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Semana 12: Día 79: Secuelas de La Misión 2012

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Faltan pocas horas para mi cumpleaños número 35. Y el blog está detenido, desde el día en que emprendí mi primer acercamiento a La Misión, un ultra trail con el que soñé por años. No podría decir cómo lo imaginaba antes, cualquier imagen previa que tenía se vio irremediablemente borrada una vez que la enfrenté, codo a codo con Vicky. Cuando estábamos en la cabaña, de regreso de tan brutal aventura, a ella le llamó la atención que yo estaba callado, sin decir una palabra. Su propia explicación fue “No dice nada ahora pero después lo escribe todo”.

Algunos dicen que fue La Misión más difícil de la historia. Fueron cuatro días, tres de ellos con lluvia. Frío, nevizca, vientos que alcanzaron los 140 kilómetros por hora. Fuimos a vencer a la montaña y nos tuvimos que enfrentar con el clima. Muchas cosas las pudimos anticipar, y otras no las vimos venir.

Hubo 377 corredores en la línea de largada. En el camino abandonaron 113. Algunos fueron descalificados por no cumplir con el equipo reglamentario. Frente a nuestros ojos vimos cómo un participante quería convencer a la organización de que uno de sus dos sacos vivac era en realidad una bolsa de dormir (con esta “mentirita” tenía mucho menos peso y espacio). Una de las chicas que hizo podio dio la sospechosa explicación de que en la montaña se le voló su comida y su bolsa de dormir y que esperó hasta que otro corredor abandonase para pedirle prestado su equipo. Aunque fuese cierto, hay ciertas explicaciones que es mejor guardarse y no despertar sospechas…

Hacer podio, para algunos, es algo importantísimo. En la entrega de premios, todos los misioneros, los que llegaron y los que no, los que sufrieron, lloraron, se lastimaron y quedaron golpeados, tuvieron que escuchar a un corredor de elite acusar al Guri de que estaba haciendo a La Misión tan fácil que ya casi era una “carrera de pista” (si me lo preguntan, me pareció una tremenda falta de respeto).

Queda mi crónica de la carrera, que pretendo hacerla proporcionalmente tan larga como lo que nos tomó hacerla. No quiero adelantar el resultado (el que nos haya seguido por el reporte en vivo de la web de lamisionrace.com ya sabe cómo nos fue), creo que lo importante es cómo fuimos viviendo cada desafío con el que nos fuimos encontrando. Ahora estamos sorprendentemente bien. Algunos dolores en los dedos de los pies, y Vicky con una rodilla maltrecha que no debería descuidar.

Mañana, cuando yo ya sea un año más viejo, empezará la aventura tal como la vivimos. Porque con esta Misión encima, además de más viejo, me siento un poco más sabio.

Semana 11: Día 75: Un buen día para correr

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Algunos fatalistas dicen que hoy es el fin del mundo. Eso significaría que no podría ver el estreno de la nueva Superman, ni la secuela de Star Trek. Antes me preocupaba mucho que un cataclismo me quitase el final de Lost. Pero todos sabemos que el mundo va a seguir girando, incluso cuando ya no estemos en la Tierra.
Hoy es un día especial. Le estamos dando los últimos toques al equipo, y en unas horas estaremos empezando los 160 km de La Misión. No sé si hace falta aclarar la ansiedad que siento. Va a ser una experiencia nueva, dura y única.
Pero este puede ser un día especial para cualquiera, incluso si no estás ahora en Villa La Angostura. Podés aprovechar y hacer un fondo de 12 km, hoy que es 12/12/12, caminando o corriendo. Incluso podrías empezar a las 12:12, o si la distancia te intimida, correr por 12 minutos. Hay cuestiones que no podemos dominar, como el clima (o el inminente estallido del planeta), pero todos somos dueños de nuestro propio destino, y lo que nos toca es gracias a nosotros mismos.
Me voy a terminar de colocar el número 12 en mi mochila. Si nos va bien, llegaremos a la meta en algún momento del viernes. Si no, tenemos tiempo hasta el sábado. No habrá blog mientras estemos en la montaña, recién daré señales de vida cuando crucemos la meta. Pero pueden buscar en la página web de La Misión los puestos de control por donde ya pasamos. Ya les dije, mi número de corredor es el 12. No es un número fatalista, yo creo que vs a representar una experiencia inolvidable…

