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EL COLCHONERO (cuento)

Mayo 18, 2012 en cuento por Roberto Attias

Parque  “Paso a La Libertad”

Parque “Paso a La Libertad”


Me llamo Ramón, Tengo setenta y pico, bueno, hoy cumplo setenta y cuatro. Frente a la cama que ocupaba en la celda, había una mancha de humedad que tenia aspectos variados dependiendo de mi estado de ánimo y del ángulo en que se lo mire.

Antes de ayer desperté melancólico y parecía una nube oscura que huía de una tormenta sobre la pintura gris de la pared.

Estaba particularmente abstraído por los recuerdos los cuales me condujeron hasta los días en que vivía en un barrio humilde en la avenida Rodríguez Peña (al fondo), cerca de la barraca La Unión. En esa casita donde nací, allí pase mi niñez hasta que la muerte arrebato la vida de mi madre tras un largo sufrimiento. Siendo todavía muy joven quede al cuidado de don Juan Saravia, mi padre, fue huraño pero buen compañero, decía que el colchonero era un artista, de el adquirí los conocimientos de colchonería como él lo recibiera del suyo. Nuestro hogar tenía

un local al frente, al costado de este un pasillo angosto en cuyos márgenes estaban las plantas medicinales dejadas allí por mis abuelos. Por esta sucesión de ladrillos hábilmente colocados se podía acceder al escusado. Completaba la edificación una sala que usábamos de cocina-comedor, mas dos piezas de las cuales una fue nuestro dormitorio y la otra un deposito para la lana y la escardadora. Esta era una maquina manual que separaba la lana apelmazada dejándola más esponjosa, a la vez que se desprendía el polvo y la suciedad. Cada mañana nuestra labor desarmando un extremo del colchón, sacaba los bordes y los botones, el cotín se lavaba o se cambiaba y se rellenaba nuevamente con la lana cardada, y se lo cosía. Esto lo hicimos por muchos años hasta que don Juan murió de cáncer. Desde entonces estoy huérfano y solo, ya que soy hijo único y además soltero.

Cuando cumplí 45 años, entre mates, el trabajo y los programas de música de la radio pasaba las semanas en soledad. Meses después conocí a una bella mujer, que cada cuatro días venia a visitarme. Martha era muy coqueta pero poco refinada, siempre la atendía bien pues me alegraba con sus visitas y porque me sobraba el tiempo. Comenzaba la moda de los colchones sintéticos de goma- espuma que además eran económicos.

Pasado un corto tiempo comencé a celar de sus compañías ocasionales, pero a ella no le importaba pues no olvidaba sus objetivos y yo le servía para pasarla bien. En algunas oportunidades se quedaba a pernotar. Mi sentimiento de amor- odio fue creciendo hasta hacerse intolerable. Un día me ausente en busca de algunos insumos y a mi regreso la halle en mi lecho con otro hombre. En estado de ebriedad, la ira nublo mi entendimiento y corte el hilo de su vida y su pareja salvo la suya porque descubrió todo lo veloz que podía ser corriendo desnudo.

Luego me entregue a la comisaría. El juicio fue corto y brutal, la ciudad se quedo con mi casita y mis herramientas que nadie quería, fueron a parar a una empresa recicladora de chatarras.

Ayer hizo 29 años de aquel primer día en el cual fui encerrado en esa cárcel la que fue mi único hogar desde entonces. Con los años logre tener mi vida bien ordenada, los guardias y el sistema me convirtieron en un hombre obediente de los reglamentos y horarios.

Pero algo golpeo la reja de mi celda, era el dictamen que otorga libertad condicional a los mayores de setenta años y que había solicitado su aplicación en mi favor una Fundación de Derechos Humanos.

