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Carta a A. Perez Esquivel

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Lima, 14 Noviembre 2012

Sr. Adolfo Pérez Esquivel

Estimado Señor,

Le mando esta carta esperando con ella Ud., pueda comprender algunos dolores, algunas alegrías y algunos corazones, que a la distancia siempre van a ser los mismos a pesar del mucho o poco tiempo que haya pasado.

Le quería contar la historia de un hombre que allá por los años 80’ conocí cuando tenia la edad de 2 años, en realidad recuerdo muy poco de él, de como era, de como vestía, como se veía, solo las fotos de los álbumes familiares me ayudan a salvar su recuerdo del naufragio del olvido.

Lo único que guardo en mi memoria y se lo puedo asegurar con mucha firmeza, son los “buenos días” a carcajadas con que despertaba de niño, cada vez que visitaba la casa de campo en vacaciones; casa donde él vivía.

La vieja foto que guarda mi madre en su cartera me hace saber que tenia el pelo negro azabache ensortijado, no muy grande, lo suficiente para protegerlo del frio inclemente que en invierno hace por esta zona de mi país, seguro que también por eso utilizaba una barba abundante que le cubría el rostro, su piel blanca y su figura estilizada junto a sus piernas largas, a veces me confundían con los muchos extranjeros que siempre andan de paso por este pueblo. Pero regresando a lo que le contaba, en vacaciones viajábamos a la casa de campo con mi familia a pasar el largo verano, él tenia su habitación junto al nuestro, nunca estaba cuando llegábamos, mamá siempre decía que estaba de Turno; pero al amanecer del día siguiente, una voz gruesa y una gran sonrisa siempre irrumpía en mi habitación y de pronto las cosquillas en mi vientre no dejaban de cesar, intentaba cubrirme con las colchas, pero créame era imposible, él siempre ganaba despertándome con sonrisas, mamá muchas veces nos llamo la atención por que con tantas cosquillas a veces yo no contenía la orina y siempre mojaba la cama.

Fueron muchos de esos amaneceres de inmensa felicidad que pase en mi niñez Sr. Pérez Esquivel, quizá a ese hombre del que hoy le cuento lo llegue a querer como a mi padre, a pesar de que tengo uno muy bueno y cariñoso también.

Cada mañana pasaba a despertarme por que quería que fuéramos a desayunar junto a él, antes de que se marche a trabajar a la posta médica del pueblo. Sabe, hasta el día de hoy que le escribo desde una cómoda oficina en la capital de mi país, se me vienen la lagrimas al recordarlo, nunca mas pude despertar así desde que se fue, mi padre en las primeras semanas lo intento pero nunca fue igual.

Fue un día del 89, cuando tenia 10 años, ya muy de noche que llamaron a la casa, mi padre contesto y cuando colgó el teléfono, su rostro palideció y solo miraba a mi madre, yo hasta ahora recuerdo ello, estaba haciendo mis tareas cuando él se lo conto a mi madre, Yo solo atine a correr hacia el cuarto de mis padres y me arrodille sobre la cama frente al crucifijo que mamá tenia sobre su cabecera, y le pedí, pedí y pedí a Dios que fuese mentira, o que si sucedió él estuviera sano, no sabe cuanto se lo pedí.

Esa noche nadie en casa pudo dormir, oía a mi madre llorar y si ella lloraba nosotros también lo hacíamos. Al día siguiente mamá y papá se despidieron de nosotros con un beso en la frente, le dieron instrucciones a nuestra nana para que nos cuidase y nos siga enviando a la escuela.

Mi padre es un hombre muy inteligente y el doble de bueno, siempre lo he visto hacer el bien, nunca ha peleado con nadie por eso que tampoco tiene enemigos. En esa época él era Jefe del área de transportes de una empresa minera japonesa, tenía una vieja camioneta Dodge 100 color verde, con la cual partieron de la villa minera a la casa de campo distante a 4 horas de allí.

