En el medio del conflicto, los awá forjan su propia lucha
En la ciudad de Pasto, un enorme coloso vigila el lugar y con su figura marca una amenaza siempre latente. Algún día podría hacer brotar la bronca de sus entrañas y hacer desaparecer a los intrépidos que deciden habitar su territorio. Los colombianos, habituados a su presencia, ya no le temen. Y si lo hacen, prefieren olvidarse de los peligros y seguir con su rutina. Algunos, incluso, construyen sus casas en lugares catalogados de alto riesgo por las autoridades, atraídos por la fertilidad de la tierra.
El volcán Galera es tan grande, que su silueta permanece en el horizonte cuando uno se aleja para adentrarse en la tupida selva de Nariño. Con las horas, sin embargo, el Galera desaparece y muy pronto la gente se olvida de él. Extrañamente, la zona sigue siendo considerada de alto riesgo. Pero aquí, el peligro es otro.
El ómnibus avanza por la carretera que va hasta el Océano Pacífico. A veces, el chofer detiene el carro, abre la ventana y entrega un dinero a una señora. Pocos lo advierten. Una vez abonado este informal peaje, el conductor pone primera y continúa su camino.
Algunas pintadas comienzan a aparecer: “Muerte a los sapos”; “Abajo Uribe”; “Viva las FARC”.
En el corazón del conflicto
El caserío donde toca bajar se llama El Diviso. El barro, las casas de madera, los niños descalzos correteando y los plátanos colgados reconstruyen el retrato típico de los pueblos de la selva. La zona, y no sólo El Diviso, se hunde en una profunda pobreza.
Un hombre aparece tambaleándose: los pasos pronostican una inminente caída. Otro, más ajeno a todo, se rindió al aguardiente y descansa con medio cuerpo en la ruta. Al costado del camino, un oleoducto transporta el crudo al puerto de Tumaco, donde será embarcado hacia el país del norte.

En El Diviso, la humedad reina sobre el sol. La lluvia está presente todos los días y si alguna estela de luz busca la tierra, enseguida varias nubes se encargan de taparla. Esto repercute de muchas maneras. La ropa no se seca, la comida se humedece en minutos y el lodo omnipresente obliga a ajustarse las botas desde que uno se levanta hasta que se acuesta.
No es casual que las leyendas sobre el origen de los awá hablen de los líquenes. Según este pueblo, el inicio de su civilización se produjo cuando uno de estos organismos formó con su humedad al ser primigenio, que luego extendió sus semillas por el resto del bosque.
Efectivamente, durante siglos el pueblo awá se diseminó por toda la selva de Nariño y la del Putumayo. Ésta última se encuentra ubicada al otro lado de la cordillera y forma parte del cuerpo viviente del Amazonas.
Hoy en día, 26.000 awás viven en estos territorios ubicados a ambos lados de la frontera de Colombia y Ecuador. A su vez, esta demarcación política produce un abismo que deja a los indígenas del lado colombiano con las mayores dificultades, producto del intento por construir una vida en un campo de batalla.
Cronología de la desgracia
Cuando en el 2001 el Gobierno fumiga la coca en la selva de Putumayo, los narcotraficantes y sus plantaciones se desplazan a Nariño, llevando consigo todos los problemas que aquejan a Colombia desde décadas y entregándolos en manos de los awá del oeste.
La violencia progresiva, primero se llevó a los campesinos –asesinados, torturados, secuestrados e introducidos en las filas de fuerzas irregulares–. Luego, las muertes aparecieron en las puertas de las comunidades indígenas, hasta derivar en la masacre de Tortugaña.
En ese lugar apartado –desde El Diviso, cinco horas en carro y luego dos días a pie–, las FARC capturaron a un grupo de indígenas que se dirigían temprano a trabajar. Acusados de ser “sapos”, o sea, informantes del ejército, fueron asesinados y enterrados sus cuerpos en la misma selva que los vio nacer. Dentro del grupo había dos embarazadas que también perdieron la vida junto con la de sus futuros hijos.
Con esas muertes, los awá contabilizaron 27 asesinatos que sufrió su comunidad entre el año 2008 y el 2009. En manos de las FARC fueron 20, por parte del ejército otros 6 y los paramilitares mataron a uno. Toda esa violencia produjo sólo en la zona de la masacre, el desplazamiento de 800 indígenas que debieron dejar atrás sus hogares y sus fuentes de alimento.
Entonces, Tortugaña marcó un antes y un después. Las FARC reconocieron las muertes y prometieron que un acontecimiento como ese jamás volvería a ocurrir. Los awá, por su parte, gritaron basta y pidieron a la comunidad internacional por la vida de su pueblo.
Bienvenidos a Locombia
Que la guerra que se vive en Colombia es absurda, ya casi nadie lo niega. Sin embargo, cuando uno se inmiscuye en el conflicto encuentra una confusión que confirma disueltos a los componentes históricos de la guerra.
En la selva de Nariño siempre tuvo presencia la guerrilla. Comúnmente, uno piensa en las FARC. Pero también está la entrañable transparencia del ELN. Transparencia, porque su estrategia los ha llevado más a replegarse a la selva y a evitar los enfrentamientos, quizás a la espera de las condiciones objetivas y subjetivas adecuadas. Ahora, los “elenos” se dedican más a sembrar minas que a disparar.
Pero sorprende también que cuando se dan los combates, muchas veces el bando contrario del ELN sean las mismas FARC. En la zona mantienen su distancia y cuando se encuentran, empieza de nuevo el despilfarro de vidas.
