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ME FUI DEL MALDITO MONOPOLIO

http://abrojaldeabrojos.blogspot.com/2010/08/banos.html?spref=fb ESTE ES MI NUEVO BLOG.

RELATIVISMO CAQUERO

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Les voy, si ustedes me permiten, a contar mi historia. Y que por favor que esto quede claro: no persigo otro fin que la advertencia. No busco fama, ni mucho menos exposición.

Nunca fui una persona mediática. Y no es por una cuestión de timidez, ni de falta de modestia. Es simplemente para evitar que mi imagen se propague, ya que no me conviene exponerme por un tema meramente laboral.

Yo soy un ladrón. Pero un ladrón a la vieja usanza. Un tipo con códigos. La educación y el respeto fueron los legados más importantes que mis padres me dejaron para la vida.

Mi padre siempre me decía: “hijo, si va a robar, hágalo con modales y honestamente.” Yo soy un ladrón honesto. No me aprovecho de ancianos, de mujeres y mucho menos de niños.

Como usted podrá observar mi campo laboral se reduce considerablemente. Y si a esta lista le sumamos a familiares, amigos, conocidos, amiguitos y seños de mis hijos, y a estos les seguimos sumamos ahora a  la gente buena y honesta, que de todas maneras es poca pero que igual suma al final, la situación se complica aún mucho más.

A todo esto, y es el motivo por el cual relato mi experiencia de vida, en estos tiempos postmodernos que nos toca vivir, de globalización y relativismo, ha surgido un nuevo tipo de chorro que va directamente en detrimento de lo que uno siempre defendió. Y es . el ladrón sin códigos.

Estos nuevos especímenes de cacos, le roban tanto a un indefenso viejecito como a su propia madre, y ni hablar del vecino etc. sin que se les mueva, como quién dice, un pelo. Y uno, quizás nostálgico, empieza a recordar tiempos idos, tiempos en donde la cachiporra certera, la amenaza respetuosa, el salto al tapial, el carterismo o punguismo, eran modos de robar casi románticos, comparados con las nueve milímetro de hoy. Y no es que todo tiempo pasado fue mejor, mañana es mejor como decía el flaco en cantata. No soy de esos nostálgicos a los que les exaspera lo nuevo, de ninguna manera. Lo que pasa es que estos nuevos chorros ya no se respetan ni a ellos mismos, ergo, mucho menos a sus colegas, ¿entendes?

Uno planea durante mucho tiempo un atraco teniendo en cuenta al ser humano, evitando la violencia innecesaria, y cuando lograste esto con el esfuerzo correspondiente, ahí están estos en la puerta del banco queriéndote arrebatar el fruto de tu laburo. Son vagos. Aprovechadores del trabajo del otro que en definitiva es su par, un colega que la esta peleando como todo el mundo hoy por hoy en un país como el nuestro que encima te quita oportunidades. ¿Para cuando una asignación para nosotros?

Y no me vengan con esa frase de Perogrullo, trilladísima de el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón porque es una gran pelotudes, un verso de estos ineptos, para aprovecharse del esfuerzo ajeno.

Estoy indignado y con mucho miedo, Ya no se puede trabajar tranquilo. Los ladrones de la vieja guardia pedimos seguridad. No se puede salir a la calle tranquilo. ¿Donde esta la policía en estos casos? ¿Hace la vista gorda? ¿Y la dirigencia política? ¿Y los medios de comunicación?

Vuelvo a insistir: tengo miedo.

La semana pasada sufrí un ataque de pánico. Me negaba a salir a trabajar. Y encima mi psicólogo me hizo responsable exclusivo de mi estado. Que mi miedo era a lo nuevo. Que era victima de mi propio deseo a volver al pasado. Que tenía una regresión. Que me aggiornara, me dijo.

No sé, pero me parece que lo mejor en estos casos es aplicar mano dura. Tolerancia cero con estos tipos. Acá precisamos alguien que las tenga bien puestas, que tenga que tener lo que hay que tener. Un Fidel Castro. O tendrían que volver los militares. A mi nunca me hicieron nada.

MI TRAUMA

Lo mío es grave. Seguramente usted, lector avezado de la más popular publicación humorística del departamento general López, por no decir la única, porque si bien el Informe diario muchas veces da risa, no es exclusivamente un periódico para hacer reír, se sorprenderá una vez más con la forma en que este trabajador social de las letras, comienza su interesante exposición mediática. Dirá quizás, tal vez, a lo mejor, que es un poco, diríamos, amarillista el comienzo, con cierto tono demagógico y populista. Entonces este servidor le contestará que si, que es verdad lo que usted esta pensando, que tal vez la vorágine de los tiempos que corren me han llevado a semejante situación. Lo hace un recontra conocido diario de gran tirada nacional, que no voy a dar el nombre por miedo a que me hagan un juicio y no me publiquen la nota en el blog que tengo en su comunidad, estonces porque no lo voy a hacer yo. Entonces usted con templanza, raciocinio y con tono analítico me responderá que no tendría porque seguir metodologías teñidas al menos con un manto de sospecha e irresponsabilidad por estos días. Entonces este servidor, también con tono aplomado le responderá que todo le chupa un güevo. Y si pinta la billetera con un par de pesos, bueno, mejor no explayarse.

