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Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

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Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

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Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (”Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Fabiana, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Fabiana dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.

Semana 47: Día 322: Camino a Yaboty

Bueno, fue solo un susto. Gendarmería se presentó en Retiro con 350 efectivos para asegurarse de que los micros iban a salir a horario, y que nadie iba a impedirlo. Aunque nosotros salimos con un charter desde Palermo, igual el paro me alarmaba, al igual que todos los que no se iban por un servicio privado sino que partían desde la terminal. Pero con el correr de las horas la patronal cedió, se comprometieron a pagar lo adeudado, y nada nos impide partir hacia Misiones.

Nunca pero nunca estuve mejor preparado para un viaje. Hice mi bolso… ¡ayer! Siempre lo armo diez minutos antes de salir. Y el fin de semana pasado fui a la feria a comprar cosas pensando exclusivamente en el largo trecho en el micro. También me equipé con cosas para la carrera, como geles, barritas, pretzels, frutas secas… todo lo que puedo llegar a necesitar. Tanta preparación me permitió seguir agregando cosas los días subsiguientes, como la compra de último momento del día de hoy, que fue Voltaren (crema) por si algo duele. No me termino de acostumbrar a este nuevo yo, que lava los platos después de usarlos y guarda la ropa doblada en los cajones. ¿Cuánto durará?

Realmente estoy muy ansioso, como nunca estuve. Será que es una carrera larga y extenuante, que la hago solo, que tengo desde zapatillas nuevas hasta reloj último modelo para medir distancias de ultra maratón. Tengo todo en su sitio, acomodado, y con tiempo de sobra. Como si fuera poco, me compré un teléfono nuevo, porque el otro andaba cada vez peor, tanto en funcionamiento como en rendimiento de la batería (mi teoría es que los programan para que a los dos años no anden más). Me cayó como promoción por mi empresa de telefonía, a la mitad de su valor, y será el dispositivo que quizás use para actualizar el blog. Veremos, porque no sé cómo son las cuestiones del roaming y todo eso. En el peor de los casos, esta será la última entrada hasta el lunes. Si llego a tener 3G, o si consigo Wifi en la selva, cuenten con actualización diaria. En realidad, está difícil, así que no cuenten con eso.

Tengo un revoloteo de mariposas en el estómago. ¿Cómo será la experiencia yendo solo, sin amigos ni familiares alentándome o asistiéndome? ¿Cuánto me va a tomar? ¿Cómo va a estar el clima? ¿Qué tal habrá sido mi previsión de bebida y alimento? ¿Voy a poder hacer funcionar (y entender) el navegador del reloj? Todas cosas que sabré el domingo. Por ahora voy con mi equipaje y mi provisión de comida para el micro (por si la pifian con mi menú). Siempre algo puede fallar, pero seguro que el día de hoy será mucho menos que de costumbre.

Si la tecnología está de nuestro lado, la sigo desde El Soberbio, en Misiones, donde nos prometieron un fin de semana de 25 grados de máxima. Hasta pronto.

Semana 47: Día 321: ¿Peligra Yaboty?

Me limito a transcribir la noticia que me hiela la sangre. Nosotros tenemos contratado un charter de Vía Bariloche para las 19:30 de mañana, directo desde Capital Federal hasta El Soberbio, en Misiones:

Por un conflicto gremial, habría problemas para viajar en micro

Una facción disidente del sindicato de choferes anunciará una medida de fuerza a partir de esta noche, lo que podría afectar a miles de pasajeros de cara al fin de semana largo. Exigen el cumplimiento de las paritarias.

Por un conflicto gremial, habría problemas para viajar en micro

Crédito foto: Nicolás Stulberg

“A partir de las 0 horas de hoy y hasta las 0 horas de mañana no va a haber servicios de larga de distancia”, precisó en diálogo con Infobae el titular de la Unión de Conductores de la República Argentina (UCRA), Silverio Gómez.

Los conductores de la UCRA reclaman el pago del 23% de aumento salarial decretado por el Ministerio de Trabajo en las negociaciones paritarias entre la Unión Tranviaria Automotor, el único sindicato con personería gremial, y las cámaras empresariales.

