La odisea de llegar a Galápagos
“Tienen la mayor biodiversidad del planeta”, se escuchó responder a alguien. La Colo, quien había preguntado sobre las islas, mantenía aun la perplejidad en los ojos. En seguida, el resto de las personas se sumaron a la conversación acrecentando cada vez más la información.
En eso, apareció Luis, un ecuatoriano que trabaja en los barcos que exportan bananas a Argentina, preguntando quién quería ir a las islas. De pronto, todas las miradas me envolvieron y no tuve más remedio que hablar de mi proyecto.
-Tenés que ir a Caraguay -dijo Luis-. Ahí salen los barcos que van a Galápagos. Queda a media hora de la terminal de Guayaquil. Pero antes debés ir a la oficina del Ingala, porque sin esos papeles que te dan ahí no vas a poder entrar a las islas. Con eso y un poco de suerte en el puerto, quizás lo logres.
La expectativa de la primera chance
No lo pensé mucho. A los pocos días de esa charla ya estaba viajando para Guayaquil con la intención de embarcarme. Ni bien llegué, me dirigí al Ingala con el fin de conseguir los papeles, y me encontré con la noticia de que la oficina no abría hasta el otro día. También me informaron que definitivamente no otorgaban papeles para los que querían ir en barco.
Esa noche la pasé en la terminal un poco triste por la noticia, pero con la esperanza de insistir. Por la mañana, en la oficina me recibieron dos mujeres quienes sorpresivamente no pusieron ningún reparo en darme los papeles y desearme la mejor de la suerte. Ahora las islas estaban más cerca.
Con gran expectativa llegué al puerto de Caraguay, donde dos grandes embarcaciones permanecían amarradas, pareciera, esperándome.
Pregunté por el Capitán del primer buque y me pusieron en contacto con él. Era un hombre serio, canoso, de unos 60 años. Su nombre era Livingston Sánchez y me dijo que tenía que hablar con el dueño del barco para que me diera el permiso. Lo esperé y a las horas apareció. Esta persona, propietario de enormes haciendas bananeras, me dijo que podía viajar, sólo me exigió una firma más del Ingala como requisito. Con una alegría enorme, casi tan grande como la fortuna de este señor, corrí al organismo y conseguí lo pedido. Ahora sólo había que esperar dos noches para que el Monserratte -el barco que me llevaría-, zarpase.
Una ilusión como la de Odiseo y las sirenas
Esa noche dormí en un camarote del barco, que me habilitó un marinero del Monserratte. A la mañana me encontré al capitán, quien me aclaró que mi viaje no estaba asegurado, ya que debía conseguir una autorización de la Marina.
Sin perder tiempo hablé con los marinos que trabajaban en el puerto de Caraguay y me indicaron que debía ir al puerto marítimo donde había una capitanía. Atravesé toda la ciudad y una vez allí me aclararon que en ese lugar no se hacía ese trámite. Me mandaron a las oficinas ubicadas en el malecón, que quedaban en la otra punta de Guayaquil.
Allí me recibió otro marino que me explicó que ya no se daban más esas autorizaciones. Dijo que un barco cargero no podía llevar a ningún pasajero por cuestiones de seguridad y que si quería viajar debía ir en avión como cualquier turista. Insistir fue en vano. Así, con una gran desilusión volví al puerto de Caraguay.
Aquí, de nuevo volví a hablar con los marinos que custodiaban este muelle y les comenté lo que me había ocurrido. Me dijieron que como última posibilidad le pida al capitán del barco que me incorporé en el listado de zarpe como pasajero. De ese modo figuraría mi nombre en algún lado y no estaría ilegal.
Busqué al capitán y aún no había llegado. El que sí estaba era el hijo del dueño, un tal Octavio Santos que los marineros no recomendaban mucho para hablar. Me le acerqué y con un poco de desprecio sólo me respondió evasivas sin prestar demasiada atención. Sólo le restó chances a la posibilidad de que pudiera viajar en su barco.
Con esas nubes en el horizonte, ahora estaba todo en manos del capitán. Por eso, la posibilidad del Monserratte se alejaba cada vez más.
Ese día volví a dormir en el barco, pero con la convicción de que sería la última noche en esa embarcación. A la mañana alguien habló con el capitán y éste explicó que no me llevaba por problemas internos con la tripulación y también con la Marina. La frustación fue doble: no sólo se iba mi oportunidad de ir a las islas sino también mi alojamiento flotante. Sin rencores, me despedí del Monserratte, agradecido con la tripulación por el apoyo recibido.