Y si, reconozco. Estoy un poco preocupado. Y no es una preocupación común, mundana, no. Mi preocupación tiene que ver con otra cosa. El tema es mi carencia de sufrimiento, de trauma alguno. Mi infancia fue una infancia maravillosa, feliz. Mis padres nunca se separaron, nunca me pegaron, siempre me trataron con amor. Nunca me falto nada. Ni alimento, ni abrigo, ni educación. Papá Noel siempre cumplió y ni hablar de los Reyes Magos. Tuve mi escalectri, mi pelota de fútbol y mis ladrillitos para armar lo que quisiera. Mis cumples desbordaron siempre de alegría y de regalos. En la escuela era el mejor alumno y las maestras me preferían. La más linda del grado estaba enamorada de mi y en los partidos de fútbol era el que metía los goles. Tenía amigos por doquier y nunca me discriminaron. Supe de la existencia de los profesionales en psicología ya de grande. Nunca tuve que acudir a ellos por abuso de ningún tipo. Nadie me violó, nadie me pegó, nadie me usó. Mis maestras jamás me tiraron de las orejas y nunca ningún profesor de gimnasia me trató de maricón ni de debilucho de mierda. Mi profesor de natación jamás me tiró a la pile sin que yo lo pidiera. Y el curita con el cual tomé la comunión nunca me toqueteó la entrepierna. No. Los barriletes siempre me volaron bien y los autitos de plomo siempre me llegaban primero a la meta. Nunca le tuve miedo a la policía. Ellos siempre cuidaron de mi integridad física y psicológica. Jamás se les hubiera ocurrido reprimirme o asustarme con que me iban a llevar preso si no me portaba bien o no tomaba la sopa. Los estamentos que se ocupan de la temprana edad de la niñez, siempre se hicieron cargo de mí. Disfrute de todos los derechos del niño. Tuve un nombre y una nacionalidad. Como así también vivienda, alimento, educación, espacio para el esparcimiento y servicios médicos. El amor y la comprensión fueron mí rutina diaria. Cuándo precisé que me socorrieran, fui el primero en ser rescatado y/o salvado. Los bomberos eran mis amigos. Todos lo fueron y me quisieron. Claro, entonces usted ante mi exposición dirá con razón, o no, pero dirá: “¿a este que catzo le pasa?” Y entonces este servidor público responderá que se siente solo. Que se siente una rara avis, que no sabe que mierda significa esa frase en latín pero que queda linda para casos como estos. Que se siente raro. Como que esta realidad en la que vive no le perteneciera. Que todos sus amigos, conocidos, compañeros de trabajo están con un tremendo mambo en el mate. Locos. Pasados de vuelta. Limados. Que prefieren no recordar su niñez porque seguramente terminan colgados de una soga en medio del parque municipal o asesinan a su concubina o concubino. Ese es mi inconveniente gente. Y disculpen que arremeta en medio de la risa y el humor con mi patético relato. Lo que pasa es que nadie me comprende. Todos me miran como a un extraño. Me evitan cual leproso. Me niegan el saludo y me dan vuelta la cara en plena calle. Todos a los que invito con un café me rechazan  y las mujeres ya ni me miran. No tengo tema de conversación. Cuando me cuentan sus problemas no puedo seguir la charla porque al responderles que carezco de inconvenientes con la vida me discriminan. Primero estallan en llanto para luego abofetearme cual telenovela protagonizada por Arnaldo André, que también tuvo problemas de chico. Me siento mal. Me caigo y me levanto. Que suerte pa´ la desgracia. Todo lo bueno que viví durante mi niñez se me esta volviendo en contra. Basta por favor. Basta de mas humillación de la sociedad hacia mi persona. Yo no quise. Yo no me di cuenta. Yo no tengo la culpa de ser así. La culpa la tienen mis padres. Ellos son los responsables de esta personalidad que porto. De ser una persona positiva y de buenos pensamientos. Como hacer ahora. Como se hace para superar este trauma que porto como una pesada cruz y lograr al fin la infelicidad.nuevas 1700

