NECESITAMOS UN CAMBIO

                 Muchas veces me he preguntado en vano qué es lo que nos aqueja como Nación, qué oculta adversidad nos mortifica y nos hace padecer, qué es lo que nos impide gozar de todos los privilegios con que la Naturaleza nos obsequió para que nos transformemos en el país más feliz del planeta. A veces, me he planteado que quizá esa abundancia extrema nos transforme en una comunidad de indolentes, total, los campos siguen produciendo cosechas superlativas sin que la mayoría de nosotros mueva un simple dedo. ¡Qué sería de los suizos, o de los japoneses, casi sin recursos naturales, si no se rompieran el lomo cada día para superar el entorno adverso que los aqueja! Pero nosotros estamos al margen de eso. Los gobiernos pueden hacer los mayores desaguisados, pero siempre viene la cosecha y, como esos ceniceros equilibristas, terminamos más o menos bien parados.

              Pero, ¿por qué nos sucede eso? ¿de dónde proviene esa contrariedad esencial? Después de mucho meditar, he sacado mis propias concusiones. La causa de nuestro inconformismo consuetudinario es que estamos aquejados de un trauma, que nuestro inconsciente colectivo sufre un desequilibrio por algo acontecido en el pasado, que nos agobia pero que no tenemos en claro de qué se trata. Ni más ni menos que un complejo psicoanalítico individual, pero ahora generalizado.

              Pues bien, mi conclusión es que lo que nos desasosiega es que, según nuestro yo colectivo profundo, deberíamos ser una Monarquía y no una República. Es lo que todos visceralmente deseamos, aunque no lo tengamos nada en claro. Entonces,.vivimos a contramano de nuestros más ocultas inclinaciones, una ficción, contrariando nuestros auténticos y profundos impulsos.

               Y claro, con semejante mochila a cuestas, no se puede vivir bien, no se puede disfrutar, porque hay una sombra negra escondida que acecha nuestra conciencia.

                He llegado a esa tal vez sorprendente conclusión, para comenzar, recordando que algunos de nuestros grandes hombres del siglo XIX, los gestores de nuestra independencia, en los albores de nuestra nacionalidad, pensaron como forma de gobierno precisamente la monarquía. Unos proponían un Rey de origen incaico, otros, importar algún encumbrado príncipe de una corte más o menos vecina. De todos modos, lo concreto es que estos héroes de nuestra Historia, que conocían bien el paño, suponían que la monarquía, en alguna de sus variantes, era nuestra mejor solución de gobierno.

                Sin embargo, las corrientes foráneas de pensamiento embriagaron a nuestros jóvenes intelectuales de aquellos tiempos, que, como siempre, estaban demasiado atentos a la moda extranjera, y se entusiasmaron con los fulgores de la Ilustración y de los principios de la Revolución Francesa. Y tanto fue así, que nuestra Constitución del año 53, bajo la influencia de don Bautista Alberdi, es un remedo de la Constitución norteamericana. Claro que omitieron un detalle. Nuestra idiosincrasia poco tiene que ver con la de nuestros vecinos del norte, pero esa era una simple nimiedad.

                Y bueno, desde ese entonces pretendemos caminar con un calzado número 42 cuando lo que necesitamos es un 45. Y así nos va. Por mucho que metamos los zapatos en una horma para estirarlos, siempre nos quedan ajustados.

                  Claro que usted se preguntará que pruebas poseo para emitir semejante aserto. Pues muy sencillo. Analicemos nuestra historia más o menos reciente. Salvo casos excepcionales, los gobiernos elegidos democráticamente han tenido en común que el Poder Ejecutivo en ejercicio ha intentado manejar a los otros dos Poderes como anexos suyos, con lo que la famosa división de esos poderes, esencial para el sistema democrático, republicano y federal, se ha ido un poco al traste. En síntesis, que hemos vivido bajo el imperio de monarquías absolutas más o menos disimuladas, más o menos maquilladas. El tipo que agarra la Gran Manija, la quiere toda para sí, y no le gusta compartirla.

                  Pero, ¿es que el pueblo no se dio cuenta de tamaña circunstancia? Pues claro que sí. Pero a nadie le importa. ¿Y por qué es esto? Porque casi todos aceptan que esa forma de manejar los asuntos del Estado es la que mejor le calza. Es decir, que sean unos pocos iluminados que se ocupen de los asuntos públicos, y nos liberen al resto de andar metidos en cosas que no entendemos. Nos basta con que podemos conducir las Sociedades de Fomento o elegir las autoridades de nuestro club de barrio, y listo. Mientras podamos comprarnos algunos electrodomésticos o cambiar de vez en cuando el auto, o hacer un viajecito, está todo en orden. Y a otra cosa mariposa. ¿Para qué complicarnos?

