Final de finales: Sobre mi viaje por Venezuela

Esta vez entre más precavido. Mi breve paso por Táchira, en la frontera con Cúcuta (Colombia), me había mostrado que los precios de alojamiento en Venezuela eran bastante más elevados que los de otros países. Así, como los recursos escaseaban, tuve que recurrir a una estrategia novedosa para seguir viajando.

Por las rutas, alguien me comentó de una página web llamada Couchsurfing (http://www.couchsurfing.org/?user_language=es), donde las personas ofrecen su casa para recibir viajeros sin pedir nada a cambio. Así que me registré, me puse en contacto con gente de Maracaibo y enseguida me ofrecieron alojamiento.

Nuevamente, las personas me trataron como si me encontrara en mi propia casa. En este caso, fue Joe junto a su familia quien me recibió. Así, en Maracaibo permanecí unos 4 días conociendo y caminando un poco la ciudad.

Finalmente me marché dejando buenos amigos, entre los que destaco a Daniela, Yolimar y Rigel.

Valencia y Puerto Cabello

Más al oeste se encuentra la ciudad de Valencia. Allí, la temperatura es elevada y el sol cobra fuerza. Pero a una hora hacia el norte de esta ciudad, se encuentra el caribe con sus playas, palmeras, sus pequeños barcos y sus islas. Y por sobre todo sus aguas turquesas. El nombre de este lugar es Puerto Cabello.

Allí los valencianos disfrutan del sol y del tranquilo lugar. No hay mucha gente, por lo menos los días de semana. Por el lugar también hay una gran base naval y un astillero. Además, la zona está rodeada de cerros cubiertos de vegetación, de modo que el verde da un poco de aire para imaginar que la selva no es tan lejana.

De hecho, algunos lugareños me indicaron que detrás de toda esa vegetación se podían encontrar animales como serpientes, aves, grande roedores y hasta tigres (jaguares). Sin embargo, esta vez no hubo oportunidad para adentrarse y hacer la comprobación visual. Solo me conformé con lo que apareció por su propia iniciativa.

Además, en el mar el tiempo pareciera correr más rápido y los días en Puerto Cabello corrieron a gran velocidad. De ese modo, me marché con mis cosas hacia otro lugar.

Caracas

La cadena que se inició en Colombia y que me presentó personas y más personas por medio de esas primeras, también prosiguió en Venezuela. Así, a Caracas llegué con datos de otra gente que nuevamente, me volvió a abrir las puertas en este país.

En esta ciudad recibí toda la ayuda que un viajero podría pedir. Por ejemplo, la ropa dañada que tenía (para no decir destruida), pude cambiarla por otra que me regalaron. La ayuda no se limitó a eso. Pero enumerar todas las cosas que recibí me llevaría mucho tiempo. Como siempre, el mejor recuerdo que uno se lleva es el de la gente, y Venezuela no fue la excepción a esta regla.

Caracas cuenta con unos lugares pintorescos dentro de la ciudad. Como por ejemplo el parque del este o el botánico. Tuve la suerte de conocerlos y sacar algunas fotos. En cuanto al clima de la ciudad, se puede decir que es bastante agradable, sobre todo en las zonas más elevadas.

Caracas también cuenta con un tráfico muy alto y un déficit habitacional que genera una invasión constante de los terrenos baldíos por parte de los ciudadanos. La gente se las rebusca y muchas veces construyen sus casas demasiado cerca de la calle, cosa que en líneas generales, no parece preocuparle a nadie.

Las migraciones constantes desde el interior del país, pero por sobre todo desde otros países, han intensificado esta demanda de residencias.

Por las calles del centro, también está el monumento construido por el Gobierno en recordatorio  a las personas que murieron por el golpe de Estado en el 2002. Ese lugar se hizo conocido gracias a las imágenes que filmaron del tiroteo desde un edificio.

La Guaira

Relativamente cerca, aunque todo depende del tráfico, se encuentra La Guaira. Ésta es la costa más próxima y me tocó ir a conocerla una tarde de las tantas que pasé en Caracas.

En sí, aunque cause sorpresa, las diferencias con las playas de Argentina no son muchas. La temperatura del agua es similar a la costa bonaerense al igual que el color de la arena. El tono del agua tampoco varía mucho.

Los llanos

Mis amigos de Caracas me invitaron a pasar año nuevo en una finca ecológica cerca de las montañas de Mérida. Gracias a ellos, pude conocer este hermoso lugar de la zona oeste de Venezuela.

El terreno en un comienzo es llano como las pampas argentinas, pero a medida que uno avanza la geografía se vuelve más irregular hasta que el paisaje hace aparecer cerros y montañas.

En el camino, muchas fincas, parcelas y algunos cultivos. La vida rural es la pauta característica con ganado, gallinas y burros, y algún que otro caballo que trae recuerdos del sur del continente. Otros animales también destacan por su particular belleza.

Luego de un viaje de horas, el camino se corta y los pies se convierten en el único medio de llegar a la finca. Nuevamente, el caminar se impone en otro destino de mi viaje y se convierte en la única opción para llegar al destino pautado. Pero como dice la canción, el andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior.

Así fue que el lugar hizo a todos olvidarnos del esfuerzo. Las montañas, los bosques, las quebradas de aguas claras y el aislamiento hicieron que el año nuevo sea algo completamente distinto a lo acostumbrado. Fueron cerca de 10 días en las montañas, bañándose en ríos,  respirando el clima seco de la montaña y aprendiendo también a trabajar la tierra.

En fin, ese fue mi último destino en la república bolivariana. El mejor recuerdo para terminar con este país.

Fin de fines

Brasil quedará para el futuro. Se acabó mi viaje por las rutas de Sudamérica. En éstas encontré de todo, viajeros y sedentarios, ricos y pobres, personas llenas de vida y otras que solo tenían miedo.

Pero de todo es más amplio: taoístas, indígenas, religiosos, narcotraficantes, militares, ladrones, guerrilleros, chamanes,  personas de humilde corazón y otras con gran soberbia; marineros, capitanes, campesinos, banqueros, periodistas, curanderos, dueños de grandes empresas y dueños de humildes moradas. Todo fue parte de este viaje. Pero lo más importante, personas que sin conocerme me abrieron las puertas de su casa y me ayudaron con lo que podían.

Al tener que llevar lo indispensable en la mochila, uno se acostumbra a no acumular cosas materiales. Esto no significa un reclamo para nadie. Pero si hay tantas personas que me encontré en el camino queriendo hacer cosas distintas a las que hace, en las cuales viajar es solo una de ellas, y muchas veces no puede realizarlas por que están atados a cosas materiales tal vez si lo sea. No un reclamo de mí hacia otro, sino un reclamo que se tiene que hacer uno mismo.

En Sudamérica los lugares para visitar son hermosos, eso lo puedo certificar después de estar cerca de un año caminando por las rutas de Sudamérica. Pero es también importante considerar, que la gente también es el paisaje.

Cierre

Primeros pasos en la República Bolivariana

En la frontera de Colombia y Venezuela circulan constantemente unos autos antiguos, grandes y espaciosos que van de un país a otro. A veces se juntan y forman caravanas extensas; a veces marchan solitarios y sin ningún pasajero.

Uno de tantos me ofrece llevarme hasta Maracaibo por un precio bastante más reducido que el de un bus tradicional, así que sin más ganas de demorarme, me marché.

Ya en viaje, el conductor me cuenta que su trabajo consiste en cargar el tanque de combustible en Venezuela, pasar la frontera y vender la gasolina en Colombia a un precio lo suficientemente elevado como para vivir de eso. De regreso, suben algún pasajero y hacen un dinero extra.

El combustible no es llevado en bidones porque las coimas que exige la policía hacen que no sea lucrativo el negocio. Por la ruta, de hecho, hay un control de policía cada 200 metros a lo largo de los primeros kilómetros.

Lo del tráfico de gasolina es lógico, si entendemos que Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo. Pero la situación se torna llamativa cuando se observa que además de combustible, otros conductores trafican con mercaderías como arroz, granos, leche y azúcar. Entonces ¿de dónde se sacan estos productos lo suficientemente baratos como para ser vendidos en Colombia y hacer una diferencia?

Mercal, Consejo Comunal y toma de terrenos

En Venezuela desde hace años existe el Mercal, un mercado donde se pueden comprar productos de la canasta básica a precios mucho más reducidos que en un negocio privado. Los “mercoChavéz” –como les llamo yo-, permitieron que muchísimas personas se beneficien adquiriendo los alimentos a valores que en los negocios tradicionales a veces se triplican.

Como estos mercados no dan abasto, el Gobierno también creó otra cadena, Pdval, que vende otros productos mas sofisticados a precios un poco más elevados que Mercal, pero con todo más reducidos que en los otros lugares.

A su vez, el Consejo Comunal muchas veces regula la contratación de la mano de obra del Mercal para que favorezca al barrio donde se va a instalar, y hasta solicita al Gobierno la instalación de otros nuevos.

El Consejo está compuesto por un directorio elegido por los mismos vecinos de los barrios en asambleas. Estas instituciones son las que manejan los recursos del Estado para la reparación de edificios, calles, construcción de bibliotecas, áreas verdes y hasta hospitales donde hacen falta.

Los Consejos, entonces, establecen una relación directa entre el Estado y los barrios, sin pasar por tantas manos y mediadores (como alcaldías, gobernaciones, etc.) que hacen que los proyectos se retrasen, aumentes sus costos y muchas veces nunca se concreten.

Hasta las zonas más opulentas tienen en sus barrios sus Consejos Comunales, que solicitan dinero al Estado para realizar sus obras.

Los Consejos también ordenan la toma de terrenos por parte de los vecinos (ver foto debajo), para que las familias puedan construir su hogar en una Caracas cada vez más extendida y hacinada.

La ocupación de espacios se ha permitido desde el Gobierno, dado el enorme déficit habitacional. Eso hace que cada pedacito de tierra libre se dispute entre los vecinos y genere a veces la irrupción de la policía.

Venezuela está siendo invadida

En Caracas conocí a un policía que participó en un operativo en el 2004. En esa operación, fueron capturados 130 paramilitares colombianos vestidos con uniformes militares venezolanos, que pretendían tomar por asalto un destacamento de las fuerzas para simular una insurrección y así levantar al resto del país.

En los alrededores del edificio habían sido colocadas cámaras de televisión de antemano, para transmitir rápidamente la noticia a toda Venezuela. Las cámaras eran de un canal que hoy transmite su programación sin censuras en el aire venezolano. El canal era Globovisión.

Hoy en día, aparecen constantemente noticias de paramilitares capturados en zonas cercanas a la frontera. Al parecer, lo que buscan los irregulares es el control de la cuenca del lago de Maracaibo, donde se encuentran inmensas riquezas.

Claro que la logística hasta ahora no ha sido muy buena y todas sus operaciones han fracasado. Por eso, las bases norteamericanas vendrían a solucionar dichos problemas.

Si bien todas las invasiones se han originado desde la frontera con Colombia, se sospecha que ahora podrían proceder desde el lado de la Guayana. Claro que esta invasión aun no ha empezado.

El Vergatario

Video

Venezuela tiene su propia empresa de telefonía celular. Pero también tiene su propio aparato móvil, producido en el país y comercializado bajo una estrategia de marketing un poco extraña.

Noticias de Colombia

MATRIA

¿Por qué vuelve Colombia a mi blog? Resulta que en mi pasó por “el país de los abrazos”, encontré a unas personas que me ayudaron muchísimo. Ellos estaban en un proceso para recolectar un millón de firmas en menos de 15 días. Impulsaban un movimiento llamado “La voz de la consciencia”, que buscaba colocar en la presidencia un candidato hasta ese momento desconocido.

Me parecía un milagro que pudiesen llegar a ese fin en tan poco tiempo y con pocos recursos. Pero lo lograron, y ahora están en carrera para cambiar Colombia.

República de los abrazos: sobre mi viaje por Colombia

A la frontera de Ecuador-Colombia no llegué solo. Desde Quito me acompañaba un irlandés que no hablaba una palabra de español y que sólo transmitía con gestos inseguridad.