En ese momento pensé – Se supone que es una oportunidad para los viejos pero yo no la quiero! Estaba furioso con el sistema que no consideraba mis opciones y repetía en vos baja solo para mi, – Aquí estoy a salvo de la violencia urbana, de los problemas para conseguir alimentos y el dinero para pagar el alquiler, aquí estoy cómodo y seguro, acá esta mi casa y dentro de ella la única familia que conozco!, ¡Mañana tendré que marcharme!-

El pánico a la libertad fue demoledor, tenia la boca seca y tartamudeaba. Era media noche y no podía dormir, todos los pensamientos se mezclaban y giraban dentro de mí. Atónito con la mirada fija en el techo esperaba que aflore una idea salvadora. De pronto halle la solución, estando en libertad, esperare la noche y no faltara que una de esas mujeres que deambulan por las aceras me done su infeliz vida para poder volver a mi hogar, en pocas horas estaré nuevamente de regreso en mi cama, feliz y sin temores. Con ese nuevo pensamiento me dormí.

A llegar el día el guardia me condujo ante las autoridades del penal y después de las primeras horas de la tarde salí a la ciudad, al bullicio ensordecedor. No soportaba esos ruidos estridentes y el reflejo del sol en los vidrios de los autos herían mis pupilas acostumbradas a la penumbra. Con prontitud me dirigí a una plaza y me cobije en las sombras. Luego de un rato, ya repuesto, camine por las veredas tropezando con la gente presurosa. A poco andar llegué a una dirección que me dieran, es un albergue para indigentes, me habrían indicaran que debía registrarme y lo hice.

Transcurría el tiempo con lentitud, libre de compromisos me dirigí a un parque esperando la noche. La tarde era fresca, tenía un saco, un chaleco y un ponchillo de lana Merino con rayas sobre los hombros y en la manga un trozo de hierro aguzado.

Al llegar el ocaso invernal el lugar se despobló y quede solo entre los canteros sin flores. Caminaba bajo la luz amarillenta de las farolas que acompañan los pasillos de piedra que surcan el lugar.

En un recodo vi a la joven correa aterrada, -No tendría más de 20 años – Medite mientras observaba con curiosidad sus ropas desgarradas. En su afán de huir tropezaba, miraba hacia atrás y se levantaba con premura. Sin saberlo continuaba huyendo hacia mí. De pronto en la penumbra nuestras miradas se encontraron y suplicando mi auxilio me estrecho con desesperación.

-¡Esta es la oportunidad que esperaba para completar el plan!

Pensé, mientras apretaba con fuerza el mango del arma. Con movimientos veloces la cubrí con mi ponchillo aferrándola con fuerza y sin darle tregua la arrastre hasta un frondoso árbol. Seguidamente mire en derredor y no halle a nadie más, el silencio era absoluto, la quietud, perfecta. Sin dejar de sujetarla nos deslizamos apoyando nuestras espaldas en el tronco hasta sentarnos en la tierra húmeda. Descubrí el alba con los trinos de las aves, aun estoy despierto y alerta, empuñando con fiereza la chuza. Pude observar que el frió había cristalizado el rocío trasformando el paisaje en una escena irreal, todo estaba cubierto con ese manto blanquecino como si una copa de finos y perfectos diamantes se derramara sobre todos esos objetos inmóviles. Envolví el arma con mi pañuelo de cuello y la guardo en la cintura. A mi lado el cuerpo de la muchacha estaba cubierto con mi abrigo, tenía las manos y el rostro helado, estaba inmóvil. La aurora se arrastraba lentamente desde el fondo y venia pintando de luces toda la escena. Aspire profundamente y exhale una bocanada de vapor mientras sonreí complacido, me puse de pie, restriegue las manos y frote con vigor mis piernas entumecidas mientras taconeaba el suelo para entrar en calor. Ella debió oír mis movimientos y abrió los ojos con lentitud, la luz del amanecer que le bañaba el rostro la molestaba. Luego se desperezo lentamente con la visible incomodidad del que ha dormido acurrucado en un lecho de tierra. Allí a mis pies ya totalmente

despabilada me extiendo una mano para que la ayude a incorporarse, posteriormente sacudió su ropa tratando de hallarse lo más prolija posible y a percatarse que estaba desdeñada, se paso la palma de la mano sobre el pelo aplastándolo y aun con el rostro sucio y manchado con el maquillaje me miro con más atención y pregunto

–    ¿Usted es de por acá?

