Los Tristes Genes de los Serviles Endémicos

El noble leyente sabe que la Historia no es más que un cúmulo de interpretaciones sobre hechos acontecidos, a veces muchos de ellos narrados por quienes los vivieron, o en otros casos relatados por una sucesión de tradiciones contadas oralmente o escritas por cronistas lejos del tiempo. Sin embargo, el lector también debe estar al tanto que en los flujos de la información siempre existe distorsión, hecho tajante que viene a determinar que lo conocido en el presente venga a ser apenas una “imagen” de los acontecimientos verdaderos.

Siendo así, me animo a decir que una reciente observación sobre los vestigios de la cultura inca, en el sur del Perú, permite deducir que su corto imperio de 500 años, truncado por una pugna interna y la aparición de fuerzas de otro imperio, debió ser esplendoroso.

Allí son visibles los centenares de hectáreas con plataformas en los flancos de las montañas, en todo el valle regado por el río Urubamba, donde la tecnología ingenieril utilizada en antaño muestra verdaderas hazañas en la construcción de canales y miles de plataformas para el cultivo, y como si fuera poco, creadas donde jamás podría cultivarse, en los macizos rocosos. Su imagen nos hace recordar la bíblica narración de los Jardines Babilónicos.

En todo caso, y sobre ello, a los peruanos les gusta explicar que este sistema social no fue esclavista, como otros similares que alcanzaron obras faraónicas, y que su fuerza de trabajo se instrumentó sobre una base comunitaria, o sea: tres meses de trabajo para el imperio, y luego la libertad de vivir sin la opresión del gobernante, sistema que permitió crear un rastro impresionante.

Claro que esto hace una diferencia notoria cuando se la compara con la esclavitud actual de los servidores públicos, quienes se ven sujetos a la omnímoda voluntad de un poder que los aniquila cuando a bien tiene. Visto desde otro ángulo, esto anuncia que, en corto plazo, la máquina estatal incrementará fallas -a más de las que ya tiene-, y entonces el emperador no podrá arreglar el desastre que fue producido por él mismo.

Empero, de igual modo aprendimos que hay imperios que han tenido buenos sabios y hasta grandes gobernantes, los que supieron mantener unida a la gente, mientras que otros, en cambio, fueron instaurados por implacables ególatras que, a la postre, condujeron hacia al abismo a sus creyentes.

Por allí pasan todos cuantos han hipotecado la dignidad, o alquilado el criterio y vendido el libre albedrío a cualquier tiranuelo, dictadorcillo, despotastro y satrapito que hayan ensuciado la tierra de este universo mundo.

Comento esto, pues se sabe que el mandón puede de alguna manera recibir cierta justificación en sus desmanes, y desde la psicología se hace posible entender los excesos de un Hitler o de un Stalin; o en otros casos, se apelaría a las buenas intenciones sinceras y profundas, o a variadas causas del deseo irreprimible de acaparar el poder para el bien de los menos favorecidos.

Pero no olvidemos que frente a esto, el elemento más repugnante de todo gobierno autoritario, está constituido por la tribu de los aduladores sumisos, lisonjeros creativos, alabadores profesionales, elogiantes crónicos, halagadores oportunos, agasajantes ubicuos y loadores descriteriados y un sinfín de otros candongos zalameros.

Claro que la voluntad de poder es comprensible, es más, algunos sostienen que se halla en los genes o bajo la epidermis de todos los seres humanos; pero a muchos de estos entes humanos, los serviles endémicos nos causan vómito y urticaria.

Por si acaso, sin necesidad de correcciones del tipo ideológico o conceptual, repaso que Napoleón conserva su polémica aura de grandeza, pero igualmente les recuerdo que en esa misma época, Joseph Fouché, Duque de Otranto, es quien ocupa su lugar en las cloacas de la Historia… ¡A todo Señor, todo honor!… ¿No es verdad?


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