Salí de la frontera de Bolivia con la billetera más flaca aun, debido a la comisión que pagué al policía boliviano por no tener certificado de fiebre amarilla. Con esta imagen comenzó mi itinerario por Perú.
El primer destino fue Puno, donde visité la Isla de los Uros, y al otro día me marché a Cusco. Lo primero que noté fue que la comida era más barata aquí que en Bolivia, no así el transporte.
Cusco tiene una energía increíble. Atrapa a todos los viajeros que quieren pasar rápido por sus arterias y los retiene casi siempre más de lo planeado. Permanecí cerca de 10 días en esta ciudad y me costó mucho trabajo poder salir.
Cuando sacaba la tarjeta de estudiante para pagar más barata la entrada a Machu Picchu, me encontré con Nicolás e Ingrid, a quienes conocía del alojamiento El Carretero en La Paz. Nos pusimos de acuerdo y decidimos viajar al otro día a Machu Picchu por el camino alternativo de Quillabama.
Al otro día, y luego de ese viaje, debíamos tomar una combi que iba hasta la estación hidroeléctrica. Cuando bajamos del bus, los choferes de estos autos nos estaban acechando y por poco nos toman de los brazos y nos suben a la fuerza en sus carros.
Elegimos una trafic que era barata y prometía llevarnos directamente. “Les está mintiendo”, nos decían el resto de los choferes y entre todas las personas que queríamos viajar sólo había caras de incertidumbre (obviamente entre los que entendían español). Encima, a cada uno le habían dicho un precio distinto ya que aquí también funciona el patrón precio-cara.
Luego de una discusión acalorada, nos pusimos de acuerdo entre toda la comunidad internacional (yo le decía la ONU) que se apretujaba entre los asientos, para presionar al conductor por un precio igualitario y económico. Se cerró en 11 soles.
Ya en la hidroeléctrica caminamos con rumbo a Aguas Calientes. En el camino me encontré a una española que iba con los auriculares por las vías sin darse cuenta de que el tren podía atropellarla por detrás. Nos pusimos a hablar y le comenté del riesgo. Y a los 10 minutos pasó el tren que venía por nuestras espaldas. Luego de eso, me agradeció por la charla.
Al otro día, me levanté tarde. Todos los que me había cruzado decían que había que salir a las 5 de la mañana porque sino uno se pierde el ingreso a Wayna Picchu. Yo entré a las 10 am y pude ver lo mismo que los que madrugaron, que más descansado y relajado.
De Machu Picchu no se puede decir mucho más que lo que se sabe y de lo que se ve en imágenes. Sólo diré que no hay música que acompañe a este paisaje.
En este templo pasamos la tarde con Nicolás, Ingrid y Joozt, un holandés que comenzó su viaje por México con su novia, pero que en las primeras semanas se separó y comenzó a viajar solo.
Cerca de las 6 volvimos a Aguas Calientes y al otro día temprano salimos para la hidroeléctrica con un grupo de amigos. Del retorno, lo único para destacar fue la fuerte caída y el golpazode nuestra amiga danesa llamada Cristina.
De vuelta a Cusco, me traje prácticamente a toda la combi para mi alojamiento que era barato, con cocina, internet y una vista increíble. En total, éramos tres argentinos, una chilena, dos danesas, dos alemanas y un holandés. El dueño se puso tan feliz que no me cobró la estadía por unos días. E Ita, una de las danesas, pudo festejar su cumpleaños junto con sus nuevos amigos.
Al otro día fuimos con las alemanas a la plaza San Francisco a tomar mates y a hacer algo de malabares. Al rato apareció un policía que nos invitó a sentarnos ya que lo que hacíamos “estaba prohibido, porque la plaza es para descansar y no para divertirse”. Le dijimos que no pedíamos dinero, pero tampoco se conformó. Esa es la otra cara de esta ciudad.
Los días pasaban y Cusco no nos dejaba salir. Así que la preocupación por el dinero nos empezó a pesar demasiado. Fue así como empezamos a buscar trabajo en Cusco.
Ganarse la vida en la ciudad del sol
En total, éramos cuatro argentinos los dispuestos. Y la posibilidad más fuerte para la mayoría era de camarero. Por mi parte, fui a hablar a los diarios y algunos canales de TV. Me recibieron bien pero en general me pedían un mes para que pudieran acomodarme.
Sin embargo, en un canal llamado IncaVisión, me dijeron que hable con un tal Walter Cervantes Lucana, dueño de la emisora y de una radio de la ciudad.
Fui a la discoteca Las Vegas, que también era de Walter y luego de un rato me recibió. Cerca de dos horas hablamos en la vereda. Me mostró otras discotecas que tenía por Cusco y contó que en Lima tenías otros bares y una hacienda donde cultivaba frutas. Finalmente, me citó al otro día para ver qué podía hacer.
Fui temprano, me recibió con unas frutas y hablamos nuevamente largo rato. Me propuso conducir un programa de cumbia pero con un detalle importante. La paga mía la tenía que conseguir yo mismo buscando anunciantes. No acepté. Entendió mi postura y me dijo que si necesitaba algo rápido podía trabajar en Las Vegas como camarero. Le pregunté por Nicolás y me dijo que también él podía trabajar. La paga era 25 soles ($ 28) por día pero habló bien de la propina. Sin muchas ganas de dar más vueltas le di el OK.
Trabajar en Perú tiene sus particularidades. Por ejemplo cobrar por adelantado, vender casi en exclusividad cerveza, cigarros sueltos y soportar que nadie, pero nadie, cuente con un encendedor (lo que significa la tarea incesante de prenderle el cigarrillo en la boca a la gente). Otras cuestiones más para saber son que se trabaja 12 horas por día y que la propina no existe para las personas de esta discoteca. Al final de la jornada nos enteramos de que habían corrido a dos mozos para ponernos a nosotros, ya que aquí prefieren los rasgos de los argentinos a los de su tierra. Con muchas críticas y pocas cosas positivas renunciamos al otro día.
Así terminó nuestra experiencia de trabajar en Las Vegas y comenzó la nueva de buscar un trabajo digno en el resto de Cusco. Cuando surgían los primeros interesados en contratarnos apareció Juan Martín, a quien conocí vacunándome contra la fiebre amarrilla en la ciudad de La Plata. Venía con la idea de internarse en la selva para conocer a un pueblo nativo llamado Machiguenga.
Investigamos los costos y tras comprobar diferentes criterios de los cusqueños decidimos viajar a la zona para informarnos ahí mismo. Si era caro, acordamos que podíamos trabajar allí para costearlo.
Ojalá que llueva café
De Cusco, una ciudad moderadamente pequeña, nos fuimos a Quillabamba, una ciudad decididamente chica. Y luego a Kiteni (más pequeña aún), donde permanecimos 4 noches conviviendo con una familia y acampando en la orilla del río.
Decidimos que para continuar el viaje debíamos trabajar, y por la zona la demanda de personas para cosechar café era alta. Así que de un día para otro nos convertimos en paleadores. Una familia, dueña de una pequeña chacra ubicada en el poblado de Selva Alegre, nos contrató y con la salida del sol subimos al cerro a buscar a este preciado grano.
Éramos cerca de diez personas, de las cuales, sólo nosotros dos éramos de afuera de la familia. El trabajo se organizaba en hileras de plantas donde cada persona se encargaba de una, sacando la totalidad de los granos maduros (similares a cerezas). La idea era repetir esa acción con cada planta, miles de veces, durante 12 horas. Luego de la dura jornada, uno recibe un plato de arroz y fideos que se repite en el desayuno, almuerzo, cena, y así hasta el fin de los días.
Así, trabajando de sol a sol y descansado durante las noches, se pasa la vida en la chacra “Aguas Cristalinas” de la selva peruana.
Hay otra cuestión para quien elige trabajar en la selva. Los insectos no perdonan y hacen que las picaduras se acumulen sobre la piel. El listado de los bichos que me picaron es largo: mosquitos, zancudos (mosquitos más grandes que pueden transmitir la malaria), unas moscas que dejan pus en donde pican, mosquitas que dejan un pequeños orificio, tábanos, hormigas de todos los colores, sanguijuelas, bichos colorados y gatas peludas (las más dolorosas). A esto se le suma la gran cantidad de arañas que no llegaron a picarme, unas hormigas de 4 cm (en su hormiguero metí la pierna, por suerte tenía botas) y una víbora venenosa que me acarició el pie sin llegar a morderme.
Todo eso, más la paga diaria de 15 soles ($ 17) motivaron que la estadía en la chacra sea breve.
Luego de renunciar, nos fuimos a Ivochote, el poblado desde donde salen las lanchas a los machiguengas. Los precios rondaban los 50 soles e incluso más, y de tanto averiguar alternativas, nos llegó la información de un tal Daniel que despachaba barcos de la municipalidad. Él podía hacernos viajar gratis.
Me dirigí a su oficina y me recibió un joven con una gran sonrisa. Era Daniel. Luego de conocernos bien, me contó que al otro día salía una lancha donde podíamos viajar y nos preguntó incluso a qué comunidad queríamos visitar. Luego de evaluar todas las posibilidades nos decidimos por Timpía.
Pero había un dato que debíamos considerar. Los machiguengas en unos días iniciaban un paro contra el Gobierno y si queríamos quedarnos, nuestra salida de Timpía quizás podía producirse luego de varios meses. Los pensamos bien y elegimos correr el riesgo. Era eso o permanecer sólo tres días en la comunidad.
Esa noche dormimos en una vieja iglesia evangélica que el pastor de Ivochote nos habilitó como hospedaje y a la mañana temprano iniciamos nuestro nuevo rumbo.
La vida en la comunidad
Llegamos al mediodía a Timpía. El día estaba nublado y el camino desde la ribera del Urubamba hasta el poblado era de un barro espeso. Hablamos con el subjefe y nos dio permiso para quedarnos. Más tarde, hizo el anuncio de nuestra llegada a la comunidad mediante el megáfono. “Van a ser 7 días hasta que nos conozcan y entren en confianza”, le dije a Juan Martín.
Al comienzo, notamos la indiferencia y los únicos que se acercaron a conversar fueron una familia de colonos que vivían al borde de la comunidad. Ellos nos obsequiaban fruta y de vez en cuando nos invitaban a comer.
A los dos días, Elena -la señora de esta familia- amaneció preocupada porque su marido Lucio no volvía de la chacra, y ella temía el ataque de algún animal. Por eso, acompañamos al hijo de 16 años río abajo a visitar al padre. Cuando llegamos, encontramos a Lucio en la costa sonriendo y despreocupado.
