Posts etiquetados como ‘mente’

Semana 26: Día 178: El reposo

2013-03-24 10.47.10

Después del brutal entrenamiento al que me sometí ayer, recibí varias felicitaciones, como si en lugar de haber entrenado hubiese corrido una carrera. En el blog, por mail, mensaje de texto, whatsapp. Coincidió que varios me decían que me faltaba muy poco, que tenía la Ultra Buenos Aires en el bolsillo. Y yo, que soy un falso modesto, no podía dejar de pensar “¿No se dan cuenta que todavía me faltan 30 km para llegar a los 100… y que eso ni siquiera va a ser la mitad de la Espartatlón?”.

No sé qué clase de mecanismo de defensa es el que se activa para rechazar elogios y tirarse abajo. No tiene que ver con la falta de confianza. Quizá sea una forma de intentar ser realista y no creérsela. Estoy leyendo el MARAVILLOSO libro de Scott Jurek, “Eat & Run”, en el que cuenta su vida, y por fin me cruzo con un ultramaratonista súper campeón que, además, es un ejemplo de humildad. Esa experiencia es muy gratificante y enriquecedora. Podría ser que me haya enganchado porque ama correr y es vegano, pero lo que me compró fue que abre su autobiografía con una pésima experiencia de carrera, en la que todo el mundo estaba convencido de que iba a ganarle a todos y romper el récord, y él no podía más y quería abandonar a toda costa.

En estos días donde me estoy recuperando de correr un fondo bestial, aprovecho para reflexionar. Me han dicho, con mucho acierto, que lo que me falta es un trayecto netamente mental. Casi como si hubiese quedado demostrado que al cuerpo se lo puede exigir. Ya está entrenado y se va regenerando. Pero necesito estar tranquilo, focalizado en el objetivo, porque lo que queda es puro huevo. Mientras que en la maratón el muro es cruzar los 30 km y llegar a la meta en el 42, pasar los 70 y alcanzar los 100 es un ejercicio mental más complicado que hacer logaritmos en base 2. Es una mezcla entre relajarse y seguir esforzando el físico al límite.

No sé si voy a llegar a los 100. Tampoco sé si considerar este fondo de 70 km como un triunfo. Nunca me planteé seriamente correr esa distancia, y cuando la hice me sentí mejor de lo que me esperaba. Me di cuenta de todo lo que hice mal el año pasado, cuando abandoné vomitando en el km 77. Ya había caminado la mitad del trayecto, con una bronca y una frustración muy grande (pero con una contención de familia y amigos como no tuve en toda mi vida). Ayer, cuando me faltaban 1000 metros para terminar el entrenamiento, me dejé llevar, abrí la zancada y empecé a correr a toda velocidad (al menos, a la que podía en ese momento). Por eso podría suponer que si repito las circunstancias de ayer en la Ultra Buenos Aires, voy a tener un restito para tirarme a los 30 km que me van a quedar.

En fin, esta debe ser la etapa más dura de un entreno, en el que la intensidad baja y lo que predomina es descansar. La cabeza no solo es la gran responsable de que el cuerpo llegue a su límite (y lo pase), sino que es la parte del cuerpo que de alguna forma se niega a detenerse. Puedo hacer reposo con el cuerpo, pero ¿cómo hago que mi cabeza baje dos cambios? Se escuchan sugerencias.

Semana 19: Día 133: Fondo de 35 km

Hoy hice un fondo de 35 km. Como muchos recordarán, hace pocos días hice uno de 25. La diferencia sustancial entre el de hoy y el de la semana pasada son 10 km.

Y siguiendo en el terreno de las obviedades, si tuviese que encarar un entrenamiento o una carrera de 10 km, me parecería poca cosa. Haría velocidad, no necesitaría de una hidratación excesiva (a menos que hiciese mucho calor) y al terminar me sentiría perfecto. Pero si esa distancia viene después de correr 25 km… ya parece que nos estamos enfrentando a una montaña imposible de escalar.

No pude salir temprano, que era lo ideal. Tenía terapia por la mañana y quería terminar un trabajo que me viene sobrevolando como un cóndor al acecho… Mi idea era salir a las 5 de la tarde, porque con la colación que siempre hago a las 4, me daba tiempo de hacer un poco de digestión y poder usar esa energía. Pero los compromisos se extendieron y terminé saliendo a las 18 hs. No estuvo tan mal, había un sol muy agradable, pero coincidía con el fin de la jornada laboral, y encima en viernes… así que todo el mundo estaba caminando por las veredas y automóviles y colectivos atestaban las calles.

