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CERCA DE LA REVOLUCIÓN

Mayo 14, 2012 en 3 por emanuelholliver

Sale del trabajo a las seis de la tarde. Es de noche, se llama Alberto. Tiene ojeras hasta el piso. El frío le cala los huesos. No le quedan fuerzas para cambiar de vida. Mañana será igual. Pasado también. Se mete el dedo en la nariz.

Quiere ser alegre, sonreír a los compañeros. No lo logra. Su consuelo: acariciar al perro de la esquina.

Empieza el día con ganas de comprarse cosas: un auto, una campera, una blackberry, pero cuando salga del trabajo apenas irá al kiosko por puchos.

María, una culona respingona, apoya las tetas sobre la cajonera de su escritorio.

-Estás loco.

 Él no contesta.

-Hablame, hijo de puta.

Alberto le mira las tetas que se asoman por el escote.

Ella le pide diez pesos para el regalo de Carlitos.

-Me importa un rábano Carlitos.

-No seas tacaño.

-Si te los doy no me queda para la cerveza.

-¡Me das asco! –le dice María y se aleja meneando el culo.

 

Otro día más. Se hacen las seis. Alberto gana las escaleras de un salto.

-Ey, ortiba, vení –le grita Guido Martino.

Alberto lo ignora. Guido lo alcanza en la vereda y lo hace girar de tu tirón.

-¿Adónde vas?

-A tomar cerveza.

Guido se lo queda mirando, después raspa el mocasín contra la baldosa. Vuelve a mirarlo.

-Me dijo María que no ponés para los cumpleaños.

Él no contesta.

-¿Tenés familia vos?

-No.

-Me imaginaba.

-¿Eso es todo? –pregunta Alberto.

-Tus compañeros te detestan ¿sabías?

-Cualquiera se da cuenta de eso.

Los ojos de Guido echan fuego.

-¿Por qué no colaborás en las colectas para el comedor infantil?

-¡Y dejar de tomar cerveza después del trabajo! No puedo, es la única forma de soportarlo.

-¡Sos algo muy cercano a la mierda! –le dice Guido.

-El presidente tampoco dona su sueldo.

-No lo sabemos.

-Pero él puede, gana mucho más que yo. Y que vos, boludo.

-Si no fueras un borracho putañero… –dice Guido.

Alberto piensa en pegarle una trompada, pero teme perder el trabajo. Se da vuelta y desaparece en la esquina.

Las hojas de los árboles bailan sobre la plaza San Martín, arrastra los pies por Florida, los turistas nórdicos le sacan una cabeza, mira las piernas de las mujeres, más músculos que un futbolista. El bar a la vista, otra vez ahí, es eso o la adicción a internet y sus redes sociales. Prefiere el bar, emborracharse con caras palpables.

No hay mucha gente, su amigo el barman le cuenta que los lunes la mayoría opta por el gimnasio para sacarse la culpa de lo comido el fin de semana. Pero Alberto está en su butaca de siempre frente a la barra. Recién después de la tercera cerveza siente que el mundo es un lugar habitable y le dan ganas de planear un viaje de fin de semana.  

Al día siguiente pasa su tarjeta magnética por el molinete de entrada al trabajo y la luz roja no cambia a verde, empieza a sonar una chicharra. Los tipos de seguridad se le acercan, lo agarran de los brazos y lo acompañan hasta la puerta de calle.

¿Pedir explicaciones o festejar la liberación? Cruza y se mete en un bar, pide una cerveza. De todas formas estaba muerto ahí dentro, se dice. Son las nueve y media. A las diez ya está un poco borracho. Dos días después cobra la indemnización. Está feliz.  

Durante tres meses el mundo le parece un paraíso. Desayunos con lectura de diarios hasta las doce, almuerzos relajados en el departamento, siestas, caminatas, y por las noches cerveza en el bar. Esa felicidad se acaba cuando ya no puede pagar el alquiler. Vende los pocos muebles que tiene y tira un mes en una pensión. Después va a una feria americana y se deshace de la ropa. Otro mes pago. ¿Cuándo fue que me quedé sin amigos?, se pregunta. Aguanta dos semanas y luego a la calle. Lo que le queda es una mochila con un par de cosas, entre ellas un peine y el curriculum dentro de una carpeta. El banco de la plaza es su nuevo hogar, la imperfección de las piedritas se le incrustan en la espalda; se abriga con cartones. Necesita una gran idea urgente: visitar el comedor infantil que apadrina su ex empresa no está mal, piensa.