LLANOFOBIA

En mi extensa y dilatada vida en lo social, cultural, político y deportivo, he tenido el privilegio, la suerte y por que no decirlo también, la desgracia, de conocer a todo tipo de personalidades. Desde el recatado e impoluto funcionario gubernamental, pasando por el loco aventurero, trotamundo y romántico vividor, hasta llegar al común y simple habitante trabajador ciudadano y/o pueblerino. En esa experiencia fue que conocí profundamente a Carlos María Castelar, hombre particular desde mi humilde punto de vista, y no por lo estético, ni mucho menos por su nivel intelectual, ya que carecía de ambos caracteres con desparpajo. Lo que llamaba la atención de esta persona, lo que hacía que su personalidad resaltara por sobre las demás distinguiéndose, era su rara afección. A contramano de lo que comúnmente se conoce, de lo normal, es decir una altofobia o una macrofobia o una batofobia, es decir el miedo a las alturas , el problema de Castelar era su terror por el suelo firme, al llano. Si, avezado lector de Ojito, usted esta leyendo correctamente. Muchas veces se lo veía por las calles de su ciudad temblando de miedo y con un hilo de sangre en sus fosas nasales. Las zonas bajas lo apunaban. Es por eso que no era raro observarlo trepado en la punta de algún eucalipto añejo por las mañanas o durmiendo la siesta bien alto sobre alguna antena de telefonía celular. Cierto día,  montado sobre los hombros, de un negro basquetbolista de un equipo de la ciudad, a  cococho, me confesó que el sufría su problemática como una especie de castigo divino oriental. Decía que en otra vida alguna macana se había mandado y que estaba pagando ahora en esta su falta. Muchas veces ocurrió que en el noticioso de la televisión los que lo conocíamos y los que no, observamos impávidos la pantalla, ante la imagen que esta nos devolvía. Rescatistas de alguna ciudad turística cordillerana, rescatando, valga la redundancia, al Carlos de la orilla de algún barranco o de la cima de algún pico nevado. Cierta vez un conocido director técnico argentino, que conocía la historia del susodicho personaje en cuestión, convocó a este a un partido por la copa Libertadores de América a disputarse en las alturas de Ecuador, donde la pelota no dobla. Pero la honestidad de Carlos María había quedado en evidencia ante la negativa de participar por su escaso saber teórico y técnico en ese popular juego. El siempre había dicho, junto con Borges que no podía entender a veintidós personas corriendo detrás de un balón., De todas maneras cuándo el mismo conocido técnico le hizo saber del dinero a ganar, lo entendió. Y jugó la primera media hora del partido. Y, una experiencia mas que me brinda mi enfermedad, decía como justificándose. En otra ocasión en la terraza de un alto edificio, compartiendo un juguito congelado y mientras observábamos el paisaje desde la altura, me confeso también que su sueño era ser astronauta y conocer la luna. Obviamente me pareció un buen sueño el del Carlos, y acorde a su afección. Pero luego el mismo puso en tela de juicio ese deseo propio y casi perfecto para un hombre como el, ya que  se preguntaba y quizás con razón, si en caso de pisar la luna el continuaría con su problemática ya que a partir de ese momento arriba sería lo que ahora en abajo. Estaría en el llano, pero de la luna. Locas elucubraciones de una mente loca. Pero entendible señor lector de Ojito. No había referente en el mundo. Los médicos erraban constantemente. Los Psicólogos no daban en la tecla. Pero los religiosos le decían lo que quizás los Psicólogos le debían haber dicho, es decir, que su búsqueda era la de Dios, por eso lo de las alturas. Pero que era pecaminoso. Una especie de Babel humano. Que pronto hablaría en varios idiomas sin que nadie pudiera entenderlo. Y si, es verdad, digamos que los tipos no lo ayudaban mucho. Tal vez había sido por ese motivo que se sentía cómodo conmigo. Quizás por mi sinceridad. A mi no me avergonzaba estar con un loco de mierda como el. Mis consejos siempre habían sido claros.

–Vos carlitos tenés que evadirte de la realidad y no pensar más en esta boludez. Andáte de putas, fumáte un churrito, tomate unos whiskys y vas a ver como todo se te va a pasar.

Yo se que después me criticaron. Que me tiraron por la espalda con todo un arsenal de cuestionamientos y que se yo. Pero por lo menos yo le iba de frente al chabón. Y hablo así, de esta manera, porque esa era forma con que con el nos comunicábamos. Y lo de después ¿que decir? Fue todo muy confuso. La familia que se quiso hacer cargo, y las entidades intermedias y la policía esposándolo y los médicos medicándolo etc., etc., etc. Después como que quise olvidar. Hice lo que yo consideraba que el tendría que haber echo. Y lo disfrute como si el Carlos. Y fue en una de esas experiencias que por primera vez escuche la versión, bah, las versiones. Si bien al principio no les quise dar importancia, luego ya los comentarios se habían transformado en cosa de todos los días, hasta que una persona de mi confianza lo reprodujo y dije: “a la mierda”. Y la hago corta. Unos dicen que como Saint Exupery, tomó un avión prestado y se perdió en medio del cielo para nunca mas volver. Y otros comentan que ya cansado de todo un día se dejó dormir en un sótano de la calle Bomberos Voluntarios.

