AUTOGESTION

Sobredosis de “AUTOASSHHUDA”

La génesis de este palo enjabonado que nos lleva irremediablemente al piso (más precisamente al desembolso de un puñado de billetes a cambio de un libro con recetas mágicas para la plenitud espiritual y el engrosamiento de la cuenta bancaria), tiene una fórmula matemática perfectamente comprensible:

EQUIS (libro escrito por gurú ladri) = alma en pena – fé en Entidad Superior + problemas económicos x pérdida de control de malos hábitos al cuadrado – autoestima x (frustración + impotencia) + abstinencia de psicofármacos al cubo – psicoterapeuta idóneo

Despejaremos equis al final, concentrándonos primero en los factores que potencian la súbita caída en esta exposición a literatura S.O.S. “fatto in casa”.

Alma en pena
Toda crisis sacude la estantería de una cabeza bien acomodada. No hay que desestimar ningún problema, por más banal que sea. A cada cual le jode lo que le jode. Para un pendejo de quince puede ser fatal perder la bolita jamaiquina del piercing, del mismo modo que para una mujer de treinta descubrir que su marido se curte a su Contador. No se puede minimizar la tragedia propia, cada cual se deja sacudir por lo que puede o le ha tocado en suerte. Para algunos chocar el auto los deja al borde del suicidio y a otros los mata enterarse de que van a ser madre/padre cuando les salió la beca que hace seis años esperaban. Minas que armarán un escándalo porque no consiguen turno para el service de las uñas esculpidas se sumirán en la más profunda depre mientras que para otras la mancha de humedad en la pared del baño las arrastra a la crisis de fé más grande de sus católicas vidas. La escasa o nula tolerancia al conflicto es lo que convierte a un ser humano en un alma en pena, carne de diván (si se lo cubre la prepaga) o de librito escrito por pastor evangelista si el bolsillo se lo permite. Las crisis son la mecha que enciende este mecanismo mezcla de desesperación y apuro por sacar la cabeza del agua abrazados a una tabla de surf en forma de libro con nubecitas y promesas en la tapa. Libro plagado de optimismo que proviene de un autor cerebrito de corcho, que hace honor al nombre de la góndola donde reposa su producción (con lo que factura queda claro que se súper ayuda a sí mismo).

Fé en Entidad Superior
En algún momento de nuestras vidas dejamos de creer en algo. En el Intendente de nuestro Municipio, en la bondad de nuestro ángel de la guarda, en los poderes del Gauchito Gil, en la generosidad de la palomita blanca que ha elegido este año para cagarse sobre nuestras cabezas o en la moratoria de ARBA. Nuestro sistema de creencias se derrumba, y con él se va a la mierda todo aquello a lo que le asignábamos un determinado valor. Entonces saltamos al vacío buscando una mancuerna de la cual aferrarnos; nada mejor que la colección completa de libritos de bolsillo de un médico hindú o un hawaiano adinerado, para darnos la manito que estamos buscando. Porque estamos buscando respuestas, y esas páginas están repletas de frases lacrimógenas, estrategias difícilmente ejecutables en la vida real, consejos ridículos, filosofía de supermercado y una gruesa batería de testimonios marketineros que auguren un resultado positivo (sobretodo en las ventas del libro en cuestión).

Problemas económicos
Si pusiéramos cada centavo que gastamos en esta bibliografía tarada, no tendríamos problemas económicos. No se sabe qué vino primero, si el libro es el huevo o la gallina. Pero vino el resumen de la tarjeta y tenemos un pago mínimo equivalente al 80% del sueldo; que prolijamente invertimos en lectura que nos iba a convertir en “mishonarios” para poder pagar, con toda comodidad, el resumen de dicha tarjeta. El libro contiene la receta para el atajo, para llegar a la cima sin levantarnos del sillón donde, despatarrados, leemos con fascinación repitiendo como loros “sho me amo, sho me aprecio, sho me estimo, sho me mimo”.

Pérdida de control de malos hábitos
¿Quién no ha comprado el librito con los veinte consejos para dejar de fumar, la dieta de la rodaja de melón, la medicina ayurvédica para bajar el consumo de antidepresivos o el de los doce pasos para dejar de ser un dependiente emocional con una ligera tendencia a la psicopatía? ¿Ud. no? Le aviso que miente, y lo sabe. Lo que ocurre es que miente bien porque se agenció la primera edición de “Yo estoy bien, el mundo está equivocado”; ahora ni siquiera se da cuenta de que tiene un problema, con lo cual está básicamente sanado, anuló el síntoma y se dedica a joderle la vida la prójimo sin tener el más mínimo registro de ello ni un ápice de culpa.

Autoestima
La autoestima de los compradores compulsivos de autoasshuda, es una montaña de arena que hay que levantar del piso con una cucharita de café. Eso, si todavía existe rastro de ella. Para caer en la trampa de estos libros hay que tenerse escaso aprecio, o vivir convencido de que uno se quiere tanto que se autoregala un libro para aprender a quererse. Que conste que se lo autoregala porque no tiene a nadie que se lo regale, y no sigo escribiendo porque me da penita.

Frustración e impotencia
Este matrimonio hecho en el infierno, fue creado por la Entidad del Mal para hacernos caer en la tentación. El que se frustra porque no puede manosear a su estrella de cine favorita, vacacionar en Mykonos u obtener un sustancioso aumento de sueldo; caerá rendido a los pies de un ejemplar de esos que te enseñan a meditar y visualizar aquello que sólo obtendrás soñando despierto (porque seamos honestos, ni meditando diez horas seguidas podrás zamparle un pico en la boca a Humphrey Bogart…que lleva muerto más de un cuarto de siglo, por más visualizaciones que hagas). Lo cual te genera la impotencia suficiente como para comprarte el próximo ejemplar del Cosho ese que compiló y publicó todas las frases que escuchó en la serie Kung-Fú, ¡pequeño ladri saltamontes!

Abstinencia de psicofármacos
Acá tenemos un problema de logística que gira en torno al farmacéutico turro que se asustó con tanto narco suelto y ahora no te vende ni una tira de aspirinetas sin receta. El proveedor de tu ansiolítico favorito ha decidido unilateralmente que de ahora en más te pegues un voltio por el Psiquiatra para clavarte el mismo clonazepam que hace veinte años consumís porque él te lo vende a dos mangos la docena de 2 miligramos.. Con los ojos dados vuelta y un cable a 220 en el culo, saldrás despedido como el transbordador espacial a comprar un libro que te diga como lidiar con todos esos gusanitos de colores que se pasean delante de tus globos oculares. Cuando te dejen de temblar las manos, podrás leer el prólogo llegando a la conclusión de que el libro sólo te assshhuda a alimentar tus ganas de poner un laboratorio clandestino (lo cual es un buen negocio, definitivamente llegarás a mishonario, pero no gracias al libro).

Psicoterapeuta idóneo
Existen, pero cobran un huevo. El libro te cuesta un cuarto de sesión y te dura un mes (considerando que lo leas exclusivamente cuando vas a defecar, que es lo que hace la mayoría). Muchos terapeutas escriben autoasshuda para autoasshudarse, escriben sobre manipuladores y de cómo evitar a la gente tóxica (sentado en el inodoro, es muy fácil pensar que con un puff de “Glade Brisas de los Bosque de Salzburgo” repeles indeseables…aromas y personas por igual).

Equis=bibliografía para problemas existenciales, filosóficos, religiosos, dérmicos, culinarios, sexuales, parentales, legales, pediátricos, psicológicos, mecánicos, intestinales, metafísicos, cosméticos…algunos ejemplos…

“Cómo sanar tu alma en cinco días”
“La dieta del té”
“Sé millonario”
“Sé feliz”
“Atrae todo a tu vida” (tipo imán, hasta se te pegan los clips en la oficina)
“Resultados maravillosos sin mover un dedo”
“Cómo mantenerse casado sin morir en el intento”
“Lifting espiritual”

Pequeño test para saber si eres adicto a la bibliografía de autoasshhuda (3 es más que suficiente)

Te lees todas las notas de yoga, de medicina alternativa, de Reiki, del horóscopo Maya, sobre biografía de Dalai Lama, y reportajes a Donald Trump/Bill Gates/De Narváez; que salen en los suplementos de los periódicos dominicales.
Kitaro es el único músico que ha echado raíces en tu mp3.
Tenés una wish list en la mesa de luz (larga como el Antiguo Testamento).
Tenés una piedra favorita que frotás todas las mañanas mientras le reiterás tu agradecimiento por los dones recibidos y a la que le renovás el pedido del día (con dos ítems nuevos).
A sorbitos de té verde ponés tu mente en alfa pegándote un viaje extra-corpóreo de tal magnitud que contestás el teléfono cual autómata: -La señora está descansando, llame después-
Se te dio por consumir porotos, semillas y cereales. También suplantaste el tabaco por lo que plantaste en la maceta. Pero eso se llama bio-asshhuda.
No das un paso sin consultar tu libro asshhudador de cabecera, tenés estrategias hasta para comprar chicles y rituales para enjabonarte el tujes con jabón de coco (todo sea por conseguir un racimo de good vibes).
Sacaste el crucifijo de la cabecera de la cama. Ahora hay un bisshhete con cinco ceros agregados a mano con marcador indeleble. Y una foto de Bill Gates con la leyenda “tú puedes”.

JA!

LA FIACA

La inercia del “do nothing”

Llámese fiaca a ese estado de inacción total donde apretar un botón para cambiar el canal de la tele puede ser el equivalente a talar un álamo con un tramontina de esos para pelar la fruta. La fiaca es la falta grotesca de energía, la ausencia pasmosa de la voluntad, la supresión monumental de todo tipo de deseo con excepción del deseo de estar desparramado y despatarrado en forma horizontal con los párpados levemente entornados y la capacidad de desplazamiento de una babosa.


La fiaca aqueja a hombres, mujeres y niños por igual y no siempre se asocia al cansancio o a la falta de sueño. Es simplemente un estado (estado de bacteria procariota inerte) que pugna por mover un dedo…sin éxito. Es un click del organismo, una pausa del cerebro que nos empuja (para abajo) y nos impulsa a detenernos, a poner freno a las actividades y a dejarnos en estado de abandono acunados por el sube y baja de nuestros propios fuelles (única actividad que no se detiene porque es involuntaria manteniéndonos calentitos y con vida).


La mejor y más conocida manera de hacer fiaca es arrojarse en un sillón, haciendo patito hasta derrapar estratégicamente en frente de la tele.

Generalmente un brazo cae desganado por encima de la cabeza y el otro (una vez elegido el canal que vamos a no mirar) se derramará casi sin pulso como un péndulo detenido, fuera del sillón. Ese brazo, que casi rozará el piso, será lamido sistemáticamente por la mascota de la casa, ya que contiene restos del sándwich o el cacho de fresco y batata que nos acabamos de clavar (no vaya a ser cosa que nos importune el clamor de un estómago vacío). Como la voluntad no dio para enjuagarse las manos, el perro se ocupará de higienizar las mismas a lengüetazos limpios, agregando una caricia extra que nos dejará al borde del orgasmo fiacozo.
Las piernas son otro gran problema a resolver, a la hora de dejarnos llevar por un intenso episodio de fiaca. Una descansará sobre el apoyabrazos del sofá, mientras que la otra se dejará caer sin culpa al piso donde le hará compañía al brazo, que continúa en poder de la mascota. Esa pierna quedará ahí hasta que encontremos la fuerza necesaria para subirla o hasta que los forenses encuentren el cadáver tres días después…todo depende de hasta donde pensemos darle rienda suelta a nuestra crisis de acción.
La cabeza descansará en un almohadón, reclinada levemente hacia el televisor y el control remoto vivirá sobre nuestro ombligo (cosa de estar disponible si la programación elegida es un bodriazo del quince). Nos aseguraremos de no tener nada que interfiera con los rayos emitidos por el control hacia la tele, barriendo de una patada todos los adornos y floreros de la mesa de café. Es indispensable contar también, con una provisión suficiente de bebidas que serán dispuestas a no menos de quince centímetros del alcance de la mano ya que el culo no deberá abandonar bajo ningún concepto el contacto con la base del sillón.


