Camina por el medio de la soledad de Buenos Aires pensando solo en ella.
- “Ojalá pudieras sentir cuantas veces te nombro. Ojalá existiese una palabra mágica para robarte” – Piensa, mientras apura el paso hacía el subterráneo.
Es casi primavera pero el frío se cuela en la ciudad y en su mirada. Antes que las puertas del subte se abran monótonas pega una última mirada a las pantallas de tv del andén y sube. Los oscuros de las paredes del túnel se mezclan con su tristeza y lo adormecen. De nuevo está entre fantasmas. De nuevo sin nombre. De nuevo nadie. De nuevo él.
Rendido, cierra los ojos, pero los colores de ella se resisten a morir. Su felicidad y su dulzura revolotean en su mente ajena a la indiferencia de los pasajeros.
De nuevo su maldita imaginación lo captura y lo arrastra a ese hogar de abstractas perfecciones. De nuevo se pierde en el azul de esos mares ficticios que el conoce de memoria. Allí ella va dejando despreocupadamente su estela de belleza, creyendo que él recién la ha encontrado, cuando en realidad la ha seguido por años.
En aquel mundo ella deja su nombre escrito en la piedra y los corazones que conoce. Él, en cambio, se mueve anónimo surcando las almas y los lugares sin dejar huellas.
Quizás nunca se conozcan de verdad o en realidad ya sepan más el uno del otro de lo que les hubiese permitido la rutina de existir.
Ella está enamorada de la vida y él lo sabe. Él no puede dejar de imitar el olvido de la muerte y ella ya lo ha descubierto.
Él la desea, la ama, la admira, pero también la envidia: ella cree, él ya no.
Ella puede invocar sus principios y sueños con inocencia y valor, él solo mirarlos con un dejo de nostalgia y rencor.
Quiere cuidarla del mundo pero también de él. Quiere encontrarla mil veces aunque sabe que ya la perdió desde la primera.
Apenas se conforma con vivir a retazos de su belleza, a sobrantes de su alegría y a kilómetros de su amor.
Sus tiempos probablemente nunca coincidan, y sus almas puede que solo insinúen algún tímido roce condenado a desaparecer, sin embargo,tal vez, siempre vuelvan a sentir el misterioso latir de haberse encontrado…
Aquel día indefinido empezó la gran decepción, la desesperanza de saberse perdido. El mundo no le era extraño, el extraño era él.
Ensayó varias teorías de cómo podría haber llegado a existir y para qué en tan ajeno hogar.
Se creyó especial, se creyó poderoso. Se creyó hijo de dioses hasta que dedujo que ellos nunca habían estado ni estarían en la Tierra.
Se creyó héroe, se creyó profeta, hasta que advirtió que todo era tan predecible como un simple resultado matemático.
Se creyó joven, se creyó eterno, hasta comprobar que incluso lo más perfecto y especial no podía vencer al tiempo.
Pensó entonces que todo era cuestión de descifrar una secreta y simple misión. Que refugiándose en la humildad de sus limitadas chances y recursos encontraría la razón por la que vivir.
Pero solo encontró más y más decepción…
El siempre supo como podía ser ese alguien más, ese que aplastara con firmeza el terreno que le había tocado, ese que pareciera disfrutar de su corto viaje por el universo y gozar de sus básicos sentidos…
Pero el saber la solución nunca pudo implicar el aceptarla.
Anheló el amor, pero solo el que lo era por definición, y no pudo admitir aquel otro que se consigue por dinero, cultura o tradición, o se merece como premio… o se recibe como donación.
Su mirada se perdió en la búsqueda de abstractas perfecciones, sin desviarse siquiera, en la belleza del frágil caos que siempre lo rodeó.
Emprendió un viaje de rumbo fijo pero dudoso destino, con un siempre inalcanzable e ilusorio horizonte.
Esperó y esperó en vano alcanzar utópicos mundos sabiendo que moriría atrapado en este.
Amó rechazando ser amado. Deseó sin sucumbir a la tentación. Vivió sin ansiar haberlo hecho.
Lo normal para un libro sería reposar en una tranquila biblioteca o en una linda vidriera o estante de concurrida feria.
Lo normal sería que estuviese lleno de letras e historias y que esperase ansioso a ser popular y reconocido.