Además, según informaron en un comunicado, solicitan el “cumplimiento de los períodos de descanso de los choferes (pues) se obliga a los choferes a trabajar largas jornadas, por eso la medida está ligada no solo al respeto por la vida del trabajador, sino también la de todos los que transitan por las rutas argentinas”.

Desde la UTA minimizaron la protesta. “La UCRA ni siquiera es un sindicato. El único reconocido somos nosotros. No tienen ningún derecho”, señaló un vocero a este medio.

Las cámaras empresarias, por su parte, alegan que cuando el Gobierno decidió el aumento paritario les prometieron medidas compensatorias. “Al día de hoy no hay una solución de fondo. Recién ahora está empezando a llegar la ayuda, que es menos de lo que se prometió públicamente”, deslizó a Infobae una fuente del sector.

Así las cosas, habrá que esperar a ver qué nivel de adhesión tiene la medida de fuerza. No obstante, desde la UCRA anticiparon que habrá bloqueos a las terminales, incluyendo la estación porteña de Retiro. El fin de semana largo, para miles de pasajeros, podría empezar con el pie izquierdo.

Semana 46: Día 319: Comida de viaje

Con la suspensión de la Patagonia Run Spring y el traslado de la Misión a febrero, queda claro que Yaboty se va a convertir en la carrera más importante en lo que queda de mi año. Hubiese sido genial que ocurriese a fin de septiembre, pero me contento con cómo se dieron las cosas.

En este año de veganismo, todo se me complicó un poco. Ojo, estoy feliz con estos cambios, muy a gusto, pero me di cuenta que tengo que acostumbrarme a ciertas cosas que antes daba por sentado. Por ejemplo, le pedí a la organización que en el charter (subcontratado a Vía Bariloche) me den cena vegana. Me llegó el mail de confirmación diciendo “Que el pasajero no se preocupe, le damos cena vegetariana”. Claro que me preocupé, porque pensé en la cantidad de veces que en un micro me dieron fideos con queso (imposibles de quitar). Estoy con todo este tema de los alimentos integrales, pero soy flexible: si hay arroz blanco o pizza con masa de harina común, como sin problema. Creo que con lo que estoy reduciendo de comidas procesadas estoy más que bien.

Como no siempre me entienden con el tema de mi veganismo, no me queda otra que ser previsor. En todos los viajes me llevo frutas, galletas, agua, algún tupper… lo que sea para paliar el hambre. Y claro, la respuesta de la empresa de transporte me dejó intranquilo, así que decidí activar un plan B (además, muchas veces me pasó de avisar de mi comida especial y que se olviden… en la ruta no queda otra que joderse y aguantarse). El tema es que antaño me hubiese hecho sándwiches con queso o algo similar… ahora, ¿qué hacer que no tenga derivados de animales?

Pensé en galletas de arroz. Hay unas saborizadas (Mini arrocitas) que van como piña. Además, podría llevar una tableta de chocolate Águila negro (el de la etiqueta rosa), una botella de agua de 2 litros, algunas manzanas y bananas… y se me va acabando la imaginación. Me llevaría un tupper con algo preparado (cous cous, arroz integral), pero si la pegan con la cena, me daría pena que se desperdicie. Así que quiero llevarme cosas que puedan resistir varios días, quizás hasta el viaje de vuelta. Pero no quiero tener que tirar comida, me parece uno de los peores pecados que se pueden cometer.

Estoy corto de ideas, pero me parece que la cosa va a ir por ese lado. En El Soberbio parece que no hay tanta tarjeta de crédito y débito, así que nos recomendaron llevar efectivo para comprar en supermercados. Mi menú para el día previo a correr hubiese sido puro hidratos (polenta, por ejemplo), pero no sé si voy a tener dónde calentar agua. ¡Es todo un tema esto! Me gustaría saber que si me preparo algo el viernes a la tarde va a resistir hasta el sábado a la noche. Pero tengo mis dudas y poca experiencia cocinando con previsión. Los viajes me provocan ansiedad, y como cualquier ansioso, me calmaría corriendo. Como no puedo, porque voy a estar sentado 16 horas en un micro, voy a querer comer. Y quiero alimentarme bien.