Como la distancia no era para menospreciar (nunca corrí 35 km de calle en lo que va del año), decidí ir tranquilo y dedicarle unas tres horas y media a resolver el asunto. Como quería ir cómodo, decidí entrenar con el baticinturón, con dos caramañolas de agua que podía rellenar en la canilla de la Reserva Ecológica. Claro, la Reserva cierra 18:30 así que era imposible que yo hiciera 12 km en media hora, pero cuando salí todavía no lo sabía.

Así que con déficit de agua, tres gomitas y un gran puñado de pasas de uva, salí. Mantuve un ritmo de 5:15, que es bastante más abajo de lo que suelo correr cuando entreno en los Puma Runners (pero claro, en esas clases sé que difícilmente superemos loas 18 km, en muy raras ocasiones alcanzamos los 20 km. Luego de esquivar a 2 millones de personas y 500 mil autos, me saqué la remera y fui en cuero hasta la Reserva. Cruzando la Avenida Madero casi me pisan, pero bueno, fue “casi”. Aprendí una cosa, que no tiene mucho sentido salir con lentes de sol a las 6 de la tarde, porque el sol está bajando y cuando se esconde detrás de los edificios, no sirven para nada más que para impedir que la brisa refresque los ojos (así que estoy cada dos por tres secándome la transpiración). Desde ese momento, llevé los anteojos en la mano.

Cuando llegué a la Reserva me moría por ir al baño, pero la puerta estaba entreabierta, lo suficiente como para que los recién llegados como yo se den cuenta que está cerrado, y que los que todavía andan adentro del predio puedan salir. No me dejaron pasar al baño en ninguna de las dos entradas, así que tuve que recurrir a la bochornosa situación de encontrar un lugar alejado donde responder el llamado de la naturaleza.

Como no tenía Reserva Ecológica, con sus circuitos de tierra donde entrenar, estaba en la difícil situación de encontrar un camino alternativo… y para peor… ¡no podía llenar mis caramañolas con agua! Fui racionando el líquido, y no me costó: al no correr bajo el potente sol del mediodía, transpiré menos, y sentí mucha menos sed. Así que, de momento, estaba a salvo… pero no del todo.

Decidí hacer el mismo recorrido que hacen las carreras de 10 km, que continúan por la Costanera hacia el sur, pasando por AFIP, el cuartel de bomberos, etc. La cuestión es que mientras más al sur iba, menos turístico y más marginal se volvía. Se notaba por la iluminación, el estado de las veredas, y el despliegue de los carritos que venden chori. El último de todos es un puesto montado como viene, sin baño, con cumbia a todo lo que da. Cualquiera podría descontextualizar esto y creer que me desagradó correr por ahí. Nada más lejos de la realidad. Solo marqué lo que vi, siempre me quedo con el glamour de la Reserva Ecológica, y no hace falta ir muy lejos para ver “otro” país. No me sentí inseguro ni mucho menos.

Hice lo que mejor me salió: corrí hasta que el reloj me marcó 17,5 km, y ahí di media vuelta y volví sobre mis pasos. Funcionó bien esta vez, porque 3 horas y media corriendo es MUCHO tiempo. Ir intentando encontrar el mejor recorrido y luego recordarlo para volver a pasar fue una linda forma de mantener la mente ocupada. También ayudó que se me descargara por completo el iPod, así que conecté la radio desde el celular y me escuché el programa entero de Radio Metro, desde las 18 hasta las 21.

Algo pasa mentalmente en los fondos largos. Obviamente me costó un poco más este que el de 25 km, pero ya venía preparado a que no iba a terminar donde siempre. Siempre los últimos 2 km son los más agónicos, y esta vez no fueron la excepción. Poco importó cuánto corrí, sino el momento en que yo “decidí” estar agotado de tanto correr.

Me recorrí las parrillitas de Costanera Sur hasta que encontré uno que NO VENDíA Eco de los Andes (es hora de que Coca-Cola haga un agua mineral que no sea de bajo contenido en sodio). Me cobraron $10 por la botellita de 500 cc (podría haberla pagado $1000). Eso me permitió estar hidratado (y con agua fría) para el resto del fondo. Siempre llevo un poco de cambio para estas emergencias, y me alegro mucho de haber insistido a pesar de que nunca necesité de dinero.

