Colombia. Cerca del mediodía di una vuelta por el centro y visité a un amigo de Marleny que trabaja en el Ministerio de Cultura. Y por la tarde, partí con rumbo a Duitama.

Ni bien llegué a este pueblito me puse en contacto con los taoístas. Ellos me dejaron quedarme en la fuente o sede que tienen en Duitama, para que al otro día pueda ir al Templo ubicado en las montañas.

Por la noche y luego del viaje de tres horas, llegué al templo Vegetal Sacroakuarius, donde una abeja me recibió picándome en el labio e inflamándome toda la zona. Con hinchazón y todo, fueron tres días los que me quedé allí y como no acepté quedarme de monje, no se me dio la posibilidad de trabajar para pagar alojamiento y alimento. Así que tuve que abonar 14 dólares por los 3 días de estadía.

Además de lo ya escrito, puedo destacar la insistencia de Da Vinci (que era un monje que se decía la encarnación del hombre del renacimiento) para que me quedara en el templo, ya que argumentaba que el viaje que estaba haciendo ya lo había hecho en otras vidas, así que era una pérdida muy grande no aprovechar esta oportunidad para quedarme en el templo. Le agradecí por la invitación, pero le aclaré que debía irme porque no tenía plata para pagar la multa al DAS, aunque le aclaré para que se quedara tranquilo que si tenía la oportunidad en otra vida, no dudaría en quedarme.

Vencido el plazo de tiempo que había pagado en el templo, inicié el largo camino a Cúcuta para renovar mi estadía en Colombia. Luego de 12 horas de viaje, crucé la frontera y pasé una noche en Táchira, Venezuela, donde descubrí que los costos de alojamiento no eran tan baratos como los de su vecino país.

Cruzando Colombia

Con la intención de llegar a Medellín, me fui a la salida de Cúcuta para hacer dedo. Luego de pasar la mañana en un peaje, los policías de carreteras hablaron con un particular para que me llevara. Esta persona traficaba combustible y mercadería desde Venezuela hasta Bucaramanga y se comprometió a llevarme hasta un paradero de comidas.

La policía lo paraba en varios puntos del camino, y este abonaba $ 10.000 (5 dólares) en cada oportunidad. Una vez que arribamos al lugar para comer, hizo un gesto a otro auto -que era otro traficante- y este me llevó hasta Bucaramanga. Mientras cruzábamos el páramo de Berlín, me comentaba que la plata no alcanzaba y que esta es una de las pocas posibilidades que encuentran para poder sobrevivir.

Esa noche paré en un hotel ubicado en el centro de Bucaramanga. Fue la primera vez desde que llegué a Colombia que me tocó pagar alojamiento. Bien temprano en la mañana, me fui a hacer dedo y luego de unas horas, una camioneta me llevó hasta un pueblito llamado Pto. Araujo, ubicado a 4 horas de Medellín.

En el camino, Álvaro -el conductor- me contó que había sido casco azul en la ex Yugoslavia, y me mostró las cicatrices que tenía de haber luchado contra la guerrilla en su país. Otra vez, más historias sobre el otro lado de Colombia durante toda la tarde.

En ese poblado la policía de caminos se comprometió a conseguirme un camión. Como era de noche, armé la carpa por ahí y ya en la mañana viajé hasta la ciudad de Medellín.

Ni bien llegué llamé a Jairo a ver si podía contactarme con su tío. Luego de averiguar, esta posibilidad estaba complicada así que me fui a sentar en la terminal para pensar qué podía hacer. En eso llegan dos chicas y se me ponen a hablar. Luego de un rato, una de ellas me dice que se llama Eliana y que si no tenía dónde quedarme podía ir a su casa. Observó mi sorpresa y me dijo que iba a llamar a su madre para confirmar.

Luego del llamado me avisó que no había problemas, pero lo único era que ella se tenía que ir. Así que me subió a un bus, me explicó dónde debía bajar y me dijo que allí me estaba esperando alguien. Hice todo como me pidió y en una esquina estaba el hermano que me llevó a su casa. Me recibieron contentos y me pidieron que me sienta como en mi hogar.

Fueron cerca de 6 días los que me quedé en la casa de Eliana, ubicada en el barrio de villa Sofía. En esa zona, un mes antes de que yo llegara hubo una guerra entre un grupo de paramilitares y otro de jóvenes que se llevó varias vidas, hasta el punto de desembocar en 16 asesinatos en una sola noche. Luego de esa batalla, intervino el ejército y los dos bandos entregaron sus armas. Ahora la zona estaba más segura y tranquila.

En Medellín caminé bastante la ciudad, conocí el centro y comprobé todo lo que decían sobre la hospitalidad de su gente. Finalmente, me despedí de Eliana y su familia y me dirigí al mercado de hacienda donde se consigue transporte mucho más económico que en la terminal, con la única diferencia de que el carro es uno de ganado que va vacío. Mi destino era el caribe.

Cerca de las 5 de la mañana el camión me dejó en un lugar llamado Tolú. Cuando pregunto a la gente del lugar, me dice que Tolú es más al norte, y que este lugar se llamaba El Porvenir. A pesar del desconcierto, la alegría llegó pronto: también me informaron de que el mar estaba a 5 cuadras.

Por el Caribe

En oscuridad caminé hasta el mar, el sol estaba a punto de salir y los rayos iluminaban el Caribe que amanecía. En la playa no había nadie. Tiré la mochila por ahí y me quedé en el agua cerca de 2 horas. De a poco fui descubriendo las palmeras, las cabañas y el paisaje.

Luego me enteré de que El Porvenir es la zona más linda que tiene la ciudad de Coveñas, que a su vez es uno de los lugares con las playas más hermosas de Colombia. Ya más fresco y con más energía, me fui a tomar un bus para llegar a Cartagena de Indias.

Cuando llego a esta ciudad colonial me comunico con Alba, que es una antigua amiga de Marleny. A Alba no necesité explicarle nada. Enseguida me preguntó dónde estaba y me dijo que no me mueva porque ya salía a buscarme. Me dijo que me podía quedar el tiempo que necesite en su casa.

Alba no me dejaba comprar nada para comer. Ni siquiera me dejaba pagar los buses y menos un taxi. Si estábamos los dos en la casa y precisábamos algo, llamaba a su novio José y él siempre traía lo pedido y más. Incluso me compraba frutas para que coma.

Fueron cerca de 8 días los que pasé en este lugar. A pesar de que las playas no son tan limpias, Cartagena tiene un hermoso lugar que es la ciudad amurallada. Luego de eso, la humedad y el calor no dejan tranquilas a las personas que la visitan.

Nuevamente, lo más importante para contar sobre una ciudad de Colombia es la hospitalidad y el amor de la gente. Si no se considera eso, se pierde lo más valioso de este país.

Por último, a través de Alba me contacté con otras personas que me ayudaron en mi visita a Santa Marta, lugar donde se destaca la playa grande y Taganga. En este lugar la familia de Gilberto me alojó como si fuera un integrante más de su familia, dándome básicamente todo. ¿A cambio de algo? No, de ninguna manera ya que en Colombia lo que sobra es amor.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog