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El dulce sonido del amor

Continua de: El secreto de mi recuerdo

VII

Mis visitas se hicieron mas frecuentes, disfrutaba mucho de esas charlas de sábado por la tarde junto a Marie.

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La fui conociendo poco a poco con cada mirada, cada gesto, cada palabra. Lloramos alguna vez por algo triste, reímos muchas veces con recuerdos de infancia.

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Muchas tardes pasaron en aquella pequeña habitación situada en el pabellón del ala izquierda del centro.

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Junto a Marie vi florecer las rosas del jardín en primavera erguirse radiantes hermosas, también las vimos marchitarse y caer sobre el césped, pero cada vez que sucedía, luego de una breve tristeza revivía en nuestros rostros las sonrisas cuando el capullo de alguna rosa se asomaba, era la ley de la vida y todos estábamos destinados a eso, incluso nosotros.

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Ella siempre me recibió con su saludo en francés:

¡Monsie Aldo!… me encantaba como lo decía que me esforcé en aprender algo de francés para sorprenderla con una frase bonita…

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Creí conocerla muy bien, hasta que una tarde mientras contemplábamos a las palomas en el jardín, escuchamos:

Tin ton!!! tin ton!!! tin ton!!! …. sobre su rostro una lagrima se asomo…

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VIII

Delicadamente tomo su pañuelo y comenzó a secar las lagrimas de aquella joven que ahora se convertía en su esposa, las campanas de la iglesia siguieron sonando,

Tin ton!!! tin ton!!! tin ton!!!

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Las lágrimas que ese día derraba Marie eran de felicidad, y El lo sabia, luego de 1 año de conocerse, ese día se concretaba su boda.

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Abrazo a Alejandro, el testigo de la boda y el testigo de este amor que surgió por un juego del destino en la habitación de una clínica. Mientras brindaban Alejandro le preguntaba:

¿Qué hubiese pasado si ese sábado no ibas a visitarme? Y mas aun ¿si no te confundías de pabellón?…

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Ambos amigos rieron, recordando aquella anécdota que le había permitido conocer a Marie. Había transcurrido un año de aquel entonces, de aquella primera vez, y con el pretexto de ser un voluntario que ayudaba en la clínica regresaba cada día a verla, traía con él siempre un clavel, y un libro que le leía en sus interminables tardes.

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Marie lo esperaba cada día, con la misma sonrisa de la primera vez, sentía ansias de volver a verlo, saber de él, donde vivía, que hacia.

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Alejandro fue el encargado de dejar un clavel cada mañana en la habitación de Marie mientras ella dormía, enterado de la aventura de su amigo se había ofrecido hacerlo para rememorar el recuerdo de su padre.

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Y así fue que cada mañana al despertar Marie encontraba el clavel sobre el velador, nunca supo quien lo ponía ahí, pregunto a la enfermera, al personal de limpieza, pero nadie había notado nada. Para suerte de El, Alejandro estuvo en la clínica durante 3 meses y Marie solo 2.

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Por las tardes cuando El llegaba situaba su clavel en el mismo vaso junto al otro clavel, y le decía: Este es el mío que representa mi cariño hacia a ti. Cuando Marie preguntaba sobre si El ponía el clavel de las mañanas El lo negaba y repetía “es tu padre, que te cuida desde el cielo”.

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Entre medicinas y enfermeras, entre doctores y pacientes, entre pasillos y camillas, nació el amor entre ellos. Al salir Marie de la clínica luego del tratamiento que nunca le contó de que fue, El la siguió visitando a su casa, se hicieron enamorados y luego novios.

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Un día muy temprano El llego a su casa la cogió de la mano y le dijo – ven mi amor quiero mostrarte algo – la subió al auto en pijama como estaba y la traslado a unos sembríos fuera de la ciudad, al llegar le cubrió los ojos con un pañuelo y la cargo entre sus brazos para que no se ensuciara con la tierra, lentamente la llevo hacia una colina, ella no pregunto nada, se sentía segura aferrada a su cuello sintiendo el latir del corazón de su amado, fuerte, vibrante no era de cansancio, no era de esfuerzo, era de amor, te ternura, de jubilo de tenerla allí. Al llegar a la cima, la bajo y le dijo: – lee mi amor y luego respondes – y le quito el pañuelo; un inmenso sembrío de claveles de todos los colores apareció frente a ella, en medio podadas con mucha maestría se leía CASATE COMINGO, ella hecho a llorar sin antes decir – SI ACEPTO – un dulce beso perpetuo ese instante. (Continua)

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Alguien ha dejado secretamente,
una flor de amor en mi mano,
Alguien me ha robado el corazón
y lo ha esparcido por el cielo
a los cuatro vientos,

Alguien ha nacido hoy

en mi recuerdo junto a esa flor de amor.

