Junio 21, 2009 | Por uriel-bederman | # Enlace permanente
Por Uriel Bederman
Estos retazos y notas al pie comenzaron a bordo de un colectivo y más tarde yendo a pie por la avenida Nazca. Regresaba del centro porteño la noche de un día convulso. Columnas gigantescas de manifestantes habían avanzado a contramano por Callao hacia el Congreso dejando a su paso una huella invisible sobre el asfalto. En los noticieros, por la mañana, recomendaban no viajar al centro, cómo si uno pudiese elegir tan suelto de cuerpo.
-Escuche señorita del escritorio, aquí habla el vendedor de corbatas y camisas. Llamo para dar aviso de mi falta el día de la fecha. ¿Motivos? La muchacha del noticiero dice que mejor me quede en casa acurrucado entre las sábanas. El centro, dice, es un verdadero caos. Me pregunto cómo es que usted ha logrado llegar hasta allí.
Imposible decir.
Ese día, a la hora del almuerzo, un tipo entró al local. Sin responder a mi saludo descorrió el cierre dócil de un estuche cuadrado, una suerte de agenda sin papeles en el interior. Allí dentro había una pistola. El cañón apuntaba hacia el fondo del local, estaba oxidada –eso me pareció-. Nunca había visto una más que en la televisión y acaso por esta falta de experiencia es que ahora, narrándola, el término “pistola” se me hace ridículo. Quise escribir “arma”, pero lo mismo: ridículo. La cuestión es que el tipo me pidió que abra la caja, me acompañó luego al subsuelo, tomó dinero, una campera, teléfonos celulares y se marchó con gestos teatrales y sin cortesías. Una chica hasta entonces sonriente que pasa su día detrás de un escritorio, allí, en el subsuelo del local, le entregó las chirolas de la caja chica y tembló, abrazada a nosotros, cuando el tipo y su pistola desaparecieron.
Por la noche, entré a un bar de la avenida. Pedí un café con leche y tres medialunas. Me pareció original escribirle un poema al tipo. Una venganza estúpida, pero efectiva. Creí que no existe peor ofensa para un agresor que la misericordia, aunque ésta sea fingida. En mi cuaderno escribí el título “Poema para el chorro de soda”. Me pareció gracioso y seguramente no generará el mismo efecto en quien esté leyendo esta sucesión de líneas que se extienden sin anhelos. Debajo del título anoté lo que sigue:
Quisiera rotar las calles del mundo,
Cambiarles el nombre,
Para que ya no me encuentres.
Que no exista la huella que te trae un mediodía,
Con tu bufoso oxidado,
Y tu capitalismo haciendo la vertical,
En fin: capitalismo.
Si pudiese lograrlo;
Si la calle Montevideo se llamase, mañana, Ayacucho,
Y el número 600 se transformase en puercoespín,
Acaso te pierdas cuando vengas de regreso queriendo apuntarme.
Y ya abatido,
Regreses a las tejitas rojas de tu madre,
Bajo las cuales humea un semi- puchero,
Y en tu pseudo descanso, con la barriga pipona,
Quieras chequear tu guía Filcar,
Corroborando el yerro de tu robo frustrado.
¡Caracoles!, decís, sus mapas se han vuelto sifones,
Que te apuntan con su chorro nervioso,
Y ¡zas!
Casi te empapan,
Pero no.
Y vos, más diosito que hace un rato,
Sentís misericordia por él.
Decís entre dientes:
¡Pobre chorro, hijo de una gran puta!
“Quisiera rotar las calles del mundo / Cambiarles el nombre / Para que ya no me encuentres.” Las primeras líneas del verso para el chorro aparecieron, asimismo, antes que cualquier otra del poema, como frases sueltas que se sucedieron con cierta armonía. Las anoté y, bajo ese tono ambiguo, tuve el deseo de escribir un poema que parezca motivado por un desamor con una muchachita real o inventado y que en verdad se trate de mi descarga hacia el maleante. Pero, además de las dificultades para no incluir género en artículos, adjetivos y nombres, me pareció de veras excesivo hacer confundir los aspectos: demasiados honores para él –aunque de desamores se trate-, y muy injusto para el género femenino y para el concepto filosófico del amor. Taché toda esa alegoría con dibujos frenéticos y escribí más sueltito.