Ya en Tulcán (última ciudad fronteriza ecuatoriana), compartimos un taxi con una pareja de colombianos que iban para Pasto. Cuando ya estábamos listos para que cada subgrupo tome caminos distintos, surgió un brote de preocupación en las dos personas de Colombia. Resulta que Boris era artista y había olvidado su catálogo de trabajos en el bus que lo traía de Quito. Janeth, su novia, lo iba a esperar hasta que lo recuperara, y por eso se iba a quedar sola en la fría ciudad de Ipiales.

En ese momento llegó un australiano que también viajaba con nosotros desde Ecuador pero que lo habíamos perdido camino a la terminal. Le dije al irlandés que si quería podía seguir viaje con él, porque que me iba a quedar a acompañar a Janeth. Aceptó sin vacilar y siguió con su rumbo. Por mi parte, esa decisión que tomé afectaría sin saberlo el futuro de mi viaje por Colombia.

Por el sur

Fue a las dos horas que retornó Boris. Había recuperado sus cosas y rápidamente nos encaminamos a Pasto. Luego de un par de horas en el bus, llegamos a la tierra pastusa, y cuando me disponía a buscar alojamiento Boris y Janeth me ofrecieron dormir en su casa. A pesar de que recién me conocían, me dieron una cama y hasta me dejaron utilizar Internet para colgar mis fotos. Así me trataron los primeros colombianos que conocí.

Al otro día, Boris me llevó a su casa que quedaba por el centro y me invitó a instalarme. Me contó que hacía 17 años había trabajado en una comunidad indígena llamada los awá, la cual hoy en día sufría bastantes problemas de violencia. Me interesó el tema y gracias a él me puse en contacto con ellos.

Luego de evaluar varios días y escuchar a cientos de personas decirme que ni se me ocurra ir para esa zona, tomé un bus y me adentré en la selva de Nariño para conocer a los nativos.

Una vez que llegué al pueblito llamado El Diviso, los indígenas me ofrecieron algo para comer y me dijeron que me iban a buscar un lugar para que durmiera. Sin darles tiempo, la psicóloga y la nutricionista que trabajaban para la comunidad me ofrecieron un espacio en donde ellas vivían. Así que me acomodé como pude y me metí de lleno en la realidad de este pueblo.

Enseguida pude darme cuenta que su situación no era la mejor, por ejemplo en comparación a los machiguengas de Perú. Pero de ellos recibía el mejor trato, igual que de mis amigas profesionales que trabajaban con los nativos. Por ejemplo, Irene -la psicóloga- no me dejaba ir a comer algo sin que me invitara. Y cuando me tocó ir con la brigada médica a la selva, me regaló una bolsa llena de comida para que no pase hambre. La gente en Colombia es así.

Luego de 10 días de aprender de este pueblo nativo, me despedí de la selva y regresé a la ciudad. En el camino quedó como anécdota un enfrentamiento donde el ejército disparaba sin encontrar respuesta al fuego, y la gente asustada, pedía al chofer en vano que regrese a donde había partido. El bus se demoró allí varios minutos hasta que el ejército dio el visto bueno para que avance.

A mi regreso conocí realmente la ciudad de Pasto. Además de una gran belleza arquitectónica, esta ciudad cuenta con una historia muy particular. De hecho, se la recuerda como la región que rechazó a Bolívar y escogió defender la corona. Por eso y otras razones, los pastusos dicen ser algo así como el chivo expiatorio de Colombia y el centro de todos los chistes sobre los brutos. El pastuso, en este sentido, sería el equivalente al estereotipo del gallego que alguna vez se utilizó en Argentina.

Ahora en esta ciudad, cuando uno camina se encuentra con miradas cortas y un aire de tristeza, que Boris se empeñaba en llamar “melancolía pastusa” pero que para mí era otra cosa. Quizás este sentir en la gente se corresponda a las ciudades en donde hay un gran carnaval, que hacen que la diversión y el éxtasis se viva de forma frenética por un tiempo para luego caer en un pozo de tranquilidad y pudor. En la calle o en las plazas, la gente sonríe pero no se ríe. Y si por algún motivo hay carcajadas, las manos buscan la boca como queriendo tapar una actitud vergonzosa.

Pasto en esos días disfrutaba del Encuentro de Culturas Andinas y del Pacífico, evento que reunía a personas de todo el país y de otros rincones del mundo. Casualmente, la imagen utilizada para promocionar al encuentro era una de las realizadas por mi amigo Boris. Con recitales, ciclos de cine, obras de teatro y demás actividades, este evento me demoró más de la cuenta en la ciudad.

A partir de allí, Boris se encargó de presentarme a casi toda la comunidad artística de la zona. Conocí pintores, escritores, artistas plásticos que trabajaban en el carnaval, músicos, etc.

Un día, fui invitado por Alan -un escritor que dicta un taller de literatura- para que diera una charla sobre las experiencias de mi viaje. En la clase, además, tuve que proponer dos temas para que los participantes desarrollaran algún escrito. La mañana resultó más que interesante, sobre todo por la gran capacidad literaria que tenían las personas que asistían allí.

Luego de esa clase, fui invitado por Giovanni –uno de los que participaba en el taller- a dar una vuelta a la ciudad en bicicleta, que desembocó en un recorrido de casi cuatro horas por las montañas hasta un pueblito cercano llamado Nariño. La experiencia fue extraordinaria pero también agotadora.

Por esos días, Boris me llevó a comer a un restaurante taoísta que conoció por una amiga. Luego de hablar bastante con las personas de ese lugar, me comentaron sobre un templo que ellos tenían por el norte de Bogotá, más precisamente en las cercanías de un pueblito llamado Duitama. Allí el gobierno había realizado un ataque y había lanzado glifosato para intentar desaparecer a esa comunidad. Consulté con ellos sobre la posibilidad de visitar el lugar y me pasaron las indicaciones y unos teléfonos para cuando llegara. Quedé en dar una vuelta por el templo en unos 15 días.

Mientras tanto, seguía conociendo a gente de la ciudad de Pasto. Entre estas personas quiero destacar a Jairo, un pintor hiperrealista que junto a su familia me ayudó muchísimo. Así, si me encontraba solo por la calle lo llamaba y aparecía: no faltaron las veces que me llevó a su casa a comer y otras tantas que me ofreció su computadora para escribir mis notas. Fueron ellos los que me llevaron a la laguna La Cocha, que con su paisaje atrae a los que viajan a conocer el sur de Colombia. Por Jairo, conocí a su hermana Catalina, que trabaja en un proyecto de educación para evitar víctimas de minas.

Ella, por su parte, me contó el gran problema que representan estas armas para la población. Si uno pisa una, por ejemplo, aparte de perder la vida o algún miembro del cuerpo, debe abonar a las fuerzas irregulares 400 dólares de impuesto por caminar en zona prohibida. Fabricar una mina, a su vez, insume un costo muy bajo -de 1 a 3 dólares cada una-, lo que significa que con muy pocos recursos se puede cerrar una zona por mucho tiempo. A partir de esta realidad, hoy Colombia es el país más minado del mundo.

Luego de informarme de este problema, Catalina me comentó de la posibilidad de que a mi paso por Popayán me recibiese una amiga suya. Me quedé sorprendido por el favor, y enseguida ella hizo el contacto para que me encuentren ni bien arribara a la ciudad. A su vez, Jairo me pasó los datos de varios amigos y familiares que tenía dispersos por Colombia y que me podían ayudar. También me consiguió un camión para que me lleve hasta Popayán de forma de no gastar en un pasaje.

Un paseo por la ciudad blanca

Me levanté temprano en la casa de los padres de Jairo (esa noche dormí allí porque era cerca de donde salía el camión). Como el lugar era peligroso a esa hora, Oscar –el camionero- me pasó a buscar en un taxi para ir hasta el playón donde se encontraba la tracto mula.

Esa mañana viajé escuchando todo lo que le había tocado vivir a Oscar en su trabajo por las rutas de Colombia. Historias de incendios de camiones por parte de la guerrilla y de paramilitares, mecanismos que se utilizan para el trafico de drogas y ofrecimientos que le hizo el mismo narcotráfico para que pasara cocaína en sus trayectos. Luego de 4 horas de este viaje, me despedí de Oscar completamente agradecido.

En Popayán me recibió Alejandro Jojoa, a quien contacté por medio de Catalina. Él es esposo de Aura, padre de seis hijas (Elisa, Clara, Alejandra, Aura, Libia y Lidia) y fue durante mucho tiempo presidente de Federación Campesina del Cauca. Me contó de todas las luchas que habían hecho y de la reforma agraria que jamás pudieron realizar por la resistencia política, a pesar de que la ley la sustentaba. Me dijo que ahora estaban trabajando con un nuevo concepto, el “mercado justo”, que buscaba recortar los intermediarios en la cadena de exportación del café y que esta medida les había traído algún beneficio.

Luego de una larga charla, los Jojoa me invitaron a pasar la noche en su finca ecológica para que observara cómo funcionaba. Allí, ellos no utilizan químicos ni balanceados. Por ejemplo, para quitar las garrapatas del ganado utilizan grasa y le dan leguminosas como alimentos. Usan los excrementos de los animales para hacer biogás y las lombrices lo transforman en abono, de modo de no utilizar más productos industrializados para los vegetales. También están estudiando la implementación de energía solar.

Al otro día fui a conocer un poco “la ciudad blanca”, llamada así por la cantidad de faroles que alumbran las calles durante la noche y que convierten a Popayán en un santuario colonial. También tuve la oportunidad de visitar una montaña que según los lugareños es una pirámide realizada por los indígenas que habitaban allí.

Luego de caminar la ciudad y dormir en casa de los Jojoa, me despedí agradecido de ellos, a lo que respondieron dándome el teléfono de una amiga que ellos tenían en Cali. Antes de irme, llamé a Oscar -el camionero- y este me avisó que se encontraba cerca así que me podía llevar sin inconvenientes hasta mi próximo destino.

La tierra de la rumba

Como el lugar donde me debía dejar era lejos del centro, Oscar se metió por adentro de la ciudad de Cali y me dejó en la terminal. Para mi sorpresa, antes de bajarme estiró la mano con un dinero. Me dijo que lo que estaba haciendo no era fácil y que eso que me daba era una ayuda para que almuerce. Rechazarlo fue en vano. Insistió e insistió hasta que tuve que aceptarlo. Nuevamente y como siempre en Colombia, me despedí agradecido.

Ni bien bajé llamé al número que me dieron los Jojoa. La persona que atendió se llamaba Marleny y afectuosamente me dijo que me iba a ayudar. Como ella estaba trabajando, arregló con un amigo para que me encontrara por la ciudad. Fue así que apareció Gustavo. Hablamos un rato y me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa y enseguida llamó a Marleny. “Te tengo noticias. Dice Marleny que te invita a cenar”, me dijo Gustavo.

Como se ve, la mala fama de esta ciudad es una fantasía. De hecho, por Cali caminaba de noche solo sin ningún inconveniente y en varias oportunidades personas que conocía por la calle me invitaban a comer o tomar algo. Hasta pude ir a ver el clásico América – Deportivo Cali en la popular (Gustavo decía que mejor era la platea, pero yo sabía que no nos iba a ocurrir nada). Ese partido fue 3 a 1 a favor del América, con un tanto del híper experimentado delantero “el pipa” De Ávila, que tiene nada menos que 47 años.

Gustavo también me mostró la Universidad del Valle, un campus de estudio con parques, árboles, lagos y piscina, donde conocí varias personas que luego me invitaron a bailar salsa en uno de las tantas discotecas que tiene la ciudad. En esta ciudad hice muchos amigos, como por ejemplo Cindy, Alejandra y Ángela, que trabajan en una revista llamada “Litras Falsas” donde publicaron algunas de mis fotos.

Marleny, por su parte, trabaja en la ONU y a través de esta organización estuvimos planificando sobre una posible visita al Pacífico, para que escribiera algo sobre la situación de las personas que viven allí. Como la demora era mucha y se requería ir en avión, esta posibilidad se dilató pero quedó flotando la posibilidad de ir en un futuro.

Luego de 8 días de vivir en esta ciudad, me despedí de mis amigos y me marché para Armenia. Para los que siguen pensando que Cali es una ciudad peligrosa, puedo decirles que antes de irme pude sacar una foto del peligroso Cartel de Cali (hacer clic aquí para verlo).

