ARGENTINA 0 – ALEMANIA 4: LO QUE NOS HACE CALLAR

LA GOLEADA ANTE ALEMANIA, Y LA PREMATURA VUELTA A CASA DE UN EQUIPO QUE SUPUESTAMENTE ESTABA PARA MÁS, DESATA EN NOSOTROS LA NECESIDAD DE DECIR AQUELLO QUE NO PODÍAMOS DECIR. QUE NO NOS DEJABA EL TRIUNFALISMO BARATO QUE NOS IMPONE LA PREPOTENCIA ESTELAR DE DIEGO MARADONA, Y EL CHUPAMEDISMO ILIMITADO DE UN SECTOR DEL PERIODISMO, PRINCIPALMENTE CAPITALINO.
Sí, debo reconocerlo. Uno se deja llevar. Y si bien nuestra visión primaria ofrecía millones de reparos, el triunfo ante los nigerianos y los cuatro goles ante Corea del Sur, hizo que un árbol nos tapara el enorme bosque de plantas venenosas que estaba carcomiendo nuestras posibilidades.
Si alguien, y me incluyo, hubiera optado por la crítica en esos momentos de victorias y sueños galopantes, iba a ser tildado de “vende patria”, o “pesimista”, en el mejor de los casos. Pero esa desconfianza estaba dentro de nosotros, dentro de mi, y no me permitía ilusionarme con el título, o la final siquiera. ¿Por qué mi desconfianza? ¿Y por qué no nos atrevimos a alzar la voz?
La primera fase del mundial en algunos casos, nos brinda la posibilidad de enfrentar a equipos que si bien, son claramente inferiores al nuestro, asumen una postura de sumisión casi incomprensible. Se saben inferiores, y te lo hacen saber. Éstos fueron los casos de Nigeria, Corea y Grecia. El mérito de Argentina en esas instancias fue asumir cierto protagonismo y hacerse de los partidos. Un mérito apreciable, sin dudas. A veces se es superior pero es difícil plasmarlo en la red. Y sino, pregúntenle a Francia e Italia, por caso.
En definitiva, ganamos claramente los tres primeros partidos pero más por el renunciamiento de nuestros adversarios, que por nuestros rendimientos. O acaso cuánto costó mantener ese gol de ventaja ante los africanos. ¿O, contra los coreanos, cuando aún estábamos 2-1, no hubo media hora (el final del primer tiempo y los primeros veinte del segundo) donde el equipo jugó muy parecido al partido con Alemania? Claro, enfrente no estaban los teutones, sino los orientales. En el partido de octavos contra México nos enfrentamos a una selección que si bien tiene más recursos que los rivales de la primera ronda, también le sobrevuela el mote de “No puedo” que les hace tan difícil superar ante ciertos “encumbrados adversarios”. Pero el rendimiento argentino fue muy bajo. La defensa compuesta por cuatro centrales ofrecía numerosas grietas y el medio campo no contuvo y mucho menos creó. Tévez e Higuaín lograron los goles mitad por iniciativas personales, y mitad por el miedo que los carcomió a los defensores aztecas. Messi lució tan retrasado como deslucido, como si aún estuviéramos jugando las eliminatorias. Mascherano estaba muy solo para la contención, y no teníamos un jugador que armara jugadas de ataque con criterio y constancia. Pero claro, los tres goles y el pasaje a cuartos volvieron a disimular lo endeble de nuestros cimientos. ¿Por qué nos callamos?

