El Santo del Cigarro

El piso, ennegrecido por la oscura suciedad, humea con incienso de resina de copal mientras alguien salmodia ciertas palabras mágicas en una lengua tribal. De los techos de teja cuelgan guirnaldas y casi todos los rincones de la habitación están invadidos por velas que lloran cera en cada golpe de luz.

-Es aquí, señor, en esta casa -me dice el chico que se ha ofrecido a guiarme por unos pocos quetzales.

Miro hacia atrás, las calles de polvo de Santiago de Atitlán, una aldea muy pequeña, invadida de pobreza, en la costa sur del hermoso lago de Atitlán.

Miro adelante, una puerta angosta cavada en los muros negros de abandono de esa casa que me aseguran es un templo.

-Pase, pase, vamos a ver a San Simón -me invita el muchacho, que ya tiene algunas monedas en sus manos y quiere llevarse algo más.

Cruzo el umbral. Parpadean las velas, los rostros arrugados, curtidos, que me miran, que me estudian, tachos con aceite en el suelo de tierra apisonada, voces que imploran algo que no entiendo. Todo parece surrealista, me siento vagar por otra dimensión, mis sentidos sensibilizados al máximo por ese clima de cadencioso ritual. De pronto, en un rincón, aparece la imagen venerada, casi sublime, casi grotesca. Una efigie, con su máscara de madera, sedas que cuelgan de la figura como ponchos, un elegante sombrero, un puro encendido en su boca. Es San Simón de Maximón, el santo, el reverenciado, el amado por los habitantes de Santiago de Atitlán, el despreciado por los lugareños de los pueblos vecinos, por el resto de las aldeas que rodean al lago de Atitlán, que lo creen sacrílego.

-En Santiago es el único lugar del mundo en donde adoramos a San Simón. Aquí, en esta casa, este es su santuario -me cuenta mi pequeño guía particular, señalándome con el índice el suelo, a los pies de la figura. Allí, bajo el santo de madera, descansan varias monedas, billetes, crucifijos, fotos, una lata de aluminio que oficia de precario inciensario, cigarrillos y muchísimas botellas de bebidas alcohólicas.

-Simón fuma y toma, como cualquiera de nosotros, porque es uno más de nosotros. Y también necesita dinero, para sus ropas, señor -me explica, en un castellano apenas descifrable, uno de esos rostros arrugados que se reúnen junto al santo para rezarle y pedirle por trabajo, comida y salud.

-Para sus ropas –repito mientras arrojo un par de monedas a los pies de San Simón a quien, según me cuentan, sus devotos le cambian los vestidos cada quince días. Y hasta le colocan un nuevo sombrero. Además, como si esto no bastara, todos los años el santo se muda, ya que la efigie es trasladada cada 365 días a una casa distinta perteneciente a una determinada hermandad religiosa del pueblo, a la que la gente de Santiago de Atitlán denomina como cofradía. De esa forma, al cabo de un tiempo, el santo visita los hogares de todos sus fieles seguidores. Recompensa mística para los creyentes.

Hay más. El 4 de octubre todas las cofradías se reúnen en la casa donde San Simón se hospeda para honrarlo. Ese es su día y todo el pueblo desfila frente a él mientras un grupo de músicos, especialmente contratado para la ocasión y que en muchas oportunidades viene desde ciudades distantes, toca marimbas. Una verdadera fiesta que recién acaba con el último minuto de vida de ese sacrosanto día de octubre.

-Son cinco quetzales -me dicen cuando saco mi cámara para intentar retratar a San Simón. Dejo los celestiales honorarios junto al resto de las ofrendas y tomo la fotografía, como buen turista.

-Señor, se hace tarde y no le va a quedar tiempo para ver otras cosas -me apura el chico, el que me guía.

No le hago caso, sigo absorto en esa figura de madera que fuma, escuchando las plegarias de sus fieles. Pregunto más, quiero saber. Otro rostro arrugado me explica que San Simón es la reencarnación redimida de Pedro de Alvarado, el sanguinario conquistador de Guatemala. Alguien lo corrige y me dice que es una redención, que eso es cierto, pero que es en realidad el Judas Iscariote perdonado. El misterio se diluye en la bendita ignorancia de los que poco necesitan de los certificados de la razón para creer. De los que veneran y adoran por sus simples deseos de hacerlo, nada más.

-Señor, vamos, que hay que caminar mucho hasta San Lucas de Tolimán.

El chico tiene razón. San Lucas, otra aldea sobre el lago de Atitlán, queda a quince kilómetros. Habrá que andar tres o cuatro horas por un sendero de tierra que bordea la costa y no quiero que me sorprenda la noche en el camino.

Cruzo el umbral de la casa que es templo y vuelvo a las calles de polvo de Santiago de Atitlán, ésas en donde tres o cuatro perros hambrientos mordisquean delante de mí los míseros residuos que la pobreza de los aldeanos dejaron sin aprovechar. Esas por donde, me cuenta alguien justo antes de salir, San Simón desfila en las procesiones de Viernes Santo junto al Jesús crucificado. Uno junto al otro, como hermanos del más allá.

Peregrino

La demora llevaba ya media hora. Casi repleto, el ómnibus descansaba ruedas y carrocería en la oscura estación de Pamplona, ajeno a la menguante paciencia del pasaje. Un hombre de unos sesenta años –cabello blanco, rostro rugoso- caminaba por el pasillo mirando su reloj en forma repetida; otro -más joven, igualmente canoso- bufaba sonoramente recostado en su asiento; un tercero -estiradas facciones, evocación de un lienzo del Greco- martillaba con los dedos los vidrios de la ventana. Un desperfecto, un problema en el motor, nos habían dicho. A las siete menos cuarto, con cuarenta y cinco minutos de atraso, el vehículo de la empresa La Montañesa inició al fin la marcha y logró la incondicional rendición de la ansiedad. Anhelado por todos, Roncesvalles esperaba al final del viaje.

Suave, la carretera fue trepando los Pirineos. El crepúsculo nos miraba, tibio y moribundo, desde las cumbres lejanas aún no ultrajadas por las sombras. Sospeché que el último sol nos abandonaría antes de llegar a destino. Roncesvalles, minúscula villa nacida como monasterio en el siglo XI, es el punto de partida más popular del Camino de Santiago, mítica ruta de peregrinación cristiana. Desde aquí, desde las faldas meridionales del macizo pirenaico, la vía devota conduce pies y conciencias por casi ochocientos kilómetros del norte español hasta la ciudad de Compostela, corazón de Galicia en el que una leyenda –transformada en dogma por la veneración- depositó hace casi veinte siglos los huesos del apóstol Santiago.

A salvo de incómodos revisionismos históricos, esa piadosa leyenda cuenta que el santo fue decapitado en Jerusalén en el año 42 y sus restos embarcados por dos de sus discípulos, Teodoro y Atanasio, en un pequeño bote. Sin timón, gobernada por la Gloria Divina de olas y vientos, la barcaza navegó durante siete días, cruzó aguas mediterráneas y tras trepar por costas lusitanas y gallegas culminó su periplo en la desembocadura del río Ulla, próximo a la aldea hispanoromana de Iria Flavia. Enterrado allí por sus dos fieles seguidores, quienes creyeron que era aquél el lugar en el que su maestro debía al fin descansar, el cuerpo de Santiago fue víctima del olvido y el tiempo hasta que ochocientos años después un pastor llamado Pelayo –guiado por una prodigiosa lluvia de estrellas- encontró la tumba del apóstol. “Aquí yace Jabobo, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Juan” decía el bendito sepulcro alrededor del que el rey Alfonso II el Casto decidió construir una capilla que se convirtió desde entonces en sitio de multitudinario culto. En el fin mismo de las tierras conocidas, en las riberas bañadas por el terror oceánico ahogado en el horizonte, en los dominios gallegos del Finis Terrae, en el santuario de un sitio rebautizado con el tiempo como Compostela, las reliquias jacobeas comenzaron a atraer a cientos de miles de peregrinos que -llegados desde todos los rincones de Europa por las vías de Le Puy y Roncesvalles, a través de los Pirineos- buscaban en la larga marcha el sufrimiento que lavara de pecados su alma atormentado. El apóstol redentor aguardaba en su lecho tumbal; los penitentes oraban por el perdón; la fe obraba el milagro.

En silencio, solemne adiós crepuscular, asistí al entierro del sol en una curva de la carretera. A mi derecha, una morocha de ojos claros y cien pulseras ajustaba sus curvas a la incomodidad del asiento. Futura peregrina, según me había asegurado, no había en ella rastro alguno de aquellos penitentes de tiempos medievales. Buscar devoción o sacrificios en su tentadora figura era un sacrilegio.

-¿Por qué haces la peregrinación? –le pregunté.

-Estoy de vacaciones y quise acompañarla a mi hermana mayor. Está muy mal porque se separó del marido.

-¿Y quiere caminar para olvidar?

-Quiere caminar para empezar una nueva vida –me contestó, con ingenua sabiduría. Dos asientos más atrás, una mujer de unos treinta y cinco años parecía sufrir la condena de una estética de marchitos esplendores. Joven aún, la separación había diezmado su autoestima.

-Ojalá lo consiga –le dije a las curvas tentadoras sin siquiera mirarlas. Conmovido, no podía retirar la vista de su hermana.

Caminar cientos de kilómetros para cambiar de vida. O para olvidar. Infinitas, como las estrellas que el pastor Pelayo viera llover sobre el sepulcro del apóstol hace más de mil años, son las motivaciones que movilizan a los actuales peregrinos hacia Santiago de Compostela. Alejados en la mayoría de los casos del religioso espíritu de otrora, hay quienes buscan el desafío deportivo de la larga marcha, quienes se abandonan en el placer de conocer la historia y la geografía a través de la huella, quienes disfrutan del intervalo que les concede la vorágine laboral, quienes se alimentan de supuestas energías cósmicas desparramadas sobre el itinerario jacobeo por constelaciones vecinas o distantes, quienes –como la abatida separada- esperan hallar la bisagra que divida el ayer del mañana, quienes ‑como yo- piden por ese hijo que está por venir. Infinitas excusas, compendiadas todas en nuestra necesidad –tan humana, tan trascendente- de salir a la ruta para romper las sedantes cadenas de lo cotidiano. Dejar el aquí y el ahora, al menos por un tiempo.

A las puertas de la noche, aún en la barrera del último resplandor del sol y los primeros brillos lunares, llegamos a Roncesvalles. Al bajar del ómnibus, al pisar suelo peregrino, flexioné las rodillas y me persigné. Sabía que el camino a Compostela sería largo. Sabía del seguro martirio de ampollas y calambres. Y sabía también que un día estaría al fin frente al apóstol y su tumba anhelada. Ese día, rodilla en tierra, volvería a persignarme.

A vuelo de pluma

Truenan las cumbres cubiertas de nieve, al poniente. Un chaparrón oscuro se desploma sobre el tranvía justo cuando bajo al asfalto. Cegado por un paredón de agua, saltando charcos, corro hasta mi hotel, el “Juana de Arco”, casa vieja de amplias habitaciones frente a la plaza Santo Domingo. La tormenta azota a Quito.

Una ducha, ropa seca, el placer de un ventilador que me sopla desde el techo. La lluvia tras la ventana no se rinde. Sospecho que el tiempo demorará en componerse y tirado sobre la cama abro mi diario de viaje para escribir.

¿Por dónde empezar? Recuerdo un olor a gasolina quemada, a cuerpos transpirados, asfalto ardiente y gomas recalentadas. También el crepúsculo que desciende por las escalinatas de una iglesia colonial, la voz de un religioso pidiendo el socorro divino sobre un púlpito de madera, los vitrales de una capilla barroca y un arco de piedra que se abre a una inmensa avenida flanqueada de altos edificios. Las imágenes, en sucesión casual y arbitraria, galopan sobre una memoria que me es imprescindible ordenar para ensayar una descripción acertada del lugar. Lo intento; es en vano. Resignado, dejo a la anarquía el gobierno de mi pluma.

