Imaginen que Hugo asesina a Nestor y se casa con Cristina. Bueno… un escándalo de similares proporciones se desató en Escocia cuando se conocieron los acontecimientos que llevaron a la ausencia de María de los lugares que solía frecuentar: la sala del trono de palacio, por ejemplo.
El pueblo estaba atónito y los lores del consejo real sencillamente levitaban de ira, más que nada porque uno solito de ellos los había cagado a todos juntos.
Ni lerdos ni perezosos, reunieron un ejército a las apuradas y partieron en bullicioso malón a rescatar a la reina, quien se sentía desgarrada entre cumplir con su deber o dar rienda suelta a sus instintos femeninos, que se habían despertado en estos dos meses de matrimonio. Sin embargo, sus tribulaciones no duraron mucho, ya que la contundencia de las dos condiciones que impusieron “los rescatistas” decidió por ella:
1)- Fuera Bothwell de Escocia, so pena de ejecución sumaria allí donde se lo encontrase (el aceptó sin demasiados remordimientos, nunca volvióa ver a María y murió totalmente pirado en una cárcel sueca).
2)- Y vos querida te venís con nosotros de vuelta a Edimburgo, abdicás en favor de tu hijo y compartimos la regencia “fifty-fifty”. A cambio, nosotros nos encargaremos de arreglar el cagadón que te mandaste y limpiaremos lo mejor posible tu imagen ante la gente… Mirá que sos puta María, eh !!!
La que bailaba en una pata con todo este asunto, era obviamente la prima Isabel: – Vieron ?… No les dije yo que era una reventada ?… Que coraje !… Casarse con el asesino de su marido !!!- le decía en medio de estentóreas risotadas a todo el que quisiera escucharla. Oficialmente sin embargo, su postura estaba en las antípodas, solidarizándose cínicamente con su desdichada pariente y haciéndole saber que la recibiría encantada en Inglaterra si María consideraba que Escocia ya no era un lugar seguro para ella.
Los disgustos, la ansiedad por su futuro, el semi-cautiverio al que estaba sometida, hicieron que María sufriera un aborto del hijo de Bothwell. En cuanto a su otro hijo (el actual rey del país), ella sentía que se lo habían arrebatado y que nunca volvería a ser suyo, por eso aceptó un plan de fuga ideado por algunos nobles aún leales y se rajó para los pagos de la Isa, quien avisada de la visita inesperada de su prima, la agasajó con una estadía en un “all inclusive”, a cargo de la corona inglesa, nada menos que por 19 años !!! Todo el tiempo que duró su encierro, María trató en vano de que Isabel la recibiera. No lo logró (la escena de la reunión entre ambas, tanto en la ópera como en la obra teatral que llevan su nombre, es una fantasía).
Un día, la Isa decidió que ya estaba hasta la real coronilla de aguantar a la quejosa “huésped” y, temerosa de que triunfara una conspiración para liberarla e instaurarla en un trono unificado, firmó su sentencia de muerte; la ejecución se llevó a cabo el 8 de febrero de 1587 en el castillo de Fotheringhay; María, bastante enferma ya, tenía 44 años. Sin embargo, podemos afirmar que la victoria final fue suya: al morir Isabel sin dejar herederos, la sucedió Jacobo, el hijo de María y Darnley, como el primer soberano del Reino Unido de Inglaterra y Escocia.
-Bueno Mary, encanto, ahora sos una viuda y estás medio al pedo acá… Sabés que en Francia, la corona solo puede llevarla un rey, no una reina… Así que… porqué no te las tomás de vuelta a tu país, que ya te deben estar extrañando después de tantos años… no te parece, rica ?- con estas sentidas palabras se despachó Catalina ni bien enterró a su hijo mayor.
-Pero… aquí están mis tíos, mis primos, mis amigos !!!… En Escocia, al morir mi madre, no me quedó nadie !!!… Dígame Catita, qué le parece si me caso con su otro hijo, el que va a subir al trono ahora y sigo siendo reina ?- replicó la espabilada María, quien evidentemente algo había aprendido en materia de intrigas políticas y cortesanas.
-No no, querida, no !!!… Gracias, pero de este hijo me voy a encargar yo… En cuanto a vos… hacé lo que se te cante, siempre y cuando lo hagas lejos de mi familia- dicho lo cual, la futura regente del reino se retiró majestuosamente, sin dejarle a la pobre María otra opción que regresar a Escocia y hacerse cargo del reinado que había abandonado a los 5 años.