En la puerta un cartel dice: “Comedor viva los niños”. Golpea, le abre una monja, lo invita a pasar, pide asilo. Lo sientan en un gran salón frente a largas mesas de plástico, tiene suerte, es la hora de la cena: ocho de la noche. Mirá a los chicos que corretean a su alrededor, hay de todas las edades, alguno parece tener más de dieciocho, pero menos de treinta. Él tiene cuarenta y dos.

Las monjas deliberan sobre su futuro en la mesa del fondo mientras las cocineras reparten milanesas.

Diez de la noche, suena una campana. Los chicos desaparecen. Alberto queda solo fumando en el patio. Piensa que el lugar se parece mucho a una cárcel. Él no sabe mucho de cárceles pero estuvo dos veces detenido: una vez por robarle la cartera a una jubilada; la segunda por pasar un semáforo en rojo tres días seguidos en la misma esquina.

La monja que lo dejó entrar le dice que por esa noche se puede quedar, pero que a la mañana se tiene que ir porque es un lugar para niños en situación de calle y no de desempleados.   

Le indican el cuarto, no menos de cuarenta cuchetas. Los pibes se lavan los dientes en un piletón y se acuestan con sus calzones y camisetas blancas. Alguien baja el interruptor y las luces se apagan. Alberto mira las maderas que sostienen la cama de arriba. Saca un cigarrillo, las brasas brillan en la oscuridad. Los cuatro o cinco chicos alrededor se dan vuelta y lo miran en silencio.

Alberto empieza a silbar con los ojos cerrados, primero bajito, después se manda un tango entero a todo volumen. Cuando termina, diez pibes lo rodean.

-Qué mierda quieren.

-Shhh –dice un rubio de pelo corto-, que va a despertar a las monjas.

-Por eso, por qué no se van a sus cuchas –da la última pitada y tira el pucho al piso.

Entre dos nenes se pelean por apagarlo con la planta del pie.

Acá hay potencial, piensa Alberto.

-Le salió lindo –dice uno-. A nosotros nos dejan cantar cuando viene el cura Gerónimo.  

-Pero unas pedorradas… –se queja otro.

Alberto piensa “yo no estaba cantando” pero no dice nada.

-Esto es peor que una cárcel –dice uno con cara de asesino que parece tener más de dieciocho.

-Eyy, que al menos les dan de morfar.

Los pibes se miran entre sí  y vuelven a sus camas.

-Y tienen camas –dice Alberto antes de quedarse dormido.

Lo levantan a las siete con unos golpecitos en el hombro. La cara de la monja muy cerca de la suya. Huele mal. Le dan media hora y el desayuno.

Pasa la tarde en el bar. Tiene plata para algunas cervezas. No queda otra, piensa, es hora de volver a trabajar.

¿Quién va a tomarlo con cuarenta y dos años?, se pregunta camino a una entrevista laboral de algo similar a lo que hacía antes: vender.

-Llene estos papeles –le dice una gordita con granos detrás de un escritorio ovalado.

Se sienta junto a otros diez tipos que se pasan una birome de mano en mano. Dos o tres tienen el Olé bajo el brazo, los otros Clarín. En la tapa un futbolista con los brazos extendidos sonríe lleno de felicidad.

La espera se hace larga, intenta distraerse con la tele que cuelga de la pared. En TN repiten las imágenes de un choque en la Panamericana hasta el hartazgo. Se deprime. Por suerte lo llaman.

La gordita lo mira durante todo el trayecto hasta la oficina de recursos humanos. Tiene la bocamanga manchada con barro.

Lo habitual. La entrevista dura no más de cinco minutos. Experiencia tiene bastante, tres años en Azulay vendiendo azulejos. En esta empresa se dedican a vender tiempos compartidos en Cancún. Se entusiasma con la posibilidad de viajar a México.