Los sistemas que comandan el organismo serán reducidos a su mínima expresión; rasgo que será evidente a cualquier espectador, por el brillo opaco de unas pupilas que apenas se dejarán ver por la rendija de dos párpados caídos y por la posición del apéndice lingual, que descansará agobiado en la base del maxilar inferior asomando la punta por la comisura de la boca más cercana al piso provocando un sutil hilo de baba que correrá libremente por el cachete del mismo lado, goteando suavemente sobre el vértice del almohadón en donde reposa el cráneo. Los pensamientos se sucederán en forma involuntaria y dependerán en gran medida del estado vegetativo del portador de la fiaca. A mayor profundidad del episodio fiacozo, menor será el contenido racional de los devaneos mentales del portador de la fiaca. La mente vagará de un videoclip inconexo a otro, de un jingle publicitario al himno nacional argentino y de la foto de la promoción estudiantil 1985 a la cara de un perro que se parece mucho al propio (y que probablemente sea el mismo, en carne y hueso, que ha pasado a lamer la cara en un vano intento por despertarnos).


La duración de estos arranques suele ser variable pero oscila normalmente entre las dos horas y los cinco días (aunque en este último caso no contaremos el episodio como uno solo ya que la persona se desplazó al baño por sus propios medios para desocupar la vejiga).


¿Cómo se combate la fiaca?. Lamento decirles que no existe antídoto ni vacuna ni remedio lo suficientemente efectivo. Remite con largos períodos de descanso, horas de sueño, una obligación ineludible, hambre o una taza de café fuerte. ¿Pero quié quiere combatir una patología tan inocua e inofensiva?. ¿Quién en su sano juicio se metería con una persona con fiaca que se regodea en su propia vagancia acunado en un colchón de migas, papeles de caramelos y media docena de controles remotos?. ¿Quién podría acusar de un crímen a alguien que se ha pasado las últimas cinco horas sin la iniciativa suficiente para hacer esos veinte pasos que lo separan de una comodísima cama?. Nadie. Porque quien haya padecido un episodio de fiaca jamás se metería con algo tan sagrado como la fiaca ajena.

Envejecer no tiene privilegios

MI ABUELA SE FUE AL BOSQUE CON UN TAL ALZHEIMER

Mi abuela supo ser una señora soberbia, elegante, caracúlica y muy turra. Tenía a toda la familia en jaque. Era capaz de pulverizarte con el uso de una lengua viperina que no ha conocido rivales que estuvieran a la altura de su mordacidad y rompía mucho los cojones. Dotada de un oído digno de la Mujer biónica, una memoria prodigiosa y un talento innato para inferir cualquier dato que pudiera servir a sus fines; siempre fue una mujer de cuidado.
En vacaciones, revolvía bolsos buscando evidencias de encuentros sexuales prohibidos, cartas a novios, cuando no la lectura estival de diarios íntimos con doble candado que no dudaba en violentar. Así como nos hacía caminar sobre dos cuadrados de paño para no marcarle el piso de madera o andar en puntitas de pie cuando dormía su religiosa siesta, era capaz de joderte las mejores vacaciones de la adolescencia porque no habías llegado a tiempo para cenar o tu baño se había extendido dos minutos más de lo que ella tenía estipulado para una ducha con lavado de pelo incluido. Eran más importantes la salud del termotanque, el horario de sus apetitos y su pinza de depilar alemana; que el bienestar de su hija y sus nietas. Es entendible hasta cierto punto, ya que era su departamento de playa y era ella quien financiaba ese hábitat vacacional; pero rompía las guindas en forma tan descomunal que uno terminaba pagando un hotel con tal de no aguantarla (y ganaba en la transacción, sin lugar a dudas).

Ahora, cuando uno observa a ese ser con el temperamento de Margaret Thatcher, el poder de decisión de Atila y la osadía de un comando suicida talibán; convertido en un tierno pichoncito desmemoriado que hace cincuenta veces la misma pregunta con una sonrisa perdida pegada en la cara arrugada, no puede más que preguntarse qué carajo obró ese milagro.
El milagro se llama Alzheimer y de lindo solo tiene el nombre, lo juro por mi futura demencia senil, que evidentemente está inscripta en el código genético de nuestra familia.

Esta ridícula enfermedad convierte hasta al asesino más facineroso en un monje tibetano, ya que barre con todo vestigio de memoria y con ella el chip de la maldad. La que otrora nos encontraba gordas, celulíticas, canosas, arrugadas, con manchas en la piel y un marido boludo; ahora nos ve bellas, esbeltas, con el mismo color de ojos que el mar, un culo perfecto y la misma pregunta repetida hasta el cansancio: ¿Porqué te separaste de tu Príncipe Azul con lo mucho que se adoraban?. Uno podría optar por revolearle un elemento contundente en la azotea, pero eso, lejos de acomodarle los caramelos en el frasco desataría el efecto contrario. La neurona con esa pieza de información se tildaría como un cd rayado invocando la re-pregunta una y mil veces más. Así que lo mejor es sonreírle con nuestra mejor cara de Forrest Gump y desviar la atención hacia temas menos espinosos, como el mejor fertilizante para el potus de interior (nunca voy a entender a qué le llaman planta de interior ya que no he visto crecer ninguna, espontáneamente, sobre la alfombra de un dormitorio).
Cuando una cree que tiene al toro por las astas, la anciana arremeterá nuevamente con preguntas incómodas y la mirada perdida entre Chacabuco e Iquique, ya que su mente gira sin control como una brújula desmagnetizada que muy de vez en cuando hace una parada en el norte…justamente en ese norte cuya tierra hoy no querés explorar porque está llena de punzantes cactus. Vuelta a empezar, otra vez a explicarle lo que hace diez minutos le explicaste con pelos y señales. Que el perro que adorabas fue exiliado de tu casa por tu ex marido y que tu ex marido es ahora tu ex marido porque decidió auto exiliarse igual que el perro. Y que ahora tenemos un perro nuevo que es perra, pero a la que ella sigue llamando por el nombre del que hace cinco años fuera repatriado. Ofendida porque la perra no acude a su llamado, intentará hacerse un té dejando la hornalla prendida hasta que las moscas se desmayen alrededor de la pava y a los cinco minutos pedirá el almuerzo (el del día siguiente, porque vivió dos días en veinte minutos). Una vez convencida que tendrá que esperar tres horas por una sopa, se le ocurrirá hacer tiempo planchando para ayudarte (con la plancha desenchufada); pero al ver a la perra intentará darle de comer por sexta vez en la tarde mientras el pobre bicho saca balanceado por las orejas y la mira con cara desorbitada. Entonces volverá a preguntar por el paradero del bicho repatriado ya que el otro era negro y este es blanco y negro. ¿O es el mismo que envejeció y le salieron canas?
Luego probará suerte con la cocina, cosa que le prohibirás absolutamente ya que la última vez que lo hizo le puso detergente a la asadera para cocinar las milanesas (el sabor limón del químico en cuestión impidió que se diera cuenta del error, si hubiera sido de aloe o con colágeno las hubiera escupido como balas de metralla al primer bocado).
Lo mejor o peor del caso es la avería de su reloj interior (el que todos llevamos dentro), ya que el mismo hace que mi abuela se vista íntegramente a las tres de la madrugada para ir al oculista y cenar a las tres de la tarde enojadísima porque luego no conseguirá conciliar el sueño nocturno (con un sol infernal que se cuela por las persianas bajas del dormitorio). Llamará a mi madre a las cinco de la mañana del domingo para avisarle que tiene que ir a trabajar y festejará Pascuas en Navidad (olvidando por completo que es judía), amasando rosca con incrustaciones de borlas multicolores sustraídas del arbolito del Autoservicio chino donde compra sus víveres (y enloquece al propietario que está ahorrando para volverse a Shangai).
Como ve poco y escucha más o menos, suele vestirse con medias de distinto color, se pinta los labios desde el mentón hasta la punta de la nariz y no contesta jamás el teléfono provocando taquicardia en el resto de la familia que la busca despavorida.
Si hay algo que no le ha arrebatado el Sr. Alzheimer, es su apetito voraz. Puede devorar dos platos de pastas, un postre para catorce personas y tres kilos de pan con la parsimonia de una tortuga pero con la tenacidad de una piraña de río. Pensar que hasta hace diez años vivía a dietas vegetarianas y nos enseñaba a meter panza para endurecer el músculo!.

Ya no quedan vestigios de la mujer que vivía en esta cabeza cana y en este cuerpecito esmirriado. Ahora es una mujer mucho más dócil, manejable y hasta entrañable; sin embargo daría lo que no tengo por volver a padecer los embates de su cáustica diatriba, su implacable personalidad controladora y ese espíritu ingobernable que todos soportamos con la misma tolerancia con la que nos bancamos por años sus sweaters de cuello alto, que siempre eran demasiado angostos para pasar por nuestras cabezas.

Maldito Alzheimer!!!. *insertar emo de dedo de fuck you, aquí*

SALUD INFANTIL

Turismo pediátrico

Cuando una pareja se embarca en la fabricación del primogénito, ya sea conscientemente o no, nunca imagina que nueve meses (después de pasarla tan agradablemente bien) se encontrará inmerso en un nuevo y complicado derrotero: la elección del galeno encargado de la supervivencia del neonato.

Mientras los flamantes padres permanecen en el hospital o la clínica las complicaciones son resueltas con el simple toque de un timbre que inmediatamente invoca a un especialista que se hace cargo de esa cosa que no deja de llorar, inexplicablemente.

Pero cuando uno traspasa la frontera del nosocomio y debe llevarse ese bulto que berrea a casa, deberá saber exactamente a quién llamar cuando las papas quemen. Es por esto que en las últimas consultas previas al parto, los obstetras mandan a las parejas a disfrutar del turismo pediátrico.

Cartilla médica en mano, los ignorantes futuros padres marcarán con lápiz los apellidos que, a su humilde entender les generan confianza. Por eso, un Dr. Buenaventura tendrá más posibilidades que un Dr. Malanotte (aunque éste último haya hecho un master de Pediatría en la Clínica Mayo). Pero nunca sabrán si ese médico les genera confianza hasta que lo tengan enfrente, la única manera de separar la paja del trigo es tomando turnos con cuanto médico tengan la chance de conocer. Los recomendados por la tía, por la suegra, por la vecina que acaba de parir, el clínico de la familia y hasta el veterinario del perro; todos serán potenciales “front runners”, hasta ser descartados por algún incierto motivo que será develado en la primera entrevista.