Cualquier técnico medianamente experiente y capacitado hubiera tomado nota de las falencias estructurales de la conformación argentina y lo hubiera TRATADO de corregir para el partido con Alemania. Pero Diego Maradona, quizá confió en la mística, en lo intangible, volvió a parar el mismo equipo. Otamendi fue incinerado ante los arranques de Podolski, que parecía una reencarnación de Garrincha. Pero Diego nunca se dio por enterado. Heinze volvió a mostrar su nula proyección y sus dificultades en la marca de la punta izquierda, pero el técnico agradeció su entrega. El medio no tuvo contención. Mascherano ofreció su piel para detener los embates germanos, pero pocas veces lo logró. Estuvo muy solo. Y para la creación no hubo estructura. Maradona confió en la inspiración de Di María y Messi, pero no los respaldó con una organización acorde. Diego habrá visto cientos de partidos de Messi en el Barcelona, pero parece que nunca pudo advertir en la posición que allí le permite descollar. Casi de punta, detrás del nueve, casi siempre tirando las mortales diagonales para definir con su perfil más apto. En la Selección, al no tener un trabajo decente que redunde en la elaboración de jugadas de ataque para que el astro culé aproveche, lo hizo bajar una y otra vez, muchas veces detrás del medio campo para ir a buscar el balón e intentar armar él alguna jugada.
Y Messi de a poco se fue desgastando. Empezó con ímpetu los primeros partidos, pero a medida que el equipo se fue partiendo, él también se fue desinflando, como era previsible. Tévez ofrece su corazón, pero pocas veces la claridad y la mente fría que se necesita. E Higuaín no fue abastecido, padeciendo las mismas falencias que Messi.
Hubo errores de planeamiento, de trabajo y también de elección de nombres. Cómo no pensar en la experiencia de Javier Zanetti en lugar de los nervios de Ottamendi en la punta derecha. O cómo no imaginarse la entrega y la estrategia de Cambiasso en la mitad de la cancha, que quizá hubiera redundado en un mayor equilibrio del equipo…
Si hubiéramos tenido un técnico medianamente experiente y capaz, hubiera hecho una rápida lectura en la derrota de Alemania frente a Serbia, en la segunda fecha de este Mundial. Los serbios armaron dos líneas de cuatro, le cerraron los espacios y se lo definieron con un par de contras. Nuestro técnico tuvo esa “ayuda” al alcance de sus posibilidades, y jamás se dio cuenta. Quiso salir “a los bifes” ante un equipo mucho más trabajado y preparado, que no depende de las inspiraciones individuales para ganar un partido. Y se pegó un porrazo bárbaro.
Ya son varios los golpes. De más estaría referirnos a la humillación frente a Bolivia por las Eliminatorias, o al “baile” que nos ofreció el mismísimo Brasil en Rosario. Ahora debimos soportar un ridículo casi sin precedentes en Mundiales (sólo comparables con el 1-6 ante Checoslovaquia en Suecia ’58, o el 0-4 ante Holanda en Alemania ’74). Es por eso que lo que se impone con urgencia es el único acto de coherencia posible en la mente de Diego: DAR UN PASO AL COSTADO. No entiendo cómo aún no renunció.
Es por ello que ahora no quiero callar más.
Es increíble escuchar a cierto sector de la prensa porteña referirse al “poco tiempo” que dispuso Diego al frente del plantel. “Que en este escaso período se vieron adelantos enormes en el funcionamiento del equipo” (?). Yo quisiera preguntarles a estos señores, de la experiencia mediática de Fernando Niembro o Gonzalo Bonadeo a qué se están refiriendo. Que me den pruebas. Es que estamos cansados que los destinos de la selección se rijan por intereses ocultos, con decisiones que se toman debajo de los escritorios, con la venia de un dirigente que está transformándose en dictatorial, cada año que pasa, como lo es Julio Humberto Grondona.
No puedo avalar esa clase de periodismo. Lo debo respetar, pero siento un rechazo medular al escuchar que le “piden” a Diego Maradona que piense en seguir. Si ellos quieren tirar por la borda otros cuatro años de preparación, que nos avisen. Así, por lo menos, dedicaremos nuestro tiempo a disfrutar de deportes mucho más nobles como el golf, el pato, o el criquet.
Si vamos a hablar en serio, entonces debo decir que es hora de contar con un técnico capaz de potenciar las posiblidades propias, pero también de reconocer las limitaciones y crear una estructura de juego que ayude a disimularlas. Y en estos tiempos que corren, ese hombre tiene nombre y apellido: Gerardo Daniel Martino. Dejémonos de mezquindades, de prepotencia, de vedetismos, de chupamedismos o cholulajes baratos. Dediquémonos a trabajar, seamos más profesionales. Porque de esta manera, están tirando todo el prestigio de la rica historia futbolística argentina a un cesto de basura.
Es hora de no quedarnos callados. Es hora de despojarse de los miedos y decir la verdad. Aunque parezca que ya sea demasiado tarde.


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