Al final creo que este fondo fue más un desafío mental que físico. Me sentí cansado (de hecho, me estoy muriendo por ir a la cama), pero lo que más me costó fue ordenar los pajaritos en la cabeza. De todos modos, creo que los tengo bastante entrenados.

Me encantó correr esos 35 km (le puse 3 horas y 17 minutos). Me siento unos pasitos más cerca de llegar a los 100 km en 10 horas y media. Pero para eso habrá que hacer más entrenamientos como este… y superarlos en distancia. Mucho.

Semana 18: Día 126: Encontrar el punto de equilibrio

Todos sabemos los tres pilares de un cuerpo sano: Una alimentación adecuada, entrenamiento y cabeza. Es fácil ponerse las pilas y pulir cualquiera de estos aspectos, pero… ¿cómo equilibrarlos?

A veces el tiempo alcanza para entrenar, y hacemos un poco de malabares con el trabajo o el estudio, la vida familiar, el ocio… no es fácil, si no trabajase en forma freelance seguramente no podría estar corriendo 20 km por la mañana en día de semana, pero a veces ocupamos el tiempo en el cuerpo y descuidamos la alimentación. Optamos por lo que salga más rápido, directo de la heladera al microondas y de ahí al estómago. Comemos frente a la compu o la tele, descuidando la masticación y el momento sagrado que es comer. Y si no vemos resultados, podemos cometer la tontería de pasar hambre o acudir a una de esas dietas demenciales como la paleolítica, la hipocalórica o la que esté de moda en ese momento.

No soy el mejor ejemplo de alimentación, aunque muchos me consideren un ejemplo de determinación. No siempre logro el balance entre hidratos, proteínas y verduras… por los temas expresados anteriormente (el tiempo, maldita sea). Respeto los horarios y todas las comidas, no consumo grasas (ya las perdí el gusto), y quizá lo que me faltaría es no centrarme tanto en las proteínas y los hidratos y dedicarme más a las frutas y verduras. Pero bueno, es mi punto débil para alcanzar el equilibrio.

El entrenamiento es la parte que creo más difícil, pero que por alguna razón la tengo bastante controlada. Me pude armar el itinerario y tengo asegurados tres entrenamientos semanales. Mis familiares y clientes saben que los lunes y miércoles por la tarde y sábados por la mañana no me pueden encontrar. Mis amigos saben que los viernes por la noche no pueden contar conmigo porque tengo que acostarme temprano. Y a esta altura ya todos están tan acostumbrados como yo. Gracias a una cierta flexibilidad laboral puedo salir a correr algunas mañanas y dedicarle dos horas a sumar entrenos. Claro que, en mi caso, termino compensando quedándome hasta más tarde trabajando. Y también hay un factor que juega a mi favor, y es que de momento no tengo hijos. Tengo un perro bastante demandante, pero me apaño. Eso me permite organizar mis horarios, y sé que hay personas que este punto se escapa de su control.

Correr y hacerlo una costumbre es difícil, pero da muchos beneficios. Dos o tres veces a la semana, en el horario que sea, suma y mucho. He encontrado que ciertas situaciones se pueden transformar en entrenamientos. Por ejemplo, un trámite puede significar un fondo de 10 km a la vuelta. Un día que tenía que correr 15 kilómetros e ir a la nutricionista (no necesariamente en ese orden) se me ocurrió combinar el regreso con el entrenamiento. Originalmente le iba a dar tres vueltas al Hipódromo de San Isidro, pero después tenía que volver en tren. Al regresar corriendo optimicé los tiempos, y si en el transporte público me tomaba una hora llegar a mi casa, haciendo actividad física al aire libre me tomó 90 minutos.

El tercer pilar para alcanzar el equilibrio es la cabeza. No hay entrenamiento ni secretos que valgan. Uno tiene que hacer el click. Me encanta que algunos encuentren algún post en este blog que los motive para empezar a entrenar. Es un honor inmenso. En mi caso fue un proceso lentísimo, de mucho aprendizaje. Corro desde hace años, pero me lo tomo en serio desde hace relativamente poco. Sin emargo, puedo asegurar que lo que me ayudó fue hacerme la costumbre. Así aprendí a convivir con mi propio cerebro, pensando por qué hacía lo que hacía, qué significaba todo esto… Creo que el corredor inevitablemente termina volviéndose muy introspectivo, y lo peor que podemos hacer, ya que tenemos tanto tiempo para pensar mientras corremos, es enfocarnos en lo que no podemos hacer y en desalentarnos. Tanto si creés que podés como si creés que no podés, estás en lo cierto, decía Henry Ford. Y tenía muchísima razón. Yo estaba convencido de que mi límite eran 10 km y que nunca los iba a poder superar. Y así fue, hasta que dejé de pensar en eso.

