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Semana 32: Día 221: Entonces… ¿carreras de calle o de aventura?

Esta pregunta ya me la hice hace tiempo en el blog. Y pensando en voz alta, ayer antes del entrenamiento con los Puma Runners, me di cuenta de que todavía no me decidí.

Es una de esas cosas que crean polaridad. Naftero o gasolero. De River o de Boca. Juegos de consola o juegos de PC. Carreras de calle o de aventura.

En el último año corrí mucho, mucho. Hice entrenamientos largos, de 5 horas, y a veces más. Generalmente eran en calle, a veces de tierra, a veces asfalto. Todas esas sesiones tenían algo en común: combatir el paso del tiempo, dominar la cabeza. En la ciudad, aunque fuese esquivando los autos, aprendí a apreciar la monotonía, el ritmo sostenido. Como si fuese un mantra.

Pero también enfrenté a la montaña en varias oportunidades. Fue una INMENSA diferencia con la calle, empezando por el terreno irregular. Sin dudas el entrenamiento para uno y otro son bastante diferentes, y estar en medio de la naturaleza es una experiencia única. Ahora que estoy buscando superar mis límites y aumentar las distancias máximas en las que puedo correr, mi prioridad pasó a ser el llano. Y lo disfruto mucho. El tema es que me encuentro añorando todos esos momentos en los que estuve embarrado, dolorido y exhausto en la montaña. Después de haberme prometido no volver a hacerlo, tengo muchas ganas de volver a correr 100 km en la Patagonia Run (mi anterior experiencia, hace un año, fue durísima, pero por alguna extraña razón hoy la recuerdo con nostalgia).

Generalmente el paso es así: se empieza por carreras de calle, generalmente por cercanía y comodidad, y en algún momento se da el paso hacia las carreras de aventura. Suele ser un viaje de ida, y los que están disfrutando de la montaña o de correr en la arena, te dicen que ni locos corren una maratón. “Me muero de embole”, te dicen, como si hacer 42 km fuese comparable a estudiar para un examen. No sé ustedes, pero yo jamás me aburrí corriendo en ningún terreno.

Estoy seguro de que por representar un desafío mayor, muchos optarían por las carreras de aventura. Yo, todavía, no puedo elegir. Me gustaría hacerlo y concentrar mi entrenamiento en una meta puntual. De momento, no me cierro a ningún desafío: ni los que me queman la cabeza ni los que me destrozan las piernas.

Semana 32: Día 219: Noche de pesadilla

Anoche tuve una pesadilla, muy a tono con mi situación actual.

Como ya comenté ayer, pude volver a entrenar. La pierna anda bastante bien, algunos dolores, pero no en la lesión en el tibial. Pude hacer progresiones, sentadillas, y hoy a la mañana me duele todo, obviamente, porque perdí entrenamiento. “La grasa se gana rápido y se pierde lento, el músculo se gana lento y se pierde rápido”. O algo así.

Anoche soñé que estaba de vacaciones en alguna localidad costera. Podría arriesgar que era Pinamar. Estaba con mi grupo de entrenamiento, los Puma Runners, y teníamos una reunión de negocios. Yo había perdido por completo mi habilidad para correr. La pierna izquierda la tengo afeitada, y eso provocó algún comentario socarrón y algunas risas en el entreno. En el sueño estaba igual, salvo que el pie izquierdo tenía un agujero sobre el empeine, y de adentro salían cables y chips conectados a lo largo de la pierna (anoche, antes de acostarme, vi el programa de los 80’s en NatGeo y mostraban cómo se construyeron las primeras PCs… el cablerío era similar al interno de un gabinete de computadora). La pierna derecha estaba mejor, pero también tenía algunos slots y chips conectados.

No caminaba con dificultad, de hecho agradezco que en los sueños no se siente dolor, pero la imagen era espeluznante. De hecho al pie izquierdo le salía humo del agujero. Antes de ir a la reunión, en un ataque de frustración, me arranqué todos los chips. Estaba realmente harto de estar así, y hasta me preguntaba si no hubiese sido mejor amputar la pierna.

La cita de negocios era con una médica que había hecho negocios con mi ex-socio (una larga historia), así que yo le tenía algo de resentimiento. Hacía muchos años que no la veía, y ella era quien me había operado la pierna. Eso alimentaba más mi bronca. Cuando la reunión estaba finalizando no pude más. Me puse de pie y comencé a insultarla, me di media vuelta y me fui, para sorpresa de todos los presentes. Afuera buscaba la combi que me había traído, pero no la podía encontrar. Era una sensación conocida: frustración, frustración y frustración. Lo peor fue darme cuenta de que me había olvidado la campera, y la humillación de tener que volver a entrar a ese lugar para buscarla.