Si alguien pudiera filmar las salas de espera de los Médicos Pediatras, se haría una fortuna vendiendo los clips como anticonceptivos. Todo aquel que goce de una buena libido la perderá instantáneamente al poner medio pie en estos cuartitos tapizados de nubecitas, autitos y muñequitas. Entre los aullidos ensordecedores de una horda de críos hirviendo de fiebre, otra media docena que solo para de llorar para vomitar y otros seis que se secan sus narices chorreantes mientras arrastran camiones de bomberos por el piso llevándose puestos los talones de todo el mundo; anunciarse a la recepcionista es de por sí una tarea titánica. Demás está decir, que a la señora le suena el teléfono más seguido que a la CIA, pero como la dama en cuestión es sorda, no pierde la calma (creo que las eligen mayores porque son inmunes a los ruidos molestos, pueden bajarle el volumen a sus audífonos y como son abuelas todos los chicos les recuerdan a sus nietos…aminorando el nivel de furia ante el espectáculo dantesco).

Una vez esquivado el camión de bomberos para sacar la credencial y no morir en el intento, los futuros padres se sentarán con el culo apoyado en la pared por temor a perder la virginidad del recto ante la mirada atenta de un crío de cuatro años que no para de enchufarle el caño de una metralleta de plástico en el culo a quienquiera que se agache a sacar una revista del revistero. Es sorprendente como baja la tasa de natalidad en estos lugares, que es inversamente proporcional al desmadre que se produce con los chicos en la sala de espera y/o nivel de ruido (en decibeles) reinante. Es muy probable que la parejita preñada que asiste a la primer consulta tuviera un proyecto de unos cinco pendejos cuando subió al ascensor del consultorio, unos cuatro cuando se bajó del mismo (ya que el ruido se escucha desde el pasillo), unos tres a la media hora de espera; quedando perfectamente de acuerdo, finalizada la entrevista, en que el crío por venir será hijo único. La embarazada añadirá un nuevo ítem a su lista de notas y preguntas a los médicos “recordarle al obstetra que ligue mis trompas después de la cesárea”. No solo el ruido ambiental aporta al recorte del número de hijos a procrear, las cosas que uno escucha en esos salones no tienen desperdicio. Lo usual es que la pareja sea abordada por una madre de tres o cuatro salvajes que no paran de hacer destrezas físicas colgados del perchero o haciendo equilibrio sobre una mesita plástica a punto de resquebrajarse. Esta mujer con ojeras y cara de asesina serial vociferará de tanto en tanto alguna maldición a su prole para luego adoptar un tonito dulce pronunciando un tierno “¿es el primero?” (mientras apunta con el dedo índice la prominente barriga de su interlocutora). La tímida señora cabeceará un mudo “sí” mientras el marido le frota el vientre orgulloso, señalando el fruto de su semilla encapsulado ahí dentro. Es entonces cuando la madre de los gimnastas rusos devenidos en espartanos (ya que a estas alturas se han desnudado para dedicarse plenamente a la lucha de espadas, con los paraguas de los pacientes), calentará motores para vomitar un monólogo capaz de sacarle las ganas de copular a un ejército de conejos. Lo único que la callará es la voz de la Secretaria pronunciando el apellido de sus hijos (que a estas alturas han desarrollado una nueva habilidad que involucra dedos y mocos). La pareja, más tranquila, comienza a recapacitar sobre lo que les depara el futuro recorriendo la cara de otros padres y otros chicos con sus toses, pústulas y amígdalas en rojo. Está clarísimo que si uno tenía dudas sobre la salud del niño que ha llevado a la consulta, a la salida se irá con trece bacterias y un par de virus (y la certeza de que ahora sí está definitivamente enfermo).

Pero volvamos a la pareja que repasa la lista de preguntas que podrían ser perfectamente contestadas por una abuela o un buen libro de puericultura en lugar de una entrevista que se perfila como la tortura franciscana del milenio. Llegado el momento, serán acompañados al consultorio por la señora sorda que los dejará temblando del portazo, aislándolos del ruido monumental de la sala de espera. Y ahí comienza la verdadera hazaña, conseguir un médico a la medida de las aspiraciones que uno tiene.

Algunos hablan con una cadencia que resultará insoportable a sus pacientes; otros abusarán de los diminutivos; habrá quienes den por sentado que uno lo sabe todo y no explicarán nada; otros los recibirán al paciente con un gato durmiendo plácidamente en la camilla para horror de unos híper higiénicos padres y otros tantos sembrarán más incertidumbre que confianza describiendo la tasa de accidentes cerebro vasculares en respuesta a la inoculación de determinada vacuna (estadística en mano). La elección no será sencilla y demandará por lo menos otras dos visitas antes de dar con la persona indicada. Que tendrá que estar disponible a las cuatro de la mañana cuando el crío tosa como un lobo marino y el tipo nos diga por teléfono la dosis exacta de corticoide para descongestionar una laringe que no deja pasar el aire (luego seremos nosotros los que llamaremos la ambulancia porque el episodio nos deje al borde de un infarto). Tendrá que tener paciencia para escuchar la misma pregunta sobre el puré de tres colores, las caquitas de tres olores y las secreciones nasales que abarcan toda la gama de verdes y amarillos de la caja de 48 lápices Faber Castell.

Prepárense para el viaje, porque desde que el retoño llega a nuestras vidas hasta que cumple los catorce, se van a aprender de memoria el horóscopo de la multiúnica revista del año 98 del revistero, van a conocer al dedillo la cantidad de nubecitas de la guarda de la pared, van a tener contados los autitos del canasto de juguetes y se aprenderán los nombres de todas las Barbies descuartizadas y peladas que habitan la casita de la sala de espera del Pediatra.

¡Buena suerte! (la van a necesitar)

Vanidades

El universo femenino de las revistas glamorosas para descerebradas

Recuerdo la primera vez que posé mis ojos sobre una publicación femenina. Lo recuerdo vívidamente porque buscaba yo en ese montón de papeles coloridos, la causa del soponcio de mi abuela “Minina”, que atragantada con un pedazo de manzana verde intentaba explicarle a mi hermana de doce años el significado de la palabra “orgasmo”. Era el comienzo de los años ochenta y las publicaciones femeninas comenzaban a plasmar por escrito, los secretos de la sexualidad femenina entreverados con la receta de la tarta de puerros y la famosa dieta Scarsdale.
De aquellas primeras revistas, donde las modelos tenían carne alrededor de los huesos, parecían personas y las recetas de cocina no tenían nombres retorcidos como “camastro de hojas verdes” o “volcán de chocolate suizo y moras recogidas por la abuela”; sólo permaneció el mismo paradigma: la idiotez de sus lectoras y más aún de sus editoras. Las primeras pecaron de boludez al creer que con unos magros pesos podían bajar de peso, aprender a cocinar, encontrarse el punto G mirando sus genitales en un espejo, enloquecer al sexo opuesto (o llevarse al chongo deseado puesto), hacer ese espléndido vestido en casa en media hora o maquillarse y peinarse igualitas a la modelo top del momento (y quedar así como la de la fotito de tapa). Las segundas pecaron de traición a su propio género, permitiendo que salieran a la venta pasquines berretas infestados de estupideces que, no sólo no le sirven a nadie; minaron las cabezas de sus lectoras con imágenes retocadas de mujeres irreales e inalcanzables que las más débiles e ingenuas no pudieron procesar inmolándose en una carrera hueca y sin fin para lograr una silueta perfecta de photoshop.
Una cuota de superficialidad no viene mal y mirar carteras lindas en un catálogo no es un pecado, al contrario, es un placer (sobretodo si la cartera está disponible en nuestro país y se puede pagar con un mínimo porcentaje del salario, cosa que casi nunca ocurre). Pero cuando la publicación se va de mambo y te explica con pelos y señales como practicarle un cunnilingus a tu compañerita del secundario o cuántos dedos es conveniente insertar en los esfínteres de tu partenaire sexual, estamos frente a un problema. Porque la persona que escribe estos consejos, probablemente sea la misma que inventa el horóscopo semanal y la que pega la receta de la terrina de vegetales que en su puta vida se le cruzó hacer.
No es que una sea una mojigata que piense que la vagina no debería nombrarse en una revista. Pero cuando la ves mezclada con la foto de una paella y los diez consejos para evitar que él se vaya con tu amiga, la cosa se pone grotesca, cuando no barata.
He visto mujeres enloquecer por revistas que te prometen la solución para la dispersión de tu hijo en el colegio y cómo elegir el mejor cirujano plástico para rellenarte los labios de botox o elegir la prótesis mamaria adecuada para encantarlo a EL. Y todo porque la revistita viene con un lindo espejito para la playa y dos sobrecitos de crema enjuague anti-frizz. Muchas también las consumen para ver qué trapos desterrar de sus guardarropas y cómo hacer (probablemente serruchar el presupuesto destinado a alimentos) para agenciarte esa cartera que cuesta lo mismo que un doble by pass en la Clínica Mayo. Te aleccionan sobre salud y cómo buscarte nódulos en las tetas, cuando la realidad es que la mejor forma es visitar al médico y dejar de tomar sol a lo Tutankamón; cosa que la revista te va a decir en forma contradictoria: te mostrará la última moda en bikinis con mujeres hiper bronceadas, te venderá el bronceador, el aceite para auto-freírte, el bloqueador solar y después vendrán los consejos para evitar el cáncer de piel (todo en las primeras cuatro páginas de la publicación).
Por supuesto, estas revistas gozan de la total ausencia de alimento para la croqueta (léase cerebro). Rara vez recomiendan un libro que no sea un novelón rosa de décima o el último disco de Madonna. Jamás un artículo sobre cultura, un ensayo filosófico, una columna para aprender algo que no sea redecorar el espejo del living pegándole los caracolitos recolectados en la playa el último verano o cómo fabricar una máscara facial descongestiva a base de pepinos.
Se supone que las lectoras de estas revistas no piensan, no escuchan música, no leen demasiado y se cuelgan con las fotos de los desfiles y los chismes del espectáculo. Y pensar que con el precio de dos o tres de ellas te podés comprar un regio libro que vas a tardar en leer tres o cuatro veces más que la revista (cuyas escasas letras se esfuman en una ida al baño, y si por mí fuera usaría de papel sanitario).
Ahora la gran pregunta: ¿Se publican ese tipo de revistas porque las mujeres no tienen otra cosa que leer o son todas estúpidas y los especialistas en marketing lo saben?. Quiero creer que nos subestiman. Que piensan que no nos da para más. Que si vemos la cartera de Hérmes que vale dos mil euros vamos a enloquecer de alegría pensando que algún día la tendremos. Que si nuestros novios no nos quieren vamos a salir corriendo a agregarnos tetas, a succionarnos caderas, a agrandarnos los labios, a teñirnos el pelo o limarnos el tabique nasal. Porque si hay algo que estas revistas proponen, es que seamos todas iguales. Flacas etéreas, rayando la anorexia, con cara de angustia (porque ahora ya nadie se ríe en las gráficas de moda), con cabellos sin Frizz (el gran problema de esta década…Dios no permita que se pare un pelo!), usando la misma ropa, los mismos zapatos, el mismo rubor y los mismos diez consejos en la cama. No hay espacio para la diversidad, para el placer de la carne (la carne con grasa en un plato que engorde y la carne con un poco de grasa en la cama), para lo distinto, para lo inusual, para lo que transgrede las normas o rompe el paradigma de la mujer objeto que tiene caca en la cabeza y la exhibe con orgullo.

