PARA PENSAR EN FRIO (Sí, sobre los glaciares. Sí, es un lugar común)

En este mapa se muestran ejemplos del rol que las nuevas tecnologías juegan en el activismo ecológico, y un pantallazo de los medios tradicionales en el amanecer de la nueva ley de glaciares

desde Ley de glaciares on Trailmeme.

PENDEJOS (UNA TÉTRADA TIRADA DE LOS PELOS)

lolita“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”, decía un ardiente Humbert Humbert a través de la pluma de Navokov. “Un degenerado”, diría mi mamá lisa y llanamente, luego de enterarse que el objeto de deseo del profesor ficticio acusaba sólo 12 años. “Si es una nena”, diría Francella.

¿Humbert Humbert es un perverso por haberse enamorado de la hija de su esposa o lo suyo fue un problemita de timming? No entraremos en el ríspido mundo de la psicología con tan pocas herramientas. Lo cierto es que, mucho antes de que Freud se hiciera preguntas como esa, nació la Infancia.

Claro que niños hubo siempre. Lo que nació entre los siglos XVI y XVII fue la infancia moderna o lo que el historiador Philippe Ariès llamó un “sentimiento moderno de infancia”, que comenzó a romper ese mundo etareo homogéneo, donde niños y adultos vestían igual, eran protegidos –o castigados- por las mismas instituciones, usaban los mismos objetos y se movían en los mismos espacios.

las meninas

El cuadro “Las Meninas” de 1656, obra del español Velázquez, es una ventana a ese mundo. En el centro de la imagen aparece la Infanta Margarita de cinco años, en una pose propia de una dama, y con ropajes que hoy no sobrevivirían limpios más de dos minutos en una nena. Es así que la infancia moderna tira por la borda –o caduca- la tolerancia a prácticas por entonces naturalizadas, como el trabajo infantil y el casamiento a corta edad, que felizmente habría adoptado Humbert Humbert.

Esta diferencia entre niño y adulto a su vez extiende un abanico de instituciones dedicadas la protección de la infancia y sobre todo a su educación. Este último punto está relacionado también con la recuperación que el concepto de infancia hace de las prácticas de sociedades tribales, en donde la entrada a la adultez denotaba también un período previo al ingreso a esa nueva etapa, aunque los modos –que eran generalmente a través de traumáticos actos de iniciación- no fueran los mismos.

En los últimos 300 años, la infancia ha sido objeto de estudios y responsable del surgimiento de documentos de carácter internacional para preservar a los niños. Uno de los más emblemáticos es, sin duda, la Declaración de los Derechos del Niño de 1959, aprobada por la Asamblea General de la ONU. Estos diez  principios de algún modo resumen los conceptos de infancia que en la actualidad se tienen en el mundo occidental.

Pero algo pasó. La pedagoga Gabriela Diker señala que todas las certezas que se tenían de la infancia se han visto desbordadas por el advenimiento de otros elementos, que han invertido el concepto: infancias (en plural), nuevas infancias, cyberniños, niños-adultos, niños vulnerables, infancia hiperrealizada, niños en riesgo. Muchos pensadores inclusive han planteado la desaparición de la infancia. Aquel primer pensamiento de que los infantes debían ser recibidos por adultos que les mostraran el mundo durante esa etapa, se ha invertido en miles de pantallas a los que acceden sin mediador. Un mundo en donde el más joven manda.

Además, la vitalidad de la infancia moderna empeora si tenemos en cuenta otros conceptos menos académicos como “pendeviejos” o “adultecentes” y debates de conyuntura como la penalidad de los menores y el surgimiento del “pibe chorro” o el sicario. Les dejo entonces los disparadores, aunque sea para que se detengan a mirar al niño que tengan a mano, si pueden diferenciarlo de un adulto.

MIS 25 VERDADES

cumple sola2Aquí estoy con la sola compañía de mi cuarto de siglo. Gracias a Mark Zuckerberg que existe el Facebook, tengo una linda lista de saludos por mi natalicio que me hacen sentir halagada.  Todas estas personas desde ya ignoran las oscuras aristas de esta personalidad mía, o saben algunas que no son suficientes para alejarlos.