En unos minutos nos conocimos y comencé a meditar sobre la posibilidad de quedarme unos días con él para conocer más de cerca la selva. Él vivía de la pesca, la caza y sus cultivos, así que le ofrecí mi ayuda y me aceptó sin problemas.
Fueron 3 días intensos los que pasé en la chacra. Íbamos a pescar, a cazar y recolectar frutas por la selva. Recorríamos el monte sin soltar ni el rifle ni el machete ya que el tigre frecuenta seguido la zona. También limpiamos de maleza el arrozal y el yucal, y asechamos sin éxito a un picudo –animal similar a un roedor muy grande- que se comía las yucas.
Con la inminencia del paro, Lucio me alcanzó en su bote hasta la comunidad de Timpía y nos despedimos hasta un nuevo encuentro.
Cuando llegué me encontré a Juan Martín medio fastidiado porque los machiguengas prácticamente nos ignoraban. Era el día 6. Le dije que esperara un días máscomo le había dicho y si la situación no cambiaba pensáramos en la posibilidad de marcharnos.
En la mañana del día 7 sentimos un fuerte cambio. Los machiguengas comenzaron a hablar más con nosotros y ya no se reían de nuestra forma de actuar. Algunos nos obsequiaron comida e incluso jugamos al fútbol con ellos. Nosotros también colaborábamos con la comunidad y pronto entendieron que queríamos ayudarlos.
Fueron muchas las cosas que compartimos y la continuidad del paro hizo que la relación con los machiguengas de profundizara más. Con el tiempo, ya podíamos decir que ellos y nosotros ya éramos amigos.
La vuelta
Luego de un mes de permanecer en la selva, decidimos que nuestro de tiempo viviendo en Timpía ya era suficiente, y comenzamos a planear cómo sortear el paro y salir del amazonas.
En esos días, apareció una lancha de Comaru, una organización que confedera a las comunidades machiguengas del río Urubamba. Hablamos con Plineo, su vicepresidente, y sin ningún inconveniente se comprometió a llevarnos desde Timpía hasta Quillabamba. Ellos eran los únicos que podían sacarnos ya que el paro afectaba rutas y ríos.
Salimos a la mañana desde Timpía. La comunidad toda se hallaba frente al río, como lo hacían todos los días desde el inicio del paro. Nos paramos frente a ellos y nos despedimos con la ilusión de volver a verlos en las mismas tierras donde los habíamos conocido. Con ese gesto, nos marchamos de Timpía y nos encaminamos al nuevo rumbo.
La lancha nos dejó en Ivochote, donde volvimos a pasar la noche en lo del pastor. A la madrugada, una 4 x 4 alquilada por Comaru nos llevó hasta Quillabamba. En el camino pasamos por Koribeni, donde conocimos otra comunidad machiguenga que cortaba la ruta. A la gente de allí la notamos con un profundo dolor.
A Cusco llegué con la intención de no demorarme más de una tarde. Pero de nuevo me encontré con el mismo problema de no poder salir. Fue el último domingo de abril el que fijé como día póstumo para marcharme. Por ese entonces, me llegaron unas palabras sobre un día similar de hacía 50 años:
“Rasga el viento suavemente la mañana,
de un domingo soñoliento y tranquilo.
Mientras el sol con sus pálidos rayos bañaba,
nuestro Cusco todavía dormido”.
Con los primeros rayos del lunes me despedí de Juan Martín con quien acordamos encontrarnos en Nazca. Yo me fui a Poroi para hacer dedo, ya que consideré que el pasaje hasta la ciudad de las líneas era caro.
En este pequeño poblado de las afueras de Cusco me levantó un camión con dos choferes llamados César y Jorge. Me llevaron hasta Nazca y me invitaron a comer pollo a las brasas. Me despedí afectuosamente de ellos.
En Nazca, el avión que llevaba a la gente a ver las líneas costaba 50 dólares así que me conformé con el mirador que salía 1 sol. Al otro día llegó Juan Martín, agobiado porque el bus en el que viajaba se rompió y lo demoró más de la cuenta. Enseguida nos volvimos a separar ya que yo quería ir directo a Lima.
En la capital de Perú permanecí un día sin hacer noche. Luego de estar tanto tiempo en la tranquilidad de la selva, encontrarse con una ciudad donde lo único que se escuchaba eran bocinas y miles de autos, me terminaba de convencer de que éste era un lugar de paso.
Antes de irme pasé por la redacción del diario La República. Allí me invitaron a un brindis por el día del trabajador y pude conocer al dueño del periódico.
Trujillo fue mi próximo destino. En el bus conocí a una familia que me alojó en su casa sin costo alguno por los días que quisiera. Allí permanecí dos noches hasta que me fui a Huanchaco, un pequeño poblado costero ubicado a unos 40 minutos de allí.
Junto a otros argentinos hacíamos fuego todas las noches en la playa y muchas veces cocinábamos allí. Algunas personas se iban pero llegaban otras, y el tiempo junto al océano pacífico corría sin darnos cuenta. Cerca de 10 días permanecí allí.
Antes de irme, volvió a aparecer Juan Martín, y con uno que se iba y otro que llegaba, el grupo permaneció en equilibrio.
El último lugar de mi viaje por Perú fue Máncora, una playa hermosa y muy turística que se encuentra cerca de la frontera. Un día permanecí en este lugar y ya cerca del límite con Ecuador escuché por última vez el tema de moda de este país.
En la frontera me cobraron 3 dólares por haberme pasado 3 días el plazo de tiempo en Perú. Así que al igual que en Bolivia, tuve que sacar nuevamente la billetera para cambiar de país.
Con ese último recuerdo terminó mi viaje por Perú.
Cuando llegué a Lima me encontré con una ciudad temerosa por la gripe porcina. Y la preocupación del momento, era la joven argentina que había aterrizado de emergencia con el peligroso virus.
En la televisión, se veían a diputados enfurecidos pidiendo la cabeza del responsable y los diarios prendían fuego con la noticia. La prensa más sensacionalista decía que Argentina había contagiado a Perú.
Luego, cuando se descubrió que la chica no tenía gripe todo se tranquilizó. Los periódicos sacaron el tema de la tapa y lo depositaron en un lugar menos visible. La gente seguía por la calle como si nada, sin barbijos y sin preocupaciones, como antes de que apareciera todo.
Lucio y la selva
En la selva no sólo viven amerindios. También existen colonos, es decir, personas que desde la ciudad viajan a la zona para cultivar tierras o iniciar algún negocio. Algunos viven durante décadas en los bosques, como el caso de Lucio, a quien conocí por mi paso por el amazonas.
Lucio comenzó a trabajar en el café cuando tenía 12 años. Su primera experiencia fue de 24 meses paleando los granos para enterarse que su patrona no tenía dinero para pagarle. El enojo le duró poco y trabajó nuevamente en lo mismo con una señora joven. Se enamoraron, vivieron juntos y luego de un tiempo ya acumulaban una gran fortuna. Con ese dinero, la señorita se fue a la ciudad para comprar un carro de modo de progresar en su negocio.
Pasó un largo tiempo sin su regreso, hasta que le llegaron malas noticias nuevamente. La joven se había ido con un carnicero y había gastado toda la plata. Esa vez, el disgusto fue un poco más grande.
Pero Lucio siguió adelante. En esta oportunidad se dirigió al Ministerio de Agricultura y con 16 años pidió que le asignen tierras. Fueron 300 hectáreas en el medio de la selva lo que le dieron. Y con algunas cosas y sin dinero, una lancha lo dejó en su nueva chacra con una promesa: “Volvemos a buscarte en un año”.
Nada sabía de tigres, víboras ni indios. Sólo se limitó a descansar y construir su casita en las orillas del río Urubamba. Con el tiempo se encontró con los Machiguengas quienes le enseñaron a pescar, cazar animales o cultivar Yuca. Es decir, a sobrevivir.
Pasaron los años y Lucio se adaptó cada vez más al medio ambiente. Pescaba, cultivaba y cazaba. Pero también era presa de los animales que rondaban por la chacra.
Un día se quedó dormido en el yucal acechando a un jabalí. De pronto, levantó la cabeza y tenía a un Yaguareté a 6 metros de su espalda a punto de darle caza. Como pudo, giró el rifle y le atinó un disparo al animal, que luego de media hora cayó muerto. Una siesta que casi le cuesta la vida.
En otra oportunidad volvió a cazar uno de estos tigres y encontró restos humanos en su panza. Desde esa vez, nunca sale de su casa sin la escopeta sobre el hombro.
Para cerrar esta breve nota, queda la historia más extraña que me contó. Dice que en el año 92 llegó una argentina a su chacra llamada Zoila o Soledad (no recordaba bien el nombre). Lo que llamaba la atención era que venía descalza y por el medio de la selva. Ni machete ni botas. Sólo tenía un pequeño vestido blanco que la cubría hasta las rodillas. Lucio no podía creer lo que veía, ya que ni los indios caminan por el monte de esa manera. La joven decía que tenía Sida (enfermedad que Lucio no sabía hasta el día de hoy qué era) y que estaba por la zona buscando algo. Luego de un mes de vivir en la chacra se marchó a un poblado llamado Zepa donde apareció muerta. Nunca nadie le preguntó por ella y la vida de esta joven quedó olvidada.
Campesinos que mascan coca contra la ONU
En Perú también hay cocaleros. Lo diferencia con Bolivia es que aquí el Gobierno no los apoya. Ésa fue la razón por la que decenas de personas mascaron coca en la plaza de armas de Cusco, durante el 12 de marzo. Esa era su forma de protesta también contra la ONU, organismo que introdujo a esta planta en una lista de 61 sustancias consideradas narcóticas. Por esa resolución, los cocaleros hoy no reciben subsidios ni créditos por parte del Estado. Tampoco pueden exportar la hoja a otros países.
Sobre la plaza improvisan unas mesas y colocan sus productos para difundir los valores positivos de la hoja de coca. Vino, harina, tallarines, tortas, galletas, etc. Todos realizados con la misma planta que mascan. Si uno se acerca a conversar, de pronto se arma una ronda y ponen su atención en el interesado. Todos quieren decir algo y todos tienen historias para contar.
Dicen que son perseguidos por Devida, un organismo encargado de erradicar el consumo y la producción de la coca. Que la Umopar, la policía de Patrullaje de Rural, es la encargada de incendiar sus campos y de atacar las protestas. Y que se utilizan aviones desde donde lanzan herbicida sobre sus cultivos.