                   En definitiva, que somos todos monárquicos en un rincón del corazón.

                   Por lo antedicho y fundamentado, y para superar ese trauma que nos carcome a los argentinos pero del cual poseemos poca noción, tenemos que hacer un acto colectivo de constricción y aceptar nuestra verdad profunda.

                   Por lo tanto y con el debido tiempo, sin apresuramientos nefastos, debemos ir adaptando nuestras instituciones a esa realidad esencial.

                    Ah. Conste que, aunque soy yo quien ha echado meridiana luz sobre esta cuestión básica, me conformaré con que se me conceda un simple y modesto Ducado.

 

Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDEZ PRADA (www.losgomez.com.ar)

VIVIR EN EL FUTURO

El título en realidad implica una contradicción: solo se vive en el presente. Pero también es cierto que muchas personas supeditan ese presente a lo que pueda acontecer en el futuro. Es decir, postergan el disfrute de lo actual en aras de algo que se espera podrá suceder más adelante, y que se constituiría en la hipotética sede de la felicidad. Así como en la economía se ahorra, privándose hoy de ciertos bienes, en función de conseguir un determinado rédito para el futuro, también se intenta hacer eso en el terreno espiritual. 
               Pero mientras que una inversión monetaria suele tener un resultado más o menos previsible, una de orden espiritual suele ser muy incierta en cuanto a sus consecuencias. Aceptar vivir en medio de un cierto desasosiego sin intentar ahora modificarlo, con la esperanza de que más adelante todo puede mejorar, o con la ensoñación de imaginarnos mejores tiempos venideros, es simplemente dilapidar lo único que tenemos de valioso, y que es el momento presente. A esa actitud yo la defino, creando un neologismo, como “futurizar”  En cierta medida, esta forma de actuar es propia de las religiones, que propician resignarse y aceptar el mal presente como una forma de obtener el pasaje a un incierto paraíso.
                 Si bien es cierto que en ciertas situaciones extremas y irremediables solo podemos acudir a la ensoñación como modo de afrontar ese presente ominoso, en las condiciones corrientes de la vida no queda otra alternativa que buscar la felicidad acá y ahora.

Roberto E. Fernández Prada (www.losgomez.com.ar)