Victoria y la segunda chance
Ese mismo día la suerte pareció resurgir. La gente del Sicgal, el organismo que controla el ingreso de alimentos a las islas, me dejó alojarme en sus oficinas hasta que consiguiera barco y se comprometieron a ayudarme. En el puerto, a su vez, arribó el Victoria, embarcación que zarpaba para Galápagos en una semana.
El Capitán de este barco, al igual que su predecesor, sugirió que hable con el dueño (el señor Don Huacho) para que me diera el permiso de viajar. El problema era que se encontraba en Galápagos. Como había tiempo, la gente del barco prometió hablar con él en la semana por teléfono.
Esa noche dormí en el Sicgal y al día siguiente (sábado), me comentaron sobre la posibilidad de un avión logístico que viajaba a las islas los lunes y que solían llevar gente por 50 dólares. Un ingeniero del organismo fue hasta el aeropuerto y le informaron que estos vuelos estaban suspendidos desde hacía meses. Ahora, sólo quedaba la posibilidad del barco. Y ésta pareció concretarse cuando el miércoles por la tarde Don Huacho dio el Ok. Sólo restaba comunicárselo al capitán.
Pero aquí ocurrió de nuevo lo mismo. Pretendía una autorización de la Marina y la chance volvió a alejarse. Sin nada que perder, volví a la capitanía de la armada acompañado por el ingeniero del Sicgal, para insistir por el permiso. Hablamos con un teniente nuevamente en vano. El rechazo fue seco y cortante ese viernes de junio. Así, la Marina se disponía a jugar el papel de Circe en esta Odisea.
La paciencia transforma la conducta
Luego de 11 días de dormir en el puerto y no tener ningún avance, practicamente me despedía de las islas. El sábado me levanté positivo y alegre, con un profundo agradecimiento por la gente de Guayaquil y del puerto, cuya ayuda fue inmensa. Mi intención era la de consultar un último barco para verficiar la negativa, y así, más tranquilo, partir hacia Quito.
La sorpresa fue enorme cuando me dieron el sí. Esta vez ya no me pedían papeles ni autorizaciones de la marina. Viajaría ilegal gracias a la palanca universal: el dinero. Ahora sólo debía presentarme media hora antes del zarpe para viajar como polizón a las islas.
Por la noche, en un movimiento rápido, ya me encontraba arriba del barco navegando por el río Guayas rumbo al océano. Al otro día desperté en mi camarote contemplando el Pacífico en toda su dimensión. Sus aguas cambiaban de color según el horario, pasando de un azul profundo a un turquesa violáceo.
Los peces voladores acompañaban el viaje, agitando sus alas como si fuesen golondrinas de cortas distancias. Los marineros contaban historias sobre náufragos, tiburones, ovnis que emergen con el alba y criaturas extrañas que surcan los mares.
Con el atarceder del tercer día, apareció cortando el horizonte la silueta de la isla San Cristóbal y con su figura acababa la travesía donde las Galápagos prometían ser el loto de esta odisea.

El hombre más bueno de Guayaquil

Su nombre es Armando Arzube y sin él nunca hubiese podido llegar a las islas. Él es ingeniero del Sicgal y su ayuda fue inmensa. Inluso me contactó con amigos en las islas que siguieron ayudándome, como Guido Macías, Tony Saba y Verónica Navia (ésta última no está en la foto), todos del Sicgal.
También fue valiosa la ayuda del administrador del Monserratte, casualmente llamado Julio López, y de los guardias de las oficinas (con quienes conviví una semana).
En fin, la ayuda recibida por todas las personas merecerá un capítulo aparte sobre el final de este viaje.
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ANIMALLL!!!! HACE BANDA QUE NO ESCRIBIA NADA, MUY BUENAS LAS FOTOS Y LAS REDACCIONES DE LAS VIVENCIAS.
SEGURO QUE ESTAS VIVIENDO COSAS INOLVIDABLES, TE MANDO UN ABRAZO GRANDE Y NOS ESTAREMOS VIENDO A LA VUELTA EN LAS CERCANIAS DEL TEMPLO, PERO NO VESTIDOS DE VERDE