Otros agricultores cuentan que incluso la Umopar siembra un hongo traído desde un laboratorio estadounidense de Hawai, que destruye todas las plantas. Que se controla a la prensa y que han muerto muchos campesinos que defendían su chacra frente a las fuerzas del Estado.
Formas alternativas de llegar a Machu Picchu
-Para aventureros dolarizados: Se reserva de dos a tres meses de anticipación la entrada al camino del Inca. La caminata dura cerca de 4 días hasta llegar a las ruinas. Los precios van de los 200 dólares para arriba.
-Para caminantes de metros: Desde Cusco hasta Aguas caliente en tren. Los precios llegan a 100 dólares por el pasaje, aunque se puede llegar a reducir el costo si se acorta el viaje con una combi. Luego, en bus hasta las ruinas por 10 dólares adicionales.
-Para deportistas con dinero: Un día en bicicleta más otros dos o tres de trekking por la selva. Los precios rondan los 120 dólares.
-Para aventureros sin dinero: En bus hasta Ollantaytambo por 5 soles, y luego 1 hora de caminata hasta el kilómetro 81 (en el km. 82 comienza el Camino del Inca donde hay un puesto de control). Se cruza el río Urubamba a nado y se saltea la entrada. Luego, son 4 días de caminata por el camino llevando el alimento y la carpa consigo. Finalmente, se entra a las ruinas por arriba sin abonar los 120 soles que cuesta la entrada.
Es conocida la historia de unos mochileros que llegaron por este camino a las ruinas en la madrugada. Aburridos, sin poder ver Machu Picchu por la oscuridad, decidieron ingerir unas hierbas extrañas que llevaban consigo. Los guardias los encontraron al amanecer corriendo desnudos por el santuario sagrado.
-Para viajantes sin tiempo, dinero, ni ganas de caminar mucho: En bus desde Cusco hasta Quillabamba (15 soles). Se baja del micro en el poblado de Santa Teresa, y se toma una combi hasta la estación hidroeléctrica (10 soles). Desde ahí, se camina por una vía de tren hasta Aguas calientes. Al otro día, con el amanecer, se sube a Machu Picchu caminando.
-Para los que ahorran con la entrada: Sacar sea como sea la Isic, o tarjeta de estudiante internacional. El costo es de 10 dólares y muchos se las ingenian para obtenerla sin haber pisado una universidad. Con ella, la entrada cuesta la mitad, y se obtienen descuentos para otras ruinas.
Otra opción que otros intentan es la de colarse. Por ejemplo, tres españoles salieron de Aguas Calientes para Machu Picchu a las 3 de la mañana. Tomaron un desvío y se metieron al santuario. Un guardia los encontró y les pidió dinero para dejarlos pasar. Luego de un tire y afloje quedaron en 40 soles por los tres. Lo único malo para ellos fue que no pudieron ingresara Wayna Pichu cerro desde donde se contempla todas las ruinas y los valles que las circundan.
En la terminal Santiago de la ciudad de Cusco, una docena de personas se mantiene nerviosa y a la expectativa. De repente, algo se despierta en ellos cuando un potencial pasajero se acerca. “Quillabamba, Quillabamba para ahorita”, comienzan a gritar y de golpe surgen las peleas por conquistar al cliente. Poco importa si el paso del tiempo materializa la idea de que nos han mentido con la hora de salida; el vendedor se encuentra ocupado en rifar el resto de los asientos.
Así, uno comienza a dar los primeros pasos para salir de la antigua capital de los incas y adentrarse en la zona selvática de Perú. De modo que ahora el paisaje se empequeñece. Algunos cerros nevados dan paso a otros mas pequeños y la vegetación comienza a aparecer paulatinamente. Los caminos se hacen de tierra y luego de unas horas, el verde lo inunda todo.
Son cerca de 17 horas en bus por caminos en zig-zag hasta llegar al poblado de Ivochote. En este punto, los ríos se convierten en rutas y las historias sobre ahogados y botes encallados comienzan a flotar por el aire hasta generar un haz preocupación.
Pero lo que concentra los miedos de los pobladores es el Pongo de Mainique, un lugar extraño y peligroso que alimenta la mayoría de historias y leyendas del pueblo Machiguenga.
En este sitio, los cerros se van angostando, las orillas del río se acercan y el agua se agita violentamente, al igual que las pequeñas embarcaciones que desfilan sobre sus olas. Al final del Pongo, aparece un rostro en la piedra tallado de forma natural y a partir de allí las sierras se disuelven y el paisaje se vuelve completamente llano. Ya es la selva del amazonas.
En total, son 3 horas en barco hasta llegar a Timpía, el poblado Machiguenga que elegimos para conocer. En el camino quedó Sababantieri, otra comunidad que cuenta con una historia aparte, ya que allí fueron asesinados un turista alemán y su guía. El primero de un escopetazo en la sien; el segundo degollado con un machete. Las circunstancias aún hoy permanecen en la oscuridad, pero por lo que se pudo averiguar es que éstos habrían asustado a los nativos sin darse cuenta. Y los Machiguengas, poco acostumbrados al contacto con los extranjeros, habrían reaccionado defensivamente motivados por el miedo. En este poblado, además, la National Geographic filmó un documental sobre el final del 2008.
Siguiendo el rumbo y una vez en Timpía, los pobladores se asoman a sus casas y con miradas curiosas saludan tímidamente a los visitantes. Aquí, el jefe es quien debe aprobar la estadía de los extraños en la comunidad. Y no es sencillo de conseguir este permiso. Pero si se tiene suerte y se actúa con respeto, se consigue finalmente la estadía.
Timpía y su pasado
El origen de este poblado, cuyo nombre significa “Atalaya de los vientos”, se remonta a 1953, cuando un fraile dominico llamado Miguel Matamala convocó a varias familias machiguengas dispersas por la cuenca del río Urubamba. Con varios de estos nativos fundó Timpía. En esa época, la presión de la Iglesia era fuerte, ya que los evangelistas avanzaban cada vez más por la zona y creaban mucha preocupación en la comunidad católica.
Hasta ese entonces, los machiguengas vivían en familias dispersas que circulaban a lo largo de su territorio. De ese modo, los nómades del Urubamba organizaban su vida siguiendo a los cardúmenes por los ríos. La Iglesia, al promover el sedentarismo y agruparlos en comunidades mayores alteró completamente su estilo de vida. Y preparó a Timpía como base pionera para fundar otros pueblos nativos como Sababantieri y Alto Timpía.
Con el tiempo, algunas prácticas como la poligamia fueron erradicas con éxito, mientras que otras, como la ingesta de masato, no pudieron ser combatidas y se mantiene hasta hoy (un fraile intentó eliminar esta bebida por las borracheras que provocaba y casi pierde la vida).
Así, los machiguengas aprendieron castellano, mejoraron el acceso a la salud y aumentaron paulatinamente su población. También consiguieron que en 1974 el Gobierno reconociera sus derechos como comunidades nativas preexistentes al estado.
Más atrás en el tiempo, la historia parece perderse en un vacío y las dificultades para indagar en el pasado machiguenga sorprenden a más de uno. “Los libros se encuentran en Lima”, señala Santiago, el Padre de la comunidad. De ese manera, el conocimiento se escapa más allá de las fronteras de Cusco y de los andes.
La modernidad llegó como una flecha
Luego de años de relativa tranquilidad, los machiguengas conocieron 3 nuevas palabras que no tenían traducción en su idioma: petróleo, oro y gas. Con ese nuevo vocabulario, los nativos conocerían el progreso de su comunidad como así también las amenazas por el deterioro de su medio ambiente.
La amazonia rebosa de recursos y las empresas se interesan cada vez más en la zona. Hace 7 años, por caso, se instalaron las primeras multinacionales para extraer gas, y por utilizar sus tierras y construir un gasoducto en la selva pagaron US$ 75.000 a los machiguengas. También les suministraron un generador eléctrico, computadoras e Internet.
Y lo que en un principio redundó en beneficios económicos para los nativos, pronto se desnudó y mostró el lado oscuro de la contaminación. Así, fue como una tarde se rompió un gasoducto y el gas licuado se derramó en el río matando buena cantidad de peces y algas. La indemnización no tranquilizó a los nativos que pronto descubrirían otras aristas del mismo problema.
Por eso, más bien que una población que se encuentra aislada de la sociedad con sus costumbres intactas, más bien Timpía lo que muestra es como afecta la globalización a una comunidad indígena con escaso contacto con el mundo externo. Es decir, los machiguengas se hallan en un cisma.
Ahora, la presión por los recursos es cada vez más fuerte y no sólo es el gas, sino el agua, los bosques y los minerales están bajo consideración del Gobierno y de las empresas, lo que motiva nuevas políticas por parte del estado. Por ejemplo, en el Congreso espera para su aprobación un proyecto de Ley que encadena el presupuesto del Ministerio de Defensa al canon y las regalías mineras que se extraigan en el futuro, con lo cual se incorpora a las FF.AA. como otro actor con intereses directos en la explotación de recursos por parte de empresas multinacionales.
El contacto y el aislamiento
Los machiguengas tuvieron relaciones comerciales con los incas, pero nunca se subordinaron al imperio. Quizás, la falta de un poder central en la cuenca del Urubamba dificultó cualquier tipo de conquista. Su dispersión, así, habría sido su mejor defensa. Sea como fuere, los nativos no guardan rencor contra aquella civilización.
Fueron los hombres blancos quienes a principios del silgo XX hicieron descubrir en los nativos el odio y el horror contra otro ser humano. En ese entonces, los caucheros subían los ríos secuestrando mujeres y niños, y asesinando a los adultos hombres. Esta situación motivó que muchos machiguengas se internaran en la selva y cortasen todo contacto con el exterior. A este grupo se los conoce como kogakaporis y aun siguen desnudos por los bosques transmitiendo su miedo al blanco de generación en generación.
Dos expediciones en 2001 y 2002 encontraron a estas personas cerca de la comunidad de Alto Timpía. Pero luego de unos meses del contacto, estos indígenas volvieron a desparecer al interior de la selva.
Como recuerdo último de los machiguengas, nos llevamos la imagen de hombres y mujeres que permanecen de pie por horas, sin mostrarse perturbados por el calor y el sol que los abraza. Siguen descalzos, como lo hacen desde épocas pretéritas, con sus arcos y flechas como estandarte, prácticamente inofensivos para cualquier Gobierno, pero de una fuerza simbólica descomunal.
