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, , maria-noel dijo

para esos casos, yo tenís una frase perfecta: “el dueño del local nos prohibe hablar de fútbol, religión o política, porque son temas que llevan al conflicto, lo siento”. después agarraba una franelita y me ponía a limpiar la PC…

, , soplamocos dijo

Es una buena frase, es cierto, tendría practicarla.

, , ANA dijo

SOPLAMOCO SOS UN IGNORANTE. LAS PREGUNTAS SON LAS QUE NOS PERMITEN ABRIR CAMINOS DE PENSAMIENTOS Y NO SEGUIR COMO GANADO LA CORRIENTE.

, , soplamocos dijo

Uhhhhhhhhhh pero que mierda pasó aca! evidentemente no me expresé bien. ESTE POST ES IRONICO, Barone me parece un gran periodista por escritos como este!

Tan acostumbrados estan a escuchar este tipo de cosas que no se dan cuenta cuando se trata de una parodia???

“Ah no, señor! Así no! A mi dame interpretaciones independietes. Este es un vago de mierda, como todos los peronistas que se hacen los trabajadores y viven de los impuestos que la gente como uno paga respetuosamente. Solamente un egoista como Morales puede defenderlo.”

Un parrafo como ese, es para mí algo completamente exagerado, grotesco y falso… Más cuando se contrasta con preguntas como las que hace Barone, preguntas que tienen una respuesta bastante obvia.
Viven en un entorno tan reaccionario como para creerse esto???

Por dios… y para que mierda puse la marcha peronista al final!

, , casadelhincha dijo

ocurre que el titulo y las primeras frases huelen al gorila y ya la gente se predispone mal ,es un post biolcatizado y encima con esa marcha peronista medio trola completaste la imagen confusa y negativa

, , soplamocos dijo

Justamente, lo gracioso (para mi) es que huelen exageradamente a gorila…
La marchita esa puede ser que sea medio trola. En realidad estaba buscando una que escuche el otro dia hecha solo con 2 guitarras.. pero como no la encontré y esta se me apareció… en fin, me resultó simpática.

, , soplamocos dijo

ah, pues bienvenida, aca casi nadie llega deliberadamente.
Y si, lo mejor que hay son marcadores! =)

, , Mariela dijo

Hola, encontre este blog de casualidad, buscando otras cosas. Me parecen muy interesantes los temas que se plantean. Lo agregué a favoritos cuando vi los marcadores y la cita de Hidalgo en el perfil.
Saludos! (la lectora novísima)

, , Mariela dijo

Es verdad , la izquierda de ese entonces no tenía un lugar para expresarse que valga la pena y por eso un autor como Castelnuovo resultaba novedoso. Esto tbn muestra el papel que desde siempre jugaron los medios en la formación de cánones, estéticas, consumos etc. y por eso se creía que, como dice Mariani, toda la juventud se agrupaba en la vanguardia.
En lo personal leí los cuentos de Mariani, y tbn Castelnuovo, que no me gustó. Si bien el realismo “puro y duro” digamos, no es lo que me resulta más intersante, en el caso de Mariani logra que nos identifiquemos. Y como bien decis hay que agradecer al peronismo jajaj.

, , cosmocosme dijo

Me pa que no tuviste éxito con la ironía aunque, según mi justiprecio se entiende perfectamente lo que quisiste decir.

Y bue; Es complicada la palabra escrita.

Ni hablar de la imagen y el sonido: Conozco a más de uno, aunque no lo creas, que es fanático de Capusotto porque entiende de manera literal a Micky Vainilla (si, si, aunque no lo creas).

Saludos.

, , maria-cristina- dijo

Sopla!!!

Macri es un vivo de aquellos!

De ésta sale ileso como de tantas!

Pero cómo me gustaría equivocarme!

Saludos.

, , maria-cristina- dijo

Sopla!

Hoy te recordé en un comentario y ahora de casualidad vengo a ver qué pasaba y estás!!!

Qué bueno verte y qué linda música!!

Gracias.

, , maria-cristina- dijo

Impresionante!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Hay unas partes que están para copiarlas acá.
Sopla, estoy impresionada, después vuelvo.

, , soplamocos dijo

al ver el bombo de ATE al final me quedaron los ojos como huevos fritos, despues chusmeando vi que tiene otros con imagenes y letra sobre argentina ;)

, , Sugus dijo

Que bueno que volviste!
Y esta fuerza ….espectacular!! (a mi ya me la habían acercado mis hijas :-))

, , maria-noel dijo

¡ya decía yo que 200 autos yendo todos para el mismo lado no podían estar taaaan equivocados!

, , José Espinosa dijo

Sr. Director Sebreli despotrica sobre Eva, Maradona y el es un mito, en el peor sentido,no

es un intelectual “serio” y menos un “pensador” se hizo una aureola alrededor de él pero

lo invito a leer atentamente a Ud y a los lectores sobre un ensayo que desnuda

la mentira que se fabricó sobre dicho sujeto, los dejo

con la introducción y mas abajo el trabajo aludido:

Pocas veces se llegó tan lejos,como en esta de Juan

Fernando Segovia. Que hace tambalear la esencia misma de Sebreli como

ensayista serio. A la vez hace dudar seriamente sobre la calidad de los jurados

Que lo premiaron recientemente,pero mejor los dejo con Segovia,tambien

Les copio el sitio donde estaba la nota que sigue a continuación.

Saludos cordiales José Espinosa.

(http://www.harrymagazine.com/cajanegra/kultura/kultura_y_metapoltica.htm )

SEBRELI:UNA AUTOPSIA FRESCA,BIEN FRESCA.

CRÍTICA DE LA CRÍTICA DE LAS IDEAS POLÍTICAS ARGENTINAS

Juan Fernando Segovia
Para Héctor, pues se lo debía.
Para Josefo, que tal vez comience entendernos.