Rumbo al este

La ruta entre Cali y Armenia se cuenta entre las más hermosas de Colombia. El paisaje va de fincas hasta bosques, acantilados y montañas, todo bajo una temperatura agradable.

En Armenia me recibió Laura, a quien había conocido durante mi estadía en Quito, Ecuador. Ella me mostró un poco la ciudad, la universidad y me presentó a varias amigas con las que recorrimos un poco los pueblitos de los alrededores.

Con ellas jamás tomamos un bus ya que hacíamos todos los viajes a dedo. Por ejemplo fuimos a conocer Salento, zona muy turística de fincas y montañas donde pasamos una tarde. También fuimos a la zona cafetera de Calarcá, donde nos bañamos en una cascada y conocimos otros amigos.

En Armenia estuve cerca de 5 días conociendo y aprendiendo. Cerca de mi partida, Laura me comentó algo que cambiaría el destino de mi viaje. Resulta que cuando se vence el plazo para estar en Colombia (60 días), uno debe abonar 35 dólares adicionales por cada mes extra. Y si uno se pasa aunque sea 1 día del plazo fijado, debe pagar 100 dólares de multa.

La noticia me llamó la atención, ya que Colombia era el único país hasta el momento que cobraba por quedarse más tiempo. Como a mí se me vencía el plazo en unos días, la mejor opción era irme a Cúcuta, salir a Venezuela y volver a entrar. De ese modo, el DAS no me cobraría nada.

Así que me despedí apurado de mis amigas, ya que en los pocos días que me quedaban tenía que conocer Bogotá y Duitama, para no tener que volver sobre el mismo camino. Bien temprano en la mañana, me fui a la ruta y luego de una hora un camión paró y me llevó hasta la capital de Colombia.

Apurado

Fue largo el camino a Bogotá. Llegué en horas de la tarde y llamé a los teléfonos que me habían dado en otros puntos de mi viaje. La persona que me atendió me pidió una hora para que pueda organizarse y planificar como me podía ayudar. Jairo, el camionero, me dijo que mientras tanto podía ir a su casa así me presentaba a su familia.

Una vez allí, conocí a su mujer y sus dos hijos. Jairo me dijo que si no tenía dónde ir me podía quedar en su casa, que en eso no había ningún inconveniente. Sin que yo diga nada, su hijo me ofreció su habitación y corrió un colchón a la pieza de su hermano para él.

Ya en la mañana me despedí de la familia de Jairo, de nuevo agradecido, como siempre -vale la pena repetirlo- me ocurrió en Colombia. Cerca del mediodía di una vuelta por el centro y visité a un amigo de Marleny que trabaja en el Ministerio de Cultura. Y por la tarde, partí con rumbo a Duitama.

Ni bien llegué a este pueblito me puse en contacto con los taoístas. Ellos me dejaron quedarme en la fuente o sede que tienen en Duitama, para que al otro día pueda ir al Templo ubicado en las montañas.

Por la noche y luego del viaje de tres horas, llegué al templo Vegetal Sacroakuarius, donde una abeja me recibió picándome en el labio e inflamándome toda la zona. Con hinchazón y todo, fueron tres días los que me quedé allí y como no acepté quedarme de monje, no se me dio la posibilidad de trabajar para pagar alojamiento y alimento. Así que tuve que abonar 14 dólares por los 3 días de estadía.

Además de lo ya escrito, puedo destacar la insistencia de Da Vinci (que era un monje que se decía la encarnación del hombre del renacimiento) para que me quedara en el templo, ya que argumentaba que el viaje que estaba haciendo ya lo había hecho en otras vidas, así que era una pérdida muy grande no aprovechar esta oportunidad para quedarme en el templo. Le agradecí por la invitación, pero le aclaré que debía irme porque no tenía plata para pagar la multa al DAS, aunque le aclaré para que se quedara tranquilo que si tenía la oportunidad en otra vida, no dudaría en quedarme.

Vencido el plazo de tiempo que había pagado en el templo, inicié el largo camino a Cúcuta para renovar mi estadía en Colombia. Luego de 12 horas de viaje, crucé la frontera y pasé una noche en Táchira, Venezuela, donde descubrí que los costos de alojamiento no eran tan baratos como los de su vecino país.

Cruzando Colombia

Con la intención de llegar a Medellín, me fui a la salida de Cúcuta para hacer dedo. Luego de pasar la mañana en un peaje, los policías de carreteras hablaron con un particular para que me llevara. Esta persona traficaba combustible y mercadería desde Venezuela hasta Bucaramanga y se comprometió a llevarme hasta un paradero de comidas.

La policía lo paraba en varios puntos del camino, y este abonaba $ 10.000 (5 dólares) en cada oportunidad. Una vez que arribamos al lugar para comer, hizo un gesto a otro auto -que era otro traficante- y este me llevó hasta Bucaramanga. Mientras cruzábamos el páramo de Berlín, me comentaba que la plata no alcanzaba y que esta es una de las pocas posibilidades que encuentran para poder sobrevivir.

Esa noche paré en un hotel ubicado en el centro de Bucaramanga. Fue la primera vez desde que llegué a Colombia que me tocó pagar alojamiento. Bien temprano en la mañana, me fui a hacer dedo y luego de unas horas, una camioneta me llevó hasta un pueblito llamado Pto. Araujo, ubicado a 4 horas de Medellín.

En el camino, Álvaro -el conductor- me contó que había sido casco azul en la ex Yugoslavia, y me mostró las cicatrices que tenía de haber luchado contra la guerrilla en su país. Otra vez, más historias sobre el otro lado de Colombia durante toda la tarde.

En ese poblado la policía de caminos se comprometió a conseguirme un camión. Como era de noche, armé la carpa por ahí y ya en la mañana viajé hasta la ciudad de Medellín.

Ni bien llegué llamé a Jairo a ver si podía contactarme con su tío. Luego de averiguar, esta posibilidad estaba complicada así que me fui a sentar en la terminal para pensar qué podía hacer. En eso llegan dos chicas y se me ponen a hablar. Luego de un rato, una de ellas me dice que se llama Eliana y que si no tenía dónde quedarme podía ir a su casa. Observó mi sorpresa y me dijo que iba a llamar a su madre para confirmar.

Luego del llamado me avisó que no había problemas, pero lo único era que ella se tenía que ir. Así que me subió a un bus, me explicó dónde debía bajar y me dijo que allí me estaba esperando alguien. Hice todo como me pidió y en una esquina estaba el hermano que me llevó a su casa. Me recibieron contentos y me pidieron que me sienta como en mi hogar.

Fueron cerca de 6 días los que me quedé en la casa de Eliana, ubicada en el barrio de villa Sofía. En esa zona, un mes antes de que yo llegara hubo una guerra entre un grupo de paramilitares y otro de jóvenes que se llevó varias vidas, hasta el punto de desembocar en 16 asesinatos en una sola noche. Luego de esa batalla, intervino el ejército y los dos bandos entregaron sus armas. Ahora la zona estaba más segura y tranquila.

En Medellín caminé bastante la ciudad, conocí el centro y comprobé todo lo que decían sobre la hospitalidad de su gente. Finalmente, me despedí de Eliana y su familia y me dirigí al mercado de hacienda donde se consigue transporte mucho más económico que en la terminal, con la única diferencia de que el carro es uno de ganado que va vacío. Mi destino era el caribe.

Cerca de las 5 de la mañana el camión me dejó en un lugar llamado Tolú. Cuando pregunto a la gente del lugar, me dice que Tolú es más al norte, y que este lugar se llamaba El Porvenir. A pesar del desconcierto, la alegría llegó pronto: también me informaron de que el mar estaba a 5 cuadras.

Por el Caribe

En oscuridad caminé hasta el mar, el sol estaba a punto de salir y los rayos iluminaban el Caribe que amanecía. En la playa no había nadie. Tiré la mochila por ahí y me quedé en el agua cerca de 2 horas. De a poco fui descubriendo las palmeras, las cabañas y el paisaje.

Luego me enteré de que El Porvenir es la zona más linda que tiene la ciudad de Coveñas, que a su vez es uno de los lugares con las playas más hermosas de Colombia. Ya más fresco y con más energía, me fui a tomar un bus para llegar a Cartagena de Indias.

Cuando llego a esta ciudad colonial me comunico con Alba, que es una antigua amiga de Marleny. A Alba no necesité explicarle nada. Enseguida me preguntó dónde estaba y me dijo que no me mueva porque ya salía a buscarme. Me dijo que me podía quedar el tiempo que necesite en su casa.

Alba no me dejaba comprar nada para comer. Ni siquiera me dejaba pagar los buses y menos un taxi. Si estábamos los dos en la casa y precisábamos algo, llamaba a su novio José y él siempre traía lo pedido y más. Incluso me compraba frutas para que coma.

Fueron cerca de 8 días los que pasé en este lugar. A pesar de que las playas no son tan limpias, Cartagena tiene un hermoso lugar que es la ciudad amurallada. Luego de eso, la humedad y el calor no dejan tranquilas a las personas que la visitan.

Nuevamente, lo más importante para contar sobre una ciudad de Colombia es la hospitalidad y el amor de la gente. Si no se considera eso, se pierde lo más valioso de este país.

Por último, a través de Alba me contacté con otras personas que me ayudaron en mi visita a Santa Marta, lugar donde se destaca la playa grande y Taganga. En este lugar la familia de Gilberto me alojó como si fuera un integrante más de su familia, dándome básicamente todo. ¿A cambio de algo? No, de ninguna manera ya que en Colombia lo que sobra es amor.

En el Tíbet de los andes

El Templo Vegetal Sakroakuarius se apaga normalmente entre las 7 y las 8 de la tarde, y por eso, no resulta extraño el hondo silencio en el que se encuentra cuando cae la media noche.

El transporte que nos lleva a mí y a otros cuatro taoístas es un camión lechero. Dado el aislamiento de la zona, es el único carro que llega hasta ahí, y por ende, la única forma de acceder al lugar que eligieron los monjes para construir el templo.

A mí y a una pareja de colombianos nos toca entregar los bolsos para la requisa. El examen es tan minucioso que se demora 40 minutos. Cada bolsillo es revisado y se me retienen las pastillas del botiquín, la cámara y el mp3. La explicación es que no se permiten medicinas de laboratorios ni aparatos electrónicos. Así que esta nota se queda sin fotos propias, aunque esta medida tiene una causa: la gran persecución y difamación que sufre esta comunidad desde hace años.

La política del glifosato y la persecución

Desde el inicio de su filosofía hace 5.000 años, los taoístas han sufrido diversos ataques entre los que se destacan los realizados por los gobiernos confucianos y el régimen de Mao Tse Tung. Lo cierto es que el Tao nunca se ha extinguido y desde hace un tiempo su energía se ha desplegado desde China al continente americano.

En Colombia, la presencia taoísta ha cobrado fuerza en los últimos 15 años, y este crecimiento ha sido acompañado por la persecución por parte del Estado.

Fue en 1995 cuando los taoístas del Templo Vegetal Sakroakuarius se encontraron con la primera sorpresa. Los medios comenzaron a informar sobre un suicidio en masa de su comunidad por envenenamiento, y a los pocos días de esa falsa noticia varios aviones comenzaron a fumigar con glifosato.

Al principio, los taoístas no percibieron la relación entre las noticias y los vuelos nocturnos. Pero cuando los primeros síntomas de envenenamiento aparecieron pronto comprendieron la dimensión del problema.

La gente comenzó a perder el cabello y a sufrir problemas motrices. Hubo 4 muertos, entre ellos un niño norteamericano y una joven francesa que fue llevada a Francia y su autopsia reveló glifosato en sangre.

Los maestros del templo pidieron ayuda a los taoístas dispersos por el país, y estos últimos enviaron camiones con naranjas y zanahorias, que junto con algunas hierbas de la zona, sirvieron para limpiar a los cuerpos del veneno enviado desde el cielo.

Sin embargo, este ataque derivó en un éxodo masivo de personas que no querían arriesgarse a algún problema mayor. De los cerca de 10.000 habitantes que tenía en ese entonces el templo, quedaron menos de 2.000.