El conflicto es territorial pero también económico. La guerrilla cobra impuestos a todos los que realizan actividades lucrativas en la zona, legales como el transporte de pasajeros, e ilegales como el tráfico de cocaína.
Los paramilitares, a su vez, también cobran impuestos en la zona de su control. Obtienen lo que quieren a través de la intimidación y el asesinato. Si quieren una mujer, se la llevan, la violan y luego la entierran. Si quieren una casa la toman y matan a sus residentes. Los “paracos”, como se los suele llamar, aplican esa política con el apoyo tácito del Estado.
Por ejemplo, como tienen facilidad para pasar armas del ejército, en ocasiones hacen su “changa” y se las venden a las FARC. Claro que existen los combates entre estos enemigos irreconciliables. Pero también están los negocios.
A su vez, dentro de los paramilitares también hay conflictos. Por ejemplo, la existencia de una interna entre Rastrojos y Águilas Negras se ha cobrado la vida de varias personas de la misma organización. Al parecer, los últimos se impusieron y ahora adoptaron el slogan de “limpieza social”, lo que significa la muerte de prostitutas, homosexuales, y todo aquel que no se ajuste a la ideología de extrema derecha.
Los narcotraficantes, por su parte, matan a cualquiera que viva en su zona si alguien los delata a la policía. Indígenas y campesinos sufren por igual frente a estos empresarios que pagan impuestos a la guerrilla, a los paramilitares o al Estado, según donde esté localizado el laboratorio. Los pequeños cocaleros o los narcotraficantes que no pagan, sufren la erradicación de sus cultivos, la extorsión o la muerte.
Por otro lado, las multinacionales se interesan cada vez más por los recursos minerales y fósiles que ofrece la selva. Por eso el miedo de los awá, que temen una nueva oleada de violencia para sacarlos de su territorio. Como antecedente, se encuentra la llegada de una multinacional minera –de oro para ser más precisos-, que “aflojó” recursos a la guerrilla y ésta le permitió su presencia en la zona.
Por último, está la presión de EE.UU. para que el Gobierno colombiano obtenga resultados en su lucha contra la guerrilla –el llamado Plan Colombia-. Y como el ejército necesita dinero debe mostrar resultados concretos. La mejor idea que tuvieron fue disfrazar a campesinos e indígenas de guerrilleros, matarlos y fotografiarlos como si hubiesen caído en combate. Son los llamados falsos positivos, que suman más desconcierto a una guerra que nunca parece terminar.
Viaje al centro de la selva
En El Diviso se encuentra la sede administrativa de la UNIPA (Unidad Indígena del Pueblo Awá). Desde allí se organizan las brigadas médicas que van por la selva hasta las poblaciones alejadas. Como la zona expone a las personas a un alto riesgo, estas misiones son la única forma de llegar seguro a las poblaciones indígenas.
La comunidad elegida se llama Peñalisa y queda a 30 minutos por carretera más 4 horas de caminata. Los inconvenientes no se hacen esperar. De los 6 awá que se debían presentar para transportar la carga hasta la población, sólo aparecen 2. El resto se ha emborrachado, y entonces, Don Abraham y Don Luis deben soportar gran parte del peso por las próximas horas.
El recorrido desde el inicio es extenuante por el barro, la temperatura y la humedad. A los 15 minutos, aparece una trinchera que se asemeja a una fosa. Luego otra trinchera, y después, la selva se cierra más.
Por la zona no hay rastros de combates y lo único que se escuchan son los reptiles e insectos.
Tras cruzar algunos arroyos y ríos, y luego de caminar toda la mañana, la brigada llega a la comunidad. Hay poca gente, pero los awá prometen reunir más personas por la mañana para vacunarse y recibir vitaminas.
Algunos awá se acercan y me comentan sus problemas. Resulta que lo único que crece en la zona es la coca. Otros cultivos ya no brotan debido a las fumigaciones constantes del ejército por acabar con el narcotráfico. Con suerte, algo de yuca y plátanos. Además, nadie se quiere arriesgar a otra cosa, como el cacao. Temen que una nueva fumigación arruine toda la inversión que implica cambiar de cultivo. Por eso, las poblaciones son muy pobres y hay varios casos de desnutrición en niños.
Hace un tiempo la fumigación destruyó los pastos para el ganado y los awá no tuvieron más remedio que vender los animales. Así, cada avance del Estado es un retroceso de los indígenas. El agua de los ríos se contamina con los químicos usados para fumigar, lo que aleja cada vez más a los peces y a los animales para la caza. De ese modo, los relatos en la comunidad añaden más incertidumbre al futuro de los awá.
Con las horas, el sol se oculta y los relatos se apagan, hasta que la oscuridad se impone. Luego de una noche en Peñalisa, la brigada médica junta energía y regresa de nuevo a El Diviso. Atrás quedan los problemas que buscan solución y la gente que a pesar de sus dificultades, sigue con su lucha.
Luego de repasar todo lo que ocurre en Nariño, se puede pensar que los ánimos no son los mejores. Los awá, sin embargo, no cargan odio. Nunca se han vengado ni han reaccionado con violencia. Hoy, más que nunca, esperan que los problemas se resuelvan pacíficamente, en una tierra que no para de sangrar.
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Emi exelente los relatos , y vivencias
Mira la version oficial !
http://www.youtube.com/watch?v=DSfpjnXo3w8&feature=PlayList&p=1606B2AEF8E7CBDC&index=3
a quien le creo a vos o a la holandesa ?
nos vemos en como mucho 40 d
Abrazo
Grande