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El Secreto de mi recuerdo

Continua de: El juego del destino

V

Había pasado una semana de mi última visita, esperaba con ansias regresar y saber de ella. Después de unos días eternos llego el sábado.

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Al llegar corrí presuroso por el pabellón, al ingresar a su habitación mire a Marie llorando, pero su rostro denotaba alegría; miraba fijamente un clavel que yacía sobre el marco de la ventana que daba al jardín; no se percato de mi presencia, ingrese y toque su hombro, ella voltio a mirar secándose las lagrimas.

- ¡Monsie Aldo! – dijo

- Hola Marie ¿Qué te pasa? – pregunte

- Nada, miraba el clavel, lo trajo por la mañana el jardinero del Centro, sabe que me gustan – contesto

- Oh, que bien – dije

pero sus lágrimas hablaban de algo más…

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La puerta se abrió lentamente con un sonido, Toc, toc, toc –

- ¡despierta princesa! – se escucho

el rostro de su padre se asomo por la puerta con un clavel en la mano. Adoraba a ese hombre, su príncipe azul de carne y hueso que le hacia imaginar que los sueños eran posible si se pedían con fervor a Dios.

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Por las mañanas su padre ingresaba a su habitación con un clavel y luego de darle un beso colocaba el clavel sobre el velador.

“Las flores son los oídos de Dios, pide tus deseos que él los cumplirá”, le repetía cada mañana.

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El rostro de ese único hombre que existía en su vida era todo para ella, se sentía protegida, amada, conquistada; era su padre, su amigo y seria su esposo cuando creciera le decía a su madre, ella sonreía al oírla.

“Se que encontraras un hombre tan bueno como tu padre mi amor” – pensaba en silencio su madre.

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Para su padre era la princesita de sus ojos, el ser mas importante junto a su amada esposa; detrás de la puerta disfrutaba verla pedir a Dios frente al clavel, todo lo que escuchaba lo obtendría para ella, no quería que pierda nunca la fe en que sus deseos se pueden hacer realidad.

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VI

En estos 5 años no volvió a pensar en aquel hábito de conversar con los claveles, su recuerdo quedo quebrado a los 15 años cuando murió su padre de un ataque cardiaco, su madre se empeño en repetir aquella tradición, pero fue imposible para ella sustituir la memoria del padre, hasta ese día…

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Al mirarlo entrar por la puerta de su habitación con un clavel en el bolsillo del saco, sonrió evocando a su padre, su alegría perduró mientras el recuerdo invadía su mente y revivía cada momento junto a él, su sonrisa, su beso, sus buenos días, disfrutaba nuevamente sentir el anhelo de contar sus sueños al clavel y esperar que estos se realicen.

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Él no recordó que llevaba el clavel en el saco, lo había comprado para colaborar con una humilde anciana que las vendía a la entrada de la clínica. Grande fue su sorpresa al ingresar a la habitación y ser recibido por esta bella joven con una sonrisa amorosa.

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Pronto ambos se dieron cuenta que eran dos completos desconocidos..

Él, sonrojado balbuceo:

- Hola!!! Yo… estee….uhmm…no se…Yo – Sonrió y no dijo nada mas…

- Ella rió al verlo rojo de vergüenza y lo invito a pasar.

- Hola soy Marie… ¿Cómo estas?

- Yo… Uhmmm …. bien – respondió

- ¿Y ese clavel?

- ¿clavel?.. (advirtió que traía el clavel en su saco e imagino que seria un bonito cumplido regalárselo a ella)…

- Ah el clavel, es para ti me encargaron entregártela en el corredor –

respondió, pensando en que decir si ella le preguntase quien se lo había enviado; al mismo tiempo se preguntaba ¿donde estaba Alejandro, si era la habitación 203?.

- Gracias!!! Que bonito detalle, siéntate – respondió Marie, mientras le indicaba la parte inferior de la cama…

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Los minutos pasaron y él olvido la visita a Alejandro, olvido el tiempo transcurrido, olvido su soledad, sus días de melancolía.

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En ella renació el deseo de creer en el amor, de creer en sus sueños, de sentirse acompañada, de sentirse querida.

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Quizá en el alma de los dos, el amor germina como una pequeña flor, envuelta en sus hojas verdes, esperando ser alimentada de sueños, de miradas, de cariño, de sonrisas para florecer.

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“Recuerda lo que te he dicho

cuando veas un clavel

sonríe con mi secreto,

en algún lugar del mundo

alguien te ha dicho te quiero

Continua…

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