Escribo. Quito, la mágica capital de Ecuador, la que duerme en un alto valle andino a 2850 metros de altura, celada por inmensas laderas de montañas y volcanes. Quito, la de los mercados populares que mezclan miseria, esplendor, vida y caos. Quito, la de la indeleble huella hispánica, la de las anchas calles empedradas donde pululan los olvidados por las riquezas terrenales. Quito, la de las dos ciudades, la de los dos mundos: el de ayer y el de hoy.

Reflexiono y prosigo la redacción. Hay dos tiempos enquistados en el corazón mismo de la ciudad. Uno, el de la tradición hispánica, arraigada en las casas coloniales de rojos tejados, en las iglesias y en los conventos de intrincado ornamento. Otro, el del avance de la contemporaneidad globalizada, patentada en altos edificios, grandes negocios y estéticos centros comerciales. Consciente de ello, víctima de una severa esquizofrenia urbana, el trazado de Quito se divide en dos segmentos bien definidos: el de la ciudad antigua y el de la ciudad moderna.

La Quito Antigua, hipnótica y maravillosamente cautivante, palpita suspendida en su pasado hispánico. Plagada de reliquias coloniales, esta parte de la ciudad está protegida por la cordura de la UNESCO que en 1978 la declaró patrimonio cultural internacional. A partir de entonces no sólo la conservación de los edificios históricos ha sido fomentada; también se ha implementado un estricto control del desarrollo edilicio de la zona, que prohíbe la construcción de obras modernas en sus confines. A salvo de la piqueta sobreviven numerosas herencias virreinales, en especial decenas de templos católicos entre los que sobresalen la imponente Catedral de Quito -la más antigua de Sudamérica, construida en 1562- y la iglesia de San Agustín, en cuyo interior se firmó la Declaración de la Independencia ecuatoriana el 10 de agosto de 1809.

La Quito Moderna -la otra, la del nuevo asfalto- indica el rumbo del progreso desde la avenida Amazonas, orillada por bancos, edificios de oficinas, hoteles de cinco estrellas, locales de comidas rápidas, anuncios en carteles luminosos y shoppings, esos atractivos reyes del consumo baladí. Un poco más allá, hacia el oeste, se desgranan los barrios residenciales donde viven las clases altas de la ciudad, funcionales casonas nuevas ajenas a la realidad de un país herido de pobreza.

Mi pluma rescata ahora de la memoria un paseo de domingo por el infinito mercado de Ipiales, el más grande de la ciudad, invasor de decenas de cuadras del Quito Antiguo. Caminando entre sus puestos me siento errar por un paraíso de arte popular, cultivado hasta la obsesión por esos vendedores ambulantes que ofrecen telas, relojes de dudosa calidad, juguetes made in Taiwan, verduras, frutas, cacharros de bronce repujado, máquinas de afeitar, latas de conserva, estropicios varios. Recuerdo a un viejo, el rostro tajeado de surcos, la camisa sin botones, sentado en un banco de madera con un mapa de Ecuador, ofreciéndolo por un precio bajo, exaltando a gritos ese trozo de geografía que es el suyo, el de sus padres y sus abuelos. Siento su orgullo en la oferta.

Ya es de noche cuando cierro las páginas del diario. Por mi ventana entra un resplandor dorado: la cúpula iluminada de la iglesia de Santo Domingo. Me asomo y miro -delante del templo santo- la estatua del heroico mariscal Sucre, altivo y majestuoso señalando con su índice derecho en dirección a Pichincha, aquel sitio imperecedero en donde en 1822 ganara la batalla decisiva que convirtió a Ecuador en pueblo libre. Por el cielo azul profundo corren nubes blancas, ligeras. Sopla viento del sur y no llueve más.

Transiberiano, al fin Vladivostok (Parte 5)

El séptimo día, antesala del final, el cielo se vistió de gris. Había empezado a lloviznar cuando llegamos a Khabarovsk, una ciudad de más de medio millón de habitantes cuyo nombre recuerda a Yerofei Pavlovich Khabarov, un explorador y conquistador cosaco del siglo XVII cuya estatua se levanta en medio de la estación ferroviaria. Desde aquí la línea abandona su dirección este y toma rumbo sur siguiendo el curso del río Ussuri y la frontera con China a lo largo de 700 kilómetros hasta Vladivostok.

Mojando las ventanas de raquíticas gotas, el paisaje siberiano empezó a decirnos adiós. Al morir la tarde visité por última vez el coche restaurante, comí un plato de cordero y papas, me divertí mirando a dos sujetos mezclados en una sobremesa dionisíaca y regresé al camarote para preparar la mochila. En la noche, conversando con Valeria, atravesé la barrera del sueño sin sentir la necesidad del descanso; recordamos juntos la salida de Moscú una semana atrás, las paradas en las interminables estaciones, las postales esteparias. A las 6.10 hora local –las 23.10 de la víspera según el reloj del pasillo- la azafata morocha, aún ataviada con su bata de dormir, golpeó a la puerta y nos avisó que en cincuenta minutos arribaríamos a destino.

-Necesito que arreglen su equipaje y dejen libre el camarote para poder limpiarlo antes de llegar –nos pidió en trabajoso inglés.

Parados en el corredor, observando la tarea de aseo que incluía cambios de sábanas y sonidos de aspiradora, pasamos los últimos momentos sobre las vías. A las 7.20 de una mañana nublada, retrasado tan sólo veinticinco minutos de la hora prevista, el Transiberiano puso epílogo a su largo andar.

-Al fin estamos en Vladivostok –le dije a Valeria. Y sentí que una lágrima me acariciaba la mejilla derecha.