Lo llamamos, le dice un tipo engominado y de traje alineado; lo despide con un fuerte apretón de manos.

Pasa tres días con bastante entusiasmo. No trabajar y pensar en trabajar es algo que se puede hacer perfectamente tomando cerveza en el bar. El problema es que la plata ya casi no le alcanza ni para una de litro.

-Un porrón para el señor –le dice el barman a su ayudante. Últimamente evita el contacto con Alberto.

Su lugar en la plaza está ocupado. Lo que queda es dormir alrededor de los árboles pero hay olor a caca de perro. Empieza a caminar sin saber qué hacer. Se acuerda del comedor infantil y va para allá aunque no sabe qué les va a decir a las monjas.

Llega y se apoya contra una pared para pensar en algo. Las ventanas están enrejadas.

A las diez se apagan las luces, escucha que varios de los chicos silban una cumbia. Mete las manos en los bolsillos del saco, empieza a levantarse viento, se vuelan las hojas. Alberto piensa cómo va a pasar el invierno mientras caen las primeras gotas. Ahora llueve fuerte, un nene se asoma a la ventana y lo ve. Llama a otro más grandote, éste le chista.

-Viejo –le dice-. Suba.

Alberto lo mira y le dice con un gesto: cómo mierda querés que entre, no ves la reja, pelotudo.

El grandote le pega a la reja con la palma de las manos y esta cede.

-Suba –insiste el pibe.

 Alberto pasa la mochila y después trepa. Lo agarran desde arriba para que pueda entrar.

-A veces nos da ganas de ponerla, por eso la tenemos así –le explica el grandote a Alberto que se sienta todo mojado en una cama.

-A la reja –aclara el rubiecito.

-Vos qué hablás si sos virgen, che –se ríe el grandote.

 -Eh loco, que decís si el Rubi ya debutó, bolu –se mete un morochito.

Alberto los mira. 

-¿Cómo hacemos con las monjas, che? –dice uno sacándose un moco de la nariz.

-No te preocupes, antes de que salga el sol, vuela –dice el grandote y Alberto sabe que habla en serio.

Ponen la alarma del celular del Rubi quince minutos antes de que aparezcan las monjas. Lo despiertan y le empujan el culo para que salte a la calle. 

-A la noche si querés volvé –le dice el grandote antes de colocar la reja en su lugar.

Alberto compra un billete de lotería y pasa la mañana estudiando la boleta de prode sentado en el banco de una plaza.

            Carga el celular con el crédito de una tarjeta que le prestó el Rubi. Se pregunta de dónde sacan guita los pibes. Quiere creer que las monjas les dan una mensualidad pero la idea no le cierra. Recorre varias empresas y deja el curriculum en la recepción hasta que uno de seguridad le dice que hoy en día nadie lleva el curriculum en persona. Alberto se lo queda mirando y le dice: “yo sí”. 

Vuelve al comedor, los pibes le traen un plato de sopa a la cucheta. Quieren que silbe una cumbia con ellos pero él se niega.

Le cuesta conciliar el sueño, escucha ronquidos por todos lados. En la cama del grandote está sentado el Rubi. Los escucha murmurar algo hasta que oye la palabra “afanar” y se les acerca. 

-Larguen –les dice-. Quiero entrar.

El Rubi y grandote se miran entre ellos.

-¿Qué hay? Vamos, cuéntenme.

-Ese es el problema, no hay nada para tres. El Rubi hace de campana y yo manoteo en el subte, eso es todo. No te necesitamos viejo.

-Ah –dice Alberto y se queda en cuclillas delante de ellos sin saber qué hacer-. Y bueno… si no hay nada… está bien… es así la cosa ¿no? 

Los pibes asienten con la cabeza.

Alberto siente un poco de vergüenza, cae en la cuenta de que está viejo, que ya no está para afanar ni un kiosko.

Vuelve a su cama y da vueltas durante un rato, los ojos bien abiertos, ahora mira el techo y la idea lo toma por asalto. Se levanta exaltado. Despierta al grandote, después al Rubi.

-Vamos a hacer una grande. Mañana a la noche. Ahora a dormir y no pregunten nada, pero nos vamos a forrar.