Más tarde, la ofensiva volvió pero esta vez llegó desde abajo. En esta ocasión, los guardaparques comenzaron a disolver glifosato en el nacimiento de los ríos que alimentaban al templo y los taoístas tuvieron que caminar varios kilómetros para traer agua desde otros afluentes limpios.

Por el año 2000 empezaron a aparecer denuncias de robos y violaciones. Sin pruebas, la justicia inició una persecución sobre Kélium y Samael, los lideres taoístas que luego de unos meses tuvieron que exiliarse.

Finalmente, el último gran golpe por parte del Estado se produjo el 25 de noviembre del 2004, cuando cerca de dos mil uniformados invadieron el templo. Lanzallamas, morteros, metralletas, tanquetas y hasta un avión radar fueron utilizados en esta maniobra. La presencia de soldados estadounidenses agregó mayor desconcierto a los taoístas, que luego relacionaron el ataque con la reunión que sostuvieron los presidentes Uribe y Bush durante la semana anterior.

El ejército no pudo encontrar a los líderes, pero los efectivos aprovecharon para destruir toda la producción de miel y sus derivados, quemar las colmenas de abejas y envenenar con químicos extraños toneladas de arroz y de alimentos destinados al autoconsumo. También fueron dinamitadas las cajas fuertes donde los monjes guardaban sus ahorros.

Con esta invasión, ceca de 1.000 personas desaparecieron y aun no se sabe nada de ellos. Los que quedaron, volvieron a sufrir problemas de salud. Esta vez a la caída del pelo, se sumaron cegueras y atrofia muscular. A un guatemalteco que tomó un sobre dejado en el suelo por los militares, los brazos se le comenzaron a deshacer y tuvo que retornar a su país. Los estudios que se realizó en Centroamérica revelaron que la sustancia que le produjo ese daño había sido un químico utilizado por EE.UU. en la guerra de Corea.

A su vez, otros estudios efectuados por especialistas colombianos encontraron material radioactivo en algunas zonas del templo que hoy están cerradas.

Todo esto, que la mayoría de los colombianos desconoce, produjo una de las mayores demandas contra el Estado en lo que tiene que ver con Derechos Humanos, por un monto calculado en 250 mil millones de pesos. La diferencia entre este ataque y otros efectuados por un Gobierno contra la sociedad civil es que en este caso, buena parte del objetivo militar sobrevivió.

Y eso a pesar de que al otro día de la invasión, un grupo de 60 paramilitares arribó al lugar para limpiar la zona. Pero no encontraron a nadie. Los taoístas se habían escondido en los bosques hasta que todo se tranquilizara.

Aislados del mundo

El templo Vegetal Sakroakuarius, o el Tíbet de los andes como ellos le llaman, hoy se encuentra bien protegido. Y no sólo por los centinelas y atalayas que me requisaron la mochila, sino también por un ejercito ordenando y disciplinado como son las abejas. Éstas generalmente encuentran a los recién llegados con olores extraños y reaccionan como su sensibilidad les dicta. Así, las picaduras van siempre a la cara y la hinchazón tarda cuatro días en irse.

Pero la existencia de abejas exige la presencia de un sustento para ellas. De modo que la entrada al templo rebalsa de flores y de aromas que se disuelven con el aire de los bosques, con el ruido de los pájaros y del agua circulando entre las piedras.

El lugar, además, es un santuario ecológico. No se talan árboles, no se utilizan alimentos con químicos ni envasados, y a pesar de que la zona es fría, no hay duchas con agua caliente. Tampoco hay baños, y las personas deben dirigirse al bosque para hacer sus necesidades.

A diferencia del catolicismo que reclama la salvación de las almas, los taoístas del Templo Vegetal Sakroakuarius (que también son cristianos) ven unicidad entre cuerpo y espíritu, con lo cual su actividad está centrada en mantener una buena nutrición y practicar la medicina preventiva.

De hecho, todos los alimentos se producen sin fertilizantes. La dieta en el templo es ovo lácteo vegetariana y se cuida mucho el modo en que se combinan los alimentos, ya que según ellos, varios problemas de salud se derivan de la falta de información sobre este punto.

Pero la medicina preventiva es sólo un aspecto de su estilo de vida. Los taoístas cuentan que al templo han llegado varias personas con problemas serios de salud, como cáncer, sida y problemas en la columna, y aunque resulte increíble, se han curado.

No es para levantar falsas expectativas, pero ellos aseguran que todas las enfermedades tienen cura si se aplica un programa y se lo sigue con disciplina. Entre sus exigencia se cuentan levantarse temprano, hacer ejercicio 3 veces al día y cuidar la energía genética (sexual). Lo más interesante, no piden ninguna retribución económica ni diezmo a cambio de su ayuda.

Para cualquier persona que desea ir al templo corren las mismas reglas. Sólo se pide una retribución con trabajo a cambio de la vivienda y del alimento que se recibe. En el templo se puede permanecer el tiempo que uno desea (algunos incluso llegaron por unos días y se quedaron 15 años, encontrando pareja dentro del templo).

Hoy, a pesar de los ataques recibidos, son cerca de 600 personas las que viven en el lugar, entre familias, niños, jóvenes y ancianos. Todos conviviendo y optando por un estilo de vida pacífico y de cuidado del medio ambiente. Por eso, no se entienden mucho los ataques que recibe esta comunidad.

Dialogándoce sobre este tema con algunos monjes, mencionaban el hecho de que Colombia en alguna medida puede traducirse como la vía del colon (colon-vía), es decir, la última parte del sistema digestivo por donde salen los residuos que genera el cuerpo. En el aspecto social, serviría de metáfora para explicar varias de las penurias que le toca vivir a este país desde hace décadas.

Pero lo cierto es que el colon también es una parte importantísima del cuerpo humano, que sirve como vía de limpieza y purificación del cuerpo. Gracias a él se expulsan varias de las toxinas y desechos que produce el ser humano todos los días a lo largo de su vida.

Esto también tiene su analogía en la parte social. No por nada miles de personas llegan a Colombia desde todo el mundo para encontrarse con su lado más espiritual. Desde Pasto hasta el caribe, miles de rituales, encuentros, reuniones y personalidades ayudan a los seres humanos con los problemas que en otras latitudes, jamás resuelven.

Cosas de pastusos

El que piensa que el sur de Colombia se encuentra en el límite existencial de los problemas se equivoca. No todo es guerrilla, paramilitares, campos minados y combates. También hay cosas buenas, aunque ahora la aqueja una extraña crisis económica. La causa, las pirámides.

Al comienzo, cuando alguien mencionaba ese tema prohibido, pensaba que se referían a Egipto o tal vez las pirámides mayas. Pero no. Se trataba de un sistema que permitía depositar un dinero y al tiempo duplicarlo.

En un comienzo, el DRFE (Dinero rápido facil y efectivo) funcionaba bien y las personas veían doblar su patrimonio en poco tiempo. La locura pronto llegó a las cúspides y se comenzaron a vender autos y casas por precios irrisorios. Muchos dejaron su trabajo y los campesinos ya no cultivaban. Todos querían enriquecerse fácilmente.

Hasta que un día, como era de esperarse, el presidente Uribe decidió cerrar las pirámides y todos perdieron lo ganado. Los que alcanzaron a sacar el dinero, ahora deben devolverlo bajo pena de caer en la ilegalidad.

El epicentro de la crisis fue Pasto, esa ciudad que muchos recuerdan por su pequeño equipo de fútbol. Ahora, la falta de trabajo y la delincuencia (que había bajado notoriamente durante las pirámides) son los faraones de esta ciudad.

En el jardín de los sueños cósmicos

Un domingo durante mi estadía en Pasto fui invitado al ritual Inipi de los indígenas Lakota, oriundos de América del Norte. Obviamente que no me tocó viajar allá (vale aclararlo), sino que ellos vinieron hasta Colombia.

Esta ceremonia, conocida también como Temascal, se realiza en una tienda hecha con cañas y cubierta con frazadas, que representa al útero de la tierra. En el medio, unas rocas calientes que reciben agua y hierbas producen un vapor constante que hace transpirar todo el cuerpo. Similar a un baño turco, este ritual se acompaña de rezos indígenas y propone hacer una limpieza tanto física como espiritual de la persona.

Por la noche, más descansados, dormimos alrededor de un fogón y ya por la mañana desayunamos un nuevo baño de vapor que nos dejó un poco más flacos.

Ya más relajado, me di una vuelta por el jardín de la finca donde se realizó el ritual y me encontré con varias plantas utilizadas para realizar distintos “viajes” por el interior y el exterior del cuerpo. En esta ocasión, no probé ninguna de ellas y sólo me dediqué a sacar unas fotos.

Yopo

Su origen es de la selva sudamericana y sólo la utilizan los chamanes o médicos tradicionales. De esta planta se usan las semillas para realizar las curaciones. La forma de utilizarla es a través de un polvo que el chamán sopla con una caña o tubo de madera y se introduce por la nariz del que recibe el tratamiento.

El efecto, según cuentan, es similar al de otra planta también utlizada en las selvas de sudamérica cuyo nombre es yagè.

Ayawaska o yagé

Es una de las plantas más conocidas. En Pasto, uno no pregunta a las personas si tomaron alguna vez sino cuántas veces lo hicieron. Se ha popularizado tanto su uso que en muchos lugares se compra una dosis por 50 dólares o más.

Pero los chamanes no están conformes con esta situación. Se supone que la planta es utilizada para curaciones o como limpieza, y argumentan que el abuso ha hecho que se pierda la parte espiritual de su utilización.

La planta produce visiones y sueños donde ocurren diversas situaciones. Desde animales de la selva amazónica hasta encuentros familiares y diálogos con personas muertas. A veces las visiones se tornan algo agresivas y allí es donde entra la virtud del chamán para alejar esas malas experiencias.

Por mi parte, me tocó tomar yagé cuando visité a los awá en la selva de Nariño. Me adviertieron que si había comido algún alimento hecho por una mujer en período lo iba a vomitar, y que eso era parte de la limpieza que hacía la planta.

Al lado mío, una persona se desplomó apenas tomó. Otros, con las horas comenzaron a vomitar y el lugar pronto pareció transformarse en un concierto de náuseas. En mi caso no notaba nada y luego de pasar la noche con ellos me di cuenta de que el efecto me había esquivado.

Hablé con algunas personas y me dijeron que probablemente ya estaba limpio o que a lo mejor debía haber tomado más ya que mi organismo era lo suficientemente fuerte como para que el yagé no surta efecto.

San Pedro

Esta planta es de origen andino y la utilizaban los antiguos incas para sus ceremonias. Según algunas personas, la diferencia con el yagé o el yopo, es que aquí la experiencia es más externa.

Pude tomar esta planta en Perú y Ecuador, y el efecto que más notamos fue que los sentidos permanecían más sensibles por algunos días. Esto permitía al cuerpo detectar qué alimentos y bebidas le hacían mal. Supongo que ésta debe ser parte de la curación que ofrecía la planta.

Algunos aseguran que también produce visiones, entre otros efectos.

Floripondio

Según los que tomaron esta planta, el riesgo que se corre es alto. De hecho, son varias las historias de personas que terminaron en el manicomio por ingerir Floripondio.

La planta se extiende por todo el contiente, y muchos indígenas la usaban para castigar los malos comportamientos. Simplemente ataban a la persona y la dejaban durmiendo debajo de la planta. En eso consistía el castigo.

En Ecuador un argentino la tomó dos veces y prometió no hacerlo más. Nadie supo bien qué fue lo que le pasó.

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En el medio del conflicto, los awá forjan su propia lucha

En la ciudad de Pasto, un enorme coloso vigila el lugar y con su figura marca una amenaza siempre latente. Algún día podría hacer brotar la bronca de sus entrañas y hacer desaparecer a los intrépidos que deciden habitar su territorio. Los colombianos, habituados a su presencia, ya no le temen. Y si lo hacen, prefieren olvidarse de los peligros y seguir con su rutina. Algunos, incluso, construyen sus casas en lugares catalogados de alto riesgo por las autoridades, atraídos por la fertilidad de la tierra.

El volcán Galera es tan grande, que su silueta permanece en el horizonte cuando uno se aleja para adentrarse en la tupida selva de Nariño. Con las horas, sin embargo, el Galera desaparece y muy pronto la gente se olvida de él. Extrañamente, la zona sigue siendo considerada de alto riesgo. Pero aquí, el peligro es otro.