Transiberiano, de lagos, zares y leyendas (Parte 4)

La ventana de nuestro camarote, en la noche oscura, parecía un espejo. Valeria escribía una carta a sus padres, yo leía a Borges, ambos nos reflejábamos en aquel vidrio que nos separaba de las sombras del exterior. De repente el silbato pitó un sonido agudo y prolongado.

-Debemos estar llegando a Irkutsk -anticipé.

A marcha lenta el tren empezó a acercarse a la estación. En el pasillo se había gestado un pequeño éxodo, pasajeros con bolsos y valijas que esperaban que nos detuviéramos para bajarse. Eran por lo menos una decena, entre ellos una extraña pareja compuesta por una peruana y un suizo -Charo y Christoph- con la que habíamos compartido varias de nuestras largas horas sobre las vías.

-Nos vamos a quedar aquí dos o tres días –nos dijo Christoph, que hablaba un perfecto castellano.

-Que tengan mucha suerte –les deseó Valeria.

-Ustedes también, todavía les falta un largo viaje –contestó el suizo.

-Y no dejen de escribirnos –agregó Charo con una sonrisa enorme mientras descendía al andén con su marido europeo.

Llamada La París de Siberia por su belleza, Irkutsk es el lugar más turístico del trayecto ferroviario, un imán casi ineludible para el viajero deseoso de evocar imágenes de exóticas y lejanas estepas. Aquí, durante siglos, pasaron las caravanas de comerciantes rumbo a China. Aquí llegó el intrépido Miguel Strogoff, aquel legendario correo del Zar creado por la imaginación de Julio Verne. Aquí, en las márgenes del río Angara, acosan las imágenes de gargantas ardientes de vodka y los sonidos de melancólicas balalaikas.

Tras abandonar Irkustk el convoy recorrió cincuenta kilómetros hasta el inmenso lago Baikal. En los comienzos del Transiberiano la línea se interrumpía en este punto, los vagones cruzaban las aguas lacustres montados en transbordadores -algunos de ellos construidos como rompehielos para hacerse paso en los duros inviernos sobre la superficie congelada- y retomaban la senda de rieles en la otra ribera. Hoy en día las vías rodean las orillas a lo largo de más de ciento cincuenta kilómetros permitiendo al viajero ser testigo durante un par de horas de un espectáculo maravilloso.

Desde el tren -mis cabellos soplados por un viento frío que entraba por la ventana semiabierta- admiré ese océano estepario de inconmovible calma que se iba iluminando con las luces débiles del amanecer. El Baikal es el lago más profundo del mundo ‑1.637 metros se han medido hasta su máximo abismo- y se dice que todo su contenido, unos 20.000 kilómetros cúbicos de agua dulce, alcanzaría para suplir las necesidades potables de todo el mundo durante 40 años. Con mis ojos bebía de ese paisaje.

En el mediodía del quinto día llegamos a la populosa ciudad de Ulan Ude, capital de la región autónoma de los Buriatos, distante 5642 kilómetros de Moscú. Aquí la línea se segmenta en dos partes: hacia el este continúa el Transiberiano buscando Vladivostok; hacia el sur parte el Transmongoliano cuyo destino final es Pekín. Esta línea -más turística y por ello elegida por la mayoría de los extranjeros que se aventuran por la Rusia siberiana- fue construida en 1956, atraviesa en forma perpendicular Mongolia y llega a la capital de China luego de casi veinticinco horas de viaje.

-Voy a bajar a comprar algo para comer –me dijo Valeria.

-Te acompaño

Bajo un sol fuerte pisamos el andén de la estación de Ulan Ude. Cerca de los vagones vendedores ambulantes ofrecían grandes rebanadas de pan, salchichas envueltas en una masa reseca, pasteles salados rellenos de arroz o carne, helados de tentadora crema blanca y bebidas de todo tipo. De aquí a allá los pasajeros del Transiberiano aprovechábamos la parada para desentumecernos; por ahí andaba esa chica de rostro pálido siempre envuelta en un insólito deshabillé de satén verde que capturaba miradas; por entre los vendedores también caminaban aquel hombre solitario que filmaba con su cámara a todo el mundo y el grupo de chicos de colegio moscovita con el que había mantenido varias conversaciones monosilábicas en circunstanciales encuentros en los pasillos.

-Ya tengo la comida de hoy –dijo Valeria mostrándome algo que parecían ravioles.

-¿Qué es?

-Son empanadillas siberianas rellenas de papa y verduras, se llaman varenikis –me explicó, subiendo ya nuevamente al tren.

A partir de Ulan Ude la extensa llanura empezó a arquearse en montes y colinas. En la noche nos detuvimos en la ciudad de Chita en donde las vías transiberianas volvieron a dividirse. Hacia el sudeste partía el ramal bautizado como Transmanchuriano, que se extiende hasta la ciudad china de Harbin. Nosotros seguimos hacia el este, como siempre, cabalgando ahora en el único Transiberiano, el verdadero, el de los zares, el de Moscú a Vladivostok.

Transiberiano, más allá de las estepas (Parte 3)

Más allá de los Urales la tierra se desgarró en larga llanura, más allá de las montañas llegó la estepa siberiana, esa inmensa planicie donde moran los ecos de cosacos en ágiles corceles. La geografía se hizo vasta; a un lado y otro de las vías intrusas se levantaban bosques de coníferas que nos miraban pasar con el recelo de inquebrantables guardianes; en la oscuridad de las noches creía oír el aullido de los lobos; en la claridad diurna imaginaba aquella imperturbable extensión cubierta de nieve espesa y vientos helados.

-La próxima vez viajaremos en invierno -le dije a Valeria, ilusionándome con volver algún día a esos campos infinitos para ver la Siberia de las epopeyas de Dostoievsky y Pasternak, la de las tierras heridas por el castigo de un clima cruel.