Pasa la tarde en el bar tomando cervezas con un adelanto que le dio el Rubi por su parte del botín. Les prometió mucha guita, suele haber cientos de miles en la caja fuerte de su ex empresa.

Cuando todos se duermen se levantan y preparan para salir. El grandote le presta un jogging, tiene un agujero a la altura de la entrepierna pero así va a estar cómodo, le dice. 

Llegan cerca de las once. Alberto sabe que hay dos tipos de seguridad en la puerta.

De repente siente que todo el cuerpo se le envuelve en fuertes palpitaciones: el plan le parece espantoso, tonto, inútil. No sabe cómo decirle a los pibes que aborten la idea. Ellos lo miran esperando instrucciones.

-Es estúpido pensar que podría haber salido bien –les dice.

Miran el portón negro, a través de los vidrios polarizados se perciben los movimientos de los tipos de seguridad.

-Estuvimos cerca –dice Alberto sin dejar de mirar el portón.

-¿Y ahora? –dice el Rubi.

-No sé –dice Alberto-. Te juro que no sé.

EL TIEMPO DETENIDO

Mayo 4, 2012 en 3 por emanuelholliver

Me gustaría recordar su nombre, pero no puedo. No sé por qué, quizás cuando llegue al final de la historia lo descubra. En cambio nunca pude olvidar su pelo de rulos negros, sus caderas finas, sus piernas largas, su piel morena.

Habíamos viajado con mi mamá, mi padrastro y mi hermano a pasar unos días a Carlos Paz. Ella era la hija de los amigos de mis padres, el tipo tenía un canal de televisión local. Espero que esto quede entre nosotros porque me daría vergüenza que se enterara de lo que les voy a contar y lo publicara en el noticiero. Aparte tenía un hermano menor, que a los once años ya jugaba al rugby, así que tampoco quisiera que sepa de esta historia.

Lloviznaba, el frío era de los que calaban hondo, de mediados de julio. Hasta ese entonces yo era feliz pateando la pelota con amigos, pegando figuritas en el álbum de fútbol y subiéndome a la hermosa montaña mágica que conocí en ese viaje. No sé si existirá todavía, tenía unos carritos de chapa que bajaban desde bien alto de la sierra. Mi mamá me esperaba envuelta en el tapado haciéndole frente al frío. Con mi hermano nos subíamos una y otra vez. Se me estremecía el estómago cuando ganaba velocidad en las rectas, en cambio en las curvas aprovechaba a saludar con el brazo extendido para demostrar que ya era todo un hombrecito. Un hombrecito cuya proximidad con las mujeres se limitaba a mi madre limpiándome los mocos con el pañuelo y a mi abuela abrigándome con el pullover de lana recién tejido.

Fue en un restaurant al costado de la ruta, un poco alejado de la ciudad. Almorzamos y después los grandes se pusieron a discutir sobre política en una larga sobremesa. Nosotros nos aburríamos. Entonces salimos al playón de estacionamiento. Tenía piedritas en el suelo. Era divertido patearlas contra los troncos que estaban clavados delante de los autos. El problema fue que se puso a llover. Mi padrastro era un buen tipo, sabía que si le pedía las llaves del coche me las iba a dar. Él ayudó mucho a la felicidad de mi infancia, pero claro, no pudo evitar que conociera a la sin nombre.

        En esa época no existían los celulares, ni las computadores, ni los mp3, nada, sólo teníamos la radio a botones del Renault 12. La prendí. La música ayudó. En toda historia de amor la música juega un papel importante. Sonaba Sting con su tema “Roxanne”. Por supuesto no entendíamos de qué hablaba. “Roxanne”, gritábamos mientras las gotas resbalaban por el parabrisas. Mi hermano y el hermano de ella jugaban a ver cuál se desprendía primero, apostaban como si se les fuera la vida en ello, pero en realidad sólo mataban el tiempo. Empezábamos a aburrirnos un poco.