Tengo la certeza de que encontrar el punto de equilibrio es imposible. No hay forma, a menos que seamos de elite y que, encima, nos paguen por hacer culto de nuestro cuerpo. Pero eso no quiere decir que todo sea en vano. HAY que buscar el punto de equilibrio, siempre. El aprendizaje y la sabiduría está en intentarlo, en la búsqueda constante. Probablemente nunca lleguemos a nuestro máximo potencial, pero no importa, vamos a alcanzar nuestro punto de equilibrio, que es lo mejor que podemos dar en cada uno de esos tres aspectos.

Lo lindo no está en cumplir un objetivo, sino en el camino que hacemos para intentarlo.

Semana 18: Día 120: ¿Qué sentís cuando corrés?

Hemos filosofado mucho acerca de todo lo que nos provoca correr. Dolores, fatiga, sarpullido, quemaduras en la piel y peligrosos impactos contra automóviles. Todas cosas físicas, que le pasan al cuerpo. Pero, ¿y por adentro?

La cabeza juega un papel fundamental en cualquier deporte, incluso en el running. Hay que tener una mente terca y decidida para soportar todas las cuestiones corporales y seguir avanzando. Eso también se entrena, y como cualquier ejercicio, al principio va a costar hasta que en un momento nos demos cuenta de que nos sale de taquito.

Yo cuando corro siento alivio. De por fin estar haciendo eso. Hoy, por ejemplo, necesitaba correr, y realmente disfruto de los entrenamientos del sábado. Pero también estoy preocupado por la Ultra Buenos Aires, así que cada kilómetro que sumo me hace sentir un poquito más cerca de la meta.

Entrenar definitivamente me hace feliz, a pesar de que hoy arranqué congestionado, y con mucha dificultad para mantener el ritmo. Pero que esto me cueste no me hace dar ganas de abandonar. Es casi como si buscásemos que entrenar sea difíci. Hoy lo pensaba: si fuese fácil, ¿estaría acá?

Correr me da paz, sin importar los problemas de la vida cotidiana. Alguna vez lo usé para sacarme momentáneamente eso que ma andaba dando vueltas. Así como existen dolores físicos que se quitan corriendo, la angustia es otra clase de dolor que pasa a segundo plano.

Y sin dudas que correr me da orgullo. Porque cuesta, y cualquier cosa que sea complicada nos deja una enseñanza. Salir nuevamente de casa, entrenar “a pesar de”, sostener un programa de ejercicios a través del tiempo…. ¿cómo no sentirnos orgullosos?

La cabeza es un músculo que no se detiene, y otra parte de nuestro cuerpo que se ve afectada positivamente cuando corremos.

Semana 17: Día 119: Salir de casa

Hace un mes retomé análisis. A diferencia de mi período previo de una década analizándome, esta vez no es por un tiempo indefinido, sino por temas puntuales. La psicóloga prefiere no hablar de una terapia, sino de entrevistas que decidimos “sesión a sesión”.

Y me resultó bastante movilizador. Por un lado, porque retomé con la misma profesional, y fue interesante llenar el bache de lo que fueron mis dos años de vida desde que empecé con el blog (cuando me di el alta) y hoy, 121 semanas después. Progresé, pero me di cuenta que hay cosas que se mantienen fijas, esa matriz con la que nos armamos (y que nos armamos).

Entre las cosas que me sorprendí diciendo es que nunca salgo de casa. De hecho, cuando empecé a analizarme en el año 2000, sufría de una gran depresión por no saber qué hacer de mi vida. Sin perspectiva laboral ni académica, me quedaba todo el día en casa, en foros de internet, chateando por el ICQ (la prehistoria de la internet, más o menos) y haciendo dibujitos con el Paint (el Photoshop recién caería en mis manos tres años después). Solo salía los viernes, que me juntaba con mi grupo de amigos. Ansiaba muchísimo ese momento, y nuestras reuniones eran absolutamente inocentes: charlar hasta que se hacía de día, tomando Coca-Cola, comiendo papas fritas. Ellos fueron quienes vieron mi mutación al vegetarianismo, al desprecio por las gaseosas y a correr. Hoy siguen siendo mis grandes amigos, aunque nos veamos pocas veces al año.

