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UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Sin pena ni gloria

Eduardo: Su familia siempre lo había llamado David, el último de los muchos nombres que le pusieron al bautizarlo. No fue un muchacho particularme inteligente, pero no era estúpido… salvo por esa tendencia a sentirse a gusto con mujeres que lo dominaran, siendo la primera de ellas, su madre. Ella fue la única persona de la que realmente le dolió separarse y la razón principal por la que extrañaba su patria. Pero… no había nada que hacer; la reina María nunca accedió a recibir a su nuera y Eduardo murió sin haber conseguido el tan ansiado encuentro entre los dos grandes amores de su vida…

Wallis: Ya desde jovencita tuvo muy en claro que debía hacer algo dramático con su vida si quería salir de la eterna aristocrática estrechez a la que parecía estar destinada y aunque siempre fue ascendiendo colgada de algún miembro de la especie masculina, no era lo que se dice la típica “come-hombres” (sus motivaciónes eran el dinero y el status, no el sexo y el placer), era más bien una especie de “esqueleto elegante” que solo cazaba presas útiles a sus propósitos. Bueno… tan mal no le fue, si consideramos que estuvo a punto de ser coronada reina de toda Gran Bretaña !!!

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Exilio

Firmada el acta de renuncia al trono, el se rey dirigió por radio a sus súbditos con un discurso tan sentimental como cínico (aunque breve), cumplido lo cual una leve brisa refrescó el rostro de los presentes en el auditorio (levantada por el mismo Eduardo en su prisa por irse a Francia a reunirse con Wallis). El reencuentro de los tercos amantes en la Cote d’Azur fue todo lo romántico que podemos imaginar y un poco más también…

1937: Casamiento y luna de miel !!! Y qué mejor manera de mostrarle al mundo cuanto les importaba la opinión de Inglaterra que realizar una visita de cortesía a Alemania ?! La histórica foto del encuentro entre Wallis, Eduardo y Hitler se publicó en la primera plana de cada periódico mundial y todos los miembros del gobierno británico casi mueren de un infarto! Había que pensar en algo drástico, ya que evidentemente, era peligroso dejar al duque y a la duquesa de Windsor (sus títulos después de la abdicación) sueltos y desocupados al otro lado del Canal de la Mancha, así que le ofrecieron a Eduardo nada menos que el puesto de gobernador colonial de Bahamas… la misma Bahamas que, como miembro de la Commonwealth, había rechazado firmemente el matrimonio del rey (lo cual nos induce a pensar que, si bien es cierto que en todos lados se cuecen habas… en las Bahamas se cuecen “zapallos”). Al enterarse de la novedad, lo primero que hizo Wallis (práctica como siempre) fue agarrar un atlas para ver donde quedaba el lugar… Se tranquilizó al comprobar que las islas estaban muy cerca de EEUU y durante el período que la pareja ocupó la residencia gubernamental, se la pasó más en Miami que en Nassau (no confiaba en los dentistas locales, por ejemplo…).

Bueno, al final del mandato, la pareja regresó a Paris y se instaló en una coqueta residencia del boulevard Suchet (en el 16º por supuesto) y desde allí, Eduardo volvió dos o tres veces a Inglaterra, pero el helado recibimiento de sus parientes y sobre todo, comprobar que la animadversión hacia su esposa no se había atenuado, lo hicieron desistir de cualquier otro intento de normalizar las relaciones (solo regresó para morir). Así la vida de la pareja se fue convirtiendo en un eterno acto de presencia en fiestas del jet set, inauguraciones, comidas, etc, donde seguían siendo una gran atracción e incluso a veces, les pagaban jugosos honorarios solo por asistir (parece ser que la jubilación de un “ex” rey británico no alcanza para todo…).