Ya de grande me entere que mi padre había arriesgado su vida con tal de cumplir el último deseo de mi madre (enterrar a su único hermano), me contaron que una vez llegado al pueblo mi padre se puso en contacto con el puesto policial del lugar donde le dieron todos los pormenores del trágico atentado, mi padre pidió ir a auxiliar a los médicos caídos, pero nadie se atrevía a viajar hasta el lugar (a 8 horas de distancia), bajo esa perspectiva el decidió ir con la vieja camioneta Dodge, pero los policías se lo impidieron aduciendo que no podían permitir que otro civil mas muera, a tanta insistencia de mis padres 4 policías decidieron ir como escoltas, mi madre también quiso subir a la camioneta, pero mi padre se lo impidió apelando a su sensatez, – ¿que pasara con nuestros hijos si nos sucede algo y no regresamos? ¿Con quien se quedaran, si vamos los dos? – creo que ante esa pregunta mi madre entendió en su dolor que primero estaban sus hijos.

No puedo contar al detalle lo que encontró papá cuando llego al lugar, solo le diré que recogieron todos los cuerpos sin poder reconocerlos, tuvieron que dar media vuelta con tanta rapidez por que la muerte los acechaba a cada paso.

Hasta esta parte ya sabrá que la persona del que le cuento es mi Tío, él se llamaba Edwin, era el único hermano de mi madre, tenia 35 años cuando fue asesinando, era medico enfermero; habían iniciado una campaña de salud junto a sus colegas para ir a curar a los mas pobres en los recónditos pueblitos de la sierra de mi país, para mala suerte de ellos coincidieron en la ruta de terroristas armados, que no tuvieron piedad con ellos.

Esta es la razón de mi carta, me siento agredido, pisoteado, humillado, invalido de no poder hacer nada, cuando escucho a los compañeros de los delincuentes que mataron a mi tío decir que son prisioneros políticos, pedir amnistía y fotografiarse con ilustres personas como Ud. y las Madres de Mayo, si es así, Yo también pido que liberen a mi madre de su sufrimiento, que la amnistíen de su dolor, bajo ese paralelo mi madre también fue condenada a sufrir.

Sabe, ella y mi padre que ahora esta jubilado siguen viviendo en la misma casa de campo, y todos los domingos sin dejar uno solo en todos estos años, va a dejarle flores a su hermano y llorar frente a su tumba. Hace algunos años murió el abuelo, sus ultimas palabras fueron, “ya me voy a encontrarme con mi hijo”; la abuela también es muy anciana, seguro que debe pensar lo mismo; mi tío tuvo 2 hijas antes de morir, dos hijas que no tuvieron un papá que las cogieran y las llevase al altar cuando se casaron.

Hoy le escribo desde mi oficina en la Ciudad de Lima, tengo 33 años actualmente, no he dejado de pensar algunas veces que hubiese sido si él hubiera estado vivo; en la casa de mi madre no recuerdo que alguien haya vuelto a pronunciar su nombre sin ver escapar de los ojitos de mamá una lagrima, pero como dice la frase Dios nunca te cierra todas las puertas; hace 2 años ese nombre que causaba pena pronunciarlo ahora nos da esperanza y alegría, por que mi madre ahora tiene un pequeño hermanito (como dice ella), hoy tiene un nieto hijo de mi hermano que lleva el nombre de mi tío…. “Edwin”

Eso era todo ilustre señor, solo decirle que todo lo que le conté existió y si un algún día se le apetece visitar estos hermosos lares, aquí tiene un amigo que puede contarle a viva voz la verdad de la historia y si por si acaso desea subirse a un auto, con gusto lo llevare a conocer los hermosos parajes que hoy en tiempos de paz es mi país, y por ahí que pasamos a saludar a mis padres para que le cuenten con detalles todo lo que en esta minúscula carta quise decirle.