Lo curioso fue que después me di cuenta que esta mujer de la reunión no era la que me había operado. Yo la había confundido con otra doctora de ojos violeta (¿cómo confundir a alguien con semejante característica?). Habiendo pasado tantos años, lo que más quería era que me hicieran alguna actualización. Con el avance tecnológico que nos rodea, seguro podían ponerme algo menos monstruoso y más efectivo. Ante la duda de quedar mal ante mi súplica de que me hagan un upgrade, volví a conectar todos los chips que rodeaban mis piernas.

Después el perro y el gato empezaron a saltar encima de la cama y me despertaron. Confieso que sentí cierto alivio de que todo haya sido un sueño.

Obviamente el tema de la lesión es algo que me angustia, más allá de que me siento muy cerca de recuperarme del todo. Creo que también se me manifestó mi miedo a encontrarme ante una situación que me impida correr, además de la vergüenza (reprimida) de andar con una pierna afeitada y la otra muy peluda. También estaba el contexto del grupo, en un lugar habitual como es Pinamar. Este año no voy a poder correr la Adventure Race, porque decidí priorizar la ultramaratón de Yaboty, que si no me equivoco es una fecha muy cercana. Pero también me sigue resonando ese mal trago que fue la edición en Tandil, con tanta violencia y tanta bronca. Se me mezcló con mi conflicto irreconciliable con mi ex-socio (quien me estafó) y todas esas cosas no dichas. Además tenía la humillante situación de tener que volver después de dar un portazo.

Los sueños son muy simbólicos, pero parte del “jugo” que se le puede exprimir está en qué palabras usamos para contarlo. Y en mi relato está muy presente la “frustración”, ante no poder hacer uso de mis piernas, ante no saber cómo resolver mis conflictos, y ante cómo me relaciono yo con los demás. También, por alguna extraña razón, es muy difícil recordar los sueños si no los contamos apenas nos despertamos. De hecho ya se está empezando a hacer borroso y difuso. Pero es algo bueno, porque la imagen de mis piernas deformadas y emparchadas por una precaria tecnología médica, es algo que no tengo mucho interés en recordar.

Semana 32: Día 218: Volver a empezar

¿Cuántas veces escribí este post? No ESTE puntualmente, pero tengo esa sensación de déjà vu. Yo esto ya lo viví. No poder correr, la frustración de estar apto mentalmente pero no físicamente, y el día en que finalmente todo se acomoda y puedo volver.

La kinesióloga me dejaba correr el fin de semana, pero me resfrié, y con la Feria del Libro dándome otra paliza, no pude ni actualizar el blog el domingo. Igual no tenía mucho para contar. “Estuve todo el día acomodando libros y revistas, recomendando cómics, contestando dudas sobre Spider-Man y The Walking Dead. Ah, y descubrí que las Frutigran no son veganas”. Eso era todo.

Pero hoy, lunes, pude correr. Fue muy raro, la dejé a Vicky en su nuevo grupo de entrenamiento y me fui al mío. Nos separan 2 km de distancia, así que lo hice corriendo, en pantalón largo, campera y con la mochila. Me dio calor, pero fueron mis primeros pasos desde la Patagonia Run, hace 23 días. Al principio me sentí muy oxidado. Tenía miedo, porque en este tiempo no corrí nada, solo unos pasitos cruzando la calle. Mientras corría dándole la vuelta al hipódromo sentía miedo, porque no quería lastimarme o sentir dolor. Iba muy contenido, demasiado. Intentaba prestar atención a todo, a cada sensación en mi cuerpo, sin dejar de prestarle atención a cada palmo que iba pisando. Me fueron doliendo diferentes cosas, como las rodillas, el tobillo, pero no la lesión. El tibial sentía que me tiraba, como algo que perdió elasticidad.

Me mantuve así, corriendo con cautela, hasta que me empecé a soltar. Transpiraba, así que me abrí un poco la campera. Hice mi primer kilómetro en 5:30. Seguí y el segundo lo terminé en 5:06. Llegué a los Puma Runners, me saqué el pantalón largo, y recién cuando vi algunas risas me di cuenta que todavía tengo la pierna izquierda afeitada de la rodilla para abajo, y la otra peluda como siempre. Desentona (parece que en un atengo una media de nylon), pero prefiero esperar a que se vuelva a poblar de pelo que a afeitarme y dejarlas simétricas.