Es por eso que he valientemente decidido poner a prueba la fidelidad de mis cómplices haciendo públicas 25 verdades mías, so pena de quedarme cantando el queloscumplasfeliz sola. Estas son:

  1. No es que no como nada y engordo igual. En realidad como de más, y por eso engordo. Es lógico
  2. Nunca tengo plata porque la gasto. También es lógico
  3. Un 97% de las cosas que me pasan, son culpa mía.
  4. Prometí que dejaría de fumar cuando no pudiese correr más de cinco kilómetros. Hace tres años que ni lo intento.
  5. No creo en la iglesia, pero me persigno cada vez que paso por la puerta de una, por si las moscas.
  6. Cuando el horóscopo me depara algo bueno, me alegro.
  7. Cuando estoy sola, también tomo alcohol.
  8. Tengo conversaciones conmigo misma, pero me aburro.
  9. Cuando veo una película de terror, no puedo dormir.
  10. Si hay una cucaracha y estoy acompañada, grito. Si estoy sola, agarro la chancleta y la mato sin emitir sonido.
  11. Junto porquerías.
  12. Me saco el esmalte de las uñas con los dientes.
  13. A la larga, mi mamá tenía razón. En todo.
  14. Cuando voy al gimnasio, imagino que estoy en un programa de TV de fitness.
  15. Muchas veces hago que sé, cuando no sé.
  16. Siempre quise tener un sobrenombre copado. Nunca lo logré.
  17. Robo encendedores, pero no me doy cuenta.
  18. Devoro comedias románticas.
  19. Capusoto no me causa. Esto es una traición a mi generación.
  20. No como cualquier cosa.
  21. Hago videos de música delante del espejo. El desodorante es el micrófono.
  22. Me levanto de buen humor. Un profesor de filosofía me dijo que desconfíe de la gente que se levanta de buen humor. Estoy de acuerdo con él.
  23. El primer CD que me compré fue el Unplugged de Shakira. Lo tengo a mano.
  24. Mi cama esta inexorablemente destendida. Siempre
  25. Me encanta cumplir años.

MÁS RESPETO QUE VOY A SER TU MADRE

 

 

Esa noche volví una hora después de lo que había dicho que iba a volver. Mi proceso de curar de espanto a mi madre recién había comenzado, y me la encontré hecha un mar de lágrimas, mientras me condenaba/deseaba/adelantaba: “Ya vas a ver cuando tengas una hija… Si. SI, TE QUIERO VER! Quiero que Dios me de vida para verloooo!!!”

 

 

Por aquellos años también estaban en la lucha contra mi tabaquismo, lucha que lamentablemente perdieron, pero que al menos sirvió para demostrar el error de la predicción de mi padre, que catastrófico bramaba: “Del pucho a la drogadicción en una seca”. El pucho sigue, pero de las drogas ni noticias… más que por algún paracetamol de tanto en tanto. La predicción de mi madre, en cambio puede llegar a cumplirse.

 Pasada la adolescencia (más o menos), y diez años después de aquel día en el que juré no armarle escándalos a mi hija, descubro a través de una charla con una amiga obsesionada en formar una familia, que existe en mi inconciente cierta lista de leyes que, de ser rotas por mi hija, me llevarían a hacer un escena quizás más dramática que la protagonizada por mi mami.

Mi mamá conoció a una chica de mi misma edad. Lo único que tenemos en común es la generación. Nos separan innumerables diferencias: usa un anillo de oro en el dedo anular de su mano derecha, tiene una libreta de familia y anda corriendo detrás de un enano de ojos celestes, igualitos a los de ella. Así como la ven, nacida en 1985, la chica esta tiene una familia planificada. Me consta que mi madre está orgullosa de mí, pero muy dentro suyo –bueno, no tan dentro suyo- hubiese preferido que a esta edad ya hubiese estado aunque sea cerca de esa situación. Pero no, y así las cosas…

 

Aquí les van algunas de esas opciones que hacen que se me haga un nudo en la garganta de sólo pensar que mi hija las puede llegar a elegir:

 

 1) Que su única vocación sea la de ama de casa: Soltá esa valerina, que te la hago comer.

2) Que se burle de Los Piojos: Vos lo tendrías que haber escuchado a Palito Ortega, mal educada de mierrrrrrr…

3) Que no lea los diarios, si es que existen: Mamá es periodista. Y en casa de herrero… lee el diario o te reviento.