Semana 11: Día 72: Comiendo en Villa La Angostura

Villa La Angostura tiene 15 mil habitantes. Es la misma cantidad de inscriptos en la última media maratón de la Ciudad de Buenos Aires. El dato me llamó la atención.
Ya dijimos que ser vegano es complicado, no importa en qué provincia estés. Imaginate si además no querés consumir fibra porque se viene una carrera (evitando así problemas gástricos). Eso deja afuera casi cualquier ensalada, así que tuvimos que salir en la búsqueda del Santo Grial en Villa La Angostura.
Afortunadamente nos cruzamos con una vegetariana que nos recomendó Villa Rica, un local sobre la avenida Arrayanes donde lo que no era vegano le buscaban la vuelta para que lo sea.
La gente en está ciudad es increíblemente amable. Una gran cantidad es deportista, y en las tiendas a las que entrábamos conocíamos gente que va a correr La Misión.
Prácticamente no hemos comido en otro lugar que no sea Villa Rica (no tiro la dirección exacta para que no parezca un chivo). El tema de no comer fibras para mí es muy importante, como también lo es consumir hidratos de carbono. Estuvimos a pan y cereales, además de mucha agua.
Al parecer les recomendaron a los restaurantes y locales de comida que trasnochen y no cierren, así aprovechan a todos los corredores que vuelvan De La Misión muertos de hambre. Unas comida caliente después de tanto esfuerzo va a ser invaluable.
Otros corredores que no tengan mis limitaciones gastronómicas van a poder disfrutar de carnes rojas y pescados, aunque saben que no podría recomendarlo.
Hay mucha emoción por está carrera… ¡Si hasta anoche soné que largábamos!

Semana 11: Día 71: Camino a Villa La Angostura

Sufro. Cada vez que no puedo actualizar el blog sufro. Pero después de dos años de actualizar absolutamente todos los días, decidí que este año me lo iba a tomar con un poquito más de calma. Anoche fue “una de esas noches”, en la que avancé con el trabajo todo lo que pude. De hecho, son las 6:30 de la mañana y acabo de terminar.

Eso no quiere decir que haya estado despierto todo el tiempo. Alterné horas de trabajo con patéticas siestas en las que mi cuerpo no daba más y decidía “cerrar los ojos para descansar la vista”. Hora y media después me despertaba con las marcas del teclado impresas en la frente. La madrugada es solitaria y silenciosa. Por un lado es bastante depre, pero por el otro no suena el teléfono, no llegan mails nuevos, y no hay nada interesante en la tele para ver (o sea, hay pocas distracciones).

Tengo unas tres horas hasta que salgamos al aeropuerto. Las voy a aprovechar para darme una ducha y terminar de acomodar el bolso. Tengo TODO el equipo de La Misión guardado, desde bolsa de dormir, casco, botiquín, ropa… anoche me dio pánico de olvidarme las zapatillas y las metí así nomás adentro de la mochila. Descubrí que a ese calzado no le entra cualquier par de cordones (pánico número dos). Me hubiese gustado llevarme algún repuesto.

Recién ahora, que me saqué de encima todos los compromisos, empiezo a caer en que estoy por tomarme un avión y aparecer, en pocas horas, en Villa La Angostura, un lugar paradisíaco donde vamos a intentar la gesta más difícil de nuestra vida deportiva. Cualquiera que esté más o menos atento podrá decir que me sumerjo en el trabajo antes de estas ultramaratones, para no pensar en lo que está por venir. Bueno, si usted cree eso, permítame decirle una cosa: tiene razón.