EL CANTANTE ENAMORADO

EN VIVOS

EN VIVOS

Los Utópicos Primavera no eran una banda de rock. Tampoco un grupo bailantero. No había forma de catalogar a esta agrupación. Tampoco podría decirse que hacían música. Siempre se sorprendían cuándo al terminar un show la gente que los iba a felicitar les decía:”¡muy bueno, como nos cagamos de risa!” o “che, que borrachos estaban el sábado arriba del escenario”. O por ejemplo en otra ocasión, un por ese entonces joven dirigente gremial, en una de esas peñas terciarias, donde efectuaban su actuación, y al haber terminado una libre versión del tema de los Abuelos denominado “hombre lobo”, este descerrajo un: “¡le falta un pedazo!” Y para serles sincero, sobretodo a usted fiel lector de este humorístico espacio, el tema no estaba completo y duraba un poquito menos de la mitad de lo que dura el original, pero no era para que todo el mundo, ya que la mayoría desconocía la canción, se enterara y de esa loca manera. Porque el tema era que  ellos no comprendían semejantes aseveraciones porque creían que tocaban bien  y porque lo hacían totalmente lúcidos y concientes de si mismos. Por sus venas no corría nunca sangre con ningún tipo de extraña sustancia. Su intención era sonar como una banda normal. Que se los considerara  dentro del circuito musical de la ciudad. Pero constantemente y a su pesar la gente hacia su propia elucubración con respecto a ellos. Es que desconcertaban. No había referencia ni parámetro alguno en el mundo. Porque la pregunta era, ¿como podía ser que sonando tan mal llamaran tanto atención? Es que a la gente en los noventa no le importaba un carajo nada. Casi como ahora.

Cierto día el grupo fue convocado a una radio fm de la ciudad. El conductor había llevado bien el reportaje, hasta que como le pasaba a la mayoría de la gente, cayo en la misma duda de todos. “Con nosotros en esta noche hermosa, los Utópicos, grupo que llamó la atención de la platea con sus particulares versiones de temas del rock nacional”.

¿Particulares versiones? ¿Cómo particulares versiones?, se preguntaban sus integrantes. Si nosotros queremos hacer los temas igual que los Helicópteros. ¿No salen parecidos boludo?

Particulares versiones y particulares declaraciones. Cuándo el susodicho conductor radial volvió a  acometer con otra de sus ondas preguntas indagando al batero a cerca de sus faroleras y payasescas presentaciones y este queriendo justificar dichas performances con una respuesta  quizás filosófica como esta: “lo que pasa que la música no es solo lo se escucha sino también lo que se ve”, el tipo dio por terminado el reportaje y los demás integrantes de la banda también.

Esto es lo que quiero que entiendan señores. Los pibes eran inocentemente pelotudos en ese sentido. En ese y en muchos otros también. Pero lo que quiero que comprendan y se que se hace bastante difícil, es que ellos hacían lo que hacían como si fuera lo mas importante del mundo. No era joda. Era serio el tema. Fue por eso que tal vez, en ese casamiento del cual habían sido partícipes, contratados para amenizar la fiesta, el cantante hizo lo que hizo.

La cuestión fue la siguiente. Resulta que una gente conocida se casoreaba y habían querido que la banda efectuara sus habituales pantomimas en el escenario. Resulta que el frontman vocalista se había despertado esa mañana con una insipiente ronquera en su apaleada gola. Y si no había cantante evidentemente no iba a ver casamiento. Fue entonces que el tecladista, introdujo casi a la fuerza al por ese entonces pelilargo cantante, dentro de su blanca citroneta, para luego depositarlo en una de los consultorios de la popular salita municipal, donde una oblonga enfermera clavó en una de las redondas nalgas del líder de la banda una aguja que expelía un remedio denominado Decadrón, para luego advertirle que la garganta iba a funcionar perfectamente en caso de que no ingiriera ni una sola gotita de alcohol. Los jóvenes no suelen escuchar consejos. Los jóvenes no suelen escuchar.

Que hermosa fiesta la de aquel día. Que glamour. Que garbo. Que desastre.