Presentar a Juan José Sebreli al público argentino carece de sentido, pues todos saben que es uno de los intelectuales más mimado por los medios; hacerlo para el ocasional extranjero que pudiere detenerse en la lectura de esta nota, desborda los límites que ella debe tener. Valga este primer párrafo como excusa por no hacer biografia, y también como seña del espíritu con el que abordo la crítica, pues no hay en ésta ningún argumento personal, ad hominem, ni ánimo singular contra el escritor.

Tela y género, tijera y engrudo

El último escrito de Sebreli, Crítica de las ideas políticas argentinas, ha sido un éxito editorial(1) y también objeto de comentarios –generalmente elogiosos- en ámbitos académicos o intelectuales, con lo cual puede decirse que el ciclo del libro se ha cumplido: objeto de consumo masivo, el texto garantizará a quien le escribió dinero y fama; atractivo objeto de interés para eruditos, su autor gozará de respeto en los círculos áulicos en los que se desenvuelve la inteligencia argentina. Lejos estoy de batir las palmas por ambos éxitos. En el caso del primero, porque el libro se volverá un vehículo más de la falta de educación cívica argentina; en el segundo, porque el suceso revela el grado de hundimiento de nuestros intelectuales, incapaces de juicio crítico para con los miembros de su corporación conformista.

Convengamos, por lo pronto, en que Sebreli pasa por un ensayista de primera línea, que desde hace décadas viene labrando su prestigio mediático allende sus escritos. Pero no por eso debemos permitirle refugiarse en un género literario para ganar la licencia de cometer errores e incluso para liberar la imaginación sin motivo, atreviéndose a cualquier interpretación. Un ensayista no endilga epítetos ideológicos a diestra y siniestra, como un puntero de comité podría hacerlo. Aprovecharse del género del ensayo para camuflar las burradas no es excusable. Además, con sólo mirar el tomo nos damos cuenta de que no encaramos la lectura de un ensayo. El título del libro demuestra que Sebreli mismo es más ambicioso. La extensión del texto lo avala. Y lo acaba de ratificar la intención erudita que navega sus párrafos: las notas al final de cada capítulo superan las veinte páginas y la bibliografía agrega otras veinte.

Compuesto con cierta libertad que remeda el pretendido género ensayístico, lo cierto es que el aire culto del libro y la inocultable tendencia de Sebreli a mostrarse (¿percibirse?) como un intelectual cuasi-académico, exceden la parca ambición originaria. Pero aún en ello ha fracasado el autor, porque el modo de acceder al estudio del tema y de trasmitir su investigación deja mucho que desear tanto sobre la fidelidad de lo trasmitido como sobre la veracidad de la consulta de las fuentes o la bibliografía indicadas. Además de no indicarse jamás la página de los textos, las citas suelen ser de otras citas, esto es, casi nunca hay referencia a la obra original de la que se hace la trascripción.

Esta manera de componer un texto recuerda los métodos del costurero remendón. Y Sebreli hace bien este oficio: cualquiera puede ver que la obra está armada con parches multicolores y desiguales, con pegotes de origen plural y discontinuo, ajenos –unos y otros- a la tela en la que se injertan, y que casi nada dicen de la fuente de la que provienen. Y aunque se pretenda alegar que se trata de un ensayo, yo diría entonces que se abusa de él y que no es la manera apropiada para tratar asuntos complejos de sociología, historia, teoría política y filosofía, como admite su autor (p. 11), porque engañan al común de la gente, haciéndole creer que aquél sabe lo que, en realidad, por lo general, desconoce.

Hombre, nombres, años

Unos pocos ejemplos de ese singular modo de articular un texto propio con textos ajenos, que no está libre de errores, traigo ahora a colación. Porque estos errores muestran la ligereza del autor, la dudosa consulta de los libros que aparenta haber hecho, la rápida escritura del borrador y su escasa limpieza de falencias y … hasta el desconocimiento de los nombres correctos de los autores que cita o menciona.

En las notas 40 y 97 del capítulo 4, sobre nacionalismos (pp. 451 y 453), remite a un libro de Ramón Doll, en apariencia ya citado, pero que nunca citó. Y no es que sea difícil encontrar obras de Doll, cuya producción fundamental es hoy asequible; es que jamás le leyó ni le citó. Lo mismo pasa en la nota 32 del capítulo 5, sobre peronismo (p. 455): ahora nos reenvía a una obra de Jeffrey Herf que en ningún momento citó. Y no se preocupé, no es mera distracción de Sebreli, porque los libros de éstos no se encuentran siquiera en la bibliografía.

Una perla exótica es la nota 35 del capítulo 1 que dice textualmente: “Cita de Guizot” (p. 442). En realidad, debió transcribir un texto del escritor francés, pero nunca lo hizo. Esto sugiere que Sebreli editó un libro que, en buena parte, tenía aún el carácter de borrador y que, una vez en prensa, ni siquiera le revisó para corregir erratas gruesas como ésta. Y Guizot tampoco está en la bibliografía.

Otros casos no menos grotescos: el Syllabus de Pío IX fue una encíclica (p. 33), según Sebreli, cuando en realidad es un documento pontificio que acompañó a una encíclica, la Quanta Cura. Siguiendo con los Papas, la encíclica Quadragesimo Anno, de Pío XI, justifica y admite el fascismo (p. 193), lo que prueba que el autor no la ha leído, lo que no se justifica ni admite, pues no se habla de lo desconocido sino se es un bocón (un guitarrero) que alardea de un saber que no se tiene.

En ciertos momentos el desconocimiento se vuelve aliado de la falsa erudición y Sebreli mete la pata. En página 110 dice que el roquista mendocino Civit se pasó al radicalismo, cuando la historia enseña que no fue así, que fue gobernador por los liberales, enfrentado a los radicales. En p. 165 asegura que Edmund Burke era católico, cuando es sabido que el famoso autor de las Reflexiones fue bautizado como protestante irlandés y educado en el Colegio Trinidad de Dublín, a la sazón un núcleo fuertemente protestante(2). Concepción católica de la política es un libro que el padre Meinvielle escribió en 1974, según Sebreli (p. 170), aunque se sabe que lo editaron por vez primera los Cursos de Cultura Católica en 1932 y, lo que no es menor, el cura falleció en 1973.

