Febrero 22, 2009 | Por brujula37 | # Enlace permanente
Existe cierta lista de buenas acciones cotidianas que, una vez llevadas a cabo, nos hacen levantar la frente y sentirnos pequeñas Madres Teresas de Calcuta o muestras gratis de Ghandis. “Si se me cae un piano encima ahora, tengo la entrada al cielo asegurada”, piensa un tipazo luego de ayudar a una vecina a llevar las bolsas del súper. “Al final, soy más buena que Lassie atado”, se anima a asegurar otra, mientras le tiene el pelo a su amiga mientras esta vomita… Pobres ilusos. Y sigo pensando que ese perro algo escondía.
Como bien planteaba un gran pensador de la década del 90 -como lo era Joey Tribiani de Friends- no existe la buena acción pura, virgen y libre de interés personal. Es ese calorcito de quererse a uno mismo lo que indefectiblemente nos lleva a avisarle a un distraído que se le cayó la billetera. Pero no sólo la motivación de sentirnos bondadosos nos lleva a hacer de este mundo un lugar mejor. A veces es cuestión de presión externa. Si optamos obrar como mamá nos enseñó es también para evitar que las personas circundantes nos manden derechito para el infierno con sus miradas juzgadoras.
Estemos o no de acuerdo, nos sometemos a cumplir con las escasísimas unanimidades sociales que se han logrado alcanzar, porque mientras que ya nadie sale a quejarse por los bajos salarios que los jubilados perciben, todos defienden acérrimamente la representación de buenos valores que significa cederle el asiento a todo argentino mayor de 60 años que esté de pie en el colectivo.
Simón dice: “Dejarás tu lugar apenas veas un mayor y señalarás el asiento con cara de bueno. No importa que recién te hayan operado de la rodilla, que se te haya bajado la presión, que tengas hemorroides, que el jubilado pueda correr cinco kilómetros mientras que vos no te banques una hora de fulbito con tus compinches, que en su juventud el jubilado haya sido un nazi y merezca más ir atado de una soga del bus que cómodamente sentado, ni tampoco importa que se niegue una y otra vez a aceptar tu ofrecimiento; situación ante la cual deberás asestarle un buen puntapié en las canillas para que apoye el culo en el bendito asiento o bien susurrar un mentiroso ‘ya me bajo’, aunque en realidad te falten 45 minutos de olor a chivo, tufo y zarandeos. Todo vale, menos volver a ocupar tu asiento”. No vaya a ser cosa que se nos venga una horda de dioses enfadados y nos manden un Apocalipsis, sólo porque a un distraído se le chispoteó darle el asiento a un pobre viejecito.
La situación se pone más espinosa cuando la que se acerca es una señora ¿Desde que edad comienza a ser buena educación ofrecerle el asiento y no una manera elegante de decirle que sus arrugas son evidentes?
Me encontré el otro día con una de estas oportunidades de ganarme el cielo. Más que dispuesta, me acerqué a un joven no vidente para ayudarle a cruzar calle Zeballos. Cuando iba a tomar su brazo, el pibe me tomó de la cintura con fuerza, lo que hubiese estado tan mal si la mano no hubiese bajado sospechosamente… Me congelé. Lo quité lo más firme y amablemente que pude y crucé mi brazo con su brazo, mientras rezaba para que el semáforo cambiara al verde y nos dejara cruzar a la otra vereda. Y pasó. Mientras caminaba rápido sentía como su codo se posaba casualmente en mi push up izquierdo, acompañado con cierto movimiento libidinoso. Cuando ya estaba por quitarle los anteojos oscuros de un cachetazo, llegamos a destino y me zafé del degenerado. Ese día fui buena, pero mientras me alejaba del chico sólo me surgió una verdad: Que poco se puede hacer por la gente.
Diciembre 17, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
La costumbre de criticar al clima, no importa qué tipo sea, ha llegado a tal punto que en la fotocopiadora de la Facultad de Humanidad pusieron un cartel iniciando una campaña por demás necesaria para el humor de aquellos que pasaremos enero en la jungla de cemento. El letrero implora: “Sea creativo, no comente el clima”.
De todas las quejas cotidianas, la más recurrente es la de las inevitables inclemencias meteorológicas, quizás justamente por ese carácter de inevitable. Por estos lares, el cielo no logra conformar a nadie y es así como he oído a la misma persona decir frases tales como “¡Que calor insoportable, prefiero el invierno!”, y “¡Que frío de cagarse, que venga rápido el verano!” con escasos meses de diferencia y con idéntico convencimiento.
