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Semana 35: Día 240: Los 100 km de la Ultra Buenos Aires

Mayo 27, 2012 en carrera por Martín Casanova

Antes que nada quiero hacer la imprescindible aclaración de que esta fue la carrera que más feliz me hizo en toda mi vida. Algunos tendrán su propia fantasía de cómo es el Cielo, y yo me di cuenta de que la mía es todo lo que viví ayer. Tener a mi familia, a mis amigos y a mi perro acompañándome, dándome aliento, ayudándome, mientras yo exploraba mis límites, es lo más hermoso que me pasó en la vida.

Hubo mucha planificación para la Ultra Buenos Aires en poco tiempo. Era previsible que algunas cosas no salieran como las habíamos pensado. El pronóstico había anunciado que por fin iba a salir el sol para el fin de semana, y yo lo vi recién hoy domingo. Se suponía que iban a hacer entre 14 y 19 grados, y pasé un frío importante. Íbamos a largar a las 9 de la mañana pero un imprevisto nos obligó a empezar a las 10 y media. Así y todo, con esos tiempos demenciales para organizar una ultramaratón, las cosas no salieron como las habíamos pensado, pero podrían haber salido infinitamente peor.

Llegamos a Marcos Paz el viernes, después de un viaje complicado en tren. Estábamos Vicky, Oso Rulo (nuestro caniche), mis padres y yo. Los tiempos de combinación entre el ramal Once/Merlo y el de Merlo/Lobos eran muy acotados. Al ser feriado, la frecuencia del segundo era cada 1:20 hr. Pero llegamos justito… solo para enterarnos de que habían cancelado el servicio, y de que teníamos que esperar dos horas y media. Tomamos un taxi, negociamos el precio, y llegamos a La Posada. Paseamos un poco, pero más que nada nos relajamos.

Me desperté temprano, desayuné y preparé las cosas para correr. Nos golpearon la puerta y eran mis hermanos Santiago y Matías, que ya habían recontra jurado que iban a venir… y lo hicieron a tiempo. A las 8 estábamos en la plaza, desde donde iba a arrancar, y ya me estaba esperando Germán, mi entrenador. Lloviznaba un poquito, pero nada como para alarmarse. El tema fue que la gente de la organización no aparecía, producto de una emergencia familiar absolutamente entendible. Pero en ese momento, no teníamos forma de contactarnos. El resto estaba más nervioso que yo. 9 y media llegó Rodolf (así, sin la “o” final), nos asesoró sobre el trayecto, y se quedó controlando la salida. Luego se fue a esperarnos en Plomer, la ciudad donde iba a pegar la vuelta. Sincronizamos relojes y a las 10:30 en punto largué.

Todo el tiempo lo tuve a Matías manejando su auto a mi lado, y Santiago de copiloto. El resto, se quedó en la plaza. Me insistieron en que no corriese con la mochila, que era mucho peso, pero yo fui muy terco y quise tenerlo todo el tiempo conmigo. Me aferré a un argumento incuestionable: no me quería deshidratar. Después de algunas cuadras de asfalto tomé una calle entoscada, pero con bastante barro. Tomé por la vereda, mientras los lugareños me miraban, extrañados. El auto me esperó en la calle en la que tenía que doblar, en el km 2,5.

Fuimos derecho otros 5 km, y nos cruzamos con pocos vehículos. Es lo bueno de Marcos Paz, ciudad ideal para todo tipo de carreras. Doblamos a la izquierda en otra calle, un poco más embarrada, que desembocaba en la ruta 6 en el km 13, aproximadamente. El paisaje daba mucha paz. Nos cruzamos con las vacas, un puente sobre un arroyito, y la tranquilidad del campo. La colectora era, obviamente, otra historia, pero estaba muy poco transitada, así que pude correr por el asfalto. El tiempo era impecable: 5 minutos el kilómetro. Los chicos me sacaban fotos desde el auto y la subían a mi twitter.

