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El beso partido (relato en primera persona)

Noche de Septiembre, casi primavera. Invitado a cenar en casa de una pareja, Ella profesora de gym, alrededor de treinta años. El, parece un poco más joven.

Cenamos pizza casera -rica- y vino blanco helado en una terracita/balcón desde donde se veían las luces de Libertador y más allá el río con reflejos de luna.

Hablamos de todo un poco -menos de sexo- mientras duró la cena, después entramos al living, comimos helado, ella se puso a bailar descalza y él abrió la segunda botella. Mientras yo buscaba un buen cd para poner, ella desapareció un momento y luego volvió a aparecer asomándose desde la puerta del cuarto. Ahora en bombacha y corpiño.

Entramos -los tres- al dormitorio entre abrazos y carcajadas. El vino había hecho su trabajo y el deseo se nos hizo más urgente. Nos desnudamos de pie haciendo equilibrio y en tiempo récord, y nos trenzamos ella y yo en un beso adolescente.

Se acostó de espaldas sobre las sábanas y tomando mi mano, me invitó: vení, besame. Me acomodé sobre su cuerpo desnudo, la abracé despacio y me sumergí en su boca. A veces besar es como hacer el amor. Primero suave, dulce, pausado. luego más y más rápido, más caliente, más inquietas las lenguas, más generosos los labios.

Encontré en su boca el perfume del vino blanco y la dulzura fresca del helado de limón. Fué un beso largo, de toda la boca, de todo el cuerpo, de todos los sentidos. Una húmeda y deliciosa sensación que erizó cada rincón de mi piel, mientras ella se excitaba más y más y comenzaba a apretarme contra su cuerpo desnudo rodeándome con piernas y brazos.

Entonces, en ese mismo momento, algo se interpuso entre su boca y la mía. Era él. No su boca, su miembro, y estaba lo suficientemente duro y recto como para deslizarse rozando nuestros labios. Me quedé quieto, sin respirar, sin abrir los ojos -no hacía falta- y sin decir nada.

Besame -repitió ella- pero ahora esa palabra significaba otra cosa. Yo no hice nada, así que ella volvió a comerme la boca mientras El sostenía su sexo en el mismo lugar, entre las dos bocas pegadas. Y el beso continuó unos momentos más, invadido por un visitante inesperado.

Ahora sus labios tenían otro sabor y debo decir que me sorprendí al contacto con una piel increíblemente suave e inesperadamente familiar. Hasta que él retrocedio y se retiró y yo por fin abrí los ojos para ver como ella sonreía con dulzura.

Después me recosté de espaldas en la cama y me relajé mientras dos bocas se esforzaban para complacerme.

Rato mas tarde, charlando los tres desnudos y tranquilos en la cama matrimonial, llegaron las confesiones y las preguntas.

Somos bisexuales, dijeron y pensé que la aclaración estaba de más. Yo no, les dije, porque pensé que la aclaracíon no estaba de más.

Te sorprendiste, me dijo ella con una sonrisa pícara. Un poquito, le mentí. ¿Te molestó?, preguntó él timidamente.
No le contesté en ese momento, pero no. La verdad es que me sorprendió pero no me molestó.

Esto sucedió hace algunos días, tiempo suficiente para pensar en lo que pasó, y en lo que ME pasó.

A esta altura de mi vida y mi experiencia (42 años, casi 30 de sexo) tengo bien claro lo que me gusta, lo que no me gusta y lo que me da placer.

Quiero ser con ustedes tan honesto como conmigo mismo.

Descubrí que el contacto con la piel de un hombre no produce envenenamiento, ni tampoco te cambia la cabeza. No me provocó ninguna reacción alérgica ni despertó en mi ningún deseo reprimido.

Siempre estoy pasandome las prohibiciones por el forro, un poco por desobediente y otro poco porque en general esconden vivencias que suelen ser divertidas. Así que como transgresión, como novedad, como experiencia, suma. Pero ya está, ya fué. No estoy arrepentido pero no me dan ganas de ir más allá, ni de repetir.

Mi autoestima, mi hombría, mi libido y mi orgullo levemente machista no han retrocedido ni un milímetro. Me siguen gustando las mujeres tanto como siempre, y no siento por ningún hombre nada que pueda ser considerado como sexual. Uso la misma ropa y el mismo desodorante de antes, y sigo pensando que los Village People son un mamarracho.

La identidad sexual, las preferencias, lo que uno elige y lo que uno hace o deja de hacer, en la cama y en la vida, es un asunto demasiado profundo y complejo como para darse vuelta al primer ventarrón. Lo que somos, lo seguiremos siendo, para bien o para mal.

Claro que vamos incorporando cosas y cambiando a lo largo de la ruta, pero estoy convencido que esos cambios se van dando desde dentro hacia afuera, y no al revés.

Dar una vueltita en sulky no nos hace gauchos, y entrar de paseo a una mezquita un día de vacaciones, no nos convierte al islam.

En resumen, que esta pequeña experiencia no me cambió en nada, y si lo pienso bien, no veo porqué habría de hacerlo.

Después de todo, no fue más que un beso. Un beso extraño, inesperado, intenso e inquietante.

Y seguramente irrepetible.

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