A raíz de un inusitado fervor ahorrativo me negué a subir a un colectivo y decidí caminar las 10 cuadras que me separaban de mi destino a las exactas 15.40 de ese martes estival. Allá iba yo, con mis havaianas blancas, que parecían pegarse cual chicle en el pavimento y que –inexplicablemente- cuadras después habían adoptado un tono rojo pasión que combinaba perfectamente con el color de mi espalda.
La posición del sol no dejaba sombra alguna en ninguna de las dos veredas que conforman la avenida, por lo que no existía esa zona salvadora en la que todos nos agazapamos como si nuestras vidas dependiesen de eso, como si poner un pie en la que sí recibe rayos solares significaría un brote de ampollas inmediato, la muerte súbita o la instantánea deshidratación.
A las 15.45 el cielo nos regaló unos 10 centímetros de sombra para los temerarios que nos inmolamos lanzándonos a la calle a semejante pico de temperatura. 32 grados marcaba el termómetro, pero en esos 10 centímetros…. Aaaaah, en esos 10 centímetros estaba el paraíso, la gloria, el oasis urbano. En esos 10 centímetros la temperatura era de unos inmejorables 31 grados, y es que en esos momentos uno aprecia las pequeñas cosas. Allá corrimos todos, y se veía cómo los transeúntes caminaban de espaldas contra la pared como si lo hicieran por el borde de un edificio, como indecisos suicidas o ladrones huyendo tras robar un departamento del décimo piso.
Son en situaciones como estas que sale lo peor del ser humano. Esa tarde estival me regaló terribles imágenes darwinistas -inconfundibles ejemplos de la teoría del más fuerte- que quedarán grabadas en mi memoria como marca de bronceado en el brazo de un camionero: Una viejecita traspiraba como adolescente mientras que una adolescente la empujaba para acomodarse en la sombra de dos centímetros que dejaba el poste de la parada del 144, en el colectivo se veía como una pasajera atacaba a otra a carterazos para hacerse del asiento en el que no daba el sol, un hombre agarraba de los pelos a una indefensa cuarentona para poder entrar al abarrotado kiosco para no esperar en la puerta, y yo, por mi parte, le pegué un caderazo a un señor de traje que pretendía me separase de la pared para dejarlo pasar por la franja de sombra.
Durante una de mis quince visitas a Mundo Marino, tuve la oportunidad de ver una interesante obra de teatro que alertaba a los chicos acerca de las consecuencias ecológicas que tenía nuestra irresponsabilidad. Los personajes principales eran Pingüi y Orki (efectivamente, un pingüino y una orca) que cada tanto se acercaban a los niños espectadores –entre ellos quien les habla-. Se podía sentir la respiración agitada de los pobres infelices que estaban adentro del traje de peluche. Sentados en la tribuna que recibía los imperdonables rayos de Febo, mi papá me dijo sabiamente al oído: “No te quejes del calor, peor está el flaco adentro del disfraz”.
En los últimos días, el único escalofrío me agarró cuando pensé en lo que será sobrevivir todo enero en esta selva infernal. Es en Pingui y Orki en los que voy a pensar cada vez que no me quede otra que abandonar el búnker climatizado en el que se convirtió el dormitorio de mis padres.
Diciembre 13, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
Muchos de los serios estamentos que salen de mi boca son inexplicablemente mal interpretados por los receptores. “Sospechosamente bien”, contesto cuando me preguntan “¿Qué hacés? ¿Cómo andás?” Y la persona se ríe en mi cara ante semejante despliegue de incertidumbre ¿Ni siquiera un atisbo de solidaridad para mí?
Es duro, injusto, casi catastrófico… pero lo digo en serio. Cuando los regalos de la vida son numerosos, la cuestión se torna sospechosa. Tras dos décadas creyéndome víctima del desdén de los otros, vengo a descubrir que en realidad esa risita que me dedican cada vez que muestro preocupación ante una buena racha es simple supervivencia. Mi cinismo, mal que les pese, resulta muchas veces simple sentido común, y el resto lo sabe: Cuando la felicidad de un individuo llega al punto de la indecencia, ya se vendrá algo que de seguro lo devolverá a la realidad.
El universo se rige por intrínsecas fuerzas que rompen el calefón cuando recibiste ese tan esperado e insignificante aumento salarial. Son los misteriosos rayos de los que hablaba Gardel, y que le voltearon el avión en el que viajaba, en lo mejor de su carrera. Se traducen en la viveza del ladrón que te roba las valijas después de unas inolvidables (ahora mucho más inolvidables) vacaciones. Son vibraciones que te gastan la batería del celular cuando estabas por mandar ese sms tan importante, o las de la cámara cuando te lo cruzas a Pablo Echarri en Pellegrini y Mitre.