Durante varios días, uno tras otro, pueblos y ciudades fueron pasando por el llano inabarcable. Una mañana llegamos a Omsk, la que fuera cuartel general de los ejércitos cosacos del oriente; en tarde lluviosa tocamos Novosibirsk, cuyo nombre quiere decir Nueva Siberia; al alba siguiente nos detuvimos en Krasnoyarsk, a orillas del Yenisei, el río más largo de la región. Las horas transcurrían, la locomotora avanzaba haciendo sonar su silbato, nada lograba transfigurar aquel paisaje estepario.

A poco de dejar atrás Krasnoyarsk terminé de leer el tercer libro del viaje. Habían pasado las aventuras de Salgari, los pavores de Lovercraft y las fantasías de Tolkien; empezaría ahora con la prosa meticulosa de Borges. Sobre los vagones del prolongado periplo siberiano la lectura se había convertido en uno de mis dos placeres favoritos. El otro, menos intelectual y más curioso, consistía en deambular por el tren mirando rostros. Sin elegir un rumbo fijo caminaba por los pasillos con el deseo de atrapar la imagen de los demás pasajeros con los que compartía aquella increíble peregrinación transiberiana de ocho días, deseaba hacerlos míos, quería llevarlos a la memoria para no olvidarlos jamás. Una vez mis pasos me llevaron hasta un camarote en el que cuatro hombres desparramaban sus enormes cuerpos sobre las camas duras de la Segunda Clase, dormían entre estentóreos ronquidos y olores a sudor apenas disimulados por la fragancia de alguna colonia barata. En otra ocasión mi mirada se perdió en una mujer de generoso busto que lamía un helado blanco; a su lado un fornido rubio exhibía su musculatura, acariciaba el hombro de la carnosa dama con su mano derecha, ajustaba sus verdes y caídos pantalones de jogging con la izquierda. También fijé la vista en una mujer rubia que compartía con su pequeña hija un camarote en el coche de Primera, la madre siempre preocupada en no desatender detalle alguno de su depurada estética, la niña corriendo de aquí a allá con su carita de angelical sonrisa y ojos almendrados. Y en el coche comedor -en cuya entrada un búho embalsamado daba la bienvenida- distrajo mi atención un sujeto calvo de cuello y espaldas anchas que siempre se sentaba en la mesa más cercana a la hedionda cocina, siempre hacía jugar un lápiz entre sus dedos grasosos, siempre lanzaba alguna broma obscena para una mesera que invariablemente se sonrojaba. Aquel individuo, supe un mediodía, era el dueño del restaurante.

El avance hacia el este trajo aparejada una maravillosa dualidad. En algún punto cercano a una diminuta estación llamada Uralo-Klyuchi, en el medio de Siberia, atravesamos el quinto huso horario del viaje. Con la cara pegada a la ventana miré el sol casi vertical de las primeras horas de la tarde, calculé que debía ser poco más de la una. A mi lado, colgado en el centro del pasillo y a la vista de todos, el reloj del vagón me contradecía acusando aún las ocho y diez de la mañana. Ajeno al exterior, el convoy viajaba en una dimensión gobernada por su propio horario. Afuera, más allá de las vías, la luz solar podía decirnos que era pleno día. Adentro, cabalgando sobre los rieles, las agujas del Transiberiano nos contaban que era la noche, el alba quizás.

Lejos de ser un mero capricho esta esquizofrenia temporal tenía su razón de ser. Por cuestiones de planificación el tren mantenía desde el comienzo hasta el final del viaje el horario de su lugar de partida, llevaba consigo el tiempo de Moscú sin importarle los cambios que los husos produjeran en la senda. Eso quería decir que cuanto más lejos estábamos de nuestro inicio moscovita más grande era la brecha entre la realidad externa y el anacronismo interno. Eso quería decir que la llegada a Vladivostok -tras haber atravesado siete cambios de horarios- se produciría a las 23.55 del séptimo día, según los relojes del tren. Eso quería decir que el arribo al final de la línea transiberiana sería a las 6.55 de la mañana del octavo, según el tiempo de la estación. Eso quería decir que tal vez al frenar la marcha en el extremo oriente del viaje no fuéramos más que el reflejo de un tren que ya había pasado vertiginoso por esa última estación.

Transiberiano, sombras en los Urales (Parte 2)

Pasé las primeras horas del viaje reconociendo el interior del tren. Aquí el exclusivo coche de Primera Clase y su pasillo alfombrado; más allá los incontables vagones de Segunda Clase con sus cabinas de cuatro camas, el deficiente restaurante de seis mesas y menú escrito en ininteligible ruso; en todas partes los samovares de cada carro listos con el agua hirviendo, las azafatas repartiendo té o café a los pasajeros sedientos, los pequeños baños de inodoro y lavabos aún impecables.

Al atardecer cruzamos las aguas caudalosas del Volga. A la luz sesgada del sol, sobre un puente de casi mil metros de largo, el Transiberiano aminoró la marcha y sorteó con respeto aquel río, el más extenso de Europa con sus 3700 kilómetros que desembocan tierras abajo en el Mar Caspio. Poco después dejamos atrás los pequeños pueblos rurales de Danilov y Lyubim y -ya en noche cerrada, tras saltar el primer huso horario de los siete que atraviesa el tren en su viaje al este- llegamos a la ciudad de Bui.

-¿Podemos bajar? –me preguntó Valeria, que quería estirar las piernas.

-No, acá paramos sólo dos minutos –le contesté, tras haber consultado el listado del pasillo que detallaba los nombres y tiempos de las setenta y dos escalas del Transiberiano programadas entre Moscú y Vladivostok, algunas de ellas prolongadas detenciones de hasta media hora; otras, breves pausas de apenas un par de minutos como aquella de Bui.

Iluminada por faroles centelleantes, solemne en la estación, alcancé a ver desde la ventana una estatua de Lenin que en su pedestal parecía querer recordar el poder soviético hoy derrumbado. En el andén desolado no había gente ni rostros ni sombras, todo dormía acunado por un silencio casi completo que apenas fue profanado por el aullido tirano del silbato anunciando que los dos minutos habían pasado. Entonces, al ritmo del tren en nueva marcha, la efímera Bui se borró de mi vista.