4) Que odie a Argentina: Es lo que hay, y lo que hay es tan hermoso. Lástima algunos que la habitan y ese maldito cansancio de los buenos.

5) Que no le guste viajar: Se fortalece el corazón y abre la cabeza. Si a los doce años no desarrollás cierta rapidez para hacer los bolsos, mamá te deja encerrada en casa durante toda la primera quincena de febrero.

6) Que diga “negros”, “grasas” y demás adjetivos afines: Quedás tan hueca…

7) Que me cuente todo: si le podés contar todo a tu mamá cuando sos adolescente, es porque evidentemente no entendiste el concepto de ser adolescente.

8 ) Que no le guste salir a bailar: definitivamente no entendiste la consigna.

9) Que se arrastre por un tipo (al menos sin disimular): te permito un arrastre privado, en la protección de su hogar. Pero afuera se me porta como una señorita

10) Que falte a los cumpleaños a la que la invitan: A los cumpleaños se va enfermo, triste, deprimido, cansado, obligado, enojado… si te invitan, vas. Y esta ley tiene el mismo peso que la de no subirse a autos con extraños y a la de no sentarse en el inodoro de los baños públicos.

 

¿Será verdad eso de que nuestros padres tienen la verdad? Me queda un tiempo largo para descubrirlo.

 

SEA RESPONSABLE, DESE SU BAÑO SEMANAL DE A DOS

Una fuente poco confiable me contó que, durante su estadía en Francia se topó con este cartel que, además de alertar sobre la escases de recursos acuíferos en Europa, aconsejaba compartir la ducha semanal con su ser más querido (su mascota, por ejemplo). Dejando de lado los problemas de traducción que pudo haber tenido este turista y la supuesta reticencia a bañarse de los parisinos, esta situación nos sirve como puntapié inicial para hablar de nuestras responsabilidades (o la falta de ellas) en cuanto a la protección del medio ambiente.

No nos queda otra. Antes bostezábamos escuchando a los ambientalistas que dale que dale con el calentamiento global y hoy nos ponen la tapa. Un agosto con 30 grados, huracanes en Misiones, inundaciones en Salta y el olor a podrido del Paraná son pruebas irrefutables de que la estamos embarrando.

“Yo, Argentina”. Que fea frase esa, pero no voy a ponerme en hipócrita justo con ustedes. La pura realidad es que me preocupa, sí, pero no me quita el sueño. Sin embargo, tengo épocas en que me agarra la culpa y pretendo salvar el planeta de las formas más insignificantes. Nada de desnudarme y mancharme de sangre en la puerta de la Municipalidad, ni de ponerme en el camino de los barcos que pasan por el río. Nada de eso.

Hoy, por ejemplo, no pude abrir el cajón de los repasadores. He contabilizado 34 bolsitas de La Gallega, 26 del Coto y 7 del Jumbo más otras cinco gigantes de la lavandería que, dobladas en perfectos triángulos, me impiden secar los platos. La campaña “No hagamos bolsa al planeta” caló fuerte en mi conciencia, pero no tanto como para invertir en una bolsa de lona que reemplace las de plástico. Estoy considerando la posibilidad de llenar el puf de la pieza con las bolsitas. Un poco ruidoso sí, pero mejor la contaminación sonora a que se muera un pumita…

En cuanto a los ya nombrados platos, están levemente engrasados debido a otro de los cambios que pretendo implementar en mi nueva vida ecológica: lavarlos con la canilla cerrada y la sola ayuda del agua que pongo en una olla. Mientras uno se la pase comiendo milanesas de soja y ensaladita, está todo bien. El tema viene cuando uno se le da por cocinar fideos con tuco, o una milanesa con papas fritas ¡Que venga la orca Willy a sacar la mugre con medio litro de agua!Viéndole el lado positivo, cuando uno está a dieta, puede lamer el plato para recordar cómo sabe una hamburguesa, que quedó pegada de la última lavada.

La de los papelitos en la cartera y los bolsillos es una buena costumbre que mantengo desde muy chiquitita. Lo malo es que siempre me olvido de sacarlos y a veces encuentro uno que otro chicle masticado pegado al celular.