Como si se sintiera amenazada por mi optimismo, la vida se empeña por demostrarme que estoy muy equivocada cada vez que le pongo notable buena onda a las cosas que emprendo. –Alto ahí- me dice, cuando voy sin anotador a una entrevista… y me rompe el grabador. –¿Adónde cree que va, señorita?- me interroga, cuando piso la vereda y le sonrío al sol brillante con esa sensación tan de Ana Belén. “Hoy puede ser un gran día, duro con el”, canto en el palier de mi edificio, y a la media cuadra me caga una paloma.
No es que esté siempre al borde del suicidio – desde ya que la vida es hermosa, sobre todo la ajena- pero los problemas se multiplican en el momento en que muestro un poco de seguridad en lo que vendrá. Cuando subestimo estas poderosas olas del infortunio y creo en el rosa, en el verde y en la mirada de ese niño que, cuando me descuido, me chorea la billetera.
Esto es también un canto a la vida. A esa vida que nos transforma en mejores sobrevivientes. Las solución es tener las desgracias – las grandes y las diarias- presentes en la cabeza, pero no en el corazón, porque sino se ennegrece y se termina en uno de esos días de furia en el que se putea al verdulero porque las naranjas de jugo están tan secas que sirven para sacarse las durezas de las patas.
Los sucesos -buenos y malos- se miden con perspectiva histórica. El “¡Ya veremos!” no tiene por qué ser una señal de pesimismo sino un recordatorio de que ante la vida hay que ser humildes… porque no todo depende de nosotros. Como la arena, hay cosas que escapan de nuestras manos, de nuestros planes y de nuestros proyectos. Que las cosas sean así, tan difíciles de vaticinar, al menos evita que muramos de aburrimiento. Hay algo impagable en las desgracias y es el alivio de tener la certidumbre de que, pase lo que pase, uno sobrevive porque ya conoce cosas peores. Consuelo de pobres, le dicen. Yo le llamo material para escribir…
Noviembre 17, 2008 | Por brujula37 | Claves: adultecencia, criolla, culpa, intenciones, malas, viveza | # Enlace permanente
Los nervios denotan inexperiencia y detonan sospechas. El vivo de nacimiento está acostumbrado a las maniobras non sanctas, pero para el resto de los mortales no hay esperanzas: el tiempo y la experiencia no parece quitar esos nervios previos a mandarse una macana diseñada con antelación. Cada tanto sucede que me veo tentada de cruzar la raya entre lo legal y lo ilegal. A veces sucumbo pero nunca salgo bien parada y me empiezo a caer muy mal.
La ñata contra la reja, veía como toda la muchachada más linda de la ciudad se meneaba al ritmo de La Bomba de Ricky Martín. Bueno, casi toda, porque yo estaba afuera. Aquello era tan cruel que los que no podíamos entrar veíamos la felicidad efímera, pero no por eso menos envidiable, de los que sí lo habían logrado.
Era la única de mi feliz grupete que no contaba con los legales 18 para entrar al boliche más top de ese maldito verano. Sí, del escasísimo porcentaje de policías que cumplen con la ley, dos exponentes se encontraban justo a la entrada del predio en cuestión y vigilaban que ninguna nena de 17 años entre al lugar. No vaya a ser cosa que algún degenerado de 18 la pervirtiera, aunque ese fuera el principal objetivo de mi salida.
Media cuadra de cola y millones de recomendaciones después, me encontraba a escasas dos amigas de la entrada. Que diga que no tengo documentos, que diga que sí y los muestre, que diga que tengo 18, que declare mis pecaminosos 17, que sonría, que le diga que me falta poco para la mayoría de edad, que haga como si buscara el DNI en mi diminuta cartera, que le diga que lo más probable es que yo fuera la que pervirtiera a uno de 18, que implorara, llorara y me desplomara a sus pies en claro signo de desesperación… De las muchas opciones, elegí decir la verdad. El patovica no supo apreciar mi buena crianza y se negó una, dos, tres y a la cuarta vez partí triste, con mis amigas siguiéndome. Ellas, que habían estado tan cerca del paraíso, me odiaban en silencio por mi defecto etáreo.