Un fuerte abrazo…

Pdta.- La Comisión de la Verdad y Reconciliación, registra este caso con el numero 1011073, aunque la fecha es inexacta.

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Lo que expresa tu corazon

Tenía la mirada puesta en sus hermosos ojos, en la palma de mi mano derecha un dibujo del culpable de todo esto (mi corazón), se lo mostraba como condenando al ser que desde aquella tarde de invierno que la conocí había cultivado este hermoso sentimiento hacia ella y cuyo único propósito era hacerla feliz; No esperaba mayor respuesta cuando le expresara todo lo que sentía solo quería que lo supiera… esa noche de lunes solo recordaba un relato…

LO QUE NO VIO LA LUZ

I
Antonio tenía una casa enorme con una higuera al centro pero no tenía hijos, ni familia, ni mujer. Cumplía 76 años y sentía que moriría pronto y que esa casa se volvería un casco vacío con un árbol muerto y un viejo que se pudre en un cuarto. Quiso regalarla mil veces pero no se atrevió. Pudo ser de la holandesa que lo amó hace mucho con la cual fue mezquino. Pudo ser de esa vecina a la que desalojaron hace diez años: el pudo amarla, ella la necesitaba más. Pudo ser. Pudo ser. Pero cerró el corazón como un puño y hoy se arrepentía.

II
¿Y si le busco un padre a mi hijo? Se dijo
Adela, sin confesar que quería un marido, alguien con quién hablar después de que el bebé se quedaba dormido, No salía, por miedo a todo. No pedía, por miedo al rechazo. No soñaba, por miedo a frustrarse. Nunca mostraba sus pinturas a nadie. Su hijo crecía solo y ella de noche lloraba sin saber que el miedo la escondía y no dejaba nunca que su corazón viera la luz.

III
Su madre le regaló la semilla envuelta en dos palabras: decídete, siémbrala. El la metió en su bolsillo y la llevó siempre ahí esperando la oportunidad. En el colegio no se atrevió. En la calle le dio miedo. La semilla se durmió y las ganas del niño también. Quería ser médico y acabó vigilante. De viejo encontró la semilla entre sus libros y al llegar año nuevo, la quemó.

IV
Mario, desde la ventana la veía pasar todos los días. Ella sonreía pero nunca hablaron. El ansiaba prometerle el cielo. Cantaba en secreto baladas para ella, pero no le decía nada. Culpaba a la casualidad (que no la veía, que nunca estaban cerca, que la vida no ayudaba) pero sabía que simplemente no se había aventurado. Un día ella se mudó (una semana después de que abrieron un teatro en el barrio) y el corazón de Mario quedó mudo para siempre, escondido tras la ventana que no abrió más.

V
No se atrevía a escribir la obra de teatro que tanto quería. Se sentía opaco y poco original pero no podía dejar de pensar en su historia, tomaba notas, creaba personajes, imaginaba diálogos. Soñaba que la estrenaba y en sueño se quedaba todo: al despertar,
Fernando se iba a la oficina y enterraba el cuaderno de su obra bajo los papeles de su despacho de contador.

VI
De repente un día,
Fernando se decidió. Escribió su obra, la mandó a un concurso, ganó, la estrenaron. La noche del estreno Mario (el tímido) se atrevió a invitar a Mónica (su amada). Pero Mónica lo plantó y Mario se sentó solo junto a una mujer con su hijo, llamada Adela, que le hablaba sin parar de cocina y de arte. Se enamoraron. Se casaron. Criaron juntos al niño. Y un día este chico –Alonso- tocó la puerta del viejo del barrio y le pidió permiso para sembrar una semilla en su jardín.
-Ya tengo un árbol, le dijo Antonio. Y después agregó: -pero no importa, entra. Te gusta mi casa?
-Me encanta, le dijo Antonio. Y viendo al viejo tan enfermo, pensó: voy a ser médico.

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