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Encontrar la salida, huir de otro modo

Fragmento de “El raje”, por Uriel Bederman
Julio de 2008

-Encontrar la salida Cucusa, el modo de no estar siempre aquí, de este lado, un pasaje de tren o de avión, ya sabés, los sueños, mirada quieta y distante a través del cristal empañado, la humedad de todas las mujeres, un bife jugoso, un buen saque, cosas así Cucusa. La huída no es gratuita, ¿sabés? A veces te atropella en patas y sin un peso y para tomarse el olivo hay que contar con cierta dicha y cuando contás con cierta dicha ya no querés huir, para qué Cucusa, decime, ¿quién le pianta a la gracia? Si tenés un Fiat y unos mangos para la nafta, listo, te vas bien a la mierda cuando te agarra la loca: colita rutera, chispitas, bien a la mierda y huyendo hacia delante con los márgenes de la ruta volviéndose una línea continua y horizontal, ese dibujito informe que pasa, los mil tendidos eléctricos inmóviles pero en vida, insuflados por obra de nuestro escape, ¿comprendés?-, Zapayito lo miraba de soslayo. Cucusa, mirada esquiva, sostenía su cabeza sobre el cuello largo como un globo de aire movido por el viento.-Hay que huir, huir, huir, es imperioso Cucusita. Dejar atrás la mugre, la rabia, la ciudad; a alguien hay que encajarle la culpa, ¿imaginate si nosotros mismos fuésemos los culpables de todo esto? No conviene Cucusa. Hay que huir y depositar la culpa en el kilómetro abandonado, alejarse. Sacarse la lotería sin comprar un solo boleto, hacerse la América, siempre migrar como los perseguidos-, Cucusa se volvía hacia atrás, empujado las patas de la silla contra el suelo. A veces anotaba unas líneas en su cuaderno.-Tenemos que exiliarnos aunque no estén gobernando los hijos de puta, exiliarse en la más plena autonomía, esto es más y es otra cosa y es más que otra cosa, Cucusa, Cucusita, huir, huir, hay que picárselas, vivir en el exilio para que no se nos achate el culo y para tener algo un poco más tangible por qué llorar, una Patria lejana- Zapayito hizo una pausa y continuó:
-Usá ese portaideas privilegiado Cucusa, echale mano a la terraza, necesitamos una mejor añoranza que una huida nunca cometida, quieta, rondando siempre en direcciones restringidas, algo mejor que un lugar que deseamos pero al que nunca vamos por falta de coraje, ese lugar va a ser el kilómetro de atrás, la Patria Cucusa, la Patria, con mayúscula, anotá bien en tu cuadernito: ¡la Patria!
Pidieron un sándwich de queso y un cuchillo. Cucusa, casi inmóvil, relojeaba el ir de una mujer y negaba con la cabeza. Zapayito no claudicaba.
-Hay que hacer como en esas fiestas de las que uno quiere rajarse, una similar sensación de hartazgo e inquietud. Uno de los pies rebotando sin descanso contra el suelo, repiqueteando, ¿podés imaginarlo? Entonces encontrar el resquicio para explicar la retirada; pero esa es la macana Cucusa, tener que explicar, siempre andar explicando, “buenas noches”, “ha sido un gusto”, “igual placer”, “excelente la comida y muy simpático el perro”, “que se repita” y “ya saben, hay que madrugar”; en vez de levantarse por puro capricho y con sumo respeto- aclara Zapayito-, comenzar a despedirse simplificando los pasos como en las ecuaciones matemáticas. Abrimos corchetes, cerramos paréntesis, ergo [“cortesía”] se anula con [“al pedo”], entonces salir corriendo en medio del relato de una anécdota o al tiempo que una torpe anfitriona reparte copetines, huir pero hacerlo sin recelo ni cavilaciones ni ocultamientos aunque algunos (y no está mal Cucusa, con tal de huir no está mal) prefieran decir que van al baño, a la esquina o al quiosco a comprar puchos y ya nunca vuelvan. No está mal, pero comparten con el débil la regulada y puta presunción de que la huida es algo así como una tarea clandestina, oscura, casi prohibida y condenable, y que por ello es preferible hacerlo cuando nadie nos vea: huir como hacerse la paja, huir como rascarse por dentro, como comprar el primer ramo de flores, huir como quien se confiesa o canta en la ducha. Pero así no sirve Cucusa. Nosotros tenemos que aprender a rajar de otro modo.