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Abdicación

La metáfora “como una fiera enjaulada” nunca podrá ser mejor aplicada que para describir el comportamiento de Eduardo durante su breve reinado. Por supuesto, cumplía con sus obligaciones protocolares, hasta ahí… (él nunca había deseado el cargo, además). Su mente, su corazón (y su líbido) estaban en Francia, no en Inglaterra y todo el mundo se daba cuenta de ello (sobre todo, por el monto de las cuentas de Telefónica que llegaban a Buckhingham). Algo debía hacerse inmediatamente, o toda la “mística” de la monarquía corría el riesgo de transformarse en una especie de talk-show (con embrionarios Gelblunds, Winograds y Sullers incluídos). En consecuencia, se le plantearon al monarca dos posibles soluciones, ambas perversamente “británicas” y ambas condenadas al fracaso:

1- Un tranquilo matrimonio morganático (aquel por el cual la mujer no asume automáticamente el título del marido, sino que sigue manteniendo su estatus previo al casamiento; es decir… Wallis podría ser la “esposa” del rey de Gran Bretaña, pero no la “reina” de Gran Bretaña): El “NO” de Eduardo debió escucharlo Wallis en Francia, esta vez sin necesidad del teléfono. El rey ya había manifestado en repetidas oportunidades que era “todo o nada” y que consideraría un deshonor privar a su esposa de los títulos que le corresponderían (pero Wallis misma se inclinaba por esta solución, ya que si bien era ambiciosa, no era estúpida y sabía que para reina no daba el target).

2- Una discreta consulta a la Commonwealth (un revoltijo de naciones tercermundistas que todavía formaban parte de “El Imperio Británico” y a las que solo se tenía en cuenta para este tipo de boludeces): En el múltiple choice “ad hoc” que se les hizo llegar, se les preguntó que opinaban acerca de tener como soberana a una norteamericana doblemente divorciada, y en el caso (previsible) de que pusieran la crucecita en el casillero “Ni en pedo”, que aconsejaban que hiciera el rey al respecto (aconsejaban que el rey se acordara siempre de su “juramento” y se olvidara momentáneamente de su “bragueta”).

Así que con los resultados de la encuesta en la mano, Eduardo tomó la desición que todos se veían venir: “Señores…abdico”.

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Más respeto que soy tu esposo !!!



La muerte del rey Jorge V, si bien no fue algo tan inesperado, precipitó la dramática serie de acontecimientos que llevaría a su hijo y heredero, Eduardo Príncipe de Gales a subir y bajarse del trono de Gran Bretaña en el lapso de escasos 12 meses. (Jorge V muere en enero… Eduardo VIII abdica en diciembre… ¿el año?… 1936… ése fue el verdadero “annus horribilis” para la monarquía del Reino Unido… reíte de 1992, Elizabeth !!!)

Más reacciones en cadena :

ERNEST: A diferencia de lo que es habitual en estos casos, el marido no fue el último en enterarse; al contrario, el tenía como amante a su eficiente y pulposa secretaria y, suculento acuerdo económico mediante, estuvo más que dispuesto a facilitar las cosas para que Wallis quedara “disponible” (en Inglaterra, en esos años, no existía la “incompatibilidad de caracteres” como causal de divorcio, así que no quedaba otra que recurrir a uno de los motivos clásicos: la infidelidad… por parte de el, claro; el otro motivo habitual era la violencia, y eso ya hubiera sido el colmo del cinismo). En consecuencia, se escenificó una cita en un hotelucho cercano a Londres entre Ernest y su secretaria, mientras que detectivescos y oportunos fotógrafos captaban el momento justo en que los últimos de los amantes ardientes se prodigaban todo tipo de lascivas afectuosidades en el lecho.