Y mientras mi psicóloga me preguntaba por mi vida social, recordé ese grupo al que hoy casi no veo, y pensé en mis amigos con los que hoy me junto un poco más seguido, pero tampoco los veo con mucha frecuencia, con suerte una vez al mes. Así que mi círculo más íntimo, caí en la conclusión, es mi grupo de running. Al verlos tres veces por semana, son con quienes más comparto mi vida, aunque en un 75% tenga solo relación con entrenar.

Analizándolo más profundamente, me di cuenta algo que, en el fondo, me dio un poco de pánico. Si no fuese por el entrenamiento, prácticamente no saldría de mi casa. Trabajo en mi computadora, al resguardo del mundo exterior. Pago las cuentas por homebanking. Después de estar 14 horas diarias sentado frente a la computadora, quizá Vicky entienda que de vez en cuando me desespere por ir al supermercado a aprovisionar la heladera. Una casa abastecida evita tener que salir.

Así es que el running se convirtió en mi contacto con el mundo exterior. Es lo que me permite tratarme con seres humanos. Y eso me llevó a preguntarme, ¿es de ahora esto? ¿O siempre fui así? Me dio la impresión de que es parte de mi matriz, que viví toda mi vida encerrado en mí mismo, y de alguna forma correr me salva tres veces por semana.

Quizá el entrenamiento fue una necesidad subconsciente de cortar con ese encierro. Y nunca me fue fácil conocer gente y mostrarme tal cual soy. Casi diría que en el grupo de entrenamiento no llegaron a conocerme hasta que no abrí esa ventanita de mi vida con el blog. Y me di cuenta que me creé esa presión del tipo que se supera y tiene que mejorar constantemente. El antídoto contra la subestimación: esforzarme por ser el mejor. Pero solo para que los demás lo crean.

Si me preguntan por qué paso tanto tiempo en mi casa y por qué salir a la calle puede ser una batalla de fuerza de voluntad, no tengo idea. Porque sé que salir a correr me hace feliz. ¿Por qué resulta difícil hacer eso que nos llena? Es evidente que es más fácil cortar todo tipo de contacto y encerrarte en tu cubículo (por más deprimente que eso pueda sonar) a abrir la puerta y enfrentarse al mundo. En el fondo creo que se le da menos crédito a quien le cuesta horrores hacer las cosas (e igual las hace), que a quien le sale todo de taquito y sin pensar.

Dicho todo esto, sigo haciendo el trabajo arqueológico de mi alma con terapia. Es al menos una excusa más para abandonar la comodidad y cruzar la puerta de casa.

Semana 51: Día 353: Visión de corredor

En este viaje me percaté de una cosa que nunca había notado, y que quizá tomó relevancia con tanta caminata. La visión del mundo cambia cuando uno se vuelve un corredor.
En el micro que nos llevó para el aeropuerto de Ezeiza pasamos por varios descampados, arroyos y zonas arboladas. Mientras miraba por la ventana le dije a Vicky: “Qué buen lugar para hacer una carrera de aventura” (resultó que en ese lugar sí se organizaba un evento anual).
Ya en Roma, mientras recorríamos sus calles empinadas y sus plazas con restos históricos, nos poníamos a planificar correr por ahí, y lo bueno que sería tal o cual accidente geográfico. De hecho, nos dimos el gusto de entrenar con el Coliseo romano de fondo y hacer cuestas en la plaza del Domus Aurea.
Normalmente veríamos estas ruinas con un mero interés turístico, y capaz que hasta nos quejaríamos de tener que andar subiendo cuesta arriba. Por alguna razón que no logro entender, caminar nos cansa mucho más que trotar. Mientras nuestros amigos podían pasear durante horas sin agotarse, con Vicky ya nos fastidiaba tener que estar parados. En cuanto subimos una loma nos largamos a correr, ante la mirada atónita del resto. Recién ahí tomamos otra clase de contacto con esa actividad al aire libre.
Correr se convirtió en nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno. Cada complicación del terreno se transforma en un potencial desafío a vencer. Que veamos las cosas de modo diferente significa que las pensamos de modo diferente. Pavada de impacto tiene el running en nuestras vidas.