Quereme así piantao

Por Uriel Bederman


El mismo día que Horacio Ferrer me propone retomar un café trunco, me encontré persiguiendo por avenida Cabildo a una pareja de ancianos que cantaban a viva voz alguna estrofa de “Balada para un loco”, tango compuesto a finales de los años sesenta por aquel hombre bajo y profundo que en el Hotel Alvear me promete un reencuentro próximo para hablar de libros y poesía.

Cuando bajé del colectivo me uní a la marcha de los caminantes en una oleada involuntaria, empujado por la ciudad que avanzaba uniforme sobre las baldosas de la ancha vereda. Las frecuencias de la urbe me ubicaron justo detrás de una pareja cantora que sobresalía entre el gentío. Debo admitir que me sorprendió su desparpajo. Si no estamos acostumbrados a cantar, menos aun lo estamos para que otro lo haga en forma pública y no solicitada. Ellos entonaban a dúo, casi gritando, la más bella composición narrativa que yo haya oído en forma de canción. Él, de barba blanca hasta el tercer botón de la camisa, lo hacía con frecuencias graves pero bien audibles que sostenían los agudos de la mujer que caminaba sin soltarle el brazo.

Empujado, estúpido, urbanizado; alcancé su línea y en un semáforo aproveché para adelantarme. Luego de unos veinte pasos apurados que iban aplacando su melodía revolucionaria en murmullos tradicionales, fui dejándolos atrás en su marcha lenta que parecía arrastrarse. Arrepentido por el abandono, simulé interesarme en una vidriera de un comercio esperando que ellos me alcanzaran y de aquel modo retomar una posición privilegiada. Primera fila frente a su nómada escena. Me coloqué detrás de ellos justo cuando cantaron: “Quereme así piantao, piantao, piantao, trepate a esta ternura de locos que hay en mí…”; les miré de frente, vi que los transeúntes, lejos de regalar azahares, se mofaban o espantaban y huían. A su alrededor fue formándose una suerte de círculo, un campo magnético que soportaba su canto, de dentro hacia fuera y en inverso movimiento.

Cuando un enmudecido Piazzolla disponía los últimos acordes, alcanzando la boca del subterráneo en el que luego se hundieron, la mujer dijo bien audible, lejos de la confesión íntima, para que todos los de Arenales y demás latitudes, sepamos: “Cantar es lo más lindo que tiene la vida”. Descendieron por las escaleras y yo crucé la avenida sin pisar jamás fuera de la cebra pintada en el asfalto.

Siempre creí en lo casual. No pretendo suponer que un destino por alguien calculado me detuvo en la barrera de Federico Lacroce para que yo me topara con ellos tantos minutos después. Tampoco pretendo atribuir a una suerte de designio el hecho que Horacio Ferrer me llamase precisamente el día que las callecitas de Buenos Aires encarnaran su poema. Demasiada sincronía en un mundo de retrasos. Creo, sí, en la predisposición al milagro.

Antes de sentarme a escribir este artículo, se lo esbocé torpemente a una mujer. Sin exagerar puse énfasis en el espanto de la ciudad rozándose con el canto. Dije que los transeúntes miraron a los viejos cantores como a locos. Ella dijo que el que se espanta es aquel que sufre de demencia.

El cuerdo cree que es cuerdo porque en verdad está loco. Ya no se sabe cuál es el mejor de los estados, en esta ciudad que avanza sin fin hacia los márgenes del río, cabizbajos, en silencio, por poco amordazados, sin el privilegio de una breve locura.

(Imagen: Brian O’D / Flickr)

Pintarse, piantarse, rebelarse, abrirse

Por Uriel Bederman

Hay que pintarse,
Piantarse,
Rebelarse,
Abrirse.

Hacerse pasar por loco,
Para empezar a serlo.

Y cuando por fin las señoras señores monótonos internos citadinos con perfume a naftalina de free shop pongan en la jeta esa mueca de extrañeza, de vos no pertenecés a nosotros, vos sos de otro lado, vos andás sonriendo sin motivos y pintándote las fauces y denunciando nuestro gris, entonces podrá el chiflado chiflete pintado piantado saber que su tarea comienza a perpetuarse.

Hay que pintarse,
Piantarse,
Rebelarse,
Abrirse.