Amanecí temprano tras haber dormido seis horas de las que no recordaba ni un solo sueño. La mañana de oro entraba por la ventana; con los ojos aún entrecerrados por el matutino deslumbramiento me dejé vagar por los campos que a esa hora despertaban su verde frescura bajo un cielo de perfecto celeste.

-Buen día, amor –me saludó Valeria, que empezaba a desperezarse.

-Buen día –contesté, acariciando su cabeza.

-¿Preparamos un té para desayunar? –me preguntó.

Con la modorra a cuestas salí al pasillo a buscar agua hirviendo del samovar. Una de las dos azafatas de nuestro coche -la rubia que nos había recibido en la estación Yaroslavski- rasqueteaba porfiadamente el vidrio de una de las ventanillas con su uña. La otra –morocha de anchas caderas, baja estatura- alisaba los pliegues de su delantal y caminaba de aquí para allá hundiendo sus tacos en la alfombra del escueto vestíbulo. Sin poder sacar mi vista de ellas abrí la canilla del samovar y llené dos tazas con el líquido humeante. Mientras volvía al camarote, mientras me preparaba para el desayuno, pensé en el despertar de la mañana, en el agua hirviendo, en las azafatas de uñas y delantales, en un sorbo de té mirando los campos desde el tren; imaginé la deliciosa rutina que me acompañaría en la ruta hacia Vladivostok.

Hacia el mediodía comenzamos a ascender sin prisa las suaves alturas de los Urales, la cadena montañosa que divide Europa de Asia. En el kilómetro 1777 de la senda transiberiana un monolito blanco –levantado al costado de las vías- marcó la frontera entre uno y otro continente, el confín de occidente, el umbral del oriente.

Pensaba aún en el súbito ingreso a las tierras asiáticas cuando las vías, ya en descenso, nos llevaron hasta las sombras mismas de la historia rusa. Alzando de los rieles una sinfonía de hierros, el tren detuvo su marcha frente a un cartel que en caracteres cirílicos1 rezaba el nombre de la ciudad. Ekaterinburgo, decía la placa junto al andén. Ekaterinburgo, la de la agonía imperial, la del martirio de la familia Romanov. Aquí, en el alba del 16 de julio de 1918, el zar Nicolás II, su mujer y sus cinco hijos fueron asesinados por el gobierno bolchevique en el sótano de la casa donde estaban detenidos desde hacía dos meses. La ejecución, llevada a cabo por un improvisado pelotón de fusilamiento, marcó con sangre el final de la monarquía rusa, convirtiendo a las víctimas en impensados mártires de la memoria histórica. Una lápida de loza blanca recuerda hoy el trágico lugar donde las descargas de fuego hicieron su feroz tarea al amanecer, una cruz ortodoxa se levanta en aquel sitio en el que los quejidos moribundos se ahogaron entre balas revolucionarias. Alejándose el tren de Ekaterinburgo, dejando el pasado a sus espaldas tras media hora de escala, no pude sino sentir pena por las víctimas. Y piedad por los victimarios, consagradas sus ideas a la emancipación social.


Transiberiano, rieles al Oriente (Parte 1)

Ansiosos por el andén repleto de la estación moscovita de Yaroslavski, recorrimos la larga fila de vagones. La pared de hierros y ventanas era interminable; un caos de bultos y humanidades orillaba las vías; a paso ligero íbamos buscando nuestro carro.

-Es éste –dije, al fin.

-Sí, es éste, el coche siete –corroboró Valeria, con su boleto en la mano.

Agobiados por el peso de las mochilas -más de veinticinco kilos sobre cada espalda- subimos al tren por una escalerilla de metal que se quejaba pisoteada por las botas. Una azafata vestida de azul, rubia, ojos de pálido gris, nos dio la bienvenida en un ruso muy formal; zdrávstvuyte, pronunciaron sus labios embadurnados de lápiz carmesí.

-Vamos a Vladivostok –le dije en inglés entregándole los dos pasajes.

La revisión de los datos no fue rápida, varias veces la mujer nos miró, varias veces ensayó una sonrisa que intentaba ser amable; la exhaustiva burocracia duró un par de minutos hasta que con las manos nos indicó que la siguiéramos.

-Aquí está su camarote –señaló, abriendo las puertas de un compartimiento que guardaba dos camas, un alto estante para ubicar el equipaje, una mesa enfundada en mantel y servida con una tetera y dos tazas de fina porcelana, una ventana amplia oculta tras cortinas claras y hasta un equipo de aire acondicionado.

-Esto es como un pequeño lujo –comentó Valeria luego de que la azafata nos dejara solos. Noté el brillo de sus pupilas, parecía fascinada por aquel cuarto sobre rieles que sería nuestro hogar por casi diez mil kilómetros y más de una semana de larguísimo viaje.

A las 15.26 de la soleada tarde un silbido agudo anunció la puntual partida. Los durmientes crujieron, el tren empezó a moverse, los brazos se agitaron en el andén despidiendo seres queridos. Hipnotizado por el éxodo fui mirando tras la ventana los saludos que quedaban atrás, los adioses que empezaban a apagarse, la estación moscovita que iba desapareciendo. Zumbando sobre las vías el Transiberiano marchaba ya hacia el lejano Oriente…

Ninguno tan sublime como él, ninguno tan grandioso. El ferrocarril Transiberiano es el más largo jamás construido, una interminable vía que recorre 9440 kilómetros desde Moscú hasta Vladivostok, desde la Rusia europea hasta el mismísimo Mar del Japón, atravesando la hostil estepa siberiana. Iniciadas las obras en mayo de 1891 por el zar Alejandro III, la línea quedó terminada diez años después por su hijo Nicolás II y permitió al viejo imperio ruso reforzar el control sobre sus posesiones en Siberia y las bases navales del Pacífico.