Ya tengo mi comida de marcha, para cuando empiece la carrera, pero igual me parece que voy a necesitar un refuerzo de pasas de uva. Como voy a quemar muchas calorías, creo que voy a tomarme algunas licencias respecto al tema de azúcares y grasas y me voy a comer algunas barritas de cereal para el desayuno. Leche de soja y avena para el domingo a las 2:30 de la madrugada es pedir demasiado, ¿no?

Semana 46: Día 318: Yaboty es inminente…

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Sin dudas la Ultra Buenos Aires fue la carrera más importante que corrí este año. Yaboty será la segunda.

Hace unos días lloraba un poco por todo lo que rodea este viaje. Quisiera ser claro, no me asustan los 90 km. Los ansío muchísimo. Me cuesta esto de viajar solo y no compartirlo con nadie, pero me muero por estar allá en Misiones corriéndola. Los planetas se alinearon para que participe en este desafío, y me alegro de no haberme bajado con el sacudón que dio mi vida estos últimos meses.

No suelo preparame con tiempo. Como buen corredor, vivo a las corridas, pero esta vez pude organizarme e ir comprando cosas. Tengo la comida que voy a llevar al circuito, el equipo reglamentario, y hasta el apto médico. Mucho de lo que voy a llevar lo fui recolectando de ultra trails pasados, lo que confirma que con cada carrera uno adquiere experiencia, y hasta accesorios que van a servir para la siguiente aventura.

Lo que estoy viviendo con más entusiasmo es el reloj que me compré. El Suunto Ambit (así, con doble “u”) ya se convirtió en mi mejor amigo. Me costó entenderlo, y con el tema de setearlo me estaba complicando mucho, pero era porque no lo estaba sincronizando con la web (www.movescount.com), y ahí pude personalizarlo como yo quería. Lo mejor de todo, que me volvió completamente loco, fue que pude cargarle el recorrido de Yaboty… ¡Tengo un mapa en el reloj! También le asigné la ubicación de los Puestos de Control, así que en medio de la carrera, con una batería que me dura entre 15 y 50 horas, puedo ver cuánto me falta para cada uno de mis objetivos intermedios. ¡No veo la hora de probarlo en la ultra!

Vamos a comenzar desde El Soberbio, frente a las costas de Brasil, que casualmente es donde terminé en 2011. De ahí serán caminos por senderos, en medio de la selva, con nuestra propia determinación y una alimnentación e hidratación inteligente como motores para llegar hasta el final (ver mapa). La largada es a las 5 de la mañana de este domingo, aunque el micro que nos traslada a la salida parte a las 3. Nadie me va a impedir hacerme una súper siesta y levantarme a las 2 para desayunar. Después, con unos 8 grados de temperatura, saldremos a enfrentar la tierra colorada de Misiones, con el horario límite de llegada a las 22 hs. Quiero llegar de día, así que me voy a esforzar por hacer entre 12 y 14 horas (llegando a la meta a las 17 o 19 hs). A la noche nos espera una cena, supuestamente vegetariana, y 23:30 está saliendo el charter de regreso a Buenos Aires, como para llegar temprano y dormir todo el día (gracias a que es feriado).

Celebro la organización de Salvaje para este evento. MUY superior a cuando la corrí por primera vez (se nota que la experiencia les juega a favor). En aquel entonces no seríamos más de 40 corredores y para esta edición, sumando todas las distancias (10, 21, 42 y 90 km) hay unos 800.

¡Ya quiero estar ahí!

Semana 46: Día 316: Temiendo Yaboty

Miedo. Hay que abrazar el miedo. Empaparse de él, aprender a exorcizarlo. Quitarle poder.

Temo mucho por mi participación de los 90 km de Yaboty. No es que haya duda de que la corra. Eso está fuera de discusión. Pero no sé cómo me va a ir, tengo una gran incertidumbre, y no me refiero solo a la carrera.