Hacerse por fin el hombre,
Para poder empezar a serlo,
O no,
Un poco que sí,
Y también visceversa.

Los diversos modos de la sutileza

Por Uriel Bederman

La sutileza tiene otros modos distintos a los establecidos:
Un pañuelo de seda emergiendo en la sopa de una vieja,
Una florcita en el municipio,
Un poema mientras el número ocho de Flandria tira un corner,
Y dos muchachones se golpean entre sí los marotes.

La sutileza puede tener otros modos distintos a los establecidos:
Un hombre llorando en el baño de la estación de Retiro.

Ángeles con laureles

Por Uriel Bederman

Me batieron,
Con el albor de las bombitas de colores retumbándome en los faroles de la jeta,
Y la dicha triunfante que era paz,
Que yo era de lo más bonito,
Astuto,
Buena gente,
Elegante,
Espiritual.
Algunos me alabaron más de lo que un mal bicho exigiría.
Y por esos cachetones al marulo,
Un día la empresa tropezó:
Hocico contra el suelo nomás.
Entonces ya no les parecía tan bonito.
Me tenían para el churrete,
Me llamaron mercader,
Mercachifle,
Mercenario,
Piratón.
A mi mucho no te importó.
Lloré nueve noches,
Quince madrugadas,
Y una vez, a la hora de la siesta.
Pero mucho no me importó.
Pude seguir respirando.
Fu. Fu.
Sabía que ellos confundían ángeles con laureles.
Creí que aquel que llega último en la carrera de 100 metros libres,
También quiere a su vieja,
O no la quiere, quién sabe,
Igual que el que llega tercero,
Por una cabeza,
O el que mira la carrera por televisión.

Imagen: (Juan Carlos Castro / http://www.flickr.com/photos/carloscastroweb/)

Palabras en una lista

Por Uriel Bederman

Hay algunas palabras volcadas en una lista.
Hola.
Mamá.
Marina.
Papi.
Autito.
Y Rocito.
Una máquina inaudita las ha medido.
Se la enchufaron con cables y gomitas en la cabeza del hombre,
Que fue niño,
Y en su pecho,
Retumban las reiteradas sílabas.
Y un día,
Acaso ascienda en el inventario la expresión “achis”,
O “achus”,
(Dependiendo la magnitud del microbio),
Y “ay qué sueño”,
“Qué hora es”
“Qué tal la cosa”.
Y, también, entre ellos, su propio nombre:
En ocasiones,
En los rincones solitarios del día,
Se llama a sí mismo,
Casi a los gritos,
Él se llama,
Y sin quererlo,
Su nombre se mete a codazos en el podio,
Una lista impresa a chorro de tinta,
Que la máquina inaudita escupe,
Como si se tratase de un tiquecito,
O alguna ayuda memoria para el bicho que camina entre las góndolas de un supermercado:
Papás.
Leche.
Papel de cocina.
Mamá.

Un periódico,
Una mañana fría,
Rotulará:
“Científicos de la Universidad de Massachusetts lanzan al mercado una máquina capaz de identificar las palabras más utilizadas a lo largo de la vida de un hombre… Casos de estudios preliminares arrojaron la intrigante evidencia: si se imprimiese en un papel la cantidad de veces que K (objeto de estudio) ha dicho la palabra `Cigarro´ la longitud del mismo alcanzaría los 739 kilómetros. Mientras tanto, juegan con la serpentina en un laboratorio y en los ratos de ocio buscan una cura para los pulmones ennegrecidos por el tabaco.”

(Imagen: Andres Kal / http://www.flickr.com/photos/quadra/)

Free lance

Por Uriel Bederman

No tengo tiempo,

Para. No tengo.

Para quejarme,

O decir que no hay tiempo,

Y que tanto mejor sería tener más.

No tengo.

Ser estúpido como la arena que cae,

Ser la espiga en los labios de un tipo,

Ser los labios,

El tipo.

Ya no hay tiempo disponible.
Soy un nudo apretando un cuello,

Pero misericordioso el nudo,

Permite algo de vida:

Una duchita,

Una cenita,

¼ de garche.

Despertar.

Ser a bordo de un micro alienado

El recuerdo de un recuerdo de un sueño apretado

Entre la inconciencia y el despertar.

La imagen de una espiga color beige, gris o ambar

(¿Qué combina mejor, señor?)