El ómnibus avanza por la carretera que va hasta el Océano Pacífico. A veces, el chofer detiene el carro, abre la ventana y entrega un dinero a una señora. Pocos lo advierten. Una vez abonado este informal peaje, el conductor pone primera y continúa su camino.

Algunas pintadas comienzan a aparecer: “Muerte a los sapos”; “Abajo Uribe”; “Viva las FARC”.

En el corazón del conflicto

El caserío donde toca bajar se llama El Diviso. El barro, las casas de madera, los niños descalzos correteando y los plátanos colgados reconstruyen el retrato típico de los pueblos de la selva. La zona, y no sólo El Diviso, se hunde en una profunda pobreza.

Un hombre aparece tambaleándose: los pasos pronostican una inminente caída. Otro, más ajeno a todo, se rindió al aguardiente y descansa con medio cuerpo en la ruta. Al costado del camino, un oleoducto transporta el crudo al puerto de Tumaco, donde será embarcado hacia el país del norte.


En El Diviso, la humedad reina sobre el sol. La lluvia está presente todos los días y si alguna estela de luz busca la tierra, enseguida varias nubes se encargan de taparla. Esto repercute de muchas maneras. La ropa no se seca, la comida se humedece en minutos y el lodo omnipresente obliga a ajustarse las botas desde que uno se levanta hasta que se acuesta.

No es casual que las leyendas sobre el origen de los awá hablen de los líquenes. Según este pueblo, el inicio de su civilización se produjo cuando uno de estos organismos formó con su humedad al ser primigenio, que luego extendió sus semillas por el resto del bosque.

Efectivamente, durante siglos el pueblo awá se diseminó por toda la selva de Nariño y la del Putumayo. Ésta última se encuentra ubicada al otro lado de la cordillera y forma parte del cuerpo viviente del Amazonas.

Hoy en día, 26.000 awás viven en estos territorios ubicados a ambos lados de la frontera de Colombia y Ecuador. A su vez, esta demarcación política produce un abismo que deja a los indígenas del lado colombiano con las mayores dificultades, producto del intento por construir una vida en un campo de batalla.

Cronología de la desgracia

Cuando en el 2001 el Gobierno fumiga la coca en la selva de Putumayo, los narcotraficantes y sus plantaciones se desplazan a Nariño, llevando consigo todos los problemas que aquejan a Colombia desde décadas y entregándolos en manos de los awá del oeste.

La violencia progresiva, primero se llevó a los campesinos –asesinados, torturados, secuestrados e introducidos en las filas de fuerzas irregulares–. Luego, las muertes aparecieron en las puertas de las comunidades indígenas, hasta derivar en la masacre de Tortugaña.

En ese lugar apartado –desde El Diviso, cinco horas en carro y luego dos días a pie–, las FARC capturaron a un grupo de indígenas que se dirigían temprano a trabajar. Acusados de ser “sapos”, o sea, informantes del ejército, fueron asesinados y enterrados sus cuerpos en la misma selva que los vio nacer. Dentro del grupo había dos embarazadas que también perdieron la vida junto con la de sus futuros hijos.

Con esas muertes, los awá contabilizaron 27 asesinatos que sufrió su comunidad entre el año 2008 y el 2009. En manos de las FARC fueron 20, por parte del ejército otros 6 y los paramilitares mataron a uno. Toda esa violencia produjo sólo en la zona de la masacre, el desplazamiento de 800 indígenas que debieron dejar atrás sus hogares y sus fuentes de alimento.

Entonces, Tortugaña marcó un antes y un después. Las FARC reconocieron las muertes y prometieron que un acontecimiento como ese jamás volvería a ocurrir. Los awá, por su parte, gritaron basta y pidieron a la comunidad internacional por la vida de su pueblo.

Bienvenidos a Locombia

Que la guerra que se vive en Colombia es absurda, ya casi nadie lo niega. Sin embargo, cuando uno se inmiscuye en el conflicto encuentra una confusión que confirma disueltos a los componentes históricos de la guerra.

En la selva de Nariño siempre tuvo presencia la guerrilla. Comúnmente, uno piensa en las FARC. Pero también está la entrañable transparencia del ELN. Transparencia, porque su estrategia los ha llevado más a replegarse a la selva y a evitar los enfrentamientos, quizás a la espera de las condiciones objetivas y subjetivas adecuadas. Ahora, los “elenos” se dedican más a sembrar minas que a disparar.

Pero sorprende también que cuando se dan los combates, muchas veces el bando contrario del ELN sean las mismas FARC. En la zona mantienen su distancia y cuando se encuentran, empieza de nuevo el despilfarro de vidas.

El conflicto es territorial pero también económico. La guerrilla cobra impuestos a todos los que realizan actividades lucrativas en la zona, legales como el transporte de pasajeros, e ilegales como el tráfico de cocaína.

Los paramilitares, a su vez, también cobran impuestos en la zona de su control. Obtienen lo que quieren a través de la intimidación y el asesinato. Si quieren una mujer, se la llevan, la violan y luego la entierran. Si quieren una casa la toman y matan a sus residentes. Los “paracos”, como se los suele llamar, aplican esa política con el apoyo tácito del Estado.

Por ejemplo, como tienen facilidad para pasar armas del ejército, en ocasiones hacen su “changa” y se las venden a las FARC. Claro que existen los combates entre estos enemigos irreconciliables. Pero también están los negocios.

A su vez, dentro de los paramilitares también hay conflictos. Por ejemplo, la existencia de una interna entre Rastrojos y Águilas Negras se ha cobrado la vida de varias personas de la misma organización. Al parecer, los últimos se impusieron y ahora adoptaron el slogan de “limpieza social”, lo que significa la muerte de prostitutas, homosexuales, y todo aquel que no se ajuste a la ideología de extrema derecha.

Los narcotraficantes, por su parte, matan a cualquiera que viva en su zona si alguien los delata a la policía. Indígenas y campesinos sufren por igual frente a estos empresarios que pagan impuestos a la guerrilla, a los paramilitares o al Estado, según donde esté localizado el laboratorio. Los pequeños cocaleros o los narcotraficantes que no pagan, sufren la erradicación de sus cultivos, la extorsión o la muerte.

Por otro lado, las multinacionales se interesan cada vez más por los recursos minerales y fósiles que ofrece la selva. Por eso el miedo de los awá, que temen una nueva oleada de violencia para sacarlos de su territorio. Como antecedente, se encuentra la llegada de una multinacional minera –de oro para ser más precisos-, que “aflojó” recursos a la guerrilla y ésta le permitió su presencia en la zona.

Por último, está la presión de EE.UU. para que el Gobierno colombiano obtenga resultados en su lucha contra la guerrilla –el llamado Plan Colombia-. Y como el ejército necesita dinero debe mostrar resultados concretos. La mejor idea que tuvieron fue disfrazar a campesinos e indígenas de guerrilleros, matarlos y fotografiarlos como si hubiesen caído en combate. Son los llamados falsos positivos, que suman más desconcierto a una guerra que nunca parece terminar.

Viaje al centro de la selva

En El Diviso se encuentra la sede administrativa de la UNIPA (Unidad Indígena del Pueblo Awá). Desde allí se organizan las brigadas médicas que van por la selva hasta las poblaciones alejadas. Como la zona expone a las personas a un alto riesgo, estas misiones son la única forma de llegar seguro a las poblaciones indígenas.


La comunidad elegida se llama Peñalisa y queda a 30 minutos por carretera más 4 horas de caminata. Los inconvenientes no se hacen esperar. De los 6 awá que se debían presentar para transportar la carga hasta la población, sólo aparecen 2. El resto se ha emborrachado, y entonces, Don Abraham y Don Luis deben soportar gran parte del peso por las próximas horas.


El recorrido desde el inicio es extenuante por el barro, la temperatura y la humedad. A los 15 minutos, aparece una trinchera que se asemeja a una fosa. Luego otra trinchera, y después, la selva se cierra más.

Por la zona no hay rastros de combates y lo único que se escuchan son los reptiles e insectos.


Tras cruzar algunos arroyos y ríos, y luego de caminar toda la mañana, la brigada llega a la comunidad. Hay poca gente, pero los awá prometen reunir más personas por la mañana para vacunarse y recibir vitaminas.


Algunos awá se acercan y me comentan sus problemas. Resulta que lo único que crece en la zona es la coca. Otros cultivos ya no brotan debido a las fumigaciones constantes del ejército por acabar con el narcotráfico. Con suerte, algo de yuca y plátanos. Además, nadie se quiere arriesgar a otra cosa, como el cacao. Temen que una nueva fumigación arruine toda la inversión que implica cambiar de cultivo. Por eso, las poblaciones son muy pobres y hay varios casos de desnutrición en niños.

Hace un tiempo la fumigación destruyó los pastos para el ganado y los awá no tuvieron más remedio que vender los animales. Así, cada avance del Estado es un retroceso de los indígenas. El agua de los ríos se contamina con los químicos usados para fumigar, lo que aleja cada vez más a los peces y a los animales para la caza. De ese modo, los relatos en la comunidad añaden más incertidumbre al futuro de los awá.


Con las horas, el sol se oculta y los relatos se apagan, hasta que la oscuridad se impone. Luego de una noche en Peñalisa, la brigada médica junta energía y regresa de nuevo a El Diviso. Atrás quedan los problemas que buscan solución y la gente que a pesar de sus dificultades, sigue con su lucha.


Luego de repasar todo lo que ocurre en Nariño, se puede pensar que los ánimos no son los mejores. Los awá, sin embargo, no cargan odio. Nunca se han vengado ni han reaccionado con violencia. Hoy, más que nunca, esperan que los problemas se resuelvan pacíficamente, en una tierra que no para de sangrar.

El continente, el mar y las islas: Sobre mi viaje en Ecuador

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Con Tumbes a mi espalda, se cerró mi ciclo por las rutas de Perú y comenzó el nuevo por Ecuador. La primera sorpresa que me dio este país, fue encontrarme con que la oficina de migraciones estaba a 3 km de la ciudad fronteriza.

Me moví a gran velocidad. Sellé el pasaporte y pedí el máximo de tiempo de estadía (3 meses) para no cometer el mismo error que en Perú. Enseguida me fui a Guayaquil, que junto con Quito, son las dos ciudades más grandes de Ecuador.

Por alguna razón extraña no quise recorrer la ciudad, y en sólo 15 minutos ya me encontraba en viaje a Montañita, una playa de la que hablan todos los que bajan por Perú. Unas horas más de viaje y por la noche me encontraba con el mar y descubría este pequeño poblado turístico de calles de arena.

En Montañita conseguí alojamiento por 3 dólares, gracias a unos argentinos que me crucé. No serían los únicos. A medida que recorría las calles encontraba nuevos compatriotas hasta llegar a pensar que éramos demasiados.

En eso me encontré a Diego, un artesano oriundo de Buenos Aires que conocí en Villazón, Bolivia, cuando inicié mi viaje. Él estaba con Helena, su mujer colombiana, que esperaba tener un hijo en algún país de Sudamérica donde se sintieran cómodos.

Ambos me hablaron de Manglaralto, un pueblito pegado a Montañita donde el alojamiento costaba 1 dólar y la tranquilidad reinaba. Con ellos pronto aparecieron nuevos amigos, muchos de los cuales estaban allí desde hacía meses, y otros como yo, desde algunas horas.

Pero el que piensa que sólo hay argentinos en este lugar seguramente se equivoca. Montañita es en esencia un lugar cosmopolita. A diario llegan turistas de todas partes del globo, haciendo que los distintos idiomas se entrecrucen por las calles, por los bares, por la playa, prácticamente decantándose en el aire.

Si en el pasado el valle de Quito fue un lugar de encuentro de las etnias de América en busca de clima apto y fertilidad, hoy la industria turística ha desplazado ese interés a Montañita, atrayendo personas de lugares distantes y quitándoles el sueño por las noches.