ÉTICA Y SOCIEDAD

Todo grupo de personas que convive, aun con un mínimo de dos, necesitan de ciertas reglas que les facilite la vida en común. En este caso extremo, suelen ser pautas que se decantan con el tiempo, sin necesidad de que sean explícitas. En el caso de un matrimonio, pasado los ardores iniciales, se va sedimentando de a  poco entre las partes, ya sea por costumbre o por acuerdo mutuo, pautas que facilitan la vida en común. Por supuesto que ellos serán el resultado de la interacción de los respectivos temperamentos y costumbres, y en cada  matrimonio esas pautas serán distintas. Es una equilibrio inestable que deberá ajustarse con el paso del tiempo para adaptarse a los naturales cambios personales. Si en un momento ese equilibrio se altera, se puede llegar a la rotura de la relación.
                    Cuando hablamos de sociedades organizadas, estamos en presencia de una situación infinitamente más compleja, que exige diversas regulaciones para que la convivencia no solo sea posible, sino que optimice el funcionamiento en común en aras del bienestar general. Claro que aquí no bastan la coincidencias de ideas para posibilitar el éxito, sino que, dada la variedad de situaciones, se hace necesario normalizar, y de ahí surge la necesidad de la leyes.
                      Así es que las normas de una sociedad, de la Constitución para abajo, estructuran el andamiaje que regula el entretejido social. Ellas tratan de contemplar la múltiples facetas que devienen del interaccionar de la una sociedad organizada, y que abarcan el plano civil, comercial y criminal.
                       Pero ahora bien, las leyes constituyen los ladrillos que conforman ese edificio virtual en el que se ampara ese comunidad para funcionar en forma orgánica. Sin embargo, siguiendo el símil utilizado, esos ladrillos por sí solos no aseguran el equilibrio de la estructura, sino que es imprescindible la argamasa que los una de modo que formen un conjunto sólido y que, además, sellen los intersticios entre ellos para evitar la entrada del agua y el viento. En el plano social, esa argamasa que solidifica el tejido social es la ética y la moral, y, en un sentido amplio, las pautas de convivencia. Sin una comunidad de normas en ese plano, entre las diversas leyes siempre habrá un resquicio donde se filtren los malos propósitos, llámese corrupción, ambiciones personales desmedidas, incapacidad, amiguismo, venganzas, etcétera, etcétera.
                        En muchos grupos sociales actuales, donde están caducas casi todas las reglas morales o religiosas superiores, la gran pauta que impele a los hombres es puramente económica, porque es el éxito material el que mide socialmente el triunfo de una persona. La función pública de origen político acerca a muchos ciudadanos a la posibilidad del manejo directo e indirecto de ingentes sumas de dinero. Como el ejercer esa función con probidad, con honestidad, sin favoritismos espúreos,  ya no constituye un blasón para exhibir, un honor para nadie, las personas carecen de los frenos interiores que limiten naturalmente sus apetencias.
                       El dictado de leyes y normas para combatir la corrupción no hace más que crear un tejido complicado y con mil fisuras en las que fracasa todo intento de depuración y termina enturbiando en vez de aclarar el panorama. Ya lo dice el vejo refrán: “hecha la ley, hecha la trampa”.
                       Los países que menos corrupción ostentan alcanzan esa condición no por la perfección de sus leyes, que cualquier otro país podría copiar, sino por la convicciones de su población, no tan fácil de imitar. Estas suelen ser pocas y claras, y son aceptadas por la sociedad. De allí deviene el éxito de esas naciones. Esas convicciones son producto de la educación en sentido amplio y de los ejemplos de los mayores y de las clases dirigentes.
                      Citemos algunas: 1) la moral como principio básico, 2) la honradez, 3) la puntualidad, 4) la responsabilidad, 5) el respeto a la ley y a los reglamentos, 6) el respeto por el derecho de los demás, 7) su amor al trabajo, y otras pocas más. Como se puede observar, no se trata de principios sublimes, sino comunes y corrientes en una sociedad sana.
                      ¿Y cuál es la situación en nuestro país? Absolutamente crítica. Nos domina en forma creciente el relativismo moral en las clases medias y altas, y el lamentable principio de que “si no lo hago yo, lo hará otro en mi lugar”, para justificar trapisondas.
                       En las clases bajas, las carencias materiales las lleva al vale todo para poder sobrevivir, aceptando prebendas y vendiendo el alma al diablo.
                        Los niños y jóvenes tienen sus fuentes de educación, que son: la escuela, degradada por cien razones; las familias, cuyas estructuras han sido menoscabadas y cuyos únicos fines parece constituirse en la procreación y en la satisfacción de las necesidades materiales de sus componentes; la televisión, de la que mucho no se puede esperar; y los “ejemplos” de amplios sectores de la clase dirigente, que hacen un manejo discrecional de las leyes y una meta de sus apetitos personales.
                        A veces se puede pensar sobre si, a diferencia de otros países sin recursos materiales, que necesitan del orden pleno para sobrevivir y prosperar, como Japón,  Suiza, Finlandia, etcétera, el poseer grandes recursos naturales como en nuestro caso, que absorben sin grandes inconvenientes los desaguisados de la dirigencia sin caer en la indigencia plena, no es el causante de este desorden social en que nos debatimos, que nos permite subsistir pero no progresar.
                        Realmente, un triste panorama que nos hace presumir que seguiremos debatiéndonos en la mediocridad que nos domina. 

Roberto E. Fernández Prada (www.losgomez.com.ar)

INCONFORMISTAS FISONÓMICOS

               En tiempos no muy lejanos, los hombres presentaban a sus congéneres y durante décadas, más o menos la misma a facha, con las variaciones propias que los años iban acumulando. Era lo lógico: de a poco, las arrugas se van asimilando a surcos en los potreros, el pelo se ralea o se esfuma y, en los más afortunados, se blanquea. El que lucía bigote, si por alguna circunstancia fortuita se lo tenía quitar, dejaba en el desconcierto total a su propia madre y otros allegados, acostumbrados como estaban a verlo con el pelambre hirsuto desplegado debajo de la nariz.
           La peinada también permanecía inalterable por lustros, y solo la modificaba la inevitable fuga de chapas que acarrean los años. Y los pocos pelos postreros debían arreglárselas para ir cubriendo la superficie que otrora tapaba toda la porra.
            Es decir, el que se peinaba con raya a la izquierda, o al medio, o a la derecha, o  tirante para atrás, o con jopo, o flojo o tipo indio navajo, persistía en el diseño hasta quedar hecho un nabo. Los que eran víctimas de alopecia, claro, estaban al margen de estas tribulaciones.
           Por otro lado, es cierto que contemplando fotografías tomadas con diferencia de diez años, ya se apreciaban los forzosos cambios. Pero, en la generalidad de los casos, las variaciones de fisonomía en el día a día eran totalmente imperceptibles. Cuando se cumplía 18 años, uno se sacaba una foto para la libreta de enrolamiento, la que permanecía en ella sin modificaciones por mucho tiempo, hasta que el documento se transformaba en puros flecos. Y solo en los tramos finales de la existencia, uno apreciaba qué bonito era cuando era joven y cuan chatarra era ahora.
           Los tiempos han cambiado y ahora los más o menos jóvenes se aburren pronto de su propia imagen y acuden a cambios estéticos para poder tolerarse frente al espejo. Entonces, un día tendrán colita en la nuca, otro estarán rapados, otro, tendrán una gran melena. Lo mismo para la barba: se pasará de la frondosa tipo Karl Marx a la perita tipo Lenín, o a ser lampiño como un monje tibetano, o a mostrar los mostachos de un napolitano o las anchoitas tipo villano de las películas de gansters. No hace tanto, mostrar una barba crecida de cuatro días implicaba estar entregado a la molicie y al desaseo; en cambio hoy, es estar a la rigurosa moda. Lo patético es que estas transiciones ocurren de un momento para otro.
             Claro que el ser humano tiene una tremenda capacidad de adaptación. Si ahora me preguntaran cuál era el último “look” de mi hijo, sería incapaz de describirlo, y si lo veo adornado de esos súbitos cambios, no los notaré, pero mi subconsciente lo reconocerá igual, ya no por su aspecto exterior, sino como un pingüino a su polluelo entre miles, un perro a otro, o una ballena a otra, con la ayuda del plano más profundo de la mente.
             El advenimiento de la fotografía digital y la proliferación de imágenes registradas, permitirá a los adultos jóvenes aleccionar a sus futuros hijos de que todos esos extraños individuos que aparecen retratados en fiestas, casamientos, velorios, carreras pedestres, etc, con las más variadas presentaciones, son siempre su mismo padre. 

