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Oda al melón

melom

Por Uriel Bederman

Nuestra voracidad le restará perfección,
A costa de que podamos sentirla, mientras dure el manduque.
El gajito, esa obra del cuchillo, despojito que hamaca,
hará de la fruta un asunto accesible,
Aunque menos exacto y cerrado,
Menos que mucho circular.

Antes del sacrificio acaso sea bueno tomarle el aroma,
Como a la cabeza de un niño manso acariciar lo amarillo,
Hacerle girar en la mesa,
Sobre un mantelito a cuadros,
Sin lastimarle el contorno,
Y dedicar una callada reverencia a lo que alguna vez fue semilla.

Que entonces se descubre tras el tajo del serrucho,
Dientecitos frenéticos,
Y en esa posibilidad y esa pérdida,
Del melón surja la revancha,
Idéntica circularidad de la tierra.

Oficina de creación poética, tercera jornada

(Foto: Holguer Pooten)

Por Uriel Bederman

La niñita-secretaria de zapatos gigantes no claudica: sube y baja por las escaleras del edificio, taconeando exageradamente, y cuando se sienta en el escritorio descomunal, repleto de papeles que forman torres que parecen desplomarse, hace sonar sécamente el sello contra la madera del mueble. Nos hablamos solamente por asuntos importantes.

Hoy vino con un anuncio.
-Señor jefe -me dijo -Mañana vienen dos inspectores de la Municipalidad. Dicen que tenemos que estar aquí entre las 9 y las 11 horas de la mañana.
La muchachita-secretaria se fue, entrecerró la puerta de mi despacho privado y regresó en sus pasos.
-Me olivaba -agregó -Mañana es el cumpleaños de mi madre.

Debo admitir que la muchachita no deja de sorprenderme. Cuando la espío a la hora del almuerzo, detecto en sus ojos una suerte de tristeza muy profunda, como si lo poético no le bastara y quisiera ser por fin libre, no viajar todas las mañanas al centro, apiñada en el subterráneo, instalarse por fin en una casa de campo y vivir una vida más similar a la paz. Yo quisiera explicarle que la poesía tiene ciertos inconvenientes, que alguito gris le es necesario. Pero no. Hay algo, un presentimiento oscuro como las venas, que no me permite sentarme cerca de ella y mirarle los ojos.

Tuve que recibir yo solo a los dos inspectores. Hubiera preferido mostrarles que en esta oficina hay una secretaria como manda la ley, con sello y todos los chiches. Pero la señorita-secretaria de zapatos descomunales se ha tomado el día con motivo del aniversario natalicio de su madre, a la que imagino reseca como una pasa de uva. Cuando llegaron, les pedí que dejen los paraguas afuera, en el pasillo. Me miraron raro.

-Asique “creación poética” -dijo uno, alargando las palabras, acentuándolas, como buscando una explicación al tiempo que las letras se anudaban unas con otras. Observaban el lugar, estirando los pezcuesos, envueltos en pilotos beige. Pretendí disuadirlos invitándolos con café. Se rehusaron.

Quise explicarles que la poesía requiere de ciertos aspectos citadinos, que se equivocan aquellos que asocian sin más a la lírica con la vida de un vago que anda por los bares o por los campos o por los cuerpos de las mujeres, solamente. Yo hubiera querido decirles que la poesía también tiene el idioma de los ficheros y de los guardias de seguridad y de los legajos. Pero no pude decirles. Tenían algo oscuro en los ojos, como las venas.

Uno de ellos me dijo que a su prometida le gusta mucho Neruda. Yo le dije que soy de Ferro.
Se marcharon prometiendo regresar. Aburrido, comencé a estampar la tinta del sello en algunas hojas de una novela en la que estoy trabajando.

Oficina de creación poética, primera jornada

En la oficina, un espacio inquietante, la impertinente secretaria le anuncia los llamados a su jefe, un despótico poeta suburbano.

