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En las entrañas del hombre perfumado habita la fiera

La ciudad reserva para si toda la furia, y no permite a los hombres que la ejerzan durante un lapso prolongado.

En la ciudad entalcada algunos somos fieles al perfume. Rectos, derechitos, el cuello de la camisa bien planchado. En los autobuses concedemos el asiento a las señoras y a los niños, y extendemos nuestro abrigo sobre el chiquero para que las tiernas damas, dignas del elogio, no tengan que embarrarse la belleza.
Y respondemos sin exabruptos a los agravios de la metrópoli. El brete está vedado en la ciudad perfumada. Somos cordiales en los comercios, decimos “buenos días”, “buenas tardes”, “mucho gusto”. Comemos con tres cubiertos, y a veces hasta con cuatro. En la hora gaseosa, preferimos contener el eructo y todo tipo de estruendos que escandalizarían a toda mujerona y provocaría la risa de otros tantos.
En las calles, por su parte, mantenemos en línea la corriente. Jamás avanzamos marcha atrás en las peatonales. Las patrullas urbanas se inquietarían y llamarían al orden, y esa alarma no pretende el entalcado.

Pero en el más recto anida el germen de la revolución. En las entrañas del hombre de camisa perfumado habita la fiera más áspera, con los dientes hartos del sarro, filosos y exhibidos, las carnes putrefactas y un gesto sanguinario emanando desde dentro, aguardando la oportunidad de hacer gala en una esquina, por fin, en la que aquel ya no soporte más la ciudad sobre la piel enjabonada, aullando por debajo del atuendo de oficina el malvado deseo de andar cortando con cuchillos las orejas de los oficiales, llenar de mostaza los tarros de perfume en las vidrieras, regalarle cocodrilos a los niños y desparramar tachuelas en la sopa de las viejas. Y quizá, una tarde, gritar que se vayan todos bien a la mierda.

Y entonces cuando pase la noche, por la mañana, volveremos a vestirnos de oficina. La ciudad troca la ferocidad por una especie de letargo, y se la queda toda para ella.


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