Como esas mujeres que suben chochas al auto, con su cosecha de revistitas de verano para tirarse panza arriba, bajo el sol en la reposera. Una para ellas, una glamorosa, una que exuda vanidad, otra que se llama como ella y dos o tres de chimentos para leer un poco de actualidad. Así se enterarán que la última moda es arrasar con todo el vello púbico, que el pescado de mar tiene omega 3, que la rúcula con nueces es ideal para acompañar las carnes, que si su hijo no se queda quieto en la escuela se lo puede drogar con ritalina y santo remedio, que si a su pareja no se le para puede que se esté curtiendo otra mina, que este año se usa el violeta, que a él le gusta que le chupen el lóbulo de la oreja mientras le susurran obscenidades al oído, que para la familia lo mejor es llevar a la abuela al geriátrico y al perro al veterinario si se frota el ano en la alfombra persa, que Angelina Jolie está peleada con Brad y a los nativos de Escorpio se les viene la noche en materia legal.

Bueno, en realidad la revista no es cara en comparación con lo que hay que gastar para pertenecer, parecerse y convertirse en una mujer “comme il faut”.
Dios nos libre de romper el paradigma…

MAA

Mamitas abnegadas argentinas


Pertenecen a este grupo, una casta de mujeres que se sienten más cerca de Dios desde que concibieron su primer retoño. Son la exacerbación de la mujer-esposa-madre en estado puro. Andan sueltas por los pasillos de las góndolas de los supermercados, pululan en los patios de los colegios y se pavonean en las plazas públicas y peloteros de comederos yanquis.
¿Cómo reconocer a una miembro acérrima del MAA?. Muy sencillo. Si reúne al menos tres de estas características estamos frente a un ejemplar de pura cepa, insoportable y merecedor de toda nuestra antipatía.

Look abandónico “estoy en segundo lugar, primero están ellos, el fruto de mi vientre”:

Estas mujeres tardan un año y medio en bajar los veinticinco kilitos que se pusieron encima empollando al espécimen que tanto adoran (que es exactamente el mismo tiempo que les lleva dejarse preñar otra vez). Portadoras de un generoso abdomen cuyo tejido adiposo ha cedido a las pataditas del primogénito, se dibujan en él estrías concéntricas alrededor de lo que alguna vez supo ser un ombligo…y ahora es el ojo atrofiado de Cuasimodo. El tema no es la barriga (que todas supimos conseguir), es la vestimenta que utilizan a la hora de salir a la calle, exhibiendo orgullosas las marcas del paso de la criaturita enfundadas en calzas ciclistas color crema y topcito verde loro que jamás llega a cubrir el matambre que amenaza con escapar y convertirse en un cacho de persona con vida propia. Eternas usuarias de zapatillas en invierno y joggineta “baby-food-print”, estas madres dedican su vida a la crianza del ejemplar al que dieron vida sin reparar en las manchas de zapallo y vitina que arrastran por la vida en el buzo que hace dos semanas no se pega unas volteretas en el lavarropas. En verano, optarán por las cómodas ojotas, chancletas y/o pantuflas descoloridas regalo de la suegra que tanto las aprecia por haberles bendecido la vida con esos preciosos nietos. Eso y el vestido batón que las acompañó durante todo el embarazo. El maquillaje habitual de estas señoras es una eterna película de grasa y transpiración (mix de baba y vomitito de bebé con más los vapores del pucherito con el que hicieron la suculenta papilla del adoradísimo querubín).
No existe la sombra, ni el rubor, ni el labial, sólo un par de ojeras violáceas producto de noches en vela ya que el tesorito de mamá duerme desde el primer día en que llegó a casita, entre papi y mami (aún hoy que tiene quince años y el tamaño de un leñador canadiense). Estas mujeres no usan bijouterie que podría entorpecer sus diarias funciones, pero hay una alhaja a la que no pueden resistirse…el dijecito de oro con la formita del crío que las enorgullece y que cuelga de sus cogotes como el cencerro de la vaca.

El pelo merece un capítulo aparte. La que no se lo poda corte taza por practicidad e higiene, se lo anudará en un firme rodete que se irá desarmando conforme pasan las horas hasta convertirse en un nido de caranchos cuyas mechas rebeldes estarán finamente embadurnadas con restos de avena y miel.
Las tetas de estas mujeres, durante el período de lactancia del monstruito que han sabido conseguirse, son algo que me ha impresionado toda la vida. Tengo un hijo y un par generoso así que no debería espantarme, sin embargo; he tenido la escalofriante oportunidad de ver gomas a bordo de colectivos, actos escolares y reuniones de mujeres, que me han dejado estupefacta. La forma en que las dueñas de esos colosos de grasa chorreantes de leche, que desprejuiciadamente abren sus camisas en franca actitud de orgullo materno, tomando el seno (que tiene el tamaño de un gigantesco melón amarillo) para insertar el pezón (que tiene el tamaño de un plato de postre) en la boca del neonato siempre me ha parecido dantesco. No por el acto en sí, que es lo más natural del mundo; lo que me da pavor es la total falta de pudor de estas mujeres exhibicionistas de una actividad que, a mi entender, debería ser íntima y privada. Nadie les pide que se escondan en el baño, pero tampoco que se manden una disertación sobre política internacional con la tetaza en la mano mientras el crío escandalizado boquea tratando de agenciarse una gota de líquido nutritivo en las fauces desprovistas de dientes. Demás está decir, que cuando la criaturita se traslada por sus propios medios, habla en dos idiomas, putea, se manda medio bife de chorizo con papas fritas y luego se prende para el postre a la mama de la progenitora; el espectáculo me resulta francamete escalofriante.

El discurso “Soy a imagen y semejanza de la madre de Dios, ya que puedo concebir y parir…deberían beatificarme”.

Esta presunción es bastante común, sobretodo en primerizas que creen ser las únicas capaces de quedar encintas luego de una cópula insulsa (muchas veces en la mismísima Luna de Miel). Nacen y procrean con absurda compulsión como si escucharan algún mandato celestial que las obliga a abrir las piernas regordetas para habilitar el ingreso de espermatozoides y escupir lechoncitos de tres kilos setecientos cada año bisiesto. Lo que no se dan cuenta es que cualquier ser vivo es capaz de reproducirse con igual o mayor celeridad y no hace falta más que un núcleo con una pizca de ADN o la capacidad de una ameba procariota para efectuar la misma beatífica tarea. Con cuarenta y ocho horas de embarazo y el semen de sus parejas resbalando en la entrepierna, estas mamitas anuncian proféticamente, a los cuatro vientos, el advenimiento del heredero de la familia. Andan por la vida frotándose el útero con la mano y una sonrisa melosa pegada en la cara para que todos los que las rodean (y aguantan) se enteren que la dichosa señora está “en la dulce espera” (como si no hubieran recibido la cadena de mails de la cigüeña cincuenta y ocho veces colgándoles el sistema porque el jpg del pájaro pesa el equivalente en gigabytes al peso de su autora).
Para este tipo de cerebritos “Susanita”, la cantidad prima sobre la calidad y a mayor cantidad de hijos mayor es el pedazo de cielo obtenido. Es por esto, que la madre de siete cuya cadenita de dijecitos está más concurrida que vagón de subte en hora pico, se sentirá acreedora de la misericordia de sus semejantes porque ha decidido inmolar sus aspiraciones en pos de una carrera de madre abnegada. Ella, la que se dejó embarazar truncando sus sueños de abogada o de maestra, espera el aplauso familiar en medio de la mesa navideña mientras esquiva profiteroles rellenos de chocolate que su media docena de hijos lanza de una mesa a otra violentando la paciencia del Tío Antonio que ruega en voz baja, a la Vírgen Desatanudos, por la urgente sanción de la Ley de ligadura de trompas en la Cámara de Diputados.

Eternas adjudicatarias de inmunidad diplomática por maternidad

Una auténtica MAA, suele invocar su estado chapeando la incipiente barriguita para beneficiarse en todas las situaciones tanto familiares como laborales; haciendo uso y abuso de su condición para la obtención de todo tipo de dispensas, licencias y favores. Las señoras en cuestión, y quince días de embarazo, tendrán en jaque a todos sus compañeros invocando el vómito a flor de glotis cada vez que se les pida algo que no tienen ganas de hacer. No serán capaces de levantar una abrochadora del escritorio sin ayuda y siempre esquivarán situaciones incómodas con la amenaza de un aborto inminente. Es así que responderán al llamado de sus Jefes con cara de descompuestas argumentando dolores abdominales y pérdidas difícilmente verificables por parte de sus superiores. Se la pasarán de licencia en licencia, asistiendo a trabajar el tiempo necesario para poder presentar los certificados de enfermedad, volviéndose a ausentar con contracciones por tiempo indeterminado (aunque luego se encuentren con el Jefe de Recursos Humanos haciendo Shopping a dos manos en Unicenter). Jamás se les cruza por la cabeza la recarga laboral a la que son sometidos sus compañeros para compensar su ausencia, ellas están gestando, inmersas en un manto rosa de piedad que las libera de culpa y cargo.
Por lo general usan ropa holgada antes de hacerse el primer test de embarazo ya que eso les da derecho al asiento en el colectivo, no hacer fila en el banco y evitarse la caminata al despacho del Gerente toda vez que el mismo requiere una planilla. Se ofenden sobremanera si no se las deja pasar primeras al baño ya que la cabecita del bebé reposa sobre sus vejigas (aunque el bebé sea un blastocito de ocho células y tenga el tamaño de la cabeza de un alfiler). Torturarán a sus compañeros porque les afecta el humo, el perfume de la Secretaria del Director las descompone, el café está demasiado fuerte para el bebé y la napolitana que encargaron en el almuerzo la tuvo repitiendo el ajo toda la tarde. Se aprenderán de memoria los decretos y leyes que redactan sus derechos y harán uso de todo lo que esté a su alcance para trabajar lo menos posible y enganchar licencias con vacaciones, embarazándose inmediatamente después de haberse reincorporado por el nacimiento del hijo anterior (que dejarán al cuidado de madres y suegras para encanutarse el sueldo de la niñera).

Abran paso, aquí viene una MAA con un bebé precioso

Las abnegadas suelen autoconvencerse de que sus criaturitas son únicas y especiales. Se pavonean con estupendo fervor embistiendo a todo aquel que ose cruzarse por delante del cochecito importado de última generación, con suspensión trasera independiente y dirección asistida. La gente debe adivinarlas porque ellas no cejarán en su arremetida; arrasando a su paso con perros, niños, abuelas y no videntes. Incrustarán la cabeza de sus bebés en las rótulas de la gente en los supermercados, clavarán el cochecito en los talones de la estupefacta señora que hace fila en la panadería y cruzarán la acera con el semáforo en verde pretendiendo que el mundo se detenga porque pasa el heredero.