WALLIS: Al hacerse público el pedido de divorcio introducido por Wallis, la prensa enloqueció y literalmente sitiaron el hogar de la asustada mujer. Los periodistas no eran tontos y se veían venir que todo ese asunto tenía mucho que ver con un futuro casamiento entre el rey y la norteamericana, ahora doblemente divorciada!!! El acoso, no solo de la prensa sino del público en general, fue constante e intenso y estuvo plagado de artículos fantasiosos (rozando lo difamatorio), anónimos amenazadores, cartas insultantes y gran cantidad de notas que expresaban sin atenuantes, todo el espanto popular que despertaba el objeto de amor del nuevo monarca. La ahora ex-señora Simpson no pudo soportarlo y pidió ayuda a unos amigos norteamericanos, quienes gentilmente accedieron a recibirla en el “chateau” que poseían en la costa azul francesa (nunca una prefabricada en Punta Indio)… Hacia allí entonces partió la Wallis, dejando al Eduardo sumido en un mar de confusión, de desesperación y sobre todo, de intensa furia hacia quienes el consideraba que le estaban impidiendo ser feliz junto a la mujer que amaba…

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Más respeto que somos tus súbditos !!!

Archivo:Mary of Teck 3.jpg JORGE V y MARIA



La discreción se volvía cada vez mas difícil de mantener fuera del círculo íntimo de Wallis-Eduardo y gota a gota, la noticia del flamante “affaire” del próximo rey del país, fue escurriéndose y desparramándose por todos lados. El príncipe se horrorizó cuando vió en la primera plana de todos los periódicos, su vida privada expuesta a consideración pública y procedió a increpar duramente a su secretario privado, quien con la habitual flema inglesa, admitió que se había producido una filtración (bueno, por una “filtración” así, Noé construyó su arca)

Reacciones en cadena:

LA FAMILIA: En contra. Los reyes estaban consternados. No podían entender que un “simple y pasajero asuntito amoroso” se interpusiera de una manera tan brutal en el cumplimiento de los deberes del príncipe y futuro monarca, hacia su patria; pero sobre todo, hacia la sacrosanta institución de la monarquía.

LA IGLESIA: En contra. Todas las altas jerarquías eclesiásticas habían dejado muy bien en claro que no iban a permitir que una mujer divorciada ocupara el trono de Gran Bretaña (a veces, es mejor quedarse en silencio y pasar por ignorante… que decir algo y confirmarlo). Absolutamente inflexibles, el clero llano y las autoridades no estaban dispuestos a cambiar esta postura.

EL GOBIERNO: Dividido. La mayoría desaprobaba la actitud de Eduardo, pero algunos miembros que empezaban a hacer valer su influencia (Winston Churchill por ejemplo) tenían una visión mucho más realista y estaban dispuestos a contemplar, llegado el caso, la posibilidad de un matrimonio morganático. (*)

EL PUEBLO: Dividido. Coincidiendo con la generalizada actitud gubernamental, el pueblo en su mayoría estaba en contra de la relación y lógicamente, siempre buscando un chivo expiatorio, le hechaba la culpa de todo a Wallis (como si Eduardo hubiera sido un inocente y desprevenido corderito, llevado al punto de ser devorado por una astuta, promiscua e inescrupulosa loba en celo extranjera… norteamericana, para peor de los males!!!).

(*) Se explicará el tema oportunamente.

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Ernest & Wallis & Edward & Thelma (& Freda)


Wallis, Eduardo y un perro

En los inicios de la relación, las miradas furtivas, las sonrisas cómplices y las extensas conversaciones a solas entre Wallis y Eduardo pasaron desapercibidas en el sofisticado grupo social en el que interactuaban. El príncipe “adoraba el suelo que ella pisaba”… y ella (una mujer que parecía tener agua helada en lugar de sangre corriéndole por las venas) se dejaba adorar. Esta situación no podía durar demasiado sin notarse (aunque todos fueran una partida de superficiales esnobs) y se notó cuando la extrovertida Thelma, que estaba por viajar a Estados Unidos (un problema con una de sus hijas, nada importante…) le pidió a Wallis que “cuidara” al príncipe en su asusencia (!)… Wallis le dijo que lo haría… y vaya si lo hizo !!!. Empezó por aprovechar la tarea encomendada para fijar las normas de lo que sería, de ahí en más, su compleja relación con Eduardo:

-Fuera Thelma, fuera todas las otras y sobre todo, fuera Freda! (Wallis no soportaba la competencia y era una acérrima partidaria de la exclusividad). Eduardo cumplió esto al pie de la letra, despachándolas a todas sin culpas ni remordimientos.