La lista Sigue con apreciables errores que disgustan. En p. 198 atribuye a Tomás D. Casares una frase sobre el fascismo que, en realidad pertenece a César Pico; contribuye al craso error el hecho de que la cita carezca de nota bibliográfica y que ni Pico ni Casares figuren en la bibliografía. Entre los juristas católicos del peronismo que actuaron en la Convención Nacional Constituyente de 1949 se olvida de Pablo Ramella (p. 223), lo que viene a tono con similar ignorancia de muchos historiadores. De Carlos Ibarguren dice que abandonó el gobierno revolucionario del 43 cuando éste se volvió peronismo (p. 224), lo que es completamente falso como lo probaría una lectura de la introducción a su libro La reforma constitucional, de 1948, que elogia a Perón. Fecha en 1947 una carta de Perón al cura Benítez (p. 258), que en realidad fue escrita una década más tarde. La expulsión de los gramscianos del PCRA se produjo luego de la polémica de 1962 y los expulsos fueron denostados en una publicación de 1946 (p. 368 y nota 48 de p. 460), según la rara cronología de Sebreli. Los Montoneros se nutrieron de jóvenes provenientes de familias patricias, pero no hay mención alguna a Patricia Bullrich (p. 391), omisión que parece deberse a cierta militancia progresista democrática de ésta que coincide con los ideales –ya los veremos- de nuestro autor. Menem reformó la constitución en 1993 y no en 1994, dice un Sebreli falto de memoria (p. 413), lo que se entiende a esta altura del libro.

Desconocer los hombres y desconocer los nombres es una y la misma cosa para Sebreli. Un detalle incompleto de esa ignorancia va a continuación: dice Carturelli por Caturelli (el filósofo católico cordobés), Falcinelli por Falcionelli (el historiador sardo, que viviera en Argentina), Dott por Dotti (el historiador del Carl Schmitt en Argentina), Sabato por Sábato, Mienvielle por Meinvielle, Nolde por Nolte (el reconocido historiador alemán), Lisandro Zía por Lisardo Zía, Röhem por Röhm (el nazi). Invito a los lectores a descubrir nuevos personajes de esta novela sebreliana.

¿Qué se puede esperar de una obra plagada de errores, erratas, falsedades e ignorancias? ¿Qué clase de interpretaciones, comprensiones y explicaciones puede avanzar un autor que demuestra impericia en este tema, descuido y falta de pulcritud, escasa seriedad y ánimo repelente a normas elementales de la lectura y la escritura? Veamos.

Dónde comenzar la crítica, dónde terminarla

Una primera pregunta que cae como piano desde un quinto piso al suelo: ¿cuándo comienzan las ideas argentinas? ¿Cuándo se inicia el desarrollo de las ideas argentinas? ¿En qué momento hay un despertar de las ideas vernáculas? Sería de desear que el autor dijera algo al respecto, como para que el lector tuviera un asidero. Pero nada explica Sebreli, lo deja librado a la imaginación de cada cual, porque él propone otra cosa: arrancar desde Sarmiento y de ahí hasta Menem.

Ese es el derrotero propuesto por el escritor, que tiene omisiones sensibles. Por lo pronto, ¿existen motivos –ignorancia aparte- para olvidarse de todas las ideas suscitadas por el movimiento revolucionario de 1810 y sus raíces hispano-coloniales? Me parece que no, y que cualquier aventura crítica debería haber iniciado en ese momento. No hay tampoco razones atendibles que expliquen por qué no hay ningún estudio (sintético, escueto) sobre Rivadavia, los unitarios y los federales, Rosas y los intentos de organización constitucional.

Sobre Rosas, apenas un párrafo infausto en el capítulo dedicado al peronismo: el rosismo es un totalitarismo, como lo fueran Esparta, el imperio incaico o los despotismos orientales (p. 247). Anacronismo inaceptable que nos pone de lleno en el estilo de Sebreli: motejar más allá de los límites temporales, insultando ideológicamente, apelando a remoquetes y etiquetas que dicen más por lo sensacional y emocional que por su contenido presuntamente científico o académico. Pero claro, en un ensayo todo es posible, incluso violar las coordenadas temporales, la honestidad del escritor y la inocencia del lector. Ya volveré sobre el particular.

Dejo, simplemente, algunas omisiones que me parecen –por su importancia y trascendencia- errores graves: a Frondizi se le dedican solamente 2 páginas (pp. 316 a 318) insulsas y poco felices, sin advertir el peso de sus ideas en su época y la gravitación de su figura en el espectro político-ideológico de ese entonces. Cuando trata del radicalismo (capítulo 3), omite toda referencia a la doctrina original para reconcentrarse en Yrigoyen. Así, cualquiera que quisiese saber sobre los orígenes del centenario partido no sabrá que existió un Alem, un Del Valle, que hubo una revolución histórica en 1890 y que, antes del encumbramiento del peludo a la presidencia, existen documentos partidarios de valor ideológico.

Del mismo modo, me pregunto: ¿por qué concluir el libro con Menem y Alfonsín? Ambos, de pensadores, tuvieron poco y nada, fueron vulgares divulgadores de ideas que flotaban en el ambiente; pudo haberse estudiado el contexto ideológico en el que actuaron y se formaron figuras representativas de esos gobiernos. Sin embargo, que el libro culmine con esas presidencias tiene una justificación: ambas son representativas de los valores a los que adhiere el autor, por lo que nada mejor que concluir la obra –crítica a palos a todos, sin perdón- con elogios a esos dos presidentes que nos pusieron en el camino abandonado un siglo antes. Para respetar el orden que me he impuesto, volveré sobre este asunto más adelante.