Además me he propuesto proteger la rica fauna que me rodea: murciélagos, perros, gatos, cucarachas y ratas. En pos de evitar la extinción de esta última y a modo de protesta, estoy en pleno boicot a la verdulería de mi cuadra, luego de presenciar una terrible escena, que le provocaría un paro cardíaco a un miembro de Greenpeace. Iba haciéndome la linda por calle San Juan, cuando sentí un tímido roce en mi zapatilla izquierda. Creí que el verdulero – que tiene un notable parecido a Marquitos Di Palma- finalmente se había decidido a declararme su amor e intentaba demostrármelo con un mimo en el pie (sí, ya se, medio raro, pero de los hombres ya me espero cualquier cosa).

Imagínense mi sorpresa cuando descubro que lo que había pasado veloz a mi lado era una rata. Y atrás salió despedido Marquitos, que luego de perseguirla varios metros, le pegó un buen escobazo que dejó a la ratita de coté, más muerta que mi amor por el verdulero. Fue el fin de nuestra relación. No se si ayudo a la Tierra, pero hace cuatro días que vivo a base de bifes. Todo bien con el planeta, pero yo a la carne no renuncio.

BASTANTE GRANDECITA


“Eeeeeh 23. No, no. 25. NO! 24, 24. Posta”, es mi poco creíble respuesta cada vez que me preguntan la edad, mirándome con cara de “¿te aprendiste tu DNI por lo menos?” Y yo les sonrío, esperando que mi carita de nena – mi madre asegura que la tengo- me ayude a sortear la antipatía del interlocutor. No es coquetería ni afán de quitarme años de encima. No todavía, al menos. Créanme que es pura desorientación.

¿Cómo pretende la sociedad que concilie el ser mayor de edad con la necesidad de llevar las llaves de casa colgadas en el cuello? No las llevo, pero las veces que las he perdido me lo piden a gritos ¿Cómo puedo creerme capaz de decidir el futuro de mi nación mediante el voto cuando hay veces que luego de ver una película de terror tengo que dormir con la tele prendida? Les diría la luz, pero ya es bastante vergonzoso…

La ley argentina me hizo mayor a los 18 años pero, si me permiten disentir, tengo pruebas que demuestran claramente lo ridículo de esta legislación (entre otras leyes igual de ridículas, que no vienen al caso). En primer lugar está mi imposibilidad de desarrollar una firma seria, digna de respeto o al menos que cumpla su función de ser difícil de copiar. Es así que desde mis tiernos 16 hago un firulete que no quiere decir ni Belén, ni B.Albornoz, ni MBA, ni nada afín a mi identidad. Es más, es la misma firma que a los cinco años hacía cuando mi tío me regalaba cheques vencidos, y yo jugaba al banco. Lo más patético de todo es que ni siquiera me preocupa la posibilidad de que alguien intente falsificarla ¿Quién querría hacerse pasar por una nena de 15, digo 16, digo 24 años?


Una noche de mis 17 años volví con olor a cigarrillo a casa. Mi papá me miró con cara de reprobación, y el reto era inminente, cuando mi madre lo frenó, advirtiéndole: “Dejala, ya es grande y sabe lo que hace”. Y pensé: “Pero nooooo, póngame en penitencia, péguenme un chirlo, no tengo la más puta idea de nada…” Y ahí fue cuando empezó esta mentira.

El fraude se hace insoportable a la hora de votar. Entro temerosa de que alguien descubra que me gusta mirar las pelis de Disney, que me leí todos los Harry Potter, que tengo un llavero de Winnie Pooh, que mis sábanas favoritas tienen estampado de hadas y princesas, y que mi bandeja de tomar la merienda tiene un unicornio.

Y luego de hacer la cola para entrar al cuarto oscuro, de entregar mis documentos, de decir buenas tardes a las autoridades de mesa, entro al lugar de votación, tomo mi voto, salgo y lo introduzco en la urna “¿Me comerá la mano? ¿Tendrá un detector para los que se las dan de grandes? ¿Le habrán hecho algún hechizo, como lo hacen los personajes de Harry Potter? ¿Estas posibilidades no las tendría que haber dejado desechado cuando me dijeron que Papá Noel no existía?”, me pregunto, ante la mirada atónita del resto de los votantes, que no pueden creer semejante conciencia democrática en una chica de 23, digo 24 años, que se queda parada, como pensando si su decisión electoral fue la mejor.