Como ya comenté en posts anteriores, esta ultramaratón fue una de mis experiencias favoritas, hace dos años, cuando la corrí en equipo con Vicky y eran 100 km en el verano. Ahora es en el último mes del invierno, unos pocos kilómetros menos. Y el gran cambio desde que decidí correrla es que voy a ir solo. Pero solo en serio, no conozco a nadie de los que va a correrla. Voy a tomar un micro en el que voy a estar 16 horas rodeado de gente que no conozco, voy a dormir en un hostel compartiendo habitación con extraños y voy a participar de una charla técnica sin cuchichear por lo bajo con mis amigos. Me da un poco de pánico esa situación, porque como cualquier persona que vive conectada a internet 18 horas por día, soy una persona a la que le cuesta mucho socializar.

Pero estoy intentando revertir esa tendencia. Originalmente iba a participar de Yaboty y me iba a concentrar en eso. Es el motivo por el que no iba a ser de la partida en la Adventure Race Tandil. Entonces me separé, me pegó esa cuestión de querer reconectarme con mis compañeros de grupo, y decidí ir con ellos. Terminé haciendo una carrera de aventura dos semanas antes de un trail de aventura. Creo que es obvio que no voy a buscar hacer marca ni llegar al podio. Todo esto tuvo su precio, aunque me fue espectacularmente bien en Pinamar, terminé muy fatigado y no llego a Yaboty en las mejores condiciones físicas. Tengo un dolor en el costado de la rodilla derecha, que aparece cuando corro y desaparece apenas me detengo (fatiga, seguramente). Tampoco he hecho fondos largos últimamente, así que no sé qué esperar. Por eso tengo un poco de ansiedad por correrla, como si llegara a un examen sabiendo muy bien ciertos temas y con la única estrategia de guitarrear si me preguntan por los otros.

Quizá lo que más me pese sea esa cuestión de participar de una prueba tan dura sin ningún conocido con quien compartirlo. Seguramente conozca gente en el viaje, y ya tengo la promesa de conocer a Jorge, quien me escribió al blog hace poco y que también va a participar de los 90 km de Yaboty. Generalmente las carreras son oportunidades de conocer lugares nuevos, expandir los horizontes físicos y mentales, y afianzar relaciones. Nunca fui solo ni tampoco se me cruzó por la cabeza hacerlo. El running es una actividad bastante solitaria porque es difícil encontrar a una persona que tenga exactamente tu ritmo y con la que, además, tengas una charla amena. Sin embargo, en los Puma Runners, siempre nos las ingeniamos para hacer que cada carrera sea un viaje de egresados, en donde compartamos comidas, salidas y las “sobremesas” post carreras. Ahora me toca improvisar, arreglármela por las mías. Voy por la competencia, no por la vacación.

Como dije varias veces, el miedo me paralizó siempre, y ahora decidí convertirlo en un motor. Podría haber cancelado mi inscripción y pedir que me computen ese dinero a otra carrera… Pero, ¿para qué? ¿Para seguir consintiéndome en cada una de mis mañas? Creo que si te enfrentas a las cosas que te dan pánico, te podés llevar la grata sorpresa de que le empezaste a quitar poder…

Semana 41: Día 272: Palpitando Pinamar

Confesión: no quiero ir a correr a Pinamar. Yo tenía ganas de participar en Yaboty, y volver a la selva en una época donde no me muriese de calor. Esta vez son 90 km en lugar de 100, y la excelente impresión que me llevé el año pasado me hacen querer volver a repetir la experiencia. Pero con Vicky decidimos priorizar al grupo, y nos vamos a la playa.

La ultramaratón que organiza la gente de Salvaje en Misiones es el 11 de agosto. No tiene margen para hacerse el loquito: es esa y no hay que superponerla con otra cosa. Pero la Adventure Race Pinamar (otra “ex-Merrell”) es el 5. Y es una competencia más accesible en cuanto a dificultad del terreno, cercanía a Buenos Aires y costo de traslado. Nos quedamos con ganas de Yaboty, pero en los Puma Runners hay muchos que van a vivir su primera experiencia compitiendo, entonces pasó más ir a lo clásico. Si las fechas hubiesen estado más separadas, la historia sería diferente, y con Vicky nos hubiésemos mandado a la ultra, aunque fuese solos. Pero no nos queremos perder un viaje en el que compartimos muchas cosas con nuestros compañeros de grupo. A veces uno toma estas decisiones y deja de lado lo que uno quiere hacer, para no perderse otra clase de experiencia. Es verdadera “aventura” a cambio de un mini-viaje de egresados.