“Nosotros estamos defendiendo nuestro territorio de este Gobierno que nos está queriendo vender. Como comunidad no queremos eso, sino vivir en paz, como lo hemos hecho desde el principio, cuidando nuestros recursos naturales”. Felipe Semperi Fernández, Presidente del Comité de Lucha de Timpía.
Los indígenas de la selva se han levantado en un paro general contra el Gobierno, en reclamo por acuerdos incumplidos que afectan toda la vida de estas comunidades.
Se han cortado ríos y rutas, impidiendo todo tráfico por la zona. A su vez, distintas organizacionesy ciudades se unen en solidaridad. Alan García, presidente peruano, ya ha movilizado efectivos para proteger el abastecimiento de gas desde la selva a las grandes ciudades.
La comunidad machiguenga de Timpía, ubicada sobre las márgenes del río Urubamba, junto con Sababantiari y alto Timpía dicen presente y se suman a la movilización de todos los pueblos de la cuenca del amazonas.
El reclamo
En agosto de 2008 los pueblos de la selva realizaron un paro contra la privatización de sus territorios. Finalmente, luego de 8 días, los nativos consiguieron derogar dos leyes y obtener una promesa del Gobierno de desarticular otros proyectos y decretos.
A 8 meses de lo ocurrido, ninguna promesa se ha cumplido y por eso los pueblos amazónicos se levantaron de nuevo.
Los decretos legislativos de las comunidades pretenden que se deroguen son:
-Dec. 1064. Vulnera los derechos de propiedad de los territorios indígenas.
-Dec. 1081. Las comunidades argumentan que con esta ley se permite la virtual privatización del agua.
-Dec. 1084. Promueve la inversión en territorios ocupados por los nativos sin su consentimiento.
En una época remota, un grupo de familias arribaron a tierras extrañas con un objetivo claro: asentarse, consolidarse y crecer como una nación con sus propios dioses y objetivos.
Nunca se supo bien el origen de este pueblo. Algunos creen que fueron parte de las primeras migraciones humanas al continente por el estrecho de Bering. Otros, estipulan que fueron antiguos polinesios que arribaron en sus botes a las costas americanas.
Lo cierto es que a su paso atravesaron selvas y montañas, para finalmente anclarse en un valle protegido por largas cordilleras. En ese lugar único, las sierras impedíana los ríos verter sus aguas en el mar, lo que terminaba por formar un inmenso lago casi a la altura de las nubes. Era el Titikaka (“puma de piedra” en aymará; “puma gris” en quechua), que con sus 3.809 msnm es el espejo de agua navegable más alto del mundo.
Sobre sus márgenes estas personas crearon su hogar, y con sus aguas regaron sus cultivos y sus esperanzas por un destino próspero.
La ofensiva Inca
Con el tiempo, otro pueblo poderoso comenzó a avanzar por la zona en la búsqueda de nuevos territorios. Con el fuego que les generaba su dios Inti, pronto dominaron varias comunidades andinas hasta finalmente encontrarse a las puertas del Titikaka.
Nada pudieron hacer los habitantes del lago frente al poder de los incas, y el dominio de unos sobre otros se volvió inevitable. Así fue que los hijos del sol impusieron a este pueblo un tributo en mano de obra (mita) y una sumisión llana al imperio.
Rebelión aguas adentro
El cambio en el estilo de vida y el surgimiento de nuevas obligaciones provocaron el descontento de esta comunidad poco acostumbrada a recibir órdenes.
De modo que la rebelión comenzó a construirse despacio y por debajo. Y como atacar a los incas prácticamente era imposible, la estrategia en esta oportunidad sería replegarse a una zona donde ningún ejército podría alcanzarlos: las aguas de Titikaka.
En base a la totora, una planta que crece en esa zona, construyeron largas islas flotantes y sobre ellas edificaron sus hogares móviles. Así, este pueblo pudo mantener una distancia con el inca y vivir en relativa tranquilidad.
“Cunasa sutima”
Dentro del mundo andino, a este pueblo se lo conoce como los Uros. Son los llamados “hijos del amanecer”. Y su estrategia defensiva basada en el aislamiento y la protección de una isla no es nueva en la historia americana.
Por ejemplo, a miles de kilómetros del Titikaka, los primeros aztecas arribaron al valle de México en una situación precaria. Habían migrado desde el norte sin poder hallar un lugar confortable y debido a la hostilidad de otros pueblos fundaron Tenochtitlán sobre una isla (donde hoy se encuentra la ciudad de México). Más adelante, los sacerdotes aztecas se encargarían de mistificar la historia y darle un tono épico a la epopeya.
Sin embargo, aztecas y Uros se diferencian cuando se compara el despliegue de unos y el repliegue de otros al interior de su comunidad. Pero se parecen cuando se comprueba la transformación y el cambio en la cultura con el paso del tiempo.
De hecho, hace 60 años fallecía la última persona que conocía el Uruito, el lenguaje de los Uros. Con esta desgracia, los pobladores del lago adoptaron el aymará, convirtiendo su idioma original en una lengua muerta.
Hoy en día, los Uros reciben a sus visitantes con los brazos abiertos. Preguntan a los recién llegados “Cunasa sutima”, o sea, “cómo te llamas” en aymará. Cantan canciones en inglés y español y acercan sus botes más cerca de la costa año tras año para no perder a los turistas.
Han reconvertido su vida en torno del turismo y todos estos cambios obligan a preguntarles a ellos realmente “Cunasa sutima”. Conservan muchas costumbres, pero su identidad se ha diluido.
Un estilo de vida propio
Cerca de 52 islas flotantes albergan 600 personas en una zona del lago de escasa profundidad. La vida de esta comunidad gira en torno de la totora, con la cual además de construir sus casas y botes, fabrican medicinas y hasta alimentos.
Cuando hay problemas entre familias, toman un serrucho, cortan una porción de la isla y divididos toman rumbos distantes. Si todo marcha bien, las islas permanecen en un lugar fijo asentadas con 12 anclas.
Los inviernos son crudos, los veranos agradables. La ciudad de Puno está a la vista, pero ellos en su mayoría prefieren permanecer flotando a una distancia considerable como para cautivar la imaginación de los turistas.
Dejar Villazón (la primera ciudad luego de la frontera) no fue fácil. Me levanté a las 9, tarde para el tren, temprano para el micro. Encima olvidé el mp3 en el ciber y tuve que esperar a ver si aparecía (cosa que nunca ocurrió). Ómnibus a Uyuni, mi destino, no salían hasta el otro día. Además, una lluvia me demoró en la puerta de un museo.
Así las cosas, estaba decidido a salir de Villazón. Y la opción que surgió fue la de ir a Tupiza, un poblado ubicado a unas 3 horas de ahí. El costo, de 20 bs ($10). Viajé apretado, acosado por las moscas, el olor a coca y la comida local: estaba feliz.
En Tupiza
El que fue a Bolivia, sabe que el costo de cualquier cosa se rige por el patrón precio-cara. Y esa tarde, las boleterías de este pequeño poblado establecieron mi rostro en 60 bs para ir hasta Uyuni. ¿El problema? Además de caro, los micros salían al otro día y eso implicaba más gastos de alojamiento y comida.
Pero fue salir de Villazón para encontrar la suerte. A alguien se le escapó que la estación de tren estaba a 3 cuadras, y aunque este arribaba a las 17:20 y eran las 18:00, perdido por perdido salí con la confianza de aquel que no tiene nada que perder. Y con esa actitud me encontré con el atraso salvador del tren a Uyuni. El boleto: 40 bolivianos, 20 bs menos que el micro, más barato, más rápido, con baños y servicio de cocina. Lo único que no me gustó fueron los asientos que yo llamo “melancólicos”: a medida que uno avanza se ve el paisaje ir, dándole la espalda a lo que está adelante.
El tren viajaba de noche, a buena velocidad por el medio de túneles y paisajes escabrosos, cuando de repente apareció una ciudad oscura construida sobre las montañas: Atocha. El lugar era impactante. Y el avance de la locomotora mostró con crudeza cuál fue durante años su principal actividad económica. Decía crudeza, porque de pronto apareció una tumba, luego otra, otra, y así hasta multiplicarse por miles, ubicadas por toda la altitud y longitud de la sierra. Hablo de una ciudad minera. El tren seguía, y lejos de desaparecer, las lápidas se extendían cada vez más por todas las laderas de las montañas hasta sus cimas. La luz de luna y un silencio profundo terminaban de darle al lugar un aura de espanto y soledad.
Cerca de la medianoche apareció otra estación oscura y más desolada que la anterior. Era Uyuni. De pronto me vi bajando en una ciudad fantasma a la medianoche del altiplano. Descendí y fueron apareciendo otros mochileros que hablaban todos los idiomas menos español. En el ambiente, se respiraba una atmósfera de incertidumbre.
Uyuni nos tiende una mano
Enseguida, mientras muchos se disipaban, se me acercó una señora llamada Eugenia a ofrecerme un tour y alojamiento. No pareció asustarse al discutir los precios en ese horario. Y cuando ya estábamos alejándonos, emergió de la noche una muchacha que reconoció el castellano entre una oscura Babel boliviana. Era argentina, oriunda de Tigre y sólo transmitía destellos de preocupación en su rostro.
Presionando entre los dos, pudimos conseguir que el precio bajara hasta llegar a $ 0. Así, la dueña de la agencia nos dejó dormir en la oficina de la empresa “El Relámpago” sin costo alguno. Además, pudimos conseguir la excursión al salar por un precio muy económico.
Al otro día, muy temprano, salimos con mi nueva compañera (también llamada Eugenia) a recorrer el poblado. Muy pequeña la ciudad, muy árida, pero de una extraña belleza. El tiempo se nos agotó y cerca de las 10 salimos en camioneta para el salar (la única forma de circular por esa zona).
El lugar, inmenso. El tono blanco se perdía en el horizonte. Es que los 12.000 km cuadrados lo convierten en el salar más grande del mundo. Y sólo se puede recorrer una pequeña parte de él.
En el medio del camino paramos en un hotel de Sal, y nos llamó la atención un extraño episodio. En la entrada del establecimiento había un círculo con decenas de banderas de distintos países. En el medio, más alta, se encontraba la de Bolivia. Lo raro, era que debajo de esta bandera, estaba la de EE.UU., en un tamaño “extra grande” (la única que se veía desde lejos era esta bandera roja y blanca con estrellas). Habían sido unos yanquis que, tocados en el espíritu por la igualdad de su insignia frente a las otras naciones, habían decidido sacar una que traían consigo y colgarla en el lugar más alto de la plataforma. Cuando llegamos, una argentina irritada quitaba la bandera norteamericana con bronca y la dejaba en el hotel de Sal.