Yo, sin embargo, espero a mi lector con las páginas en blanco, enterrado en algún secreto lugar que él no puede imaginar.
Algún día me encontrará y lo sorprenderé desde mi portada. Creerá que cuento su historia y que él de alguna forma es el autor de mis palabras. Creerá que su vida es como yo se la cuento y que tengo la llave para la solución de toda su existencia.
No se preguntará nunca cómo y por qué me encontró, ni si realmente me escribió o simplemente me soñó.
Querrá justificar conmigo la terquedad de sus decisiones, los caminos elegidos y abandonados, su soledad y el sentido de todas sus luchas.
Me confiará sus amores como si yo pudiese ponerlos a salvo del mundo y me dictará sus ilusiones creyendo que puedo resguardarlas del tiempo.
Un día, yo lo sé, perdido en su egolatría, tratará de venderme buscando darme ese lugar para el que no he nacido. El lugar que nunca me interesó ocupar.
No le alcanzará con ser mi propietario y protagonista y esperará ansioso asombrar o deleitar a extraños.
Ahí sabré que aún no he encontrado a mi verdadero autor. Será la traición preanunciada, el punto de retorno a la oscuridad de la tierra, al bosque de silencios donde pertenezco.
Y lo abandonaré y me abandonará. Borraré su historia de mi vida y esperaré con mis páginas totalmente en blanco a mi nuevo lector, a mi nueva esperanza o desilusión.
Menos mal que he encontrado por ahí esta manzana; por lo menos me distrae un poco porque todo esto es aburridísimo, y un auténtico desbarajuste. Es gracioso, ¿cuánto hace que no comía una manzana? Y no es que no me gusten, que el sabor sí, está bien, sólo es que la he considerado siempre una fruta muy aburrida de comer, aunque no tanto como este rodaje que me pregunto cuánto más va a alargarse. Luego le diré a Miqui que todo esto del cine es fascinante, que estoy feliz de que me haya invitado a presenciar cómo se desarrolla una filmación, y se lo diré porque el pobre Miqui ha hecho lo imposible para conseguirme un pase; lo hace para impresionarme y no voy a desilusionarlo diciéndole la verdad: que todo es un desastre y que los actores son bien poca cosa vistos así, al natural.
A lo mejor es que comer manzanas es peligroso, o es peligrosa la manzana por sí sola, capaz de originar pecados eternos, discordias olímpicas, guerras míticas, teorías y leyes y ahora, en mi caso, un tropel de pensamientos extraños. Pienso, por ejemplo, que quizá la vida se parezca al cine: un montón de utilería salpicada por aquí y por allá que usamos para montarnos un decorado más o menos creíble, más o menos cómodo. Pero no me apetece pensar en honduras y, además, todo lo que rodea al decorado no es más que caos: un caos de personas, cables, tubos, objetos raros que no sé ni qué son ni para qué sirven… Lo que más me gusta es que el director hace todo lo que se espera que haga un director. Me encanta cuando grita: “Luz, cámara… ¡Acción!”, como hace un minuto y todo se pone en marcha. Es como Dios. Dice “hágase la Luz”, y la luce se hace, y comienza otro día más y todos nos movemos en nuestros particulares decorados, como los actores, que son bien poquita cosa, la verdad.
Cómo engañan las cámaras. Luego, en el cine, sentados en nuestras butacas, veremos una habitación suntuosa cuando no es más que un conjunto de muebles que ahora están y dentro de una hora se irán a un almacén o a otro decorado que recree otra historia completamente diferente. Y veremos a unos protagonistas perfectos, que nunca se despeinan y que se despiertan con la cara radiante y el aliento fresco…
Está riquísima esta manzana, debería comerlas más a menudo; ésta tenía un aspecto fantástico, rojo y brillante, casi decía “cómeme”, lo que pasa que me entretiene tanto que me desvía la atención y no sé ni qué se está filmando ahora. A ver, se ha producido un silencio entre los protagonistas, y ella está sentada, de espaldas, muy quieta, y él mira de frente a la cámara, sonríe y se dirige a la cómoda, donde está el precioso ramo y la cesta de…
“¡¡¡Corten!!!