Al fin de vuelta en su patria… María se horrorizó al comprobar la falta de refinamiento no solo de la plebe, sino también de la nobleza y del clero. Todos conspiraban contra todos abiertamente y le hicieron entender en seguida, que si no se conseguía un marido… como mujer sola al frente del país, se la iban a comer cruda (y no solo en el sentido gastronómico de la palabra, ya que a sus 18 añitos, María estaba más que “comestible”).
ESPOSO Nº1 – DARNLEY: El típico galancete inglés rubión de belleza delicada, que a María, después de estar años junto a un bagre francés, impactó con su apostura. Logró embarazar a la reina y darle un heredero a la corona, solo que antes de que la usara el pendejo, quería usarla un tiempito él… Hueco, suceptible y muy propenso a hacerse el bocho… Darnley no tuvo pruritos en dejarse convencer de participar en un complot para asesinar a cuchillazos al pobre secretario de María, cuya única “afrenta” había sido cumplir con las tareas administrativas que la misma reina le había encomendado.
Una vez calmados los ardores iniciales, María empezaba a darse cuenta de la clase de primate con el que se había casado: uno extremadamente peligroso, ya que tenía navaja…y la usaba. Pero siendo todavía una reina joven y bella, la ayuda para salir de su matrimonio no tardaría en llegar.
ESPOSO Nº2 – BOTHWELL: Este era un auténtico lord escocés: rudo, ambicioso, tenaz y… con la sutileza de una catapulta. Decidido a llegar al poder por cualquier medio, hace explotar, con una cantidad de pólvora suficiente para hacer volar por los aires a todo Edimburgo, la casa donde residía Darnley mientras se recuperaba de la viruela (igual por las dudas, primero lo había ahorcado con sus propias manos). A continuación… rapta a la reina y se la lleva fuera de la ciudad, la embaraza y la obliga a casarse con él !!!. Más allá de que María (al fin!) había disfrutado de una buena acogida por parte de un exaltado miembro de su propia nobleza… no le causó mucha gracia ser tratada como una vulgar “mujerzuela” manejada por el “matón” del burgo.
Una vez llegada a Francia, María se dedicó a lo que sabía hacer muy bien: cautivar a todo el mundo con su gracia y con su encanto. Así, el pueblo francés se mostró extasiado con la nueva delfina, lo mismo que los poderosos e influyentes cortesanos y… cuatro de los cinco personajes determinantes en lo que sería su vida durante los próximos 13 años:
ENRIQUE II: El monarca y futuro suegro amó a María desde el instante de conocerla, la trataba como a una hija más y estaba muy satisfecho de que a su muerte, su primogénito fuera a tener como consorte a una mujercita tan hermosa y decorativa (en esa época, no era importante lo que las mujeres pensaran, siempre que estuvieran bellas al hacerlo).
DIANA DE POITIERS: La espectacular amante del rey, cuyo encanto era el comentario de toda Europa (conservó su atractivo hasta bien pasados los 50), también se encariñó mucho con la “petite Marie”, quien a su vez, le correspondía con un afecto cálido y sincero; a su debido tiempo, esto se volvería en contra de María de una manera brutal y definitiva.
LOS GUISA: Los maquiavélicos tíos (hermanos de la madre) tomaron a María bajo su ala protectora y aprovecharon este regalo del cielo para seguir incrementando el poder que les deparaba pertenecer a una de las familias más importantes del reino y en breve, emparentada nada menos que con la mismísima corona. Se entiende así que por ejemplo, un simple estornudo de la niña, los sumiera en la desesperación más absoluta.
FRANCISCO: El apocado y enfermizo delfín, destinado a ser esposo de María y (si no se moría antes que su padre) próximo rey de Francia, sintió por ella un amor sincero e incondicional, primero como amigo (eran más o menos de la misma edad) y luego como esposo (lástima que también la admiraba tanto, como si María fuera una especie de santa protectora, que nunca se atrevió a consumar el matrimonio).
Y por último… el quinto personaje (que nuestros más avispados lectores ya habrán adivinado y estarán impacientes por conocer): Si, la suegra !!!