Mostrarán las fotos del crío a compañeros de trabajo, porteros, odontólogos y ferreteros que ahogarán un bostezo mientras secretamente desean que las parta un rayo maldiciéndolas de por vida. Contarán una y otra vez la misma estúpida anécdota del bebé haciéndole pis en la cara al abuelo, en medio de un cambio de pañales y aburrirán a sus amigas solteras con los cuentos de la última visita al Pediatra quien sugirió la inclusión del kiwi en la dieta del crío para evitar la constipación (y del espléndido resultado que les dio hasta el extremo de poder contar las semillitas de la fruta en la mierdita santa del pañal).
Como sus bebés son únicos, los peloteros nunca están lo suficientemente limpios para albergarlos, el nene de la vecina no es digno de compartir el ascensor porque esos mocos verdes están infestados de microbios y la abuela es declarada persona non grata porque tiene dos líneas de fiebre. Aunque el pendejo esté al borde de su ingreso a la Primaria, la MAA lo levantará a upa y lo calzará en el hueso de la cadera para asegurarse un asiento en el subte o ahorrarse demoras cuando va a votar.

Yo que de esto se mucho, te puedo dar un consejito

Las MAA sufren del trastorno de “yosoydueñadelaverdadporquetuveunhijo”. Es por esto que se la pasan opinando con auto-decretada idoneidad sobre todos los temas de educación que se presenten tanto en la oficina como en las reuniones sociales y familiares. Son las primeras en levantar el dedito índice para destacar el comportamiento indebido de otros niños en fiestas escolares y acusar a otras madres más relajadas, de colgadas o irresponsables porque les permiten comer un pancho en un cumpleaños. Su vasta sabiduría proviene de los fascículos coleccionables de puericultura de la revista Glamour, su formidable madre que la supo criar como se debe pasándole la antorcha de la excelencia en maternidad y el Pediatra que la atiende a las tres de la mañana porque el bebé se tiró un pedito con olor sospechoso (como si la mierda tuviera matices más agradables y menos inofensivos al olfato).

Son las típicas madres que luego de haber visto desaparecer su pubis detrás de cinco queloides producto de cinco cesáreas consecutivas, creen que su papilla es más nutritiva y revisan con autoridad los potajes preparados por cuñadas y hermanas menores durante los asados familiares. Saben coser, saben cocinar, saben maniobras de resucitación y primeros auxilios, tienen todo planchadito, desinfectadito y en su lugar; pero la horda que proviene de sus entrañas se comporta como un ejército desmadrado de borrachos cocacoleros que rebotan contra las paredes y que poco a poco fueron aislando a sus progenitores de sus amistades (ya nadie los recibe ni siquiera en Pascuas).
Estas sórdidas mujercitas de traje sastre y anteojos culo de botella aseguran en las reuniones escolares que la televisión ha sido desterrada para siempre de sus hogares; pero sus hijos te relatan en el recreo la escena de sexo, con lujo de detalles, del culebrón de las once de la noche. Febriles defensoras de los derechos del niño y la solidaridad, estos engendros cruza “Mamá de la Tribu Brady” con “Caroline Ingalls”; acostumbran a invertir buena parte de sus días disfrazándose de sapos u hormigas participando altruistamente de la obrita escolar del Día del Niño que luego representarán ad honorem en todos los jardincitos municipales de la zona (para horror de los homenajeados que ya se tocan con la imagen de Jessica Cirio en sus celulares de última generación).

Por eso nena, si estás pensando seriamente en “llenarte la panza de huesos” como decía un mecánico amigo mío, pensá que lo que estás por hacer no es patrimonio exclusivo del género humano. Se embarazan las ballenas, las monas, las marmotas, las osas, las yeguas, las mulas, tu vecina, tu perra, las amebas y la portera. No estás haciendo más que responder al clamor ancestral de tus hormonas. Así que ocupate de disfrutar del evento porque lo que se te viene no te lo anticipa nadie, nadie te lo paga y no va a existir encíclica papal que te abra las puertas del cielo si metés la pata en tu gestión…gestación o como quieras llamarlo.
Ah, y los críos no tienen devolución!!!.

Odiosas comparaciones

VICENTA Y BERTHA

Las comparaciones son odiosas. Pedirle a una niña que responda a la consabida -¿a quién querés más a Bertha o a Vicenta?- va en contra de todos los manuales de Psicopedagogía moderna, la moral, la ética, las buenas costumbres y el sentido común.
Evidentemente mi familia, como todas, carecía de sentido común y otras cualidades antes mencionadas; así que no pude escapar a la pregunta, hecha infinidad de veces por ambas mujeres durante toda mi infancia. Tampoco se salva de ser sometida a la infalible e inescrupulosa lupa de mi memoria pueril donde la respuesta tiene una contundente ganadora: Vicenta, la mujer que atesoro en mi corazón desde que mis neuronas comenzaron a almacenar preciosos recuerdos…alhajas sin precio, el mejor legado que un abuelo puede dejarle a sus nietos.
Lamentablemente, este ser extraordinario devenido de una mujer y un hombre que supieron inculcarle el amor a la vida; se fue demasiado rápido para mi gusto y entendimiento (jamás voy a perdonarle a quien sea que maneja los hilos de la extensión de nuestras vidas, que me la prestara por tan poco tiempo). Pero siempre queda el consuelo de la calidad por sobre la cantidad y la certeza de que ella no sólo vive en mí porque mi personalidad está impregnada de los sabores y matices de la suya del mismo modo que mi cocina de sus mejores recetas. Ella está viva en mi sentido del humor, en mis dedos parecidos a los suyos, en las fotos y en mi corazón; que treinta años después de su partida la palpita, cuando el tintineo de las llaves en la puerta pudiera ser aún, el anuncio de su inminente llegada.

Vicenta no cuidaba su figura, odiaba las dietas, le gustaba comer, cocinar, agasajar, las reuniones multitudinarias en una mesa atiborrada de comensales ávidos de recibir un cucharón extra de sus exquisitos manjares y jamás delegaba en manos de terceros la manufactura de sus platillos. Nadie cocinaba como Vicenta, ella lo sabía pero no lo usaba para pavonearse. Era un hecho inobjetable, un exquisito don que utilizaba para alegrar a los demás sin pretensiones de prestigio ni comprometidas alabanzas. Era felíz observando la felicidad ajena.

Bertha vivía a dieta. Sus comidas eran magras y desabridas. Rara vez ensuciaba sus inmaculados dedos pecosos, regordetes, de uñas color coral (con la medialuna al estilo francés pulcramente diseñada por la manicura de los jueves), enterrándolos en una bola pegajosa de papa y harina para amasar pastas. Ella delegaba, más bien regalaba el dominio de su cocina a su asistenta, Hortensia; quien invertía buena parte de su mañana hirviendo mustios vegetales sin sal y sacando brillo a impolutas cacerolas que aullaban por ser desfloradas para gestar un guisado de esos que salpican jugo cual lava volcánica dejando manchas indelebles en manteles y servilletas. Bertha detestaba tener invitados, utilizar el comedor principal (reservado para los grandes eventos que pocas veces sucedían), ensuciar copas y platos finos. Odiaba que le despeinen la alfombra, que le dejen la huella del culo en los almohadones de terciopelo, que le marquen la madera encerada con los tacos de los zapatos y disfrutaba con alivio el final de toda fiesta, cumpleaños o velada. Detestaba cumplir años, festejarlos (pero aceptaba de buena gana los regalos que siempre cambiaba por otra cosa) y había desterrado de nuestro vocabulario el término “abuela”. Mi hermana y yo le decíamos “Minina”, apodo que ella misma había elegido y que le caía como anillo al dedo por su temperamento felino.

En la casa de Vicenta casi todo estaba permitido. Todo se podía tocar. Las figuras chinas talladas en marfil que el abuelo Adolfo, vendía en la Joyería por fortunas; en su casa se convertían en un ejército samurai. “Los chinitos”, como solíamos llamarlos nosotras, eran desparramados en la alfombra de la sala del piano, para luchar contra dos gigantescos gallos de plata parapetados detrás de un enorme jarrón de la dinastía Ming (que se tambaleó durante años hasta que cedió al embate de los samuráis y cayó como el muro de Berlín, aunque en trozos un poco más pequeños).
La baranda de la escalera se convertía en un tobogán, la fuente del patio andaluz en una pileta olímpica, las sogas del toldo del patio en las lianas de una selva tropical y una tarde agobiante de verano en una fiesta de agua y descontrol.
A nadie le importaba que las baldosas del patio no brillaran como en las fotos de las revistas, las baldosas brillaban con la luz de las sonrisas de sus nietas que se sumaban a las danzas indígenas en ropa interior invocando al Dios del tiempo, para que lloviera y aflojara el calor. Ni la siesta del abuelo obtenía la sagrada inmunidad que merecía el cansancio de este hombre de bastón y bigotes con cara de mecha corta y corazón de dulce de leche. El piano era azotado por tres pares de frenéticas manos, emitiendo una ridícula canción de protesta que se fusionaba con los ronquidos del abuelo Adolfo, quien milagrosamente dormía pared de por medio como un bebé que escucha la más dulce canción de cuna.
Ni siquiera el blondo pajarito del reloj cu-cú se salvaba de ser capturado cual rehén por una reina tirana, despeinada, con su tiara de diamantes de plástico colgando de la oreja izquierda, embutida en un ampuloso vestido de gala celeste (el camisón de la abuela), suecos de corcho de doce centímetros (regalo de mamá); que haciendo malabarismos en puntitas de pie sobre el banquito de la cocina, esperaba que den las doce para acogotar al desprevenido animalito.
No había rincón de la casa que estuviera a resguardo, bajo llave o prohibido so pena de quedarse sin postre y/o dormir la siesta sin ganas.
Los cosméticos y ruleros eran usados para someter al abuelo al más salvaje de los tratamientos de belleza conocidos por la humanidad. Sus únicos tres pelos sobrevivientes a la calvicie soportaban el peso de hebillas y pinzas mientras sus “dos amorcitos” le inventaban lunares en la cara, aplastando lápices labiales de un fucsia rabioso en los cachetes de este pobre viejo que se conformaba con escuchar las risotadas de su mujer y mirar el final de “Bonanza” esquivando los ataques de un crayón delineador azabache en los globos oculares.
La siesta nunca sucedía. Nos acostábamos las tres en bombacha y camiseta, con el aire acondicionado a todo vapor, a leer fotonovelas y contar chistes non-sanctos cuya única trasgresión era una mala palabra de escaso calibre pero todo el encanto de lo no permitido. Nos reíamos hasta quedar sin aliento, buscábamos caras en las manchas de humedad del techo y paisajes en los dibujos del empapelado del dormitorio. Nos probábamos los sombreros del abuelo, las carteras de la abuela, usábamos sus perfumes, hacíamos caritas en el espejo del tocador y terminábamos las tres saltando sobre el colchón ante la mirada horrorizada de “Paquita”, la perra, que no paraba de ladrar en franco desacuerdo con la desmesura del evento.
Cuando el sol bajaba, Vicenta nos llevaba al bar de la esquina. Nos sentaba en la ventana del kiosco esperando que Gloria, la dueña, deslizara la ventana de vidrio para encandilarnos con una tonelada de glucosa enmascarada en fulgurantes paquetes de diversas formas y colores, diseñados para engolosinar la mirada obnubilada de cualquier niño con un páncreas de titanio. Luego de elegir el botín a dos manos la abuela preguntaba por las figuritas del momento y para nuestra total fascinación compraba todos los sobrecitos disponibles (cuando no encargaba las cajas enteras con la debida antelación).
Demás está decir que no esperaba retribución por tanto derroche de felicidad pero nosotras sabíamos que la manera de decir gracias era acompañarla por el barrio a saludar a las vecinas que se asomaban con la fresca, a barrer las veredas o simplemente a tomar aire y cotillear. Nos exhibía con orgullo como el pintor que muestra su mejor obra; hasta entraba en la Peluquería sabiendo perfectamente que a esa hora encontraba a todas las abuelas del barrio atadas a secadores de pelo, redecillas, piletas o con los pies en las palanganas sin posibilidad de escape. Entonces mi hermana y yo desfilábamos delante de esas mujeres, portando sonrisas llenas de agujeros de dientes de leche caídos en el cumplimiento del deber, recitando alguna poesía previamente aprendida a la hora de la siesta, para completo deleite de aquellos ojos oscuros de mirada profunda y tierna.