Pero Pinamar tampoco es una papita. Tenemos compañeros que el año pasado tuvieron que abandonar, motivo de una deshidratación. La arena te come las piernas, y esto es un terreno constante en todo Pinamar. Es un circuito más corto, de 27 km, que se puede correr individual, en pareja o en posta de 4 personas. Creo que este año volveré a intentarlo solo, para ver si mejoro mi marca. Además quiero correr con el bati-cinturón y ver si eso me suma. Y desde 2008, que corro ininterrumpidamente en esta playa, me ha tocado un clima excelente. Me gustaría averiguar si la racha se mantiene, o si el clima se acuerda de que estamos en invierno.

Veremos… mientras tanto intentamos meter todos los fondos posibles y hacer muchas cuestas para acostumbrar a las piernas…

Semana 12: Día 74: Los 100 km de la Expedición al Yaboty – Segunda parte

Después de unos agotadores 72 km en la selva, en medio de senderos de tierra roja, piedras sueltas, con riesgo de deshidratación o de agotamiento físico, llegamos a los Saltos del Moconá, donde nos esperaba el campamento. Estábamos enteros, a pesar de tamaña epopeya. Lo atribuímos a nuestra previsión, y a que cuidamos todo el tiempo beber líquido y alimentarnos periódicamente.

Eso no quitaba que tuviese unas importantes ampollas en los pies, además de un terrible dolor en los hombros. Nos fuimos a dormir, agotados. Afuera estaba bastante fresco. Eran las 3 de la mañana y habíamos puesto el despertador a las 9. Tuve sueños angustiantes que ya no recuerdo, pero me desperté antes del reloj, con mucho calor. Vicky dormía y no quise despertarla. Quería ir al baño y necesitaba levantarme de la calurosa bolsa de dormir. Abrí la carpa, y me sorprendió ver una mañana con bruma y mucho frío. ¿Sería este el augurio que necesitábamos? ¿Llovería este día, para facilitarnos el último tramo? No, no llovería. Pero, por un instante, nos ilusionamos.

Nos levantamos para desayunar. No había agua caliente, así que me limpié la tierra con unas toallitas húmedas. Fuimos hasta una mesa y juntamos toda la comida que había sobrado: galletitas, vainillas, frutas secas. Había de todo. Germán, nuestro entrenador, todavía volaba de fiebre (fue el primero en tener que abandonar del grupo). Nos contó que el resto de los Puma Runners había llegado a las 5 de la mañana. A pesar de eso, a las 7:30 estábamos todos levantados.

Hicimos un repaso. Vicky, Mak y yo seguíamos en carrera. Mery no había corrido el primer día, pero lo iba a hacer en esta jornada. Ger y Paco ya habían abandonado en la primera etapa, y nuestros otros tres compañeros, Juanca, Tomi y Lean, se conformaron con los imponentes 72 km que habían conquistado la noche anterior. Solo quedábamos cuatro corredores, de los cuales tres éramos los que íbamos a intentar terminar los 100 km de la ultra trail.

Unas enfermeras de la organización trataron nuestros dolores y curaron nuestras ampollas. Si seguías, te ponían un ungüento y gasas. Si ya no corrías, recomendaban desinfectar y no tocar ninguna herida. Luego de desarmar la carpa y guardar las cosas, llegó la hora del almuerzo. Nos atestamos de pastas y recargamos las mochilas hidratadoras con Gatorade. El clima era un poco más distentido; los “nuevos” ya no tenían la presión de seguir corriendo, ya que habían pasado de una meta de 30 km a haber hecho 72. Más que suficiente para quedarse conformes.

Esta vez no quise exagerar con el peso, ya estaba bastante tensionado en la nuca, y un sol radiante despejaba cualquier esperanza de lluvias. Es más, si hacía mal clima lo iba a aprovechar, así que dejé el abrigo, el piloto y los pares de medias extra. También redujimos el botiquín al mínimo indispensable, y cargamos poca comida. En 30 km nos podíamos arreglar solo con geles, así que llevamos alguna que otra cosita “por las dudas”. Con mucho menos peso sobre los hombros, estábamos listos para partir a la línea de largada.