Roberto E. Fernández Prada  (www.losgomez.com.ar)

ESA INDENTE MONTAÑITA DE CARNE

El pezón es una parte de la anatomía humana, que en los hombres cumple un papel puramente decorativo, no así en las mujeres. En estas, es la vía de salida del líquido que producen las glándulas mamarias, o leche, alojadas en los senos, para alimentar a sus crías, es decir, a los bebés. En ese período de lactancia, que coincide con el de parto y meses posteriores, es la mejor fuente de nutrición para la criatura, y la mujer no tiene empacho en alimentar a su cría donde sea que se encuentre mostrando sus pechos, haciendo caso omiso a la presencia de terceros desconocidos. Aquí, el instinto se sobrepone al natural pudor.
                   Finalizado ese período, el seno, y en particular el pezón, vuelve a transformarse en un elemento erótico que normalmente debe ocultarse. La gran pregunta es por qué sucede esto. En última instancia, constituye una parte imprescindible del seno que no se puede obviar. Sin embargo, casi todo el resto del seno es casi siempre mostrable, pero no esa montañita de carne, definida como pecaminosa. Sin embargo, es parte inseparable del pecho y, si se lo ve como un elemento erótico, también lo es el resto del seno. Antaño, en tiempos en que los implantes mamarios eran de ciencia ficción, la mujer dotada de senos opulentos naturalmente concitaban la atención y el deseo de los hombres, sin discriminar los pezones. Hoy día, cuando aumentarse el volumen de los pechos es moneda corriente, que yo sepa nadie modifica sus pezones.
                   Pensar en un volcán sin su chimenea es no pensar en el volcán completo; así también pasa con el pecho. En los desnudos de las obras de arte plásticas clásicas, a ningún artista se le ocurría eliminar u ocultar el  pezón, como suele ocurrir con los órganos masculinos.
                    Es dable ver en playas, en espectáculos revisteriles y en otros muchos lugares, mujeres con los pechos al aire, pero con el mínimo pezón cubierto con algún medio, con lo cual, aparentemente, pierden su condición de pecaminoso y dejan a salvo su pudor. ¿En que cambia la situación?, lo ignoro. En la televisión, cuando se muestra una mujer desnuda por cualquier circunstancia no artística, se recurre el borroneo de la imagen en los puntos críticos. En el seno, el pezón estimulado puede generar sensaciones eróticas, pero también sucede, en menos medida, en el resto de él y en otras partes comunes de la anatomía como, por ejemplo, la nuca.
                     Las aborígenes que todavía en las zonas tropicales del planeta deambulan casi desnudas, tienen los pechos expuestos sin disimular los pezones.
                     Entonces y para finalizar, en la sociedades occidentales, sin que haya cuestiones racionales de por medio, esa mínima montañita de carne que es el pezón, que entra solo en función para amamantar, mostrarlo constituye uno de los tabúes que, por lo menos a mí, me intriga sobremanera. 