–    ¡Sí!

–    Es que usted parece haber salido de una estampa de otro tiempo, no solo por su forma de vestirse sino también por su impronta ante el peligro.

Ambos hicimos silencio y un momento después ella agrego con marcada curiosidad

–    ¿Vive cerca de aquí?.

–    No…No, he estado ausente por muchos años y ahora no tengo a nadie en esta ciudad ni a donde ir.

Debió verme como un naufrago a la deriva, se acomodo mi abrigo sobre los hombros, me tomo con mucha suavidad la mano cual si fuera mi nodriza y sentí que mitigaba mi tristeza

-     Vamos conmigo te llevare a mi casa, allí mis hijitos deben estar afligidos por mi larga ausencia.

Caminamos lentamente hacia el oeste lejos de mis pérfidos pensamientos de ayer.

Así nos alejamos de ese parque que no supe su nombre, pero que lo rebautice solo para mis futuras anécdotas como “Paso a La Libertad” ya que ese lugar representaba para mí algo magnifico más allá de la comprensión real de muchos hombres. De pronto la sirena de una patrulla policial se oyó a la distancia y me saco de mis cavilaciones, recordé la cárcel y pensé

No volveré!, ella estaba feliz de la seguridad que le brindó mi coraje.-FIN

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2006 —– Buenos Aires (Argentina) Certamen Internacional — Antología — Editorial Nuevo Ser “XIV Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve”

2 cuentos:

CUCHILLO DE PALO (cuento)