Esta vez no falló nada, no nos olvidamos de nada. Conseguí varios paquetes de pretzels, tenemos el equipo obligatorio completo y contabilizado mientras lo guardábamos en las valijas, Vicky se hizo de sus almendras y pistaccios salados, y hasta encontramos los apósitos quirúrgicos para heridas profundas. Hay otras cosas que pueden fallar, como el cargador del celular o pasar por el cajero a buscar efectivo, pero nada que se convierta en un problema.

Estoy muy bien preparado para esta Misión. Vicky también, aunque no estoy seguro de si ella lo sabe. Cuando la conocí terminó sus primeros 21 km arrastrándose, y un año y medio después estamos por enfrentar un ultratrail en la montaña. Se me pone la piel de gallina. Si me falta algo para largarme de lleno en esta aventura es una siestita, que espero tomarme en el avión.

Y ya está. Descansar, aclimatarnos, y largar. Aunque estos viajes siempre vienen acompañado de un poquito de estrés laboral, no me alcanzan las palabras para describir lo feliz que me hace todo esto.

Semana 2: Día 11: Conclusiones de andar yirando por Europa

Volver fue un alivio. Si algo resonó en mi cabeza al poner un pie en mi casa de Colegiales fueron las palabras de Dorothy en el Mago de Oz: “No hay lugar como el hogar”.

La rutina, eso de lo que hablamos mal constantemente, es lo que mantiene nuestros pies en el suelo. No viene mal, de tanto en tanto, cortar con eso, cambiar de ámbito y tomarse unas vacaciones. Pero quizá ahora me esté volviendo viejo y mañoso (todavía más). Y extrañaba desayunar igual a como lo hago habitualmente en mi casa, con mi jugo de naranja, mis cereales en mi taza y mi cuchara. Por supuesto que no veía la hora de reencontrame con Oso Rulo (nuestro perro), pero también mirar por la ventana y ver los mismos edificios, y sentir esa misma brisa en la cara, que no es igual a la de otras partes del mundo.

Vivimos comparando nuestra tierra con aquellas que corren con mejor suerte. Seguro, Madrid tiene actualmente peores problemas financieros que Buenos Aires, pero los subtes andan mucho mejor. Eso no quita que haya llegado un momento en que hubiese cambiado la estación de Sol por la de Juramento. Lo que sea que me acercase un poco más a casa y a mi rutina.

Estar lejos sirve, siempre, para abrir la cabeza. Quizá hasta ayude a ver con otros ojos la propia tierra y sentir un poquito el desarraigo. No es algo agradable, pero cuando volvés te reconectás con tus raíces. Las comparaciones son odiosas (hasta a mí me fastidian) y voy a ahorrarles el suplicio de leer qué ciudad me parece mejor organizada y cuál menos cuidada. Solo sé que hay cosas que resultan más fáciles cuando uno es “habitué”, como ubicar el mejor supermercado, el kiosco de revistas más abastecido o el colectivo que te arrima a tu destino. Explorar es fantástico y yo aprecio mucho conocer ciudades corriendo o perdiéndome en sus calles. Pero llega un momento en el que solo quiero estar tirado en la cama con mi perro, haciendo zapping y adelantándome mentalmente a qué canal voy a pasar con el control remoto.