¡¿Dónde está la manzana?! ¡Que dónde está la maldita manzana, idiotas! ¿Quién la ha quitado de ahí?”
La escondería, ahora mismo me sentaría encima de lo que queda de manzana pero me he quedado petrificada… Y el director mira acusadoramente al pobre Miqui, que se supone que es el encargado de que todo esté donde debe estar, y Miqui me mira a mí y me ve con el trozo de manzana cerca de mi boca, en plano congelado, si es que existen los planos congelados, y abre los ojos como platos y el director sigue la mirada de Miqui y me mira a mí, y yo quiero que la tierra me trague, pero sigo con la manzana en la mano, cerca de mi boca, y pienso que otra vez se le han estropeado los planes a Dios por culpa de una manzana.
“¡¡¡¿Quién es esa estúpida?!!!”
Seré estúpida, pero te he fastidiado la obra… Pienso.
El espectáculo de aquella noche eran las 2 lunas casi pegadas aunque las separasen millones de kilómetros. Abajo, miles de ojos miraban absortos. Muchos maravillados, muchos otros enamorados…
Y tú estabas ahí, en medio de tantas otras de igual sintética y perfecta belleza. Me encantaban los colores que habías elegido para cada pieza de tu cuerpo. Vibraba de emoción esperando que me miraras observarte…
Quería conocerte, saber de donde venías, pero sobre todo, qué creías de toda esta confusión de vida flotando en nuestra cabeza…
Me sonreíste, y antes que me diera cuenta ya estaba poseído por la dulzura de tus palabras…
Me hablaste de tu fe en un mundo mejor, de locos futuros donde nuestra esencia superase los magros 1000 años que la ciencia nos daba hoy. Me hablaste de tu familia distante, de tu música, de tus amores… De tu pasión…
Y sin que te diga nada supiste inmediatamente que te habías adueñado de mí… Pero claro, a mí no me importó saberme poseído. Lo deseaba. Quería que me arrastres contigo por el universo. Quería contarte mis sueños, vivir bajo tu mirada.
Te contaba viejas historias de amor del pasado, cuando el alma aún era esclavo de la piel y la carne, y tú te reías, mientras acariciaba tu rostro en mi regazo, y protestabas acusándome de mentiroso…
“En aquella época quizás hubiese muerto en soledad antes de encontrarte” – te decía, recitándote frases de un milenario cuento; “o quizás”- seguía leyéndote- “hubiese vivido vacío, derrochando el tiempo en calmar el dolor y la ciega debilidad de mi irrisorio paso por el mundo, olvidando que tú pudieses existir”.
En un par de días dos astros, el Sol y la Tierra, estarán como entonces, una vez más habré regresado al punto de partida, al mismo momento en que vueltas atrás anuncié mi existencia con el primer grito de vida, de la misma manera que volveré indefinidamente; las cercanas con el latir de la tinta en las venas conque cada hombre escribe su historia, las distantes regresando a mi estado de origen en la memoria de los que lamenten mi partida.
Sobre mi espalda el peso de los tiempos, en la piel las secuelas del alma, en mi corazón tantas cicatrices como heridas tuve. Haré el innecesario balance de cada año a sabiendas de que su sabor no será agradable, es una tarea que me he impuesto con el claro objetivo de hacer de la próxima vuelta de calesita una aventura inolvidable; por supuesto que me miento, cada giro es con variantes leves, similar al anterior y no está mal que así sea, uno anda por el mundo a la manera en que es. Yo he forjado mi propia imagen, la misma que detesto en muchas mañanas ante el espejo y por la cual he llorado tantas veces al verla injustamente maltratada; en mis manos cargo proyectos, en mi mente atesoro recuerdos imborrables, en mi alma constantemente construyo espacios para la esperanza.
Esto es lo que soy, en muchos aspectos similar a vos, a otros, a cientos, a miles, a todos; con un leve toque de fortuna en la elección de las palabras, con tan pocas fortalezas e innumerables debilidades. Sólo soy un hombre.
Pero no debe confundirse este texto con una actitud pesimista, por el contrario, estoy enamorado de la vida y a la misma sólo le critico que sea perecedera. En su recorrido he perdido más de lo que he ganado, he llorado más de lo que he reído, pero también he dado rienda suelta a todo un abanico de sentimientos; en mi haber el saldo es positivo, cuando llegué a este mundo vine sólo y hoy tengo un puñado inmejorable de amigos.