Más adelante nos topamos con la Isla del Pescado, que en realidad su verdadero nombre es la Isla del Inca. Allí pasaban la noche estos antiguos habitantes, cuando iban en sus excursiones a buscar la sal para sus comidas. Viajaban de noche por el excesivo calor de la zona. Almorzamos carne de llama, y a la tarde fuimos al cementerio de trenes. Con la noche acercándose, volvimos a alojarnos en nuestro hospedaje gratuito.
Continúa el viaje
Dejamos Uyuni con un bronceado brusco y ardiente, y nos dirigimos a Potosí a visitar las minas. Allí también conocimos la Casa de la Moneda, lugar donde hace 400 años se acuñaba con una tecnología rudimentaria el metálico extraído del cerro.
El próximo destino fue Sucre, una ciudad muy linda y tranquila, con muchas casas de estilo colonial y un color rojizo en la tierra que me hacía recordar a Misiones.
De allí tomamos rumbo a Santa Cruz, lugar donde permanecimos una tarde sin hacer noche. Aquí Eugenia se descompuso, y tuve que alternar el rol de periodista y enfermero por unas horas.
Lo cierto es que hacía semanas que Eugenia buscaba a sus amigas. Y el dato que le llegó era que estaban en Villa Tunari. Nada sabíamos de este lugar cercano a Cochabamba, pero de todos modos decidimos que podíamos pasar unos días allí.
Llegamos en la madrugada, con lluvia y con pocas ganas de gastar en alojamiento por sólo unas horas. Así que decidimos dormir un poco frente a una plaza. Al otro día, las nubes comenzaron a disiparse y asomó un cerro cubierto de vegetación. “Mirá, Euge”, le digo, “me parece que esto es medio selvático”. Enseguida, veo algo verde sobre una palmera. Me acerco, y ésta estaba cubierta de cocos. También sentía un ardor en las piernas, y cuando me veo me habían picado los bichos durante la noche por dormir en el piso. Era la primera vez que veíamos selva en nuestro viaje por Bolivia.
Un paraíso en el medio del recorrido
La sorpresa hizo que Villa Tunari fuera para nosotros mucho más que un lugar maravilloso. En las casas sólo había cocoteros y la vegetación desbordaba todo el paisaje. Buscamos un camping y encontramos a José, alias Gusano, que por 5 bs ($2,50) nos dejó tirar las bolsas en su parque. Él era el encargado de turismo de la villa y hacía excursiones a la selva por 100 bs, con el objeto de ver animales y conocer la zona selvática.
Eugenia se quedó durmiendo, agotada por la descompostura, y yo me fui a un parque que estaba a 10 minutos de caminata. Allí pude ver a un oso sudamericano, que mantenían en cautiverio la gente de la reserva. También había monos de distintas especies que se comportaban como niños con los visitantes. Algunos se dormían en los brazos de las personas, otros los abrazaban y tomaban de la mano para caminar. Una experiencia increíble que no pude fotografiar porque cobraban 16 bs para entrar cada cámara.
Averiguando un poco, me enteré que el lugar había sido durante los años 70 y 80 el principal productor de cocaína de Sudamérica (por no decir del mundo). Durante este período, abierto por el dictador Hugo Banzer, se inauguró en Bolivia la época del gran poder para los narcotraficantes. Ahora, la cosa ha cambiado bastante.
Volviendo al relato, en la Villa existía una caída de agua (similar a una cascada), que vertía sus aguas sobre el río Espíritu Santo, un afluente del Amazonas. Uno podía bañarse ahí con toda la vista del lugar y si se quedaba un tiempo más, se encontraba con los pobladores del lugar llenos de historias sobre animales, cocaína, gente ahogada por el río, cacerías, peces gigantes y selvas interminables. También se podía comer algo por unos pocos bolivianos.
Cochabamba y el Carnaval de Oruro
Sin ganas de dejar Villa Tunari nos marchamos a Cochabamba, ya que Eugenia esperaba encontrar a sus amigas en esa ciudad (en la villa al final no estaban). Finalmente, las otras viajeras aparecieron y el grupo se hizo de 4. De ese modo, nos fuimos todos al Carnaval de Oruro sin intenciones de pagar alojamiento (se decía que los precios rondaban los 50 dólares por persona).
Allí el clima era particular. Se respiraba olor a alcohol de diferentes grados, la gente arrojaba con violencia agua en los rostros de los transeúntes y las calles estaban atiborradas de personas. La ciudad estaba de fiesta y nadie quería quedarse afuera.
Debido al caos que reinaba perdí a mis amigas. Solo, me ubiqué en una tribuna para ver las comparsas. Cobraban 100 bs por estar ahí, pero nadie me dijo nada sobre comprar algún ticket, así que me callé la boca y me dediqué a observar.
Luego de 4 horas de estar sentado, me fui a dar una vuelta por Oruro y conocí a Vivian y Cata, las dos chilenas que me acompañarían más adelante a Coroico por el camino del Inca. Ellas, a su vez, me presentaron a un grupo de 10 chilenos que me dejaron dormir gratuitamente en una habitación rentada por ellos hacía unos días.
A la noche fuimos de vuelta al Carnaval, festividad que durante 3 días no para (sólo un rato se descansa desde las 4 a.m. hasta las 9 a.m.). Allí, otros jóvenes de Bolivia, Argentina y demás países se sumaron a una gran fiesta que hicimos en el medio de las comparsas.
Al otro día nos despedimos del Carnaval ypartimos para La Paz.
En la cima de Bolivia
La Paz es otra ciudad hermosa. Llegamos temprano y nos encontramos de nuevo con festejos de Carnaval (De hecho, éstos estuvieron presentes en todas las ciudades del país). Hablamos con Miguel, quien nos informó sobre el camino a Coroico y luego caminamos por las calles empedradas.
De pronto, nos topamos con una banda de cumbia y con paceños bailando por doquier. Se ve que llamamos la atención, porque comenzaron a acercarse personas que nos regalaban cerveza y whisky con jugo de mango. Me presentaban sus mujeres y me pedían permiso para bailar con las mías (?), a lo que yo respondía afirmativamente mientras Cata y Vivian observaban con un poco de gracia. Una persona se me acerca y me pregunta de dónde soy. “¡Argentino!” dice,y me da un gran abrazo, “pensé que eras francés”. Enseguida me presenta a su señora. Otros se enteran y se ponen contentos de mi nacionalidad. Me hablan mal de chilenos, y Vivian y Cata que estaban atentas, se hacen pasar por compatriotas y reciben sendos abrazos. Me causó sorpresa cómo nos quieren y supuse que el alcohol tenía un poco que ver. Ya estábamos medios mareados cuando decidimos irnos.
Al día siguiente iniciamos el largo Camino a Coroico. Y a la vuelta, luego de un merecido descanso y una buena ducha, me fui solo a Copacabana.
La Isla del Sol sonríe a sus visitantes
En Copacabana no hay cajeros electrónicos, así que mi situación económica comenzó a deteriorarse en este punto de mi viaje. Junté los bolivianos que tenía y compré una gran bolsa de fideos, unas latas de tuco y pan. Luego me crucé de casualidad con Eugenia, mi antigua compañera que también iba para la isla con sus amigas.
Recién al otro día fui al puerto, para encontrarme con mi destino. El barco salió temprano y ni bien llegó a la isla avisté una playa de arenas blancas donde se podía acampar sin ningún inconveniente. Sin demoras, y con ese paisaje de fondo, organicé mi hogar para los próximos días.
Era el nuevo del vecindario. Enseguida me recibió un argentino, llamado Gastón, que estaba junto a dos tucumanos, Hernán y Diego. A la noche hacían un gran guiso de fideos (no comería otra cosa en los próximos días) y ya estaba invitado. La reunión se hizo en una caseta que alquilaban un cordobés y un neuquino, y la asistencia fue destacable.
Una chilena muy linda, llamada Carolina, me contó que dos franceses habían alquilado un bote y que su intención era llegar remando a la Isla de la Luna. Me llamó la atención el destino. Este lugar es sumamente extraño y pocos turistas llegan allí porque el pasaje es muy caro. En la isla se encuentra un antiguo santuario donde vivían las vírgenes que eran entregadas al rey Inca como una forma de sacrificio. En fin, había escuchado mucho sobre este lugar misterioso pero no estaba en mis planes ir. Ahora, Caro me cuenta que ella y sus dos primas estaban invitadas, y que había lugar para uno más. Ni lo pensé. Partían al otro día temprano, y el único requisito era remar y remar.
A las 9 de la mañana comenzó el itinerario desde la playa norte de la Isla del Sol. Fueron horas de remar bajo el sol para llegar cerca del mediodía a la parte sur. En frente, nos esperaba la Isla de la Luna a una distancia prodigiosa.
Finalmente, fueron 5 horas más en el bote a fuerza de remo para llegar al destino. En la isla, nos recibió un poblador local que nos ofreció alojamiento y un plato de trucha por 15 bs ($7,50). Ya era tarde para volver así que aceptamos la invitación. Con la poca luz que quedaba fuimos a visitar el Templo de la Luna que se encontraba a unos 20 minutos de allí.
Al otro día, hubo que seguir remando para volver a la Isla del Sol. Fueron 6 horas más, y las manos ya las tenía ampolladas. Chilenas y franceses se marcharon de la isla y yo me quedé con la intención de conocer un poco más el lugar. A la noche, un nuevo grupo se formó y fuimos todos al Templo del Sol por un camino iluminado sólo con la luz de la luna. Eran las 2 de la madrugada cuando un poblador local nos quiso frenar y nos pidió el ticket de entrada al templo (valía 10 bs, y nadie lo había pagado obviamente), a lo que respondimos “Flaco, son las 2 de la mañana, ¿que ticket me pedís si las boleterías están cerradas?”.
A la vuelta, nos encontramos con que este poblador, un poco dolido por la respuesta seguramente, había soltado un toro en el angosto camino. Eso nos demoró un poco, pero al final fue bastante sumiso el animal.
Si ocurre que la Isla del Sol sonríe a sus visitantes, a veces ésta también se burla de ellos. Al otro día, estaba jugando al fútbol con unos chicos del lugar cuando me llega una noticia extraña. Un chancho andaba cerca de mi carpa y había revuelto algunas cosas. Cuando compruebo lo ocurrido, veo que la comida (muy poca me quedaba) había desaparecido y que habían muchas cosas tiradas por la playa. El chancho había roto la funda de la bolsa de dormir (donde guardaba los fideos) y se había comido mi alimento gustoso.