Provocar, enardecer, disgustar

Algo debe decirse sobre cómo escribe Sebreli y qué busca incitar en sus lectores. Y me inclino a estudiar este aspecto de su obra, antes que las interpretaciones concretas, porque éstas son polémicas y siempre es posible controvertirlas. Polemizar y controvertir sus tesis me llevaría un espacio similar a la cantidad de páginas que ocupa su libro; en cambio, mostrar el proceso de su escritura es más edificante, porque develará de qué manera se escribe un libro erróneo que se pinta de cierto, desopilante que se quiere hacer pasar por serio, falso que se traduce por verdadero.

Sebreli escribe en estilo chocante, provocador. Busca, antes que nada, enardecer al lector que conoce de lo que escribe él, sorprender al ignorante y disgustar a unos y a otros. Los recursos que emplea son simples: los anacronismos (se vio en el caso de Rosas), las comparaciones paradójicas, el pegoteo de etiquetas a personas y partidos o grupos como un remarcador de supermercado, el insulto político velado en las caracterizaciones aparentemente científicas, las reconstrucciones genéricas que olvidan los contextos concretos, las afirmaciones altisonantes que hieren los oídos y lastiman la vista, etcétera.

Tengo la sensación de que Sebreli busca, casi siempre, controvertir lo establecido con el sólo ánimo de negar lo que se dice(3). Sebreli persigue, por lo general, dar otra vuelta de tuerca a lo que se ha dicho, retorcer los argumentos hasta encontrar uno artificialmente distinto y personal, que tenga una marca original, aunque ya no responda a ninguna verdad elemental ni considere el punto del cual partió. En este darle vueltas a la tuerca, se pasó de vueltas y se le robó la rosca. ¡Sebreli perdió la chaveta! No se puede ser siempre original y diferente a los demás, no siempre hay interpretaciones radicalmente opuestas a las ya expresadas por otros historiadores. Y la crítica no consiste en eso.

Seguidamente, tomo algunos casos que ejemplifican los procedimientos seguidos por Sebreli para reconstruir y criticar las ideas argentinas.

Sarmiento

Sarmiento es un romántico que en el Facundo explicó la historia como lucha de clases, tal como la había aprendido en su viaje a Francia. Sin duda que estas afirmaciones tienen bastante de caricaturesco, pero ¿qué decir de la afirmación según la cual “Sarmiento fue un marxista de derecha” (pp. 23-24)? Supongo que, con el afán de provocar, Sebreli consiguió escandalizar, lo que no es fin de la historia ni de los géneros desde los cuales puede escribírsela.

Me pregunto: si Sarmiento es la derecha de Marx, ¿será el centro de Hegel y la ultraderecha de Kant? Y Marx, ¿sería un sarmientista de izquierda? Como se ve, la categoría no resiste el menor análisis. Comparar por comparar no es buen método. Calificar a gusto no es sensato. Como no lo es tampoco sugerir que Sarmiento hacía marxismo (o antimarxismo) sin saberlo. Como tampoco lo es juzgar que Sarmiento anticipó en el régimen de Rosas una forma temprana del fascismo. La retórica de Sebreli no es hilarante. Es irritante, falsa, humillante, por insensata y absurda.

El liberalismo

Según Sebreli, el liberalismo argentino hizo del catolicismo la religión de Estado y le dio a la Iglesia el gobierno del Ejército y de la escuela para nacionalizar y cohesionar una población heterogénea (p. 34). Argumento especioso, si los hay, porque desconoce que la constitución liberal de 1853 no hace del catolicismo la religión de Estado sino un culto especial (privilegiado, si se quiere) sometido al Patronato de los poderes estatales. Además, se tragó de un mordiscón las leyes laicas del ochenta, que le quitaron a la Iglesia , entre otras cosas, el manejo de la educación, que desde entonces pasó a ser pública, gratuita y laica.

Todo el capítulo 2 en el que se intenta descubrir las raíces liberales del nacionalismo no es un mal intento, salvo por las anteojeras ideológicas del autor, que califica de protofascistas (así, el pobre Joaquín V. González, p. 72) a esos liberales conscientes del problema nacional generado por la inmigración. Quiero decir que descubrir elementos nacionalistas en el liberalismo no es lo mismo que inventar el agujero del mate y que, engañarse con esto, puede llevar a leer mal los textos, como el de Carlos O. Bunge que trascribe en p. 73. No debe olvidarse que los liberales no vivían en el mundo o el universo, que sus hermanos no eran la humanidad, que su identidad no era cosmopolita. Moraban en la Argentina ; sus prójimos eran los argentinos –incluso los extranjeros que aquí se establecieron-; y creían vital ratificar o edificar, como se quiera, una identidad vernácula. ¿Qué otra cosa hacían por entonces los ingleses, los franceses y los americanos, paladines del liberalismo y de la democracia universales?

Nada más lejos de los liberales inventar un monstruo como Frankestein –según sugiere Sebreli (p. 99)-; ni el nacionalismo fue ese monstruo, ni los liberales se hicieron nacionalistas. Basta con analizar la revolución de 1930 para darse cuenta.

El radicalismo

Dice Sebreli que “el radicalismo era más conservador que la elite del ochenta” (p. 47). Una mentira: es cierto que socialmente no había grandes diferencias entre éstos y aquéllos, al menos en los años finales del siglo XIX, porque ya en el XX la composición social del radicalismo es muy diferente. En el plano de las ideas, comulgaban en principios liberales comunes, pero los radicales le agregaban una afán democrático revolucionario que los volvía opositores de los liberales conservadores. Ni los radicales se entendían como conservadores ni los conservadores los veían así; pues, de ser cierto lo que afirma Sebreli, ¿por qué no se apoyaron mutuamente? ¿por qué los radicales golpearon con violencia a los gobiernos liberales y éstos no se unieron a aquéllos una vez que se observó el ascenso de las masas en el nuevo siglo?

De vez en cuando conviene escribir con letra fina, pues para reflexionar, hay que abandonar el lápiz de carpintero. Por eso, decir que el radicalismo era un semibonapartismo (pp. 109 y 138) es insistir en argumentos anacrónicos para homogeneizar las corrientes políticas e ideológicas del país, del mismo modo que el carpintero corta iguales las cuatro patas de la cama. La diferencia está en que la historia no es técnica de multiplicar productos similares sino una comprensión de lo común y lo singular. A Sebreli no le interesa. Él es un carpintero que escribe libros de historia y por eso quiere presentar a los radicales como padres extramatrimoniales del nacionalismo y del peronismo (p. 120), porque eran unos conservadores hipócritas (p. 134)(4) . ¡Qué bárbaro! ¡Cómo simplifica!