Cinco veranos más tarde, me sigo enfrentando a momentos igual de deleznables. Intento usar una tarjeta de descuentos de una empresa de la que no soy titular. La primera opción es siempre hacerme la fresca –la boluda, o sea-: entregar la tarjeta mientras uno habla de algún tema banal -la encarnación del pelo en el ombligo del hipopótamo, por ejemplo- con el cómplice de turno. Si pasa, pasó. La anécdota terminará con risas piolas, propias del vivo que la hace y no la paga. Lo cierto es que a la gente buena, esas picardías nunca le salen. Así que ahí estoy yo, pobre diabla grandulona, intentando convencer a la cajera del cine de algo que no es cierto, infringiendo idiotamente la ley corporativa, por unos míseros tres pesos de descuento. Y con esas cosquillitas en el estómago ¡Que adrenalina más barata!
Aparece la ingle de un policía enmarcada en las ventanillas de un auto, y ya arrancan las hiperventilaciones, los hipos, las risitas histéricas…. –¿Tomaste?- indaga el uniformado con esa noble vocación de servicio que lo caracteriza. –Un vasito- contesta el delincuente, y el diminutivo lo vende, como cuando decimos “me voy a comer un asadito”, a dos días de haber empezado la dieta. –Documentos-, pide. ¿Cómo es que identificarnos se volvió tan traumático? Luego de entregar hasta la fotocopia certificada del título secundario y de resistir a pasarle el efectivo al efectivo -que no parecía muy interesado por apurar la llegada del test de alcoholemia- el conductor se alejó del lugar, luego de haber visto pasar la vida delante de sus ojos.
Son apenas coqueteos inocentes, tímidos roces, pequeños histeriqueos. Piso la raya de lo que está mal y saco el pie rapidito. Pego un saltito aniñado hacia el otro lado, y enseguidita hago lo mismo para el otro. Camino sobre la raya. Me pregunto si alguna vez aprenderé eso de salir con la frente en alto luego de portarme mal y hacer lo contrario a lo que se debe, sin tener que soportar mis retos. Es como si mi conciencia fuera más papista que el papa, y el resto de mi persona no. La culpa, maldita y efectiva, mantiene mis fines junto a mis principios.
Octubre 30, 2008 | Por brujula37 | Claves: abuela, abuelo, años, edad, tercera, testarudez, viejos | # Enlace permanente
De mis cuatro abuelos, sólo queda una en carrera, y no es casualidad que sea justo ella. Su testarudez llega al insoportable límite de no poder morirse y su inmortalidad fue incluso puesta a prueba en varias oportunidades.
La primera se dio hace cuarenta años, cuando le pusieron su primer marcapasos. Luego sobrevino una seguidilla de problemas cardíacos de todos los colores, gustos y tamaños, para terminar coronandola con un derrame cerebral -allá por el 96- que lo único que consiguió fue que tuviese que usar un bastón y que nos tuviésemos que privar de aquellos orgásmicos pastelitos que mágicamente salían de su cocina. Aquella milagrosa recuperación provocó la sorpresa de médicos y enfermeros que, tímidos, se acercaron a la familia para preguntarles si podían presentar el caso clínico en un Congreso de Neurología. Tuvimos que aceptar ante la insistencia de la nona – días antes un inminente cadáver- que, con un hilo de voz nos insistía en que dijéramos que sí. Imposible pretender que desechara tamaña oportunidad de ser el centro de atención ¡Y delante de profesionales! Con la única mano que mueve, pinta sobre tela, hobby que descubrió cuando no pudo tejer más. Devora novelas de amor que sé que tienen capítulos hot, y la abuela los disfruta, mucho.
La edad no la ablandó. Sigue tan jodida como siempre. Cabeza de matriarcado, egocéntrica, amante del dinero y hablar de ella misma, siempre expectante de que le reconozcan sus logros y le regalen cosas, coqueta al extremo, a veces compartir el techo con ella –aunque por breves temporadas- resulta una experiencia más que interesante, ya que uno puede testear hasta donde llegan los límites de la paciencia. Ella es todo lo que no debería ser una abuela.
Soy la única con derecho a criticarla y es porque yo y mi abuela somos la misma persona viviendo en diferentes épocas. Lo acepto: soy mi abuela en potencia, y por eso es que la quiero tanto.
Mi papá también quiere a su suegra, pero por resignación. Fue la más sabia decisión, si se toma en cuenta que los más probable es que todos nos muramos antes que ella. A punto de cumplir 80 años, está preocupada por dónde va a festejar su cumpleaños, al que seguro entrara con su trípode a paso de tortuga, pero firme.