Nadie sabía de quién era el animal, así que tuve que ir a hablar con el secretario del pueblo (es como el intendente). Faustino, se llamaba, me explicó que tenía que ir temprano a su casa y había que hacer una rueda de reconocimiento de chanchos, para luego, recién, poder hallar al dueño y que me pague por las cosas. Desistí porque prefería dormir que levantarme temprano.
Al otro día, siento un ruido extraño en mi carpa. Me despierto, abro los ojos y veo un óvalo húmedo sobre la pared de tela. Era el chancho que había venido por su desayuno. Ahora sí estaba enojado, pero no tenía ganas de levantarme así que sólo lo insulté. Ya no volvió más (durante los días siguientes lo vería caminar impunemente por la playa sin saber quién era su dueño).
Ya habían pasado varios días en la playa, y de un día para otro me encontré yo solo en el lugar. Todos se habían ido y yo acampaba en una profunda soledad. Cerca del mediodía pasaron unas chicas, eran mendocinas e iban para Puno (Perú). Hablamos un rato y me dejaron a un perro que las había acompañado desde la parte sur de la isla.
A mi nuevo amigo le puse de nombre “Rubencito” y le di algunos fideos que me sobraron. Mi plan era cargarlo a Cusco y si se portaba bien llevarlo a recorrer Sudamérica. Ni bien terminó de comer, se fue corriendo atrás de unos estadounidenses que volvían a la parte sur de la isla. Definitivamente, con los animales no me llevaba bien en Bolivia.
Luego de 9 días en la Isla del Sol, tomé la decisión de irme. Me despedí de Berta, y sus dos hijos (quienes me dejaban cocinar en su casa gratis porque decían que era pobre), y luego de Natalia y Camila, dos amigas que me dieron de comer en los últimos días de mi estadía.
Lo último que conocí de Bolivia fue un policía de frontera que me cobró una “colaboración” de 10 bs, por no tener certificado de fiebre amarilla. De ese modo, me despedí de este hermoso país.
Bolivia escribe su propia historia
Una cuestión que me causó asombró fue el fuerte impulso que se le está dando a la educación. Prácticamente todos los chicos con los que hablé iban al colegio y no habían repetido ningún año. El Gobierno estableció una subvención de 200 bs por niño que ayuda a las madres en su educación. Hasta hace unos años, Bolivia era uno de los países con mayor analfabetismo de Sudamérica.
Para terminar con este país, quiero dejar el testimonio de un niño que me crucé en Villazón. Le pregunté si iba a la escuela y si sabía escribir. Me responde que sí. Le digo que me escriba algo, lo que quiera. A lo que toma mi cuaderno y escribe lo siguiente:
Algunas líneas sobre el Che
A pedido del lector Horacio Ronconi, me puse a indagar acerca de qué opinión tienen los bolivianos sobre el “Che” Guevara.
En general, las personas no tenían una postura definida y muchos no sabían qué responder. En realidad, parece que tienen un vacío frente a este tema. En las ciudades quizás uno puede hallar opiniones más consolidadas, pero es difícil. Lo que es seguro, es que encontrar a alguien que tenga una valoración negativa sobre el Che es casi un hallazgo.
Hablando sobre el tema, una persona me pregunta si fui a la Higuera.
-No, ¿para qué? -digo.
-Bueno, ahí es donde él murió. ¿No tenías ganas de ver dónde fue?
Cuando uno viaja de mochilero por algún país, es habitual encontrar personas que recomiendan distintos destinos para visitar. Así, el boca en boca se convierte en la mejor oficina turística. En Bolivia, los lugares más destacados por otros viajeros son la Isla del Sol, Uyuni y sin lugar a dudas La Paz.
Muy por debajo, casi como un susurro, me llegó el dato de una ruta muy antigua, utilizada en épocas remotas por los incas, que estaba a pocos kilómetros de la Capital. El camino se llama El Choro, y por lo pronto, sólo sabía que llegaba a lugares de paisajes diversos e increíbles.
Con esa información comencé a indagar, y casualmente, la mejor información me llegó de parte de un argentino. Se llamaba Miguel, era tucumano y en un primer momento no quiso contar qué hacía en La Paz. Luego, con los minutos, agarró confianza y fue soltando el misterio. La sorpresa fue saber que era prófugo de la justicia. De la Argentina,claro. Y en 5 meses se cumplían 10 años de lo que había hecho y ya podría regresar a su país.
Son estos tipos, que en Bolivia se los llama maleantes, los que tienen la mejor data para los que viajan. Recorren los lugares con el conocimiento y la astucia suficiente para leer las mejores oportunidades que presenta cada lugar. Sin grandes sumas de dinero para vivir, tienen en claro dónde conseguir lo que precisan de la forma menos onerosa. Cruzarse con estas personas puede salir caro o barato, pero si uno le cae bien pueden solucionar varios problemas y dar una mano grande.
Área natural Cotapata
Ubicado al noreste de La Paz, se encuentra un espacio natural de 40.000 hectáreas que posee una diversidad inmensa. Altas cordilleras, campos de nieve, glaciares, praderas, humedales, turberas, bosques nublados o húmedos, selvas, ríos, cascadas y lagunas.
Esta área, llamada Cotapata, es atravesada por un camino precolombino que se atribuye su origen a la cultura Mollo. En su recorrido atraviesa casi todos los climas, desde los 5.000 metros de altura en su génesis hasta los 1.200 mts. de la última población, Chairo.
Si uno se pierde por este lugar es difícil que lo encuentren. Por eso, las agencias asignan un guía para los que quieren caminar por esta ruta. Obviamente, este servicio no es gratis. El precio ronda los 120 dólares (cerca de 850 bolivianos), e incluye carpa, comida, y demás elementos que se puedan precisar.
En este punto, es donde retorna Miguel. Se ríe mucho de la posibilidad de perderse, dice que el camino está marcado y que el guía es un negocio de las agencias de turismo. Comenta incluso que hay leña para cocinar, agua por todos lados y que se puede acampar en cualquier parte. “Hasta podés pescar truchas en el río”, agrega.
¿Confiar en un maleante para ir por un camino que casualmente se llama “el Choro” o pagar 120 dólares por un guía? Sin dudas, sale más barato que me robe Miguel a que me agarre una agencia de turismo.
Comienza el viaje
Desde Oruro viajo junto a dos chilenas. Se llaman Vivian y Catalina, y ambas se entusiasman con la posibilidad de caminar por donde pasaron los incas. Los 3 días de trekking no parecen generarles temor y preparan la mochila con lo indispensable (luego comprobaría que lo indispensable para ellas, sería casi el doble de lo que llevaría yo).
De La Paz nos tomamos un minibús hasta Villa Fátima por 1,50 bs. De allí, otro hasta La Cumbre por 7 bs. Llegamos cerca del mediodía porque las chicas querían dormir un poco más. Lo recomendable era levantarse temprano, pero ya no era tiempo de lamentarse.
En La Cumbre el clima es áspero. Un viento del este trae un frío húmedo que penetra el poco abrigo que llevamos y las nubes son extrañas, ya que están entre nosotros. Sin darnos cuenta, estamos a 4.600 mts de altura. Es nuestro primer desliz. En realidad imaginábamos un sol radiante y no un paisaje gris y desolado.
En una casilla, un guardaparque nos informa sobre el trayecto. Es difícil perderse si uno sigue el sendero (punto para Miguel), y hay mucha madera en el camino a medida que uno baja. Lo más peligroso es el río, ya que los animales en general no se acercan al sendero. Por las dudas, nos advierte de las serpientes y dice que en las poblaciones están comunicadas con radios. Ante cualquier inconveniente, se manda un alerta y la ayuda aparece.
No siendo demasiado los 4.600 metros de La Cumbre, el guardaparque nos explica que ahora debíamos subir a pie hasta los 4.860 por un sendero gris. Y que luego el camino se volvería más amigable, siendo la bajada la característica principal.
En síntesis, la subida nos robó cerca de 2 horas; el paisaje era cada vez más árido y luego de cruzar una montaña todo se veía blanco. Las nubes lo cubrían todo, y al borde del camino, sólo abismos.
En la bajada
De pronto el paisaje se abre, las nubes se disipan y por una grieta asoma una hilera de montañas y un valle de verde intenso. Muy pequeñas, se divisan unas ruinas y una cascada que las atraviesa.
Hasta allí caminando ya eran 5 horas. Podíamos acampar en ese lugar y esperar a que anochezca en 2 horas más. Sin embargo, continuamos. Y el camino pronto nos reveló un río que lo bordeaba y a ambos costados, montañas. En el medio de todo, nosotros.
Muy pronto, la humedad se convirtió en llovizna y empapados buscamos refugio en un caserío. Fue en vano. Las casas parecían abandonadas, sus puertas estaban cerradas y nuestras voces encontraban por respuesta un silencio seco. No había nadie allí. Sólo un espantapájaros arruinado y deshecho custodiando unas plantaciones de papas.
Caminando y caminando, con la noche sobre nuestras espaldas, nos cruzamos con un niño de 10 años que arriaba a sus llamas. Nos señaló una casa y hacia allí nos dirigimos. Un poblador aymará nos recibió sin sobresaltos. Nos contó que habíamos llegado en temporada de lluvia y que el tiempo iba a permanecer así hasta abril. Eso significaba 3 días de caminata bajo el agua. El lugar donde estábamos se llamaba Samaña Pampa y decidimos pasar nuestra primera noche allí, sobre los 3.900 metros.
Un detalle: todas nuestras cosas estaban mojadas. Encima se nos había ocurrido dormir los 3 en una carpa y dejar las cosas en la otra. Mala idea. Con la lluvia las mochilas se empaparon y al otro día nos encontramos con que la única ropa que teníamos seca era la que llevábamos puesta. Para mí no era problema ya que había llevado poca. Pero las chicas, bueno, ellas pensaban de otra manera y cargaron el bolso de remeras, pantalones, bombachas, buzos, etc.
Con una humedad que lo tapaba todo, Vivian y Cata desplegaron todo su arsenal de prendas esperando que se seque. Inútil. Sólo nos retrasó y volvimos al camino cerca de las 11 de la mañana.
