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Los orígenes

Mayo 1, 2012 en amor por grasusanita

Mi novio es más tradicional que yo. Mucho más. Yo nunca había soñado con casarme. Nunca me había imaginado con un vestido blanco, con un altar, con salir de la mano de un hombre de un registro civil para ser bañados en granos de arroz.

Quizás tenga que ver un poco con nuestras familias. Álvaro me mostró orgulloso la foto en blanco y negro del casamiento de sus padres. Y me señaló varias veces el templo en Belgrano en el que se casaron sus tíos, aunque él ni existía cuando ese acontecimiento familiar tuvo lugar.

En cambio, mis padres nunca se casaron. Mis hermanos y yo somos lo que antes, en la época en la que el concubinato estaba mal visto en la sociedad, se decía “hijos naturales”, “bastardos”. Cuando era chica sentía como si fuera tácito que mis padres estuvieran casados. Como si fuera algo obvio. Creo que hubo una vez, en primer grado que pregunté por las fotos del casamiento y que obtuve la vaga respuesta de que se habían perdido en alguna mudanza.

A los 14, cuando mis padres convivían entre gritos diarios y el “matrimonio” estaba a punto de romperse en mil pedazos, mi mamá me reveló el pasado de mi papá. Que era divorciado, que tenía una hija. En ese momento, sentí que mi mundo tal como yo lo conocía se estaba desmoronando. Dispuesta a confirmar la verdad, al día siguiente decidí acompañar a mi papá a su trabajo para poder hablar solos, cara a cara. En el camino, le dije que “sabía todo”. Y ahí mismo, me reveló la verdad… pero sobre el pasado de mi mamá. Que mi hermano mayor no era hijo de él, sino que mi mamá había sido madre soltera, tras ser abandonada por el padre de mi hermano. No lo podía creer. Era demasiada información para asimilar tan simplemente. Me sentía traicionada.

Pocos días después, aún cuando la separación de mis padres era inminente, la realidad parecía haber vuelto a su sitio. No tardé mucho en comprender que papeles de acá, apellidos de allá, mi familia seguía siendo la misma. Tan imperfectamente perfecta como la sentí siempre.

No pude culpar a mis padres por ocultarme la verdad -que ya era conocida hacía tiempo por mis tres hermanos mayores-. Ellos habían llegado a sentirse avergonzados por su situación civil en la sociedad que los rodeaba y no querían hacerme pasar por eso a mí también. Pero a mí me sirvió para darme cuenta de dos verdades: que las relaciones humanas son valiosas en sí mismas aunque no haya trámite legal que las avale y que con libreta roja o sin ella, ninguna pareja tiene el éxito asegurado.

Y aunque nunca había pensado en firmar una de esas, de pronto me enamoré de un hombre con el que estoy dispuesta a correr ese riesgo.


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