-Discreción frente a su marido (ella ya encontraría el momento oportuno para hablarle). A Eduardo esto le fue más difícil de aceptar, ya que él quería hablar con el marido inmediatamente.

-Regalos se aceptaban… siempre que fueran buenos regalos, dignos de un príncipe (nada de flores silvestres recogidas en el campo ni pelotudeces por el estilo). Eduardo comenzó a gastar una fortuna en joyas para su amante, cosa que hizo enfurecer a su madre y le dió (justo) motivo para catalogar a la Simpson como a una “vulgar aventurera y cazafortunas”; esa actitud de la reina no solo no iba a modificarse un ápice, sino que iba a endurecerse todavía más en el futuro.

-En casa de Wallis… únicamente mandaba Wallis (durante una cena, el príncipe le hizo una observación a uno de los criados y Wallis lo reprendió tan ferozmente frente a todos los invitados, que Eduardo solo atinó a bajar la mirada y pedir disculpas…) Ahhh, pero después de todo… ¿no era que el príncipe se excitaba mucho con esa cualidad sargentona de ella?. Así es…

Bien, ya tenemos las reglas básicas: la pareja funcionaba en base al rigor de ella y a la docilidad de él… pero como ambos estaban de acuerdo… que problema había? Ninguno, salvo que Eduardo era el heredero al trono británico y se esperaba a alguien más “enérgico” para ese rol… no a un perrito faldero!!!.

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La señora y sus maridos

Wallis Warfield (la Wallis para los íntimos) nació en Baltimore allá por junio del año 1896 en el hogar de una distinguida (pero venida a menos… a mucho menos) familia estadounidense y es justo ahí donde hay que empezar a rastrear los orígenes de la desmedida ambición que iba a mostrar la señora en el futuro.

Cuando saltó a la “popularidad” se dijeron de ella las cosas más disparatadas, siendo la que sigue una lista solo a título ejemplificativo: Hija ilegítima – Espía de la KGB – Amante de encumbrados jerarcas nazis – Prostituta de Hong Kong – Lesbiana y ninfómana (a la vez) y… los “cargos” se vuelven aún más retorcidos. Lo concreto es que el aspecto severo, el porte envarado, el carácter rígido y la total falta de una belleza convencional, no le restaban atractivo para el sexo opuesto (como también se había rumoreado que era hermafrodita, se torna algo dificultoso determinar cual era “su” sexo opuesto).

Marido Nº 1: Win Spencer, un oficial de marina con una carrera prometedora y, sobre todo para ella, un medio de escape de su ciudad natal. El marino resultó ser un fiasco alcohólico y malhumorado y Wallis, que no era excesivamente tolerante con el fracaso ajeno, lo abandonó sin lágrimas ni contemplaciones.

Interludio: En los seis años que vivió sola en Washington, tuvo varios amantes. En esa época, ellos no eran un club exclusivo, pero todos eran influyentes, adinerados y por supuesto, no podía faltar en el nutrido grupo… un diplomático compatriota nuestro!!! (ya desde entonces, los argentinos estábamos buscando mantener relaciones carnales con los EEUU…).

