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Aquí y Ahora – Cuento Zen

Un buscador interroga a un maestro zen acerca de la naturaleza de la iluminación:

-Maestro, por curiosidad, ¿qué hacía usted antes de su iluminación?

-Cortaba y acarreaba leña para el fogón y traía agua del pozo -responde el maestro.

-Ahá, una vida simple y laboriosa. Y ahora que se ha iluminado, su vida debe haber cambiado mucho… debe estar dedicado a la meditación, la oración, el contacto con realidades trascendentes… ¿qué es lo que hace ahora?

-Corto y acarreo leña para el fogón y traigo agua del pozo, -responde imperturbable el maestro.

-Pero, maestro, no comprendo  -dice el discípulo, confundido – ¿Acaso la iluminación no transformó su vida? Yo habría supuesto que usted estaría dedicado a otras actividades.

-Claro que no comprendes  -le responde el maestro-, lo que cambia no es lo que haces , a menos que antes te dedicaras a cosas muy ajenas a tu naturaleza;  lo que cambia es la cualidad de lo que haces.

-¿A qué se refiere con eso? – pregunta el discípulo, intentando comprender.

-Es algo muy simple en realidad… para nada misterioso o sobrenatural. Antes, cuando cortaba y acarreaba leña, por ejemplo, mi cabeza estaba en cualquier otra parte: quizás soñando con la iluminación, quizás irritado por tener que realizar actividades tan innobles, quizás esforzándome por ser humilde y por aceptar la situación, quizás enfrascado en remordimientos o fantasías respecto a situaciones con otras personas, etcétera.

Ahora, cuando corto y acarreo leña y traigo agua del pozo, simplemente estoy ahí, en lo que estoy haciendo, sin un propósito ulterior. No tengo deseos de estar en otra parte ni dejo que mi mente me lleve de la nariz a donde le plazca.

Y eso tan simple cambia todo de raíz.

flores (9)1024
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El cruce del río

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio.

Cuando llegaron al río una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

– ¿Que te sucede? – le preguntó el más anciano.- Mi madre se muere. Ella esta sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar.

Lo intente – siguió la joven – pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar…

- Ojalá pudiéramos – se lamento el más joven. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso esta prohibido… lo siento.

- Yo también lo siento- dijo la mujer y siguió llorando.

El monje mas viejo se arrodillo, bajo la cabeza y dijo:

- Sube.

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje. Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven. Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acerco en actitud de besar las manos del anciano monje.

- Está bien, está bien- dijo el viejo retirando las manos, sigue tu camino.

La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomo sus ropas y corrió por el camino del pueblo. Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio… faltaban aún diez horas de caminata. Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:

- Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de castidad. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.

- Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros?

cuentos_09

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