En un par de días dos astros, el Sol y la Tierra, estarán como entonces, como cuando nací; en un par de días cumpliré 45.
Mientras el oficial revisaba papeles en el sucio altillo plagado de libros, notó que la pantalla de la PC cubierta de polvo estaba encendida. Las palabras se sucedían relampagueantes unas tras otras:
“Nunca tendrán mi alma. Nunca seré quien deba ser….”
- Que es eso? – Un segundo oficial miraba atónito la pantalla.
- Es un “bot”*.
- Un qué??
- Un robot de los que usan en la red.
- Y que está escribiendo?
- Mmm… No se a ver… Uau. No puede ser!. Está escribiendo un cuento en Internet.
- Eso de la inteligencia artificial ya da miedo, eh.
- Mmm..Increíble. – el oficial trató en vano de impedir por teclado que el bot siguiera escribiendo – Cuando Julián vea esto se muere.
- Julián!!!!!!!!!!! Vení mirá esto.
El oficial Julián subió hasta el altillo que estaba prácticamente escondido e inaccesible.
- No encontré nada de nada. Todo limpio. Uy!!! Que tienen acá?.
- Mirá. Mirá esto!.
El oficial si logró detener momentáneamente la máquina y llegó a leer partes de su código de programación antes que el bot tomara posesión nuevamente.
- Es impresionante. Muy sofisticado. Aparentemente está activado desde hace 3 años.
- Pará pará!. 3 años escribiendo cosas en la red y nadie se da cuenta que es una máquina?
- Exacto. Mira como la gente incluso comenta lo que escribe!
- Mmm Julián: Seguro entonces acá adentro están todas las pruebas que necesitamos para saber quién es “Alex18”.
Revisaron detalladamente todo lo registrado en el disco de la computadora. Las actividades de “Alex18” habían comenzado en 1998 aparentemente en un “chat”. Contaron hasta el 2007 cerca de 232 nicks o apodos distintos. Charlas, datos y fotos personales de más de 5000 personas. Información sobre el sospechoso se encontraba desperdigada entre toda la data pero toda contradictoria. No podían establecer ni el sexo, ni el nombre, ni la edad, ni el paradero de quien alguna vez estuvo frente a esa pantalla.
Julián abatido y aburrido por la falta de resultados activó el bot de nuevo:
“Como me aburre la gente…. Sus tontos sentimientos… Siempre ridículos, predecibles, egoístas… Aquí puedo agradarles, ser quien ellos esperan. Por qué aceptar mis limitaciones, mis defectos?. A veces es incluso muy molesto aceptar mis virtudes. Por qué tener que aceptar lo que soy?. Prefiero amar el placer de no ser. De no existir en la realidad y poder sentir un poco de las vidas que nunca tendré. Mentir? Un apodo en la red es un primer mentir, una primera máscara. Muchas palabras juntas pueden formar mil mentiras más. La muerte me sorprenderá algún día, de eso no hay duda, pero ya estoy preparado para no aceptar esa verdad tampoco. Mis otros “no seres” seguirán sus vidas y acabarán sus historias cuando lo deseen”…
Su título era el de “Embajador del Rey Jerjes de Persia”, pero el sabía que solo era un espía, un asesino más. Había llegado a obtener este cargo luego de aplastar muchas cabezas enemigas y de lucirse por su crueldad y frialdad en el campo de batalla. Sin embargo su “talento”, para él, no era más que el simple resultado de recorrer los caminos que su pueblo, la vida y la suerte le habían impuesto.
Le hubiese dado lo mismo morir en cualquiera de las tierras que arrasó, y eso había deseado muchas veces, pero su instinto lo mantuvo vivo y le dio una gloria que nunca buscó. Odiaba su vida y no sentía el mínimo orgullo por todo lo que había logrado.
Su condición de salvaje humano le disgustaba desde niño. Le molestaba el calor de su sangre recorriéndolo de un extremo a otro. La fragilidad de sus órganos debatiéndose en su interior y su corazón latiendo bajo toda esa endeble piel. Pero era inevitable, sus células estaban en constante movimiento naciendo y muriendo sin su conocimiento ni control, exigiéndole sustento, y él, que no soportaba la idea de que el tiempo lo consumiese, era arrastrado por sus necesidades de simple bestia de un rincón al otro del mundo.