Al día siguiente tuve miedo que el tipo vuelva y, más que por la denuncia con detalles a la policía, se ensañe conmigo cuando encuentre mi letra y descubra que he pretendido burlarme de él, aunque de torpe literatura se trate. Imaginé al tipo del otro lado del mostrador, con el arma en una mano –ahora sí, arma, he dicho muchas veces lo otro-, y en la otra mi cuaderno desplegado como si fuera un juglar, leyendo el poema y enfureciéndose, poniéndose rojo. Aunque debo ser humilde y suponer que el tipo montará en cólera al leer semejante sonsera es, ya, dejar de serlo. Es opinar que el verso surtirá un efecto para el cual, acaso, no tenga la suficiente fuerza.
Pero el tipo no volvió al día siguiente, ni al otro. No pude poner a prueba al poema. El miércoles recibo en la puerta del local a un hombre de aspecto despreocupado que buscaba a un ñato con mi mismo nombre y apellido.
-Soy yo –le digo.
-Buenos días señor. Le entrego esta orden de citación de la Policía Federal.
El mensajero no tenía uniforme ni aspecto de policía. Recibí el papel mecanografiado y firmé una planilla que se llevó consigo. Mientras se alejaba hacia la esquina de Viamonte, asomado vi cómo se colocaba auriculares en los oídos. Caminaba casi bailando con los piecitos en las baldosas disímiles.
Empecé a sentirme de verás molesto. No quería meterme en una comisaría, que me hagan preguntas y evalúen mi pulso. Quería olvidar. Ya era suficiente con la insistencia de todos allí en el local: no había otro tema que la brutal criminalidad que azota a las dulces almas de la ciudad, relatos de casos aberrantes, siempre de gente conocida. Cada uno extendía, como colas de pavo real, su currículum de víctima, su proximidad a la muerte, el caso de un amigo que tenía un primo al que un tren, en Núñez, le había pasado por encima. Todo valía, mientras de horrores se trate. Eso y la promesa, tocando madera (gestos y más gestos), de que el tipo volvería y seguramente ya no en soledad, sino secundado por otro que, según descripciones, se parecerá lo suficientemente a Rambo y a Hitler, como para que a uno se le aflojen todos los órganos internos.
Pero lo que más me molestaba era suponer que los policías me tomarían de punto y una o dos veces a la semana me llamen a concurrir a ruedas de reconocimiento. Esas típicas escenas, también adquiridas en el cine, en las cuales un policía le pregunta al citado cuál de los tipos erguidos delante de un muro, como en un paredón de fusilamiento, es el culpable del ilícito. Y el citado con el temor a la vendetta, temor a que el vidrio opaco no sea de verás opaco, temor a que la misma policía sea parte del clan. Temores.
Aproximadamente a las 10 de la mañana fui caminado a la comisaría. La escena fue bastante distinta a lo que había imaginado, ¡maldita cinematografía! Un policía de civil me tomó declaración, sentado en un escritorio acodado en el rincón de una habitación con pintura descascarada y una radio sintonizada en una emisora en la cual un comediante imitaba la voz del ex presidente y esposo de la actual presidenta. No supe si seguir la broma que hacían los policías, sus risas ante la caricatura del justicialista: uno allí camina con cierta cautela, a tientas.
El tipo, cuya cabeza estaba por completo pelada, tenía una herida geométrica en el cuero cabelludo, sangre reseca que formaba un perfecto rectángulo grumoso. Y a pesar de aquello de “caminar a tientas” tuve el deseo, casi el impulso, de preguntarle si el machucón había sido obra del culatazo de una pistola en medio de un enfrentamiento con delincuentes. Por supuesto que no lo hice y me atiné solamente a imaginar una persecución que terminaba en un callejón sin salida, el policía de rodillas y un hombre sobre él encajándole el golpe desde arriba y huyendo y desapareciendo en la esquina brumosa. Pregunté:
-¿Voy contándote o espero? –el tipo tenía la vista clavada en el teclado de su computadora.
-No, esperá. Yo voy preguntándote y anoto –dijo.
Fue gracioso leer mi propia declaración que el tipo imprimió al instante y me la entregó para que estampe mi firma. Yo era el “diciente”. Abundaban términos como “caco”, “atraco”. Me dio la mano y salí.
Lo que vino después, esta descronología, ya lo conté. Al comienzo decía que todo había empezado a bordo de un colectivo, la noche de un día convulso. Tenía razón la conductora del noticiero: tanto mejor hubiera sido no salir de casa.
(Imagen: Le Corbusier, Museo Reina Sofía)
Noviembre 6, 2008 | Por uriel-bederman | Claves: oficina de creación poética, poesía, poeta, uriel bederman | # Enlace permanente

(Foto: Holguer Pooten)
Por Uriel Bederman
La niñita-secretaria de zapatos gigantes no claudica: sube y baja por las escaleras del edificio, taconeando exageradamente, y cuando se sienta en el escritorio descomunal, repleto de papeles que forman torres que parecen desplomarse, hace sonar sécamente el sello contra la madera del mueble. Nos hablamos solamente por asuntos importantes.