Mecida por una brisa sin horario,

Pero sujetada a unos labios que alguna vez dirán:

“Buenos días, en qué puedo ayudarle, señor”

Una fotografía a bordo del colectivo 109

La narración de una escena a bordo de un colectivo que atraviesa las calles de Buenos Aires, un intento más torpe y débil que una imagen.

Por Uriel Bederman

Hubo una amenaza de bomba en el subte D. En las paradas de los colectivos sobre avenida Córdoba, cerca de la Facultad de Medicina, se apiñaban decenas de hombres y mujeres esperando la llegada de un micro que por fin los deje cerca de casa. Luego de tres días de lluvias en Buenos Aires, el sol caía duro sobre el asfalto.

Éramos unos diez esperando. Subimos al primer 109. Nos acomodamos como pudimos en los espacios libres del colectivo, ideando resquicios impensados, empujándonos. Teníamos caras de fastidio. En semejante escena, yo hubiese preferido la lluvia a ese sol caliente.

En la primera parada sobre Larrea, subió una mujer cargando a una niña en brazos. Un hombre, que estaba sentado en uno de las butacas cercanas al chofer, le cedió el asiento. La niña dormía en los brazos de su madre, que llevaba puesto un pañuelo negro en la cabeza. Le faltaban las cejas. No tenía pelo. La niña se tomaba, casi colgándose, de la cadenita que llevaba su madre en el cuello. Dormía profundamente. La madre la miraba acomodándole, de tanto en tanto, un mechoncito que caía en la frente de la niña.

A las pocas paradas subió otra mujer, con una niña de la mano. Fueron a sentarse junto a la mujer del pañuelo negro y a su hija. La nueva niña estaba despierta, jugaba con una botella vacía. Su madre, sosteniéndola, cayó dormida con la cabeza apoyándose en el caño del micro. Luego de intentar llamar la atención de su madre, la niña de la botella se concentró en la mujer del pañuelo y en su hija dormida.

La niña del mechoncito en la frente y la otra madre, dormían. La mujer del pañuelo y la niña de la botella, su vecina de butaca, se miraron. La niña la saludó con la mano. La mujer del pañuelo le sonrío.

Creo que todos los pasajeros observábamos la escena. En algunos se advertía una cierta clemencia por la niña dormida, su madre, evidentemente, estaba enferma. Se levantó, procurando que la niña no despierte. Bajaron en Nazca. Yo bajé junto a ellas. Cuando estábamos en la vereda, la niña dijo, susurrando:

-¿Ya llegamos mami?
-Sí mi amor, ya estamos cerca de casa-, dijo la mujer.

No pretendo ninguna reflexión, simplemente contar una escena. Una suerte de fotografía.

Entrevista a un amigo

A vuelo de pájaro (equivalente a decir “a boca de urna”, mirada improvisada, no exhaustiva y mucho menos analítica) entrevistar a un amigo puede considerarse una labor sencilla. Pero saber más de lo necesario puede jugarle en contra al entrevistador. Le consultaron a un periodista cómo se disponía para realizar una entrevista. “Necesito saber lo suficiente sobre aquello que voy a escribir, así evitare formular preguntas que me hagan quedar como un imbécil… pero tampoco me abruma ignorar incluso muchas cosas porque tengo la teoría de que nuestro oficio consiste en desconocer algo y, después, saber descubrirlo”, dijo.

Hecho y derecho el breve prólogo, vale decir –corresponde hacerlo- que la tarde aparecía en resabios de sol asomándose entre las nubes de ribetes grisáceos que simulaban trasponer los cristales de un café sobre la avenida Corrientes. El invierno obligaba a los porteños a desenfundarse ya dentro de los ambientes cerrados, como si fuésemos cebollas. Pedimos café; él apenas cortado, el mío mitad y mitad. Nunca puedo recordar a cuál de mis amigos es al que le gusta el café sin azúcar y, en el balance con los minuciosos detalles que la mayoría de ellos conocen acerca de la vida de este entrevistador, siento culpas por mis olvidos.