El micro nos llevó por la misma ruta que exploramos a pie la noche anterior. Fue raro, perdió toda esa magia que le daba la luz de la luna y nuestras linternas frontales. Era como ver los decorados de una obra de teatro, pero cuando no hay función y están todas las luces encendidas. Vicky llevó con ella la responsabilidad de la bandera de los LionX, el grupo madre que dio lugar a los Puma Runners. Eso nos comprometía más todavía a llegar a la meta. Otro corredor, un guardaparques medio loquito (pero de esos queribles), me regaló unas sales hidratantes. No las quería, pero me insistió y las acepté. Cerca de la meta, tendrían un propósito…

El calor de la tarde era terrible, incluso con las ventanillas bajas. En la largada nos mojamos la cabeza y la gorra, y con media hora de demora, a las 2:30 de la tarde, los corredores de la ultra-trail y la duatlón largamos, mientras que los de tria estaban navegando en kayaks y gomones. Largamos bastante bien, a pesar del cansancio y los 43 grados. Sí, 43 grados. La suela de las zapatillas bien podían derretirse y fundirse con el pavimento. Era un clima muy duro. Mantuvimos la estrategia del día anterior: caminar en las subidas, trotar en el llano y las bajadas. Además tomábamos Gatorade todo el tiempo (los primeros sobros siempre estaban calientes) y nos mojábamos con un botellón de agua.

Se suponía que los puestos de hidratación estaban cada 10 km, así que ya teníamos nuestro primer mini-objetivo de la jornada. Pero los calambres en los pies de Vicky nos obligaron a frenar y caminar. Esto era un problema, porque el calor nos obligaba a ser prudentes y no exigirnos, pero la caminata implicaba estar más tiempo bajo el sol. Encima las cuestas, sin nada de sombra, se hacían más complicadas con el cansancio sumado del día anterior.

Avanzamos como pudimos, sin apurarnos. Aunque sentíamos que teníamos un ritmo lento, no éramos los últimos, y en un punto empezamos a pasar a otros corredores. Flor Gorchs, nuestra motivadora de la noche previa, nos alcanzó y nos preguntó si necesitábamos algo. Se adelantó para ver cuánto faltaba para el primer puesto. Mi reloj con GPS (recargado) me marcaba los 10 km oficiales. Es todo un tema cuando prometen una distancia o son poco precisos, porque yo intentaba darle aliento a Vicky pero no quería mentirle con que faltaba poco. Flor volvió a los pocos minutos con agua y Gatorade. Nos mojamos, y varios corredores apuraron el paso hasta su auto. Era una santa, una verdadera bendición. Me dio la impresión de que como ella tuvo que abandonar la noche anterior, la eligió a Vicky como una suerte de “sucesora”.

El puesto finalmente apareció en el kilómetro 14. Nuestro andar era lento y atolondrado. Una nube tapó un poco el sol y nos dio un poco de alivio, pero no alcanzaba para paliar el calor. Por suerte acabábamos de abandonar la ruta y empezábamos a correr por senderos de tierra. Nos metíamos cerca de chacras y propiedades privadas. Nos habían asegurado pocas cuestas, pero estaban llenas de piedras y algunas eran muy verticales.

Así anduvimos todo el camino, intentando no sofocarnos y juntando fuerzas para que las piernas sigan adelante. De vez en cuando nos pasaban unos corredores muy frescos, que enseguida identificábamos como los participantes del triatlón. La gente de la zona nos miraba extrañada. Llegamos a una subida empinada y eterna. Vicky no daba más, lloraba por el dolor de piernas. Intentaba darle ánimo, convenciéndola de que ya habíamos cruzado más de la mitad de esa jornada, pero los pies se le acalambraban y cada paso era una tortura. En el llano lo toleraba, pero las subidas hacían mella en sus piernas, de la cintura a la pinta de los pies. Su llanto era una puñalada en el alma. Darle la mano y acarrearla no alcanzaba. Le pedí que se olvide de las piernas, que corra con el corazón. Le dije que piense en la meta, en la cómoda cama donde íbamos a dormir esa noche, en la cena caliente… Cualquier cosa menos el dolor, que era pasajero. Le sostenía una mano, mientras que la abrazaba con la otra. En lo que fue una eternidad, subimos esa cuesta, llorando los dos. Y cuando parecía que estábamos llegando a la cima, veíamos que subía un poco más.