Así, este lugar propone a sus visitantes mar, playa, partidos en la arena, noches de intercambio cultural y un aluvión constante de personas que hace que los turistas eviten aburrirse. Por caso, cierto día me perdí un partido contra un equipo conformado con algunos jugadores de la selección ecuatoriana de fútbol, como Hurtado y Caicedo. Durante esa tarde, el equipo con los argentinos se impuso 2- 0 a los profesionales.

Lo que sí cuesta en Montañita es aislarse de esa vorágine y respirar un poco. Por eso, luego de unos días acepté la invitación de mis amigos y me fui a Manglaralto.

El alojamiento por 1 dólar no era lo único que ofrecía Manglar. En la casa de Pocho –el alojamiento había cocina, varias habitaciones, algunas cabañas en la playa y varias hamacas dispersas por el lugar. A diario pasaban carros vendiendo cocos, plátanos, queso, pescado, mariscos, etc., a precios muy bajos.

Por mi parte, con frecuencia ayudaba a los pescadores con sus grandes redes y me llevaba algunos kilos de pescado que compartíamos entre todos. En lo de Pocho se organizó una buena comunidad. Si alguien cumplía años cocinábamos para todos y a la noche encendíamos un fogón en la playa.

Allí, también, aprendí bastante sobre alimentos, hierbas medicinales, historia de Ecuador, actualidad política, entre otras cosas, todas muy diversas. Lo más importante fue la información de cómo llegar a las islas Galápagos.

Luego de unos días apareció Juan Martín mi antiguo compañero de rutas, junto con Gustavo, un argentino que viajó a la selva para tomar Ayawaska y que encontramos en Huanchaco, Perú. Luego de ese viaje interior, Gustavo inició otro más externo junto a nosotros hacia el norte, sin otro objetivo que el que surgiera en el momento.

Mientras tanto, en la casa de Pocho, una mañana el lugar amaneció un poco convulsionado. Cintia, otra argentina que viaja a México junto a su amiga Lila, se encontró con la sorpresa de que su billetera no estaba. Luego de repasar lo que había hecho durante el día anterior, se dio cuenta que la había olvidado en un taxi. Así que sin nada de dinero, debía ir a Montañita a vender alguno de sus trabajos en cerámica para recaudar algo y poder seguir adelante.

Ese día yo andaba demasiado agobiado. Ya en mi mente había visualizado en qué hamaca iba a descansar y qué libro iba a leer o utilizar de almohada. Viéndola a Cintia preocupada, me agarró un ataque de solidaridad y me ofrecí a ayudarla, pese a las quejas de mis piernas cansadas.

Fue así que medio desganado me convertí en vendedor de artesanías. En ese trajín de negociaciones, marketing, y tire y afloje por los precios, apareció sobre una reposera descansando un tal Lobo. Decía que era de Galápagos, que tenía un bar y que podía trabajar en él. También me ofreció alojamiento con cocina, y me aclaró que era guía de turismo, así que podía conocer los lugares sin tener que comprar las excursiones. Mejor imposible.

Luego de ese encuentro, y con el pasar de los días, me fui convenciendo de que tenía que hacer un intento por Galápagos.

En Manglaralto y Montañita terminaba mayo y pareció un fenómeno generalizado que todos los conocidos coincidieran en partir, tanto los que estaban desde algunos días como los que permanecían allí desde hacía meses. Algunos se fueron al norte, otros a la selva; muchos regresaron a sus respectivos países, y yo –el único, escogía el oeste.

Así fue que junté mis cosas, armé mi mochila y me despedí de este hermoso lugar.

Juan Martín, que debía regresar a Argentina, hizo lo mismo y nos fuimos juntos a Guayaquil, para finalmente despedirnos y seguir cada uno con su rumbo.

Zona de promesas

Pasaje de ida: costo 80 dólares. Noches 6. Incluye: camarote privado, pensión completa (Desayuno, almuerzo y cena), traslado de isla a isla y alguna que otra fruta sustraída por la tripulación de los cajones que van a Galápagos.

Pasaje de vuelta: costo 25 dólares y un pez espada. Incluye: lo mismo que en el pasaje de ida, pero las frutas son sólo naranjas de la isla Isabela.

Nuevamente, y como tantas otras, volví a quedarme solo en las calles de una ciudad lejana. Lo único que tenía eran unas cuantas indicaciones para llegar a unas islas ubicadas en el medio del pacífico, y el teléfono de un residente de ese lugar que podía llegar a ayudarme. Sin darme cuenta, ya había comenzado la odisea de llegar a Galápagos.

Como había mencionado anteriormente, fueron 12 días viviendo en el puerto de Caraguay. Con los días, ya todos me conocían en el lugar. “Che boludo”, “Hey, Argentina”, me llamaban para preguntarme cómo seguía el intento.

Por ese entonces se jugaba el partido entre Ecuador-Argentina, así que muy pronto comenzaron a presionarme. “Si gana Argentina no te llevamos”, me gritaban con risas desde un barco. En esos días todos los ecuatorianos se mostraban confiados en que su selección iba a ganar el partido. Y les decía “mirá que en Montañita a su selección le ganamos”, y les contaba lo ocurrido. De vez en cuando aparecía un cubano que me quería llevar a jugar al Emelec. “Todos los brasileños y argentinos juegan bien al fútbol”, se justificaba.

Luego del partido vinieron las gastadas. “Qué pasa, Argentina, ¿y ahora?”, “ustedes van al repechaje”, “Maradona llora, che boludo”, entre otras. Por suerte, cuando me subí al barco, prácticamente se habían olvidado del fútbol. Y por fin pude despedirme de Guayaquil, una ciudad que puede catalogarse como “la capital del guardia de seguridad privada”.

Algunos detalles de mi viaje como polizón por el mar: el camarote privado tenía una ventana al mar y era bastante cómodo; el primer día comí muy poco por el mareo, pero el segundo ya era un marinero más y no había rastros de ningún mal; la comida era excelente; escribir en un barco es un entretenimiento perfecto cuando se viaja por el océano.

La primera escala fue la isla San Cristóbal, donde el barco permanecería un día. Podía quedarme aquí, pero el costo de las lanchas que llevan de una isla a otra es de 30 dólares (más un hotel 15 dólares más). Así que decidí que mi estadía en Cristóbal y Santa Cruz estaría atada a la permanencia del barco.

En Cristóbal bajé temprano, busqué información y me fui hasta la lobería, donde hay iguanas y lobos marinos. Más tardé visité la bahía donde Darwin arribó por vez primera a las islas. Con ese recorrido se me fue el día.

Retorné al buque y pasada la medianoche nos fuimos a Santa Cruz, el principal centro turístico de Galápagos. El barco permanecería dos noches allí, así que me puse en contacto con la gente del Sicgal en la isla, para ver si me podían ayudar con el alojamiento. En esta ocasión, Tony y Guido me dejaron utilizar su oficina para descansar e incluso me llevaron a dar un paseo por Puerto Ayora.

La principal atracción turística de Santa Cruz son las tortugas gigantes. Luego de conocerlas, encontré a una argentina que trabajaba de voluntaria en el parque. Su nombre era Florencia y siendo abogada dejó las oficinas de Buenos Aires y su antigua vida, para iniciar una nueva en estas islas ubicadas en el centro del mundo. “Con esta decisión me decían que estaba loca, pero en realidad lo estaba si me quedaba allá”, dice con una sonrisa.

Otro de los lugares para ir es Bahía Tortuga, donde hay una playa, a mi juicio, perfecta. En ese lugar descansé un rato y recibí una invitación a una fiesta a la que nunca fui. Al otro día visité los túneles de lava y luego de una tarde por las playas me fui al barco a esperar el último viaje antes de mi destino final.

Como mención final del barco, puedo decir que el trato de la tripulación siempre fue excelente, aunque me faltó ver sonreír al capitán Jorge Game. Esta persona es un ex comandante de la marina que según cuentan, se casó con una señora adinerada de la cual recibió el honor de capitanear su barco de carga.

Quizás por su pasado en las FF.AA., su forma de ser era más fría y distante, aunque sin ser agresiva ni hostil. Como el domingo era el día del padre en Ecuador, el capitán Game abandonó la embarcación en la isla Santa Cruz y se tomó un vuelo a Guayaquil para pasar la jornada en familia. Esa noche un nuevo capitán reemplazó al ex marino y la tripulación aprovechó para comprar unas botellas de vodka y festejar algún acontecimiento nunca especificado.

A la mañana el buque arribó a Isabela la última isla y mi destino final–, con la sorpresa de que “El diablo”, uno de los integrantes de la tripulación, se había caído de la cama producto del movimiento generado por el mar y el alcohol. Ahora, este tripulante lucía una terrible cicatriz en la parte superior del labio.

No tuve tiempo para mediar en la discusión que se generó en el barco. Una pequeña embarcación repleta de cajones de cerveza me alcanzaba al embarcadero de la isla Isabela, poniendo fin a la odisea de llegar a las islas y demostrando que al final, luego de tanta espera y sufrimiento, hay recompensa.

El reinado de Isabela

La sensación era de fragilidad. Sentía que cualquier sospecha podría hacerme regresar al barco y tirar por la borda todo lo realizado hasta el momento. Y la preocupación venía por la mochila que me delataba frente a las miradas poco acostumbradas a ver un turista bajar de un buque de carga.

Casi sin mirar a los costados, empecé a caminar con la cabeza gacha por un sendero que para mi suerte, me llevó directamente a las oficinas del Ingala. Este organismo controla el ingreso y la permanencia de las personas en la isla. Todo aquel que no es oriundo de Galápagos sólo puede permanecer 3 meses, y a los que quieren trabajar, sean o no de Ecuador, se les hace un contrato de un año como máximo.

Y los controles siguen. Cada familia sólo puede tener un auto y ya no se permite la radicación de colonos. Esta última situación hace que el matrimonio con un residente para conseguir “la ciudadanía” se cotice en miles de dólares.

Así estaba armado el escenario cuando me tocó llegar. Afortunadamente, el Ingala no se fijó en mí y se me abrió el camino para encontrar a Lobo y organizar mi estadía en Isabela.

Fue una linda sorpresa encontrarme con el bar en la playa. La ubicación era insuperable y en ese lugar las iguanas bebés buscaban refugio de sus predadores, inundándolo todo de vida.

Como Lobo no estaba me fui a hacer snorkel a una bahía cercana, donde me topé con una tortuga marina inmensa que le faltaba la aleta trasera. Nadar con ella fue de lo mejor que me regaló Galápagos (en los días subsiguiente me tocó ver otras pero ninguna del tamaño de la primera). También aparecieron rayas, lobos marinos, pingüinos y grandes cardúmenes de peces con colores brillantes.

Al principio nadaba con un poco de cuidado. En enero de este año un tiburón tigre de un metro y medio atacó a un surfista en aguas cercanas a un faro. El animal lo tomó por la pierna e intentó jalarlo hacia las profundidades. Luego de una breve batalla el tiburón lo soltó dejándole al joven una profunda herida. Ese fue el único ataque registrado en Galápagos y no fue mortal.

Como sea, luego de la experiencia de nadar con tortugas ya no dejé de hacer snorkel en esa bahía.

Cuando regresé al bar (Sealion es el nombre), encontré a Lobo que volvía de hacer una excursión al volcán Sierra Negra. Luego de ponernos al tanto, me dio su casa para que duerma ya que no la estaba usando, arregló con un restaurante para que me diera las 3 comidas y me dio unos dólares diarios a cambio de 6 horas de trabajo.

Los primeros días aproveché para conocer el pueblo llamado Puerto Villamil. Allí se concentra la población de Isabela, aunque varias personas viven en las chacras de la parte alta de la isla.

En las afueras de la población se encuentra el centro de crianza de tortugas gigantes. En ese lugar, un gracioso cartel da la bienvenida a los visitantes que pueden dar un recorrido por las instalaciones y descubrir, como es el proceso que va desde la eclosión del huevo hasta el desarrollo completo del animal.

También, relativamente cerca, se encuentra “el muro de las lágrimas”, una pared de 7 metros de alto construida por los reos que eran llevados a la isla para redimir sus delitos.

Ya más lejos, se encuentra la figura del Sierra Negra, volcán que aun permanece en actividad. El viaje hasta allí ronda los 35/45 dólares, pero pude hacerlo sin cargo gracias a una excursión que organizó Lobo para unos gringos. Yo sólo me subí a la camioneta y me dejé llevar.