Nos reímos mucho de ella, sobre todo cuando llora. Lo hace por las cosas más ínfimas y totalmente ajena, pero no es empatía por el receptor de la desgracia sino un intento de ser consolada, por el sólo gusto de que la consuelen. No es infeliz pero a alguien ajeno le daría pena porque no sabría que cuando derrama una lágrima es por un beneficio personal. “La conozco”, le digo a mi mamá, y lo digo casi con vergüenza, porque se que yo haría lo mismo, de pura aburrida. Se queja de que no tiene plata, pero no le hace falta nada, ni siquiera esa vacuna extranjera tan cara que se aplica una vez por año para sobrevivir las intemperies del invierno, y que debe tener algo de sobrenatural, porque sino uno no se explica que la nona siga entre los vivos. “Hasta los 100 no paro”, dijo un día. Habrá que creerle.
El mundo propio se achica cuando uno va envejeciendo. Por teléfono, mi abuela aborda temas que como eje tienen las veces que fue al baño en el día y los números que salieron en el Brinco. Además me mira mucho, sobre todo cuando me arreglo para salir. Me da la sensación de que secretamente recuerda cuando ella hacía lo mismo. Siento que cuando me sonríe me cede mi momento, como si supiera que ahora el mundo es mío y de los míos.
La miro y me imagino a mí misma a los 79 años. Mi abuela es fuerte, decidida, no se dejó ni se deja vencer por nada -a pesar de esas lágrimas de cocodrilo- y no entiende palabras como depresión o estrés. Tener un poco de esa llama corriendo por mis venas me hace sonreír. Que vengan los años; no les tengo miedo.
Octubre 20, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
En el Colegio de Psicólogos de Rosario hay anotados cientos de profesionales, de todos los colores, tipos, abordajes y conflictos irresolutos. Si a eso le sumamos los oídos amigos, los grupos de autoayuda, los programas de la talla de “Te escucho”, el periodismo participativo y las líneas 0800, no se entiende qué necesidad tiene la población de volcar sus denuncias sentimentales y políticas en los azulejos y puertas de cuanto baño se le ocurra entrar.
Amante de los sanitarios como soy, tengo la costumbre geriátrica de medir los establecimientos que visito por el nivel de los baños. Y en esa búsqueda interminable del “Nirvana hecho baño” –ese amplio, con numerosos inodoros, con olor a Lisoform, espejos de cuerpo entero y exquisita decoración- me crucé con los espectáculos más bizarros.
Mi trabajo tiene la particularidad de llevarme a lugares que lo único que tienen en común entre sí es que todos cuentan con sanitarios; porque se sabe que lo escatológico es lo más democrático que existe, prácticamente es un canto a la vida, una utopía: Caga el pobre y caga el rico ¡Cagamos todos por igual!
El caso es que me aventuraba hacia uno de las casillas del baño de un hotel 4 estrellas, sin ganas reales de “hacer” y llevada por ese fetiche mío. Cierro la puerta y quedo cara a cara con una acusación durísima escrita en Liquid Paper sobre la puerta de madera: “Acá son todo caretasss”. “¡Pero yo vine a cubrir el evento nomás! Soy periodista…”, me defendí angustiada, mientras hacía malabarismos para no tocar el inodoro, que por más coqueto que fuera el lugar no iba a tirar por la borda años de enseñanza materna. El mal momento no terminó allí. La catársis de la anterior visitante continuaba con un injusto “¡Vos también!”. Indignadísima, me subí los pantalones y salí del baño dando zancadas.
Otro episodio fue el de hace unos días, cuando un amigo volvió del baño con cara de culpa. Horas antes se había tomado un porrón y medio por lo que tuvo el llamado y se levantó decidido, pero una vez enfrentado con el mingitorio, se le planteó una dilema existencial. El área en el que iba a derramar sus desechos, se veía cruzado por un “ESPAÑA” en fibrón indeleble, país de donde provienen sus ancestros. “¿Me la aguanto y me arriesgo a desarrollar un cáncer de vejiga o meo y le falto el respeto a dos generaciones de Escajadillos, que vinieron a la Argentina con ilusiones de un mejor porvenir?”. Pudo más el llamado. Y el chico rompió en llantos recordando a su abuelo Paco, ni bien se sentó en la mesa de aquel bar que evidentemente había sido visitado por miembros del País Vasco.
Si las declaraciones de amor escritas en los baños fueran homosexuales, uno entendería un poco el vandalismo. Pero las probabilidades de que “Lucas”, “Juan” o “Pepito” se metan a defecar en el baño de mujeres del boliche de barrio Pichincha son escasísimas, más si se tiene en cuenta que morirían asesinados por una horda de chicas que llevan media hora haciendo cola para entrar. Si usted, mujer soltera, hace mucho que no ve un miembro masculino, no hace falta que entre al sanitario de hombres, en las paredes del de mujeres se encontrará con numerosos ejemplos de arte rupestre que dan cuenta de la variedad de penes que uno se puede encontrar por la vida.