CATALINA DE MEDICIS: La temible esposa de Enrique había soñado con ser monja; en lugar de ello, su familia la fletó a Francia como esposa del concupiscente monarca, quien la reemplazaba por su favorita en toda otra cuestión que no tuviera fines reproductivos. Se entiende así que la reina no fuera una persona muy jovial que digamos y que los niños la sacaran de quicio; huelga decir que no hizo buenas migas con la alegre “Marie”.
Bien, para hacerla corta, a María la casan con Francisco ni bien cumplió los 15 años. Un año después muere Enrique; su esposo asciende al trono como rey y ella se convierte en reina de Francia. Otro año después, se le muere el marido y su “querida suegra”… que hasta ese momento se había mantenido agazapada como una cobra dentro del canasto, la hizo destinataria en un solo (pero certero) golpe, de todo el rencor que llevaba acumulado y que en realidad, era merecedor su difunto esposo, mucho más que la desdichada María, quien al fin y al cabo, solo se había limitado a retribuir el afecto que recibía (no era culpa suya que Enrique hubiera preferido a la voluptuosa Diana antes que a la santurrona Catalina).
Considerada la mujer más hermosa de su época (aunque sus retratos no hacen nada por corroborar esta consideración general), María Estuardo nació el 8 de diciembre de 1542 y para el 14 ya era reina de Escocia !!!. Su padre, Jacobo V, murió de cólera a los 30 años, dejándole el reino a la bebé y la regencia a la mamá, la imponente María de Guisa. En esa época Escocia, más que un reino, todavía era una especie de “revoltijo feudal”, donde los grandes lores y señores terratenientes gobernaban sus dominios a su antojo y si nunca se habían sentido especialmente obligados a guardarle fidelidad a un rey, mucho menos se la iban a otorgar a una pendeja (por más bonita que fuera) y a la puta de su madre !
Bien, la cosa fue que la nena creció escuchando a su progenitora decirle que era hermosa, simpática, agraciada y que estaba destinada a protagonizar un maravilloso cuento de hadas, como reina de Escocia y en un futuro no muy lejano, como reina de Francia también, ya que se habían hecho arreglos para casarla con el delfín y heredero al trono de dicho país. Hasta ahí, todo joya; pero la imprudente madre, también le decía que era reina de Inglaterra por derecho propio, pero que desafortunadamente por el momento no podía ejercer ese cargo, porque lo había usurpado una “bastarda frígida, calculadora, vengativa, mala como la peste y más fea que una bruja”, es decir, la gran Isabel I, que por casualidad, también era su prima y unos 10 años mayor. Como es natural, a la “prima” no la hacía mucha gracia saber que al norte de su reino, una pequeña beldad (encima pariente!) aguardaba la mejor ocasión para rajarla a patadas de su puesto, y se lo iba a hacer pagar con creces a lo largo de toda su vida.
Lamentablemente, la ira volcánica de la soberana inglesa no era por el momento la mayor de las amenazas para las dos Marías, ya que los lores de sus propios dominios estaban abocados a una especie de lotería matrimonial, viendo quien ganaba el premio mayor y lograba desposarse con la madre (por la fuerza si fuera necesario), deshacerse de la niña y convertirse en el verdadero amo de Escocia. Por ello, no es ilógico suponer que entre madre e hija, haya tenido lugar la siguiente conversación:
-Che nena, creo que es hora de irte para Francia y conocer a tu futuro esposo- le dijo la mami a su hijita un día en que las balas de cañón les pasaban atronando por sobre la mesa del desayuno.
-Pero mami ! Yo soy chiquita ! No entiendo nada !!!! Qué voy a hacer en ese país de vida disipada ?- contestó la precozmente avispada reinita, esquivando un proyectil que fue a alojarse junto a la chimenea.
-Principalmente, conservar la vida… y de paso, hacerte querer por tus próximos súbditos, por tus tíos y sobre todo por tus parientes políticos- respondió la madre, arrojándose debajo de la mesa para resguardar su elaborado peinado de una bola de fuego lanzada con extremada puntería.
Así fue que con tan solo 5 añitos, María fue embarcada rumbo a su nuevo país de adopción y jamás volvería a ver con vida a su querida madre.
A partir de mañana, la historia de una mujer que fue reina de Escocia, de Francia y que pretendió serlo de Inglaterra también, para terminar convertida en una fragancia ambarina comercializada por “Perfumerías Ivonne”, compitiendo con otro clásico de los ‘60… el inigualable “Avant La Fete“… Que destino por Dios !!!
