Vivimos de los mitos y las grandes épicas. Nuestro amplísimo territorio, del que no ha salido ningún ejército que no fuese a liberar otras tierras, nos deja por el medio, recorriendo desde el corazón hasta perderse en la frontera con Colombia un gran llano.
Lo que los argentinos conocen como su Pampa.
Nuestro llano es, obviamente, plano. Inmenso, de terrón de tierra y aguas que suben y bajan por temporadas. Nuestro gaucho es un llanero, hijos de una raza cósmica, mestiza y extraña. La gente del café cerrero y el ordeño y las tonadas olvidadas. Gente que se ha perdido y se reencuentra en diversos planos. Eternos pedros páramo buscando el olvido, buscando una Bárbara doña que le tumbe la cerca.
Sigue siendo incomprensible el país perdido por el boom petrolero, pero en las leyendas, cantos y extravíos queda algo de lo que fue esto que llaman Venezuela. El que canta, el coplero, se enfrentó alguna vez con el Diablo en persona. Como hizo en Colombia Francisco El Hombre, como hizo Jesús en el desierto.
Se engancharon a contrapuntearse las rimas, con ese estilo llanero de responderle al otro empezando por su última frase. Retando y jugando a la retórica, que es lo que alimenta a los demonios del hambre por acá.
Anoten por allí que siempre nos estaremos inventamos nuevos diablos y nuevas gestas para combatir. Escuchen los discursos políticos y los fantasmas lacanianos. Olerá a azufre siempre que haya que proyectar las culpas de lo que está podrido bajo la alfombra. Nuestros diablos están aquí, mister danger.
La frase del título fue invento del humorista venezolano Augusto Hernández en el año 2004, cuando Venezuela estaba caliente por todas partes porque estaba en puertas el referendum revocatorio que ganó Chávez al final.
El Revocatorio es una figura de nuestra democracia que permite a los electores recabar firmas y solicitar un referendum para sacarte del cargo si ellos consideran que no has cumplido con tu responsabilidad a mitad del periodo. En esa ocasión, primera vez que el pueblo ensayaba esa medida, la oposición a Chávez logró recabar más de 3 millones de firmas y, tras una serie de tropiezos burocráticos del Consejo Electoral, se realizó el referendum que, ya dijimos, ganó el Presidente.
En ese entonces Alejandro Sanz comentó en una rueda de prensa en el país que si a él le recogían también esa cantidad de firmas él dejaba de cantar. Y el chavismo, que tiene verbo de fuego pero oídos de tul, le guardó el registro de esa crítica para cobrar la factura tres años después.
El humorista del título pudiese tener algo de razón en el sentido de la mesura de ambos personajes. Uno para hablar de la política de un país y el otro para tener consideración con la música. Sin embargo el argumento es débil como la paja. Ambos tienen derecho a decir o cantar lo que se les antoje. Los ciudadanos del mundo tenemos derecho a pensar y decir lo que creamos. La respuesta en caso de equivocaciones, exageraciones o alguna mala intención, debería ser del mismo nivel. Voz contra voz. No voz contra aparato estatal.
Lo que no se puede es criminalizar la crítica, hacer uso del poder para afectar a un ciudadano desmesuradamente (un artista y sus seguidores también) o abusar de la investidura para irrespetar espacios públicos y privados.
El Gobierno venezolano no debería escupir para arriba tantas veces en tan poco tiempo. Además, Chávez a veces no canta tan mal . El problema es lo repetitivo.
¿Qué pasa cuándo uno tiene doble nacionalidad? ¿Quién nos va a curar el corazón partío?
Soy LuisCarlos Díaz. Vivo en uno de los países más confusos y apasionantes de la actualidad, quizás por la locura colectiva, quizás porque a los ojos del mundo les dio por ver a este caribeño mar de petróleo. Me apasiona el periodismo, la política, la sociedad de la información, el humor bien hecho y otros gustos sibaritas.
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