Otra peligrosidad de mi falsa adultez -pero que dentro guarda quizás la única posibilidad de que, de una vez por todas, tome conciencia de mis obligaciones y las consecuencias de mis acciones- es la de ir presa. A veces olvido que ya no soy inimputable… pequeño detalle si uno trata, por ejemplo, de putear a un policía. Y estoy segura de que, cuando me metan en celda común, comenzaré a gritar: “¿¿¿Pero y los derechos del niño??? ¡Llamen a UNICEF!” Y me quedaré allí, esperando que mis papis me vengan a buscar, y las horas pasarán, y lo único que llegará es la verdad, que caerá sobre mí, cual Voldemort y me dirá: “ya estás bastante grandecita”.

NO SEAS TAN CRUEL

En esa relación delicada, complicada e inexplicable que es la amistad existe cierto afán de compartir casi todo en materia sentimental, anecdótica y material.

Sin ánimo de diferenciar genéricamente (porque no tengo ganas, no porque no se pueda) hombres y mujeres mariconean en los brazos de sus hermanos por elección, se prestan calzones y libros que jamás se devuelven y tienen frases cómplices que a nadie les causa gracia fuera del círculo, pero que en ellos generan risotadas que los hacen ver estúpidos a los ojos de aquellos ajenos al grupete.

Así pues, desgracias y alegrías van desfilando por la pasarela de la vida, con el pleno conocimiento del amigo. Sin embargo, algunas emociones –sobretodo las buenas- mejor guardárselas para uno.

Y es que, por más cosas vividas juntos, algunos amigotes no logran responder favorablemente a ciertos aciertos banales. Por ejemplo, el no darse cuenta que uno fue a la peluquería o bajó de peso, o el preguntar insistentemente por el resultado de ese examen que uno preferiría olvidar, pero al mismo tiempo olvidarse de preguntar con igual insistencia sobre aquel examen en el que tan bien nos fue. Y existe un tercer error que seguramente pasará inadvertido para muchos pero que, en mi opinión puede ser el germen de cultivo del final de una gran amistad, y es la honestidad gratuita con su máximo ejemplo: “Yo lo vi más barato”.

En un mundo en el que la mayoría de nosotros estamos condenados a vivir con nuestros padres hasta edades gerontas y en el que cien pesos ganados con tanto sacrificio apenas si se pueden transformar en cinco abúlicas y efímeras bolsitas de supermercado, encontrar algún producto de coquetería más barato de lo esperado puede hacernos el día, la semana, el mes,… LAVIDA.

Pero aparece esa, aquella persona que elegimos como familiar, para que con su estúpida inocencia, nos pinche el globo, abra su bocota e informe que esas botas están 50 pesos más baratas ahí, en ese local a escasas cuatro cuadras de donde VOS compraste TUS botas.

“Pero mirá que estas son de cuero ¿eh?” aclaro, a lo que responde convencida: “Si si, estas también”. “Pero mirá que estas son de la marca ‘Empeine Fino’, ¿eh?”, continúo, mientras un lagrimón comienza a piantarse desde mi ojo izquierdo. “Si, si, estas también. Son las mismísimas mismas botas”, insiste. “`Pero… mirá que estas son 37”, intento un último consuelo, pero decidida a clavar el puñal, concluye: “Sí, tenían todos los detalles. Inclusive en el color gris, que vos querías. Igual las negras que te compraste son lindas…”. Tarde para consuelos, mi amiga. La pregunta es “¿qué necesidad?”.

Amigos y amigas del mundo, salvemos uno de los pocos lazos humanos que nos quedan. Hoy los convoco para que cuidemos esa relación impagable que se llama amistad. Abracemos a nuestros compinches, acompañémoslos, querámoslos, perdonémoslos, pero por lo que más quieran, nunca, jamás les digamos que lo que se compraron está más barato en otro lugar.

¿Y DÓNDE ESTÁN LAS FEROMONAS?