Entrené como siempre, sin dolor, sin molestia. Sigo sintiéndome un poquito oxidado, pero ya no tanto. Creo que estoy volviendo en serio. Los ejercicios de musculación me ostaron, y ahora me duele todo, pero mi entrenador calcula que en tres semanas vuelvo a mi 100%, así que hoy más que nunca no puedo aflojar. Sigo con mi meta de la Espartatlón, y quiero volver a mi estado para poder entrenar fondos largos. El tibial está respondiendo, y creo que me ayudó haberle hecho caso a la kinesióloga, así como haberme hecho plantillas nuevas. Quizá para el miércoles tenga zapatillas nuevas, y con eso tendría el combo anti-periostitis completo…

Semana 31: Día 215: Plantillas nuevas

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Señoras y señores, mis plantillas nuevas. Las veo distintas a las anteriores, que tenían una oliva más pronunciada y el talón no tan levantado. Los colores difieren también. ¿Habrá tenido en cuenta el especialista mi periostitis? ¿Será una señal de la evolución de mi pisada? ¿Por qué no se lo pregunté antes de irme del consultorio? Enigmas sin resolver…

A veces las cosas salen mal, o al menos bastante diferente a como uno lo tiene planeado. No existe la suerte, todo es casualidad (y causalidad), y uno tiene que rebuscárselas y aprender a resolver los conflictos que se presentan. A pesar de que creo que Dios juega a los dados con el universo, hoy una amiga me presentó algunos de los 83 mandamientos, según Alejandro Jodorowski, y uno en particular me marcó. Es el número 69 (escucho a algún tonto riéndose por lo bajo), y dice así: “Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal, considéralo tu maestro”, y me cayó en un momento justo. Yo considero que mi periostitis es una enseñanza, del nivel que intentaba alcanzar y las cosas que hice (y no hice) para llegar hasta ahí. Sin lugar a dudas contribuí a esa dolencia con una mala amortiguación en mi calzado, y justamente hoy fui a buscar mis plantillas nuevas.

Mi intención es contabilizar, en cuenta regresiva, mil kilómetros, y ahí cambiarlas. Sé que Giroldi me dijo que las cambie cada 800, pero si tiré más de 3 mil sin darme cuenta, creo que puedo estirarme hasta esa distancia.

La adquisición de estas nuevas plantillas también coincide con el permiso de mi kinesióloga de volver a entrenar. Finalmente me dijo que sí (esta vez en serio), que puedo correr. El tibial casi no me duele, sí siento que me tira cuando bajo mucho el pie, pero en pilates no tuve dolor, así que evidentemente es el momento de retomar.

Dudo que mañana corra mucho, y seguro me sienta raro. Las plantillas hay que ablandarlas, incluso recomiendan no estrenarlas en una carrera. Mi próximo desafío es la maratón de Rosario, una competencia que hace unos meses hubiese considerado pan comido, pero que ahora encaro desde una lesión, más de dos semanas parado y todavía lejos de mi 100%. Pero, fiel a la jerga corredora, iré paso a paso. Ya creo que empecé bien yendo a rehabilitación y haciendo caso a todo. Ahora con las plantillas… mañana zapatillas nuevas, pasado la maratón… y en algún momento de 2014, la Espartatlón…

Semana 31: Día 215: Volviendo (de a poco)

Hoy fui a mi sexta sesión de kinesiología. Quise pagar el bono de $3 con un billete de 100 y me dijeron “mañana me lo traés”. Claro, yo me había ido al Banelco, donde me van a matar con los costos de extracción porque mi tarjeta es de Link, para caer con plata, ante la vergonzosa situación de haberme dejado todo el dinero en casa. Y fue al ñudo, porque no me aceptaron el billete tan grande.

Siempre me olvido algo, cuando no es la credencial donde ellos anotan las sesiones, es la credencial de la obra social. Pero bueno, a pesar de todos estos contratiempos mínimos, sigo yendo y avanzando.

Es increíble lo que se me está curando la periostitis. Ya no tengo más hinchado el tibial, puedo caminar sin sentir ningún dolor, y hasta puedo mover el pie sin ver las estrellas. Me toco y tampoco me duele.