Uno podría adjudicar la costumbre al alcohol, pero el pulso firme de los dibujos y escrituras hacen dudar de eso, aunque sería un alivio si el abuso de cerveza justificara las faltas de ortografía. Por otro lado es admirable la producción. Yo, que si llevo las llaves de casa es porque alguien me lo recuerda, me sorprendo de que nunca se olviden la cartuchera. Positivo sería que, en lugar de proferir insultos al inocente meador, transformaran la catarsis en un servicio a la comunidad. Que si “Pepito” se portó mal, pongan el DNI y si “Gabi turra” traicionó, pongan el por qué. Yo tengo un blog…
Septiembre 3, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
Si de moldear carácter se trata, puedo científicamente asegurar: de lo que no tienen la culpa los padres, de seguro la tiene Disney. Fueron justamente los dibujos del Tío Rico, ese pato facineroso, lo que pudo haber prendido en mí la llama de la disconformidad cuantitativa.
No era sus sombreros y anteojitos lo que yo quería de niña, no era tampoco su membresía en el “Club de Billonarios de Patolandia” lo que en mi infancia anhelaba, ni siquiera quería tener el edificio más alto de Patolandia. Lo que realmente envidiaba era que este pájaro de la familia de las anatidaes podía zambullirse cual… pato, en ese mar dorado de monedas que era su bóveda. Yo me tenía que conformar con el pelotero de La Isla de los Juegos, el colorido espacio que me sirvió de consuelo hasta unos estirados 11 años, cuando casi que me quedo trabada en el tobogán techado, ante la mirada atónita de los otros niños, que desde su promedio etáreo de 7 años se preguntaban por qué le habían permitido la entrada a alguien que ya tuvo su menarca.
Si del menemismo la gente extraña el uno a uno, yo extraño llenar dos carritos de mercadería. Nada podía superar la emoción de ver proliferar galletitas en la alacena de mi casa. El “deme dos “me pareció siempre poca cosa. Lo que me hacía feliz era el “deme todo”, para poder tirarme de palomita.
Haciendo un desalentador recorrido desde esa niñez hasta ahora, me encuentro con que mis roces con la tan amada abundancia han sido más bien escasos e insuficientes para sanear este deseo incontrolable de que los elementos se multipliquen. Por otro lado, sí pude lograr la multiplicación de mis problemas y mi masa corporal, pero casi sin proponérmelo. Quizás me equivoqué a la hora de direccionar ambiciones.
La felicidad está en las pequeñas cosas, dicen. Así que cuando voy al supermercado me acerco disimuladamente a la copiosidad de la bolsa de arpillera repleta de nueces y hundo mi mano, sonriendo pícara como si adentro de la bolsa hubiese algo indecente. Satisfacción para mí, insalubridad para los consumidores. Así perdí mi anillo de bolitas. Sospecho que, esa navidad, algún comensal tuvo la grata sorpresa de partirse un diente ni bien se lo hincó al pan dulce.
El escenario que cada mañana me regala el kiosco de la esquina hace que me levante de la cama cada mañana. El gordo de la distribuidora de cigarrillos baja de su traffic para hacer la entrega de la mercadería. Y justo cuando yo paso caminando, se abre la puerta del vehículo regalándome una visión de infinitos cartones y potencial cáncer de pulmones.
Sueño entonces que ese río de nicotina es sólo para mí, que el gordo me dice “¡Feliz cumpleaños, Belén! Mirá lo que te traje…”. Y llena una pileta de puchos. Y en el último segundo de esa fantasía se alcanza a sentir apenas un gemido de satisfacción. Lo siento primero en mi panza, luego sube por mi esófago y finalmente llega a mi garganta. Y lo libero por mi boca, suspirando: “Cuac”.
Agosto 14, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
Después de la impotencia, me agarra la vergüenza. Sé pocas cosas, pero una de ellas es que la impotencia no la caga el viento, sino la falta de acción propia. En eso de querer arreglar el mundo desde la mesa de un café sin mover un músculo, soy bastante argentina.
Después de la vergüenza, se abre el telón a la fase teatral. Si de más chica me ponía frente al espejo para hacer de Shakira –no les puedo mentir, eso también lo sigo haciendo- ahora le espeto a mi reflejo esa lista de epítetos rústicos que en realidad le tendría que haber dicho al verdadero culpable de mi indignación.