Lejos de enterrar el logro de los zares, la revolución roja de 1917 -que terminó con la monarquía e inició la era comunista- acentuó el crecimiento del Transiberiano. “Cuando el tren pare, ése será nuestro fin” cuenta la leyenda que dijo Lenin cuando alguien le preguntó por el futuro de aquella magnífica obra de ingeniería ferroviaria, dejando en claro la necesidad imperiosa de mantenerla en funcionamiento. Fue así que la gigantesca senda férrea se convirtió en símbolo y sostén del régimen soviético, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial cuando la producción industrial debió mudarse a las heladas tierras siberianas para enfrentar el avance nazi.

Surcada durante sus primeros tiempos por máquinas de vapor, la línea fue electrificada en 1927 y hoy los vagones son tirados por locomotoras Diesel eléctricas que alcanzan una velocidad máxima de 120 kilómetros por hora y hacen el viaje entre Moscú y Vladivostok en ocho días. Ocho mágicos días.

La otra tierra (Parte 3)

Al cabo de una corta navegación pisamos la otra tierra. Capurganá es una pequeña aldea turística que suele estar abarrotada de turistas en los meses de diciembre y enero, época de vacaciones colombianas. Playas de arenas suaves, algunos artesanos, un par de hoteles sencillos.

-¿Cuál es tu idea, ahora? -me pregunta Diego.

-Hay un sendero que lleva hasta un lugar que se llama Acandí, a treinta kilómetros de acá. El camino es un poco duro porque hay que atravesar unos montes, pero un mochilero canadiense que conocí en el viaje me aseguró que vale la pena hacerlo.

-¿Cuánto podemos tardar?

-Supongo que para mañana al mediodía podemos llegar a Acandí, si salimos ahora. Eso sí, vamos a tener que pasar la noche en el camino.

-¿Tenés carpa? -inquiere Diego algo preocupado.

-No, pero espero que encontremos a alguien que nos haga un lugar para dormir.

-¿Y si no? –repregunta. El silencio es mi respuesta.

Son las tres de la tarde cuando emprendemos la marcha, tras haber sellado en nuestros pasaportes el ingreso a Colombia; otra vez en una oficina de soldados, ventiladores, fusiles y machetes; otra vez un presidente democrático colgando en una foto de la pared.

El comienzo de la caminata es tranquilo. Agua en las cantimploras, algo de pan, las pisadas firmes sobre un terreno seco que sube y baja pero aún no fatiga; a las dos horas de andar atravesamos Aguacate, un puñado de chozas en medio del monte.

-Sigamos un trecho más. Todavía nos queda por lo menos una hora y media de luz ‑dice Diego, que lleva en la espalda una mochila que supongo un poco menos pesada que la mía.

Poco a poco el sendero empieza a hacerse más difuso. La huella, antes imperdible, zigzaguea ahora entre un largo y ciego paredón de hojas verdes, escondiéndose de a ratos y volviendo a aparecer más allá, cuando ya la imaginamos perdida; un risco eterno y empinado nos exige una peregrinación tan lenta como insoportable; la carga de las mochilas, multiplicada en la subida, comienza a martirizar la columna.

-Espero que aparezca algún lugar para poder dormir -susurro, casi como en un ruego. Hace rato que no vemos a nadie y no hay muchas esperanzas de encontrar un refugio para pasar la noche. Sin embargo, la plegaria encuentra respuesta, justo antes de que la oscuridad de una noche sin luna nos borre el camino de los ojos.

-Es una casa, me parece -señala Diego. Y bajamos hasta un rancho con techo de paja a dos aguas y galería de madera, asentado junto a un arroyo. Un paisano de sombrero ‑Juan, su nombre- nos promete un lugar para pasar la noche. No quiere nada a cambio, ni dinero ni ropas.

-Ustedes están muy cansados –nos dice al tiempo que su mujer prepara una taza de algo que parece ser una limonada en polvo. Sabe a néctar para nuestras gargantas secas.

Los hijos de Juan -media docena de chicos descalzos- juegan con los perros y escuchan una radio que recién se apaga a la hora de dormir. Entonces, el silencio es tangible. No se escucha nada en el monte, salvo el rumor del arroyo cercano y cantos confundidos de grillos. Echado sobre una deshilachada hamaca paraguaya voy quedándome dormido poco a poco, acompañado a mis pies por un gato que maúlla su hambre de tanto en tanto. No hubo nada para él en la humilde cena de Juan y los suyos. No habrá nada en la noche larga, que pasará sin probar bocado.

Por la mañana la marcha comienza temprano, el sol revelado vagamente en el confín brumoso. Guardando silencio para no despertar a los niños aún dormidos, Juan nos despide con un pedazo de pan para simular un desayuno.

-Vayan con cuidado, porque el camino a Acandí no está bueno –es lo último que nos dice. Poco tardamos en comprobar la razón de su consejo: la huella, fangosa, se inunda de hilos de agua que se abalanzan desde las laderas hasta convertir el camino en un continuo pantanal en el que hay que hundir las piernas hasta las rodillas.

-Sacámelas, sacámelas -me pide Diego, lleno de sanguijuelas tras cruzar un charco de musgo enlodado. Aferradas a la piel como ampollas oscuras, sedientas de sangre ajena, tengo que usar un encendedor para despegarlas una a una de sus piernas.

Más allá en la senda hostil, el reino del lodo y las sanguijuelas se transforma en un valle cruzado por un río al que hay que atravesar una decena de veces en su marcha de curvas y contracurvas; el agua empapa ropas y mochilas; nos resignamos a un andar húmedo y pesado. Para colmo, debemos velar por nuestras pisadas: la mapanare, una serpiente rosada que zigzaguea entre los pajonales y cuyo veneno hace efecto en menos de media hora, amenaza entre las sombras.

-El mes pasado a la mujer de un amigo la mordió una en el monte y la pobre no tuvo tiempo ni para pedir auxilio –había contado Juan la noche anterior, tras la limonada en polvo que sabía a néctar, creando en nosotros una suerte de reptante paranoia tropical.

-No pises ahí –alerta Diego.