Eduardo: Su familia siempre lo había llamado David, el último de los muchos nombres que le pusieron al bautizarlo. No fue un muchacho particularme inteligente, pero no era estúpido… salvo por esa tendencia a sentirse a gusto con mujeres que lo dominaran, siendo la primera de ellas, su madre. Ella fue la única persona de la que realmente le dolió separarse y la razón principal por la que extrañaba su patria. Pero… no había nada que hacer; la reina María nunca accedió a recibir a su nuera y Eduardo murió sin haber conseguido el tan ansiado encuentro entre los dos grandes amores de su vida…
Wallis: Ya desde jovencita tuvo muy en claro que debía hacer algo dramático con su vida si quería salir de la eterna aristocrática estrechez a la que parecía estar destinada y aunque siempre fue ascendiendo colgada de algún miembro de la especie masculina, no era lo que se dice la típica “come-hombres” (sus motivaciónes eran el dinero y el status, no el sexo y el placer), era más bien una especie de “esqueleto elegante” que solo cazaba presas útiles a sus propósitos. Bueno… tan mal no le fue, si consideramos que estuvo a punto de ser coronada reina de toda Gran Bretaña !!!
Firmada el acta de renuncia al trono, el se rey dirigió por radio a sus súbditos con un discurso tan sentimental como cínico (aunque breve), cumplido lo cual una leve brisa refrescó el rostro de los presentes en el auditorio (levantada por el mismo Eduardo en su prisa por irse a Francia a reunirse con Wallis). El reencuentro de los tercos amantes en la Cote d’Azur fue todo lo romántico que podemos imaginar y un poco más también…
1937: Casamiento y luna de miel !!! Y qué mejor manera de mostrarle al mundo cuanto les importaba la opinión de Inglaterra que realizar una visita de cortesía a Alemania ?! La histórica foto del encuentro entre Wallis, Eduardo y Hitler se publicó en la primera plana de cada periódico mundial y todos los miembros del gobierno británico casi mueren de un infarto! Había que pensar en algo drástico, ya que evidentemente, era peligroso dejar al duque y a la duquesa de Windsor (sus títulos después de la abdicación) sueltos y desocupados al otro lado del Canal de la Mancha, así que le ofrecieron a Eduardo nada menos que el puesto de gobernador colonial de Bahamas… la misma Bahamas que, como miembro de la Commonwealth, había rechazado firmemente el matrimonio del rey (lo cual nos induce a pensar que, si bien es cierto que en todos lados se cuecen habas… en las Bahamas se cuecen “zapallos”). Al enterarse de la novedad, lo primero que hizo Wallis (práctica como siempre) fue agarrar un atlas para ver donde quedaba el lugar… Se tranquilizó al comprobar que las islas estaban muy cerca de EEUU y durante el período que la pareja ocupó la residencia gubernamental, se la pasó más en Miami que en Nassau (no confiaba en los dentistas locales, por ejemplo…).
Bueno, al final del mandato, la pareja regresó a Paris y se instaló en una coqueta residencia del boulevard Suchet (en el 16º por supuesto) y desde allí, Eduardo volvió dos o tres veces a Inglaterra, pero el helado recibimiento de sus parientes y sobre todo, comprobar que la animadversión hacia su esposa no se había atenuado, lo hicieron desistir de cualquier otro intento de normalizar las relaciones (solo regresó para morir). Así la vida de la pareja se fue convirtiendo en un eterno acto de presencia en fiestas del jet set, inauguraciones, comidas, etc, donde seguían siendo una gran atracción e incluso a veces, les pagaban jugosos honorarios solo por asistir (parece ser que la jubilación de un “ex” rey británico no alcanza para todo…).