Es el momento en el que imagino cómo tendría que haberle revoleado un ladrillo en el parabrisas al anticristo incivilizado que estacionó el auto ahí, justito en la parada del 35/9. A ese imprudente que con su acción me obliga a arriesgar la única posibilidad de tomarme esa línea de colectivo que tiene menos frecuencia que el cometa Halley. Cuya existencia roza el mito urbano.
A ese malparido que hace peligrar mi vida, haciéndome parar en medio de calle Mitre, so pena de sumarme a la lista de gente que muere de pura boluda. Ya me imaginaba el titular del periódico: Joven muere por no ver el 35/9 (¡¿”JOVEN”?! ¡¿Ni siquiera “mujer”?! Ni siquiera me van a reconocer como una adulta en mi último acto vital… o sea, el de morir)
-¡Por gente como vos hay guerras y la gente se muere de hambre, hijo de puta! ¡Basura, ojalá que te sequés de vientre y te salgan hemorroides de tanto hacer fuerza! ¡Ojalá venga el 35/9 y te estrole el Fiat modelo 1980 que tenés! ¡Prefiero tomarme el colectivo antes que subirme a ese cacharro! ¡Y no lo puedo hacer! ¡¡¡PORQUE EL CACHARRO ESTA EN LA PARADA DEL COLECTIVO!!!
Y el espejo, claro, ante tanto despliegue de violencia (y talento, ejem) y sabiéndose inocente, me mira impertérrito.
NO. La señorita -tan cocorita-, que siempre le contestó a papá, que discutía con los profesores, que en el trabajo le dicen “la rebelde”, que prefiere ser jodida en vez de ser falsa con sus colegas. Ella, a veces se calla la boca, aunque tenga razón. El dueño del Fiat ni se enteró.
Y de haber hecho todo lo que ahora imagina, las respuestas hubiesen caído como rayos: mal atendida, histérica y otras denominaciones de lo más ocurrentes. Es la idiosincrasia de ignorar las transgresiones y prestarle atención a aquellos que, quizás hijos de turistas, se empeñan en hacer cumplir sus derechos.
Aprovecho para solidarizarme con doña Julia, que en el súper no dejó que le abran la cartera, porque es ilegal (y no por vieja jodida), mientras los otros compradores la miraban con reprobación, ya tildándola de culpable. Y con Germán, que decidió amenazar a la empresa telefónica con ir a la Oficina del Consumidor para que le arreglen la línea. Así, puteando a los legítimos culpables, salvó su matrimonio y se alejó por algún tiempo de los problemas coronarios que a los 56 años lo acechan.
Paro de solidarizarme, porque no se me ocurren más ejemplos. Y me pregunto por qué -si tanto nos gusta vivir en democracia- no la usamos más seguido.
Para vos… BASURAAAAAAAAAAA &/%&%$#%&/&t%&$&
Julio 28, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
El domingo, además de ser el día en que la gente más se suicida, es el punto de largada oficial para las búsquedas laborales. Sospecho que hay cierta intrínseca conexión entre estos dos fenómenos.
Es en el búnker de una amiga donde se despliegan los clasificados del diario La Capital (que todavía se niega a ponerlos en Internet). En otro sector, un segundo grupo recorre algunas de las quichicientas páginas web que se dedican al reclutamiento de futuros empleados, en tanto tengan una altura que a mis 23 años ya no voy a alcanzar (ZAS), un color de pelo exactamente opuesto al que tengo por natura (ZAS), títulos que no poseo (ZAS), experiencia que intento obtener justamente buscándola en dichos clasificados (ZAS) y la edad que tendré dentro de unos 10 años (DOBLE ZAS)
Es así como durante la semana recibo sendos mails con ofertas laborales “para vos”, de la talla de: Se solicita traductora de mongol, se busca vendedora de termos para trabajar en Turkmenistán, zoológico de Macedonia necesita domadora de hipopótamos con experiencia en armamento ligero… y así.
Uno discreto en la tercera columna dicta: “Se busca secretaria amante”. –¿QUÉ?- grita una miembro del escuadrón de búsqueda, cuando se la descubre anotando el teléfono. –El aviso no especifica amante de qué…- se excusa ingenua. Y es que ante la infructuosa búsqueda, los principios -tan arduamente inculcados por nuestras madres- empiezan a flaquear.
Cuando se logra dar el siguiente paso, el de la entrevista, el destino nos encuentra compitiendo con otras 249 postulantes que tienen la misma mirada desesperante, los mismos principios desgastados y la misma sonrisa compradora, ensayada especialmente para aquel que decidirá cuál es la mejor indicada para el puesto.