¿Por qué sin azúcar?
No sé, desde chico. Mi viejo me llevaba a un barcito que hay en Villa Crespo, uno al que iba Troilo creo, o Manzi, me acuerdo que había un cuadro con una foto de él pero no sé si era Troilo o Manzi. Una vez mi viejo me dejó que probase de su pocillo. Para mí fue el acceso a un mundo que hasta entonces tenía prohibido, una llave, el fin de una etapa. El primer sorbo me pareció horrible, creo que intenté disimular. Cuando pasaron los sábados (íbamos siempre los sábados al barcito) me llegó la hora: en vez de Fanta naranja mi viejo me preguntó si quería un cortado. Seguro era pura leche, pero yo sentí que estaba tomando la bebida de los grandes. Nunca le puse azúcar, jamás. Desde entonces me quedó la costumbre.

¿Nunca probaste un cortado con azúcar? Yo le pongo dos…
Ya sé que le ponés dos, una aberración, pero nunca, como costumbre nunca. Alguna vez habré probado.

¿Y, no te gustó?
La verdad que no me acuerdo. Pero de alguna forma –se ruborizó y miró la avenida- lo amargo retiene un poco a ese pibe que quería ser adulto, de alguna forma siento que lo amargo, por contraposición, es un gesto infantil, las ganas de ser un poco más grande y ya siéndolo, la cosa juega a la inversa.

Una psicuanalización al vuelo.
Sí. Además no me gusta con azúcar. Cada vez que le echas dos sobres enteros a ese pocillo de mierda, me parece que estás loco. Un día vas a estallar. ¿Vos te hiciste algún análisis de sangre recientemente?

Tuve que decirle con una voz que parecía la de otro diferente a mí, que el entrevistador era yo. Él sonrío aceptando el juego, liberándome de la consulta. Le pregunté si era feliz y durante la desgravación del audio decidí omitir la sección, no compartirla aquí. No quería ser comparado con Luis Majul y la situación se agravaba cuando le consulté por sus temores. “¿A qué le tenés miedo?” Nueva omisión. Luego le pregunté por su viejo. “Anda bien, ¿y los tuyos?”, dijo. A través del ventanal del café vimos pasar a Kupferman, un compañero del colegio primario que no veíamos hace más de quince años. Entonces comprendí que la entrevista formal ya no podía continuar. Dije:

¿Pedimos la cuenta y te venís a morfar a casa?
Bueno. ¿Qué me vas a preparar che?, hace años que no comemos unas buenas milanesas.

Apagué el reporter y salimos, como cebollas, por Corrientes dándole las espaldas al río.

Villa del Parque, un barrio donde el tiempo transcurre más lentamente que en otros parajes de la ciudad porteña

Alguien me dijo alguna vez que “en Villa del Parque el tiempo es distinto al de otros barrios”. En un comienzo no pude creerle, pero luego comprendí esa lógica.

Un día caí en suerte en el barrio de Villa del Parque. Aunque lo que sigue parezca ser parte de una poetización, no lo es: el punto de partida fue una rayuela dibujada en una pequeña terraza que se alza en la Plaza Mafalda, en Colegiales. Allí, un mediodía soleado, abrí los clasificados y de algún modo aterricé en la avenida Nazca. Alguien me dijo que aquí el tiempo transcurre más lentamente que en otros sitios. En una primera instancia creí que aquella sentencia se refería a que lo moderno prefiere otros barrios, algunas avenidas más paquetas y que la supuesta coquetería, de la mano del mercadeo, llegan a Villa del Parque mucho después que a Belgrano, por nombrar algún paraje porteño favorecido y maldito a un mismo tiempo.

Luego de pasar algunas estaciones por estas calles y conocer este paisaje, comprendí que la sentencia anidaba otras significaciones. No solamente Mc Donals se resiste a instalarse en Nazca -aunque con alguna agudeza de sentidos siempre se encuentra alguna sucursal a no más de diez cuadras-; la verdad anunciaba, además, una realidad más atada al presente, una crudeza acaso más matemática. Dicen que el minuto, que por otros sitios cuenta sesenta, aquí añade algunos segundos más. Y que en la suma, en la acumulación, una siesta puede parecer dos, un atardecer dilatarse, y un domingo dar la impresión de ser más que uno.

En alguna frontera que desconozco, en un punto preciso del mundo, quizá cruzando una calle cualquiera, el tiempo tiene que volver a ser el establecido. Y a veces, aunque Villa del Parque se resista, los vecinos admiten esa invasión de cronómetros para ser, también, un poco rectos: llegar a hora el lunes por la mañana a una cita en el centro y no estar durmiendo aún por esas horas de oficina la siesta del sábado.


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