Fui un regalo de consuelo.

Consigo enamorarme de su silencio, y disfruto de estar cerca suyo, aunque no me hable.

Pronto me acostumbro a sus hábitos, y sé que él se acostumbró a los míos, al principio no era tan cariñoso.

Me apoyo en su pierna, y sé que en su rostro duro y frío se dibuja una sonrisa. Fui yo la que logró que su casa tan sombría se convierta en un hogar. Estoy rompiendo un poco con el orden tan pulcro de su cuarto, me subo a su cama y juego, la desarmo. Me mira con resignación, ya ni se queja de mí.

“¿Me querés explicar que hice?” le decía a la nada los primeros meses, pero paraba con los berrinches cuando me notaba lloriquear.

Así como él, yo no sé que hizo, ni por qué aceptó lo que aceptó, pero fue bueno; los dos lo sabemos. él me cuida, y yo alejo de su vista lo que le hace mal. Nos queremos, soy yo quien apacigua su soledad.

Hace dos años que estoy con él, que nos cuidamos, que nos queremos… y ninguno podría vivir sin el otro, de eso estoy segura.

Dos meses después del fallecimiento de su esposa, un amigo tocó timbre y le entregó una pequeña cajita. Adentro estaba yo, una chiquita labradora, inquieta y juguetona para un maniático de la limpieza, que odiaba a los perros.

  • 3 Comentarios
  • 4 votos

Escribí tu comentario

, , barbol dijo

que lindo minicuento, despierta mucha ternura, y el saber que en cualquier momento aparece un amor que puede acompañarnos el resto de nuestras vidas da esperanzas. Abrazos Sofi ;)
Siempre es un placer pasar a leerte.

, , MarK dijo

Hermoso….te sigo…!