Mayo 6, 2012 en cuento por Roberto Attias

Árbol Palo Borracho

El ultimo domingo de abril, en el potrero del otro lado de la chacra de los Benítez, aprovechando un día fresco y soleado se organizo un partido de fútbol, como premio, para hacerlo mas interesante el equipo ganador se llevaría un cordero y tres damajuanas de vino, compradas con el aporte de todos.
Para las dos de la tarde muchos de los presentes ya estaban alegres a causa del vino que pasaba de mano en mano.
Juan Saravia observaba los acontecimientos desde una sombra junto a su pequeño hijo Martín y a La Mabel (como el llamara a su joven mujer).
A causa de unas descortesías hechas a su familia, esa tarde dio una lección a golpes de puños al mayor de los hijos de López, muchacho de mala educación y peores costumbres, dueños de una ladrillería a unos cientos de metros de allí.
Este altercado no tubo mayores consecuencias, pero como el muchacho aborrecido por la mayoría, tubo que soportar la burla de los presentes, al alejarse junto al resto de la familia, entre insultos y frases entre dientes, juraron por lo bajo, que se cobrarían estos golpes entre todos en otra ocasión.
Juan, hombre fuerte e indómito de carácter sereno, vivía junto a los suyos en un ranchito formado por una pieza grande, un amplio alero y un galponcito, que el mismo había construido a orillas del Estero Chico, después de la inundación de 1966, y protegido por la sombra de un frondoso Espina Corona, árbol de buena madera, el conjunto formaba una estampa muy común en esa región.
Cuando moría la tarde en un ocaso rojo y ardiente cubriendo todo el paisaje con un tul carmesí, cansado, con la piel manchada de soles pero con la alegría dibujada en el rostro, volvía Juan por la angosta picada que conducía a su hogar, que con las paredes blanqueadas se recortaba imponente contra al monte, como marcando el comienzo y el final de todas las cosas, o al menos eso era lo que el pensaba, entre una nube de mosquitos y el humo de su cigarro, que como una pequeña estela, iba quedando a su paso en la calma total de la tarde.
Al llegar al hogar, después de cerrar la tranquera ya acompañado por sus perros, se quitaba el sombrero, y sentándose unos momentos a la sombra, a beber unos sorbos de agua fresca que extraía de un cántaro de barro que tenia bajo el alero, cerca de la puerta, sobre un pequeño mueble rustico; Frente a el se encontraba la batea, al verla sonrió y recordó la arduo labor que fue construirla, desde conseguir el árbol apropiado, un Palo Borracho, cortar sus raíces y sus ramas, arrastrarlo hasta el patio de su casa, primero dar un corte transversal, luego calar un hueco ancho y profundo a lo largo del tronco y al finalizar todos sus detalles, emplazarlo allí; todo esto llevo varios día solo con hacha, machete y pico, pero valió la pena, ya que cuando traía agua del estero con el único caballo y el trineo, tenia donde almacenarla para uso de su vivienda. Luego de esto se dirigía al encuentro de su hijo y repetir la rutina diaria mientras su mujer con el mate en una mano y la vieja pava de aluminio ennegrecida y abollada aquí y allá, en la otra, se acercaba para acompañarlos.
Desde que Martín (su pequeño hijo) advirtiera el cuchillo que llevara su padre atrás, en la cintura y bajo la camisa, no dejo de pedirle uno igual y como este amaba al niño y no quería verlo con la mirada triste, le tallo uno en madera dura y pesada, una replica casi exacta , cuidando en detalles como su peso, tamaño y forma, tanto que después de hacerle una vaina de suela como la suya, parecían cuchillos gemelos.
Luego de cenar, las horas transcurrían en el monótono juego, que a solicitud de su hijo consistía en batirse a duelos ambos con sus armas dentro de sus vainas, provocando las risas del niño y los reproches de la madre.
Ayer por la tarde el juego fue breve, el cielo como una crisálida mágica se abrió para dar lugar al fuerte viento del sur, que dejo escapar música de violines entre las ramas de los árboles, con presagio de aguacero, esta fuerza invisible penetro a su morada surcándola y apagando el candil lampiú único testigo de la reunión familiar, con pasos apresurados la familia reunió las cosas ante la poca luz de los refucilos y las coloco a tientas al lado de la cama de cada uno, se acostaron, y al poco tiempo todos se dormían con la vana esperanza de oír la lluvia.
Amaneció un día gris, el viento aun incesante y fresco. Juan como todas las mañanas después de tomar unos mates y preparar su bolso donde también llevaba su almuerzo, partió hacia el obraje donde trabajaba cortando leña.
Después de alejarse unos cientos de metros y en un recodo de la picada, se encontró con la presencia de los hijos de López que habían juntado coraje a fuerza de beber mucha ginebra y lo esperaban.
Juan no se asusto, pero para evitar la pelea, hablando, trato de rodear el lugar, pero los tres muchachos formando un semicírculo lo dejaron sin escapatoria.
Como la situación se tornaba realmente peligrosa para su vida, lentamente mientras dejaba sus pertenencias un el suelo, con la mano derecha levanto levemente el faldón de su camisa y tomo por el mango el cuchillo que llevaba en su cintura, en el mismo momento que su hijo allá en el rancho encontraba con gran asombro el cuchillo de su padre, tan parecido al suyo, entre sus juguetes.-…………………….. Fin.-

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GOSARIO:

Batea de palo borracho:
Elemento rural casero muy usado en esta región, para muchas cosas, como bebederos para los animales, reservas de agua, inclusive para poner a fermentar frutos de algarroba para hacer aloja. Método similar de construcción se usa para realizar el cachibeo (canoa de Palo Borracho usada antiguamente por los aborígenes del litoral )

Candil Lampiú:
Palabra de origen guaraní, farol artesanal o casero. Elemento para alumbrarse. Pequeña botella con combustible (gasoil, kerosén) dotada de una mecha, y un trozo de alambre para colgarla. En cada región tiene un nombre distinto.