Estar de vacaciones implica, obligatoriamente, cortar con las costumbres diarias. Eso debe haber colaborado en que no entrenemos tanto como acá. A su vez, con tanto tiempo libre los días empezaron a hacerse más largos. Volvimos con la sensación de que tres semanas afuera son demasiados. Ojo, no estamos enfermos por trabajar y tantos días “tranquilos” fueron una tortura… creo que si pudiésemos quedarnos 5 semanas en cama, viendo la tele, firmamos. Pero seguramente alternaríamos con días en casa. Para descansar o buscar el auto-descubrimiento no hace falta viajar 10 mil kilómetros. Ni siquiera 120. El entorno puede cambiar, pero uno es siempre el mismo. Igual que el hogar, que es uno solo, al que finalmente llegamos ayer, y del que no queremos volver a irnos por un buen tiempo…

Semana 2: Día 9: Comer en Madrid

Se ve a las claras que esta ciudad no es muy vegetariana. En las tiendas y restaurantes abundan los pescados, mariscos y la carne de cerdo. ¿Qué puede hacer un vegano aquí?
Lo primero, no desesperar. Aunque no lo parezca, en Madrid hay muchos productos de soja al alcance de la mano. Bebidas, principalmente, que reemplazan a los lácteos. No hay alimentos secos como milanesas de soja, pero sí podemos encontrar pastas y muchos productos con vegetales a precios módicos, como también jugos (zumos) naturales, no provenientes de concentrados.
En los restaurantes la cosa se complica un poco. Pocas comidas no tienen carne animal, incluso las ensaladas tienen jamón ibérico (y se dificulta a medida que los comercios son más “tradicionales”). Por suerte, los mozos son tan amables como aceptar modificar los platos y sacarle los animales al menú.
Probablemente España sea el país en el que me fue más fácil ser vegano. La oferta de frutas y vegetales es amplia, aunque se vendan tantas carnes, quesos y lácteos. No encontré taboulé, ese plato árabe que me salvó en París e Inglaterra, pero bueno, el veganismo requiere no depender de otros… y en cierto punto, volverse creativo.

Semana 1: Día 1: Camino a la Espartatlón 2013

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Hoy empiezo oficialmente el tercer año de Semana 52. Quizá sea el último, si es que se alinean los planetas y logro clasificar para la Espartatlón 2013. Ya tengo una idea más acabada de qué es a lo que me enfrento.
Mientras con Vicky nos íbamos de excursión por las islas griegas, en Esparta llegaban los primeros corredores. En su 30 aniversario, esta competencia contó con un clima muy caluroso, algo inusual para esta época del año. Nosotros, en un barco rumbo a playas paradisíacas, lo agradecimos. Los corredores que intentaban llegar a la meta lo odiaron. Esta fue la Espartatlón más dura de la historia. De los 352 inscriptos solo 72 cruzaron la meta. Uno de ellos, por primera vez en la historia, es una mujer, Elizabeth Hawker, del Reino Unido. El ganador, quien cubrió los 246 km primero y besó el pie del rey Leonidas, fue Thoms Stu, de Alemania, con 26 hs, 28 min, 19 seg.
No me quiero adelantar, porque me falta para poder correrla (me alcanza con participar, ni siquiera pido llegar), por eso me preocupo por la maratón que vamos a correr con Vicky mañana a las 5 de la mañana del domingo (23 hs del sábado en Buenos Aires). Por eso, habiendo cenado, me voy a la cama. Las islas griegas nos dejaron relajados, hechos una seda, pero necesitamos el descanso.
Deséennos suerte, el clima va a estar bravo…

Semana 52: Día 363: Comer en Atenas

Al igual que en el año anterior, tengo poco que decir de la comida de Grecia, principalmente porque estoy en medio de la estricta dieta de hidratos de carbono para la maratón. Además este teclado no tiene acentos ni eñes, y tengo que andar metiendo alt + 164, alt + 160, alt + 130, hasta que todo pierde sentido y la realidad se ve compuesta por caracteres verdes de la Matrix. Así que seré breve e intentaré usar pocas palabras acentuadas.

Grecia es conocida por sus ensaladas, sus quesos y especialmente por sus yogures. Es bastante raro encontrar un restaurante que tenga comida vegana. Quiero empezar mi veganismo en el tercer año del blog, pero sinceramente desde que leí el horroroso impacto que tienen las proteínas animales en el cuerpo (que sobrepasan a cualquiera de sus beneficios), no pude volver a comer lácteos. Si no quedó otra, me la banqué. Pero más que reprimirme, estoy dejando de comer algo que no quiero.