Cuándo la primera parte del show concluyó, el estado de ánimo de los integrantes era muy alto. La gente sorprendentemente se había divertido y había visto en esos pibes a unos chicos jodones, desprejuiciados y divertidos. Y encima la garganta del cantante había funcionado de maravillas y todos lo felicitaban, inclusive la novia, que lo había echo con una efusividad rara para una mujer que se esta casando. Quizás fue por eso que todos olvidaron la situación que llevara a que el cantor visitara al médico. El éxito se les había subido a la cabeza sin haberlo probado nunca. En cinco minutos distintas botellas contenedoras de diferentes líquidos alcohólicos habían sido ingeridas inclusive por el cantante. Cuándo se percataron que habían cometido un grave error ya estaban arriba del escenario nuevamente. La transformación sufrida por el cantor había sido espantosa. Era Güaraní con ronquera. El efecto que había producido el alcohol mezclado con el Decadrón en esa cabeza en este momento se me hace imposible describirlo. De a poco y paulatinamente todos los invitados, como así también los mozos, los cocineros, los que ponían la música, los patovicas, los colados, es decir todo el mundo, se iban dando cuenta de que algo raro sucedía. Porque temas populares y recontra sabidos y cantados por el pueblo, sufrían interpretados por esta ahora especial voz, una tajante transformación. Cuando todos se aprestaban a cantar en medio del caluroso baile, descubrían que la letra era otra. Que el tiempo era otro. Que la canción no era la misma. Todos estaban sorprendidos por semejante situación, todos, ecepto la novia, que miraba al cantante como si hubiese sido Sandro o Jim Morrison. Al percatarse de esto el cantante, que estaba mamado pero que no pateaba la pared descalzo, con salto gatuno, bajó del escenario hacia la pista, tomó de la cintura a la joven mujer de blanco y durante casi sesenta minutos bailó como si hubiese sido el novio. Todos los temas a partir de ese momento fueron instrumentales. Cual Julio Bocca junto Eleonora Cassano, la insospechada pareja movió su cuerpo al son de esa orquesta patética y borracha, con un ardor y una pasión que daba miedo. Cuando el padre de la novia quiso intervenir, esta grito a los cuatro vientos que esa era su fiesta y la que se casaba era ella. El novio ya se había dado por vencido y la agrupación había repetido  siete veces el mismo repertorio cuando se decidió cortar la fiesta. El cantante como endiablado no salía de su estado hipnótico y la novia tampoco. Y fue por eso que decimos hacer la última anunciándolo por el micrófono. El cantor se dio vuelta, miró fijo hacia la banda como un espectador mas, y gritó: “¡che, no sean mala onda, la fiesta esta en pañales! ¡una  mas y no jodemos mas!”

POR MAS QUE FUERA ISABEL PANTOJA.

Venado Tuerto suele cerrarle sus puertas a las generaciones jóvenes. Cuando un púber adolescente no posee lugar donde esparcirse, no tiene que esperar nada de los entes que son regulados por gente mayor. Es decir, debe ir a crearse su propio espacio. Si aún así, y con todo ese ímpetu depositado, los mayores que generalmente están a cargo de los entes que regulan la ciudad no les importare un joraca a cerca de las inquietudes de la gente joven, pues entonces se recurre a las ciudades y poblaciones vecinas. Suele haber lindas chicas en los alrededores.

Fue en ese contexto que en un momento dado de nuestra romántica juventud, con mis amigotes decidimos trasladarnos a unos pocos kilómetros de nuestro terruño. La ciudad de Murphy, por ese estonces pueblo, nunca había sido buena anfitriona para con estos viajeros zonales. Cuestiones futboleras, cuestiones económicas. Usted dirá también para sus adentros cuestiones de polleras. Y este humilde servidor responderá que no, que en ese sentido, problemas concretos nunca habían existido ante la descarnada ignorancia de las mujeres de ese lugar para con los jóvenes en cuestión. No nos tiraban onda las minas. Aún así, y ante la  también total ignorancia de las de acá, decidimos desafiar a la suerte y al destino, e imagínense ustedes, inteligentes lectores de revista Ojito, como suelen responder la suerte y el destino cuando gente de escasos recursos económicos y estéticos osan desafiarlos. Pero éramos jóvenes y por ende carecíamos de experiencia y sentido común, casi como ahora.

¿Pero cuál había sido el detonante para emprender semejante viaje? ¿Qué había motivado a esta banda de compañeros (no peronistas) a desafiar lo establecido. Y, solo una cosa podía ser. Un recital de la banda Autorreverse en su versión rocker en el club Unión y Cultura. Y con un condimento especial, una conocida top model de Venado, debutaba como cantante de la popular agrupación. Claro, usted, lector comprometido y sensible dirá que alzados los pibes. Y si señor lector, le responde quién escribe esta nota,  a esa edad si no se puede tocar, se tiene que mirar. Y a esta también.

El ómnibus de pasajeros nos depositó en la pequeña terminal ante la  mirada  compasiva del chofer. Las instalaciones del club desbordaban de gente y la música se escuchaba de lejos. No pasaba desapercibida la tertulia en el pueblo como así tampoco el arribo desubicado de los amigos en cuestión. Los muchachos del lugar se miraban entre ellos como no entendiendo nuestra presencia. No tardaron mucho en acercarse hacia nosotros con consejitos tales como:”Se quedan piola o cobran” o “¿Por qué no se las toman?” o “¿Ustedes son los que pensamos? Entonces son más pelotudos de lo que nosotros creíamos. Porque venir acá a que les rompan la cabeza no puede ser nombrado de otra manera ¿viste?”