Cántaro para agua:
Vasija hecha de barro, sin manijas, de diez a doce litros de capacidad, de boca ancha, lo suficiente para introducir un jarro y extraer el líquido. Se cubre la boca con un plato de metal.

Espina Corona:
Arbol común en el noreste argentino, con notables púas ramificadas en su tronco, de madera muy útil, y frutos utilizados como espesante.

Vaina de suela:
Funda donde se introduce el cuchillo, para poder transportarlo, generalmente en la cintura, solo cubre la hoja de este.

Trineo:
Grupo de ramas atadas unas con otras, que sirven para transportar objetos y son tirados por caballos o bueyes. El guía va caminando a su lado.——————-

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Tercer Premio Cuento Breve

“Certamen Nacional de Cuento Breve Gastón Gori-2005″
SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITIRES
SADE Filial Santa Fe – Argentina

ENTIERRO —(cuento)

Mayo 5, 2012 en cuento por Roberto Attias

vera del monte

En el paraje Amanecer de la provincia del Chaco, además de otras familias de pequeños agricultores, estaban establecidos desde su niñez, Rosendo Jiménez y su hermano Damián. Hombres de pocos recursos económicos, que pasaban el tiempo entre cosechas y obrajes, sobreviviendo entre penurias y hambrunas. Ambos atesoraban una idea fantástica, que los mantenía unidos y planificando el momento de poder ejecutarla, la cual mantenían en total secreto. En las reuniones de la zona, algunos pobladores se persignaban a la vez que comentaban, que a la orilla del monte quemado (un lugar especifico donde un tiempo atrás se incendiara una fracción de terreno) y en algunas noches de calma, se podían ver al pie de un frondoso árbol de larga vida, que desde la tierra, brotaban columnas de fuego de brillo inusual, trepando por al tronco hasta perderse en el follaje. Si te acercabas de día, el tronco no presentaba rastro alguno, porque ese era fuego del oro, que no quemaba. Estas llamas eran de una tonalidad verde y solo aparecía de noche. Esto marcaría el lugar exacto donde fue enterrado el botín, formado por alhajas de oro y brillantes, productos de unos robos cometidos por el temido delincuente David Segundo Peralta, alias Mate Cosido, que lo escondiera allí para poder recogerlo luego. Este renombrado mal viviente, además de robar tendiendo emboscadas en los caminos y en los trenes, ademas de a pagadores de grandes empresas acopiadoras de algodón y forestales, ganaderos y comerciantes, realizó varios secuestros. Se desplazaba vestido como los peones rurales de la zona, o como viajante de joyería en las ciudades, para no despertaba sospechas. Sus escondites favoritos fueron la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, y Gancedo. Además contó con muchos colaboradores, algunos como Eusebio Zamacola, Francisco Malatesta, el Tata Miño, Marcelino Peralta y Cardocito. Pero sorpresivamente en 1939 se retiro del delito, perdiéndose todo rastro de su paradero. Solo se conocen especulaciones respecto de su destino y una de ella es que había sido acecinado en un paraje olvidado de la región. Desde entonces su alma rondaría custodiando el lugar. Pero si emprendían la búsqueda dos compañeros con coraje y justicia en sus corazones, podrían hallar el tesoro allí oculto y convertirse en hombres ricos. Pero de aparecer un pensamiento de codicia o de traición en alguno de ellos, todo se volvería cenizas y los buscadores hallarían la locura y posteriormente la muerte. Los hermanos acosados por las necesidades básicas de convivencia, se preparaban de acuerdo a los cánones preestablecidos. Fueron a misa, a confesarse y a comulgar, junto a las protecciones místicas y religiosas. Juntaron los elementos para realizar la perforación, como palas, pico y hacha. Cuando tenían todo listo para la tarea, después del ocaso, se dirigieron por la senda que conduce entre la