EN DEFENSA DEL PESIMISTA

No resulta novedoso si afirmo que ser pesimista no goza de estatus social. El que ostente tal calidad mental, permanente o transitoria, no recibe ninguna admiración, incluso de sus mismos colegas emocionales. Por ende, quien sufra los embates del pesimismo se esforzará, si puede,

en disimular esa oscuridad de sus pensamientos. Sin embargo pretendo demostrar aquí que, si somos un poco justos, deberíamos reivindicarlos, porque resultan de no poca utilidad dentro del tejido social. Nadie piense que este aserto suena a disparate, porque ya hemos visto como, con el correr del tiempo y del conocimiento, muchos antiguos villanos se han convertido en héroes, y viceversa.

Voy a dar un ejemplo: el tiburón era el malvado por antonomasia de los mares al que había que exterminar a toda costa. Matar uno era reivindicar a la justicia. Hoy sabemos que son los basureros de los mares y su acción es imprescindible para mantener limpios los océanos.

¿Por qué, entonces, es útil el pesimista? Veamos: ellos son el contrapeso social de los desaforados que arremeten contra la realidad imbuidos de su optimismo casi místico. Quién no recuerda la imagen filmada de aquel iluso que, hace más de cien años, provisto de unas alas que imitaban burdamente la de las aves, y de una irresponsabilidad a toda prueba, se lanzó exultante, batiendo tales alas, desde el borde de una elevación, para terminar todo descoyuntado en el fondo de un cañadón. A ése le faltó el amigo precavido, desconfiado, que lo alertara sobre su imprudencia.

Luego entonces, los pesimistas suelen ser muy útiles porque son férreos defensores de la cautela cuando el entusiasmo aconseja cometer disparates, de la moderación que salva vidas o, por lo menos, malos momentos.

En el ámbito futbolero se dice que los equipos se arman de atrás para adelante. En otras palabras: que primero fortalecemos la defensa, la solidificamos y tratamos de no perder, y después, adelante, vemos que pasa. Nadie pondrá en duda que es una actitud pesimista, pero útil.

Consecuentemente, afirmaremos que hay una actividad que requiere del que la practica, para que sea eficaz, de grandes dosis de pesimismo. Ella es la de la seguridad en general. Quien se dedique a esta tarea tendrá que mirar todo bajo una lupa torva, tratando de imaginar cuantas calamidades puedan ocurrir en un lugar o actividad, aun cuando las apariencias indiquen que reina la perfección, y anticiparse a aquéllas con oportunas medidas de prevención.

Lo anterior vale para la seguridad personal y de nuestros bienes, mediante el uso de adecuada vigilancia, o de alarmas, o de contratación de seguros. También en la salud, mediante adecuadas políticas públicas de prevención sanitaria. Otro tanto sucede en el plano vial y en el ámbito técnico o industrial, donde la seguridad específica constituye todo una actividad especial.

Pero también es cierto que ejercer la prevención cuenta con sus detractores, en especial cuando aplicarla implica fuertes desembolsos, como es el caso de la dramática contaminación ambiental. Las empresas e, incluso, las grandes potencias mundiales, se resisten a aplicar medidas en tal sentido, porque ellas pueden sacar a sus industrias de competencia.

Con lo anterior intento reivindicar al pesimista para que sea aceptado como un complemento imprescindible, para que no se los repudie y se los tome como un contrapeso imprescindible en el funcionamiento de las poleas sociales.


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Por ROBERTO ENRIQUE FERNANDEZ PRADA ( www.losgomez.com.ar )


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Melina
Agosto 12, 2009, 9:05 pm, Reportar este Comentario Melina dijo

Muy bueno !!!! Felicitaciones

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