Así y todo, la kinesióloga me dijo que no podía correr. Y hoy lo rectificó. Fue algo así como “No vayas a entrenar hasta que yo te diga, ¿de acuerdo?”. Y yo estoy siguiendo todo tal como me lo dicen. Me conectó a esta máquina de tortura, que transmitía impulsos eléctricos en mi gemelo y en el empeine. Al principio era agradable. Hasta le hice la observación de que era demasiado poco lo que sentía. Pero estuve conectado 30 minutos, y al final sentía que me quemaba, como si me estuviesen electrocutando de a un voltio por vez.

Nuevamente no me apretujó ni me movió el pie como si fuese el volante de los autitos chocadores. Simplemente me recordó “No corras esta semana. Seguramente la próxima puedas”. Tímidamente le pregunté “¿Pilates puedo hacer?”, y me respondió “Eso sí”.

No perdí el tiempo, y hoy mismo volví a mis clases, no sin temor de que algo me hiciera doler el tibial. Pero ninguno de los ejercicios me molestó. Sí siento el pie como que tira cuando lo doblo para abajo. Pilates, al ser ejercicios anaeróbicos, son controlados, y no tiene movimientos bruscos o explosivos. No se usa para rehabilitación, pero fortalecer los músculos ayuda en cualquier caso de lesión. No sentí molestia alguna, así que me siento por buen camino. Además necesitaba mi descarga diaria. Extraño horrores correr y seguir explorando mis límites. Ahora, al menos, puedo volver a ejercitarme, y algo es algo.

Si no puedo correr, creo que podría empezar a fortalecer mis abdominales, algo que voy a necesitar para los meses venideros…

Semana 31: Día 214: ¿No más cuentakilómetros?

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Mi reloj Garmin, al que le tenía mucho aprecio, requiere ser alimentado por energía eléctrica.

Mi perro Rulo, al que le tenía mucho aprecio, requiere ser alimentado por cosas importantes e irremplazables para uno.

El cargador del reloj siempre estaba en la cocina. Rulo siempre se quedaba en la cocina cuando nos íbamos del departamento.

Rulo se comió el cable. Lo dejó inutilizable.

El Garmin lo compré por eBay, en épocas más flexibles para la aduana y la compra de moneda extranjera. Viene acompañado por un transformador de 220 a 110 voltios y un cable con una salida de USB en un extremo (lo que permite cargarlo en la computadora y descargar sus datos), y una ficha especialmente diseñada para el reloj del otro. En Mercado Libre venden el cable SIN el transformador por 300 pesos, 50 extras para envíos a Capital Federal. En eBay todo el set COMPLETO sale 18 dólares más envíos (a Argentina sonunos 9 dólares).

El otro día lo mandé a un electicista para que lo emparche y estoy esperando respuesta. Cree que el arreglo va a estar en el orden de los 25 pesos.

Como si fuera poco, el reloj empezó a resetearse solo cada 10 segundos, haciendo un molesto “piiiiip” en cada ocasión. Nos despertamos a la 1 de la mañana con Rulo ladrando, muy enojado hacia el ruido. Terminé escondiendo el Garmin adentro de una caja y poniéndola en un mueble bajo llave. No me animo a ver si sigue funcionando o si ya se gastó toda su batería.

Es increíble lo dependiente que me volví de ese reloj. No me molestó tanto toda esta lenta agonía por mi lesión. Nunca me gustó atarme la hora a la muñeca, pero lo de medir mis kilómetros y ser consciente de mi velocidad… se volvió parte imprescindible de mi entrenamiento.

Hay dos opciones: una es averiguar si con ese “lo atamos con alambre” del electricista se soluciona todo (suponiendo que eso de volverse loco del Garmin se haya resuelto) y la otra es conseguir un reloj nuevo.

También tengo una tercera opción… ¿a alguien le interesa canjear un caniche toy por un GPS?

Semana 31: Día 213: 163 km en un mes

Durante abril corrí 163 km. Es una distancia que no es despreciable, aunque se trató de dos carreras solas, separadas por seis días. No entrené la semana previa a la Ultra Buenos Aires, y quedé bastante roto después de la Patagonia Run como para sumar kilómetros.

Cuando me diagnosticaron (errónemente) una tendinitis, me di cuenta de que el cuentakilómetros se iba a detener, quién sabría por cuánto tiempo. Después de que confirmé que en realidad se trataba de una periostitis, supe por experiencia de otros que iba a tener entre uno y tres meses de rehabilitación. Me hubiese gustado volver a correr durante este mes, antes de que se venga el frío, pero le quise hacer caso a la kinesióloga, y ella dijo que todavía no podía hacerlo.