Estas carreras son desafíos físicos. Negarlo sería una tontería. Se queman miles y miles de calorías, los músculos se fatigan, y todo eso que suele pasar en una ultramaratón. Pero a la vez se conquistan con la mente, con la fuerza de voluntad. Eso le repetía constantemente, que ella era una persona muy fuerte, y que íbamos a lograrlo. Así, “a puro huevo”, logramos llegar a un llano. Vicky se dio cuenta de que tenía los pies hinchados y las zapatillas demasiado ajustadas. Al aflojarlas sintió alivio, y pudimos apurar un poco la marcha.

Llegamos al segundo y último puesto de control, donde cargamos Gatorade y agua, y comimos unas bananas. Ya solo quedaban 11,5 km de ruta y asfalto. El sol caía, y la temperatura dejaba de ser un problema. Todavía nos dimos el lujo de entusiasmarnos y hacer algunos eventuales trotes, descansando cada vez que los pies empezaban a acalambrarse. En un momento, no pudimos evitar decirlo: “¿Te das cuenta que entre ayer y hoy ya corrimos más de 90 km?”. El día anterior, tan difícil, con las víboras y la noche, parecía muy lejano. Solo existía ese momento, el dolor en las piernas y la calle.

Caminar me dolía más que trotar. Con Vicky alternábamos, porque a veces una cosa era más difícil que la otra. Hacía muchos kilómetros que habíamos pasado el camino sin retorno, pero estar tan cerca del final nos daba ánimos para seguir. Empezamos a enganchar bajadas empinadas, que nos acercaban al río Uruguay, sobre el que descansaba el campamento final. Este sector de la ruta, a diferencia de los anteriores, estaba muy transitado, y los autos te pasaban finito y a toda velocidad.

Como en cualquier carrera, los últimos kilómetros son eternos. No paraba de mirar el reloj, rogando que avanzase más rápido. De a poco, la distancia se iba acortando. Cada tanta distancia, Vicky paraba para masajearse los pies. Me destruía frenar, pero no había opción, eran las normas del equipo. Vimos a la fotógrafa oficial sobre una pequeña cuesta y levantamos el ritmo, mostrando con orgullo nuestra bandera. Ahí entendí por qué nos era todo tan difícil. Corrimos gran parte del circuito solos, y cada vez que alguien nos daba aliento, encontrábamos un poquitito de motivación extra.

Faltaban 6 kilómetros. Yo rogaba porque el GPS fuese preciso y que no nos siguiesen “mintiendo” con las distancias. 5 km, cada vez menos. Cuando quedaban 4 kilómetros para el final, vimos a un corredor tirado, al costado de la ruta. Cruzamos corriendo, más rápido de lo que hicimos en todo el día, hasta donde estaba él. Lo vimos abatido, y le preguntamos si estaba bien. Se encontraba deshidratado, y le quedaba un fondito de agua. Ya había pedido ayuda, así que le ofrecimos acompañarlo hasta que viniesen a buscarlo. Se negó y pidió que no nos preocupemos. Le dejamos nuestra botella y le incorporamos las sales rehidratantes que me habían regalado en el micro. Me alegró saber que, aunque las había rechazado originalmente, encontraban un buen uso.

Seguimos corriendo por la ruta hasta que finalmente llegamos al Soberbio. La entrada a este pueblo quedaba a 1,5 km de la llegada. Cruzamos un puente y empezamos a oler la meta. Corríamos, algo que unos kilómetros atrás costaba horrores. Vicky se desató la bandera y la levantamos entre los dos. Vimos a un chico de la organización darnos indicaciones para entrar al camping. Quedaban solo 500 metros.