La llovizna nunca paró. De hecho, a ratos se volvía más fuerte para luego volver a aminorar. Con el paso del tiempo, apareció algún arbusto y cerca de las 3 llegamos a un poblado conformado por algunas casas aisladas donde nos recibieron unos chicos. Nos cobraron 10 bolivianos por cocinar en su casa, ya que Vivian y Cata no querían gastar el gas de su garrafa (oí que en Chile este combustible es muy caro).
Otro poblador nos comentó que más adelante nos cobrarían 10 bolivianos por mantenimiento del camino y nos recomendó esquivarlo. Me llamó la atención que alguien de allí nos diera ese consejo, pero más tarde entendería. Sin embargo, las chilenas no quisieron saltearlo y pagamos el canon “manutención de caminos”. Vivian, por su generosidad, recibió de vuelto un billete falso que ya no podría cambiar.
Seguimos caminando, más mojados que nunca. Muy de a poco el paisaje fue mutando, la vegetación apareció, la lluvia, siguió, pero la vista se hizo más agradable. Las montañas eran imponentesy cada 200 metros veíamos una cascada o atravesábamos un puente o alguna comarca desierta.
A las 7 de la tarde llegamos a Challa Pampa (2.825 metros), donde pagamos 5 bs. por una habitación hecha de piedra y madera que nos protegió de la lluvia. Aquí, ocurrió nuevamente el proceso de vaciado de bolsos por parte de las chilenas. En vano les expliqué que con la humedad la ropa no iba a secarse y tendieron una soga para colgarla. La noche transcurrió tranquila y lluviosa.
Al otro día, me levanté a las 8 con la intención de llegar rápido al próximo destino, pero Vivian y Cata seguían durmiendo. En realidad, querían levantarse más tarde. Mientras de desperezaban, me puse a hablar con Marcela, una boliviana de 25 años, madre soltera de dos niños que vivían allí. Me contó que cosechaba coca en un pueblo cerca de Coroico,por 840 bs. por mes ($ 410). Trabajaba de lunes a domingo sin descanso y para ver a sus hijos debía hacer el mismo camino que habíamos hecho nosotros, para arriba y para abajo continuamente.
Me dijo que la mayor entrada económica para ellos eran los turistas particulares como nosotros, porque las agencias de turismo no les daban nada de dinero por acampar cerca de sus casas. Incluso, las agencias habían presionado para que los turistas no pudieran hacer el camino El Choro de forma autónoma.
También me contó que la recaudación por el impuesto que nos cobraron para manutención de caminos siempre desaparecía (la última vez se habían perdido cerca de 7.000 bs) y por eso me recomendó no pagar nada a esas personas.
De forma gradual, me dibujó una realidad dura para los que viven allí, debido al aislamiento, la hostilidad de las agencias, y en el caso de Marcela, se sumaba la caída del precio de la coca que había reducido su salario.
Cerca de las 11, las chilenas decidieron levantarse para comprobar que su ropa seguía mojada y entre que guardaron todo de nuevo, se hicieron las 12.
Tercer día de caminata
La vegetación era espesa, los caminos se hicieron angostos y la lluvia continuó incesante. Cerca de las 4, llegué solo a otro pueblo que estaba desierto. Me metí en una casucha para refugiarme del agua y esperar a las chicas que habían quedado atrás.
Llegaron luego de una hora. Vivian arrastraba una pierna por un dolor agudo en la rodilla. Llevaba mucho peso en la mochila (sobre todo mucha ropa mojada), así que intercambiamos equipaje y me ofrecí a llevar las dos carpas.
Se nos hacía de noche y debíamos hallar un lugar para acampar. Nos topamos con una casa de barro, frente a una plantación de maíz que ocupaba una parte de la ladera de la montaña. Estaba casi frente a un acantilado y se veía desde allí todo el paisaje de cerros teñidos de verde.
Adentro de la casa encontramos un poco de leña seca, unas papas y unas frazadas. Cerca de una hora tardamos en hacer fuego a causa de la humedad. Con eso, más unos choclos que sacamos de la plantación, cenamos como pudimos y pasamos la noche. Ah, olvidaba decir que otra vez las chicas colgaron toda la ropa esperando que se seque.
Al otro día volvimos a salir tarde. Entre que Vivi y Cata sacudieron y guardaron la ropa húmeda se hicieron las 11. Fue un día arduo, de mucha caminata. Pero después de 3 días de ver las nubes desde todos los ángulos –y hasta de caminar a través de ellas– apareció el sol.
Cerca de las 2 nos topamos con un poblador. Hacía 24 horas que no veíamos otro ser humano y nos causó sorpresa ver la soledad en la que vivía. Hablamos mucho, le entendimos poco. Pero ahora sabíamos que estábamos a 5 horas del anteúltimo punto del recorrido.
Más adelante, en el camino, nos encontramos con otro campesino. Ahora sí le entendimos bastante. Nos comentó que los animales atacan de noche (cerca de la 1 de la mañana) y que el más peligroso era el Onza (Yaguareté). Dijo que en el cerro de enfrente habían devorado a varias personas, las cuales se habían internado buscando un palo aromático por el cual se llega a pagar 7.000 bs. Nos explicó que el puma es muy pequeño para atacar y que el oso de montaña es un buen amigo. También nos advirtió de las serpientes que salen de noche.
Con esa información apuramos el paso (de hecho, las chicas parecían no sentir ya ningún dolor) y cerca de las 7 llegamos a un poblado llamado Los Japoneses. Pasamos la noche allí, cenamos con velas, y luego de un rato cayó con furia una tormenta que volvió a humedecer la ropa colgada de mis amigas chilenas.
Final
Al otro día comprobamos que otras personas que habían salido luego de nosotros ya nos habían alcanzado. Desarmamos las cosas y luego de una hora y media de caminar llegamos a Chairo, supuesto final del recorrido. Allí nos enteramos que el dueño de un minibús nos quería cobrar 150 bs. por persona para llevarnos a Coroico, precio que nos causó gracia. Sin embargo, la risa duró poco ya que tuvimos que volver a caminar cerca de 2 horas hasta encontrar un taxi que nos llevó por 10 bs.
Con la visita a esta ciudad terminó la síntesis de este viaje. Del paisaje no escribí mucho porque saqué muchas fotos. Por ahora, dejo algunas en el blog y más adelante colgaré el resto. El camino, a pesar de ser lluvioso y largo, valió la pena. Supongo que fuera de la temporada de lluvia, el paisaje se debe ver con toda claridad al igual que los animales que permanecieron ocultos.
Cuando uno sale de Sucre o Potosí y viaja por ruta a Santa Cruz, el paisaje cambia. El altiplano árido, vasto y a simple vista vacío de riquezas, se vuelve poco a poco un territorio de vegetación cálido y húmedo, rico en selvas y recursos.
Lo mismo podría decirse de la ciudad de Santa Cruz. Dividida en anillos, uno puede ver la cara andina de Bolivia, la de los puestos informales sobre la calle y los rostros de rasgos indígenas, en los anillos de afuera y ver cómo cambia la geografía urbana al adentrarse en ellos. Ya en el segundo anillo, los puestos callejeros desaparecen y dan paso a locales comercialesde grandes vidrieras y mercaderías más sofisticadas. Y en el corazón mismo de la ciudad, entidades financieras, shoppings y locales de venta de celulares.
La ciudad vista así es distinta a la del resto del altiplano. Y en base a la oposición Camba-Coya (los primeros asentados en la parte oriental de Bolivia; los segundos en la occidental), y a supuestas diferencias raciales, económicas y culturales, Santa Cruz se rige como centro opositor autonomista, con intenciones de separación territorial.
Sin embargo, dentro de la ciudad donde se concentran las riquezas y sus poseedores, la distancia entre oriente y occidente no es tan real. En los locales comerciales, tanto del primero como del segundo anillo, son los coyas en su mayoría los empleados. Los dueños, en general, son hijos de inmigrantes de rasgos europeos. De hecho, la mayoría de la población cruceña es de rasgos indígenas o mestizos, lo cual parece cuestionar la idea de una Santa Cruz blanca y racialmente distinta. Entonces, leyendo así las cosas, la principal brecha parece ser económica.
Sin embargo, muchos cruceños ponen el acento en las diferencias culturales. “Los cambas somos distintos a los coyas. Nosotros siempre vamos para adelante, nunca nos detenemos. Los coyas no tanto, ellos quieren las cosas fáciles”, dice Roberto, un boliviano rubio dueño de una zapatería. “Mirá, yo no sé mucho de política, pero te voy a explicar qué hay que hacer con ellos. Agarrás así (hace gesto de un arma larga, por como la toma parece ser una carabina), y pum!, pum!, pum!, uno a uno hasta que no quede ninguno”. Detrás del patrón, se encuentra la empleada (de marcada ascendencia indígena) con la mirada perdida en el suelo.
En un locutorio, los dueños parecen ausentarse. Me atiende Matilde, dice que es de Potosí y que ha trabajado por toda Bolivia. En líneas generales, dice estar de acuerdo con la nueva constitución aprobada hace unas semanas por un referéndum. “El problema es que ahora algo de las riquezas se están yendo para La Paz. No es una cuestión entre cambas y coyas. Si éstos que son racistas son los gringos que se vinieron a vivir acá. Pero ahorita mucho no te puedo contar porque los dueños me pueden oír desde arriba”.
La situación ahora se muestra más tranquila. Hasta hace unas semanas, grupos neonazis recorrían la ciudad golpeando coyas. Del otro lado, se organizaron agrupaciones guevaristas para contraatacar. El referéndum parece haber traído la paz a Santa Cruz y los conflictos se han aminorado en los últimos días. Por las calles los cruceños caminan tranquilos y despreocupados. Por debajo, las diferencias subyacen y las heridas están frescas.
Antecedentes
En 1952, el gobierno de Paz Estenssoro nacionalizó las minas, estableció el monopolio de exportación de estaño, impulsó una reforma agraria, el voto universal y una reforma educativa. La Falange, principal partido de oposición en ese entonces, impulsó en 1958 un movimiento regionalista radical en Santa Cruz, luego sofocado por el ejército y milicias campesinas. El elemento racial de esta reacción estaba fuertemente arraigado. Por ejemplo, había segregación racial en autobuses y cines, donde los indígenas tenían prohibido entrar.
————————————————————————-
Fotos del viaje: CLICK AQUÍ, (y pulsar siguiente, arriba a la derecha)
Vagando de noche por las calles de Potosí me encontré con Juan. Argentino, convertido en artesano por necesidad, salió hace 9 meses desde Ushuaia y no quiere parar hasta llegar a Venezuela. Hablamos. Me cuenta algunos detalles de su viaje, y de pronto una chispazo aparece en su rostro. “Hablá con él (señala a otro artesano que está a 3 metros), él sí que tiene una buena historia. Te vas a sorprender”.