Así que abril quedó en 163 km, una marca caprichosa, porque me fue imposible tomarla con certeza. Era tanto el tiempo corriendo que la batería de mi reloj no iba a aguantar. De hecho, la Ultra Buenos Aires la hice con tres Garmin distintos, y nos fuimos turnando con Vicky para medir ciertos tramos importantes en la Patagonia Run. Nos divertimos mucho, y la incertidumbre de las distancias se convirtió en un condimento más de ese ultra trail de montaña. Pero supongo que para dedicarse a las ultramaratones hay que pasar a relojes que duren más de cinco horas.

La Feria del Libro se ha convertido en la excusa para no tener que entrenar, aunque en verdad no puedo. Tampoco me dejan hacer pilates, así que ahí ando, sin la posibilidad de descargar energía y mantener mi estado físico. Sé que en breve voy a volver, pero por ahora es solo un deseo y no es la realidad.

La maratón de Rosario sigue ahí, esperándome. El camino que recorra de acá hasta esa fecha, dentro de dos meses, será el que determine si la haré corriendo o si solo iré a hacer turismo…

Semana 30: Día 208: Conectado al Transimulator

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No. No es una película de ciencia-ficción. El Transimulator es un nuevo aparato al que me conectaron hoy en mi tercera cita con la kinesióloga que asumo es cubana y le tengo tanto miedo que no me animo a preguntarle de dónde es.

Este Transimulator, comprobé después, también era un dispositivo de electroanalgesia. A simple vista parecía un amplificador. Tenía un botón presionado que decía que estaba establecido en 80 contracciones por minuto. Cuando me conectó y lo encendió, mi pie empezó a moverse involuntariamente durante los siguientes 25 minutos. Mientras se me movía todo en forma espasmódica, escuchaba la radio e intentaba relajarme.

Le comenté a la kinesióloga que sentía menos dolor que ayer, y me respondió que eso era lo más importante. Después de desconectarme, trajo una fuente con cera y empezó a pasármela por el pie y el tibial con un pincel. Estaba caliente y era muy agradable. Le pregunté si estaba por depilarme, por suerte dijo que no. Acto seguido, me envolvió con un plástico y se fue.

Hago un breve flashback. Cuando llegué había varias personas esperando y se fueron sumando recién llegados, hasta que fuimos unos 10 pacientes. La kinesióloga, que es grossa, abrió la puerta de su consultorio (que cuenta con muchas camillas) y dijo “Pasen todos”. Nunca vi algo así, atender a 10 personas a la vez. Mañana me saco la duda de si es cubana o no, así puedo decir “Lo que pasa es que es cubana” (o del país que sea).
Fin del flashback.

Estaba yo, feliz con mi pierna calentita, y la kinesióloga llegó, me sacó todo, me frotó la cera y después empezó a masajear con énfasis… doblando, apretando… vi las estrellas y reí. Todo fue una confusión. No sé por qué me río cuando tengo que aguantarme tanto dolor… Ella está convencida de que mi lesión no me la hice en un día o un a carrera, sino que era algo que venía arrastrando de tiempo atrás. También insistió en que para el fin de semana iba a poder correr… pero con la Feria del Libro, mi regreso al running tendrá que esperar un par de días. Además, siendo lunes mi posible retorno al running, tengo más terreno para correr sobre el pasto…

Semana 30: Día 207: Desgarrando mi pierna

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La kinesióloga me lo dijo el viernes pasado, en nuestra primera cita. “Voy a tener que desgarrarte la pierna”. No tengo buena memoria, después transcribo las cosas y me olvido ciertos términos técnicos, o temo contar mal las cosas. Por eso ni lo mencioné. Como es de otro país, supuse que se refería a otra cosa, o que yo estaba recordando lo que me había dicho en forma incorrecta.

Hoy volví al centro kinesiológico con un sobreturno. El día de ayer había ido, con mi pierna afeitada, y por falta de luz no me pudieron tratar. Llegué con la idea de que tarden un montón por todos los pacientes que iban a venir a recuperar su sesión, y resultó que pasé de una. Creo que la kinesióloga, al ver que le había hecho caso afeitándome, decidió tratarme más afectuosamente. Además le dije que había dejado el diclofenac (y que eso había hecho que volviese el dolor), por lo cual también me felicitó. Necesitaba que no se enmascarase el dolor para cuando me desgarrase. De nuevo esa palabra.