(Foto: Mark Paeps)

Por Uriel Bederman

“Tenés una llamada importante”, dijo la mujercita que simulaba estar corriendo estando quieta en el mismo sitio, zapatitos estáticos sobre la alfombra. Parecía estar huyendo.
-¿Quién me busca?-, le dije.
-Su madre, señor-, respondió ella. Desde que tengo esta oficina, me dicen “señor”. Es divertido.
Ella, como nunca antes, se atrevió a correrse de la frontera de lo informativo:
-¿No va a atender, señor? Su madre me dijo que estaba apurada.
Le dije que le diga que me dijera qué es lo que necesitaba. Ella frunció el entrecejo y se fue andando con pasitos cortos e histéricos. Entrecerró la puerta.

En la entrada de la oficina hice instalar un bello cartel en bronce. Dice: “Oficina de creación poética y afines”. En la fábrica en que lo tallaron me cobraron más guita que a un abogado, o dentista, por nombrar dos ejemplos entalcados. Lo sé porque semanas antes consulté por un cartel del mismo tamaño y material, pero con una inscripción distinta: “Estudio Pérez Castro”. Unos cien pesos menos en el presupuesto. Supongo que desconfiaron de mi profesión. La poesía es inquietante.

-Su madre, señor. Lo llama nuevamente.
-Bueno, decile que espere.
Mientras tanto terminé el octavo capitulo de la tercera parte de una novela en la que estoy trabajando. Se llama, por fortuna, “Oficina de poetas”. Madre esperaba al teléfono. La niña secretaria me miraba de reojo desde su escritorio, con sus zapatos de tamaño descomunal. Entonces, sólo para complacerla, fui hasta el aparato telefónico. Hice que hablaba, que asentía a algunas indicaciones, “abrigate”, “lleva pañuelo”, “no dejes de cenar”. “Ajá”, “mmmja”, “tal cual”, “afirmativo madrecita”.
-Bueno madre-, dije por fin. -Debo seguir trabajando. La oficina es un mar de papeles-, siempre había querido decir eso.

Colgué. La señorita secretaria me miró fijamente a los ojos. Cada vez estaba más hundida en su butaca. Me dijo que yo estaba macaneando, que no había hablado con nadie, que seguramente la señora se había cansado de esperar y había colgado el auricular hace largo tiempo. Se atrevió a decir “pobre señora, pobre”.

Mientras me alejaba hacia mi oficina (me esperaba un tremendo tostado y no quería que el queso se ponga duro) le dije:
-¿Usted no vio el cartel que la recibe en esta oficina?
Ella dijo que sí, que lo había visto. Le dije:
-Entonces no formule semejantes preguntas impertinentes, tan fuera de lugar. A usted se le paga por hacer su trabajo, no por revivir a mi madre, que ha muerto hace siete años en la ciudad de Montevideo.

La niña mujer secretaria de zapatos gigantes, terminó por hundirse en el sillón. Parecía estar desapareciendo. Tomó del cajón un sello inmenso y comenzó a marcar con tinta unos cuantos poemas que yo le había dejado en una carpetita de tapas amarillas.

“Algo quieto nos acecha” o “la obsesión de los objetos”

Algo quieto nos acecha,
Una suerte de muerte que jamás ha latido,
No es lo facellido, cosa tan vulgar.

Es una fiera tiesa, inanimada,
Que nos busca y nos encaja la envidia sobre el lomo,
Suspira (no lo hace, quiere hacerlo)
Deseando nuestro paso,
El trote,
La quietud efímera,
Esa mortandad de lo inanimado que,
En nuestro primer latido, huye.

Algo quieto nos acecha,
Ya no podremos transitar libremente,
En la ardiente conciencia que un millón de objetos nos observan,
Inertes,
Deseándonos la muerte,
Para parecernos e igualarnos.

Fotografía de Mingfang Huang


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