A Bertha le gustaba viajar. Le gustaba comprar muñecas para sus nietas. Pero como le salían muy caras y nosotras no les dábamos el valor adecuado, nos las mostraba y las volvía a guardar en sus cajas de orígen escondiéndolas en el fondo del placard hediondo por los vapores del antipolillas. Cada tanto, Hortensia y ella misma las sacaban de su encierro, las peinaban, les lavaban los vestiditos y volvían a esconderlas -¡hasta que crezcas, Pichi!-.
Su casa era un mausoleo, un museo donde las plantas tenían más derechos y más vida social que sus nietas. El living-comedor estaba prohibido, el escritorio también, el dormitorio principal era inviolable como la caja fuerte de un banco suizo y nuestras actividades se circunscribían al lavadero, el comedor diario y la habitación de Hortensia. Si teníamos que desplazarnos fuera de ese radio de acción, teníamos que hacerlo patinando sobre dos cuadrados de felpa para no rayar el piso de madera, y era gravísima ofensa aplastar la naríz contra el ventanal que daba al balcón para mirar el cielo o dibujar corazoncitos sobre la mancha de vapor dejada por nuestro propio aliento tibio.
Las plantas no se tocaban, sus hojas habían sido lavadas y lustradas obsesivamente, no necesitaban mimos de dedos embadurnados con mermelada de naranja (amarga como la dueña de casa). Los dulces brillaban por su ausencia, recuerdo revolver cajones y latas buscando alfajores o caramelos que ni por asomo existían. Bebida oficial de la casa: agua tónica (amarga como la dueña de casa) o gasificada y a temperatura ambiente para evitar las anginas. No había galletas caseras rellenas, ni polvorones de chocolate, ni flanes, ni tortas. La televisión, una agenda usada del año anterior y una birome que siempre amenazaba con expirar, únicos entretenimientos de una tarde de goma. Todo estaba fuera de nuestro alcance.

A Vicenta le gustaba sonreír. A Bertha todo la ponía de mal humor. Vicenta llamaba a Queca, su modista para que nos confeccionara el traje de princesa de nuestro cuento favorito. A Bertha le gustaba tejer. Nos tejía unos sweaters de cuello alto que siempre le salían demasiado angostos y con una trama tan apretada que pasarlos por la cabeza era un suplicio y aguantarlos todo el día se parecía al cepo con el que castigaban a los ladrones en la antigüedad. A Vicenta le gustaba bailar. Bertha se resistía a sacudir la osamenta en público. Vicenta jugaba a la escoba de quince por porotos. Bertha jugaba al poker por dinero. A Vicenta le gustaba su cara. Bertha se la estiraba toda vez que el bolsillo y su marido se lo permitían. Vicenta tenía amigas que le aparecían de sorpresa para tomarse un licorcito y hacerle compañía. Bertha decía que sus amigas le quemaban las plantas con la mirada. Vicenta elogiaba, Bertha buscaba los defectos. Vicenta se enojaba y se enteraba todo el barrio; gritaba, perdonaba y al rato se le pasaba la rabieta. Bertha no hablaba por una semana; era rencorosa, tragaba su bronca y días después pegaba donde más dolía.
Vicenta me escribía desde la playa para decirme que me extrañaba. Nunca se olvidaba de decirme lo mucho que me quería. Todos los días; con palabras, con gestos, con budines recién horneados, con abrazos y caricias de dedos torcidos, encallecidos. Con la mirada orgullosa, con un cuento antes de dormirme, haciéndome sentir segura y a salvo de todos los males de esta tierra.

Todavía hoy, en sueños o cuando miro alguna de sus fotos, ella me pregunta cómo estoy y vuelve a repetirme, como si hiciera falta, cuanto me adora.

Noticieros de cuarta

Las cosas de los noticieros que me ponen de la peluca

El que no recibe el diario, no consulta las noticias por Internet o no se agencia un par de periódicos matutinos en un bar; tiene que morir como yo en los noticieros de la tele.
Cada uno y a su particular manera y estilo; se encargan cada mañana y cada noche de atentar contra mi algarabía (la cual es francamente indestructible). No es que yo tenga poca paciencia, creo que más bien son ellos, los que hacen los noticieros; los que me hacen saltar la térmica por una serie de razones que ya paso a detallar (y que nada tienen que ver con la noticia en sí, obviamente).

El anticipo.

Odio el anticipo. Lo odio porque se pasan una hora hablando de lo que vamos a ver pero no nos muestran nada. Venden la noticia como si fuera un culebrón colombiano “Ya les mostramos lo que dijo Antonini Wilson” (debería haber escrito culebrón venezolano, pero eso es para otra columna). El tema es que venden y anuncian pero para cuando se decidan a desarrollar la noticia yo ya perdí el interés, me fui a trabajar o me quedé dormida (dependiendo del momento del día). Puros títulos, puros carteles, puro esqueleto sin contenido. Y después te ponen la nota de las bondades de la vitamina B12 o el perro que hace skateboard en Ohio.

El tonito de algunos periodistas

El tono de urgencia que luego se corta para gastar al del pronóstico porque ayer la pifió y llovieron teresos de punta. El tono de falsa seriedad porque cuando se van a la pausa dejan el micrófono abierto y tras la noticia de un triple homicidio se los escucha discutir la esponjosidad de las medialunas que les sirvieron en el desayuno. El cantito que usan otros para leer los títulos, que se pierde vertiginosamente cuando los títulos van más rápido que sus cadencias amarillistas y se quedan leyendo lo del transplante de hígado sobre una placa de la Selección y su viaje a Escocia (lo que conlleva a que nosotros pensemos que Messi necesita un urgente transplante, Maradona sería el donante y Bilardo el cirujano).

La lección de civismo

Ningún periodista que ostente con orgullo su carnet habilitante como tal, podrá esquivar la cátedra de Educación Cívica luego de leer una noticia sobre política o una policial. Con el ceño fruncido, el pecho inflado como una paloma mensajera y la mirada fija en la cámara (o sea NOS); este ícono de la rectitud, la moral y las buenas costumbres nos beneficiará con una portentosa filípica sobre lo que debemos y no deberíamos hacer (como si uno fuera un pavote inconsciente huérfano y analfabeto merecedor de unos cuantos chirlos en el glúteo izquierdo porque la delincuencia sube y uno qué hizo AH…QUÉ QUÉ).
No los soporto, ni las soporto…porque hay algunas que tienen a la maestra ciruela presta a emerger ante cualquier noticia que le de pie para una clase super didáctica con power point incluído.

Los que piensan que la noticia son ellos


Algunos cronistas, como noteros y periodistas están convencidos que la noticia se trata de ellos. Entonces opinarán sobre lo que les pasó a ellos (algo muy similar a lo que le pasó a la señora del móvil que no tiene puta idea de quién le está hablando por la cucaracha y lo único que quiere es que alguien la ayude a reconstruír su casilla que se acaba de incendiar hasta los cimientos). Son los que preguntan cosas para brillar más que para informar, interrumpiendo al protagonista porque sus cerebritos privilegiados van más rápido de lo que va el entrevistado (aparte han perdido completamente, la capacidad de escuchar). Son los típicos que cuando los asaltan o los chocan convierten la noticia en titular y cuestión de estado. Abundan en los noticieros donde se dedican a mandarle saluditos a la abuela, a contar lo que comieron la noche anterior mientras uno desespera por conocer el pronóstico para saber si salir o no con piloto y paraguas. También son los que se pavonean con orgullo mediático mencionando cada dos por tres la cantidad de premios Martín Fierro acumulados o los que asisten a esas entregas de premios y caen en la pelotudez de sermonearnos cuando son galardonados con un discurso digno de la cruza entre Winston Churchill y Gandhi (cara de tango all included).

El maldito pronóstico

Nunca voy a entender porqué lo mezquinan tanto. Sobretodo porque cuando me canso de esperarlo (después de haber escuchado el anticipo unas mil veces en quince minutos), me conecto al Weather Channel y los mando a todos a la recontramierda.
Tampoco entiendo mi adicción a los pronósticos porque se equivocan bastante seguido y porque usan el segmento para cargarse por los resultados del futbol, las preferencias sexuales (todo muy sutil, obviamente) y cualquier otra pavada que les sirva de excusa para relajar antes de contar que una familia entera fue baleada en la puerta de su casa. ¿Cómo volver de la pelotudez total para informar semejante drama?. En primer lugar no deberían haber llegado al punto sin retorno, porque de eso no hay retorno. Lo cual es peor cuando quedan tentados y leen la peor tragedia tragándose las carcajadas.

Los cronistas de futbol

Ya sé que casi todo el país aprecia más una noticia sobre el deporte favorito de los argentinos antes que lo que va a pasar con sus ahorros si las bolsas siguen cayendo o el Ejecutivo saca o no la ley de estatización de las jubilaciones privadas; pero tampoco la pavada, no me explico la cantidad de tiempo que ocupa la doble rotura de meniscos de Cuchuflito o el casamiento de Cacharrito con la botinera de turno. Analizan cada jugada como si estuviéramos mirando un canal de deportes y generalmente repiten ese gol del domingo hasta el cansancio, después hay una breve mención al tennis…y luego se acabaron los deportes en Argentina (salvo que alguna ignota yudoka se traiga el bronce a casa en las Olimpíadas, en cuyo caso todos son expertos en yudo arghhh!).

El opinólogo super especialista

A estos les chifla el moño, sólo se salvan unos pocos. La mayoría navegan por la delgada línea abstracta de la opinión neutra que no perjudique al canal que les da de comer, al político que les ayuda a terminar la casa en el Country o el diario para el que trabajan cuando no están haciendo el currito delante de cámaras. Algunos no tienen la más pálida idea de lo que dicen, opinan de economía pero jamás en sus vidas se quemaron las pestañas haciendo una carrera…capaz un cursito de dos días en un hotel de lujo que los habilita a hablar sobre variables macroeconómicas con la autoridad con la que yo hablo del mejor lubricante sintético para motores nafteros.
Pero los peores son los que nos regalan su idónea y particular visión sobre tal o cual tema por el simple hecho de vestir un traje Hugo Boss y manejar un BMW. Total, sólo hay que poner cara de “yo la tengo clarísima” y listo.

Los que repreguntan lo recontrarepreguntado

Aquí encontramos a una sarta de cabezas huecas que tienen la primicia de una madre desesperada en línea, que hace unos días busca a su hija desaparecida y abusan de la pregunta incisiva para tenerla más tiempo pegada al auricular sin sensibilizarse por la gravedad de la situación. La pobre mujer acude a un medio público para difundir la foto de su hija y ellos la gastan como escolar a una goma de borrar. La liman duro y parejo, para que no atienda llamados de otros medios y siga conectada repitiendo una y otra vez lo mismo. Ni siquiera el dato de que la señora necesita hacer reposo por su avanzado embarazo los disuade de seguir metiendo el dedo en la llaga. Son de décima. Eso sí, después te darán cátedra de sensibilidad social y te convocarán para participar de la colecta Más por Menos o un Sol para los Niños, pero son hienas insaciables que no se conmueven con nada (salvo que les pase a ellos, obviamente).