Le pregunté cuánto tiempo necesitaban estas lesiones para curarse. Un estimativo. General. No un pronóstico. Ella se reía. Me dijo que no podía saberse, que variaba de persona a persona, dependiendo de su estado y contextura física. Primero tenía que hacerme un estudio y meter mano para saberlo en mi caso. Había algunos que solo requerían un día, otros mucho más. ¿Podría yo ser de la clase más privilegiada?

Me conectó a la misma máquina anterior (la de la electroanalgesia), solo que esta vez seleccionó otra función. En mi tobillo sentí una breve vibración. Subió el dial. De pronto sentí como si tuviese pegado dos brasas al rojo vivo. Los conectores en mi gemelo no estaban funcionando. “¿Sientes esto?”, me preguntó. La verdad era que no sentía nada. Subió el dial. Inmediatamente solté un grito entre dientes, sentía que me cortaban la pierna en dos con un serrucho. Bajó el dial. “¿Ahora?”. Solo sentía un cosquilleo en el tobillo. “¿Y ahora?”. Grito de dolor. Así estuvimos haciendo un ping pong de dolores hasta que llegó a un punto en que todo me dolía por igual. Pero me lo aguantaba.

Pasaron unos quince minutos así, en los que saqué fotos para subir al blog. Pero el empapelado no ayuda, parece que estoy en un hotel de mala muerte, y no le hace justicia al centro kinesiológico.

La doctora de acento indescifrable para mí pero que decidí decirle “cubana” volvió y apagó la máquina. Sacó unas cremas y me empezó a masajear la pierna, desde la rodilla hasta los dedos. Iba, recorría y apretaba. En un momento me clavó el pulgar por la cara externa de la pierna izquierda y empezó como a acomodar cosas. Sentí un dolor terrible… pero estaba lejos del tibial hinchado. Algo hizo “clac” adentro mío.

“Ahí está, ¿has visto? Te he acomodado el tendón rotuliano que lo tenías fuera de lugar”. No entendía nada. La rodilla no me dolía… hasta que ella metió mano. Repitió la operación… solo que esta vez casi no hubo dolor. Siguió recorriendo, apretando y exprimiendo. Yo iba soltando algún que otro grito, y a veces me reía, no sé si de nervios o de masoquista. Probablemente toda esta operación de apretar, frotar y tironear era para lo que ella necesitaba que yo tuviese la pierna afeitada.

Me preguntó si dolía menos. La verdad era que sí. “Listo, ya está. Ya te desgarré todo”, me dijo (y se sintió como que me destrozaba la pierna con sus manos). Y lo que siguió me sorprendió enormemente: “No era tan grave, no llegó a ser un trauma. Hoy no corras, creo que podrías hacer actividad física el fin de semana”. No lo podía creer. ¿Realmente eso era todo? ¿Meter los dedos, acomodar y ya? Al parecer sí. Con el correr de las horas, todos esos dolores que sentí el día anterior se atenuaron muchísimo. No podría decir que desaparecieron, pero bajaron en intensidad. La doctora me aclaró que ahora mis músculos estaban “en cero”, y que era muy pronto para que corriese, pero con las dos sesiones que me quedan esta semana ya iba a poder volver a entrenar.

¿Será cierto? ¿Podré estar este sábado corriendo?

Semana 30: Día 205: La maratón de Boston

La Patagonia Run y mi lesión en el tibial hicieron que no me pudiese dedicar a escribir sobre la tragedia de Boston. Pero eso no quiere decir que no estuviese pendiente del tema. Ahora que las aguas se aquietaron y que hay más confirmaciones que rumores, me pareció el momento para hacer una o dos reflexiones.

Creo que ningún corredor aficionado desconoce la importancia que tiene una maratón. La distancia perfecta de 42 km con 195 metros ha sido la meta para muchos. El esfuerzo al que uno se somete es grandísimo, y en el proceso sentimos morir al tocar el muro y renacer al cruzar la meta. Desconozco si alguien ha terminado una maratón y ha decidido a no volverla a hacer… me suena a que cuando uno la finaliza y los dolores posteriores desaparecen, quiere reiniciar todo el proceso y repetir la experiencia. Al menos eso es lo que me pasó a mí, y creo que sin importar el sexo, país de origen, nivel de entrenamiento o nivel económico, todos podemos hermanarnos con la sensación de gloria de ser maratonistas.