Esto es un veradero problema, sobre todo en Atenas, donde los productos de soja (una buena fuente de proteínas vegetales) brillan por su ausencia. Si eso lo combinamos con la barrera idiomática, es complicado elegir buenos suplementos. Ahora se da la situación de que el domingo vamos a correr a Maratón, por lo que estoy a fideos, fideos y fideos. Blancos, sin salsa (por la fibra). Ayer, en una taberna donde cenamos, pedí algo vegetariano a un mozo con poca paciencia, y me dijo en un tosco inglés (con acento de villano de James Bond): “Solo tenemos porotos”. Así que eso fue lo que comí, legumbres nadando en salsa de tomates. Para el almuero de hoy, la cosa cambió, y luego de una calurosa visita a la Acrópolis, le pregunté al encargado de un restaurante si podía pedirle algo que no estaba puntualmente en el menú. El pobre hombre se quedó congelado unos segundos y me dijo que solo podía ofrecerme cosas que estuviesen en la carta, pero respiró aliviado cuando le pedí arroz con papas que no estuviesen fritas.

Qué manjar. Increíble poder comer algo tan sencillo y a la vez tan bien hecho. Parece una tontería, pero algo que yo esperaba como un mero reemplazo de las pastas se convirtió en una excelente comida. Vicky pidió pollo a la plancha con papas al horno, y el pan que sobró nos lo llevamos de contrabando.

Como todos saben, Grecia está en una cruenta crisis (las visitas a sitios históricos, como el Templo de Zeus, cierran al mediodía porque el gobierno solo puede pagar sueldos por medio turno). Esto genera un clima enrarecido, mucha gente pidiendo en la calle y protestas y huelgas. Nada demasiado diferente a lo que sucede en Argentina cada vez que sufrimos una crisis. La diferencia que noté es que no he visto gente pidiendo en los subtes, cosa que se repitió constantemente en París y Londres (en mi tercer visita a ambas ciudades es la primera vez que lo veo).

Esta tristísima crisis que golpea a Europa y que se siente con fuerza en Grecia debe estar influyendo en los precios, porque todo está la mitad de lo que nos salió en nuestras paradas anteriores de este viaje. Siempre imaginé que el Euro también unificaba precios, y que un kilo de bananas salía 4 euros tanto en Roma como en Atenas. Pero en la capital helénica cuesta 1,50. Así que comer en restaurantes resultó más barato de lo que esperábamos, y cuando pagamos un pan en Londres por 1,50 libras (1,90 euros), esta mañana en una panadería ateniense nos cobraron 35 centavos. Dudamos unos instantes porque pensamos que se estaban equivocando.

No es grato salir a comer y pagar poco porque un país está en crisis. En el fondo me entristece y siento que nos estamos aprovechando. Pero también soy consciente de que el cambio a pesos argentinos no siempre nos favorece, y con lo difícil que fue conseguir euros para este viaje, también estoy contando las monedas.

Los tomates en Atenas tienen un color y un aroma maravillosos. Las aceitunas son, como cualquiera podría suponer, exquisitas. Las bananas son exactamente igual a cualquier buena marca argentina, y las manzanas son arenosas (o sea, horribles). Los yogures, como dije hace un año, son una gran mentira de marketing (saben a queso crema, o sea no son dulces), pero combinados con otras cosas (como miel o frutas), resultan exquisitos. Siendo que Vicky no es ni vegana ni vegetariana (ni tan extremista como yo respecto a la alimentación), se dio el gusto de pedirse un smoothie hecho con yogur, y da fe que son muy ricos.