Los k-gones

Los noteros de esta especie son los que corren a lo Rambo detrás de la balacera pero en cuanto escuchan un tiro cazan de la solapa a un pendejo que pasaba para convertirlo en un escudo humano. Se enfrentan a la pesada de algún gremio pero ante el menor conflicto se meten el micrófono por donde les entre y salen corriendo con los cantos bien apretaditos. Los miran fijo y se mean, los pechean y se derriten como un helado en verano. Les dicen que NO y dan la razón sin el menor atisbo de duda. Si tienen la suerte de recibir un zamarreo o una bala de goma en una pierna, esperarán el Pulitzer, la Medalla al valor y varios días de notas en todos los canales mostrando el moretoncito multicolor que tanto les duele. Demás está decir que acusarán con el pecho henchido de furia a sus agresores, que primero fueron sus víctimas porque les metieron la cámara en la naríz y el micrófono en el traste; pero eso no cuenta…lo que realmente cuenta es la vil agresión a un periodista (aunque la nota fuera sobre la pelea de las vedettes en el último show de Marce).

Ojo, a no generalizar, algunos se salvan. Son los menos, pero de vez en cuando aparece uno que vale la pena.

CRISIS, ¿QUÉ CRISIS?

Economía de guerra (o cómo sobrevivir sin un mango)

Habiendo superado con gallardía el efecto Tequila, el efecto Caipirinha, múltiples devaluaciones, cambios de moneda, furibundas inflaciones, cambios de Ministros de Economía más frecuentes que el cambio de pañales a un recién nacido con diarrea estival; puedo decir con absoluta idoneidad, que a la hora de ajustar el cinturón lo he visto casi todo.
Recuerdo aquellos tiempos en los que creía en el ahorro, juntando australes que luego tuve que entregar al Banco con la misma tristeza de un alumno de segundo grado que se percata de que sus figuritas de Mazinger no tienen más valor porque ahora todo el mundo junta las de las Tortugas Ninja.
Se me cae una lagrimita recordando a la coreana del autoservicio de la calle Acoyte, que corría por las góndolas desaforada, remarcando las cajas de gelatina y las latas de tomate (que arrebataba de los changos de la gente, que como yo, invertía todo el sueldo en víveres porque se venía la estampida y al día siguiente sólo se podía comprar una décima parte de mercadería por el mismo dinero).
Mi memoria me lleva a aquellos días en los que no apartabamos la oreja de la radio en vacaciones porque en un súbito cambio de Ministros, lo que uno había llevado para pasar diez días de playa ahora no alcanzaba ni para sacar el auto de la cochera del balneario.
Días en los que vivíamos haciendo lo imposible para llegar vivos al final del mes, salteando los obstáculos como en el “Juego de la Oca”; solo para descubrir que cuando uno tenía el juego mínimamente dominado cambiaban las reglas y de repente había que jugar a “El Estanciero”. Meses después, un nuevo paquete de medidas te pateaba el tablero y terminabas jugando al “Ludo”, timbeando al compás del precio del dólar o apostando al plazo fijo (con los cantos del culo bien apretaditos porque el Gobierno siempre es la Banca y en un 99% de los casos se queda con todo, a decretazo limpio y a cambio de unos cuantos papeles que sólo servirán como souvenir de lo que alguna vez estuvo, y ya no más).
Corríamos al Banco a cambiar pesos argentinos por pesos ley o pesos moneda, patacones, australes, pingüinos o cualquiera fuera el nombre que algún iluminado le pusiera al precio de nuestro esfuerzo. Las monedas que perdíamos en el forro descosido de la cartera, se convertían en piezas de museo de un año al otro. Se escuchaban frases como “no hay que poner todos los huevos en la misma canasta”, “invertí en ladrillos que el ladrillo no defrauda”, “colocá la guita afuera, te va a rendir más que poner un negocio”, “no fabriques, importá”, “no importes, fabricá que matás la industria nacional”, “incendiá la fábrica, cobrá el seguro y mandate a mudar”, “compro importado porque lo nacional es una bosta y cuesta el doble”.
Lo que hoy era sagrado, mañana te había hundido hasta el cogote en deudas de las que ibas a tardar diez años en deshacerte (y otros cinco en borrar del Veraz). El que no tiene prontuario en Veraz, pues no ha vivido en la Argentina o es Isidoro Cañones, una de dos. Porque es imposible no tener un muerto en el placard siendo argento. Ese lavarropas que pagaste diez veces en un año, cuyas últimas tres cuotas te salieron más caras que un BMW Okm., porque la indexación o la devaluación o vaya a saber qué cornos hicieron imposible pagarlas, y ese estudio de abogados que te cayó al cuello como una jauría de dogos famélicos para cobrarse hasta el kleenex con el que te secaste las lágrimas; aquel autito que con todo entusiasmo sacaste por sorteo cuando tu hijo era un bebé, y que terminaste pagando cuando el pibe entró en la Secundaria, al precio de una flota de camiones Mercedes Benz; o esa semanita en Brasil que aún hoy es una grata mancha en tu conducta crediticia; todo quedó registrado. Y vos, y yo, que todavía no escarmentamos, aceptando plásticos de cuanto Banco se acerca a seducirnos con sus promesas de autos fantásticos, jacuzzis, plasmas y viajes exóticos. Nosotros que salimos a cacerolear y a derribar a puño limpio las cortinas metálicas de esos mismos turros que hace unos pocos años se quedaron con todo lo que teníamos sin derecho a réplica (aunque paradójicamente guardaron registro de todas nuestras deudas, las cuales ejecutaron sin que se les cayera una gota de sudor ni la jeta de pura vergüenza).
Pero volvemos a someternos a sus inquisiciones, por unas míseras monedas para terminar la casa, o comprar un televisor más grande porque ahora ya no se puede confiar ni en las cuentas en el exterior ni en la guita debajo del colchón; entonces preferimos gastar la que tenemos y pedir más para poner sobre nuestras cabezas una nueva espada de Damocles que nos entierre por otros diez años (es que inconscientemente nos gusta vivir con los huevos de moño, al borde, con la adrenalina del vértigo que trae ese sobre de Creditcard cuyo pago mínimo te deja temblando del susto).
Las veces que habré ido a repactar y renegociar el saldito de esta tarjetita o aquella cuentita que cerré revoleando las chequeras en la cabeza del oficial de crédito que tuvo la maldita idea de agrandarme el límite de crédito sabiendo que me achicaba el lazo con el que me estaba ahorcando. Pero el discursito positivo del Ministro de turno, al que uno elegía creerle porque era más sano, nos convencía de que todo estaba bien; así que uno aceptaba la chequera para financiar la medicina prepaga, el colegio de los pendejos o la cuenta del supermercado. Deudas tan fáciles de remontar como un barrilete de plomo con forma de zepellin (el cual va a terminar en el piso, enterrado hasta los piolines junto con su piloto, como era de esperarse).
Y así pasan los años, del boom de la economía y el “deme dos” a la economía de guerra más austera donde el café es un lujo para pocos y las vacaciones en Mardel un recuerdo de la infancia (sólo nos queda la foto con el lobo marino y el caballito de mar que predice el tiempo).

Evidentemente, vamos de crisis en crisis, con períodos cortos de efímera felicidad monetaria que nos permiten asomar la naríz para comprobar que hay una vida mejor; entonces seguimos corriendo detrás de la zanahoria de lata como los galgos de Miami, dando vueltas en círculo para llegar a ninguna parte. Porque cuando tenemos el rancho de paja nos lo sopla el nuevo gobierno, cuando es de madera nos lo quema la crisis internacional y cuando es de piedra no podemos disfrutarlo porque estamos encerrados del lado de adentro (y afuera los que se quedaron sin rancho y sin nada de nada, enojados y armados hasta los dientes).

Pero si hay algo de positivo en todo esto, es el aprendizaje que uno hace y la agilidad mental que uno obtiene sin darse cuenta. Nos adaptamos, evolucionamos, involucionamos, mutamos, cambiamos de bando, moneda, bandera, marca de gaseosa, gaseosa por jugo en polvo, carne por arroz y cuero por goma. Somos geniales, sobrevivientes totales. Hacemos magia, alargamos el billete, cocinamos con sobras, hacemos vestidos con cortinas (como Julie Andrews en “La Novicia Rebelde”). Hacemos huertas, compramos gallinas ponedoras, reciclamos el papel, hacemos trapos con remeras viejas, estiramos el shampoo con agua, juntamos pedacitos de jabón para fabricar una pastilla nueva, caminamos para ahorrar la moneda del bondi, mandamos mensajes de texto para no gastar hablando, dejamos de fumar para ahorrar doscientos mangos por mes mucho más que por la salud de nuestros fuelles, y entrenamos (sin saberlo) para cualquier contingencia.

Algunos consejos para poner en práctica la economía de guerra

Borrarse del gimnasio y ahorrar la moneda del colectivo caminando como Forrest Gump.


Comprar carne sin hueso, porque el hueso no se come, porqué pagar de más?.

Reciclar el saquito de té, dejarlo en un platito y volver a usar (eso lo hacía mi abuela y siempre me dio mucho asco, pero a la hora de ahorrar…).

Guardar las cáscaras de todas las verduras, hervir con arroz partido para darle de comer a las mascotas ahorrando fortunas en balanceado (el perro no brillará como antaño, pero sobrevivirá sin que se le noten las costillas).

Hacer el café más liviano, una medida menos lo hace más americano (para los amantes de la cultura yanqui) y nos evita el gasto de la valeriana o psicotrópicos para la ansiedad o el insomnio.

Despedir al jardinero y podar a serrucho. No sólo se ahorra el jornal del jardinero, te saca unos bíceps increíbles sin pasar por el gimnasio.

Fuera las galletitas rellenas con grasas trans. Bienvenidas las tostadas de pan francés de panadería de barrio. Con un kilo desayunás una semana, y si se pone muy duro lo rallás para las milanesas (de paleta porque el peceto es para potentados).

Para el verano, fabricás heladitos de jugo Tang incrustando palillos en cubeteras rellenas del producto. Si tenés éxito con tus críos, se los vendés a los amiguitos y vecinitos.

El guiso. Rendidor como pocos. Un cacho de carne marca A.C.M.E. que nadie notará porque habrá hervido el tiempo suficiente como para perder todas sus asquerosas cualidades, tiernizándose como un pedazo de fino lomo. Arroz y fideo (mostachol o moñito), las arvejas son un lujo para privilegiados. El morrón, sólo si está accesible, si no que la verdulera se lo meta por donde le venga en gana.

Boicot a las verduras que suben de precio por la helada, la sequía o el paro de camioneros. No has de comprar aquellas que tienen un precio zarpado, aún a riesgo de proveerte una constipación de proporciones escalofriantes.

Eliminar todo gasto superfluo. Dedicar el día a piratear música, películas y series. Dar de baja el cable, no pisar el cine y ni asomarse por las disquerías. Está todo en Internet, sólo hay que saber dónde buscar. Y ahora los dvd’s leen mp3, avi, divx; así que ya no hay excusa para no divertirse sin dinero.