Semana 47: Día 315: Obstáculos (Jorge Bucay)

Voy andando por un sendero.  Dejo que mis pies me lleven.

Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorte la silueta de una ciudad. Agudizo la mirada para distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en esta ciudad. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos.

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa.

Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino. Al acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso. Temo… dudo.
Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto… Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando.

Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible saltarlo.

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que está allí para construir un puente. Nunca he sido hábil con mis manos… Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo… y resisto.

Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado… descubro el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis sueños…

Me siento abatido… Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo escalarlo. La ciudad está tan cerca… No dejaré que el muro impida mi paso.

Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire… De pronto veo, a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me sonríe con complicidad.

Me recuerda a mí mismo… cuando era niño.

Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja: -¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo?

El niño se encoge de hombros y me contesta: -¿Por qué me lo preguntas a mí?

Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras… Los obstáculos los trajiste tú.

Semana 46: Día 310: El mito de la caverna

Voy a volverme un poco metafísico. Solo por hoy, lo prometo.

Glaucón habla con Platón sobre el mundo físico y el mundo de las ideas. Ya voy a transcribir el mito completo (ya que, habiendo Platón fallecido hace 2359 años, su obra es de dominio público), pero quisiera adelantar que este concepto se aplica para todos, en nuestro día a día. En mi caso, mi mundo era así porque así lo veía. Me costaba pensar que había otro mundo, porque me quedaba viendo las sombras en mi propia caverna. Una vez que salí al exterior empecé a descubrir que había algo más allá, que existían cosas que me iban a hacer mejorar, física y espiritualmente.

Hoy me siento más sabio que ayer, y espero que menos que mañana. Descubrí que podía correr, que tenía todo lo que hacía falta para superarme, para desarrollar mi cuerpo y adquirir fuerza y velocidad. Mientras estuve encerrado en mi caverna, mi visión del mundo estaba muy limitada, y creía que aquello que es habitual en mí era algo inalcanzable, para unos pocos. Ahora me dedico a leer y a aprender, a través de libros, blogs y deportes. Las sombras ya se distinguen como tales, y descubrí que hay más de lo que la vista conoce.

Hay cosas que nos pueden contar, que incluso podemos leer en blogs como este. Pero nada reemplaza a la experiencia propia, a abrir los ojos, salir al mundo y ver las cosas tal cual son. Ya ni sé cómo lo hice o en qué momento exacto pasó, pero me alegro de haberme decidido, un día, a averiguar qué había más allá de la caverna en la que estaba encadenado.

El mito de la caverna

I – Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

- Ya lo veo-dijo.

- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

- ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!

- Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

- ¿Cómo–dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

- ¿Qué otra cosa van a ver?

- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

- Forzosamente.

- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

- No, ¡por Zeus!- dijo.

- Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

- Es enteramente forzoso-dijo.

- Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

- Mucho más-dijo.

II. -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?

- Así es -dijo.

- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

- No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.

- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

- ¿Cómo no?

- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

- Necesariamente -dijo.

- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

- Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

- Efectivamente.

- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente “trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio” o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

- Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

- Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

- Ciertamente -dijo.

- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.

- Claro que sí -dijo.

III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

- También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.