Corrimos, como nunca. No fue rápido, pero sentíamos la energía fluyendo. La gente nos alentaba, y eso lo hacía todo más fácil. En el camping nos esperaban nuestros compañeros, que nos sacaban fotos y nos recibían con alegría. Finalmente cruzamos la meta a las 5 horas y 10 minutos. Sumado a lo del día anterior, acabábamos de correr 103,5 kilómetros. Nos fundimos con Vicky en un abrazo, las lágrimas caían. Nos colocaron las medallas de finalistas. Todo había valido la pena.

Fuimos rengueando hasta una silla, para sacarnos las zapatillas e intentar estirar un poco. No nos había parecido imposible hacer todo esto, pero sí no podíamos imaginarnos qué se sentía. Vivir algo por primera vez, aunque sea una actividad extenuante, es maravilloso.

Mientras nos asentábamos, nos confirmaron que Vicky era la segunda ultra maratonista femenina en cruzar la meta. Fue una alegría inmensa, y aunque el objetivo solo era llegar, que tenga un podio en semejante carrerón era un orgullo extra.

Y así terminó la ultra trail de Yaboty para nosotros. Por dentro nos reíamos de todos nosotros, que llenamos ese camping de corredores rengueando. Por ser la última noche en Misiones y por haber terminado este brutal desafío, nos agasajamos guardando la carpa y durmiendo en una cama blandita y con almohada. También nos dimos una ducha caliente, lo que se tradujo en uno de los placeres más grandes del mundo.

Nos quedó un gran dolor en todo el cuerpo, y probablemente una sobredosis de hidratos de carbono y glucosa. Pero también nos llenamos de un enorme orgullo por haber conquistado un inmenso desafío. Eso es algo que perdura mucho más que cualquier otra cosa.

Semana 12: Día 72: Correr en pareja

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Yaboty nos sirvió a Vicky y a mí como entrenamiento de pareja. Es cierto, fue un desafío físico y mental, pero principalmente practicamos convivencia en situaciones un tanto extremas.
Toda esta aventura me enseñó algunas de esas cosas que solo las enseña la experiencia. A continuación, esas conclusiones, sin orden de importancia.

Primero, definir roles. Es probable que uno de los corredores sea más experimentado, o físicamente más fuerte. Como a veces hay decisiones difíciles de tomar, si se decide que uno es el navegador, o que uno marca el ritmo, se ahorran peleas innecesarias.

Lo segundo, planificar. Fue definitorio haber hecho el cálculo de carbohidratos necesarios, el agua que vamos a necesitar, etc. Eso hizo un gran diferencia. Vi muchos corredores sucumbir a la deshidratación, o quedarse sin energía y tener que abandonar. No fuimos superiores a ellos porque algunos tenían muchas más carreras de aventura encima que nosotros, pero improvisaron o subestimaron el terreno.

Tercero, el ritmo lo marca el corredor más lento. En nuestro caso era Vicky, por la sencilla razón de que corre desde hace más de un año y yo mucho más. En un equipo tenemos que saber bajar la ansiedad y no forzar a nuestro compañero a que llegue a nuestro ritmo. El paso es del otro. ¿Cómo hacer para no adelantarse y separarse todo el tiempo? El más experimentado debe ir atrás. Cuando corríamos en los llanos o las bajadas, ella iba al frente y yo a su izquierda, por detrás. En la subidas, le daba la mano y la ayudaba a subir.
Esto vendría a contradecir lo del ritmo, porque ahí la ayudaba a apurarse, pero en realidad era una forma de darle confianza y que se sienta protegida. Y en ningún momento la obligué a ir más deprisa.

Otra cosa importante, tener paciencia. Es probable que uno de lo dos se caiga anímicamente. Hay que contener y no entrar en conflicto. Estamos poniendo nuestra seguridad, quizá nuestra vida en el otro. Ante situaciones límite nuestro compañero puede flaquear, y ahí es cuando uno debe dejar el orgullo a un costado.

Para nosotros esta aventura fue una luna de miel. Mientras algunas parejas se van a un “all inclusive”, nosotros viajamos a Misiones a comernos los pies y las piernas.
Seguro que podríamos hacer otra cosa, pero estar en la naturaleza, buscando nuestro límite físico, y acompañándonos, es lo que nos motiva hoy en día.

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