La Maratón de Boston, que tiene más de 100 años, es una de las más prestigiosas. Casi 25 mil corredores la enfrentaron este año, el 15 de abril. Ninguno sabía que, a poco más de 4 horas de su inicio, dos bombas caseras iban a estallar al ras del piso, matando a tres personas (una un niñito de 8 años) e hiriendo a 183 personas. Tampoco que esto iniciaría una cacería de dos sospechosos en el que un policía terminaría gravemente herido y otro oficial acabaría muerto. Los explosivos contenían clavos, perdigones y otros materiales de metralla para hacer el mayor daño posible a los presentes, pero al estar al nivel del suelo, las heridas fueron en su mayoría no letales. A excepción de las tres muertes, las víctimas se llevaron lo peor de la cintura para abajo, lo que no quitó que varios sufrieran amputaciones.

Dejemos de lado el trauma horroroso de estar en medio de un atentado terrorista. ¿Hay algo más espantoso para un atleta aficionado que terminar o estar a punto de finalizar una maratón y que una explosión inesperada te incapacite para correr por el resto de tu vida? Se me hiela la sangre al pensar en las bombas estallando 4 horas y 9 minutos después de la largada, un tiempo que tanto mi primera maratón (Buenos Aires 2010) como la última (Rosario 2012) me hubiesen situado en la zona de mayor peligro. Pienso también en Vicky, en mis amigos, y me doy cuenta de que la peor parte se la llevaron gente común y corriente, que tuvo la pésima suerte de estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada.

Quizá sea una irresponsabilidad meterme en política en una situación así. Los sospechosos son hermanos chechenos (uno falleció en un tiroteo posterior, el otro actualmente está gravemente herido). Aparentemente nacieron en Rusia y son musulmanes. Lo cual, por supuesto, no implica nada. Creer que son culpables por su religión es tan necio como decir que las víctimas norteamericanas se lo buscaron por la política exterior de su país. Estos atentados cobardes no miden su nivel de destrucción; buscan hacer el mayor daño posible. No persiguen objetivos militares ni tampoco buscan hacer un daño en objetivos políticos o financieros. Aquí se buscó generar terror en aficionados al deporte. ¿Qué pasa por la mente de un terrorista que setea su bomba para que estalle cuando llega a la meta el tipo común? No sé, me cuesta pensarlo y dudo que encuentre una respuesta.

Me gusta Obama porque creo que quiere cambiar las cosas, aunque me decepcionó muchísimo cuando prometió sacar a las tropas de Irak y no lo cumplió. Me da la imagen de un tipo de grandes valores que terminó jugando el juego de la industria de la guerra. Creo que podría haber pasado a la historia como un revolucionario, pero terminará siendo recordado como el primer presidente afroamericano. Sin embargo me parece un excelente orador, y me conmovió en el discurso que dio poco tiempo después del atentado. Dijo “Seguiremos corriendo”, y me parece que es un mensaje poderoso que tenemos que aplicar en nuestra vida. El equivalente atlético a “El show debe continuar”.

La maratón de Boston no es considerada “oficial”, porque no cumple ciertos requisitos en cuanto a la altura acumulada. Por eso no se han reconocido récords mundiales que se dieron lugar en su recorrido. Sin embargo, integra mi lista de carreras soñadas (junto a la de la Muralla China, la Espartatlón, la de New York, la de Londres y la de Disney). Quizá sea un poco egoísta sentirse tocado por un atentado que tiene lugar en el ámbito que a uno le gusta, como si un acto terrorista en otra ciudad, en otro país, en otro contexto, no fuese igual de grave. O peor. Pero es inevitable, uno se compadece más cuando se identifica con el otro. Y, poniéndome a intentar meterme en la cabeza de un asesino, quizá buscaron eso. Que muchos que se sentían seguros, que podía disfrutar de una actividad, empezaran a asustarse. A creer que a cualquiera le puede tocar. Es algo horrible, pero plausible. De ahí debe venir el término terrorismo: de generar terror. Y lo generaron en mí, a miles de kilómetros de distancia.

Pero seguiremos corriendo. Si hay algo tan ilógico como el que mata y hace daño a distancia, podría ser dejar de hacer lo que uno ama por miedo. Ojalá que nadie les dé esa satisfacción.