Una jornada rebelde se aproxima,
alejándose,
En la que concurriremos,
Falo al viento,
A los establecimientos del municipio.
Nos sentiremos, acaso, liberados.
Diremos que nos justifica la opresión,
Los treinta llantos del mes,
La bisiesta y eventual calamidad.
Sonreiremos al jefe,
Desafiantes,
Con el frío entre el púbis,
Enviaremos siete faxes,
Sin el más mínimo reparo.
Pero la libertad,
(su opuesta encadenación)
Se emperra:
Cobraremos a fin de mes:
Catarro.
Multa por desacato laboral.
Y en los casos más extremos:
Cuerpitos a la calle.
Esa jornada sí, será, por fín, la libertaria.
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