Nunca vimos el cartel de Plomer para doblar (de hecho solo se ve en el sentido contrario), así que nos pasamos. Tenía que doblar en el km 21,5, y no lo hicimos. No hubo un perro en todo el recorrido que no nos haya ladrado cuando los cruzamos. Al momento en que mi gps dio 25 km exactos, me detuve. Quise, por precaución, ponerme Voltaren en las rodillas. El último tramo, en la ruta, era mucho más frío, así que me puse un buzo, una gorra y un pantalón largo. Tuve suerte de tener todo eso en el auto, porque se suponía que el clima iba a ser otro.

La vuelta fue más dura. Al principio mantuve el ritmo, el tiempo me iba a sobrar con comodidad. Pero… empecé a bajar. El muro. Cuando pasé el km 30 ya estaba en 5:38 de ritmo, y me costaba mucho bajarlo. Vimos un auto estacionado en la banquina, eran algunos compañeros de los Puma Runners que no habían podido estar en la llegada, pero que venían a hacer el aguante. Me empecé a cansar, el Gatorade de la mochila me empezó a asquear, al igual que los geles. Intenté comer un mix de frutas secas, pero la nuez y las almendras me cayeron muy mal. Empecé a caerme anímicamente.

Solo me pudo ayudar Juli, compañero de grupo, que se bajó del auto y empezó a correr conmigo. Me dio un poco de pánico, no podía controlar mi cuerpo (cansancio, respiración, dolores musculares) y empecé a correr 400 mts y trotar lento 100. La meta me parecía cada vez más lejana, pero mis hermanos me pedían tranquilidad, tenía tiempo de sobra. Con esos cambios de ritmo los kilómetros pasaban más rápido. Le pedí a Juli que no me esperase, que fuese a su ritmo para que yo pudiese alcanzarlo. Pedí agua, pero no había. El auto de las Puma Runners se fue a llenar una cantimplora mientras intentaba seguir avanzando. Cada vez me costaba más, y mis aspiraciones de terminar se iban desvaneciendo. La cabeza me pedía parar todo el tiempo. Caminaba y trotaba alternadamente, con Juli dándome aliento, felicitándome cada vez que corría. En el km 37 se acabó el Gatorade, me saqué la mochila y se la di a Santi. Confieso que me ayudó un poco sacarme ese peso.

Finalmente llegó el agua junto con las chicas. Yo solo pensaba en llegar a la meta, que era justo la mitad de la ultra, y sentarme un momento. No había nada salado, y nunca deseé tanto comer pretzels. Pensando en alternativas me terminaron comprando pan. Fantaseaba con ese instante, sentadito, cambiándome las medias, masticando un miñoncito. Rodolf nos alcanzó en bici y me dio más agua. Sorteamos los caminos de barro, y empecé a tirar un poquito más. Juli fue mi salvador, y cuando ya reconocí la zona cercana a la plaza subí un poquito la velocidad. Ahí los vi a todos esperándome, mucha gente que había llegado, amigos, hasta se vino Brenda, amiga de este blog, con la ilusión de correr unos kilómetros. Pero el cambio de recorrido y el frío la desanimaron.

Fue un golpe anímico que no me dejasen detenerme un segundo. Quizá se me veía el cansancio en la cara. Después de todo habían sido 50 km en 4 horas y media. Si seguía bajando el ritmo, no iba a llegar dentro del límite de las 10 horas y media. Entre todos los que me esperaban estaba mi eterno compañero de aventuras Marcelo, listo para acompañarme 50 km todo el tiempo. También se sumó otra Puma Runner, Marian, y le pude dar un beso a Vicky, que me esperaba feliz. Estaba muy contento de verlos a todos, pero casi a las patadas me mandaron a que siga. El consejo era bueno, no me tenía que enfriar. Pero anímicamente venía muy golpeado.

Solo me acompañó el auto de mis hermanos, al que se le sumó Vicky y nuestro perro. Caminé varias cuadras, hasta que le pedí a mi hermano que parase el auto. Me senté, me saqué las medias, me unté de Voltaren, y me tomé todo el tiempo del mundo. Necesitaba ese momento de tranquilidad. Era lejos de la meta, nadie me veía más que los presentes. Largamos entre las calles embarradas, pero no encontraba el ritmo. Sentía un poco la presión del reloj, y los chicos me arengaban para que no afloje. Con Marcelo empezamos a hacer cambios de ritmo, 100 metros caminando y 400 en progresiones. Marian seguía a su ritmo, y cada 500 metros la alcanzábamos. Así empecé a sentirme un poco mejor, y comprobé que es una muy buena estrategia de ultramaratón. Me agitaba, pero caminando me recuperaba.