        La sin nombre estaba sentada en el asiento de atrás y yo adelante, al lado de mi hermano que jugaba a ser Reutemann con el motor apagado. De repente siento algo en la mano. La caricia de un dedo. Seguro quiso hacer un movimiento y en el camino se topó con mi mano estirada en el respaldo, pensé. A pesar de ser sólo un instante, fue como si el tiempo se detuviera, como si todo lo que estaba alrededor quedara congelado. El mundo entero pasaba a ser poca cosa en comparación al cosquilleo que me produjo su dedo deslizándose por la palma de mi mano. Era algo distinto a lo que sentía en la montaña mágica. No lo podría describir, no soy Borges, sólo puedo decir que deseaba con toda mi alma que volviera a suceder.

Si la miraba o le hablaba mi hermano se hubiera reído a carcajadas. No sabía bien qué hacer. Traté de estirar un poco el brazo como para darle una señal, pero por unos instantes nada pasó. La montaña mágica pasaba a ser un juego de niños, de niños tontos que no conocían el amor porque ahora sus dedos volvían a tocarme para confirmar que lo nuestro era amor.

Su mano llevaba el ritmo de las acciones, rodeaba con el dedo índice cada centímetro de la mía. Yo rogaba para que mis padres y los de ella discutieran por horas hasta encontrar la solución al problema del hambre mundial.

Nuestras caricias se escondían entre el apoya cabeza y la puerta en una danza infernal de cúbitos, radios, falanges, trapecios, de idas y venidas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, de arriba para abajo y luego rodeándose en una pulseada de deseo sin fin.

Nunca entendí por qué la situación me daba tanta vergüenza, por qué me aterraba que mi hermano o el de ella se enteraran. Así nació el amor en mí, como algo prohibido, algo oculto. Quizás por eso ahora me cuesta tanto expresar algún tipo de sentimiento, decir te quiero, te necesito, ese tipo de cosas.

Cuando la yema de su dedo gordo anidó en mi mano supe que sería la mujer de mi vida, no tenía dudas, era como si ellas hubieran construido una familia, una casa, dos hijos, un perro. Solo tenía que darme vuelta y hablarle, echar a nuestros hermanos, mandarlos a patear las piedritas del estacionamiento. Tan simple como eso. Pero no lo hice.

        Ahora parece absurdo: un amor de dedos de hace veinticinco años, hasta tonto diría. Sin embargo nunca pude borrarlo de mi papelera de reciclaje. A lo mejor porque apenas pudimos despedirnos. Fue todo muy rápido. Mis padres se subieron al auto apurados y fuimos al hotel a gran velocidad. Nadie decía nada, mi hermano jugaba con el muñeco de He-man y yo miraba por la ventanilla absorbido por una seriedad que nunca más se me borraría del todo.

       Vi cómo ella avanzaba hacia su coche, cómo se daba vuelta para mirarme cada dos o tres pasos, la vi acomodarse en el asiento de atrás hasta que su padre subió los vidrios polarizados. Los odio desde ese día, a su padre y a los vidrios polarizados.

 El resto son sólo valijas, el regreso a una Buenos Aires gigante, llena de caras extrañas, donde mis manos no volverían a encontrar las suyas porque nuestros padres discutieron feo y ya no habría viajes a Córdoba. Después el colegio, un amor de verano en Brasil al año siguiente, el sexo y todas esas pavadas que pasan en la vida.

Febrero 23, 2012 en 3 por Matías

La que se Murió de Amor. La tragica historia de Felicitas Guerrero:

Fantasma de Felicitas Guerrero (Ilustración)

Este mito tiene raíces en la historia del país. Cuenta la tradición que cuando la joven Felicitas Guerrero se casó en 1862 con Martín de Álzaga, un hombre mayor y acaudalado, era una de las mujeres más bellas de la sociedad porteña. Al año siguiente de la boda y tras perder a su único hijo, Felicitas quedó viuda con apenas 26 años. A su hermosura sumaba el hecho de ser una de las fortunas más grandes de la Ciudad de Buenos Aires, lo que la convirtió en objeto de admiración y requerimiento de muchos pretendientes. Entre ellos estaba el celoso Enrique Ocampo, a quien la viuda rechazó sin miramientos. Quiso el destino que el enamorado descubriera que la causa de tal rechazo era la preferencia de Felicitas por el estanciero Samuel Sáenz Valiente. Enfermo de rabia, Ocampo mató a la muchacha con un disparo en la espalda y al instante se suicidó. Los Guerrero mandaron construir, en homenaje a su hija, una capilla ubicada en la calle Isabel La Católica, entre Brandsen y Pinzón. Los vecinos del lugar sostienen que cada 30 de enero, fecha de la muerte de Felicitas, aparece su fantasma con el torso ensangrentado, vagando errante durante toda la noche hasta el amanecer. Es frecuente –agregan– que muchas mujeres se encomienden a ella para encontrar un gran amor o para conservar el que ya tienen.