El nacionalismo

Para Sebreli el nacionalismo argentino queda circunscrito a lo que dijera un militante hace pocos años. Valiéndose del testimonio de un músico de un grupo de rock nazi, los nacionalistas viene a ser discípulos de Hitler, Nietzsche, Ramiro Ledesma Ramos y Wagner, entre otros (p. 186). Ensalada brutal que el autor digiere de un bocado, creyéndola sabrosa. En realidad, cuesta creer que haya mordido el anzuelo ante tanta insensatez, pero puede ser que lo que en realidad quiera Sebreli es trasmitir al lector un miedo mitológico al nacionalismo. De hecho, en más de treinta páginas va revelando los orígenes de los nacionalistas: reaccionarios, anglófilos y conservadores, amantes del mesianismo ruso, derechistas a la francesa, hispanófilos, católicos, filosóficamente vitalistas, culturalmente pesimistas, los nacionalistas, como no podía ser de otra forma, acaban siendo fascistas o pretendiendo serlo. ¡Y todo esto sin que tengan nada de original o particular! Puro remedo de tendencias extranjeras, ¿por qué seguir llamándoles nacionalistas?

Ni aún la más apasionadas de las versiones antinacionalistas del nacionalismo argentino, salvo la de Rock, había llegado a contar una historia tan tormentosa y escalofriante. Pero como Sebreli compra todo el pescado podrido –para podrir la cabeza del lector-, termina su relato desapasionado y científico escrutando las actuales raíces árabe islámicas de los nacionalistas de los últimos años, siguiendo las indicaciones del preclaro Alejandro Biondini (pp. 208-210), de modo que no quede duda que hoy los terroristas son los nacionalistas.

Peronismo

Impenitente, Sebreli reitera –aunque cada vez más confusamente- su teoría del peronismo como versión peculiar del bonapartismo, un populismo, un fascismo, en fin (p. 232). La noción de comunidad organizada de Perón, antes que reconocer antecedentes cristianos, está inspirada en Hitler (p. 230), aunque el peronismo no sea más que la extensión de las políticas asistencialistas conservadoras, mezcladas con doctrina social de la Iglesia y dosis de autoritarismo a lo Mussolini (p. 224). Que los intérpretes no se equivoquen: el peronismo no es más que la socialdemocracia de nuestros cretinos conservadores (p. 233). De ahí que sea un inacabado fascismo, una versión débil, blanda, suave, por imperio del populismo (p. 237).

Pero, ¿cómo puede ser así si, como dice el autor en frase poco feliz, “el fascismo fue un descubrimiento tardío de Perón antes de su viaje a Italia” (p. 272)? Es difícil que Sebreli sea coherente con el peronismo cuando no lo ha sido con sus predecesores. Porque el peronismo es una expresión tan particular de fenómenos argentinos, latinoamericanos y europeos, que si sólo se le aplican categorías foráneas –más aún cuando la aplicación no es dosis homeopáticas sino con la brutalidad de un carnicero-, no se le acaba de entender como lo que fue: peronismo, sencillamente peronismo(5) .

Lo que queda claro en tanta confusión es que el peronismo era antidemocrático y que por esos sus opositores y rivales se vieron “obligados” a usar medios igualmente antidemocráticos, según la lógica fatal del sistema (p. 283). ¡Qué tal! Menudo argumento para justificar las revoluciones, en particular la del 55.

Militarismo

Para Sebreli, todas las revoluciones militares, desde la del 30 hasta la del 76, son lo mismo y sólo se diferencian en menudencias, pequeñeces debidas a flaquezas de los actores o a novedades de su tiempo. Hubo, entre aquéllos, quienes confesaron la debilidad y se convirtieron a la democracia: Sebreli exculpa por eso a Mariano Grondona (p. 299), caso particular cuya mención no se entiende si no fuera por la amistad mediática entrambos. Pero, más allá de esta nota sensiblera, Sebreli anuncia que a los militares no los quiso nadie, pero sus gobiernos fueron apoyados masivamente: sindicalistas, políticos, la Iglesia y el cuerpo castrense se sumaron siempre a generar el consenso militarista. Además, todos los golpes fueron cortados con la misma tijera y reprodujeron, más o menos, la misma receta: ideólogos nacionalistas, proyectos corporativos, inflamado catolicismo, anticomunismo, seudo liberalismo económico, etc. En todo caso, la historia siempre se repitió, como en el corsi e ricorsi de los modernos, nada nuevo hubo de mano del militarismo, que se remedó a sí mismo hasta su agotamiento.

Malvinas

Un párrafo aparte ameritan los dichos de Sebreli sobre Malvinas. No puedo dejar de transcribir el párrafo que sigue: “El Mundial de Fútbol 1978 fue un ensayo general para la guerra, el partido de fútbol era vivido con la misma dramaticidad que una batalla y después la guerra sería trasmitida y recibida por una sociedad, criminalmente frívola, como si fuera un partido de fútbol.” (p. 334) La lectura del texto me sugiere varias ideas, pero hay dos que me parecen inaceptables: la comparación entre guerra y fútbol sólo es posible en una mente atormentada que no comprende a una y a otro, salvo que se trate de otra de sus habituales comparaciones exageradas y falsas. Además, acusa a los argentinos de formar una sociedad criminal y frívola, lo que cuando menos es una imputación injusta y cuando más radicalmente falsa. Tan falsa como otras afirmaciones que le siguen: que Malvinas fue siempre un problema menor (para Sebreli, se entiende), que los extremistas de izquierda en el extranjero apoyaron la reivindicación militar por sus genes antidemocráticos y nacionalistas (es decir: nada más que un prurito ideológico unía a víctimas y victimarios), y que los países latinoamericanos dieron sólo apoyo moral (olvidando la efectiva y concreta ayuda material del Perú). Pocas cretinadas y mentiras se pueden encontrar tan condensadas como en las dos páginas y media que el autor dedica esta cuestión.