vegetación, hacia la orilla opuesta del monte. Al llegar realizaron los preparativos pertinentes. Preparar una fogata que ayudaba a ver mejor, mientras rezaban con evidente temor. Con la pala y el pico cavaron alrededor del árbol señalado. Tropezaban con las raíces, hasta que hallaron el lugar que estaría libre de obstáculos, pues fue allí donde escondieran los valores. Después de unos momentos de arduo trabajo, allí estaba un lugar con la tierra sorprendentemente blanda y fácil de retirar, tanto que parecía estar recientemente removida. Los dos al mirarse y pensaron que era una señal positiva del finado que custodiaba el lugar, presurosos iniciaron la excavación. Al encontrar una baúl de madera de aspecto antiguo no muy grande, ahogaron un grito de asombro. Retiraron toda la tierra posible que cubría la tapa. El mayor, sujeto con fuerza el mango del pico y dio repetidos golpes, hasta hacer saltar trozos de astillas en todas direcciones y siguió azotando con fuerza colosal, hasta enterrar varias veces la herramienta en el interior de la caja. Seguidamente, ambos se abalanzaron torpemente a la boca del hoyo, en la tierra húmeda. Allí hundieron sus manos con mucha prisa en el interior de la caja, buscando el tesoro tantas veces añorado. En el accionar se empaparon las manos y los brazos revolviendo afanosamente el contenido que allí los esperaba. Hallaron trozos de vidrios junto a un elemento líquido y viscoso. Rosendo reconoció el hedor con pánico y con la respiración dificultosa, levanto la vista; pudo adivinar más que ver la chacra de Nicasio Gómez, que lindaba con este lugar. Con gran dificultad se dirigió hacia allí, pero cayeron unos metros más adelante y antes de perder la conciencia recordó cuando esa familia se instalo en esos terrenos. Todos juntos fueron destroncando y desmalezando el lugar, ya que en esa época era monte cerrado; esa fue una gran tarea para todos ellos, arrastrando los troncos a la orilla del predio. Las ramas que no se convertían en cerco, se vendían en el pueblo como leña. Además para mantener al grupo, junto a los productos de la caza, practicada en las inmediaciones. Llegaron en el año 1957, cuando gobernaba la provincia don Pedro Avalia. Traían consigo herramientas de labranzas, bueyes, caballos, chapas para el rancho y todas sus pertenencias en dos volantas. A llegar levantaron una casa grande de palos a pique y embarrada con cuidadas terminaciones, que además de ser un lugar seguro, poseía un alero, esto la hacía muy confortable. Desde su única ventana al norte, se podía observar una hermosa vista del sinuoso riacho. Este aunque no era muy profundo, abastecía de toda el agua que ellos necesitaban. Parado en su orilla, se podía divisar su lecho fangoso y sus peces a través de sus aguas cristalinas. Para agosto el aroma de la tierra prometedora invadía el aire tras el paso del arado y el revolotear de las aves sobre los surcos abiertos. Después de la siembra y cuando comenzaron las plagas a consumir sus esfuerzos, fumigaba con una mochila la plantación, y guardaba cuidadosamente los envases cargados y vacíos del letal veneno en una casillita retirada unos cien metros de la casa y construida para tal fin. La semana pasada una fuerte tormenta destruyo el techo de este lugar. Como ya no era segura para custodiar el peligro que encerraba, y como amenazaba otra tormenta, don Gómez tomo el viejo baúl que había pertenecido a su madre, el cual guardaba celosamente y lo relleno con los envases de estos productos y lo enterró a orillas del monte quemado, al pie del añejo Sauce para que nadie estuviese en peligro.-………….FIN.-

———————————————— 2009 ——– Buenos Aires (Argentina)—Seleccionado para la 10ma. Edición de su Antología Anual Especial, al cumplirse 14 años de «Latinoamérica Escribe» -Raíz Alternativa Ediciones-


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