Con el paso del tiempo, los recursos humanos se han perfeccionado tanto que ya rozan las ciencias exactas. Algunos llegan a pedirle al postulante que escriba tres renglones a mano. Tras un profundo análisis grafológico, el potencial empleador determina si la persona está loca, si le gusta que le den órdenes, si le va a robar a la empresa, y si –en caso de que la echen- es capaz de aparecer armada con una ametralladora y matarlos a todos. En caso de que la letra guste, o de que la casita que nos hicieron dibujar está apoyada sobre suelo firme, podemos quedarnos con el trabajo… al menos por tres meses de prueba (¡ZAS! ¿Cuándo se canta victoria?)
De 111 avisos, sólo se alcanzan a rescatar dos, que no alcanzan para rescatarnos a todas de la desocupación. Y así, desde nuestra franja 20-25, esperamos que el próximo fin de semana, los clasificados nos puedan dar un feliz domingo.
Julio 24, 2008 | Por brujula37 | # Enlace permanente
Hasta aquí llegué en el periodismo sin tener que dedicarme a otra cosa. ¡Ah! (suspiro) Es verdad que uno no aprecia algo hasta que lo pierde. Parece que me voy a dedicar al comercio.
Afortunadamente estamos hablando de vender un producto en el que tengo fe… pero Palito Ortega también la tenía, y miren lo que le pasó. Desafortunadamente no puedo decir lo mismo de mi capacidad de vendedora, ni de mi talento para crear una pantalla que genere confianza o seriedad. De hecho hay gente que se ríe con tan sólo mirarme.
Y es que son muchas características en contra: Incontinencia oral, verborragia, comicidad inoportuna e incontrolable (sí, de esos chistes que hacen los papás cincuentones…), olor a tabaco… y los rulos. Ninguna vendedora de nada tiene rulos ¡Creo que ni la vendedora del Hidra Curl tiene rulos!
Sí soy muy inventiva, aunque algunos le llaman “ser mentirosa”, pero eso sólo tiene un fin casi filantrópico. Muchas veces me encontré faltándole a la verdad sólo porque lo que se me ocurría me parecería mucho más interesante que lo que en realidad me había ocurrido. No era cuestión de aparentar algo que no era… sino se trataba de vocación artística.
Una cosa es ser esas extrañas criaturas que te dicen “Gordi” después que te pasaste un fin de semana a líquidos, y las que inevitablemente se quedan con tu dinero, no por su talento nato para la venta sino porque la remera te queda bien, y contra eso no hay competencia.
Otra cosa es ofrecer un servicio que nadie pidió y cuya necesidad hay que hacerle creer al cliente… cuando bien sé que un ser humano necesita sólo de agua, oxígeno, abrigo y comida (Y el tapaojeras de Artez Westerley)
Después está la dispersión:
Yo: – Y además es súper novedoso
Potencial cliente: -Sí, en eso tenés razón ¿Y cuánto costaría el servicio?
Y: -Te daríamos un mes de prueba y, si querés seguir con nosotros, son 250 pesos por mes.
PC: – Y, es medio caro…
Y: – ¡Si! ¿No? La verdad que sí. Yo le dije a mi socio, pero él dice que es para arrancar, que más adelante le bajamos, depende cómo nos vaya. Yo le creo. ¿Usted le cree a su socio? ¿Hace cuánto tiene este negocio?… ¿Cuánto sale eso?
PC: – Está 40 pesos, lo trajo mi hija de Birmeningstan, los fabrican la decimocuarta generación de monjes guanchones del sur del país.
Y (PC): – Aaaah, es re lindo. ¿Y para qué sirve?
PC (Y): -Sirve para limarse las uñas de los pies, que ahora en invierno molestan un montón largas. Sobretodo a ustedes, las chicas jóvenes que usan botas.
Y (PC):- ¡Huy sí! ¡Es verdad!
PC (Y): – Bueno, esto te las permite limar sin necesidad de agacharte
Y (PC): – Medios vagos los monjes… debe ser la dieta hipocalórica (intento de chiste). A mí tampoco me gusta agacharme
PC (Y): – …te lo dejo a 30.
Y (PC): -¡Ay! Es que no tengo dónde meterlo. Tengo que salir yo de la habitación para que entre el… ¿Cómo se le dice?
PC (Y):- Es un “tingolele”. Traje 50 y me quedó ese.
En fin, sepan que para limarse las uñas de las patas sin agacharse, un tingolele no sirve.
Es apenas un vaticinio de lo que puede llegar a pasar. Conozco mis patrones y todo indica que soy la potencial antítesis de Donald Trump. Pero, además de todo eso, sé que soy una rebelde de mi forma de ser… pero eso es otro post.
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