Las izquierdas

Si hay un capítulo aceptable es éste, que el autor relata bastante bien en razón al conocimiento que del asunto tiene por su vieja militancia. A pesar de ello, algunos lugares sugieren nuevos focos de ignorancia (como cuando dice, en p. 347, que la única declaración internacionalista, antifascista y democrática, o sea: de izquierdas, de la CGT fue la de 1945 contra Bramen(6) ) o interpretaciones sesgadas (como cuando mutila un texto de Jorge Abelardo Ramos, en p. 351, para hacerle decir lo que él quiere que diga). Algunas reconstrucciones demuestran sus fobias: los representantes de la izquierda nacional no son sino nacionalistas disfrazados, como ese personaje al que denosta, Hernández Arregui. Aquí la objetividad, guiada por una reconstrucción antojadiza, no supera la prueba de los viejos rencores y los nuevos amores.

Y como para que no queden dudas que la bête noir del autor es el fascismo, los Montoneros fueron fascistas de izquierda, tesis que avanzó Giussani, y que Sebreli ni siquiera menciona, para quedarse con los honores de tan equívoca tesis.

Guevara y Cristo

Pero el punto más elevado de las descabelladas teorías de Sebreli está en su reconstrucción del Che. Las páginas que le dedica (de la 377 a la 388) comienzan jugando con la figura del aventurero –el Che es un trasgresor idealista que vive la revolución apasionadamente y sin reflexionar- y culmina en su transfiguración en héroe y santo. Así, por mor de la vida aventurera, vienen a encontrarse el Che con Cristo. Convengamos en algo: es más fácil apuntar el Che a los extremos; o asesino y criminal, adorador de la violencia, o revolucionario internacional e idealista, amante de la sufrida humanidad. Las versiones vulgares no son del gusto de Sebreli, por eso, en recurso dialéctico, niega los extremos al tiempo que los sintetiza en un tercer momento nuevo e increíble: el Che hizo de su vida un culto de la muerte, llenó aquélla de un sentido heroico similar a Cristo, la primera “vedette de la muerte” (p. 387). El Che mártir no es más que uno de los tantos héroes y santos que, como Cristo despreciaron la vida y ensalzaron la muerte. Guevara, como aquéllos, rechazó el materialismo y proclamó la supremacía de los valores morales: servicio, sacrificio, disciplina, corazón, heroísmo, santidad (p. 388).

Si lo que dice del Che mueve a la risa, por su carácter ramplón adornado de elevada teoría, lo que afirma de Cristo lleva a las lágrimas, por su nula comprensión de la religión católica y de las religiones fundadas en su doctrina. Que aquélla y éstas sean el culto de la muerte es tan antipático como falso: nada de amor, de caridad, de resurrección a la vida plena y verdadera; en fin, nada de trascendencia. Las religiones caen bajo la fenomenología de la muerte. Así se simplifica y se hace crítica científica.

La democracia

Alfonsín y Menem son la democracia, cada uno con sus notas propias, pero democracia al fin. Y es bueno que así sea, según Sebreli. Porque con su llegada los militares abandonaron la política (p. 409), omitiendo a Balsa, a Rico y otros muchos que se bañaron en las aguas democráticas e hicieron política de modo distinto, pero política democrática al fin. Porque se ha retomado el ciclo de la secularización, expulsando a la Iglesia de sus dominios (pp. 412-414), aunque ello signifique hacer caso omiso de algunas irrupciones de religiosidad de la sociedad, como en el Congreso Pedagógico. Porque ello significó la introducción de la libertad económica, pues no hay democracia sin mercado (pp. 416-417), de modo que la creciente pobreza no puede atribuirse a la crueldad de los técnicos (p. 421) (7). Así se justifica que todo el poder haya ido a parar a las manos del Cavallo, el tecnócrata salvador (p. 433).

Porque la democracia es más importante que nada, hay que tener cuidado con quienes la asocian a la corrupción. Es este, dice Sebreli, un asunto sobrevalorado (p. 427), aunque no recuerde que desde comienzos de la década de 1990 estaba entre los primeros problemas que la sociedad percibía. La corrupción no ha sido colateral de la crisis: ha sido causa estructural de ella(8). Pero Sebreli prefiere la democracia a la vida sana. Y su ensayo crítico deviene en crónica benévola de la democracia argentina, tolerante con la corrupción .

Un liberal entre falsos liberales

Será de utilidad revelar desde dónde escribe Sebreli la historia y su crítica. Así sabremos a qué adhiere y qué prisma deforma su vista. La defensa del europeísmo de la cultura argentina no debe llamarnos a engaño: reclamar, como Borges lo hiciera antes, nuestro derecho a la cultura Europea es volvernos hijos de Occidente y abandonar toda pretendida maternidad hispana. Así se entiende que defienda en esos propósitos a los liberales del siglo XIX (p. 31) (9) . Hay aquí una de las piezas claves de su ideario.

Porque a no dudar que Sebreli es un liberal sin empacho, progresista sin pruritos y democrático sin penitencia. Y lo de impenitente no es una crítica sino una afirmación de él mismo: la década infame fue brillante, dice, aunque la oscureciera el fraude electoral (p. 53). Reveladora confesión, amigos lectores: para un demócrata liberal, el libre voto no merece parangonarse con la floreciente economía y la –supuesta- libertad de la cultura. Escala de valores, que le dicen..

El proyecto de nación moderna fue cortado abruptamente en Argentina cuando, retirado por la violencia el presidente Juárez Celman, se interrumpe el proceso laicista, secularizador, progresista y democrático que él y las generaciones anteriores –salvo Roca, por cierto- encarnaban. El curso de la historia frustrada recién se retomará en 1983. En ese largo intervalo de casi un siglo no hubo nada valioso que destacar, porque no fue más que el embarazo y la lenta parición de todas esas formas deformes de la política moderna que se resumen en el peronismo. Por eso, ahora, en estos tiempos de democracia renovada, hay que democratizar las conciencias, lo que significa, por lo pronto, desmilitarizarlas (p. 338).