Barrer con todos los imanes del delivery. De ahora en más, “tutto fatto in casa”.

Si hay hambre, las mascotas pueden ser una buena alternativa. El gatito debe saber igual que el conejo a las finas hierbas del Gato Dumas (y encima uno se saca de encima ese animal del infierno que se come las borlas del árbol de Navidad).

Publicar todo lo que encontremos en nuestra casa en Mercado Libre. Los vinilos de Los Carpenters, el jarrón de la abuela, la máquina de coser de la tía, los cinco fascículos de la enciclopedia de fotografía del diario dominical. La colección de muñequitos de “El señor de los Anillos” de Mc Donald’s (nunca se sabe lo que un fanático está dispuesto a pagar por alguna pelotudez que una conserva de puro vaga y roñosa).

Pero lo más importante. Traten de no encariñarse demasiado con el jamón crudo, el chocolate Lindt, la crema humectante francesa, las carteras de Hermés, el aire acondicionado del auto importado, la casa en la playa, la cuenta corriente en el Sushi bar, los masajes del spa céntrico y los crepes del restaurante del Hilton. Porque en Argentina, hoy estás sentado degustando un Malbec en el más fino restaurante y pasado mañana sirviendo tinto de tetra en el bar de la esquina puteando al cliente miserable por las magras propinas, que alguna vez vos diste, sin imaginar que alguna vez ibas a estar exactamente del otro lado.

ARREBATADORES DE ALGARABÍA

Cuando la vida cotidiana es un suplicio

Uno, que es un ser alegre, evita a toda costa las situaciones donde sabe que alguien lo va a sacar de las casillas. Por eso los alegres nos dedicamos a hacer las compras de supermercado por Internet, a encargar la pizza por teléfono y a pagar los servicios por computadora.
Pero, hay situaciones en las que uno se ve forzado a sacar la cabeza del bunker para alquilar un dvd, comprar un melón maduro o ir al cine; y en esos casos no hay más remedio que poner el monstruo que uno lleva dentro a prueba.

Estos son algunos de los personajes y episodios que suelen derribar mi algarabía cotidiana

Los domingueros

En este grupo viven los especímenes que se calzan el equipo super deportivo para montarse al bote que manejan (probablemente una 4X4 todo terreno con un motor de dos millones de caballos y vidrios polarizados) con el único fin de hacer dos cuadras hasta la carnicería.
Probablemente manejen el poderoso batimóvil a 10 kilómetros por hora ya que van hablando por teléfono con sus parejas tratando de retener todo lo que tienen que comprar. ¿No podrían haberlo anotado en casa y ahorrarnos el paseíto detrás de ellos cual cortejo fúnebre?.
Cuando hacen pie en la carnicería son los que ponen a la mujer en altavoz o bien vociferan todo lo que sus mujeres les dicen para que quien los atienda vaya embolsando el pedido (y para que todos nos enteremos que hoy tiene asado para treinta personas).
A este grupo pertenecen los que se toman el café de la mañanita acaparando todos los diarios del bar debajo de los codos aunque estén mirando la final de Wimbledon en el plasma del local.
También pertenecen a esta elite los que se meten en la fila de 20 unidades del supermercado, con el chango lleno hasta el desborde e invocan cualquier excusa porque no llegan a tiempo para prender el fueguito.
Las mujeres que se prueban veinte lápices de labios en la farmacia que está de turno mientras doce personas esperan para comprar calmantes o antibióticos.
Los tipos que chapean el nombre de algún pez gordo conocido, para entrar antes en la Parrilla que está hasta las manos (como si el resto que espera hace una hora juntando hambre en la antesala, fuera parte del cuadro de Berni “Pan y trabajo”).
Los que están apuradísimos como si tuvieran que depositar un cheque en el banco, cuando en realidad solo tienen que encontrar un lugar para estacionar y comprar el Clarín del domingo.
Las que se te meten delante en la fila de la verdulería, con la excusa de que sólo necesitan una plantita de rúcula y terminan comprando verdura como para forestar el desierto de Gobi.
Los que estacionan en doble fila dejando veinte autos rehenes detrás, para comprarse un paquetito de fasos y después se indignan porque les peinaste el auto para escapar del embudo.
Los que sacan a pasear el perro permitiendo que la bestia que llevan de la correa meta su hocico mojado entre tus piernas o simplemente te haga derrapar de narices en un lío de cuerdas y cadenas peleándose con otro bicho que pasaba.
Las que refunfuñan en la fábrica de pastas porque tienen el número 198 y van por el 4, con lo cual sólo las separan dos horitas de cuatro planchas de ravioles (eso sí…caseritos). ¿Porqué no se van a la mierda en vez de suspirarme en la nuca y farfullar en voz baja improperios al mejor estilo Patán?.
Los que salen de misa y se dedican a los sociales dominicales en el medio de la calle o la avenida cortando el tráfico (como si los dones recibidos en el acto litúrgico les otorgaran inmunidad vial).
Los que se enojan con el panadero porque a las 13.45 hs. se le acabaron las figazzitas de manteca…¿y ahora con qué hago los “sanguchitos de chorizo”?.
Los que son capaces de matar por la última docena de medialunas de manteca o el último ejemplar del diario deportivo.

Los que manejan para el culo

En este Club se encuentran los que jamás usan la luz de giro.
Los que vienen haciendo luces en el carril izquierdo de la ruta, un kilómetro antes, para que te lo vayas sabiendo nomás.

Los que usan las altas compulsivamente porque no ven un burro a dos metros, encandilando a todo el mundo en vez de visitar al oftalmólogo para que les recete un buen par de culos de botella.
Los que te pegan la trompa del auto en el baúl mientras estás rebasando un camión con acoplado, como si estuvieras manejando el auto Fantástico y pudieras levantar vuelo para dejarlos pasar.
Los que van a sesenta por el carril izquierdo.
Los que van a doscientos por el carril derecho.
Los que van hablando por el celular zigzagueando al compás de la discusión.
Los que paran a mirar el accidente entorpeciendo el tráfico.
Los que tocan bocina todo el tiempo (ojalá algún día les incrusten el claxon por el recto a ver si les gusta darle a la bocinita).
Las motos que te aparecen de cualquier lado obligándote a frenar o a hacer maniobras inesperadas para no levantarlos por el aire. Aunque le harías un favor a la humanidad deshaciéndote de media docena…
Los que pretenden pasar de la izquierda a la derecha en un nanosegundo porque súbitamente se acordaron que bajan en este puente.
Los que son dominados por sus máquinas subiéndose a los canteros y llevándose puestas las bicicletas y las motos estacionadas.
Las mujeres que usan el retrovisor para maquillarse, únicamente.
Los que piensan que todas las mujeres manejan mal pero son ellos los que chocaron todos, absolutamente todos los autos que tuvieron desde los dieciocho años.
Los que empiezan la frase así: “Me chocaron”, porque no pueden admitir que hicieron una mala maniobra y se tragaron el volquete.
Los que se creen Fangio pero manejan como Lindsay Lohan.
Los taxistas que van en procesión haciéndote perder quince semáforos antes de poder doblar a la derecha en la esquina.
Los colectiveros que te hacen un fino y te dejan media hora con taquicardia.
Los pendejitos de doce años que en los barrios y countries andan en moto a cien por hora quitándote las ganas de sacar el auto por miedo a tragarte cuatro juntos (lo peor es que ganas no te faltan).

Los reclamos injustos y algunas pequeñas cositas

Recibir facturas erróneas, obligándote a perder dos horas de laburo peleando con una obtusa que repite la misma frase como si fuera un androide.
Cuando una grabación de alguna empresa de servicios te dice que tenés una deuda inexistente, pero serás vos la que tenga que salir a probar lo contrario (otra vez a perder tiempo tratando de razonar con una mononeurona parlante).
Que el colegio de tu hijo te reclame el pago de la matrícula del año que viene porque no encuentra la transferencia que hiciste por Internet aunque le hayas mandado una copia del comprobante, un mail de aviso desde la web del banco y otro mail desde tu casilla. ¿Qué más hace falta, una carta del Marqués de Sade escrita con heces?.
El frasco de mermelada cuyo diseño hace una ligera cuña en el fondo, donde se atasca el dulce, obligándote a enchastrarte los dedos para no desperdiciar las últimas cucharadas.
El dulce que no se adhiere a la tostada, chorreando por todos los costados.
Descubrir que te encajaron seis yogures vencidos y que no vas a hacer veinte kilómetros para devolverlos gastando la diferencia en combustible.
Los que quieren compartir su música con todo el barrio y la ponen a todo volumen a la hora de la siesta.
Los que dan la vuelta del perro seiscientas veces, con la música del auto a todo lo que da y cara de winners totales (incluyendo anteojos negros a las once de la noche).
Descubrir el Tupper de las galletitas abierto, con todo su contenido húmedo e incomible (habría que linchar a los hijos de su madre que no cierran los tuppers).
El helado berreta que viene con pedacitos de hielo.
Las moscas. Especialmente esa turra que se salvó del trapazo y sobrevuela tu cabeza a oscuras cuando el reloj marca las seis horas que faltan para levantarte. Soy capaz de mascar pastillas de Gamexane para matarlas con mi aliento venenoso.
Cuando el lavarropas comienza a hacer ruidos extraños paralizándote el corazón. He llegado al extremo de hablarle y acariciarlo para que se sienta mejor.
Cuando los electrodomésticos te declaran la guerra y comienzan a rebelarse de a uno por semana.
Los que se comen la media milanesa y te dejan el plato vacío en la heladera.
Los que se comen la parte de arriba del flan.
Los que arrebatan las frutillas o los M&M de las tortas.
El hielo del freezer mezclado con migas, jugo de carne y restos mortales de quién sabe qué.
La bicicleta desinflada.
El corcho partido en la botella de vino.

En el trabajo

El que te pide la birome para anotar algo mientras habla por teléfono y jamás te la devuelve.
La fotocopiadora demoníaca, a la que habría que exorcizar; porque se apaga sola, se traga el papel y siempre se queda sin toner cuando más la necesitás.
Las impresoras que se desconfiguran solas y escupen 150 copias de lo mismo avisando en el display que existe un tamaño de papel inesperado.
La gente a la que uno pide ayuda e históricamente te manda a hablar con otra que históricamente hace exactamente lo mismo y así sucesivamente.
Los que te sacan a pasear la abrochadora.
Los que te revuelven los cajones buscando un clip y te saquean las reservas de té y mate cocido.
El que siempre desaparece cuando lo estás buscando.
El que siempre aparece cuando menos lo esperabas.
Los terroríficos mails de desvinculación de la empresa.
El que te habla cuando estás sacando una cuenta.
El miserable que pone para el cumple de Fulano pero no para el de Mengano porque no le gustó como lo miró ayer a la mañana.

Antídoto: Auto transportarse mentalmente a la playa cuyo power point te mandaron cuarenta veces y nunca abriste por falta de tiempo (Bali). Respirar hondo, contar hasta ciento cincuenta mil, tomar un par de vasos de alcohol y/o un blister entero de pastillas de valeriana. Poner una canción linda en el mp3 y mandar a todo el mundo a freír churros.
Eso o recurrir a la “Gran Charles Manson”, cualquier cosa es mejor que dejarse arrebatar la algarabía.


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