La Criatura Acechante del Cementerio Israelita:
Cuentan los vecinos de Ciudadela, Provincia de Buenos Aires, que cierta noche un colectivo de la –por entonces– línea 237 pasaba en su habitual recorrido por la Avenida Alvear. Al llegar a la altura del Cementerio Israelita, uno de los pocos pasajeros que viajaban a esas horas, vio una nube blanca que provenía del camposanto y que se acercaba hacia el vehículo. Cuanto más se aproximaba, se definían y perfilaban nítidamente sus rasgos de mujer. Durante un breve lapso, la extraña criatura acompañó el paso del transporte, flotando a la par, hasta que finalmente se desvaneció ni bien el colectivo abandonó la zona del cementerio.

Cementerio Israelita

Cementerio Israelita

El Accidente del Chofer – Leyenda de Rosario :

Cuenta el relato que una noche en Rosario, Provincia de Santa Fe, frente al cementerio “El Salvador”, un chofer de colectivo de la línea 114 iba conduciendo el vehículo medio dormido, luego de una jornada de intensa labor. De pronto, una chica se le atravesó en la calle, cruzando de manera imprudente. El hombre intentó clavar los frenos, pero fue inútil: la muchacha fue arrollada. Asustado por lo sucedido y presa de la desesperación, el conductor decidió huir. Luego de varios minutos de escape a toda velocidad y sin detenerse en las paradas establecidas, vio por el gran espejo retrovisor que la víctima estaba sentada en el ultimo asiento del colectivo, mirándolo fijamente y llorando.

LOS FANTASMAS DE LA LINEA “A”

Febrero 22, 2012 en 3 por Matías

Cuenta la leyenda que en la línea A de Subte de Buenos Aires, existe una estación fantasma, y varios fantasmas que caminan por el lugar atormentados en su vida postmortem.

El extraño suceso puede asaltarnos entre las “media estaciones” Pasco Alberti, en la línea A de los subterráneos porteños.

Dicen que allí, a mitad de camino entre ambas estaciones, siempre se apaga la luz en el interior del vagón; y es en ese preciso momento en el que podemos ver, a través de la ventanilla, algo que no debería estar allí… una estación que no es ni Pasco ni Alberti. Y no sólo eso: sobre aquel andén imposible se encuentran dos hombres sentados, con sus piernas colgando sobre las vías. Algunos hasta llegan a afirmar que aquellas presencias tienen la mirada triste, muy triste.

Muchos cuentan que entre esas dos estaciones se iba a construir una tercera estación. Pero dado una tragedia causada por un derrumbe donde murieron varios operarios dicha estación nunca fue terminada.

El ciego fantasma – Leyenda Urbana de Banfield

Enero 30, 2012 en 3 por Matías

Cuenta la leyenda que algunas noches del mes de febrero se ve en las inmediaciones de la estación ferroviaria de Banfield una persona ciega vestida de negro pidiendo ayuda para cruzar la calle. Comúnmente muchas personas que se prestan para ayudarlo se quedan perplejas al ver como esta persona que tienen delante se desvanece ante sus ojos.
Muchos comentan que esta persona de edad fue muerto hace unos años por un auto en dicha localidad a causa de que por falta de ayuda se vio obligado a cruzar la calle solo con su bastón una noche y una persona distraída al volante (Ya sea por mera distracción o bajo el efecto del alcohol o algún tipo de droga) lo arrollo matándolo al instante.
Muchas personas de Banfield conocen la leyenda, muchos saben de la existencia del pobre hombre y muchos también juran haberlo visto.


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