Semana 40: Día 269: Un sueño maratonista

image

Anoche volví a soñar que corría. Pero me desperté y no lo podía recordar. Mis primeros minutos de vigilia son de zombie, hasta que comienzo a recobrar consciencia. Más o menos para ese instante mi perro está encima mío para que lo saque a pasear (y por pasear me refiero a hace pis).
Íbamos caminando Oso Rulo y yo por la gélida Buenos Aires cuando se le ocurrió tironear de la cadena y echar a correr. Empecé a seguirle el ritmo y esa sensación se me hizo muy familiar. Recordé soñar algo así… ¿Pero qué?
De a poco, empezó a volver a mí. Yo corría una maratón. Era en una pista techada. Vicky estaba a mi lado y ambos teníamos un muy buen ritmo.
Así como uno no sueña que muere, mi que sufre, supongo que tampoco soñamos con la agonía de correr. Era una maratón y no había muro, ni dolor de piernas, ni calambres. Era solo correr, infinitamente.
Mientras sumábamos kilómetros, los otros  corredores empezaban a abandonar. La pista empezó a poblarse de caminantes. Con Vicky seguíamos avanzando, y los otros atletas empezaban a desmoronarse. Caían de rodillas y teníamos que esquivarlos.
Pero no era eso solo. La pista empezaba a achicarse. Lo que era un circuito de 400 metros ya se habían convertido en 50. Los corredores caían al piso y teníamos que saltarlos. Era molesto y empezaba a retrasarnos.
La pista era cada vez más pequeña, hasta que entraba en mi habitación en la que crecí. De pronto estaba solo, y la pista era una alfombrita de caucho de 2 metros a la que le daba vueltas como un poseso.
Como ya me patinaba en ese pedazo de goma que bailaba en el piso de alfombra, paré mi reloj y fui a hablar con mi entrenador. Era una carrera oficial, pero no tenía sentido seguir. Para colmo de males, cuando quise controlar cuantos kilómetros llevaba, no supe volver a hacerlo funcionar.
¿Qué significó todo eso? Claramente el miedo mío a no tener las ciudad bajo control. Correr me gusta, y edi estaba claramente reflejado. Tengo mucho respeto por Vicky, por eso corría a la par mía, y ninguno esperaba al otro.
También ser me jugaba algo del pasado, en esa casa en la que alguna vez empecé a correr.  La posta que se achicaba me suena a ese momento en el que todo se vuelve absurdo y hay que aceptar que lo mejor es parar.
Odiaría tener que enfrentarme a pistas que se encogen y que se transportan a mi pieza, pero eso de correr sin sentir nada de cansancio… Sí que es un sueño que me encantaría hacer realidad.

Semana 40: Día 268: Contra la depresión… correr

Hoy era un día para deprimirse. Frío, llovizna. Tu ex novia que sube fotos del tipo con el que está saliendo, del que está súper enamorada. Ese chiche de tu perro que ya no está, el que todavía tiene la marca de sus dientes. Las pintadas contra tu equipo que acaba de descender. Motivos para estar bajoneado abundan, mientras que los que nos motivan y nos ponen de buen humor, escasean.

¿Qué cosas mejoran tu día? ¿Encontrar plata en un pantalón que hace mucho que no usás? ¿Ver una película con bajas expectativas y disfrutarla mucho? ¿Recibir un beso de esa persona especial? En mi caso descubrí que correr me hace bien, y es mi mejor anti-depresivo.

Uno tiene un estrés cotidiano, por las obligaciones del día a día, como trabajar, estudiar, o encargarse de la casa. Eso puede ponernos de mal humor, y la rutina de ejercicios puede convertirse en nuestra válvula de escape. Pero no es a eso a lo que me refiero. De vez en cuando sufrimos, estamos con el ánimo por el piso, sin ganas de salir de la cama. Nos ponemos ese joggin estirado y descolorido, caminamos en patas, y le damos F5 constantemente al Facebook, a ver si ALGO nos motiva. Revisamos la heladera buscando algo rico y dulce, pero nada parece alcanzarnos. El día es gris, independientemente del clima. Las horas pasan lentamente, y en el fondo sentimos que se nos escapa la vida de entre los dedos.

Es el momento ideal para salir a correr. Lo sé, lo he vivido, y nunca me arrepentí de hacerlo. He corrido con bronca, con 35 grados, o con un día espantoso como hoy, con la lluvia helada pegándome en la cara. Y transformé toda esa energía negativa que me tiraba para abajo en combustible para mis piernas. Corrí velozmente, con el mismo entusiasmo que tengo cuando estoy en una carrera. Los cuádriceps quemando, el aire frío bajando por la garganta y congelando todavía más el corazón (el de los sentimientos, no el músculo que bombea sangre). Y corrí y pensé, y maldije, y me quejé de mi suerte. Pero me sentí vivo. Un poco porque sufrir es parte de la vida. Otro porque estaba ahí, poniéndole el cuerpo a mis sentimientos. Las endorfinas ayudan, pero también la sensación de que aunque parezca que todo está perdido y de que no llegamos a ningún lado, estamos haciendo algo por nosotros. Estamos accionando, en lugar de quedarnos muy cómodos en nuestro cascarón.

Los motivos para encerrarse son muchos, y vienen con una pasmosa frecuencia. Pero pueden terminar, y hasta somos capaces de alejarnos nosotros mismos. La depresión puede convertirse en un maravilloso motivador. Nosotros tenemos que hacer el click, y cuando volvamos a casa, transpirados, con los pies fríos e hinchados, vamos a tener la cabeza mucho más despejada. Y vamos a haber superado nuestros problemas por todos esos kilómetros que hayamos corrido.