Mañana iremos a pasear por la playa, aprovechando que es temporada baja (poca gente en las calles y sitios de interés turístico) y que hace 32 grados durante el día. Haremos una vianda de muchos hidratos, el sábado un crucerito por las islas griegas más cercanas a la costa (con la esperanza de que la comida en el ferry sea apta para Martines Casanovas) y el domingo a las 5 de la mañana, hora local (23 hs del sábado en Buenos Aires) comenzaremos nuestra propia carrera hacia Maratón…

Semana 52: Día 359: Comer en Londres

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Quizá equivocamos el orden de las ciudades, y París debería haber estado más al final del viaje, porque las opciones para comer no solo eran más económicas, también eran más deliciosas.
Aunque no nos ponemos a pensar en el cambio y la superioridad de la libra por sobre el peso argentino, Londres es una ciudad cara, y en exceso. Estamos en una zona de hoteles y albergues, y aparentemente eso significa que si hay un supermercado o un restaurante cerca, los precios tienen que estar más inflados. Con un presupuesto ajustado, comprar una comida preparada en una despensa y sentarse en una mesa a pedir un menú a la carta puede tener una diferencia abismal.
Hoy empezaba mi dieta de la maratón, que no comenzó como debía, pero tengo tiempo de ponerme más estricto. La veda de fibras empieza el miércoles, cuando llegamos a Grecia, pero por ahora quizá debería esforzarme en hidratarme mejor.
Es notable la diferencia entre los parisinos y los británicos. En Francia nos preguntábamos cómo eran generalmente flacos siendo que tenían a su alcance tantos hidratos y dulces, pero en Londres nos damos cuenta de que los británicos (que son en promedio más rellenos) no consumen tanta fruta o verduras ni se ejercitan tanto como quienes son oriundos de París. Los platos aquí son grasosos, y las variantes vegetarianas son escasas e igual de aceitosas. Y supongo que por su origen indio, árabe y asiático, las comidas sin carne son exageradamente condimentadas. No creo que coma una buena comida hasta que llegue a Madrid, en una semana, pero espero resolver el tema de la alimentación y hacerlo pronto…

Semana 52: Día 358: Adiós París, Hello Londres

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A las cuatro  y media de la mañana, y no me pregunten qué hora era en Buenos Aires, nos despertamos para prepararnos para abandonar Francia. Desayunamos lo que nos había quedado de frutas, pan, y ese maravilloso “yogur” de soja, y partimos rumbo al metro.
Terminamos llegando demasiado temprano al aeropuerto, y después de una espera interminable, hicimos el check in. Volamos a Inglaterra en un avión muy chico, bimotor, pilotado por una mujer. Llegamos y lo primero que notamos, además del frío, fue que en Londres hacía una hora menos que en París.
Los ingleses van a contramano del mundo. No solo son europeos pero con su propia moneda, además manejan del otro lado de la calle, en el subte caminan por la izquierda, tienen otro sistema de medición y si propio huso horario… Desorienta un poco.
Después de hacer el check in en el hostel, partimos a recorrer la ciudad. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero qué diferente que es esto a París… Se nota en la comida, en cómo los franceses intentan proteger su patrimonio arquitectónico mientras que los ingleses priorizan expandirse y modernizarse… Y no me hagan hablar de la estafa que son las baguettes acá…
Por suerte nos manejamos bien con el idioma, y los británicos son las personas más amables con las que hemos tratado. Ese estereotipo  de los ingleses es muy cierto.
Tengo muchas ganas de correr al costado del río Támesis, pero tanto caminar y descansar poco me dejó las piernas destruidas. Tengo que empezar a descansar un poco si quiero correr una maratón en una semana.
Se respira mucho deporte en Londres… Todavía siguen colgados muchos carteles de las recientes Olimpíadas, y nos cruzamos con varios corredores que salieron a aprovechar el sábado sin lluvia.  Sí, peligra un poco el entrenamiento, porque parece que desmejora para el resto de nuestra estadía. Correr en esta ciudad tan grande es un sueño que no quiero dejar pasar…