Roberto E. Fernández Prada (www.losgomez.com.ar)

MARADONA Y EL AVE FÉNIX

A esta altura de los tiempos resulta sumamente difícil decir algo novedoso sobre Diego Armando Maradona, personaje que, ya sea por motivos deportivos o personales, ha acaparado la atención de los argentinos en los últimos 30 años. Futbolísticamente, hace tiempo que está entronizado con toda justicia en el Olimpo de ese deporte y sobre ese tema ya no hay nada que agregar. En todo caso, que a sus cincuenta años, con  sobrepeso y todo, sigue maravillando en Sudáfrica por la justeza de su pegada en los entrenamientos.
                  En lo que hace al terreno personal, la vida del Diego ha sido cuanto menos complicada, pero lo que se ha mantenido incólume en medio del fragor de sus cambiantes vivencias, es su amor por sus padres y por sus hijas.
                  Ha sufrido los embates de la droga, de lo cual parece estar, por suerte, recuperándose. Sin embargo, durante muchos años, esa incontrolable adicción lo llevó a pasar, alternativamente, del cielo al infierno.
                   Todos recordamos las grandes crisis que padeció. Cuando tuvo un grave episodio en el Uruguay, se dijo que su vida pendía de un hilo y que su corazón presentaba graves deficiencias que limitaban y condicionaban notablemente su actividad. Y, cuando ya todos creíamos que se retiraba a cuarteles de invierno, resurgió de sus cenizas como el Ave Fénix y lo vimos desarrollando actividades físicas incompatibles con los dramáticos diagnósticos médicos. Es así que integró como estrella principal los equipos de fútbol rápido con otros veteranos de renombre, y esta actividad la extendió a otros países del continente como principal protagonista.
                    También recordamos que, no hace tanto, fue recluido, bajo la tutela de un juez en una clínica, por un tiempo prolongado. Cuando reapareció, era un hombre excedido de peso, con dificultades para hablar, con su natural empuje doblegado. Allí también todos pensamos que su ciclo se había terminado.
                      Pero no. Se sometió a operaciones, rebajó de peso, recuperó su ánimo y su temple avasallante y comenzó a remontar de nuevo la adversidad que, debemos reconocer, él mismo se ha generado en gran parte. Ese impulso lo llevó finalmente, contra viento y marea, cuestionado por muchos, a postularse y asumir la dirección técnica del seleccionado nacional de fútbol. Al principio, los resultados de su labor con el equipo no fueron convincentes, pero siguió firme en su propósito, haciendo caso omiso de las críticas.
                       Hoy está en Sudáfrica, en pleno desarrollo del campeonato mundial de fútbol, la competencia deportiva mundial que acapara el mayor interés. Se lo ve más reposado, más medido y, más allá de sus aciertos o no, busca por todos los medios dar confianza y respaldo a sus dirigidos. Además, es para el público una atracción dentro del mismo campeonato.
                        Si bien las expectativas en este momento son favorables para nuestro equipo, nadie tiene la certeza de quién ha de ser el ganador. Mientras tanto, allí está airoso Maradona, en medio de ese torbellino que es el campeonato mundial de fútbol.
                         Ese hombre que tantas veces parecía doblegado, más que nada por sus propios errores, ha sabido renacer de cada crisis sin darse por vencido, y hoy vuelve a estar en la cúspide. Claro que, tratándose de él, nadie puede asegurar nada sobre su futuro.
                          Sin embargo, la gran noticia de este Maradona, de vida tan turbulenta, es que, una y otra vez, ha sabido emerger de las profundidades más aciagas y remontar las mayores adversidades, lo que, convengamos, no es poco.
                           Es, sin duda, en versión argentina, la reedición de la mitológica Ave Fénix.

 

Roberto E. Fernández Prada  (www.losgomez.com.ar)

DISCUSIONES DE PAREJA

En toda pareja las diferencia de criterio son más o menos corrientes, y estas se dirimen a través del debate. Claro: no es una discusión donde se busca la verdad sino tratar de derrotar al adversario, para lo cual hay que valerse de cualquier recurso.
Cuando hay un diferendo entre hombre y mujer, su desarrollo nada tiene que ver con lo que se observa en las novelas televisivas o en el cine. En estas, cada parte oye exponer a la otra su argumento, dicho en forma enérgica pero con mesura, y se van alternando en el debate siempre con  respuestas pertinentes.
La realidad es muy otra, en especial porque la mujer no soporta que le repliquen con razones contundentes. Entonces, pierde de inmediato la calma y contesta con lo que primero se le viene a la boca, aunque nada tenga que ver con la cuestión a dilucidar. La cuestión es VENCER.
De ninguna manera pretendemos justificar la violencia masculina, pero el manejo que hacen las mujeres de los argumentos en un debate es capaz de hacer perder la cordura y el equilibrio a un San Francisco de Asís.
Aquí, trataremos de reproducir sin exagerar una discusión real entre hombre y mujer. El varón en cuestión no es un hombre violento y mucho menos golpeador. Por el contrario, es un tipo pacífico al que lo llevan al extremo de la exasperación. Y este diálogo asemeja en su estilo a los que se producen en una pareja.
                                  