Pero si había algo de que jactarnos como grupo era la manera descarnada de hacernos los pelotudos. Ante la agresión ignorábamos al que la producía de una manera insoportable. Puedo describir con exactitud el techo de ese gimnasio aún hoy con el paso del tiempo de tanto mirar hacia arriba o el embarrado piso. Lindo gimnasio.

La banda marco cuatro y la platinada modelo mujer venadense lanzó su primer chillido. Fue justo ahí, en ese preciso momento que voló el primer cubito de hielo. Usted pensará, iluso lector de ojito, que el objeto iba dirigido hacia el escenario, donde la desafinada cantante efectuaba su performance. Y yo, como relator vivo de este echo, como partícipe y testigo, le digo, sin querer contradecirlo por el solo echo de hacerlo, como suelen hacer gran parte de los habitantes de esta querida ciudad, que es mi ciudad, que no, que el objeto helado y compacto, se había dirigido hacia nuestra humanidad. No les importaba a los pibes que la voz de la modelo fuera una suerte de tortura del tenor de las de Guantánamo. Lo importante para ellos en ese momento era que nosotros la pasáramos lo más mal posible. Que no disfrutásemos. Que no fuéramos felices.

Habíamos llegado a  tal punto de  no poder encontrar  rincón oscuro alguno donde refugiarnos. Y mucho menos cuando la cantante queriendo emular quizás a las grandes divas del pop, hizo encender las luces todas del lugar para verles las caras a los fans que la vivaban. Y por su puesto las caras que fueron visibles habían sido obviamente las nuestras. En ese momento fue que decidimos la huída. Encaramos hacia la puerta de salida donde un patovica se ubicaba todo armadito dentro de sus músculos. Y fue ál lechuga que se le ocurrió una treta interesante. Le dijo al joven vigilante que si no quería que se le pudriera toda la fiesta, inmediatamente luego de nosotros salir, cerrara por unos minutos la puerta, para que las barras no se juntaran, evitando así el derramamiento de sangre joven. Por un momento el  encargado de la vigilancia quizás creyó que éramos gente pesada y cumplió con celeridad la orden. Cuándo llegamos a toda velocidad a la esquina, escondidos detrás de un árbol observamos hacia el club y vimos como unos treinta muchachotes salían como disparados hacia el medio de la calle mirando hacia ambos lados y a los gritos. En unos minutos ya estábamos en la ruta, escondidos y a salvo. Pero siempre algo tiene que pasar, el final no siempre es feliz. Siempre hay un lento en la barra. Faltaba el Tata  faltaba. Y había que ir a buscarlo. Pero ¿volver a la fiesta? Salimos dos corriendo casi sin pensarlo mucho. Cuándo estábamos cruzando la plaza, debajo de un pequeño monumento divisamos dos figuras entrelazadas de amor. El Tata con la Margarita, conocida chica, que cuándo advirtió que le llevábamos a su amante de ocasión, empezó a los gritos diciendo:”¡Acá están los pajeros de venado, acá están!” Había quedado en claro lo que creía la Margarita de éstos sensibles muchachos. Otra vez alcanzamos la ruta a toda velocidad y casi ya sin aliento. Cuando llegamos los demás nos comentaron, colgados ya del colectivo que llevaba de vuelta a la banda con todos los instrumentos y equipos, y mientras nos advertían que solo uno de los tres  recién llegados podía subir, que a los otros dos los había levantado un Fort Falcon azul que iba para venado. Por su puesto los que quedamos a la vera de ruta habíamos sido el Tata y quién les habla. Salimos corriendo por la ruta 33 en dirección a nuestro terruño mirando de atrás al Bondi que se alejaba lentamente buscando  seguro destino. Miramos hacia atrás pero a nadie vimos. Solo un auto que se acercaba a lo lejos. Pusimos nuestro dedo pulgar en alto rememorando quizás nuestros viajes a dedo hacia el norte de nuestro país. El coche nos pasó a una velocidad considerable, para luego, y ante la sorpresa de estos dos caminantes ocasionales, girar en u sobre sus cuatro ruedas, ponerse justo al lado nuestro como yendo a Murphy,  y mientras uno de sus ocupantes nos gritaba epítetos tales como: “¡Porque no se vuelven a su pueblo negros de mierda!”, otro sacaba su mano por la ventanilla descerrajando un espantoso disparo de pistola al aire. El fogonazo cegó nuestra visión y me sentí un negro de la película Missisipi en llamas, corriendo por el medio del campo abierto aún virgen por aquellos tiempos de la vitamínica soja.

Un tiro nos habían tirado los chabones ¿entendés? Un tiro.

Una horita tardamos en recuperarnos del traumático episodio y poder volver luego a la ruta. Cuando un automóvil se acercaba nos lanzábamos literalmente de cabeza sobre la banquina detrás de los arbustos. Cuándo comprendimos que ya nadie volvería por nosotros, el sol nos daba en la nuca. Nunca amé tanto el fétido bao que suele expeler el frigorífico ubicado a escasos kilómetros del centro de nuestra ciudad. Los pies nos dolían de tanta caminata y por la  escasa suela de los mocasines cheyenes.  Nos habíamos vuelto a pié asegurando nunca más volver por mas que la cantante de Autorreverse fuera Isabel Pantoja.

