Sobre mi viaje en tierras bolivianas
Dejar Villazón (la primera ciudad luego de la frontera) no fue fácil. Me levanté a las 9, tarde para el tren, temprano para el micro. Encima olvidé el mp3 en el ciber y tuve que esperar a ver si aparecía (cosa que nunca ocurrió). Ómnibus a Uyuni, mi destino, no salían hasta el otro día. Además, una lluvia me demoró en la puerta de un museo.
Así las cosas, estaba decidido a salir de Villazón. Y la opción que surgió fue la de ir a Tupiza, un poblado ubicado a unas 3 horas de ahí. El costo, de 20 bs ($10). Viajé apretado, acosado por las moscas, el olor a coca y la comida local: estaba feliz.
En Tupiza
El que fue a Bolivia, sabe que el costo de cualquier cosa se rige por el patrón precio-cara. Y esa tarde, las boleterías de este pequeño poblado establecieron mi rostro en 60 bs para ir hasta Uyuni. ¿El problema? Además de caro, los micros salían al otro día y eso implicaba más gastos de alojamiento y comida. Pero fue salir de Villazón para encontrar la suerte. A alguien se le escapó que la estación de tren estaba a 3 cuadras, y aunque este arribaba a las 17:20 y eran las 18:00, perdido por perdido salí con la confianza de aquel que no tiene nada que perder. Y con esa actitud me encontré con el atraso salvador del tren a Uyuni. El boleto: 40 bolivianos, 20 bs menos que el micro, más barato, más rápido, con baños y servicio de cocina. Lo único que no me gustó fueron los asientos que yo llamo “melancólicos”: a medida que uno avanza se ve el paisaje ir, dándole la espalda a lo que está adelante. El tren viajaba de noche, a buena velocidad por el medio de túneles y paisajes escabrosos, cuando de repente apareció una ciudad oscura construida sobre las montañas: Atocha. El lugar era impactante. Y el avance de la locomotora mostró con crudeza cuál fue durante años su principal actividad económica. Decía crudeza, porque de pronto apareció una tumba, luego otra, otra, y así hasta multiplicarse por miles, ubicadas por toda la altitud y longitud de la sierra. Hablo de una ciudad minera. El tren seguía, y lejos de desaparecer, las lápidas se extendían cada vez más por todas las laderas de las montañas hasta sus cimas. La luz de luna y un silencio profundo terminaban de darle al lugar un aura de espanto y soledad. Cerca de la medianoche apareció otra estación oscura y más desolada que la anterior. Era Uyuni. De pronto me vi bajando en una ciudad fantasma a la medianoche del altiplano. Descendí y fueron apareciendo otros mochileros que hablaban todos los idiomas menos español. En el ambiente, se respiraba una atmósfera de incertidumbre. Uyuni nos tiende una mano Enseguida, mientras muchos se disipaban, se me acercó una señora llamada Eugenia a ofrecerme un tour y alojamiento. No pareció asustarse al discutir los precios en ese horario. Y cuando ya estábamos alejándonos, emergió de la noche una muchacha que reconoció el castellano entre una oscura Babel boliviana. Era argentina, oriunda de Tigre y sólo transmitía destellos de preocupación en su rostro. Presionando entre los dos, pudimos conseguir que el precio bajara hasta llegar a $ 0. Así, la dueña de la agencia nos dejó dormir en la oficina de la empresa “El Relámpago” sin costo alguno. Además, pudimos conseguir la excursión al salar por un precio muy económico. Al otro día, muy temprano, salimos con mi nueva compañera (también llamada Eugenia) a recorrer el poblado. Muy pequeña la ciudad, muy árida, pero de una extraña belleza. El tiempo se nos agotó y cerca de las 10 salimos en camioneta para el salar (la única forma de circular por esa zona). El lugar, inmenso. El tono blanco se perdía en el horizonte. Es que los En el medio del camino paramos en un hotel de Sal, y nos llamó la atención un extraño episodio. En la entrada del establecimiento había un círculo con decenas de banderas de distintos países. En el medio, más alta, se encontraba la de Bolivia. Lo raro, era que debajo de esta bandera, estaba la de EE.UU., en un tamaño “extra grande” (la única que se veía desde lejos era esta bandera roja y blanca con estrellas). Habían sido unos yanquis que, tocados en el espíritu por la igualdad de su insignia frente a las otras naciones, habían decidido sacar una que traían consigo y colgarla en el lugar más alto de la plataforma. Cuando llegamos, una argentina irritada quitaba la bandera norteamericana con bronca y la dejaba en el hotel de Sal. Más adelante nos topamos con Continúa el viaje Dejamos Uyuni con un bronceado brusco y ardiente, y nos dirigimos a Potosí a visitar las minas. Allí también conocimos El próximo destino fue Sucre, una ciudad muy linda y tranquila, con muchas casas de estilo colonial y un color rojizo en la tierra