–Hola, querido.¿Ya llegaste?—(beso)– ¿Te acordaste de pasar por la zapatería para retirar mis zapatos?
–Hola—responde él, mientras guarda el paraguas empapado y cuelga el piloto mojado. –¡Ay! ¡Qué cabeza la mía! Me olvidé.
–¡Pero che! ¡Otra vez!
–No. Lo que pasa que estuve a las corridas. Mi mamá me había encargado que retirara sus remedios oncológicos del sindicato: los necesitaba con urgencia. Y vos sabés como son los sindicatos. Me dieron mil vueltas.
–¡Claro! De los remedios de la vieja te acordás, pero no de mis zapatos.
–Tenés razón. Soy un cabeza hueca. Pero, de todos modos, tenés otros pares para usar.
–¡Claro! Todo lo de la arpía de tu vieja es importante y a mí, que soy tu esposa, que me parta un rayo.
–No. No. Me olvidé sin ninguna mala intención. En el trabajo estoy a mil, el tránsito está  insoportable y termino el día molido. Entonces me suceden esas lagunas.
 –Siempre con pretextos vos! Como cuando nos casamos y no dejaste que invitara a la prima de una amiga del esposo de una tía.
–Pero. ¿Con qué me salís? Aquello fue porque de mi parte apenas éramos seis familiares y de la tuya como cuarenta.
–Sí. Claro. Pero a tu primita la divorciada bien que la invitaste.
–Pero, por favor. Si con ella nos criamos juntos. Además, todo eso pasó hace quince años. ¿Qué tiene que ver con tus zapatos?
–Claro. No. Nada. Que la loca de tu primita quería engancharte.
–¿Y eso? ¿De dónde lo sacaste?
–¡No te hagas el tonto, que bien que te gustaba!
–¿Mi prima?
–Sí …tu prima.
–Pero si hace diez años que no la veo y tengo entendido que se casó y tiene como cuatro hijos.
–Ves. Ves que tengo razón. ¡Mirá cómo sabés cuantos chicos tiene! ¿Cómo te preocupa, eh?
–Pero, no. El otro día me encontré con mi sobrino Enrique y me estuvo contando de la familia.
–¿Con Enrique? Flor de tránsfuga ese. Era tu compinche de correrías. Además, es un estafador.
–¿Estafador
–Sí. No te hagas el tonto porque salió en los diarios y todo.
–Pero el problema fue en la inmobiliaria en la que trabajaba. Él no intervino en el asunto. Además, al poco tiempo la justicia sobreseyó a inmobiliaria.
–Claro. Vos defendelo. Le habrán tirado unos mangos al juez.
–¡Pero de dónde sacás todo eso?
–Claro. Ahora decime que estoy piantada. Lo que falta.
–Yo no dije eso.
–Pero lo pensaste…
–Claro. Ahora leés el pensamiento. Justo eso pensé –El hombre, que no sabe como salir del embrollo, comienza a restregarse nerviosamente las manos.
–Bueno. Terminemos con esta pavada. Vamos a comer algo que no pruebo bocado desde la mañana.
–Mirá. Si querés comer hacete un huevo frito. Yo no soy tu sirvienta. Encima que me ninguneás, te voy a andar cocinando. ¿Por quién me tomaste? ¿Por estúpida?
Entonces el hombre, en el colmo de la exaltación, toma un pan felipe y se lo tira por la cabeza.
Ella, desaforada, comienza a pedir auxilio a los gritos porque la están matando. Sale corriendo a llamar por teléfono al número de la entidad que agrupa a las mujeres golpeadas, etc, etc, etc.

El diálogo anterior es pura ficción, pero la esencia no. Yo, por menos, lo viví con mis parejas.
Les ruego me hagan saber qué opinan sobre lo que sostengo, y les pido que lo consulten con sus amigos a ver qué piensan ellos y qué experiencia han tenido al respecto.
Gracias.

Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDEZ PRADA ( www.losgomez.com.ar )

INCONFORMISTAS FISONÓMICOS

En tiempos no muy lejanos, los hombres presentaban a sus congéneres y durante décadas, más o menos la misma facha, con las variaciones propias que los años iban acumulando. Era lo lógico: de a poco, las arrugas se van asimilando a surcos en los potreros, el pelo se ralea o se esfuma y, en los más afortunados, se blanquea. El que lucía bigote, si por alguna circunstancia fortuita se lo tenía que quitar, dejaba en el desconcierto total a su propia madre y otros allegados, acostumbrados como estaban a verlo con el pelambre hirsuto desplegado debajo de la nariz.

           La peinada también permanecía inalterable por lustros, y solo la modificaba la inevitable fuga de chapas que acarrean los años. Y los pocos pelos postreros debían arreglárselas para ir cubriendo la superficie que otrora tapaba toda la porra.

