SOCIEDAD Y VIOLENCIA
La violencia delictiva se ha instalado en nuestra sociedad con singular intensidad, en especial en la Capital Federal y el Conurbano, mientras que en el interior del país, salvo los centros urbanos más populosos, se manifiesta en forma más atenuada. Las autoridades se aprestan a endurecer las leyes que castigan diversos delitos o a limitar los beneficios de los condenados que hoy les permiten acceder a la libertad sin cumplir la pena impuesta. No hay dudas de que muchas de las modificaciones al Código Penal propuestas son necesarias, como también fueron convenientes todas las reformas introducidas en el código penal en los últimos diez años con la misma intención sin gran resultado. Frente a la magnitud del problema, son las medidas que con mayor premura se pueden tomar. También han diseñado un plan integral, con fondos millonarios, con el propósito de prevenir y reprimir con mayor eficacia la actividad criminal. Esperemos que funcione, porque a corto plazo no hay otra solución a la vista.
Sin embargo, debemos ser sinceros y reconocer que ésa no es la faceta más relevante de la cuestión y los efectos de las disposiciones serán muy relativos. Es que treinta o cuarenta años atrás, el código penal era más benigno, y, no obstante, el delito tenía una incidencia muy inferior a la actual. Además, cuando los delincuentes se reúnen para planificar una acción delictiva, no creemos que previamente se dediquen a analizar, Código Penal en mano, si por el delito que van a cometer les pueden caber quince o veinte años de condena. Más bien, tienen en cuenta que es mínima la probabilidad de que sean detenidos y condenados.
Pero creemos que la raíz del problema está en otra parte. Si analizamos nuestro pasado inmediato, veremos que la actividad criminal en el país se ha incrementado en las últimas décadas al mismo ritmo que ha crecido la intemperancia de la población como comunidad en general. Es decir, el delito parece ser un subproducto de esa agresividad que nos ha ganado como ciudadanos. Hoy es dable observar que cualquier manifestación pública, salvo el caso de la multitud convocada por el asesinato de Axel Blumberg, termina en violencia, con roturas de vidrieras, incendios de negocios y otro estropicios. Nos hemos hartado de ver, por ejemplo, como los ahorristas demolían prolijamente los frentes de las entidades bancarias, ante la pasiva mirada de la policía, o a los piqueteros violentar a su antojo el derecho a circular de los ciudadanos, sin que el poder los reprima, o a pasajeros de trenes o subterráneos indignados, rompiendo vagones o los vidrios de las boleterías. En un plano no tan espectacular pero no menos relevante, no podemos omitir la actitud intemperante de padres de alumnos frente a sus maestros o profesores, cuando son objeto de alguna sanción, devaluando la autoridad de éstos.
Y esas actitudes y muchas otras, que tiempo atrás eran repudiadas masivamente, terminan siendo aceptadas y convalidadas por una parte importante de ciudadanía.
Para ejemplificar esa involución social, nos remitimos a la expresión deportiva más popular y multitudinaria: el fútbol, y los comportamientos en él no son más que el reflejo de lo que acontece en el conjunto de la sociedad, porque partimos de la base de que quienes concurren a los estadios, en su inmensa mayoría, es gente común.
Hace muchos años, las canchas se poblaban de hinchas que, inclusive, vestían traje y corbata y calaban sombrero; para comprobarlo, basta con observar viejas fotografías. Casi todos los espectadores estaban al margen de los conflictos y las protestas no pasaban de agravios verbales de distinto calibre. En las tribunas, las hinchadas rivales estaban separadas apenas por un alambrado y, finalizado el encuentro, se cruzaban partidarios de los dos bandos antagónicos por las calles adyacentes sin mayores inconvenientes. Por supuesto que, de tanto en tanto, se producía alguna pelea.
Hoy día, quien concurre a un estadio, en primer lugar, es palpado de armas; las hinchadas tienen que estar separadas mediante “pulmones” que inutilizan parte de la capacidad de las canchas; un verdadero ejército policial rodea las adyacencias, mientras que otro, desde el interior del campo de juego, observa las tribunas; costosos y sofisticados equipos electrónicos controlan y graban los rostros de los hinchas presentes; cuando finaliza el partido, uno de los bandos debe quedar retenido largos minutos mientras el otro abandona la cancha. Y así y todo, se suelen producir grescas en las que no sólo participan los muchachos del tablón sino también plateístas. Y, lo peor, es que todo ese despliegue represivo que hace medio siglo nos hubiera dejado estupefactos, hoy nos parece normal.
Esa degradación, que desconocemos si tiene paralelo en el orden mundial, es consecuencia de una sociedad decadente, que va perdiendo cohesión, que no tiene metas trascendentes, que extravía de a poco valores esenciales como, por el ejemplo, el de la vida, que genera en su seno una enorme cantidad de desadaptados y marginados, sin cánones de convivencia, muchos de los cuales se vuelcan al delito, que destruyen escuelas, roban en iglesias o asaltan ancianos sin remordimiento, y para ellos matar o morir no tiene mucha relevancia. Que vamos cuesta abajo lo demuestra también el paupérrimo nivel de nuestros estudiantes, educados—es una manera de decir—bajo pautas de un creciente facilismo. Y todo lo anterior poco tiene que ver con ideologías de derecha o de izquierda.
Somos, entonces, una sociedad enferma, profundamente frustrada, en la que prima la emoción frente a la razón, que carga en su seno una enorme y mal canalizada rebeldía en la que predomina el culto a la trasgresión y al antagonismo, donde se practica el relativismo moral, en la que una minoría procura enriquecerse sin escrúpulos a costa del resto de los habitantes. Crecimos convencidos de nuestro destino de grandeza entre las naciones del mundo, y lo que hemos logrado en los últimos setenta años es pasar del octavo al octogésimo lugar entre ellas. Desde muchas décadas atrás casi todos los gobiernos de turno, civiles o militares, algunos de ellos mesiánicos, nos vendieron recetas mágicas que prometieron buenaventuranza sin mayores esfuerzos, pero sólo la han alcanzado muchos de sus funcionarios y favorecedores, que se han llenado impunemente los bolsillos. Y países con los cuales nos comparábamos hace medio siglo por similitudes demográficas. geográficas y económicas, como Canadá y Australia, afirmándose en la democracia, sin hombres providenciales, han evolucionado hasta constituirse en actuales potencias.
La decadencia económica, sumado a un escepticismo generalizado, quizá sea la causal de nuestras penurias presentes, y aquélla se la podríamos achacar a los políticos, pero éstos están a la misma altura del medio social del que surgen. En otras palabras: no dejan de ser también una consecuencia de nuestro comportamiento como comunidad. Ésa, entonces, es la gran falla. Hoy proclamamos que se vayan todos y mañana, que vuelvan todos.
Semejante panorama no permite ser demasiado optimista, aunque la esperanza es lo último que se pierde. Tal vez algún día, por un milagro, nos pongamos de acuerdo sobre cuáles son los grandes intereses comunes de la Nación, marginemos las eternas mezquindades que nos han conducido a estos tiempos penosos, y dejemos de ser, de una vez por todas, una imitación de un país en serio.
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Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDEZ PRADA (www.losgomez.com.ar)
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Si la educación en nuestro pias fuera otra….”otro gallo cantaría” Saludos