que me hacía recordar a Misiones. De allí tomamos rumbo a Santa Cruz, lugar donde permanecimos una tarde sin hacer noche. Aquí Eugenia se descompuso, y tuve que alternar el rol de periodista y enfermero por unas horas. Lo cierto es que hacía semanas que Eugenia buscaba a sus amigas. Y el dato que le llegó era que estaban en Villa Tunari. Nada sabíamos de este lugar cercano a Cochabamba, pero de todos modos decidimos que podíamos pasar unos días allí. Llegamos en la madrugada, con lluvia y con pocas ganas de gastar en alojamiento por sólo unas horas. Así que decidimos dormir un poco frente a una plaza. Al otro día, las nubes comenzaron a disiparse y asomó un cerro cubierto de vegetación. “Mirá, Euge”, le digo, “me parece que esto es medio selvático”. Enseguida, veo algo verde sobre una palmera. Me acerco, y ésta estaba cubierta de cocos. También sentía un ardor en las piernas, y cuando me veo me habían picado los bichos durante la noche por dormir en el piso. Era la primera vez que veíamos selva en nuestro viaje por Bolivia. Un paraíso en el medio del recorrido La sorpresa hizo que Villa Tunari fuera para nosotros mucho más que un lugar maravilloso. En las casas sólo había cocoteros y la vegetación desbordaba todo el paisaje. Buscamos un camping y encontramos a José, alias Gusano, que por 5 bs ($2,50) nos dejó tirar las bolsas en su parque. Él era el encargado de turismo de la villa y hacía excursiones a la selva por 100 bs, con el objeto de ver animales y conocer la zona selvática.
Eugenia se quedó durmiendo, agotada por la descompostura, y yo me fui a un parque que estaba a 10 minutos de caminata. Allí pude ver a un oso sudamericano, que mantenían en cautiverio la gente de la reserva. También había monos de distintas especies que se comportaban como niños con los visitantes. Algunos se dormían en los brazos de las personas, otros los abrazaban y tomaban de la mano para caminar. Una experiencia increíble que no pude fotografiar porque cobraban 16 bs para entrar cada cámara. Averiguando un poco, me enteré que el lugar había sido durante los años 70 y 80 el principal productor de cocaína de Sudamérica (por no decir del mundo). Durante este período, abierto por el dictador Hugo Banzer, se inauguró en Bolivia la época del gran poder para los narcotraficantes. Ahora, la cosa ha cambiado bastante. Volviendo al relato, en Cochabamba y el Carnaval de Oruro Sin ganas de dejar Villa Tunari nos marchamos a Cochabamba, ya que Eugenia esperaba encontrar a sus amigas en esa ciudad (en la villa al final no estaban). Finalmente, las otras viajeras aparecieron y el grupo se hizo de 4. De ese modo, nos fuimos todos al Carnaval de Oruro sin intenciones de pagar alojamiento (se decía que los precios rondaban los 50 dólares por persona). Allí el clima era particular. Se respiraba olor a alcohol de diferentes grados, la gente arrojaba con violencia agua en los rostros de los transeúntes y las calles estaban atiborradas de personas. La ciudad estaba de fiesta y nadie quería quedarse afuera. Debido al caos que reinaba perdí a mis amigas. Solo, me ubiqué en una tribuna para ver las comparsas. Cobraban 100 bs por estar ahí, pero nadie me dijo nada sobre comprar algún ticket, así que me callé la boca y me dediqué a observar. Luego de 4 horas de estar sentado, me fui a dar una vuelta por Oruro y conocí a Vivian y Cata, las dos chilenas que me acompañarían más adelante a Coroico por el camino del Inca. Ellas, a su vez, me presentaron a un grupo de 10 chilenos que me dejaron dormir gratuitamente en una habitación rentada por ellos hacía unos días. A la noche fuimos de vuelta al Carnaval, festividad que durante 3 días no para (sólo un rato se descansa desde las Al otro día nos despedimos del Carnaval y partimos para En la cima de Bolivia De pronto, nos topamos con una banda de cumbia y con paceños bailando por doquier. Se ve que llamamos la atención, porque comenzaron a acercarse personas que nos regalaban cerveza y whisky con jugo de mango. Me presentaban sus mujeres y me pedían permiso para bailar con las mías (?), a lo que yo respondía afirmativamente mientras Cata y Vivian observaban con un poco de gracia. Una persona se me acerca y me pregunta de dónde soy. “¡Argentino!” dice, y me da un gran abrazo, “pensé que eras francés”. Enseguida me presenta a su señora. Otros se enteran y se ponen contentos de mi nacionalidad. Me hablan mal de chilenos, y Vivian y Cata que estaban atentas, se hacen pasar por compatriotas y reciben sendos abrazos. Me causó sorpresa cómo nos quieren y supuse que el alcohol tenía un poco que ver. Ya estábamos medios mareados cuando decidimos irnos. Al día siguiente iniciamos el largo Camino a Coroico. Y a la