En un áspero español afrancesado, Antonhy me cuenta desde el principio. Vivía en un pequeño poblado cerca de Lyon, Francia. Trabajaba como campesino, a veces con alguna changa, y así se mantenía. Un día, se levantó con energía de la cama y se decidió por viajar por Sudamérica. Hace un año y medio que ronda por las rutas.
Hasta ahí todo normal (si consideramos normal estar un año y medio vendiendo artesanías a miles de kilómetros de casa). Sin embargo, de pronto la cosa cambia. Me cuenta que estando en Londrina, Brasil (estado de Paraná), conoció a otros viajeros y en un acto de democracia griega se decidieron por caminar “hasta donde les dé”.
El grupo quedó conformado por Antonhy, Titi, Coco, Jey, Guen y una perra, llamada Kéti (Kitty). De ese modo, un paso le siguió a otro y se marcharon de Londrina sin que ninguno supiera hasta donde llegaría la caminata.
De 15 a25 kilómetros hicieron por día y luego de 9 meses, aunque cueste creerlo, llegaron a Salta. Fueron cerca de 3.000 Km. a pie. ¿Parece increíble? Dicen que sólo tomaron un auto cuando Kéti enfermó, y luego de su recuperación siguieron ejercitando las piernas y caminando, caminando y caminando.
Por Chaco, decidieron que estaban cansados, que la mochila era un obstáculo y que la habían arrastrado demasiado tiempo. Por eso, compraron una mula. Sí, a este animal al que adquirieron por $800 y que bautizaron Sorro, le tocó la tarea de transportar la carga por el resto del camino. Por eso le tomaron un gran cariño.
También cuenta que por El Dorado, provincia de Misiones, se les ocurrió la idea de construir una balsa y viajar por el río Paraná. Tomaron unas maderas que encontraron sin saber que tenían dueño, y cuando éste pudo observar el extraño delito al que se sometían sus pertenencias, decidió sacar su rifle y disparar a los desconocidos para disiparlos.
Sin embargo, no todas fueron malas. Cuenta Antonhy que por las provincias, en los pueblos donde no llega nada por fuera de la época de elecciones, encontraron una gran hospitalidad acompañada de una gran pobreza. Igualmente, con muchas personas intercambiaron artesanías por comida. Así, caminando y vendiendo lo que podían, pudieron llegar hasta Salta, donde la mula Sorro fue nuevamente vendida. De allí comenzó su viaje hacia Bolivia.
Suponiendo que muchos no creerían esta historia, les pedí alguna foto u otra información adicional a estos viajeros. Pueden comprobar esta historia en http://aventureamerique.blogspot.com/ , el detalle es que está en francés. Si sólo quieren ver una foto, hagan clic aquí.
En el Potosí no sale el Sol
Durante la noche cayó granizo y la ciudad de Potosí amaneció fría y nublada. Por el clima, los turistas se desvanecieron y el cerro se mostró mas sincero que nunca. Éramos sólo dos personas queriéndonos adentrar en sus minas.
La historia del Potosí es conocida. La leyenda dice que Diego Huallpa subió sus laderas buscando una llama perdida y al hacer una fogata derritió la plata que brilló con luz de luna. Dos años contuvo Diego el secreto, hasta que los españoles se enteraron y montaron toda una maquinaria de enriquecimiento y muerte. Es famoso el cálculo que explica que se puede construir un puente desde Bolivia a España con la plata extraída, y otro, al lado seguramente, hecho completamente de huesos humanos. Los 6.000.000 de muertos desde la coloniaexplican esas sumas.
Decía que el día era gris. Miguel, quien alterna turismo y minería, fue nuestro guía durante esa mañana. A través de una de las miles de bocas que tiene el cerro Potosí, nos explicó cuestiones técnicas sobre la montaña (como que el agua siempre sale y el aire siempre entra, dato útil para quien se pierde en los túneles), sobre las creencias de los mineros y sobre las numerosas historias de los turistas que murieron durante el año pasado en estas minas. Luego de 15 minutos el recorrido terminó y Miguel con un cordial saludo se marchó.
Sentíamos que faltaba algo, que este cerro escondía otra realidad aparte de las vetas de mineral y que no podíamos marcharnos sin saber un poco más del lado oscuro del Potosí. Por eso, antes de que Miguel se aleje demasiado lo llamamos y le preguntamos sobre la vida en esta zona.
Al parecer, algo le tocamos a este minero de ojos penetrantes y gran fortaleza física. Durante media hora estuvimos hablando y escuchando sobre todo. Allí, pudimos ver a uno de los trabajadores que se suponen más fuertes y rudos de todas las actividades industriales, con lágrimas en los ojos. Nos contó que su abuelo murió a los 48, su padre a los 52, y él, que tenía 35 años, ya tenía 15% del pulmón tomado por Silicosis (“la enfermedad de las minas”). Dijo que el promedio de vida es muy bajo, que casi nadie llega a los 65 años, y que todos trabajan en las minas desde niños (José Luis, un niño de 12 años, nos contó luego que perdió a 8 de sus amigos). Sólo los pocos encuentran una “buena veta”, logran salir de la mina, mudarse a Sucre y comprarse un auto de US$ 40.000. Para el resto, la gran mayoría, sólo queda el consuelo de ganar unos pesos con la incertidumbre de morirse por un derrumbe o asfixiados por el gas.
¿Cuánto vale la vida de un minero? Según la póliza de seguro, US$ 3.000. La de un turista, en cambio, está valuada en US$ 300.000.
¿Cuánto mineral debe sacar un minero para sobrevivir? Cerca de 10 toneladas en 20 días, todo a través de su propia fuerza. El dinero recibido depende de la calidad extraída.
¿Cuán rentable es vender la plata hoy? Muy poco, la crisis ha disminuido el valor de este metal en cerca de un 400%. Aun así, cientos de mineros trabajan durante todo el año con el fin de mantener sus familias. Así de gris es esta historia.
Enero de 2006. Los últimos 3 días no habíamos visto más que algunas ciudades, entre medio de una gran llanura que se perdía en el horizonte. Nada rompía el paisaje y parecía que este seguiría así por kilómetros y kilómetros.
Luego de una noche en Río Gallegos partimos hacia la frontera con Chile, con la única idea de llegar a la isla. Atrás habían quedado puestos de policía caminera, estaciones de servicio e incluso una plaza que la gente de Viedma utilizaba para pasear en las mañanas, todos lugares que a nosotros nos habían servido de camping transitorio para armar la carpa.
Entonces, nos tocaba ahora la parte decisiva del viaje: llegar al estrecho de Magallanes que era para nosotros como superar una prueba. Nos levantó en la frontera un camionero mendocino que le decíamos Jesús, porque era flaco, joven, de pelo largo, y los más importante, por la imagen con la cara de Cristo de 2 x 3 metros que tenía detrás de los asientos.
Lo cierto es que Jesús viajaba por primera vez a la isla y no tenía ni la visión ni la orientación que al parecer sí tenía el de Nazaret. Fue así que ante el desvío que nos llevaba al estrecho, Jesús dudó y el camión siguió por la ruta hasta Punta Arenas.
Juan José Santana Mieres, mi compañero de viaje, me miró con preocupación y enseguida saqué el mapa para marcar el error, ya que el sur de Chile no estaba en nuestros planes. Entre ambos intentamos convencerlo y muy de a poco entendió. Finalmente, giró el camión hacia el correcto destino. Habíamos perdido mucho tiempo y llegamos con lo justo a la última barcaza del día, siendo, a su vez, los últimos en poder subir.
A los 10 minutos, cruzábamos el Estrecho de Magallanes. En el camino habíamos conocido Bahía Blanca, Viedma, Las Grutas, Puerto Madryn, Pirámides, Trelew, Caleta Olivia y Río Gallegos, con un gasto total de $90 cada uno. Muy poco gastado y mucho recorrido.
–Argentina nos queda chica –tiró Juanjo medio en broma, medio en serio. Y tenía tanta razón que allí sobre la barcaza, camino a Tierra del Fuego, pensamos en Sudamérica y prometimos que sería nuestro próximo viaje.
Claro que al igual que los caminos, las promesas también se bifurcan, y mi compañero se apuró a hacer la mitad del viaje el año pasado. Ahora está en España, y yo en Villazón, a punto de conocer el resto de Bolivia.
Cabos sueltos
Argentino por la fuerza. En el viaje en micro hasta la Quiaca, cené con Agustín, un boliviano de nacimiento a quien los militares obligaron a nacionalizarse argentino en el año 78. Llegó justo a festejar el mundial…
Cuenta que a los 28 años lo echaron del trabajo y recibió una considerable indemnización. Para el dinero tenía dos planes, comprarse un auto o viajar y conocer su país de origen. ¿Adivinen cuál eligió?
Bromista. Conversaba con mi compañero de asiento en el viaje, un boliviano de Potosí que trabaja en Buenos Aires. Me cuenta que habla guaraní, quechua, aymará y español. Pero no sabía escribir ninguno. Como tenía celular me surgió la duda.
–¿Cómo hacés para mandar mensajes de texto? –le dije.
–Así, así, y luego así –a lo que escribe en un fluido español “Hola ¿cómo andás?”. Lo miro extrañado, me sonríe, y enseguida comenzamos a reírnos.
Acompañado. Ni bien bajo del micro me pongo a hablar con una chica. Era porteña y había viajado con cuatro amigas a conocer Bolivia. Pasamos la tarde, cruzamos la frontera y me invitaron a comer un arroz en la vereda. Se fueron para Potosí y yo ando con ganas de ir para Uyuni. Quizás más arriba nos volvamos a cruzar.
Emiliano Conte
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
Tiene 25 años y es Licenciado en Comunicación Social. Comenzó su carrera periodística colaborando en Página12 para luego desempeñarse como editor del suplemento que Clarín sacaba en la ciudad de La Plata. También trabajó durante dos años como redactor del Grupo Convergencia. Actualmente espera la aprobación de su tesis para recibirse de Magíster en Humanidades y Ciencias Sociales.
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
Nacido en La Plata, hincha de Estudiantes, viajará por las rutas de Sudamérica durante los próximos meses con la intención de adentrarse y relatar las realidades propias de cada lugar.
contacto: conteemiliano@gmail.com
IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
Ultimos Comentarios