Con eso avanzamos casi 10 km, seguidos por unos molestos perros que se cruzaban todo el tiempo. No pude más, me dolía el estómago. Vicky me cuidaba desde el auto, y Oso Rulo, angustiado por mi calamitoso estado, lloraba. Se me hizo un nudo cuando ella me dijo, con ojos llororos, que yo podía, que ella también había querido abandonar en otras carreras y que yo la había ayudado a seguir. Mariconeando de una forma que no me suele caracterizar, seguí avanzando, frenando y trotando. Llegamos a la ruta, y pedí descansar un poco. Estaba destruido, empapado y con frío. Me prestaron ropa seca, más abrigo, y me sacaron para que siga corriendo. Intentaba no preguntar la hora, sentía que no llegaba. Pero igual no quería abandonar. Igual fantaseaba con comer un plato de pastas e irme a la cama, calentito.

Empezaba a hacerse de noche. El sol se asomó un segundito, pero no lo suficiente. En promedio, el día había estado horrendo, y ahora se empezaba a ir la única fuente de luz. Se cruzaron en auto ese grupete de amigos que no tiene nada que ver con el running, y que venían de lejos a interceptarme. Intenté que me viesen fuerte, sin caminar, pero las piernas me mataban. La cabeza, insistentemente, agregaba excusas para detenernos. Marcelo y Marian, que venían acompañando todo el tiempo, se ofrecieron a elongarme. Me tiré a un costado, en el pasto, y cuando empezaron a estirarme sentí unos dolores horribles. No contuve mis gritos de dolor, lo que hizo que todos se bajasen de los autos a verme. Vicky me hizo masajes en la espalda y se ofreció a correr conmigo. Se cruzó un nuevo auto Puma Runner, mientras se hacía más de noche.

Cuando finalmente pegamos la vuelta, mi estado era calamitoso. No tenía energías, y solo quería volver (pero en auto). De pronto se apareció Germán para correr conmigo, y hasta dos amigos míos, Juandy y el Colo, empezaron a trotar EN JEAN. Estaba rodeado de afectos (Oso Rulo dormía en el asiento de atrás del Clío de mi hermano), toda esa sinergía a mi alrededor, pero cada vez rendía menos. Pedí un gel y agua para bajarlo, y en el km 77 lo vomité. Mi cabeza quería abandonar desde hacía 45 km, esta vez mi cuerpo le daba la razón. Se había terminado, en ese instante, mi ultramaratón.

Empezamos a caminar, todos juntos, mientras yo seguía con arcadas y eructos (no era mi mejor momento). Estaba empapado de transpiración, así que me consiguieron más ropa seca. Los músculos de las piernas daban puntadas de dolor por todos lados, y me sentía a centímetros de un calambre. Lo más probable era que me hubiese deshidratado (solo hice pis una vez en esas ocho horas, el resto se me fue transpirando). El tema con la deshidratación es que no tiene vuelta atrás. Caminamos en la oscura colectora, solo iluminados por los autos que nos escoltaban. Había dos opciones, volver en auto o terminar a pata, por el orgullo. Me sentía sereno, quizás algo triste, pero no demasiado. Estaba rodeado de amigos, con mis hermanos, de la mano de mi novia. Me sentí más acompañado que nunca. Todavía quedaban dos horas para la hora límite, pero solo convirtiéndome en un keniata podía llegar.

Después de un rato decidí que era mejor volver en auto. Pensaba en todos los que me estaban esperando, y como el objetivo de las 10 horas y media ya no los iba a poder alcanzar, no tenía tanto sentido seguir por orgullo. El cálculo daba que me iba a tomar cuatro horas para volver caminando. Nos repartimos en los dos vehículos y con bastante dolor me senté y subí mis piernas. Estaba muerto de frío, y me sentía extremadamente agotado. Llegué a la plaza y los que todavía estaban me recibieron con un aplauso. Fue un momento muy emotivo.