Marido Nº 2: Ernest Simpson, integrante de una adinerada familia naviera inglesa-norteamericana, significaba para Wallis seguridad económica y respetabilidad social (sobre todo, esto último). Establecieron su residencia en Londres y comenzaron a frecuentar los círculos sociales más elevados; fue justamente dentro de esos círculos donde el matrimonio se relacionó con la encantadora Thelma Furness, de quien se hicieron amigos, sobre todo Wallis… y casualmente en una cena de gala en su casa, la pareja conoció al príncipe (era el amante de la anfitriona). El encuentro entre Eduardo y Wallis no fue como la erupción de un volcán, pero seguramente algunas chispitas saltaron (pensemos que para Eduardito, Wallis reunía todos “esos” factores erotizantes que buscaba siempre en las mujeres y para Wallis, él era el heredero al trono británico (!!!); es decir, el máximo trofeo con el cual satisfacer su ambición).

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Los amores de un rubio

Freda

Thelma y su hermana, Gloria Vandervilt

La primera relación afectiva importante para Eduardo (tuvo dos) antes de conocer a Wallis fue con la imponente Freda Dudley Ward… una dama engañosa, ya que con ese nombre, uno podría pensar que era un bagallo difícil de contemplar más allá del saludo de rigor; no era así… Freda era un belleza, dueña de un rostro enérgico y atractivo, porte aristocrático, inteligencia aguda… y saben qué…? venía con un marido y dos hijas !!! El príncipe estaba encantado y llegó a querer tanto a la madre como a las dos niñas (no, no era pedófilo; cada una recibía una clase distinta de afecto). Pasaban mucho tiempo juntos y cuando él debía irse al extranjero por compromisos oficiales, le escribía largas y detalladas cartas contándole las alternativas del viaje y sobre todo, cuanto la extrañaba (una de esas cartas fue enviada desde Buenos Aires, donde Eduardo estaba de visita y a juzgar por la cara de embole que tiene en las fotos… ninguna podría calificar como “un momento Kodak”). El siempre volvía a Freda, quien lo escuchaba, le daba consejos y sobre todo, le dejaba clarísimo que ella a su familia, no iba a abandonarla por nada del mundo y eso lo incluía a el.

La segunda relación significativa fue con Thelma Furness… Esta ya tiene nombre de putona, y en cierto modo lo era… pero al modo “high-class” inglés (una dama puede acostarse con su chofer, pero nunca ir a cenar con el). Por supuesto, también era esposa y madre… e involuntariamente, se convirtió en el nexo entre el Príncipe de Gales y la señora Simpson, al presentarlos.

Es apasionante imaginar lo que hubiera pasado si esa reunión nunca hubiera tenido lugar (la historia de Inglaterra habría sido algo distinta y Diana Spencer hubiera sido maestra jardinera hasta su jubilación). Eduardo amaba a Thelma por su belleza y por su libertad, pero… de quien nunca se alejaba era de Freda; la dama lo tenía cautivado y el necesitaba compartir “tiempo de calidad” con ella, más allá de que el sexo lo reservara para la voluptuosa Thelma. A todo esto… y los inopinantes esposos?! Cómo se bancaban la atención del heredero al trono hacia sus respectivas consortes?… Pues, divinamente!!! Para ellos era un gran honor, casi como si la cornamenta fuera una especie de “condecoración” no oficial, (pero aún prestigiosa) y no tenían inconvenientes en hacer alarde de ella. Claro que eran ingleses y aristócratas… La cosa cambió un poco cuando el turno de ser “condecorado” le llegó a un marido mitad inglés, pero mitad norteamericano… y plebeyo hasta la suela del zapato!!!.

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

El principito de Gales

Archivo:A022344.jpg

Cuando nace el heredero al trono de Gran Bretaña, le cuelgan del cuello (cada uno atado con su propia cintita “bebé”) un chupete, un sonajero y un título (aunque no necesariamente en ese orden). No voy a ponerme a explicar que es un chupete o un sonajero, pero el título merece unas palabras: la criatura solo tiene derecho a llevarlo si es un varón, ya que si es una mujer, solo puede adquirirlo (y generalmente, le sale bastante caro) casándose con el original portador de derecho (que pasa en el caso de que el recién nacido sea un bebé homosexual, es aún motivo de acaloradas e irresueltas polémicas constitucionales).