            Es decir, el que se peinaba con raya a la izquierda, o al medio, o a la derecha, o  tirante para atrás, o con jopo, o flojo o tipo indio navajo, persistía en el diseño hasta quedar hecho un nabo. Los que eran víctimas de alopecia, claro, estaban al margen de estas tribulaciones.

           Por otro lado, es cierto que contemplando fotografías tomadas con diferencia de diez años, ya se apreciaban los forzosos cambios. Pero, en la generalidad de los casos, las variaciones de fisonomía en el día a día eran totalmente imperceptibles. Cuando se cumplía 18 años, uno se sacaba una foto para la libreta de enrolamiento, la que permanecía en ella sin modificaciones por mucho tiempo, hasta que el documento se transformaba en puros flecos. Y solo en los tramos finales de la existencia, uno apreciaba qué bonito era cuando era joven y cuan chatarra era ahora.

           Los tiempos han cambiado y ahora los más o menos jóvenes se aburren pronto de su propia imagen y acuden a cambios estéticos para poder tolerarse frente al espejo. Entonces, un día tendrán colita en la nuca, otro estarán rapados, otro, tendrán una gran melena. Lo mismo para la barba: se pasará de la frondosa tipo Karl Marx a la perita tipo Lenín, o a ser lampiño como un monje tibetano, o a mostrar los mostachos de un napolitano o las anchoitas tipo villano de las películas de gansters. No hace tanto, mostrar una barba crecida de cuatro días implicaba estar entregado a la molicie y al desaseo; en cambio hoy, es estar a la rigurosa moda. Lo patético es que estas transiciones ocurren de un momento para otro.

             Claro que el ser humano tiene una tremenda capacidad de adaptación. Si ahora me preguntaran cuál era el último “look” de mi hijo, sería incapaz de describirlo, y si lo veo adornado de esos súbitos cambios, no los notaré, pero mi subconsciente lo reconocerá igual, ya no por su aspecto exterior, sino como un pingüino a su polluelo entre miles, un perro a otro, o una ballena a otra, con la ayuda del plano más profundo de la mente.

             El advenimiento de la fotografía digital y la proliferación de imágenes registradas, permitirá a los adultos jóvenes aleccionar a sus futuros hijos de que todos esos extraños individuos que aparecen retratados en fiestas, casamientos, velorios, carreras pedestres, etc, con las más variadas presentaciones, son siempre su mismo padre.

 

Por Roberto Enrique Fernández Prada  (www.losgomez.com.ar)

PARA QUE LAS NACIONES FUNCIONEN ORDENADAMENTE

A veces, para enfrentar la triste realidad se hace menester acudir a la ironía.

“Para que las naciones funcionen ordenadamente, es menester que las leyes que los rigen se adecuen a la realidad cotidiana y no al revés. En nuestro país, dado que bajo la complacencia gubernamental se ha constituido en el primero del planeta en cambiar el destino original que tenían calles y rutas, para transformarlos en escenarios obligados para las protestas sociales, es menester legislar adecuadamente, para que nuestros famosos piqueteros puedan desenvolverse en el marco legal adecuado.

Por tal motivo, propongo adecuar las leyes en tal sentido, y me permito proponer que se apruebe en nuestro Congreso la siguiente normativa.

a) Las calles y rutas del país serán dedicadas en adelante prioritariamente a contener todas las expresiones propias de las protestas populares, en la modalidad piqueterismo, y allí se dirimirán exclusivamente todos los posibles conflictos sociales.

b) Las calles y rutas del país, siempre y cuando no sean utilizadas para los fines citados en el artículo primero, como función accesoria, podrán ser transitadas por peatones y/o vehículos.

c) La policía tendrá por función custodiar y proteger a los piqueteros de la intemperancia de los peatones y conductores. En este caso, éstos serán pasibles por sus agravios de las penas que prevé el Código Penal, pero duplicando el monto de los castigos estipulados.

d) Se propenderá a que las ambulancias, vehículos de bomberos y de otros servicios públicos de emergencia, tengan características de todo terreno, así podrán circular a campo traviesa para llegar a destino.

e) Los servicios de sanidad de las poblaciones cercanas al lugar donde se verifique un piquete, estarán alertas para atender las insolaciones, enfriamientos, gripes y otras afecciones que afecten a los piqueteros en el ejercicio de sus legítimas protestas a la intemperie.

f) Las instituciones de beneficencia de las poblaciones vecinas al piquete, postergarán sus habituales tareas caritativas, para, en prioridad, dar de beber, alimentar y abrigar a los piqueteros.

g) Cada piquetero en ejercicio recibirá del Estado una retribución equivalente a un jornal de un camionero por cada día de permanencia en la ruta o calle.

h) Se incentivará la constitución de empresas aerocomerciales para poder transportar por aire pasajeros a los distintos puntos del país, con el fin de no entorpecer la acción de los piqueteros.

i) Se instituye en el país el Día del Piquetero, que será considerado para todos sus alcances como feriado nacional.

j) Se divulgará en las escuelas las bondades del piqueterismo, y se instruirá a los alumnos en la toma de pasillos, patios, baños, dirección y otras dependencias escolares.

k) Los piqueteros que adolezcan al caminar problemas de desplazamiento, podrán ayudarse con un bastón que no tenga mas de 4 metros de largo ni pese más de 15 kg. Para los tímidos se aprueba el uso del pasamontañas o la capucha.