Obviamente fuimos a comer, y cumplí mi sueño de ese plato de pastas, aunque en ningún momento me desabrigué. El resto estaba en remera de manga corta, y yo con doble campera.

Si me hubiesen preguntado hace una semana cómo me podía llegar a sentir si no podía terminar la Ultra Buenos Aires, hubiese respondido algo completamente diferente a lo que terminó pasando. ¿Cómo podía quejarme? Había dado todo lo que tenía. No frené por miedo, sino porque no podía más. Más de 20 personas se habían movilizado hasta Marcos Paz solo para verme. Me acompañaron en momentos de mucha angustia y tensión. Ni siquiera me imaginaba que mi hermano Matías iba a poner su auto a disposición toda la carrera, para avanzar a mi lado, a paso de hombre. Era sábado, sánguche entre feriado y domingo, seguro que todas esas personas tenían cosas interesantes para hacer ese día. Sin embargo, eligieron venirse hasta ese pueblo para alentar y acompañar. No me importó no haber terminado, corrí, sentí todo ese afecto, y aprendí muchas cosas de organizar y correr ultramaratones.

Marcelo me dijo una frase que no la voy a recordar con exactitud, pero la podría parafrasear de la siguiente forma: Los sueños no se cancelan, se posponen. Esto fue un primer intento. Ya voy a conquistar los 100 km de running, a mi tiempo. No va a ser este año, pero ya tengo gente que se ofreció volver a acompañarme. Y la gente de Salvaje se quedó contenta con la experiencia, y propusieron repetirlo el año que viene. Quizá es todo lo que hace falta, un loquito mandándose a conquistar solo un desafío, y sus seres queridos acompañando y ayudando. Así debe ser cómo nacen las carreras.

Semana 35: Día 239: Una jornada de ultramaratones

Mayo 26, 2012 en carrera por Martín Casanova

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Escribo estas líneas desde la cama, intentando descansar algo.  La verdad es que estoy destruido, ha sido un día de mucho esfuerzo, en el que aprendí sobre el apoyo de tus amigos y de tu familia, y hasta el de tu perro. Fueron 77 km hasta que mi cuerpo se puso de acuerdo con mi, cabeza y ambos dijeron “basta”.
Pido disculpas porque necesito un día más para procesarlo. Mañana mi reseña… Paciencia.

Semana 35: Día 238: El recorrido oficial de la Ultra Buenos Aires

Mayo 25, 2012 en Reflexiones, carrera por Martín Casanova

Entre todos los compromisos por sus constantes eventos deportivos, la gente de Salvaje finalmente estableció el recorrido de la Ultra Buenos Aires. Son 100 km, y siempre barajamos la posibilidad de armar un circuito chico para que cualquiera se sumase a correr lo que quisiese. Bueno, como que al final es así y no es así.

La Ultra va a tener un recorrido de 25 km, empezando desde la Plaza de Marcos Paz (Belgrano y 25 de Mayo) hasta la entrada del Club de Parapente. Ida y vuelta es la mitad de la carrera. Vamos a tener el cronómetro y un gazebo en la largada, así que cualquiera que venga por sus propios medios nos va a encontrar fácilmente.

El recorrido del circuito es:

Largada Plaza de Marcos Paz (200 mts de asfalto) hasta llegar a un camino de tierra firme (entoscado). Ahora que paró de llover va a estar más transitable (todos los otros caminos posibles estaban bastante anegados). En el km 13 llegamos hasta la ruta 6, de asfalto, y corremos por la colectora. En el km 21,5 ingresamos a Plomer, por camino de tosca, y frente al Club de Parapente pegamos la vuelta. Ah, el Google Map es una cosa maravillosa.

Nos vamos a manejar con autos, así que quienes me quieran acompañar 25 km saliendo desde la largada no tienen que volver a la ciudad en Parapente.

Estoy muy nervioso. Pero a la vez muy contento de poder hacer esto. Estoy muy agradecido con la gente de Salvaje que está poniendo recursos para que pueda cumplir este sueño helénico. Lamentablemente no pudimos cerrar las posibilidades de los auspicios/donaciones, pero se abrió una puerta para hacerlo cuando corra la Espartatlón. Así que los contactos no fueron en vano (y si la idea es donar cierta cantidad de dinero por cada kilómetro que corra, con 246 se van a tener que poner bastante más).