vuelta, luego de un merecido descanso y una buena ducha, me fui solo a Copacabana. En Copacabana no hay cajeros electrónicos, así que mi situación económica comenzó a deteriorarse en este punto de mi viaje. Junté los bolivianos que tenía y compré una gran bolsa de fideos, unas latas de tuco y pan. Luego me crucé de casualidad con Eugenia, mi antigua compañera que también iba para la isla con sus amigas. Recién al otro día fui al puerto, para encontrarme con mi destino. El barco salió temprano y ni bien llegó a la isla avisté una playa de arenas blancas donde se podía acampar sin ningún inconveniente. Sin demoras, y con ese paisaje de fondo, organicé mi hogar para los próximos días. Era el nuevo del vecindario. Enseguida me recibió un argentino, llamado Gastón, que estaba junto a dos tucumanos, Hernán y Diego. A la noche hacían un gran guiso de fideos (no comería otra cosa en los próximos días) y ya estaba invitado. La reunión se hizo en una caseta que alquilaban un cordobés y un neuquino, y la asistencia fue destacable. Una chilena muy linda, llamada Carolina, me contó que dos franceses habían alquilado un bote y que su intención era llegar remando a A las 9 de la mañana comenzó el itinerario desde la playa norte de Finalmente, fueron 5 horas más en el bote a fuerza de remo para llegar al destino. En Al otro día, hubo que seguir remando para volver a A la vuelta, nos encontramos con que este poblador, un poco dolido por la respuesta seguramente, había soltado un toro en el angosto camino. Eso nos demoró un poco, pero al final fue bastante sumiso el animal. Si ocurre que Nadie sabía de quién era el animal, así que tuve que ir a hablar con el secretario del pueblo (es como el intendente). Faustino, se llamaba, me explicó que tenía que ir temprano a su casa y había que hacer una rueda de reconocimiento de chanchos, para luego, recién, poder hallar al dueño y que me pague por las cosas. Desistí porque prefería dormir que levantarme temprano. Al otro día, siento un ruido extraño en mi carpa. Me despierto, abro los ojos y veo un óvalo húmedo sobre la pared de tela. Era el chancho que había venido por su desayuno. Ahora sí estaba enojado, pero no tenía ganas de levantarme así que sólo lo insulté. Ya no volvió más (durante los días siguientes lo vería caminar impunemente por la playa sin saber quién era su dueño). Ya habían pasado varios días en la playa, y de un día para otro me encontré yo solo en el lugar. Todos se habían ido y yo acampaba en una profunda soledad. Cerca del mediodía pasaron unas chicas, eran mendocinas e iban para Puno (Perú). Hablamos un rato y me dejaron a un perro que las había acompañado desde la parte sur de A mi nuevo amigo le puse de nombre “Rubencito” y le di algunos fideos que me sobraron. Mi plan era cargarlo a Cusco y si se portaba bien llevarlo a recorrer Sudamérica. Ni bien terminó de comer, se fue corriendo atrás de unos estadounidenses que volvían a la parte sur de la isla. Definitivamente, con los animales no me llevaba bien en Bolivia. Luego de 9 días en Lo último que conocí de Bolivia fue un policía de frontera que me cobró una “colaboración” de 10 bs, por no tener certificado de fiebre amarilla. De ese modo, me despedí de este hermoso país.
Bolivia escribe su propia historia Una cuestión que me causó asombró fue el fuerte impulso que se le está dando a la educación. Prácticamente todos los chicos con los que hablé iban al colegio y no habían repetido ningún año. El Gobierno estableció una subvención de 200 bs por niño que ayuda a las madres en su educación. Hasta hace unos años, Bolivia era uno de los países con mayor analfabetismo de Sudamérica.
Para terminar con este país, quiero dejar el testimonio de un niño que me crucé en Villazón. Le pregunté si iba a la escuela y si sabía escribir. Me responde que sí. Le digo que me escriba algo, lo que quiera. A lo que toma mi cuaderno y escribe lo siguiente:
Algunas líneas sobre el Che A pedido del lector Horacio Ronconi, me puse a indagar acerca de qué opinión tienen los bolivianos sobre el “Che” Guevara. En general, las personas no tenían una postura definida y muchos no sabían qué responder. En realidad, parece que tienen un vacío frente a este tema. En las ciudades quizás uno puede hallar opiniones más consolidadas, pero es difícil. Lo que es seguro, es que encontrar a alguien que tenga una valoración negativa sobre el Che es casi un hallazgo. Hablando sobre el tema, una persona me pregunta si fui a -No, ¿para qué? -digo. -Bueno, ahí es donde él murió. ¿No tenías ganas de ver dónde fue? -¿Y no es preferible ver dónde vivió?




















Me gustó la temática que abordás.. te agregué para leerte con mas tiempo.
Un Beso !