Hoy vino con un anuncio.
-Señor jefe -me dijo -Mañana vienen dos inspectores de la Municipalidad. Dicen que tenemos que estar aquí entre las 9 y las 11 horas de la mañana.
La muchachita-secretaria se fue, entrecerró la puerta de mi despacho privado y regresó en sus pasos.
-Me olivaba -agregó -Mañana es el cumpleaños de mi madre.
Debo admitir que la muchachita no deja de sorprenderme. Cuando la espío a la hora del almuerzo, detecto en sus ojos una suerte de tristeza muy profunda, como si lo poético no le bastara y quisiera ser por fin libre, no viajar todas las mañanas al centro, apiñada en el subterráneo, instalarse por fin en una casa de campo y vivir una vida más similar a la paz. Yo quisiera explicarle que la poesía tiene ciertos inconvenientes, que alguito gris le es necesario. Pero no. Hay algo, un presentimiento oscuro como las venas, que no me permite sentarme cerca de ella y mirarle los ojos.
Tuve que recibir yo solo a los dos inspectores. Hubiera preferido mostrarles que en esta oficina hay una secretaria como manda la ley, con sello y todos los chiches. Pero la señorita-secretaria de zapatos descomunales se ha tomado el día con motivo del aniversario natalicio de su madre, a la que imagino reseca como una pasa de uva. Cuando llegaron, les pedí que dejen los paraguas afuera, en el pasillo. Me miraron raro.
-Asique “creación poética” -dijo uno, alargando las palabras, acentuándolas, como buscando una explicación al tiempo que las letras se anudaban unas con otras. Observaban el lugar, estirando los pezcuesos, envueltos en pilotos beige. Pretendí disuadirlos invitándolos con café. Se rehusaron.
Quise explicarles que la poesía requiere de ciertos aspectos citadinos, que se equivocan aquellos que asocian sin más a la lírica con la vida de un vago que anda por los bares o por los campos o por los cuerpos de las mujeres, solamente. Yo hubiera querido decirles que la poesía también tiene el idioma de los ficheros y de los guardias de seguridad y de los legajos. Pero no pude decirles. Tenían algo oscuro en los ojos, como las venas.
Uno de ellos me dijo que a su prometida le gusta mucho Neruda. Yo le dije que soy de Ferro.
Se marcharon prometiendo regresar. Aburrido, comencé a estampar la tinta del sello en algunas hojas de una novela en la que estoy trabajando.
Octubre 26, 2008 | Por uriel-bederman | Claves: creación, oficina, oficina de, poéticauriel, uriel bederman | # Enlace permanente
Un día laboral más en la oficina. Historias de agitamientos y pago de haberes, con los infaltables tramiteríos propios de toda dependencia.
(Foto: Holger Pooten)
Por Uriel Bederman
Para no dejar de lado la coherencia, la “oficina de creación poética y afines” está enclavada en un edificio gris sobre la calle Tucumán, cerca de Tribunales. El ascensor, cuyo espejito manchado reflejó alguna vez al famoso Niaupa, es uno de esos enrejados que le hacen un hueco a la escalera circular. Ayer por la tarde vi que mi secretaria prefiere subir los siete pisos por escalera. Ocurre que elevadores como éstos suelen meter miedo a más de uno y será ésta la explicación más plausible para entender el hecho de que la mayoría de mis clientes lleguen hasta la oficina de veras agitados, respirando como peces por la boca.
A causa de semejantes agotamientos, determinados diálogos y transacciones se vuelven crueles enredos. Los clientes saludan a la secretaria, que los mira desde sus zapatos descomunales, y ya comienzan a titubear por la falta de aire y el sudor en la espalda. Nos piden alguna diligencia lírica como si estuviesen de veras nerviosos, rindiendo un examen final en la facultad de medicina o confesándole su amor a la mujer más deseada. Se marchan contrariados y nosotros nos reímos. Es ésa la única complicidad que tengo con la niña mujercita secretaria de zapatos realmente gigantescos. Cuando los clientes se marchan, refunfuñando, nos basta mirarnos a los ojos, cerrar la puerta y entonces echarnos a reír, dando vueltas en el suelo que no está tan limpio como para revolcarse de tal modo, de una punta a la otra de la oficina.