Les recuerdo, para los que no se manejen con auto, que a Marcos Paz se puede llegar en colectivo (el 136 desde Primera Junta), o en el recientemente “desconsesionado” tren de la Línea Sarmiento, hacia Merlo, para combinar luego con el que va a Lobos (hasta la estación de Marcos Paz). Consultar primero los horarios, porque tienen poca frecuencia.

Mañana quizá haga un posteo temprano, antes de largar, y deje la reseña de este desafío para el domingo. Ahora me voy a Once, a tomar el tren, para pasar el resto del día en Marcos Paz, intentando bajar un poco las revoluciones…

Semana 34: Día 234: La Ultra Buenos Aires, por Radio Rivadavia

Mayo 21, 2012 en Reflexiones, carrera por Martín Casanova

Hoy me llegó una buena (después de andar a las trompadas contra la vida), y es que en Casting, de Radio Rivadavia (AM 630), me va a entrevistar esta noche en relación a la Ultra Buenos Aires, y mis sueños espartatlonianos.

Este programa, conducido por Juan Marconi (cronista de Pura Química, de ESPN), está al aire de lunes a viernes, de 21 a 23, y se puede escuchar desde cualquier parte del mundo que tenca acceso a la web. Lo que me confirmó, Matías Lértora, uno de los integrantes del programa, es que me llamarían a las 22 hs. Si el tiempo empeora, me encontrarán en casa, y si el clima aguanta, habré terminado el entrenamiento del día de hoy.

Ya estoy en la recta final, y solo me queda rogar que lo de las donaciones salgan, y que cada kilómetro que corra el sábado se transforme en dinero que sea donado para una entidad. Tengo en mente alguna organización que ayude a personas que padezcan de bulimia y anorexia, es un tema que alguna vez toqué en el blog y en el cual me gustaría poder ayudar. Sería lo único que no depende de mí, y que si se da haría que toda esta experiencia tenga otro valor.

Esta es una semana un poco más corta, y el viernes estaré ya en Marcos Paz con Vicky, mis padres, y quien se quiera sumar, para estar tempranito el sábado y no demorar la largada (es la única carrera que me esperaría para empezar, pero no da llegar tarde). Les recuerdo que el circuito es de 10 km, así que cualquiera que se acerque a Marcos Paz puede venir a compartir algunas vueltas con nosotros.

Semana 34: Día 231: Ultra Buenos Aires tiene fecha, hora y lugar

Mayo 18, 2012 en carrera por Martín Casanova

Finalmente acordamos con la gente de Salvaje que los 100 km de Ultra Buenos Aires tendrán lugar el día sábado 26 de mayo a las 9 de la mañana. Eso me da un día menos de espera, pero me gusta más que el domingo.

Para los que no sepan dónde queda Marcos Paz, está ubicado sobre ruta 200, a 50km de Capital Federal. Para los que se den maña con el Google Maps, aquí el enlace a la plaza principal, que podría ser un buen punto de encuentro. Entre ella y la estación de tren (que está pegada) suelen hacerse las largadas cuando se corre en esta ciudad.

La definición de la fecha era todo lo que faltaba para largarlo oficialmente. Este es un experimento, al que obviamente está invitado quien quiera venir. El circuito de 10 km va a facilitar que cualquiera pueda correr conmigo sin quedar perdido en medio del campo. Yo voy a darle 10 vueltas, y el que tenga ganas de sumarse, está más que invitado (pero si a algún gracioso se le ocurre correr 100 km, el estatuto de la Ultra Buenos Aires prohibe cruzar la meta antes que yo).

Para lo que seguramente necesitemos ayuda es para asistir en la logística, como la hidratación. Tengo familiares y amigos que se ofrecieron a ayudar, pero lo hacen sin caer en que la carrera va a durar entre 9 y 10 horas, y no creo que haya nadie que se banque quedarse tanto tiempo por el pancho (de soja) y la coca (light).

Gracias a todos los que están haciendo posible que este sueño (en desarrollo) se haga realidad.