Se trata de recuperar aquella idea de “la formación de una sociedad civil y laica” (p. 407) que los militares, la Iglesia , el peronismo, los nacionalistas e incluso algunos comunistas, perturbaron y quisieron abortar. Lo que nos espera es “el goce de una plena libertad individual” (p. 413), que no excluye nada: los goces espirituales y los sensuales, las libertades culturales y las sexuales. Porque sin democracia –entiéndase, libertad- no hay ningún proyecto de realización humana –léase individual- que pueda efectuarse. Ella es lo único firme y definido, lo único definitivamente necesario para que el hombre pueda hacerse hombre (p. 440).

Protocategorías para una protocrítica de la protohistoria de la protoArgentina

Si la lectura de esta crítica de la crítica que este libro instrumenta, no le ha cansado, déjeme añadir unos pocos párrafos más.

Todo lo que se pensó y dijo en la Argentina aparece, según Sebrelli, bajo el rótulo de ideologías incompletas, falsas, mal adaptadas. Todo lo que se pensó y dijo en la Argentina es el preanuncio de ideologías extremas que estuvieron por venir. Lo nuestro nunca dejó de ser incipiente e imputro: protofascista, protonazi, protopopulista, protototalitario, protomilitarista, protobonapartista(10). Así nos ve Sebreli, para quien, si hubo consumación de esas tendencias, habrá que hallarlas en el peronismo, que es cumplimiento parcial de muchas cosas, pero nunca sólo peronismo.

La interpretación crítica de las ideas políticas demuestra la falta de consumación de las grandes ideologías, porque las realizaciones vernáculas son falsos émulos de aquéllas. La versión de Sebreli está llena de proyectos anticipatorios, que como prominentes protuberancias en el decurso histórico-ideológico, hablan de protagonistas parcelados, cercenados, que nunca acaban las promesas –buenas o malas- que se incuba en su seno.

Y este itinerario argentino ha sido también el del propio Sebreli. Abandonó la revolución, la de las balas o la de las letras –poco importa ya si difieren o difirieron-, y se hizo mendigo de la democracia burguesa, por creerla más radical que aquélla. Volvió a comprar espejitos, otros espejitos, creyéndolos rubíes, otros rubíes.

Drummond, Luján de Cuyo, 18 de abril de 2003

, , soplamocos dijo

Estuve ojeando, muy bueno che, gracias por el aporte :)

, , barone dijo

ja ja ja, que boludo!!!!

, , darkcommand dijo

yo no lo llamaría embajada o congreso paralelo. Lo llamaría la corrupción legalizada desde lo privado. Mientras te siguen durmiendo y obligan a los medios a presenciar ‘el dominio y la influencia del poder que estos ostentan’ y como se enojan cuando no les das los gustos o las espectativas que ellos mismos manipulan por el mismo tipo de división, intervención, que a estos les es ordenado realizar para poder seguir dominando. Y seguir siendo los dueños de la palabra y la verdad y la razón. Estamos intervenidos y es una real cagada de sometimiento y esclavismo contemporáneo. No hay libertad, no hay derecho, no hay justicia a menos que los globalizadores saquen rédito, partido o conveniencia. Mientra sigamos su farsa, está nos va a dominar.

, , alas de tango dijo

No creo.
Mitad porque Sarmiento siempre quiso ser lo que no era: un oligarca, y la oligarquía festejó alborozada esta fe del converso.
Al revés no lo perdonan.
Ni un poco.

, , Sugus dijo

Hola Sopla, tanto tiempo, que gusto volver a leerlo!
Es cierto, esa cara es como la quintaesencia de la maldad …aunque también hay otras caras tremendas …tiene mucha competencia ese asesino.
Lei la entrevista del página y me sigue conmoviendo siempre esa cosa digna de los sobrevivientes que a través de los años han venido atestiguando de distintas maneras, haciendo de esos testimonios la razon de haber sobrevivido. Aun al precio de un Lopez, no? Pero uno escucha a estos asesinos en los juicios, tantos años después, volviendo a justificar una y otra vez el exterminio y algo muy duro se me forma adentro del pecho, del alma, del pensamiento.

, , Sugus dijo

Que pedazos de hijos de puta, realmente!

, , soplamocos dijo

Faltaba más, doña caramelo, el gusto es todo mio. :D

Hace un tiempo tuve una charla con un amigo sobre eso que decis -el precio de un Lopez- yo le comentaba lo que habia dicho Zamora en justificación de su abstención durante la votacion que abrió los juicios… y el me contestó muy seriamente, y creo que tiene razón, que no podiamos vivir como cagones en la injusticia. Si estos tipos tienen la fuerza – y la valentía, porque nadie los obliga- de subir a un estrado a contar lo que pasó, es su derecho y debemos acompañarlos (porque saber lo que paso también es nuestro derecho).
La muerte de Lopez, justifica que lo hagan, porque demuestra que actores del aparato represivo siguen vigentes, quizá solamente cubriendose las espaldas y ya no como agentes de estado… pero siguen ahí, con el poder suficiente como para quedar impunes.

, , soplamocos dijo

Ni que lo digas, las palabras del médico ese: “genocidas hijos de puta” le calzan maravillosamente bien a los sojeros. Aunque, por supuesto, hay excepciones.

, , luis mario dijo

No tengo blog, no se si puedo opinar, supongo que si, al respecto, seria buenisimo que Milagro encabezara la CTA, es necesario permitir liderazgos genuinos, Gracias

, , soplamocos dijo

Aca pueden opinar todos. El que conoce y el que no (como es mi caso).
Lo que me da más lástima de la interna Yasky/De Genaro, es el uso de Abdala que hacen. Porque, ponele, la lista de Yasky se llama “Germán Abdala”, pero no lo recuerdo a él como compañero de Germán, sino a De Genaro… No se, me confunde que se esten peleando los que deberian estar juntos.