VERDOSO FINAL.

Descubrí que el Industrial no era para mi, cuándo finalizando el ciclo lectivo del año en el que cursaba tercero, nos abocaron junto a otros dos compañeros, a pintar las paredes de unos cuántos salones y de la dirección de la institución, que, digámoslo sinceramente, ya estaban un poco flojas de pintura y engalanadas con unos cuantos graffitis de todo tipo y color. Dejo a consideración del inteligente lector de esta comunidad el tenor de estos, considerando claro está, el perfil del alumnado del popular colegio.

Íbamos ya por el tercer día de arduo trabajo, cuándo nos trasladamos al último ambiente por modificar estéticamente, con un color verdoso militar de pintura a la cal. Arrastrando la escalera y con epítetos tales como, “dale pajero”, “anda a cagar pelotudo”, “que, sos puto que no podes llevar esa escalera de mierda”, etc., etc., etc. logramos llegar al saloncito en cuestión. Al escuchar esto el preceptor que estaba a nuestro cargo, nos anticipó con su particular y didáctica verborragia, que si no nos dejábamos de romper las pelotas y no terminábamos para la hora de salida, nos íbamos a comer cuarenta amonestaciones y considerando el momento del año, íbamos a tener que volver el año siguiente al mismo curso del cual participábamos en ese momento. Es decir, íbamos a repetir. Eso había sido antes de desafiarnos a las piñas. Esto era lo que me gustaba del indu, la hombría que reinaba dentro sus paredes. Nuestro esfuerzo era denodado. El año estaba finalizando y nuestras fuerzas no eran las mismas de mitad de ciclo. Los grises guardapolvos de taller nos pesaban más de lo normal. Es que con el calor y la grasa impregnada de meses, se nos hacia que sobre nuestras espaldas cargábamos un enano. Transpiración mas olor a grasa, fatal conjunción. Las chicas lejos.

Pero nuestro objetivo estaba como cumpliéndose. Al fin todo eso se iba a terminar. Aunque fuere por unos meses, necesitábamos ese receso. Necesitábamos la esperanza de que en las vacaciones nos pasara algo terrible. La esperanza de que surgiera algún motivo por el cuál no pudiéramos volver a esa escuela nunca más. Y dicen que cuándo uno desea algo con mucha fuerza, puede llegar a cumplirse el sueño.

Arrimamos la desvencijada escalera a una de las paredes. Totó tomó con fuerza la lata colmada con pintura y la colgó en el gancho. Tiramos una moneda al aire para echar a la suerte quien sería el que trepara primero para dar los brochazos inaugurales. Mi tarea era entonces la de sujetar fuertemente el adminículo a trepar. Totó tomó con sus manos la madera, miró hacia arriba como pidiendo clemencia y apoyó su pie echando todos sus kilos sobre el primer escalón. El espantoso crujir que produjo ese acto en la madera aun hoy en algún que otro sueño se me aparece como pesadilla. El análisis posterior dio por conclusión que una de las patas de la escalera, justo la del lado donde este humilde servidor sujetaba, se había quebrado, literalmente hablando, por la mitad, viniéndose a pique, con tal desgracia o simple movimiento natural, que el tarro con pintura vino a dar justo en la cabeza de este ruliento puber pintor. Nunca viví sensación semejante. Sentir que realmente el mundo se terminaba para mÍ. Sonó a final esa sensación. Espantado y sin sentido de la realidad, con los ojos como con fuego por la cal impregnada en ellos, tanteando en las paredes y en las personas que veían en mi lo absurdo y lo increíble, disparé por pasillos y corredores cuál Hulk, verdoso y violento, hasta llegar a la dirección misma del establecimiento, para sorpresa y espanto de profesores y preceptores respectivamente. El grito del toncho Ferrer, el particular director de la escuela en ese momento, sonó a espanto y terror: “¡¡¡Pero que le paaasa!!!”. Mis palabras eran grito y lamento. “¡No veo, no veo! ¡Estoy ciego, no veo! ¡Agua!” Las marcas de mis dedos manchados de verde, rasguñando las paredes blancas como en una película de terror, permanecieron durante un tiempo, como prueba del escandaloso echo. Sangre alienígena. ¿Qué decir del alumnado? En masa corrían como sonriendo, bah, cagándose de risa como en la matinée del circo Papelito, apuntándome con el dedo como para que no hubiera dudas de que el pelotudo era yo. Creo que tampoco tengo que decir que mis compañeros de trabajo se habían sumado a la horda irrespetuosa desligándose y haciéndome responsable único y directo de lo sucedido. Pero a mi eso no me importaba. Quería llegar rápido al baño para mojarme la cara. Realmente creí que ya nunca más vería el mundo real. Coloqué mi cabeza debajo de la canilla, mientras los que me seguían como en una murga, acataron mi desesperado pedido de agua, arrojándome como en carnaval el líquido elemento. El guardapolvo gris ahora mojado, doblaba mi humanidad arrastrándola por el humedecido piso con sospechosas sustancias de ocres tonalidades. Las risotadas rebotaban entre las paredes del baño con una acústica particular. Cuándo pude abrir un poquito los ojos, lo primero que vi fue a mi madre corriendo desesperada entre el alumnado buscando al preceptor que en ese momento terminaba de acomodarse de su ataque de risa ante el drama sucedido. Tomado de un brazo por mi mamá, volé hacia el sanatorio Augusto Timoteo Vandor temblando de miedo. La enfermera clavó dos mangueritas en ambos orificios de mi nariz hasta hacerlos llegar a mi estómago extrayendo solo un líquido incoloro. Por suerte no había tragado pintura verde. Los lagrimones corrían por mi cara por el roce de las mangueritas dentro de la nariz. Quería estornudar, quería toser, quería llorar. A un hoy, cuándo recuerdo esa sensación, un escalofrío recorre mi cuerpo. Sensación solo comparable a cuando, mayorcito ya, una abeja se introdujo dentro de mis fosas nasales, dándome un picotón dentro, en una de las paredes interiores de mi nariz. Las dos semanas que restaban para que las vacaciones dieran su comienzo, las pasé en cama, mirando televisión y con restos de la verde pintura aún en mi cabellera. A partir de ese momento di por finalizado mi paso por el indu. El último recuerdo de la secundaria que me queda es ese acto desgraciado sucedido ese fin de año. El deseo de no volver mas se me había cumplido casi sin quererlo. O tal vez no. Se me hace que cuándo la lata de pintura verde caía buscando piso firme, inconcientemente llevado, atravesé mi cabeza entre la contenedora del liquido elemento y el suelo. No había sido yo, pero había sido yo. Es decir, todo esto para no reconocer, Psicología mediante, la gran pelotudez cometida.