Al menos una vez por año, me sirvo una copita de anisete o bien respiro hondo y me mando un caramelo Media Hora (sí, todavía no los quitaron de circulación). El resultado en los últimos diez años ha sido más o menos el mismo: yo abrazada al inodoro -arcadas y vómito mediante- y la segura seguridad de que el anís sigue sin gustarme. Aunque luego del vómito y los buches, el “sigue sin gustarme” se termina convirtiendo en un mero eufemismo.

El episodio es el resultado de una muy mala costumbre: la de desconfiar de mí misma y de mis gustos. Realmente no había necesidad de chequear lo que ya sabía: odio el anís y es muy difícil que empiece a gustarme mágicamente, salvo que lo pueda relacionar con algo muy agradable, de la talla de ganarme el Quini 6 en el momento exacto en que mis papilas gustativas rozan las primeras gotas de annisette. Como el perro de Pavlov.

Lo bueno de todo es que el anís no tiene sentimientos, no tiene estima –ni auto, ni ajena- no te invita al cine, no se ofende si no le devolvés los llamados ni tampoco aprecia el esfuerzo que hago para que me empiece a gustar, a calentar, a divertir… a hacerme sentir algoooo! Ejem, ¿Seguimos hablando del anís?

Y ahí estaba mi amiga, con su “chico anís”. Odontólogo él, unos hermosos 28 años, camisita, pantaloncito; en una palabra impecable. Simpático, serio, rubio, rico olor. Auto y, como si eso fuera poco, Anissette se bajó y abrió la puerta del mismo ante la atónita mirada de mi amiga que siempre había creído que los chicos que te abren las puertas de sus vehículos estaban a la altura de Papá Noel, los Reyes Magos, las hadas y las sirenas. Puro cuento.

Dos horas después, no había con qué darle. Nada. Ni una hormona loca, ni alguna feromona que hiciera su trabajo, ni el alcohol en grandes cantidades ayudaron a que al menos una mariposa se despertara y diera vueltas en el estómago de mi amiga. “¿Pero por qué? ¡Si es perfecto! Si mi mamá se entera de que salí con este bombón y no me pasó nada, me mata. Si mis amigas se enteran de que lo dejé escapar porque no me movía un pelo del flequillo, pierdo cualquier derecho de quejarme por la falta de hombres ¿De donde saqué tanta ingratitud?” se preguntaba angustiada mi amiga mientras lo miraba caminar hacia el baño, y la angustia crecía al darse cuenta que… ¡hasta de espaldas era perfecto!. Casadero. El nuero que cualquier suegra quisiera tener.

Son los misterios de la química, para algunos, o las cosas del querer, para otros. Lo que no gusta, no gusta, y contra eso no hay remedio. Y si los esfuerzos para que los gustos cambien se nos van de las manos, corremos el riesgo de terminar abrazados al inodoro. Si les sirve para curar ese cargo de conciencia que les produce decirle adiós a un anís para terminar comiendo algo mucho peor, déjenme hacerlos reflexionar. ¿Recordás esa chica con la que saliste tres veces, la besaste una y luego te borró de una del MSN? ¿Te acordás de cómo llorabas cuando Pepito desapareció de un día para el otro a pesar de que se vieron cuatro veces? Todos, más temprano que tarde, nos convertimos en el anís de alguien, que no encuentra forma de tragarnos. Provecho

AND THE WINNER IS… YO!

Y yo que pensé que la fama era ir a comer a lo de Mirtha. Breve post para agradecerle a Dr. Fernet por el galardón otorgado y para cumplir con las obligaciones que me impone ser galardonada.

Al desvariado -y por igual reconocido- bloggero Dr Fernet se le ocurrió que “Te digo que no duele” estaba entre los 10 mejores blogs que leyó… de un probable total de 10 blogs que leyó. Todo esto en el marco de un premio llamado “Olha, que Blog Maniero”, que -según investigaciones ajenas- significa “Mirá, que blog más creativo” o “Mirá que blog más nítido”. Lo de creativo me lo quedo… lo de nítido habrá que agradecérselos a los programadores de Clarín. Pero sí, ¿para qué lo vamos a negar?, mi blog se ve clarito clarito.

