El Chávez nuestro de cada día
A nadie le es indiferente el presidente Chávez. Hablar de él es morboso, crea tensión, hace que la gente en cualquier parrilla se acerque y hable para compensar las interminables horas que él habla. Chávez levanta pasiones. Contra él o a su favor. Es un líder de magnitudes religiosas. Una estrella Pop. Nuestro más reciente producto de exportación.
Salga usted de Venezuela y aterrice en un lugar al azar en el mapamundi, inmediatamente obtendrá referencias de este país: las telenovelas, el petróleo, las reinas de belleza y “ese presidente que tienen ustedes”. Y luego prepárese, que lo que sigue en la frase típica de toda persona que cree que lo que va a decir a continuación es interesante: “Yo creo que Chávez…”
Chávez es el niño malo de las reuniones de presidentes, el superhéroe de los desposeidos, un lucifer con buen olfato que crea ventarrones, el incansablemente épico, el capitalizador de batallas ajenas ganadas y perdidas.
¿Quieren entender la religiosidad del líder? Visite entonces una casa de familia típica, donde sean seguidores fervorosos del comandante en jefe, y verá que junto a los retratos familiares, las fotos de bodas y graduaciones hay un chavecito en cualquier formato, como quizá puede que haya un chavecito dentro de cada uno de los venezolanos que lo aman y lo detestan. Quizás él resume las esperanzas y los vicios de quienes lo miran. A veces creo que también es el mismo vendedor del cristal con el que lo miramos.
Nadie sabe cuándo se irá de nuestras vidas. Ni siquiera si se irá, porque ya anunció que la derrota electoral que le impediría la reelección infinita ahora podrá reintroducirla con paciencia y salivita a fuerza de enmiendas constitucionales.
Es el Chávez nuestro de cada día. El tipo que para bien o para mal pone el nombre de nuestro país en la ONU, frente al Rey de España y un Zapatero que exige respetos, en los titulares de las noticias del mundo, en el helicóptero de Evo Morales y algún tatuaje de Maradona. El Chávez omnipresente que dice resumir y reivindicar las sucesivas muertes de Bolívar, el Quijote, el Che y el mismo Jesucristo. ¿Cuánto peso en sus espaldas dice cargar? ¿Cuántas traiciones dice que laceran su corazón? ¿Cuánta cursilería junta?
Sólo el digo al extranjero y al autoexiliado que se siente y lo escuche. Para eso tiene sus homilías dominicales . Para eso es todo el marketing de la revolución que se vende como cajitas felices . Al final usted verá si le compra su pasión de verbo con el trago de soberbia y la eterna candidatura que no se siente poder establecido. Usted verá si lo rechaza y le aparta un lugar en el manicomio, en la galería de la infamia política o el salón para incomprendidos. Del verbo, que fue el principio, hay para todos los gustos.
Al final, estamos tan divididos que cuando todo esto pase, porque todo pasa, igual se escribirán dos historias paralelas. Habrá dos formas de contarle la fábula a los niños. Todavía algunos grupos afectos dirán que nunca lo dejaron gobernar y que el pueblo no estaba maduro para su ideología. Otros recordarán esta etapa con vergüenza y tratarán de taparla en los libros de historia, como hoy se pretende tachar los anteriores 40 años de gobiernos que no viví.
Quizás, y digo quizás con timidez, nunca se le agradezca bien que a pesar de toda la conflictividad, de toda la mierda y el renacimiento de viejas heridas no curadas (resentimientos y divisiones clasistas, xenófobas y raciales)… a pesar de todo eso, quizás no se le reconozca la delirante y absoluta politización de la sociedad venezolana. Este río revuelto que sólo nosotros entendemos. A veces.
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Yo viví parte de esos 40 años y la verdad ojalá pudiera borrarlos de la historia de este país de la vergüenza que sie nto al recordarlos. Tal vez Chávez haya sido un mal necesario que dé paso a una nueva visión y conducta dentro del seno de la pol´itica venezolana. Ojalá eso o que nos aplaste de una buena vez el camión de las equivocaciones.
Saludos amigo.