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Una Historia Diferente II

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Continua de:
Una historia Diferente I

Las hojas de los eucaliptos caían sobre los caminantes con la brisa que soplaba aquella tarde, era refrescante andar por entre los arboles por su fresco ambiente que aplacaba el duro calor que hacía en estos meses de verano, quizá por ello ese día había estacionado el auto cerca a este bosque y no donde todos peleaban por estacionar, cerca de las aulas.

Demore un poco en salir del auto mientras arreglaba mi camisa y me rociaba un poco de perfume, después de todo era el primer día del Diplomado Internacional en …, era rimbombante el nombre del curso y auguraba que así de grandioso fuese el conocimiento que iba adquirir.

Presto me interne en medio del bosque y camine lentamente, embriagado por el aroma de los eucaliptos recordé mi niñez, en la casa de campo de papá, había un bosque muy grande donde había muchos eucaliptos, que de tiempo en tiempo soltaban cortezas que caían al suelo, Yo las recogía y me preguntaba:

¿Porque mamá compraba trozos de canela en la tienda cuando preparaba arroz con leche (mi postre favorito) si la canela andaba desperdigada en grandes cantidades en el bosque?,

– Algún día seré millonario cuando venda toda esta canela, – me decía –

Si bien eran parecidos, la corteza del eucalipto no era agradable cuando lo mezclabas con el arroz con leche, me lo enseño mamá con una paliza en las nalgas mientras botaba la olla entera del postre que yo había sazonado con corteza de eucalipto.

Ensimismado en mi recuerdo y con el dolor en la nalga que me hacía caminar como C-3PO (el Androide de protocolo de las Guerra de las Galaxias), aunque no era por la paliza de mamá sino por una inyección que me había puesto un día antes, proseguí mi camino al aula.

Dos horas más tarde estábamos en la cafetería con un grupo de compañeros que había conocido ese día, eran las 20:30 horas y me tomaba un café mientras nos hacíamos preguntas: ¿dónde trabajamos?, ¿si estábamos casados o no?, ¿en qué distrito vivíamos? y tímidamente (mientras entrabamos en confianza) algún comentario sobre alguna compañera que haya llamado nuestra atención; eran preguntas que todo grupo de hombres suele hacerse como ritual de iniciación (situarse en el lugar y saber quién eres dentro del grupo).

Estaba mirando mi café y escuchando contar sus aventuras al soltero del grupo, cuando algo a lo lejos llamo mi atención, el perfil de esa persona sentada junto a la puerta me era conocido, estaba de espaldas hacia mi pero por momentos con ese tic que tenia de jugar con los pies balanceándose sobre la silla mostraba su rostro, traía un libro en sus manos y un vaso con jugo de naranja sobre la mesa esperando ser bebido; supuse que recién había llegado porque no lo había visto cuando entre a la cafetería y estaba segurísimo de ello, porque a dos pasos de él había una simpática señorita que había tomado mi mirada al llegar y no lo soltó hasta que me dirigí a caja a pagar mi café.

En mi situación de hombre casado y feliz no me eran permitidos ese tipo de coqueterías, aunque; cuando ocurría, recordaba la canción de los hombres G, “nunca hemos sido los guapos del barrio, siempre hemos sido una cosa normal….”. Lo cierto es, que ese tipo de situaciones elevaban tu ego masculino, incluso con un esfuerzo inaudito intente caminar como Han Solo (Harrison Ford – en la Guerra de las Galaxias) aunque el dolor en las nalgas me recordaban a mi madre golpeándome con su olla de arroz con leche… además no estaba mi mejor amigo que era un experto bajando egos con su frase “Quieto Brat Pit”.

La guapa chica estaba concentrada en su revista ahora y no me prestaba atención. Yo estaba intrigado por si la persona que veía a los lejos era el mismo de la estación Canadá en la Vía expresa, habian pasado muchos años,… pedi disculpas al grupo, me pare y camine hacia él … esperando no equivocarme.

Continuara …

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