Bueno, basta de falsa humildad. Ante todo, gracias… y después “de nada”, porque me toca a mí nominar a otros 10 blogs:

DR FERNET “DIVAGANDO CON EL DOCTOR FERNET”

MANU-EL “LA VIDA CON HUMOR”

AMY “SEGÚN PASAN LOS AÑOS”

CÉSAR ANDRÉS “PERDIENDO AMORES”

GERALDINHO “NO TE VAYAS, ESTÚPIDA”

KOSHEN “DESDE LA PUERTA: LA MIRADA

MONICAIFORTE “¿SEREMOS TONTOS?”

MAJOFA ® “HUMOR GRÁFICO”

LENO “POR EL MUNDO”

MOVI “MOVI”

Hete aquí el reglamento del premio Manerio:

*Exhibir la imagen del premio Olha que blog Maneiro.

*Poner el nombre del blog que te lo otorgó.

*Hacer una lista con los 10 blogs preferidos.

*Avisar a los indicados

*Publicar las reglas.

Y espero que me den algo material, como una estatuilla… no por mí, sino para mostrárselo a mi mamá.

NO SE LES CAE… UNA IDEA

Son cuatro las cosas que extraño cuando salgo de mi país. Ok. Son cuatro las cosas que extrañé la única vez que salí del país: El humor, los hombres, la cerveza en la calle y las publicidades. Estas últimas pueden llegar a tal grado de genialidad que uso los minutos de transmisión del programa para ir al baño y hacer zapping.


La Llama que Llama, Elsa Bor del Encuentro, el Facha y el Hombre Lobo Marino son personajes que me acompañaran siempre, en aquellos momentos oscuros, duros, dignos de la canción de Brahma “Es un bajón”.


Pero como la mayoría de las pasiones, mi relación con los publicistas criollos tuvo su momento más fogoso, y finalmente se extinguió el día en que terminó la constipación en la Argentina. Irónicamente, aparecieron las propagandas de Activia y fue todo una cagada. Así de efectivo resultó el producto.

Yo entiendo la seriedad con la que se debe difundir un antihongos vaginal, un pañal para mayores o un pegamento para la dentadura. Está dirigido a una porción bastante reducida de la sociedad, la gente se pone colorada, se tocan nervios y las susceptibilidades se pueden herir si se las aborda de una manera risueña. Nota al margen, siempre pensé en quienes dan la cara en esas propagandas. Me imagino las irrisorias sumas de dinero que estos actores recibieron a cambio de su dignidad, porque juraría que la atractiva morocha que recorre la pasarela en la propaganda de Vagisil lleva meses sin salir con nadie. Ni hablar de sexo.

Dejando atrás ungüentos vergonzosos, incontinencias adultas y prótesis dentales sueltas, el “tránsito lento” es un problema de todos… como el calentamiento global. No estoy hablando de lo que te pasó cuando volvías de Mardel y en la ruta 2 el carril no avanzaba. Tampoco estoy hablando de cuando estás en la cola del baño, esperando que la mina termine de hacer lo que vaya a saber una que hace. No, no, no. Estoy hablando de algo tan simple como es no poder ir al baño.

Es así como se lo llamaba a este problema, mucho antes de que la Serenísima insistiera en decirle “tránsito lento” e inventara miles de didácticos eufemismos para que la idea cierre, no vaya a ser cosa que el potencial consumidor no entienda que la señora no puede cagar. Que globitos desinflándose, que el vientre achicándose, que cara de enojo…

“No puedo ir al baño”, es eso lo que dijeron generaciones y generaciones de argentinos que hacían fuerza y nada. Que leían el diario, y nada. Hombres y mujeres (y no sólo mujeres, como nos quieren hacer creer) que hicieron grande a este país no tenían necesidad de ser hipócritas y afirmaban: “No puedo hacer”. Y nadie le preguntaba a qué se referían, porque se caía de maduro (cuak): ¡No podían ir al baño!

No se necesita tanta seriedad con algo tan generalizado como esto. No logro entender que desde La Serenísima no hayan optado por apelar a la comicidad, cuando el tema se presta tanto y cuando, además de cagar, los argentinos necesitamos desesperadamente reírnos. Y todo esto sin necesidad de caer en lo escatológico. Espero que pronto algún creativo logre hacer brillar mis ojitos nuevamente.

Mientras espero, Belén tiene algo para decirte: Las propagandas de Activia apestan.


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