, , blogueemos dijo

jajaj y vos vas pasando págs y decís, pero,… esto ya lo leí, ¿o me parece?
saludos,
andrea

, , soplamocos dijo

¿Habrá salido también dos veces en la edición impresa?
Mmm igual, me parece medio tendensioso el título, induce a preguntarse: ¿cómo que ahora quieren legalizarlos en vez de prohibirlos?

, , Osvaldo dijo

Las conquistas que se atribuyen al peronismo se hubieran conseguido igual sin él. Y nos habría salido mucho más barato.

, , soplamocos dijo

Al peronismo lo puse como algo meramente introductorio para este artículo, para que nos conduzca al derecho laboral y a la atmosfera opresiva que tanto Mariani, como Arlt o Castenuolvo ponían en sus escritos al relatar escenas de su vida laboral cotidiana…. Se que estos escritos son de finales de los ‘20, y el peronismo es posterior. Aunque creo que la cosa siguío mas o menos igual hasta su interrupción.

Usted, creo, piensa lo contrario…
Y ya que lo trae… ¿cree que con Braden hubiesemos gastado menos? ¿O acaso simpatiza más por las directivas del imperialismo ruso? (Ambos grupos, firmes compañeros de trinchera en una Union Democrática ante el avasallamiento de la tiranía peronista -perdone.. si lee este paréntesis y piensa que me estoy burlando: por favor, no tenga dudas: así es. Pero no lo hago de usted, sino del discurso antiperonista-.)

Y en un pasado recientisimo: las conquistas que está haciendo el peronismo ahora: ¿se conseguirían igualmente sin él y mucho más baratas?

, , maria-cristina- dijo

Soplamocos: No sabía de éste tu post hasta ahora. Me hiciste ir y venir varias veces con los enlaces, pero te tengo que felicitar, es muy bueno esto que has compilado, organizando hiladamente tu idea sobre la ignorancia.

Lo voy a invitar a Dormidano que parece que tampoco lo vió.

Felicitaciones y dios nos guarde de los pastores y de los bergoglios y de la ignorancia. O sea.

, , Ariel Corbat dijo

ECUADOR DESDE LA DERECHA ARGENTINA

En todo orden democrático resulta inadmisible una asonada policial como la que recientemente conmocionó a Ecuador. No puede haber más que repudio para la barbarie de cualquier protesta desmadrada que ponga en riesgo la institucionalidad republicana en cualquier país civilizado, o con pretensiones y posibilidades de serlo.

Para quienes somos de derecha la anarquía es inaceptable, porque en el tumulto se acallan las voces sensatas y cobran fuerza los violentos que sirviéndose del caos disfrazan de “revolución” sus apetencias de poder eterno. El nefasto club de los dictadores que preside Fidel Castro, secundado por Kim Jong-il, Robert Mugabe, Than Shwe y otros execrables muchachos de la misma materia constitutiva, debe ser reducido hasta su extinción. Por ende, es un imperativo de la razón evitar, pragmática y filosoficamente, situaciones de las que pueda surgir otro afiliado a la sociedad de los tiranos.

Habrá que prestar atención al giro que puedan ir tomando los acontecimientos. Porque más allá de mi solidaridad momentánea con el Gobierno de Rafael Correa, aliado del demagogo venezolano Hugo Chávez y el marxista leninista Evo Morales, la crisis revela cierta incapacidad de gestión frente a conflictos sectoriales. Quizá se haya tratado de un intento de golpe de Estado, como aseguró el Canciller argentino Héctor Timerman; pero si fue así se trata del más desorganizado plan que jamás se haya visto.

Hasta en aquella muy cómica película protagonizada por el gran Ugo Tognazzi “Queremos a los coroneles” (Vogliamo i colonnelli – 1973), el conjunto de impresentables que buscaba hacerse del gobierno en Italia tenía un detallado plan que poner en práctica. En Ecuador, como en una película de clase B con pobre guión y muy bajo presupuesto, sobre la efervescencia de la protesta no se hizo notar el ofrecimiento de ningún liderazgo alternativo, no se escuchó ninguna proclama, ni se agitó otra bandera que la del reclamo sectorial. Poca cosa para tumbar adrede un gobierno.

Tan poca cosa que la sobreactuación de gestos heroicos por parte del Presidente Correa suena a videoclip con música de Patricio Rey y sus redonditos de ricota: “Ensayo general para la farsa actual / teatro antidisturbios”. Su personaje, aquel “muñeco” del que hablaban Olmedo y Portales cuando se ponían en la piel de Borges y Álvarez, entró al ojo de la tormenta subrayando -muleta mediante- la disminución física propia de la convalecencia y su disposición al sacrificio. Tal disposición al sacrificio, que dos veces, una inmediatamente al bajar de la camioneta y otra al hablar desde la ventana del hospital, representó el mismo cuadro aflojándose la corbata y abriéndose la camisa para decir su frase con destino a los libros de historia escolar:

- ¿Quieren matar al Presidente? ¡Aquí está! ¡Mátenlo si quieren!

Un parlamento absolutamente teatral y dramático. Sorprendentemente la mímica es demasiado semejante en ambas ocasiones, como si estuviera ensayado frente al espejo con anterioridad anhelando la construcción de su propia epopeya.

Acaso por el placer de aquella jactancia de los intelectuales voy a permitirme un margen de duda ante la versión oficial. Un presidente democrático debe obrar siempre como estadista, y ante la responsabilidad que le impone su investidura la exhibición de coraje por el coraje mismo no es virtud.

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
http://www.plumaderecha.blogspot.com
Estado Libre Asociado de Vicente López

, , soplamocos dijo

Apa, lindo comentario, grandilocuente, sarmientino.

Pero no concuerdo. De pe a pa.

, , Mario Jorge Buontempo dijo

El problema con Sebreli es que le gusta la salchicha

, , wee dijo

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