La metáfora “como una fiera enjaulada” nunca podrá ser mejor aplicada que para describir el comportamiento de Eduardo durante su breve reinado. Por supuesto, cumplía con sus obligaciones protocolares, hasta ahí… (él nunca había deseado el cargo, además). Su mente, su corazón (y su líbido) estaban en Francia, no en Inglaterra y todo el mundo se daba cuenta de ello (sobre todo, por el monto de las cuentas de Telefónica que llegaban a Buckhingham). Algo debía hacerse inmediatamente, o toda la “mística” de la monarquía corría el riesgo de transformarse en una especie de talk-show (con embrionarios Gelblunds, Winograds y Sullersincluídos).En consecuencia, se le plantearon al monarca dos posibles soluciones, ambas perversamente “británicas” y ambas condenadas al fracaso:
1-Un tranquilo matrimonio morganático (aquel por el cual la mujer no asume automáticamente el título del marido, sino que sigue manteniendo su estatus previo al casamiento; es decir… Wallis podría ser la “esposa” del rey de Gran Bretaña, pero no la “reina” de Gran Bretaña): El “NO” de Eduardo debió escucharlo Wallis en Francia, esta vez sin necesidad del teléfono. Elrey ya había manifestado en repetidas oportunidades que era “todo o nada” y que consideraría un deshonor privar a su esposa de los títulos que le corresponderían (pero Wallis misma se inclinaba por esta solución, ya que si bien era ambiciosa, no era estúpida y sabía que para reina no daba el target).
2-Una discreta consulta a la Commonwealth (un revoltijo de naciones tercermundistas que todavía formaban parte de “El Imperio Británico” y a las que solo se tenía en cuenta para este tipo de boludeces): En el múltiple choice “ad hoc” que se les hizo llegar, se les preguntó que opinaban acerca de tener como soberana a una norteamericana doblemente divorciada, y en el caso (previsible) de que pusieran la crucecita en el casillero “Ni en pedo”, que aconsejaban que hiciera el rey al respecto (aconsejaban que el rey se acordara siempre de su “juramento” y se olvidara momentáneamente de su “bragueta”).
Así que con los resultados de la encuesta en la mano, Eduardo tomó la desición que todos se veían venir: “Señores…abdico”.
La muerte del rey Jorge V, si bien no fue algo tan inesperado, precipitó la dramática serie de acontecimientos que llevaría a su hijo y heredero, Eduardo Príncipe de Gales a subir y bajarse del trono de Gran Bretaña en el lapso de escasos 12 meses. (Jorge V muere en enero… Eduardo VIII abdica en diciembre… ¿el año?… 1936… ése fue el verdadero “annus horribilis” para la monarquía del Reino Unido… reíte de 1992, Elizabeth !!!)
Más reacciones en cadena :
ERNEST: A diferencia de lo que es habitual en estos casos, el marido no fue el último en enterarse; al contrario, el tenía como amante a su eficiente y pulposa secretaria y, suculento acuerdo económico mediante, estuvo más que dispuesto a facilitar las cosas para que Wallis quedara “disponible” (en Inglaterra, en esos años, no existía la “incompatibilidad de caracteres” como causal de divorcio, así que no quedaba otra que recurrir a uno de los motivos clásicos: la infidelidad… por parte de el, claro; el otro motivo habitual era la violencia, y eso ya hubiera sido el colmo del cinismo). En consecuencia, se escenificó una cita en un hotelucho cercano a Londres entre Ernest y su secretaria, mientras que detectivescos y oportunos fotógrafos captaban el momento justo en que los últimos de los amantes ardientes se prodigaban todo tipo de lascivas afectuosidades en el lecho.
WALLIS: Al hacerse público el pedido de divorcio introducido por Wallis, la prensa enloqueció y literalmente sitiaron el hogar de la asustada mujer. Los periodistas no eran tontos y se veían venir que todo ese asunto tenía mucho que ver con un futuro casamiento entre el rey y la norteamericana, ahora doblemente divorciada!!! El acoso, no solo de la prensa sino del público en general, fue constante e intenso y estuvo plagado de artículos fantasiosos (rozando lo difamatorio), anónimos amenazadores, cartas insultantes y gran cantidad de notas que expresaban sin atenuantes, todo el espanto popular que despertaba el objeto de amor del nuevo monarca. La ahora ex-señora Simpson no pudo soportarlo y pidió ayuda a unos amigos norteamericanos, quienes gentilmente accedieron a recibirla en el “chateau” que poseían en la costa azul francesa (nunca una prefabricada en Punta Indio)… Hacia allí entonces partió la Wallis, dejando al Eduardo sumido en un mar de confusión, de desesperación y sobre todo, de intensa furia hacia quienes el consideraba que le estaban impidiendo ser feliz junto a la mujer que amaba…
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