-Cuidado con esos yuyos- prevengo yo.

En las primeras horas de la tarde, lentos bajo un calor agobiante, empezamos a compartir el recorrido con otra gente. Un paisano de a caballo nos saluda desde su pedestal equino, un rostro con sombrero de paja nos obsequia una sonrisa. Ya no estamos solos y la proximidad con Acandí se hace evidente. También nuestra ansiedad. A las cuatro y media, según el reloj digital de Diego, llegamos por fin a la aldea, un gran caserío opaco con una iglesia bastante grande, un par de tiendas de mercaderías envasadas y hasta una Casa de Cambios donde compramos pesos colombianos con los que pagamos una habitación en el hospedaje Medellín, de excelente atención, según reza un cartel escrito a mano en la entrada.

No doy más. Mis pies sangran de ampollas. Tengo tierra y barro por todos lados, hasta en lo más profundo de mi intimidad. La espalda vencida llora. Muerto de cansancio, me dejo caer en la cama tras haber cruzado la brecha inhóspita.

El imperio de la selva (Parte 2)

Puerto Obaldía es un diminuto puerto tropical -poco más que un caserío- de tonos cobrizos. Una gran parte de sus habitantes pertenece a la etnia de los cuna, indios que hicieron suya la región de San Blas, una angosta franja de doscientos kilómetros de extensión en la parte oriental de Panamá. Diseminados a lo largo de su reino nativo, sobre las costas del mar del Caribe, conservan una particular idea sobre el reparto de bienes y tierras en la que casi todo pertenece a la comunidad y tan sólo una cosa es alcanzada por la noción de propiedad privada: las palmeras. Para los cuna, sus árboles son tan valiosos como la vida misma ya que el coco es la base principal de su economía y la moneda oficial de la zona.

Hoy en día, con el avance de los negocios surgidos del narcotráfico, facilitados por la falta de control fronterizo, el natural paisaje aborigen ha comenzado a confundirse con rostros de palabras escasas y miradas atentas.

-Pasan por acá y no dicen nada. Cargan una panga y se van por el mar -me cuenta una mujer cuna, que trata de venderme una mola, un tejido bordado en varios colores con diseños casi mágicos, marca registrada de la cultura de la región de San Blas. Acabo de bajar de la avioneta y reparo en lo que ella me dice. Es cierto. Veo, sobre la costa, un enorme lanchón cargado de cajas de madera, custodiado de cerca por un hombre de bigotes oscuros y sombrero de ala ancha. No parece un cuna. Imagino la blanca carga.

-¿Por dónde está la oficina de migraciones? -pregunto a la mujer tras comprarle un tejido verde, amarillo y negro por cinco dólares.

-¿Para pasar a Colombia? Por allá, por allá -me indica con el dedo una casa blanca de tejas rojas, a unos cincuenta pasos de distancia.

La bandera panameña flamea en lo alto de una edificación de estado ruinoso. Un soldado muy joven, armado con un fusil que impone respeto, me saluda con una venia bien aprendida y me hace entrar. Adentro, un cuadro bananero: otro soldado joven en un rincón con una pistola y un machete en el cinto; un escritorio de madera invadido de papeles y sellos; un ventilador que escupe más ruidos que aire; la obesa figura del funcionario de rango, un sargento, a cargo de la oficina. Busco la infaltable foto del tirano de turno, la del dictador enchapado en el oro de sus mil condecoraciones, pero no; recuerdo que en Panamá hay un gobierno que dice ser democrático, como tantos otros en Latinoamérica. La única imagen visible, colgada en la pared, es la del presidente.

-¿Hacia dónde va? -me pregunta el funcionario.

-Voy a Capurganá –contesto pensando en la primera de las ciudades colombianas que me esperan al otro lado de la frontera.

-¿Y cómo piensa ir?

-Quiero hacerlo caminando. Me dijeron que hay un sendero marcado para llegar hasta allá y que si marcho rápido puedo llegar en cinco horas.

-Es muy peligroso. La huella no es muy clara y se puede perder. Además, por el monte anda la guerrilla. Hace dos días desapareció un hombre, por ahí. Es mejor tomar una panga -me aconseja el sargento, mientras el soldado del machete empieza a revisar la mochila.

La idea de cruzar la frontera caminando me seduce. Pienso en la selva, esa línea invisible y anónima que divide a dos naciones en algún lugar del monte, la tierra de nadie donde cambian las banderas y los himnos sin siquiera saberlo.

-Tome la panga, señor. Sale de aquí cerquita, del embarcadero -vuelve a recomendarme el sargento, que me ve dudar.

No sé qué hacer. Odio las paranoias de los viajes, las alertas de los robos y asesinatos que te acechan en cada país extraño, los avisos que previenen peligros ocultos. Sin embargo el consejo -esta vez- no parece desmedido.

-Voy a ir al embarcadero –señalo sin estar aún seguro de la decisión.

-Tiene que tomar la calle de la derecha y caminar dos o tres minutos recto, hasta la bahía. Ahí va a encontrar varias pangas amarradas. Diga a dónde quiere ir y lo van a llevar.

Tomo mi pasaporte, ya sellado, y cargo la mochila, inmaculada emergente a la revisión del soldado. El cielo, ahora plomizo, amenaza lluvia. Doblo a la derecha, sigo las instrucciones del sargento y llego al embarcadero. Dos lanchones esperan en el final de un muelle sobre el que veo cuatro personas.

-Estamos esperando para ir a Capurganá -me dice una de ellas con un acento que no puedo confundir.

-¿Sos argentino? -le pregunto, seguro de la respuesta.

-Sí, de Córdoba. Me llamo Diego -se presenta, rodeándome con un abrazo. Soy el primer compatriota que encuentra desde que llegó a Panamá, hace casi un mes.

-¿Y cuándo sale la lancha?

-Nos dijeron que en media hora -me asegura, mirando un reloj digital.

Veinticinco minutos después viajo en la panga, proa a Colombia. El cielo, por suerte, vuelve a despejarse.