Seguramente a los incisos citados podrán agregárseles otros que surjan de la sagacidad de nuestros legisladores.

La incorporación a nuestro derecho positivo de la normativa antes enunciada hará a la salud y el buen funcionamiento de nuestras Instituciones”.

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Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDEZ PRADA (www.losgomez.com.ar)

Por qué está bien lo que parece estar mal

Por muchos días yo me devané los sesos tratando de entender por qué las autoridades de nuestro país no toman medidas para encausar las protestas sociales, justas en muchos casos, por carriles menos ásperos. Pero no sólo fui yo, sino también mis amigos y, además, millones de argentinos. Ante los razonamientos expuestos por los funcionarios competentes, que intentaban justificar infructuosamente esa actitud con una indescifrable esgrima verbal, me hice un verdadero nudo mental, porque todas las explicaciones dadas se daban de patadas con la más elemental lógica. Por un momento creí que habían regresado desde el fondo de la historia de la filosofía los malhadados sofistas. Y entonces, ante mi fracaso por entender lo que pasaba y el absurdo manifiesto de la situación, me dije que había que rumbear por otro lado. Así fue que, utilizando la técnica del llamado “pensamiento lateral”, o si prefiere, del “brain storming”, traté de buscar una respuesta no tradicional, heterodoxa, que resolviera esa ecuación que hasta el momento me resultaba esquiva, inextricable.

Y una tarde, por fin, me dije Aleluya, y la verdad se hizo en mi mente con una luminosidad semejante a la de un patrullero en llamas. Yo sé que aún hoy, innumerable ciudadanos consultan a adivinos, augures, arúspices, nigromantes, y a todos cuantos dicen tener capacidad para develar futuros y misterios, para acceder a esa esquiva respuesta, o bien terminan por pedir turno al sicoanalista porque llegan a la conclusión de que están chalados. Inclusive, sé que algunos incondicionales del silogismo han optado por el suicidio ante lo que consideran una insoportable afrenta a verdades insospechablemente cartesianas. Todavía muchos se arrancan los cabellos preguntándose cómo es que no hacemos lo que cualquier país civilizado del mundo pone en práctica, es decir, preservar el derecho de sus habitantes de circular, de ir a comer una hamburguesa con los chicos, etc, etc., usando los medios legales, mientras tratan de solucionar el problema de fondo.

Mi descubrimiento consiste en que, en realidad, todo se trata de una medida profiláctica, o si prefiere, terapéutica, que ha pergeñado el gobierno, para obligar a los ciudadanos a practicar el sano hábito de pensar, de meditar.

Sabido es que el cerebro humano es como un músculo al que hay que ejercitar de continuo para que no se atrofie. De esta manera, las redes neuronales se refuerzan, y disminuyen las probabilidades de que nos aquejen la senilidad, el Parkinson, y otras muchas calamidades que acechan a nuestro sistema nervioso central. ¿Y cómo se practica?: mediante el razonamiento, la elucubración, el pensamiento sistemático, el debate, el disenso metódico; y debemos reconocer que somos bastante reacios a esas gimnasias mentales.

Y hay que aceptar que el gobierno, con esa actitud pasiva, prescindente, relojeando los balurdos desde afuera, nos ha obligado a pensar, a debatir, a tratar de explicarnos lo que no logramos entender, ni entenderemos jamás porque, con clara intención, carece de toda lógica. Pero, mientras tanto, aun a costa de sufrimiento, nuestra mente labora, se esfuerza, indaga, y ése es el objetivo supremo, no el de llegar a una conclusión valedera.

Por eso, en vista de mi hallazgo, en aras de la salud mental de la ciudadanía, insto a mis connacionales a que sepan tolerar esos mínimos inconvenientes que significan no saber cuando van a llegar a casa, o a una cita, o al trabajo, que alguna piedra inoportuna impacte en sus testas, que el humo grueso que despiden las cubiertas en llamas les raspe los ojos y las gargantas, que un palo esgrimido por un encapuchado les transforme el parabrisas en papilla vítrea, y otras muchas nimiedades más por el estilo. Será finalmente un aporte vital para que en el futuro, más lúcidos, más avispados, a la hora de votar, pensemos mejor a quién le ponemos la boleta.

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Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDE PRADA ( www.losgomez.com.ar)


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