Por ese entonces me llegó un regalo de mi amigo Francisco. El Nº 93 de su historieta Joselo me fue dedicado, así que lo mínimo que puedo hacer para agradecerle es ponerlo en mi blog.

Los días en Isabela iban pasando rápidamente y ya casi todas las personas me conocían. Al igual que en Guayaquil, el fantasma del “che boludo” comenzó a recorrer la zona, sólo que aquí muchas veces simplificaban mi apodo a “el che”, o a veces, “argentino” a secas.

Con respecto al trabajo –o el camello, como le llaman en Ecuador, mi puesto se caracterizó por las idas y vueltas. Por la poca cantidad de turistas que arribaban, Lobo me desplazó luego de una semana del bar a una oficina de turismo donde no pasaba nada. Viendo la inactividad que había allí, me puse a ayudar en un restaurante a un amigo. A los 4 días, Lobo me volvió a llamar para que vaya al bar y así tuve que dejar “botado” el recinto de comidas. De nuevo, la cantidad de turistas mermó y me mandó otra vez a la oficina, y a su vez, retorné al restaurante.

Lo que me había ayudado era saber un poco de inglés, ya que la mayoría de los turistas eran norteamericanos. Lo que pude percibir era que lo aprendido en la escuela puede servir para prestar servicios, mas no para hablar de algún tema más interesante. Dilemas del sistema educativo.

Lo cierto es que ya a lo último, el Ingala sabía que estaba trabajando, así que lo mejor era partir para el continente. En fin, mi estadía duró más de un mes y en ese tiempo encontré a muchas amigos y personas maravillosas. Además, fue la primera vez que en un lugar no había argentinos viviendo (sólo encontré tres turistas que viajaban en moto y sólo permanecieron una noche). Aunque en la isla se podía escuchar 3 bandas de mi patria: Vilma Palma, Soda Estereo y los Enanitos Verdes.

También puedo mencionar que estuve a punto de irme a Costa Rica. Unos pescadores, estaban varados desde hacía un mes en la isla y me ofrecieron llevarme a su país sin cargo. El problema era que no había forma de sellar el pasaporte y eso significaba problemas legales en la frontera. Finalmente, los ticos me regalaron un pez espada de 10 kilos con el que pagué parte de mi viaje de regreso.

Ya sobre el final, llegó el Monserratte a Isabela, el barco que me iba a traer a Galápagos en un principio. Esta vez no hubo reparos en llevarme. Sólo me sorprendió que el día estuviera soleado, ya que siempre que dejo un lugar el cielo se nubla.

Cuando me encontraba a punto de embarcarme, me anunciaron que el carguero se atrasó y que recién al otro día partiría. Como era de esperar, al otro día las nubes lo cubrieron todo y hasta una breve llovizna insinuó mojarme.

Repartiendo abrazos me despedí de Isabela, con la certeza de que lo mejor de la isla era su gente.

De regreso

En el barco, el capitán que había descrito como “un hombre serio, canoso, de unos 60 años”, había cambiado. Bueno, las canas y la edad seguían como antes, pero ahora se mostraba mucho más simpático.

Antes me crucé a la tripulación del barco que me había traído, el Marina, y con algo de suerte, pude ver al Comandante Jorge Game reírse. Fue casi lo último que vi antes de ingresar de lleno al océano.

Luego de unos días por las islas y por el océano, el Monserratte llegó a Guayaquil. En el puerto me esperaba el ingeniero Armando Arzube del Sicgal con una sorpresa. Un día después de irme para las islas, llegó el padre de Francisco con un paquete traído de Argentina. Como yo ya no estaba se lo dejó a Armando. Allí había cartas de mi familia y de amigos como Fran, Cecilia, Érica y el Tano. También había una caja de alfajores marplatenses. La alegría fue enorme.

Raídamente me despedí de Armando, agradeciéndole de nuevo todo lo hecho y me marché para Quito. En la capital de Ecuador permanecí sólo dos noches y luego, como ocurre desde hace 6 meses, otra vez a la frontera para reiniciar mi ciclo en otro país.

Un espacio para el Tetracampeón


Era inevitable. Algo tenía que poner de este acontecimiento, aunque parezca que no tenga nada que ver con este blog. En realidad, venía viendo los partidos desde donde podía. A veces en la selva, en un almacén lleno de plátanos y yuca pero con televisión por cable. A veces desde ciudades donde la gente no entendía el porqué de mis nervios y mi desesperación. Los últimos partidos los vi en Galápagos junto a Max, el dueño del hotel Albemarle.


Más que eso no puedo decir sobre Estudiantes. Por eso dejo el mail de un amigo mío, Maximiliano Piccini, para que se entienda lo que fue esta conquista en la ciudad de La Plata y cómo se vive un acontecimiento como éste. ¡Que lo disfruten!

“Me dicen tetra campeón nací en La Plata , orgullo de la ciudad soy pincharrata…”


Como verás, ya se actualizó la canción, no somos mas el tricampeón ahora somos tetra,
no lo podes creer no? No sabes lo que fue la final acá, la ida en el Ciudad de la Plata fue terrible, jamás vi un recibimiento así, con luces apagadas y fuegos artificiales. Terminó 0 a 0 pero era para ganarlo. E ir a brasil con el cu… entre las patas fue aun mejor porque los brazucas se creían campeones, tanto que (no se si te diste cuenta) cuando le entregan al pincha el cartel de la Conmebol de bienvenida a Emiratos Árabes para jugar el Mundial de clubes, está escrito en portugués jajaja. Todo hecho a la medida de una final, para sufrir a más no poder, nada de ganar fácil acá e ir tranquilos.

Lloramos todos. Creo que todavía no se puede creer haber vuelto a ganar la libertadores después de 39 años. La esperanza siempre está e iba aumentando a medida que pasaban los partidos, ganándole a Defensor y pasar a semi. Ganar la semi en el estadio de Montevideo contra Nacional con cancha llena de uruguayos porque no se jugó con público visitante; habiendo ganado solo 1 a 0 en La Plata. Ese partido Estudiantes lo jugó terrible, una frialdad, una paciencia…

Y bueno…llegó la final y era contra el Cruzeiro, que ya nos habían goleado allá 3 a 0 y nosotros acá a ellos 4 a 0. Pero todos sabíamos que iba a ser una final diferente, porque ellos en La Plata por la fase de grupos ya estaban clasificados, habían llegado tarde, te acoradás? Y era una final de Libertadores contra un brasilero y se definía allá, con 65.000 personas en contra, pero con 4.000 que se fueron desde acá y como se hicieron sentir!!!
En Argentina todos los medios elogiaban al pincha, todos le tenían fe, pero el cagazo estaba. Encima después del 0 a 0 en La Plata era como una única final a jugarse en Brasil. Desde que terminó el partido de ida era todos los medios hablando todos los días del pincha, entrevistas notas, imágenes, comparaciones con los campeones del 68/69/70, el “volverá la mística?” el “podrán poner el cuadrito en el country siendo campeones la generación del 09?” Una expectativa….

Y el día del partido desde la mañana noteros de fox sports y TyC desde las calles 7 y 50 de La Plata , venta de banderas en todos lados, pantallas en el centro….todos organizando cómo y dónde nos juntábamos a ver el partido, nadie quería cambiar nada, todas las cabalas…

Imagináte cuando hicimos el segundo gol… si lloramos en el primero y te abrazas a más no poder después de que se te haya venido el mundo abajo con el gol de ellos, pensando que toda la ilusión se desvanecía… Se te pasaba por la cabeza perder una final de nuevo como la Sudamericana 08, con estos brasileros, encima con un gol que rebotó en un defensor nuestro… Casi no se pudo gritar, no se podía creer, te ahogas, gritas y lloras, miras el reloj, te empezás a imaginar de nuevo campeón, de la libertadores… de la Libertadores ??? No puede ser, no puede ser, no lo crees…todos cantando, gritando vamos pincha vamos, quedan diez vamos….vamos Mariano (Andujar)!!!! Cada vez que se venían los brazucas y cortábamos clavos jajaja…el final desde el segundo gol lo miramos todos parados agarrándonos la cara, la cabeza, llorando, gritando, contando… y bue…

Imagináte que me dan ganas de llorar escribiéndolo… Y cuando terminó… que se yo…. no sé que hicimos, abrazos, llorar, no creer, mirar a los jugadores por tele, a la gente allá, pensar en los conocidos que fueron… gritar al finnnnnn ganamos, al fin se terminó y la ganamos….y esperar las repeticiones de todo lo que nos perdimos con los largos abrazos… después nos enteramos que la bruja saco la bandera argentina, que se tiró al suelo y lo corrió a abrazar Enzo Pérez….


Y aguantamos a que entreguen la copa para ir a festejar a 7 y 50.
Lo peor que yo no pude bajar porque me iba directo a trabajar. Había pedido llegar mas tarde y no podía faltar porque ya me había sacado parte de enfermo de local para poder ir a la cancha, jajaja.


PD: El numero de vuelo del pincha a Brasil fue 1969, el año que la ganamos por segunda vez. Por si te gustan las c
ábalas.


Videos perdidos de Galápagos

Postales de las islas encantadas

“Islas todavía desconocidas, desamparadas de los hombres, ¡cómo pudierais permanecer siempre, para dicha de unos pocos, hurañas vírgenes! Quizás último asilo de los locos de la tierra, mas sobre todo, último asilo de primitiva poesía. Incomparable fuente de emociones para todos aquellos que, artistas, modernos ermitaños u hombres de ciencia, son atraídos por la belleza fantástica de los paisajes de un comienzo del mundo, o por una vida noblemente ganada en la soledad, o en fin, por una sed de descubrimientos.

Los otros poco tardarían en cambiarlas en tierras de provecho, en hacer desaparecer de vuestras costas lobos de mar, pájaros y flamencos, y en borrar de nuestro globo civilizado, dominio de la razón, este pedazo de tierra donde el soñar todavía es permitido. (Paulette E. De Rendón, “Galápagos, las últimas islas encantadas”)

George aguarda en soledad

Es la tortuga más famosa de Galápagos. Los turistas que llegan a la isla Santa Cruz, preguntan por él, y cuando ven su silueta extraña comienzan a fotografiarla impulsivamente. Su nombre es George (Jorge); su apodo, el solitario. La razón de su fama es que es el último integrante de su especie.

Al solitario George lo hallaron en 1969 caminando serenamente por la isla Pinta. Por más que buscaron, no encontraron otra tortuga que acompañe la monotonía de George. Décadas y décadas de caza de tortugas por balleneros piratas y científicos diezmaron la población de esta subespecie de Galápagos. Además, los chivos introducidos compitieron eficazmente por el alimento.

Ahora, George vive en un centro de crianza acompañado de dos hembras de otra subespecie genéticamente similar. Mucho se ha esperado para que se reproduzca, pero por el momento los intentos son en vano. Se dice que las hembras no son compatibles, que George es muy viejo, que no tiene ganas y hasta que es gay (en la foto se encuentra dándole la espalda a una hembra).

Una idea sería devolverlo a su isla natal para que pase los últimos años de su larga vida en libertad. Pero siendo la atracción más fuerte del parque y vendiendo tantas remeras con su nombre, esta situación parece difícil.

Por el sendero del magma

Los túneles de lava conforman un atractivo inmenso para los que visitan las islas. Estas formaciones geológicas, además, explican un poco acerca de la formación del archipiélago hace unos 5 millones de años.

En la isla Santa Cruz, uno puede caminar cerca de media hora por su interior sin que el túnel dé señales de terminarse. El ambiente se vuelve húmedo y si uno ingresa solo el silencio se vuelve paranoico. Sólo unas lámparas conectadas a un cable dan un poco de luz evitando que las personas tropiecen o se pierdan en la completa oscuridad.

Luego de realizar este recorrido, me enteré de la existencia de otro túnel, de acceso prohibido a los turistas ya que no estaba iluminado. Hablé con el dueño y me dio permiso para ingresar, con la condición de que lleve dos linternas y dos velas, ya que advertía que quedarse sin luz allí era un camino de ida. Por suerte, la luz no se agotó y la experiencia fue increíble.

Para destacar, la existencia de otros túneles que jamás han sido medidos, y por eso, se desconoce dónde terminan.