Cuando llega la hora del almuerzo cada uno come en su escritorio. Algunos mediodías dejo en la puerta un pequeño hilo por el cual la espío comer unos sándwiches de milanesa que meten miedo. Come como si nunca hubiese comido en su vida.
-Señor, hoy es el día de paga-, dice un rato después, con alguna miga de pan en la comisura del labio.
Le digo: -Tocá la puerta en la oficina del piso 3. Es la única en ese piso. Preguntá por el departamento de pagos y cobranzas, allí hay una señora que se llama Irma que es la tesorera y la encargada de emitir los cheques con los sueldos. Decile que venís de parte mía, no habrá inconveniente.
La mujercita secretaria, arrastrando los zapatos descomunales como esquíes, salió por la puerta. Pude oír sus pasos pesados bajar por la escalera. No pasaron más de cinco minutos cuando volvió, diciendo:
-Señor, la única oficina del piso tres está cerrada. No hay carteles ni nada.
Me hice el contrariado y dije:
-Esta Irma es una mina complicada. ¡Pero cómo son con los sueldos, la gran siete! La patronal piba… Vos no te preocupes que hoy mismo te lo resuelvo.
Le enchufé nueve sobres en una mano.
-Tenés que entregarlos en las direcciones que figuran en el lomo-, dije sin mirarla.
Eran nueve poemitas breves. Tramiterío, cosas grises, del centro porteño.
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En la oficina, un espacio inquietante, la impertinente secretaria le anuncia los llamados a su jefe, un despótico poeta suburbano.
(Foto: Mark Paeps)
Por Uriel Bederman
“Tenés una llamada importante”, dijo la mujercita que simulaba estar corriendo estando quieta en el mismo sitio, zapatitos estáticos sobre la alfombra. Parecía estar huyendo.
-¿Quién me busca?-, le dije.
-Su madre, señor-, respondió ella. Desde que tengo esta oficina, me dicen “señor”. Es divertido.
Ella, como nunca antes, se atrevió a correrse de la frontera de lo informativo:
-¿No va a atender, señor? Su madre me dijo que estaba apurada.
Le dije que le diga que me dijera qué es lo que necesitaba. Ella frunció el entrecejo y se fue andando con pasitos cortos e histéricos. Entrecerró la puerta.
En la entrada de la oficina hice instalar un bello cartel en bronce. Dice: “Oficina de creación poética y afines”. En la fábrica en que lo tallaron me cobraron más guita que a un abogado, o dentista, por nombrar dos ejemplos entalcados. Lo sé porque semanas antes consulté por un cartel del mismo tamaño y material, pero con una inscripción distinta: “Estudio Pérez Castro”. Unos cien pesos menos en el presupuesto. Supongo que desconfiaron de mi profesión. La poesía es inquietante.
-Su madre, señor. Lo llama nuevamente.
-Bueno, decile que espere.
Mientras tanto terminé el octavo capitulo de la tercera parte de una novela en la que estoy trabajando. Se llama, por fortuna, “Oficina de poetas”. Madre esperaba al teléfono. La niña secretaria me miraba de reojo desde su escritorio, con sus zapatos de tamaño descomunal. Entonces, sólo para complacerla, fui hasta el aparato telefónico. Hice que hablaba, que asentía a algunas indicaciones, “abrigate”, “lleva pañuelo”, “no dejes de cenar”. “Ajá”, “mmmja”, “tal cual”, “afirmativo madrecita”.
-Bueno madre-, dije por fin. -Debo seguir trabajando. La oficina es un mar de papeles-, siempre había querido decir eso.
Colgué. La señorita secretaria me miró fijamente a los ojos. Cada vez estaba más hundida en su butaca. Me dijo que yo estaba macaneando, que no había hablado con nadie, que seguramente la señora se había cansado de esperar y había colgado el auricular hace largo tiempo. Se atrevió a decir “pobre señora, pobre”.
Mientras me alejaba hacia mi oficina (me esperaba un tremendo tostado y no quería que el queso se ponga duro) le dije:
-¿Usted no vio el cartel que la recibe en esta oficina?
Ella dijo que sí, que lo había visto. Le dije:
-Entonces no formule semejantes preguntas impertinentes, tan fuera de lugar. A usted se le paga por hacer su trabajo, no por revivir a mi madre, que ha muerto hace siete años en la ciudad de Montevideo.
La niña mujer secretaria de zapatos gigantes, terminó por hundirse en el sillón. Parecía estar desapareciendo. Tomó del cajón un sello inmenso y comenzó a marcar con tinta unos cuantos poemas que yo le había dejado en una carpetita de tapas amarillas.
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