Evitaba los agasajos en su honor pero si era atrapado en uno de ellos sabía como socializar, disimulando detrás de su heredado culto a la violencia y la competencia su verdadero sentir. Deploraba su inteligencia, su religión, su cultura, que lo confundían y obligaban a racionalizar cosas insignificantes y venerar dioses que nunca vio. No entendía a las mujeres que lo admiraban por su “status” y le repugnaban sus instintos y sueños, que lo hacían jugar con el amor y el poder que le prodigaban solo para satisfacer sus más oscuros y lujuriosos anhelos.
Y ahora estaba en esa extraña y helada tierra. El frío de la nieve golpeaba sus ropas, que como siempre; eran robadas, para así poder ser uno más en el nuevo pueblo a visitar. Su misión era clara: encontrar al rey de este inhóspito lugar y matarlo. No habría batallas, solo un simple cambio de mando mediante unos cuantos y calculados asesinatos. Pero él no venía solo por una corona, conocía de un mito del lugar que lo atraía como un faro. Sabía de una pequeña montaña, rodeada de abismos y oscuridad, que en uno de sus picos contenía, incrustado en su hermosa roca transparente, un misterioso y solitario trono desocupado. Nadie sabía si alguna vez había pertenecido a alguien, ni por qué se encontraba en tan extremo y remoto sitio. Según los escritos de aquel pueblo, unas escalinatas esculpidas en la piedra y el hielo conducían a lo alto de aquel secreto.
Y allí fue, luego de cumplir raudamente su misión. Su búsqueda fue corta. Algo único y desconocido lo llevó a aquellas escalinatas blancas que recorrió como propias. El trono estaba allí e incrustada en la pared de hielo encontró lo que parecía una mascara, hecha de la misma piedra de la montaña. La tomó y colocándosela lentamente, se sentó en el helado trono. Sintió como sus ojos se difuminaban en un blanco brillo. Por fin perdía el sentido de sí mismo, ese que le exigía una razón para despertar cada mañana. Todo su ser se mimetizaría con aquél lugar. Él ya no quería ser más el fantasma en esa máquina de matar, en esa carne. Solo quería ser la piedra, lo abstracto, lo constante, lo invisible, lo que nunca sufre, nunca llora, nunca duerme, ni sueña. Quería no poseer sentido alguno y aún siendo ciego, ser testigo eterno del tiempo…
Cuando la humanidad quedo estéril aún la amaba. No me importaba el no poder tener hijos, ya que solo con ella los habría tenido. No era por su belleza. No era por el destino. Era por todo su ser, simple y pacífico que invadía e iluminaba todos mis rincones y descubría como en un juego el escondite de mis secretos… salvo uno, claro… el que podía hacer que la perdiese.
Había renunciado a toda familia la tarde que ella decidió no verme más.Nunca más me enamoraría ni existiría en mi lo que por ella sentí. Caminaría solo el mundo, arrastrando a mi alma por las calles como a un niño caprichoso que, refunfuñando y tirando de mi brazo, me recordaría hasta el último sol porque no me entregué a su mirada y la besé. Y yo, furioso, cortaría mi paso solo para darme vuelta y recordarle lo “complejo y duro de la vida” y que no somos los únicos pobres diablos sin amor de la Tierra.
Ofendidos y sin mirarnos seguiríamos el mismo rumbo. Uno a pasos del otro, pero sin tomarnos de las manos. Yo argumentando y pidiendo perdón y mi alma desviándome la mirada llena de lágrimas y murmurando entre dientes “cobarde”.
Todos los días se parapetaría rebelde en algún rincón de la calle, esperando que desista de mi caminar o me aleje de ella lo suficiente para gritarme frente a todos sus rencores, y yo volvería hacía ella solo para engañarla y prometerle que algún día la volveríamos a ver y le diríamos todo lo que callamos.
Mi alma, entonces, me tomaría condicionalmente de la mano, desconfiada, tratando de leer mi mente día y noche, para encontrar en mis sueños, conscientes e inconscientes, la verdad de mis miedos e intenciones.
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