Un intento por la paz

Don Antonio es el dueño de los túneles. Llegó a la isla cuando nadie quería hacerlo, y por eso recibió una buena cantidad de tierras en la parte alta de Santa Cruz, donde la tierra es más fértil y la temperatura más agradable.

Descubrió las cuevas por casualidad y hoy se queja de que no recibe apoyo de ningún tipo por el atractivo que ofrece a los visitantes. Sin embargo, no se lo nota resentido. De hecho, Antonio tiene un proyecto para darle a un representante de cada país del mundo, un terreno en la isla para que la persona interesada pueda desarrollar alguna actividad en él. El objetivo es promover la paz mundial desde Galápagos al resto del planeta. Su teléfono es 532-058 y espera los llamados que den luz a este proyecto.



El paisaje


Fauna



Sólo iguanas marinas


El desencanto de la civilización


Sobre la irrupción del hombre en Galápagos existen un par de leyendas. La primera habla de la cultura Chimu, un pueblo que se ubicaba en el norte de la costa peruana, como los originarios visitantes de las islas. La segunda leyenda relata el avistamiento del archipiélago por parte de una expedición inca encabezada por Túpac Yupanqui.

Según los especialistas, ninguna de estas leyendas es real. Por eso, la historia oficial del hombre y las islas comienza en 1535, cuando Tomás de Berlanga avistó sus costas y percibió un ambiente desolador y desesperante en ellas.

Esta imagen de las islas pareció ser la misma según otros cronistas que visitaron las islas durante siglos, concordando con la idea de que las Galápagos no se presentaban amigables para la residencia humana.

Por eso, no es casual que durante 200 años desde su descubrimiento, las islas hayan permanecido deshabitadas e inhóspitas. A esto se le sumaba la dificultad de encontrarlas debido a los vientos y corrientes marinas cambiantes, que a su vez explican el por qué del nombre “Islas encantadas”.

Sin embargo, esto no evitó que el hombre sacara provecho de las islas. Y el botín que Galápagos ofrecía a piratas, balleneros y demás visitantes, eran las inmensas tortugas que podían vivir durante meses en las bodegas de los barcos y abastecer de alimentos a la tripulación por largo tiempo. Ente 1831 y 1868, cerca de 13.000 tortugas fueron sustraídas de las islas haciendo que algunas subespecies aparezcan en peligro de extinción y otras directamente desaparezcan.

Esta depredación vino acompañada por la de los balleneros. Éstos cazaban a los cetáceos por el aceite que era utilizado para mantener vivas las lámparas de las grandes ciudades europeas. Casualmente, el primer ballenero arribó a Galápagos en 1789, año en que se encendían las luces de revolución francesa.

Luego vinieron los atuneros, que en 1930 abastecían el 80% del mercado mundial con el pescado extraído de los mares de Galápagos.

Con los primeros colonos que llegaron comenzó un nuevo mal: las especies introducidas. Éstas invasoras alteraron profundamente la vida de las islas, y al día de la fecha se estima en 500 las plantas exógenas y 300 las especies de animales que fueron traídas desde el continente.

En fin, todas estas actividades hicieron que las autoridades ecuatorianas desarrollaran una protección más sofisticada para frenar la destrucción del medio ambiente de las islas.

Hoy en día, 97% de Galápagos es parque nacional y sólo el 3% se permite habitarlo. Las actividades principales son el turismo, la pesca artesanal y los cultivos de las partes altas. Sin embargo, se puede comenzar a ver alguna contradicción entre conservación y desarrollo.

Por ejemplo, la construcción de edificios ha interrumpido el flujo de agua entre el mar y las salinas, haciendo que algunas aves, como los flamencos, deban emigrar a otras zonas a buscar alimento.

Las islas no están contaminadas, pero sí pueden verse algunos descuidos (muy pocos), como botellas y nylon en las playas. Si bien su cantidad es ínfima, una sola colilla de cigarrillo rompe la armonía que genera el paisaje y la fauna local.

Muchos argumentan con razón, que los turistas son limpios y los descuidos provienen de algunas personas de la comunidad local. Puede ser cierto. Pero quizás, todos son responsables en alguna medida, por querer extender, como decía Paulette De Rendón, el dominio de la razón, y cambiar, aunque sea un 3%, parajes encantados en horizontes de provecho.

La odisea de llegar a Galápagos

“Tienen la mayor biodiversidad del planeta”, se escuchó responder a alguien. La Colo, quien había preguntado sobre las islas, mantenía aun la perplejidad en los ojos. En seguida, el resto de las personas se sumaron a la conversación acrecentando cada vez más la información.

En eso, apareció Luis, un ecuatoriano que trabaja en los barcos que exportan bananas a Argentina, preguntando quién quería ir a las islas. De pronto, todas las miradas me envolvieron y no tuve más remedio que hablar de mi proyecto.

-Tenés que ir a Caraguay -dijo Luis-. Ahí salen los barcos que van a Galápagos. Queda a media hora de la terminal de Guayaquil. Pero antes debés ir a la oficina del Ingala, porque sin esos papeles que te dan ahí no vas a poder entrar a las islas. Con eso y un poco de suerte en el puerto, quizás lo logres.

La expectativa de la primera chance

No lo pensé mucho. A los pocos días de esa charla ya estaba viajando para Guayaquil con la intención de embarcarme. Ni bien llegué, me dirigí al Ingala con el fin de conseguir los papeles, y me encontré con la noticia de que la oficina no abría hasta el otro día. También me informaron que definitivamente no otorgaban papeles para los que querían ir en barco.

Esa noche la pasé en la terminal un poco triste por la noticia, pero con la esperanza de insistir. Por la mañana, en la oficina me recibieron dos mujeres quienes sorpresivamente no pusieron ningún reparo en darme los papeles y desearme la mejor de la suerte. Ahora las islas estaban más cerca.

Con gran expectativa llegué al puerto de Caraguay, donde dos grandes embarcaciones permanecían amarradas, pareciera, esperándome.

Pregunté por el Capitán del primer buque y me pusieron en contacto con él. Era un hombre serio, canoso, de unos 60 años. Su nombre era Livingston Sánchez y me dijo que tenía que hablar con el dueño del barco para que me diera el permiso. Lo esperé y a las horas apareció. Esta persona, propietario de enormes haciendas bananeras, me dijo que podía viajar, sólo me exigió una firma más del Ingala como requisito. Con una alegría enorme, casi tan grande como la fortuna de este señor, corrí al organismo y conseguí lo pedido. Ahora sólo había que esperar dos noches para que el Monserratte -el barco que me llevaría-, zarpase.

Una ilusión como la de Odiseo y las sirenas

Esa noche dormí en un camarote del barco, que me habilitó un marinero del Monserratte. A la mañana me encontré al capitán, quien me aclaró que mi viaje no estaba asegurado, ya que debía conseguir una autorización de la Marina.

Sin perder tiempo hablé con los marinos que trabajaban en el puerto de Caraguay y me indicaron que debía ir al puerto marítimo donde había una capitanía. Atravesé toda la ciudad y una vez allí me aclararon que en ese lugar no se hacía ese trámite. Me mandaron a las oficinas ubicadas en el malecón, que quedaban en la otra punta de Guayaquil.

Allí me recibió otro marino que me explicó que ya no se daban más esas autorizaciones. Dijo que un barco cargero no podía llevar a ningún pasajero por cuestiones de seguridad y que si quería viajar debía ir en avión como cualquier turista. Insistir fue en vano. Así, con una gran desilusión volví al puerto de Caraguay.

Aquí, de nuevo volví a hablar con los marinos que custodiaban este muelle y les comenté lo que me había ocurrido. Me dijieron que como última posibilidad le pida al capitán del barco que me incorporé en el listado de zarpe como pasajero. De ese modo figuraría mi nombre en algún lado y no estaría ilegal.

Busqué al capitán y aún no había llegado. El que sí estaba era el hijo del dueño, un tal Octavio Santos que los marineros no recomendaban mucho para hablar. Me le acerqué y con un poco de desprecio sólo me respondió evasivas sin prestar demasiada atención. Sólo le restó chances a la posibilidad de que pudiera viajar en su barco.

Con esas nubes en el horizonte, ahora estaba todo en manos del capitán. Por eso, la posibilidad del Monserratte se alejaba cada vez más.

Ese día volví a dormir en el barco, pero con la convicción de que sería la última noche en esa embarcación. A la mañana alguien habló con el capitán y éste explicó que no me llevaba por problemas internos con la tripulación y también con la Marina. La frustación fue doble: no sólo se iba mi oportunidad de ir a las islas sino también mi alojamiento flotante. Sin rencores, me despedí del Monserratte, agradecido con la tripulación por el apoyo recibido.

Victoria y la segunda chance

Ese mismo día la suerte pareció resurgir. La gente del Sicgal, el organismo que controla el ingreso de alimentos a las islas, me dejó alojarme en sus oficinas hasta que consiguiera barco y se comprometieron a ayudarme. En el puerto, a su vez, arribó el Victoria, embarcación que zarpaba para Galápagos en una semana.

El Capitán de este barco, al igual que su predecesor, sugirió que hable con el dueño (el señor Don Huacho) para que me diera el permiso de viajar. El problema era que se encontraba en Galápagos. Como había tiempo, la gente del barco prometió hablar con él en la semana por teléfono.

Esa noche dormí en el Sicgal y al día siguiente (sábado), me comentaron sobre la posibilidad de un avión logístico que viajaba a las islas los lunes y que solían llevar gente por 50 dólares. Un ingeniero del organismo fue hasta el aeropuerto y le informaron que estos vuelos estaban suspendidos desde hacía meses. Ahora, sólo quedaba la posibilidad del barco. Y ésta pareció concretarse cuando el miércoles por la tarde Don Huacho dio el Ok. Sólo restaba comunicárselo al capitán.

Pero aquí ocurrió de nuevo lo mismo. Pretendía una autorización de la Marina y la chance volvió a alejarse. Sin nada que perder, volví a la capitanía de la armada acompañado por el ingeniero del Sicgal, para insistir por el permiso. Hablamos con un teniente nuevamente en vano. El rechazo fue seco y cortante ese viernes de junio. Así, la Marina se disponía a jugar el papel de Circe en esta Odisea.

La paciencia transforma la conducta

Luego de 11 días de dormir en el puerto y no tener ningún avance, practicamente me despedía de las islas. El sábado me levanté positivo y alegre, con un profundo agradecimiento por la gente de Guayaquil y del puerto, cuya ayuda fue inmensa. Mi intención era la de consultar un último barco para verficiar la negativa, y así, más tranquilo, partir hacia Quito.

La sorpresa fue enorme cuando me dieron el sí. Esta vez ya no me pedían papeles ni autorizaciones de la marina. Viajaría ilegal gracias a la palanca universal: el dinero. Ahora sólo debía presentarme media hora antes del zarpe para viajar como polizón a las islas.

Por la noche, en un movimiento rápido, ya me encontraba arriba del barco navegando por el río Guayas rumbo al océano. Al otro día desperté en mi camarote contemplando el Pacífico en toda su dimensión. Sus aguas cambiaban de color según el horario, pasando de un azul profundo a un turquesa violáceo.

Los peces voladores acompañaban el viaje, agitando sus alas como si fuesen golondrinas de cortas distancias. Los marineros contaban historias sobre náufragos, tiburones, ovnis que emergen con el alba y criaturas extrañas que surcan los mares.

Con el atarceder del tercer día, apareció cortando el horizonte la silueta de la isla San Cristóbal y con su figura acababa la travesía donde las Galápagos prometían ser el loto de esta odisea.

El hombre más bueno de Guayaquil

Su nombre es Armando Arzube y sin él nunca hubiese podido llegar a las islas. Él es ingeniero del Sicgal y su ayuda fue inmensa. Inluso me contactó con amigos en las islas que siguieron ayudándome, como Guido Macías, Tony Saba y Verónica Navia (ésta última no está en la foto), todos del Sicgal.

También fue valiosa la ayuda del administrador del Monserratte, casualmente llamado Julio López, y de los guardias de las oficinas (con quienes conviví una semana).

En fin, la ayuda recibida por todas las personas merecerá un capítulo aparte sobre el final de este viaje.