Drácula(Boris Karlov)

La leche de tu piel. La piel de tocar. El tiempo en carne viva. Mi despellejado corazón.

Pasan satélites, me cuentan los que miran hacia arriba. Cométas estáticos y amarillos. Dicen los que me cuentan. Y que les contaron, porque aunque miren, nada ven.

La piél de tu leche. La sal tuya. La mar que prové, buscándote.

Tantos tatuajes de lunares y nada.

Cuántos minutos de silencio. Horas de silencio ante el soplo de la muerte.

Máscaras confundidas, rostros que no vemos en un carnaval oscuro y libertino.

Extraño verano refugiado bajo una piel o tan expuesto.

Tanto. Tanta piel. ¿Tanta? Tonto pelaje mío, de viento de tormentoso mar inexplicable.

Arena, bosque impenetrable y más tormenta. Y más.

Como comer de tu carne y no lastimarme. Como no sangrar de tu cuerpo.

Desangrarme de a poco sin tus dientes dentro mio.

Lo de siempre y tan distinto. Tan igual y lo que nunca.

5to Concurso Literario Bicho de Letras

Cuándo realmente se dió cuenta de lo que había hecho quedó petrificada mirando la arena húmeda. La varita había funcionado. Entonces cerró los ojos y sin mirar, volvió por donde había venido. El mar se la tragó serenamente. El sol no volvió a salir.

DISIMULO

Disimulo, no me crean.
Camino despacio, tranquilo, pero disimulo, no me crean.
Créanme que disimulo.
Sereno el dia me lleva. Me caminás por dentro, por fuera. Te sentás en mí.
Pero tranquilo ando y me crece como una soledad. Me anda por todo.
Por tanto y por cuánto.
Disimulo, no me créan. Créanme que disimulo.
Tomo café. Hago el amor. Bebo vinito. Beso a un amigo. Escucho música.
Ok, todo bién, tranquilo.
Pero disimulo, no me crean, no me crean.
No puedo no disimular. Créanme.
Saco el frío con pulover. Me lo saco.
Me tomo el buque, el dos, me tomo un mate.
Tiemblo tranquilo, sin apuros. Me tomo el tiempo paar identificar a la soledad.
Despacio.
Pero disimulo. No estás. Mi alimento, mi música. No me crean.
Créanme, soy otro también.
Otro que ya no sabe donde. Dónde eso, dónde vas, dónde vos.
y resulta, nena, que no te creo. ¡¡No le crean!! Nada.
Justamente ella, ¿Quén es? No sé.
Disimulas. ¿Disimulamos un rato?
Y sin embargo cómo seguir soportando el velo que me cubre.
¿Como seguir fingiendo tu ausencia?
Estoy dolido y jodido de tanto yo, de tan poco nosotros y casi nada de vos.


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