Semana 33: Día 230: La trama se complica

Mayo 17, 2012 en Reflexiones, carrera por Martín Casanova

Voy a hacer un post de confesiones. Probablemente no sorprendan a nadie las cosas que diga a continuación, pero conviene dejarlas por escrito y hacer catarsis.

Tengo tantas ganas de correr 100 kilómetros como el pánico que me da. Me encantan los desafíos, pero sé que estoy pasándome de mis límites, que esto no va a ser gratis. Me encanta correr, es algo que me da un inmenso placer. El running para mí es terapeutico. Me da paz. Estos días de incertidumbre con los griegos solo eran calmados por mis jornadas de entrenamiento. Correr toda esa distancia junta, probablemente, me obligue a correr mucho menos en las semanas siguientes. Pero es un precio justo por lo que vale el desafío, y por pre-clasificar para la Espartatlón.

Y ahora viene la segunda confesión, que vengo guardándome, y es que no me termino de recuperar de las rodillas. Patagonia Run fue mucho más dura de lo que me imaginaba. Obviamente no estaba preparado para la montaña, ni me imaginé que iba a necesitar más potencia de piernas. Fue la prueba más difícil de mi vida, y encuentro algo de consuelo en el hecho de que la pude terminar. No lo hice en mi mejor estado, y tuvo sus consecuencias. Ahora corro y las rodillas empiezan a doler. Mucho, pero no como para detenerme. Creí que a esta altura ya iba a estar al 100%, pero ayer me di cuenta que estoy lejos todavía. Hicimos un fondo de 20 km, que fueron 4 vueltas al hipódromo de San Isidro. Al final de cada vuelta, nos hidratábamos y estirábamos un poco, nunca más de tres minutos. Eran en progresión, y quizá tendría que haberme guardado o haberlas hecho estable. El tiempo fue excelente, 1 hora 35 minutos (descontando esos pequeños descansos). Y hoy sentí dolores todo el día, al arrodillarme, al sentarme. Son señales de alarma, que colaboran con ese pánico creciente, que intento esconder.

Correr me encanta, pero estoy jugando con distancias que van más allá de lo que estoy acostumbrado. Es parte del crecimiento, y en algún momento hay que correr el techo. Pero los 20 kilómetros de ayer eran una quinta parte de lo que me toca dentro de 10 días. ¿Voy a poder seguir y completar los otros 80 kilómetros? ¿Qué consecuencias voy a tener? ¿Cuánto voy a necesitar descansar después? La meta es llegar en menos de 10 horas y media. Si no, estoy sonado. La presión está ahí presente, la oportunidad de correr la Espartatlón es una sola.

Sé a lo que me enfrento si no la puedo correr. Estos días en que no sabía cuál iba a ser mi destino resultaron muy jugosos para el blog. Hoy casualmente hablaba con mi amigo Javi, esporádico lector, que me reconoció estar en el borde de la silla, esperando las novedades de cada día. Y reconozco que mientras la cosa se complicaba, yo me decía para mis adentros que ahora iba a tener tela para cortar. Pero la verdad es que la pasé muy mal. Mucha angustia que no supe cómo resolver. Vicky me hablaba de alternativas como otras carreras en la misma fecha que la Espartatlón, o cambios en el itinerario (más días en París, menos en Atenas), y yo me sentía como Zorba, el Griego, cuyas pertenencias ya se las querían repartir antes de que él muriese. Sé que dramatizo, y puse mi energía en encontrar una salida a este dilema de la pre-inscripción. Pero prácticamente fue todo lo que pude hacer. El día se convirtió en huecos entre las respuestas de los griegos, y entrenamientos, donde los problemas se disipaban.

Sé a lo que me enfrento si no llego. No me voy a morir de tristeza, pero me puse tanta expectativa que puedo soportar no llegar, intentar la Espartatlón y tener que bajarme antes de la mitad, pero no puedo tolerar la situación de quedarme con las ganas. Quizá eso es lo que realmente me da pánico de la Ultra Buenos Aires, porque si no llego, se terminó Grecia para mí hasta el año que viene.

Por ahora, las cosas que puedo manejar, están marchando. Solo dependo de que mi punto más débil en mi carrera de fondista, las rodillas, no me fallen. Y que aguanten “nada más” que 100 kilómetros.


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