El Santo del Cigarro
El piso, ennegrecido por la oscura suciedad, humea con incienso de resina de copal mientras alguien salmodia ciertas palabras mágicas en una lengua tribal. De los techos de teja cuelgan guirnaldas y casi todos los rincones de la habitación están invadidos por velas que lloran cera en cada golpe de luz.
-Es aquí, señor, en esta casa -me dice el chico que se ha ofrecido a guiarme por unos pocos quetzales.
Miro hacia atrás, las calles de polvo de Santiago de Atitlán, una aldea muy pequeña, invadida de pobreza, en la costa sur del hermoso lago de Atitlán.
Miro adelante, una puerta angosta cavada en los muros negros de abandono de esa casa que me aseguran es un templo.
-Pase, pase, vamos a ver a San Simón -me invita el muchacho, que ya tiene algunas monedas en sus manos y quiere llevarse algo más.
Cruzo el umbral. Parpadean las velas, los rostros arrugados, curtidos, que me miran, que me estudian, tachos con aceite en el suelo de tierra apisonada, voces que imploran algo que no entiendo. Todo parece surrealista, me siento vagar por otra dimensión, mis sentidos sensibilizados al máximo por ese clima de cadencioso ritual. De pronto, en un rincón, aparece la imagen venerada, casi sublime, casi grotesca. Una efigie, con su máscara de madera, sedas que cuelgan de la figura como ponchos, un elegante sombrero, un puro encendido en su boca. Es San Simón de Maximón, el santo, el reverenciado, el amado por los habitantes de Santiago de Atitlán, el despreciado por los lugareños de los pueblos vecinos, por el resto de las aldeas que rodean al lago de Atitlán, que lo creen sacrílego.
-En Santiago es el único lugar del mundo en donde adoramos a San Simón. Aquí, en esta casa, este es su santuario -me cuenta mi pequeño guía particular, señalándome con el índice el suelo, a los pies de la figura. Allí, bajo el santo de madera, descansan varias monedas, billetes, crucifijos, fotos, una lata de aluminio que oficia de precario inciensario, cigarrillos y muchísimas botellas de bebidas alcohólicas.
-Simón fuma y toma, como cualquiera de nosotros, porque es uno más de nosotros. Y también necesita dinero, para sus ropas, señor -me explica, en un castellano apenas descifrable, uno de esos rostros arrugados que se reúnen junto al santo para rezarle y pedirle por trabajo, comida y salud.
-Para sus ropas –repito mientras arrojo un par de monedas a los pies de San Simón a quien, según me cuentan, sus devotos le cambian los vestidos cada quince días. Y hasta le colocan un nuevo sombrero. Además, como si esto no bastara, todos los años el santo se muda, ya que la efigie es trasladada cada 365 días a una casa distinta perteneciente a una determinada hermandad religiosa del pueblo, a la que la gente de Santiago de Atitlán denomina como cofradía. De esa forma, al cabo de un tiempo, el santo visita los hogares de todos sus fieles seguidores. Recompensa mística para los creyentes.
Hay más. El 4 de octubre todas las cofradías se reúnen en la casa donde San Simón se hospeda para honrarlo. Ese es su día y todo el pueblo desfila frente a él mientras un grupo de músicos, especialmente contratado para la ocasión y que en muchas oportunidades viene desde ciudades distantes, toca marimbas. Una verdadera fiesta que recién acaba con el último minuto de vida de ese sacrosanto día de octubre.
-Son cinco quetzales -me dicen cuando saco mi cámara para intentar retratar a San Simón. Dejo los celestiales honorarios junto al resto de las ofrendas y tomo la fotografía, como buen turista.
-Señor, se hace tarde y no le va a quedar tiempo para ver otras cosas -me apura el chico, el que me guía.
No le hago caso, sigo absorto en esa figura de madera que fuma, escuchando las plegarias de sus fieles. Pregunto más, quiero saber. Otro rostro arrugado me explica que San Simón es la reencarnación redimida de Pedro de Alvarado, el sanguinario conquistador de Guatemala. Alguien lo corrige y me dice que es una redención, que eso es cierto, pero que es en realidad el Judas Iscariote perdonado. El misterio se diluye en la bendita ignorancia de los que poco necesitan de los certificados de la razón para creer. De los que veneran y adoran por sus simples deseos de hacerlo, nada más.
-Señor, vamos, que hay que caminar mucho hasta San Lucas de Tolimán.
El chico tiene razón. San Lucas, otra aldea sobre el lago de Atitlán, queda a quince kilómetros. Habrá que andar tres o cuatro horas por un sendero de tierra que bordea la costa y no quiero que me sorprenda la noche en el camino.
Cruzo el umbral de la casa que es templo y vuelvo a las calles de polvo de Santiago de Atitlán, ésas en donde tres o cuatro perros hambrientos mordisquean delante de mí los míseros residuos que la pobreza de los aldeanos dejaron sin aprovechar. Esas por donde, me cuenta alguien justo antes de salir, San Simón desfila en las procesiones de Viernes Santo junto al Jesús crucificado. Uno junto al otro, como hermanos del más allá.