Por supuesto, el título en cuestión es el de “Príncipe de Gales” y nadie encarnó el ideal de príncipe azul de cuento de hadas como Eduardo, el hijo del que pronto sería el rey Jorge V y su esposa María. Nació en 1894 y con su abundante cabello rubio dorado, sus melancólicos ojos azules, su físico atlético y su carácter afable, se convertiría en el soltero más codiciado y en el mejor candidato a marido del mundo (para las pendejas, una especie de Brad Pitt pero con mucha más guita para gastar). Queda claro entonces que el chico era una especie de magneto para las féminas: niñas, jóvenes, maduritas y jovatas… todas morían por llamar su atención… lástima para la mayoría de ellas que al Eduardito solo le atraía un único tipo de mujer: que anduviera en la treintena, en lo posible que tuviera un carácter autoritario y que fuera casada (esto último era no negociable).

Claro que el hecho de que sus múltiples conquistas estuvieran supuestamente “no disponibles”, las volvía ante sus ávidos ojos tremendamente atractivas, ya que niguna le iba a hinchar las bolas con eso de “ay esperemos hasta la noche de bodas”.

Además el muchacho no tenía ninguna intención de casarse, pues se tomaba bien en serio los beneficios de su posición (no tanto así las obligaciones) y se pasaba la vida de joda en joda, chupando, fumando, garchando, viajando por el mundo entero, todo por cortesía del trono (pueblo) británico. Sus majestades reales (o sea, “pá” y “má”) estaban empezando a preocuparse por este playboy alocado e irresponsable que les había tocado en suerte como hijo y heredero, pero por el momento, no había mucho que pudieran hacer; sobre todo el viejo, que había sido bastante putañero en sus años mozos y había tenido algo más que un “touch & go” con cierta “vedetonga” de la bella época…

UN AMOR REAL: Eduardo VIII y Wallis Simpson

Así parece nomás… En la última época de los matrimonios arreglados de acuerdo a las conveniencias políticas, florece de pronto un amor “real” o verdadero podríamos decir… ¿ Pero fue de parte de ambos integrantes de la pareja…? ¿ Era esa escandalosa pasión, un sentimiento mutuo…? ¿ El rey solo abdicó para estar junto a la mujer amada…?. Todo eso lo vamos a ir descubriendo juntos en esta nueva serie sobre la monarquía, que tuvo por supuesto sus aspectos archiconocidos, pero también… dejó bastantes “cabitos sueltos” acerca de los cuales es muy divertido especular y sacar las conclusiones más extravagantes. Desde ya les pido, a todos los que van a seguir leyendo la historia, que se saquen de la cabeza esa estúpida frase que siempre se relaciona con este jodidísimo y devastador episodio para la Casa de Windsor : “Mi reino por un amor”. Esa frase se la sacó de la galera un periodista devenido guionista de cine (que se hizo multimillonario escribiendo la saga), apropiándosela de Shakespeare en una especie de usufructo permanente y parafraseándola de su genial obra “Ricardo III”. (La frase original es “Mi reino por un caballo”). Pero por más romántica que parezca, semejante tontería nunca fue pronunciada por el rey y mucho menos en esos momentos en que la atónita sociedad, las desorientadas instituciones y sobre todo la espantada monarquía británica, estaban atravesando (como espectadores y como protagonistas) el acontecimiento más dañino que tuvieron que soportar en el trascurso del siglo XX (si hacemos la comparación, todo el asuntito ese del escabroso entuerto pasional entre el terceto “Diana-Carlos-Camila” parece un vulgar poroto de soja). Bueno… ya mañana largamos con el primer ingrediente de esta ensalada, que tiene un poco de todo: realeza, religión, pasión, amor, odio, lujuria, egoísmo, traición, y por si fuera poco, la abdicación al trono más importante del mundo !!!


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